Lectura, juego y sentido.
Un ejercicio para volver a hacer hablar a un poema

Gregorio Valera-Villegas
Universidad Simón Rodríguez
CELARG
valmad@reacciun.ve
    Gladys Madriz
Universidad Simón Rodríguez
Universidad Central de Venezuela
gladysmadriz@yahoo.com


 

   
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Resumen
  En este trabajo partimos de la concepción de la lectura-escritura desde una visión hermenéutica-fenomenológica, con marcado acento gadameriano. Estudiamos la lectura entendida como un juego, en el sentido de exponer-se o arriesgar-se. Para ello, realizamos una experiencia de hacer hablar de nuevo a un texto, el poema La Noche de José Antonio Ramos Sucre, en el sentido de que el texto es sólo letra muerta hasta que un lector dialoga con él y en este diálogo, el mismo lector es transformado.

 

La noche

José Antonio Ramos Sucre1

YO ESTABA perdido en un mundo inefable. Un bardo inglés me había referido las visiones y los sueños de Endimión, señalándome su desaparecimiento de entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.

Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno. Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios perniciosos.

Un escarabajo fosforescente se colgó de mis hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un féretro, en la primera sala de un panteón cegado.

La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.

Salí a la costa de un mar intransitable y fui invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos. Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el más viejo de la tierra .

 

Dejar que este poema en prosa de Ramos Sucre2 vuelva a hablar no es otra cosa que realizar una hermenéutica. Ello exige un trabajo de lectura para que dicho poema vuelva a hablar, y que pueda hacerlo de la mejor manera, o mejor dicho es lo que intentaremos hacer. Claro que la lectura a realizar nos exigirá muchísimo más que el puro simple y manido saber leer, en el sentido alfabetizador - del desciframiento de un código lingüísitico- del término3. Al disponernos a leer este poema, necesitaremos ir palabra por palabra, letra por letra hasta poder leerlo.

Algo parecido nos sucede al intentar leer un cuadro o una obra arquitectónica4. Ahora bien, la pregunta clave es: ¿qué es lo que hay que comprender en el poema La noche, y cuál(es) pregunta(s) es/son aquella(s) por medio de la(s) cual(es) esta obra literaria puede ser comprendida como respuesta? Será la pregunta ¿qué es lo que nos dice ahí el poema en cuestión? El asunto, quizás sea hacer hablar al poema tanto como obra literaria, así como por lo que allí está escrito o representado, es decir, el reconocimiento de lo representado que ayuda en la búsqueda de la unidad de sentido en el texto literario.

Gadamer mismo señala que el problema de la comprensión tiene, con mucho, relación con la estructura lógica de la pregunta. Cuando uno lee, dialoga con el texto, en una dinámica de preguntas y respuestas, que van permitiendo la construcción de la comprensión. Entonces, tal y como expresa Gadamer5 “la esencia de la pregunta es el abrir y mantener abiertas posibilidades” y más adelante continúa “el conocimiento de que algo es así y no como uno creía implica evidentemente que se ha pasado por la pregunta de si es o no es así. La apertura que caracteriza a la esencia de la experiencia es lógicamente hablando esta apertura del <así o de otro modo>. Tiene la estructura de la pregunta.”6

Lo esencial de la pregunta que le hagamos al texto es que debe tener sentido, sentido de una orientación. Dice Gadamer que “con la pregunta lo preguntado es colocado bajo una determinada perspectiva. El que surja una pregunta supone siempre introducir una cierta ruptura en el ser de lo preguntado. El logos que desarrolla este ser quebrantado es en esta medida siempre ya respuesta, y sólo tiene sentido en el sentido de la pregunta”7. Dos cosas interesantes a resaltar, por un lado, la condición de la pregunta para quebrantar lo que se quiere comprender, y la segunda, la necesidad de una apertura real frente al texto, la cual puede entre otras, evidenciarse a través de la pregunta misma: ¿se trata de una falsa pregunta, en el sentido de que ya sabemos o creemos saber la respuesta, o por el contrario, se trata de dejar al descubierto la cuestionabilidad de lo que se pregunta?

No preguntamos cuando creemos saber, o por lo menos no se trataría de una pregunta sincera, abierta. Por otra parte, queda claro que la pregunta también nos pone en peligro, en el sentido de exponernos a la inseguridad del ser de otro modo. Por lo general, hacemos preguntas cuyas respuestas conocemos, y si no pensemos en las preguntas pedagógicas o en las del médico, que ausculta al paciente, en ellas no hay alguien que pregunte realmente. Lo mismo pues, puede ocurrir con la lectura de este poema, podemos realizar un ejercicio de lectura ficticio, en el sentido de no abrirnos al texto o por el contrario, intentar arrojarnos a la aventura que traza una pregunta verdadera.

En la lectura de un texto literario, como el poema que nos ocupa, muchas veces nos encontramos con dificultades, la razón seguramente sea porque no le comprendemos. Y esta experiencia la podemos tener tanto al leerlo en voz baja como en alta voz. Al hacerlo de acuerdo con la primera forma, podemos llegar a sentir que no seguimos al texto, no podemos acompañarlo, y experimentamos que nos “quedamos en blanco”. Y si lo hacemos en voz alta, y seguimos leyendo sin comprender, tanto uno como quienes nos escuchan tampoco pueden hacerlo.

Es un verdadero atasco, una auténtica tranca. Nuestro horizonte de expectativos, al decir de Gadamer, queda en suspenso. ¿Qué hacer entonces? Volver a leer, retroceder en lo leído, rectificar, cambiar de tono. En fin, nada nos es suficiente cuando nos empeñamos en volver a hacer hablar de nuevo un texto.

Un poema como La noche de Ramos Sucre, como obra literaria que es, se caracteriza por el modo mismo en que lingüísticamente ha sido conformada, aun cuando no prescriba estrictamente y comunique al oído el modo en que debemos acentuarla, por su carácter de poesía en prosa. Sin embargo, debemos ser capaces de construir la conformación de sonido, y sentido, el correr el verso o hacer sonar bien al oído por así llamarlo, por nosotros mismos la modulación, el ritmo y el fraseo, para lograr su comprensión.

Empero, algunos de los lectores de la obra de Ramos Sucre han hecho énfasis en el análisis sintáctico y en su proceso de fabulación. Otros han tratado sobre las pautas definidoras de su poética, y por ello, resaltan su “riqueza y precisión, sus ejes temporales, el uso del yo elocutivo, el valor de sus adjetivos”8. Así como hay quienes han subrayado la pureza verbal y la oscuridad como una de las bases distintivas de su poética.

En todo caso, al leer este poema se despliega un proceso de construcción de una figura de tiempo, de recreación y resemantización de la palabra. Esas palabras que representan o que llegan a significar otras cosas. O simplemente el silencio que nos produce su construcción poética en el sonido interior y en las imágenes de nuestra mente.

Leer un poema, así como leer un cuadro, implica de alguna manera un ejercicio de anticipaciones o adelantamientos, si es valido el término, y regresos, crecientes articulaciones y remanentes que mutuamente se van enriqueciendo. Y es que en ese poema en prosa La noche estamos en presencia de un cuerpo poliédrico, como diría Tenreiro9, de sustancia canora. En La noche puede encontrarse una sorprendente musicalidad y cadencia, que nos va llevando por ese fluir de esa gracia de la palabra que recorre nuestros oídos, de una musicalidad y un ritmo otro.

YO ESTABA perdido en un mundo inefable. Un bardo inglés me había referido las visiones y los sueños de Endimión, señalándome su desaparecimiento de entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.

¿Cuál es ese mundo allí referido? El mundo de la eterna vigilia, de los insomnes. Es posible, porque la historia de Endimión que le refirió el bardo, poeta y músico, es la de un joven de sueño eterno. Para un poeta insomne sin remedio como Ramos Sucre, Endimión representaba su ideal inalcanzable. Endimión, era un pastor en el monte Lamos, en la antigua Caria (región del Asia Menor). Sobre su sueño eterno se han tejido algunas leyendas: una dice que el tuvo la suerte de que Selene, diosa de la luna, se enamoró perdidamente de él, hasta el punto de mantenerlo para siempre dormido con el propósito de que nadie se lo quitara, y todas las noches lo visitaba. Otra leyenda, sostiene que el dios Zeus le ofreció lo que él quisiera, y Endimión le pidió un sueño sempiterno, en el que él permaneciera joven por los siglos de los siglos.

Las palabras de La noche tienen, sin duda, una fuerza de evocación que se manifiesta en el hecho del fraguado o rellenado que cada lector hace de las descripciones del poema, aun cuando siga siendo siempre la misma, o mejor, igual pero siempre diferente al ser leída. Lo que en palabras de Gadamer consistiría en esa “suerte de espacio de juego de posibilidades de actualización.”

Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno. Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios perniciosos.

Y el impenitente poeta continúa, con su yo elocutivo, lamentándose de su eterna e inaguantable vigilia. Y sigue su rumbo tortuoso y difícil en medio de su selva, o confundido por lo intrincado de la cuestión que lo embargaba. Rumbo éste, del presente hacia un pasado remoto ¿Qué le permitiera olvidar o aliviar su pena? De cuevas o de dólmenes o suerte de cámaras mortuorias. El camino que va recorriendo lo describe cargado de amenazas, de alimañas, de enemigos, de personas malas, envidiosas y de mala intención. Es posible, que imagine su mal como el producto de un hechizo o algo sobre natural.

Leer a La noche es un ejercicio de anticipaciones y regresos por medio de las cuales se va conformando la interpretación10. Leer este poema no es un ejercicio sencillo que se realice a través de un método preestablecido. Porque exige todo un proceso de formación interior11 que a la larga hará posible encontrar, tanto para la lectura de una obra literaria, como es caso que nos ocupa, como para un cuadro, los puntos de vista “apropiados”, “que llegan a ser realmente fecundos para el contexto de comprensión de lo dado”.12

Un escarabajo fosforescente se colgó de mis hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un féretro, en la primera sala de un panteón cegado.

En la comparación entre la lectura de un cuadro y la lectura de un texto literario como este de Ramos Sucre, podemos coincidir en que no se trata de la captación de un objeto por parte de un observador-lector, llamado objetivo, sino del momento en que se llega a tener parte de la figura de sentido que nos encontramos en la obra que leemos. Esa figura de sentido puede salirnos al paso en este fragmento del poema en cuestión, en el que el carácter onírico, y al mismo tiempo surrealista, expresado en este fragmento del poema, en el que ese sentido de la angustia, de la nada, de la muerte se apodera del lector.

La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.

Y ese apoderamiento o esa acción de atrapamiento del lector se produce aquí en esa figura de sentido que se irradia desde el personaje de Cordelia. Ese trágico personaje, y al mismo tiempo la bondadosa y noble redentora del mal por el bien, de Shakespeare, en el El rey Lear, que nos recuerda la muerte de ella en un final sobrecogedor. Aquí podemos ver como Ramos Sucre opta por Cordelia en lugar del rey Lear con el propósito de expresar el dolor. Cordelia le sirve en la identificación con su imaginación, con su mundo, con sus obsesiones. Y así se detiene en este personaje humillado y ofendido, vencido, del más incomprendido de este drama shakesperiano, para representar su tortuoso viaje.

Salí a la costa de un mar intransitable y fui invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos. Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el más viejo de la tierra.

Y nuevamente lo onírico, lo trágico y surrealista, reflejado en aquel lugar extraño y lúgubre de tono sombríos, como con una mancha morada por atmósfera. Y esa roca, esa que hollan los pescadores meditabundos, no es sino sobre la que se asienta este poema, el sentido de la angustia, de la nada, de la muerte.13

Al enfrentarnos con la obra artística y literaria nos sentimos de alguna manera impelidos a conversar, a participar con ella, a encontrar ese algo común que nos relaciona. Leyendo La noche también llegamos a experimentar el desasosiego del insomne, las sensaciones de lo bello y lo trágico a la vez, el extrañamiento del perdido en un mundo inquietante, mágico, desconocido y por demás amenazante. El intérprete, lector observador, tiene su horizonte de expectativas, mediante el cual, mira, lee y escucha y co-modifica la propia intención de sentido del texto. Y termina participando en lo común, en la búsqueda del entender-se, en el cual la obra en ese volver a hablar, tiene algo que decir, algo que decirnos.

 

Notas:

[1] En (1992). Antología. Caracas: Biblioteca Ayacucho, p.57. El poema La noche pertenece al libro Las formas del fuego publicado originalmente en 1929.

[2] José Antonio Ramos Sucre (1890-1930), venezolano, poeta excelso, insomne incurable y suicida por ese mismo motivo. Con singular y original expresión cultivó el poema en prosa. Ramos Sucre, hombre de amplia formación, políglota, posromántico, posmodernista representante de la vanguardia latinoamericana. Sobre él como poeta extraño e incomprendido se han ido presentando un sinnúmero de interpretaciones, algunas de las cuales rayan en leyendas exegéticas. Su obra, en lo fundamental, está contenida en tres libros: La torre de Timón, Caracas, 1925; Las formas del fuego, Caracas, 1929; El cielo de esmalte, Caracas, 1929. El primero contiene ensayos cortos, semblanzas, reflexiones sobre arte, historia y literatura, y poemas en prosa. Los dos últimos están conformados exclusivamente por poemas en prosa. Ramos Sucre fue redescubierto en Venezuela por la generación de los sesenta. Y paulatinamente ha ido ganando interés por lectores latinoamericanos y europeos atraídos por su alta factura intelectual y noble sensibilidad.

[3] En el cual saber leer -deletrear- no es estrictamente hablando saber leer auténticamente, esto es comprender verdaderamente lo leído, lo que quiere decir obtener aquello que es respuesta a una(s) pregunta(s).

[4] Gadamer al respecto sostiene que para el caso de la arquitectura el asunto va un poco más allá de la simple contempación, porque su lectura implica “ir a ella, darle vueltas, entrar, y, dando pasos, construirla para nosotros, por así decirlo”. En Estética y hermenéutica.,p.259.

[5] Gadamer, H-G. (1999) Verdad y Método I, Salamanca, Sígueme, p. 369

[6] Ibidem, p. 439

[7] Ibidem, p. 439

[8] Tenreiro, S. (1992). Prólogo. En José Antonio Ramos Sucre. Antología, p.ix.

[9] Tenreiro, S. Ob. cit.

[10] En alemán auslegen, ex-poner. Aún cuando el auslegen, se dice, que en última instancia sólo explicita aquello que está dentro de lo implícito, extraer lo que está debajo o lo que está en el texto de manera implícita, para re-componerlo posteriormente de manera conjunta.

[11] Al respecto podemos citar Hanni Ossott, quien afirma “Es tan difícil penetrar en un mundo poético particular que cuando esto sucede resulta un acontecimiento (…) A veces podemos reiteradamente a un poeta y todavía no nos llega. Y es que no estamos preparados para él. La poesía tiene una duración, un tiempo, un cuajar en nuestra alma que nada tienen que ver con nuestras decisiones. En Hanni Ossott (2002). Cómo leer la poesía. Ensayos sobre literatura y arte.Caracas: Comala. Com.,pp.15-16.

[12] Gadamer, en Estética y hermenéutica.,p.263.

[13] ¿Meditabundos o extrañados de sí? En muchos casos de desórdenes psicopatológicos graves o en situaciones de mucha perturbación psíquica, somos candidatos a experimentar ciertos estados temporales de extrañamiento o disociación del yo. Las personas describen tales episodios como si les estuviera pasando a otro y lo observaran delante de sí, como si de una película se tratase. Recordemos que un insomne como Ramos Sucre sería candidato a sufrir de estos estados con cierta regularidad, justificado por su continuo padecimiento de un insomnio eterno. Además podría asociarse estos desórdenes de la conciencia con un carácter meditabundo, de atención errante.

 

© Gregorio Valera-Villegas y Gladys Madriz 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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