Notas sobre literatura venezolana

Valmore Muñoz Arteaga
Universidad Católica Cecilio Acosta
Venezuela


 

   
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1.- Entre poetas (Antonio Arráiz, Ángel Miguel Queremel y Ana Enriqueta Terán)

I.- Una oda a la vitalidad, así podríamos resumir la obra poética de Antonio Arráiz, poeta barquisimetano y uno de los más adelantados de la Generación del 18 en el proceso de renovación las letras nacionales. Su Áspero, publicado en 1924, es el puente que da paso a la vanguardia poética venezolana, puente que comenzaron a construir Salustio González Rincones e Ismael Urdaneta. Tanto González como Urdaneta dan sentido y continuidad al proceso que va desde la poética modernista y alambicada hasta la publicación de Áspero. Esto rompe con la tesis del hiato literario al que hacen referencia muchos críticos. Escribe Rafael Arráiz Lucca: “Este par de raros (Urdaneta y González Rincones) no son tenidos muy en cuenta cuando se hace un panorama de la poesía venezolana, a pesar de que ambos (¿por qué no?) podrían confirmar la tesis de la no ruptura y abonar la de la tradición con respecto a Áspero”.

Salustio González Rincones había publicado libros como Trece sonetos con estrambote y De corridos sagrados y profanos ambos en 1922, que son una clara manifestación de lo expuesto anteriormente. Pese a ello la obra de Antonio Arráiz tiene méritos suficientes para ser considerada como de las fundadoras de la vanguardia poética en Venezuela. Una obra poética vanguardista que el propio Arráiz reconoce fue alimentada por Luis Enrique Mármol, Salustio González Rincones e Ismael Urdaneta. En todo caso, existe en Áspero una ambición renovadora como la hubo seguramente en Enrique Planchart, José Antonio Ramos Sucre y Jesús Enrique Lossada, pero una renovación sin ruptura abrupta, sino más bien producto de la evolución y transformación paulatina de nuestra arte poética.

La obra poética de Arráiz está compuesta por cuatro libros Áspero (1924), Parsimonia (1932), Cinco sinfonías (1939), Preludios (1945), aunque en las poesías completas publicadas en 1987 por Monte Ávila se recogen ocho poemas publicados póstumamente. Una obra poética en donde prevalece un lenguaje contundente que busca en las raíces de lo americano una razón vital para explicarse. Desde la publicación de su primer poemario, Arráiz intenta desde la palabra descubrir su origen, por supuesto, y al hacerlo desde la palabra construye, o reconstruye, una fórmula para reorientar la realidad de la identidad americana. Volver a escribir la historia, pero a través de la poesía:

Canto mi América virgen,
canto mi América india
sin españoles y sin cristianismo.
Canto mi triste América.

Tambores de cuero retumban
por los reyes muertos.
Tambores de cuero resuenan.
Tambores que fueron de guerra.

Los musgos, las yerbas silvestres,
retoñan sus manchas alegres
sobre negras ruinas
de viejas, gloriosas ciudades.

América de ritos antiguos.
América milagrosa.

Canto mi América tropical.
En cuyas selvas espesas,
en cuyos Andes, bajo el cielo infinito,
en cuyos ríos venerables,
en cuyos amplios llanos luminosos
quizás se escondió Pan.

América. Áspero

Esa búsqueda del origen era una empresa aplicada con cierta frecuencia para entonces. Probablemente la actividad petrolera incentivó al venezolano a hacer funcionar su vida sobre la necesidad de llenar sus manos de dinero rápido, de construir una realidad sobre las bases de una falsa y momentánea riqueza; sacrificando su corpus histórico. Esta angustia de la que se hace voz Arráiz formaba parte de un coro que intentaba recuperar a través de la literatura el hilo tradicional que nos comunicaba con nuestros mayores. Áspero quizás sea un duro reclamo a la conciencia del hombre venezolano. Áspero parece transformarse en manifiesto, como lo asegura Oscar Sambrano Urdaneta: “cuando Antonio Arráiz (1903-1962) publica su primer poemario y lo denomina Áspero (1924), esta sola palabra, que suena a manifiesto, es como una toma de posición semejante a la que dos años antes había adoptado en la prosa narrativa José Rafael Pocaterra al calificar sus cuentos de "grotescos", para diferenciarlos del preciosismo modernista y de las falacias del criollismo superficial”.

Sin embargo, a pesar de la crudeza del lenguaje en Arráiz, el poeta intenta abrazar un camino hacia la sensibilidad, un camino, que de alguna manera, lo rescate de las dolencias a las que recurre para mortificar su pluma. Ese camino es la mujer. No sólo Áspero casi toda su obra es un canto a la mujer, a la mujer telúrica, a veces carnal, a veces cósmica, a veces mágica. La mujer parece encarnarlo todo en Arráiz, y al cantarle a ella su voz se vuelve seductora, apasionada, con una carga de sensualidad primitiva formidable:

En la siesta implacable,
salado de sudor,
yo lanzaré mi lanza vibradora,
mi lanza aérea y larga.
Es fiero el tigre
de hermosa piel.
Y pondré la piel ante sus pies pequeños.

Otra vez
asaltaré la guarida del ratifica,
se crisparán mis dedos en su garganta seca.

La reina india. Áspero

...Y una mujer dulce y serena
con ojos de gacela
calmaba mi sed con su agua de amor
y entretejía sus manos ledas en mi melena.

Poema primitivo. Parsimonia

Arráiz trae en su palabra poética las palabras de grandes poetas norteamericanos, podríamos arriesgarnos a testificar que en su obra existen lazos que lo comunican con figuras de la talla de Walt Whitman y Ezra Pound. Poetas que seguramente leyó con afán en sus años de vida en EEUU, esto hermanado con la dura experiencia por la cual atravesó el poeta, escribe Sambrano Urdaneta: “Pudo haber contribuido a su fobia contra la civilización que desfigura al hombre, el accidentado viaje que Arráiz hizo por los Estados Unidos entre 1919 y 1922. Tenía dieciséis años cuando lo inició. En este bienio sufrió de muchas privaciones: trabajos rudos, poca paga, escasa alimentación. En Nueva York duerme a veces en las estaciones del metro y en los bancos del Parque Central, confundido entre vagabundos, rufianes y aventureros de puerto”. Experiencia que a su vez, transforma sus conceptos acerca de la civilización.

Antonio Arráiz es un poeta por descubrir. Su obra sigue pendiente de nuevos estudios que puedan brindar mayores luces sobre esta robusta lírica. Más aun, la obra de Arráiz necesita ser sometida a nuevas lecturas, entre ellas, la de la juventud venezolana. La poesía de Arráiz es espejo de la realidad nacional, en ella encontramos las huellas de un pasado que no nos es ajeno, que aunque remoto, se desnuda en cada calle, en cada esquina, en cada palabra. Considero oportuna la lectura de su poesía, ya que, más allá de las fórmulas críticas formales, se encuentra inmersa en cada línea, una conciencia de libertad como muy pocas expresadas en nuestro país.

II.- Ángel Miguel Queremel es una de las voces más importantes y sobresalientes de la poesía venezolana. Su discurso metafórico y cargado de una imaginería desordenada constituyen un testimonio de los niveles que alcanzó en determinado momento la lírica nacional. Nace en Coro en 1899 y muere en Caracas el 21 de mayo de 1939. Para muchos ha sido el poeta venezolano más español de todos, ya que en su larga estada en España fue fuertemente influenciado por la renovación poética encarnada en la pluma de García Lorca, Alberti, Cernuda, y toda la juventud de la Generación del 27 española. Queremel fue un puente entre dos generaciones poéticas venezolanas, ambas fundamentales en el proceso histórico de la poesía contemporánea nacional, me refiero a las generaciones del 18 y del 27.

El poeta coreano se encuentra entre los introductores del ultraísmo en Venezuela. Escribe José Ramón Medina: “Efectivamente, ya para la época en que Ángel Miguel Queremel trae su mensaje europeo a la poesía nacional, el ultraísmo ha perdido el vigor de sus primeros tiempos, dando paso a otra forma, más consistente, de la poesía contemporánea, el surrealismo, que entonces encontrará una acogida más fervorosa en las promociones de poetas venezolanos que insurgen después del año 30”. Entre sus obras más importantes podemos destacar: El barro florido, La feria de los caprichos, Las voces estremecidas, Tabla y Santo y seña. Publicados entre 1924 y 1939, en donde se asistió estupendamente de las corrientes literarias del momento, es decir, una obra que se pasea desde el simbolismo hasta el surrealismo que profundizarían luego en Venezuela sus compañeros de Viernes.

Queremel encarnará la demolición de los antiguos estilos que prevalecían en la poética venezolana. Su primera obra profundiza en los laberintos de la imagen y el simbolismo que bebió en Europa de Mallarmé, Nerval, Lautreamont, entre otros. Así queda evidenciado en uno de sus poemas iniciales:

Sangra mi alma; ¡Oh la herida entreabierta
al Ensueño, infinito y brumoso;
cómo su sangre es la puerta
del Paraíso de mi gozo!

¡Amor...! Surge desnuda
y baila sobre rosas una danza macabra;
mi Salomé, que sea tu boca siempre muda
y sea tu desnudez la gran palabra!

¡Amor...! Y es un relámpago que ciega.
El agua clara que la sed mitiga...
Es Dios que sabe y llega:
sobre la tierra innoble
la robustez del roble
y el candor de la espiga!

Tu ánfora rebosa
de emoción, Juventud,
y hay una rosa
que se irisa
en la sonrisa
de tu plenitud...

Sangra mi alma. Sobre la herida
la sangre es bálsamo que aroma
y el Dolor la mano que la cuida:
y es mi alma una paloma
que se ha quedado dormida!

Sangra mi alma. ¡Amor! Mi corazón
es una espina entre rosales;
¿tu nombre? Son siete letras, y son
como siete puñales...

La musa desnuda. El barro florido.

La vanguardia hace su tardía aparición en Venezuela aproximadamente en 1930. Sin duda alguna la revista Válvula representará, en medio de la represión gomecista, la ventana iniciática del fenómeno literario. El proceso vanguardista ya lo habían iniciado algunos de los más brillantes exponentes de la generación del 18, Antonio Arráiz, Paz Castillo, Ramos Sucre, y el propio Queremel. Mariano Picón Salas explica maravillosamente el proceso evolutivo: “Y en la cuerda tensa de una fantasía liberada, los nuevos poetas que surgían ensayaban sus saltos mortales. En ese metaforismo, cuyos símbolos se toman de la técnica moderna: de la Aviación y la Radiotelefonía; en esos versos poblados de hélices y antenas que ahora reemplazan a los viejos versos poblados de lirios, se inscriben también otros de los sueños y angustias de la época”. El surrealismo se aborda casi religiosamente, aparecen los textos de Vicente Gerbasi, Luis Fernando Álvarez, José Ramón Heredia; en Maracaibo surge un movimiento importante de renovación liderado por Hesnor Rivera llamado Apocalipsis. Queremel está también a la cabeza de esta nueva revolución literaria:

Del aire y del tiempo flor cercenada
cernido acero búscate sin descanso.
Todo el espacio es sangre y muerte de voces.
Reos de luna y sombra desaparecen.

Mareas de tres mares alzan tus párpados
y cantos de sirena forjan tus rejas
de soledades blancas, enmohecidas
en tu redonda celda de altos cerrojos.

Atado a tu silencio -viva columna-
pájaros, soles, brisas, en largo espejo,
calcinada estadística de sueños tuyos
copian, humo que a altivo cielo fue reintegrado.

Vuelan insectos, polvo, dueños del mundo.
Agua y viento marchan con su destino.
La flor de tu cabeza de humo y cabellos
cae en el cesto amargo de tus raíces.

¿Dónde la cruz en vuelo, la golondrina?
¡Ay, libertad sin venas sobre los pulsos!
¡Ay, libertad sin nudos en las palabras!
Santa quietud, imagen en dos partida:
una en mi pena.

Martirio y muerte de la Santa Quietud. Santo y seña.

Podríamos hallar en estas líneas un profunda angustia por la condición humana golpeada por una crisis mundial que desembocaría irremediablemente en la II Guerra Mundial, y a lo a ella siguió; una profunda descomposición de la sensibilidad en el hombre. Queremel escribe un poema doloroso y angustiante que recoge, de alguna manera, el sentir de los espíritus nobles que fijaron posición ante la irremediable realidad. Ese poema es el Manifiesto del soldado que volvió a la guerra, del cual anotamos algunos fragmentos:

Sabedlo
Las balas perdidas mueren en la boca de los muertos
olvidados.

Lo he visto. Y he visto también los fusiles enterrados,
sembrados por la lluvia
crecer y florecer entre el humo negro, y anidar las
alondras
entre ramajes de bayonetas.
-----------------------------------------------
Sabedlo
Yo sé lo que es el frío de esas manos crispadas
que buscan una lápida en la cantera de la madrugada
y una cruz en el vuelo de la golondrina sin destino.

Manifiesto del soldado que volvió a la guerra. Santo y seña.

Venezuela tiene en Ángel Miguel Queremel a una de sus voces más diáfanas y mejores dotadas. Como siempre, su obra está adormecida bajo las sombras robustas de nuestro olvido colectivo. Voces inmensas y monumentales padecen de esta incontinencia cultural hecha cotidiana dolencia en nuestro país. La obra poética de Queremel es digna de ser rescatada como la de otros que conforman el corpus literario del país.

III.- Dentro del proceso crítico de la literatura venezolana, la mujer, la escritora parece haber recibido la peor parte. Obras fundamentales como las de Teresa de la Parra o María Calcaño han quedado virtualmente desamparadas del estudio formal de nuestras letras sin precisar que en algunas de ellas están expresadas señales de profundos aportes al desarrollo de la cultura venezolana. Entre ellas podemos citar el nombre de la gran poeta Ana Enriqueta Terán, poeta trujillana nacida, bajo el signo de tauro, el 4 de mayo de 1918; año en que la literatura nacional abre sus venas a la vanguardia universal.

Ana Enriqueta Terán tiene una intensa obra poética de importancia. Entre sus poemarios podemos citar Al norte de la sangre, Presencia terrena, De bosque a bosque, Sonetos de todos mis tiempos, Música con pie de salmo, Libro de los oficios, Casa de hablas, Libro de Jajó, Casa de pasos, entre otros. Una obra, o mejor dicho, una conciencia poética que nace al mundo en 1949 cuando aparece su primera obra Al norte de la sangre. Oficio poético el Ana Enriqueta Terán que funda desde la palabra las rutas silentes del imaginario de su pueblo. Trujillo queda descubierto a través de los sueños de un mundo poético mágico. Queda desnuda la cotidianidad, así como desnudo quedan hombres y paisajes:

Este es vuestro árbol. Así era. Así es.
Pájaros tejen en su aliento coronas de éxtasis.
Brisas aseguran siseos para el acecho del halcón.
Aires enhebran pálidos huevecillos de miedo.
Ella se oculta en propia cueva donde permanece niña.
Allí rememora encajes, participaciones y requerimientos maternos.
Luego vuelve a su estatura de anciana
cuya sombra se funde en perspectivas de soledad y de nieblas.

Así era. Así es. Libro de Jajó

La palabra en Ana Enrique es la puerta hacia otro mundo, el mundo de los sueños, ese mundo secreto donde nos revelamos en nuestra esencia humana. Territorio en donde somos humanos, demasiado humanos. El sueño, según Wilhelm Stekel, es el puente que lleva del mundo real al mundo ultrasensible. En la antigüedad el sueño era observado como una vía expedita hacia la divinidad, y ella, es la proyección del ideal hacia el infinito. En tal sentido, la poeta recurre a la colección de sus sueños para decantar su yo interior y su circunstancia, más allá de las contingencias humanas:

Ciega intención de mármol desafía
todo aquel sollozar y aquella ausencia.
¡Si el día retornara a su inocencia,
qué fatiga de bien la de ese día!

Recobrada pasión que no se fía
de la engañosa fuerza de su esencia;
muro de rebeldía su presencia
me guía paso a paso y me extasía.

Ay! si la rosa siempre rosa fuera
y no mancha profunda y sometida
desde la parda tierra al manso cielo,

ay! ¡si la rosa siempre rosa fuera
y no brisa de sangre suspendida
desde la savia hasta su rojo vuelo!

Sonetos del amor perenne y del amor fugitivo. Al norte de la sangre.

En el sueño el poeta se descubre y al descubrirse, descubre ese otro mundo de las desapariciones y los naufragios. Ana Enriqueta Terán busca entonces ese rito que anula la realidad para esparcirse en una tierra mágica al norte de la sangre; allí es donde se confiesa esa fuerza poética para expresarse vocacionalmente.

Fernando Paz Castillo escribió sobre Ana Enriqueta Terán: “Y pude al punto confirmar, por la lectura de este libro (Al norte de la sangre) el tipo de poesía que entonces, con preferencia, se practicaba en Caracas, entre los jóvenes. Y en la cual, fácil era ver la influencia preponderante de dos poetas de lengua española: el peninsular Miguel Hernández y el argentino Francisco Luis Bernárdez”. A estos dos poetas, Paz Castillo, agrega a Hölderlin, Novalis, Rilke, Jorge Manrique, fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús; menciona además a los venezolanos Jacinto Fombona Pachano y Carlos Augusto León. Cada uno de estos poetas creará, junto a sus experiencias, un alcor tras el cual poder celebrar su intimismo, su hermetismo poético. Allí forjará el maquillaje, las máscaras para afrontar el silencio. Una colección de joyas para ocultar los sonidos secretos de su corazón.

El intimismo de Ana Enriqueta Terán no es necesariamente un aislamiento ni una evasión. En el intimismo de Terán va a construir una nueva ordenanza para lo cotidiano desde lo cotidiano:

Mujeres que tejen, tejedoras del buen día
que lamen hebra azul, que zurcen sedas, escasez de tiempo
sedas de naciones cubriendo caras en fuga, espacios en fuga.
Pero comida sí, mucha buena comida. Hemos comido.
Yo y los perros, Nosotros y los perros. Siempre los perros.
Girasoles en señal de duelo. Pura destreza. Puro estrago.
Quién despluma el ave, quién la atraviesa
con espinas de naranjo y cuece luego para todos.

Hemos comido. Libro de los oficios

De qué nos libra el retorno: ya estamos cerca, palpamos la rosa
que debe guardarse y extenderse luego para alegría del aire.
Hombre y mujer acercando el mediodía a las casas
atravesando cortinajes muy llenos de brisa y buenas nuevas,
portando regalos donde arden flores de fortaleza y silencio.

Hombre y mujer. Libro de los oficios

Ana Enriqueta Terán juega con la imagen de tal forma que los objetos de su poética pasan a otra naturaleza. Los mitifica, los hace arquetipos, enigma de lo cotidiano. José Napoleón Oropeza escribe refiriéndose a Libro de los oficios: “Ceñida la luz en torno a los signos de un oficio doble, enhebra una palabra en el ojo de una aguja; la página blanca se abre a estrecha cicatriz. Nuestra poeta construye este libro como un diálogo con los signos del oficio del día”. Construye un nuevo discurso para nombrarse y nombrar las cosas diaria, hacerlas fuertes, partes de un universo personal en donde alcancen un rango de eternidad que pierden en el acontecer de su propia naturaleza de objetos. A partir de entonces la intimidad se hace confesión de un mundo incógnito, un mundo que permanecía pendiendo de sus huesos y de su alma; y en la propia piel del mundo material funda un abismo secreto que sólo se reconoce desde la palabra que socava esa naturaleza real para hacerse naturaleza cósmica. La doble realidad de la poesía de Ana Enriqueta Terán es la doble realidad en donde se debate su espíritu y su humanidad.

 

2.- Tres figuras del Zulia (Jesús Enrique Lossada, Andrés Mariño Palacio y Hesnor Rivera)

I.- Entre las facetas menos conocidas y trabajadas en la obra de Jesús Enrique Lossada se encuentra la cuentística. Profundamente vinculada a los relatos fantásticos que habían adelantado Julio Garmendia y Jorge Luis Borges, sus cuentos reunidos en el libro La máquina de la felicidad atienden al llamado por la urgencia de voces que buscaban las raíces de un continente dentro del discurso socialista utópico. La máquina de la felicidad ve la luz por primera vez en el año de 1938, aunque recoge una serie de cuentos publicados en diarios y revistas desde el año de 1924.

José A. Borjas Sánchez, eminente catedrático zuliano y figura descollante dentro de los pocos intelectuales que han manifestado, y manifiesta, una dedicación seria y reflexiva en torno a la figura de Lossada, escribe en el Proemio a la segunda edición de La máquina de la felicidad: “La nota más saliente que caracteriza la cuentística de Lossada es lo extraordinario de sus relatos, en los que lo fantástico y lo exótico alternan con la atracción que sobre el autor ejercen los fenómenos supranormales y los seres que se agitan más allá de los linderos de los patológico”. A lo que, sin duda, hay que agregar la profunda construcción de un discurso fundamentado en una vibrante crítica social, que hace de aquel joven Lossada un adalid del socialismo utópico en el país.

El socialismo utópico de Lossada, expreso rotundamente en su poesía y en su ensayística, mantiene el tono revolucionario en su narrativa. Concentrémonos en el cuento que da nombre al libro. La máquina de la felicidad trata de un viejo mago llamado Smerstrom quien, al igual que un Fausto tropical, profundiza en las fibras más primitivas del hombre, así como en las cosas naturales y las supranormales. Este viejo mago construye una máquina cuya finalidad última era alcanzar un estado de felicidad absoluta para el hombre. A través de la máquina se logró erradicar todo aquello que causara la infelicidad de los seres humanos. Smerstrom quedó satisfecho por un éxito. Sin embargo, al proyectar de nuevo la mirada sobre el globo de cristal, cayó fulminado por las ondas que emanaban de su portentoso invento; sólo alcanzó a columbrar vastos cementerios: el mundo estaba deshabitado (Borjas Sánchez).

Dentro de este cuento, el mejor logrado de Lossada, podemos encontrar sin dificultad alguna los ángulos de su pensamiento socialista que va a hermanarlo con sus congéneres del 18. A través de los poderes de la creación, la imaginación y la fantasía, intenta contrarrestar el poder que brindan las armas, y que envalentonan a gobernantes cobardes e incapaces de entender la dimensión del concepto de progreso: Ningún rey fue tan poderoso como él (Smerstrom). Sus ejércitos, sus cañones, sus armas, eran un poco de dinámica psíquica, capaz de multiplicarse al infinito. Probablemente a Lossada se le ocurrió que, por medio de la palabra, podría exorcizar a los demonios que impiden alcanzar un estado de vital armonía para el bien de la salud de la República. Esa palabra alimentada por el ensueño, único refugio en donde el hombre logra encontrarse consigo mismo, evade la realidad para construir un territorio donde pueda reposar ese mismo hombre en la harmonía del universo: Y quiso remediar las aflicciones sociales, las idiosincrasias contrahechas, las dolencias, las anomalías y las iniquidades humanas, y hacer de la tierra entera una especie de edén bíblico, un refugio de paz y de felicidad. Hizo el retrato de tantos líderes mundiales que sacudieron, y sacuden, a la humanidad con su despreciable visión del poder y de la justicia: El derrumbamiento del equilibrio político, sacudía y trastornaba las naciones una vez más. Un rey conquistador, un genio de la guerra, un terrible monstruo de ambición y de crueldad, victimaba a los pueblos.

Este discurso de Lossada hallará en las reflexiones filosóficas de Schopenhauer y Nietzsche y en las concepciones sociales de Rodó y Ugarte, el asidero ideal en la figuración del hombre necesario para alcanzar ese estado harmónico hacia donde debía enrumbarse el mundo contemporáneo.

II.- Hemos escrito en distintas oportunidades acerca de la fragilidad de la memoria colectiva del pueblo venezolano. Una fragilidad que se ha transformado en la presencia dolorosa de una enfermedad que ya ha dado muestras de metástasis. La descomposición que ha acelerado su paso en los últimos veinte o treinta años viene tejiéndose vertiginosamente en lo más caro de la vitalidad del ser humano: su espíritu. Los venezolanos hemos inmolado nuestra sensibilidad en función de establecer una sociabilidad pletórica de pillería, vilezas, laxitud y complicidades oscuras. Y esto ha ocurrido en medio de la complacencia de un pueblo sordo a la sangre que grita desde los confines de la tierra. Dicha complacencia me recuerda el título de una obra de esos buenos escritores venezolanos que nos hemos decidido olvidar: Los alegres desahuciados de Andrés Mariño Palacios.

Lamento no poder brindar mayor información sobre esta novela de Mariño Palacios, a menos que estén interesados en saber que fue publicada en Caracas por las ediciones Contrapunto en 1948; que además obtuvo Mención Honorífica en el Concurso “Arístides Rojas” junto al próximo olvidado, Arturo Uslar Pietri. Datos que en cierto modo no significan nada si no podemos degustar las líneas que se convocan en esta primera novela de Mariño Palacios. Lo mismo podemos decir de su segunda novela Batalla hacia la Aurora (1958). Algunos de sus cuentos han sido rescatados en antologías más o menos recientes.

Andrés Mariño Palacios pudo haberse transformado en un caso extraordinario de nuestras letras. Sus tres únicas obras (El límite del Hastío. Colección de cuentos publicados en 1946) fueron escritas por él entre los 19 y 31 años, lo que indicaría la posible construcción de una obra sólida llamada a situarse entre las fundamentales del país. Caso que nos recuerda a Luis Enrique Mármol y Cruz Salmerón Acosta. Integró entre 1946 y 1950 el grupo Contrapunto, nombre tomado seguramente de la novela de Aldous Huxley, a quien leía con pasión, así como a Thomas Mann, Hermann Hesse, Albert Camus, Franz Kafka, toda esa frondosa obra de las primeras décadas del siglo XX que denunciaba la desesperación a la que fueron obligados los hombres de altos espíritus.

Nació en Maracaibo un 3 de noviembre de 1927, viajó a Valencia muy pequeño para finalmente residenciarse en Caracas hasta su muerte un 30 de octubre de 1965. Se inicia en el periodismo deportivo en el Diario El País bajo el seudónimo de Pablo Martín. Su nombre comienza a hacerse conocido en distintos periódicos de la capital. Esto no disminuyó nunca su deseo de escribir una gran obra, un libro que pudiera estar a la altura de un Ulises o de La montaña mágica, en todo caso quería figurar entre los grandes escritores del país, camino que lo llevaría a una realidad económica que le permitiera su realización intelectual.

Quiso construir una obra grande para cimentar su nombre y alcanzar altas posiciones dentro del mundo intelectual nacional, que irónico sería su final. ¿Pudo prever Mariño Palacios su destino fatal? Sus textos perdidos en el lodazal que se ha vuelto la vida venezolana brindan una respuesta adversa. Esta aventura de olvidar, de obviar, de ocultar es lamentable, no por lo olvidado sino por quien olvida, ya que queda desnuda su pobreza espiritual. A través de estas líneas hacemos una invitación para rescatar la obra de Andrés Mariño Palacios, fundamentalmente a las instituciones culturales y universidades zulianas. Es al Zulia a quien le toca esta tarea.

III.- Probablemente la poesía zuliana del siglo XX se divida en tres autores fundamentales; Udón Pérez, Jesús Enrique Lossada (aunque muchos no lo tengan como gran poeta), y Hesnor Rivera, quien a mi juicio podría ser la voz más importante de la lírica regional. Sus libros son ampliamente conocidos por el gremio de la palabra, lo que significa también que las nuevas promociones estudiantiles, sobre todo las del bachillerato, no conocen ni siquiera al propio poeta, mucho menos su obra.

Una obra que se pierde entre los años cuarenta cuando inicia su largo peregrinar por la metáfora, el vino y las bellas mujeres. Justamente en 1948, en un importante diario caraqueño, publica sus primeros poemas, de allí a la hora de su partida hacia los confines de la noche donde emprende a alimentar túneles hambrientos, se le conocen una docena de libros, entre ellos La gramática del alucinado que se mantiene inédito. En muchos de sus textos acude a la ciudad nativa para embriagar de imágenes las líneas del misterio. Maracaibo se descubre escondiéndose en una suerte de rito sagrado que devele las muecas y las ranuras de su cultura, de sus colores, de sus sueños. Hesnor se fuga. Se transforma en gendarme que busca en la noche el despertar de nuevos sentidos en donde yace su ciudad, la ciudad que lo sedujo en la infancia. La ciudad en donde descubrió: Un lago en cuya superficie roja/ bailan las cabezas reblandecidas de las naranjas/ abandonadas por los navegantes borrachos. La obsesión de Hesnor por su ciudad lo lleva a desnudar los laberintos para liberar una clase distinta de calor, de sudor. Desde la palabra refunda Maracaibo para hacerla transparente, habitable para el alma sensible poco acostumbrada a esa extraña tradición al cual fue crucificado el gentilicio zuliano. Y refunda Maracaibo por una necesidad vital: poder habitarle más allá de la apariencia real porque: Las apariencias no engañan/ menos de lo que puede hacerlo/ la controvertida realidad de esta zona.

La poesía es territorio para el sueño, y es allí y sólo allí, donde sueño y realidad se dejan de distinguir como irreconciliables para generarse uno del otro. En el caso de Hesnor, la Maracaibo de la realidad queda subyugada por la del sueño, y desde allí la reinventa, la refunda: Confundido te nombro. Registro/ con tu nombre -esa rama de pelambre mágica/ grata de ver como el ojo del trueno-/ los laberintos del agua. Sólo allí puede ser reconocido el poeta, allí en medio de las membranas metafóricas de una ciudad oculta está él desnudo y sonriente; el otro vive de aquí para allá cumpliendo con las exigencias de la vida social: LUZ, algún recital, alguna exposición, la presentación de un libro, habitando pletórico de angustia las fangosas tierras de la “hora”; en la hora se vuelve invisible, no, falso, no se hace invisible, se rehabita tanto, se pertenece tanto que son las miradas quienes se incapacitan para reconocerlo, pero está presente: Me interno más aún en el comienzo/ que me acerca a un lejano retorno. Llevo apenas la piel y la camisa/ que oí coser a brincos en la ciudad materna.

Y de de la misma consistencia en que están hechas las fibras de los sueños, Hesnor se construye una historia, una tradición, cuyo origen se difumina en la boca inflamada de un caracol incrustado en una playa del oriente. Al igual que Ramos Sucre, el poeta Hesnor viene de un pasado, pertenece también a una raza distinta: Mis antepasados los marinos/ cambiaron sus barcos por cabalgaduras/ para entrar en el reino de la tierra…/ Mis antepasados se nutrían/ de la gracia que hace florecer en la arena/ la llama vegetal de los peses. Y así como se crea una historia, se la obsequia a Maracaibo. Las ciudades nativas reflejan esa búsqueda extra-territorial de una Maracaibo que bullía en sus venas como un trópico de recuerdos no vividos; es decir recuerdos soñados. Así lo comenta José Gregorio Rodríguez, prologuista de Las ciudades nativas: Una suerte de inventario minucioso de su pasado y del pasado de su ciudad junto al trabajo de un verdadero lingüista que elabora su propia lengua haciendo del lenguaje el objeto mismo de su poesía. Idéntico movimiento que canta el mundo y el poema que los reúne.

Hesnor Rivera, poeta imprescindible, hace un registro de sensibilidades para disponerla, como mesa para el festín, a la colectividad zuliana, así como una fuente embriagadora para refundar a todo un país. Venezuela, en la hora actual, necesita urgentemente hacer una revisión de su sensibilidad y de los hombres que fraguaron su vida para cebar esa sensibilidad. Es un justo reclamo hacia los detentadores del poder ayudar a esa revisión, y un primer paso, sin lugar a dudas, sería la reedición de las obras de estos creadores de la palabra. Es un compromiso con quienes, inundados de angustias, deambulan buscándose un rostro en la historia donde comienza la mañana

 

© Valmore Muñoz Arteaga 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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