Caballero de las letras:
Juan María Gutiérrez

Alfredo Canedo


 

   
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Apropiado a hablarse de ‘hispanoamericanismo lingüístico’ que de ‘americanismo lingüístico’, enunciado complejo, desgastado y dificultoso a fuerza de reiterados enfoques. Pero en realidad hasta el presente no ha habido en ese sentido unanimidad de opiniones de abrumadores y autorizados críticos literarios, si bien, algunas con exceso y otras mesuradas, son de tenerse muy cuenta en estudios en la etimología de las palabras coloquiales de los hispanoparlantes. (1)

Por de pronto, una historia de la literatura hispanoamericana doctrinaria y dogmáticamente enfocada en el localismo de las letras criollas es errónea; basta con voces cervantinas en el léxico del gaucho rioplatense (2), de locuciones, frases hechas y voces aisladas españolas de permanente uso por el hispanoparlante o, desde el punto de vista histórico, de no equivalente la independencia política de la Corona a la cultural. Razones de que Alonso Zamora Vicente en ‘A trasluz de la lengua actual’ haya condenado a la Real Academia de Letras por las exclusiones de voces hispanoamericanas en el ‘Diccionario de la Lengua’:

Hay todavía mucha gente que no es partidaria de la inclusión de los hispanoamericanismos en el ‘Diccionario’ general, pero son los que viven en perpetuo contrasentido, los que aún se molestan cuando oyen hablar de ‘superioridad’ de alguna otra lengua sobre la nuestra, y demás zarandajas parecidas. Conversaciones de puerta de tierra sin más. El meridiano de la lengua hace ya mucho que no pasa, o no pasa solamente, por Madrid, sino que es una lengua zigzagueante, Buenos Aires, Madrid, Méjico, Bogotá, Lima Barcelona. Menudo meridiano. Y las variantes léxicas enriquecen el fondo común, qué duda cabe, y su uso literario va ensanchando la gran coiné hispánica.

Sobradamente cierto que en los albores del siglo XIX la lengua de hispanoparlantes era castellana como la de uso por Cervantes y Santa Teresa, y aunque ‘rústicas’ o ‘aplebayadas’, tal cual gustaba en decir Américo Castro (3), adecuada a describir ideas y sentimientos, además de cuadros, colores e impresiones naturales en ensayos y poemas literarios. Motivo de que Juan María Gutiérrez, uno de las más encumbrados ensayistas y poetas de la generación de ‘37, pudo hallar en el caudal lexicográfico de esta lengua heredada de España simientes de la enérgica y espontánea de los parlantes hispanoamericanos.

El legado cultural español desataba en mediados del siglo el encono de escritores de gruesos improperios, ya por las pasadas guerras contra la Corona, ya por no parangonado a la fecundidad de las letras criollas. Y fue en esa tendencia de los espíritus literarios rioplatenses a la restauración de las letras cuando Gutiérrez denunció sin tapujo alguno que las normativas gramáticas y ortográficas de la Real Academia carecían de valimiento para exterminar a las naturales voces hispanoamericanas. Es que en un escritor como él su antiespañolismo no podía ser sino lingüístico, por encima de imperativos de independencia política. De ahí, su sereno examen en que la garantía suprema, última y más poderosa de la unidad étnica de los pueblos del Nuevo Mundo estaba en mantenerse el idioma castellano no necesariamente español sino de acentos y tonos criollos. Para él lo dominante la fisonomía, el genio y los giros particulares de cada lengua; al punto que en el Salón Literario del ‘37 como en ámbitos intelectuales de Montevideo en ese entonces, solía decir que una cosa la gramática y ortografía españolas otra las de la lengua hispanoamericana, y que una cosa comparar entre sí dos idiomas, otra uno en sí mismo.(4) Tal su lógica; citada especialmente en ‘Origen y desarrollo de la enseñanza pública’ con oportunos ejemplos:

…el libre uso de la lengua por los hispanoamericanos es ley suprema de la libertad.

Juzgó de importante, ya en debates públicos como en charlas descosidas en tertulias, no enturbiarse la lengua criolla en voces irregulares, licenciosas y bárbaras como de velarla por lo peculiar y la pureza relativa, llamando la atención al mayor mal de todos en inundarla con neologismos y construcciones falsamente sintácticas. Con sagacidad en sus estudios e investigaciones, demostró por razón valedera de que el problema del idioma consistía justamente en enriquecerlo con emociones sudamericanas; dando así, aun contraversialmente, fundamento decisivo en el carácter propio de la literatura criolla.

Esteban Echaverría no ignoraba esas puntualizaciones en el idioma hispanoamericano de Gutiérrez; de ahí, su aplauso en ‘Páginas literarias seguida de los fundamentos de una estética romántica’:

El señor Gutiérrez es el primero que haya llevado entre nosotros a la crítica literaria el buen gusto que nace del sentimiento de lo bello y del conocimiento de las buenas doctrinas.

Y, aunque muchos años más tarde, con no menos autorizado testimonio, Marcelino Menéndez y Pelayo en ‘Antología de poetas americanos’ insistrá en lo mismo:

…ha sido el más completo hombre de letras y el primer crítico hispanoamericano del siglo XIX después de Bello.

Su tenaz propósito estaba en que las letras hispanoamericanas del siglo decimonono iban en camino a la propia sustancia sin imitaciones en modelos falsos e inoportunos, ante bien, en la expresión pintoresca o dramática de costumbres, la conciencia colectiva, la índole afectiva de parlantes, las formas naturales de la vida rural, las leyendas del pasado y tradiciones culturales. Pero, entonces como ahora, interesante a saberse en adelante hasta qué punto halló en medio de disputas entre colegas, propios y extraños, el rumbo a la originalidad de las letras hispanoamericanas. (5)

Con sobrada aptitud, alimentó Gutiérrez no una lengua nacional, tal cual erróneamente se le atribuye (6), sino, desde el punto de vista dialectológico y lingüístico, diferenciada del castellano español en fonética y pronunciación de palabras. Y en ese sentido, su mayor censura, no blandamente, la exclusión en el ‘Diccionario de la Lengua Castellana’ de nombres, entre otros más, de plantas y árboles, aves, cuadrúpedos, peces, insectos y reptiles, casi todos de origen indígena y de corriente uso por el parlante hispanoamericano.

Ante la falta a la adaptación de la lengua castellana al medio americano y no hacer nada en ese sentido la “inmovilidad espiritual y la formación clásica de filólogos y lingüistas españoles” (‘Crítica y narraciones’) intentó a fundar la Academia de Letras Hispanoamericanas, fallida por compañeros de su propia generación, quienes con criterios sumamente ortodoxos sostenían el castellano de España no desigual al castellano del Río de la Plata. (7) Su fuerte antiespañolismo, blanco de críticas en un medio no acostumbrado a tal severidad en los juicios, también descansaba en la elegancia de ciertos vocablos del gaucho rioplatense como del parlante de las sierras y montañas de provincias norteñas, tan legítimos y corrientes en el léxico criollo y en nada desmerecedores de ser tomados en cuenta por las máximas autoridades académicas de la Península (8)

Las lenguas, aun las literarias, no son de invenciones caprichosas, imprevistas e infecundas sino del contacto con paisajes y pueblos; así ha sucedido con la lengua hispanoamericana, tal cual aceptada a lo largo del siglo XIX por una importante mayoría de escritores criollos.

Bajo ese precepto, y a fin de conocerse la tradición de las letras criollas, González, quien no era indigenista sino de extracción modernista, en contraste a otros miembros de su generación, sostuvo que muchas de las voces primitivas habían logrado importante difusión en la moderna lengua hispanoamericana. Con devoción notable en sus trabajos literarios, cuyo tiempo le absorbían casi por entero, exhumó de antiguos manuscritos lozanas voces indígenas, muchas de las cuales desconocidas y olvidadas entonces por el común de escritores modernos. Y en ese sentido, volcó en muchísimas páginas de ‘Escritores coloniales americanos’ y de publicaciones literarias como ‘Revista del Río de la Plata’, ‘La Revista de Buenos Aires’, ‘Correo del Domingo’ y ‘El Inválido Argentino’ generosos estudios y suficientes bibliografías en la lengua primitiva. Su mérito en tales obras, cuales le han valido fama valedera de hombre de letras en el siglo decimonono, no fue la indagación documental o mística sino en el alma y la vida de las poblaciones indígenas americanas a través de la lengua. De entre destacados pasajes de estos escritos su reconocimiento a algunas voces del dialecto araucano (lengua en tiempos de la colonia de la comunidad indígena desde la extremidad norte de Chile hasta las islas del sur) por elegantes y simples. También supo captar las características musicales, sintácticas y tiernas de la lengua guaraní con casi cinco siglos de existencia, hablada aún en estos tiempos por la mayoría de pobladores del litoral argentino y la totalidad del pueblo paraguayo (9); y con la misma firmeza de historiador de la lengua americana, de filólogo y de lingüista, la dulzura en la lengua quechua de pobladores de Perú, Bolivia, Ecuador, del norte argentino y sur de Colombia. (10) Y toda esa tarea sólo con la mira puesta en resaltar la identidad en la lengua sudamericana.

 

Notas

[1] A propósito del tema, léanse, ‘América Hispánica’ de Rufino Blanco Fembona; ‘El mirador de Próspero’ de José Rodó; ‘América Hispana’ de Woldo Frank; ‘América española’ de Rubén Darío; ‘Obras compltas’, T.II, de José Martí; ‘Las nuevas tendencias literarias’ de Mauel Ugarte, ‘Nuestra América’ de Jorge Lima, e ‘Historia de la cultura en la América Hispánica’ de Pedro Heríquez Ureña.

[2] Eleuterio Tiscornia en ‘El vocabulario de Martín Fierro’ transcribe centenares de voces halladas en la mayorías de los escritos españoles durante el Siglo de Oro.

[3] En ‘La peculiaridad lingüística rioplatense’ Américo Castro escribe con indudable ojeriza hacia el dialecto criollo:
   Por tal motivo, los escritos en leguaje rústico o plebeyo del siglo XIX argentino no pueden compararse con el revivir dialectal de algunas hablas raras o pintorescas para la mayoría de las gentes, según se vio en el Romanticismo, afanoso de costumbrismo y peculiarismo. Donde eso ocurrió tuvo siempre carácter de rasgo marginal o de broma literaria, incapaz de adquirir proporciones de solemne nacionalismo.

[4] Florencio Varela, quien habitualmente asistía a esas reuniones literarias, criticó al antiespañolismo de Gutiérrez “por su desmesurado desacato a la legítima lengua castellana de nuestros mayores”.

[5] Consúltese los escritos de Andrés Bello y Victoriano Lastarría con fuertes críticas a la postura idiomática de Gutiérrez.

[6] El mexicano Amado Nervo, en ‘La lengua y la literatura’, atribuye a los rioplatenses del siglo XIX, cuanto más a Gutiérrez, aunque sin mencionarle, esto:
   La verdad es que los argentinos no han logrado introducir aún, en el caudal del idioma, muchas voces suyas que digamos. Sus palabras y locuciones regionales se quedan allá, para Buenos Aires, sin acertar a imponerse ni en España ni en las otras Américas, fuera del vecino Uruguay. ¿A qué se debe esto? Entiendo que, en su mayor parte, a la extremada juventud de la floreciente República.

[7] La postura de Gutiérrez aún hoy es, al menos en lo sustancial, tema de controversias académicas en ambos lados del Atlántico. El profesor Gregorio Salvador, quien de no mediar un siglo y medio a esta parte bien hubiera sido uno más de los adversarios del crítico argentino, en ‘El País’ de 15 de marzo del año en curso, bajo el título ‘El español en España y el español en América’ escribió lo que sigue:
   Se suele hablar del español de España y español de América como si fueran las dos variedades que deben distinguir y oponerse en esta lengua nuestra, tan ancha y extendida. No me gusta a mí, como lingüista, esa diferenciación porque es una mera constatación geográfica, sin apoyaturas lingüísticas suficientes para que tenga validez en dialectología. (…) Pero esa división no se corresponde con España y América, ni muchísimo menos. El español castellano, de gran homogeneidad, de notable fijeza consonancia, es el español de la mitad del norte de la Península, y el que se habla en la altiplanice mexicana, en las zonas interiores de Centroamérica, en la cordillera andina y en las Islas Canarias y las del Caribe y todas las tierras litorales de América, tanto atlánticas como pacíficas, un español dialectalmente heterogéneo, de consonantismo relajado y gran efervecencia articulatoria.

[8] Véase el Indice Anual de la ‘Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de la Plata’.

[9] Para un mayor conocimiento en la expresión de la lengua guaraní léanse del paraguayo Augusto Roa Bastos ‘Fulgencio Miranda’ e ‘Hijo del hombre’ .

[10] Las virtudes lexicográficas del dialecto del quechua ampliamente demostradas en ‘Raza de bronce’ del boliviano Alcides Arguedas, y en ‘Aves sin nido’ de la peruana Clorinda Matto de Turner.

 

© Alfredo Canedo 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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