Como un hombre que sólo puede vivir de prestado.
La emancipación del letrado en "El perseguidor",
de Julio Cortázar

W. Julián Aldana
julianaldana@etb.net.co
Departamento de Español y Literatura
Área de Humanidades
Universidad Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario -Arrayanes-
Bogotá (Colombia)


 

   
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Desde siempre el hombre ha creado leyes y normas que rigen las sociedades. Se crean estatutos y se proponen referendos que bajo la ley de la democracia se desaprueban o se aprueban. Se crean tratados de todo tipo y se prohíbe el libre acceso fronterizo entre países vecinos. Se edifican valores que regulan el comportamiento del hombre que participa en una sociedad. Se dictaminan formas literarias como medio facilitador en la catalogación de obras. Se inventan recetas culinarias para que la salsa bechamel quede en su punto. No obstante los estatutos son violados a diario y los referendos intentan imponerse bajo figuras diversas; hay millones de ilegales que cunden como insectos en todas partes del mundo; un día Arturo escapa a la selva porque la norma es que hay que casarse si se mancilló la honra de una jovencita; hombres cansados de lo mismo escriben en partes diferentes Tristan Shandy y Rayuela; un cocinero absurdamente confunde el laurel con el jengibre. El resultado es evidente: leyes incumplidas, referendos impuestos maquilladamente, ilegales queriendo vivir a como dé lugar, la familia de Alicia burlada, escritores haciendo antinovelas y una salsa blanca que ya no es bechamel ni benchame sino Benjamin - sugiero leer este nombre con pronunciación francesa para que se note cierta rima entre la mutación de los nombres de la salsa.

Ejemplos de normas existen muchos. Lo cierto es que estas son creadas por alguien: un grupo de personas que detentan el poder. La norma de que en el XIX inglés la literatura se comenzara a dar en las universidades - acto absurdo para los intelectuales - fue ideada por el gobierno para que los nativos se sintieran orgullosos de sus raíces luego de la desolación de la guerra (Eagleton 1983). Los militares, los políticos, los escribanos, los escritores, los poetas, los músicos hicieron lo propio cuando les fue necesario. Durante el XIX hispanoamericano los habitantes de la Ciudad Letrada hacían uso de la lengua pública para diferenciarse de la plebe cuya lengua popular ni siquiera se escribía (Rama 1984). Los letrados tenían el poder para controlarlo todo y para regir y disponer de las cosas como a bien les venía en gana. Crearon una ciudad centralizada que luego fue adquiriendo características propias y vírgenes pues el divorcio que se pretendía con España fue radical. El poder cambió en poco tiempo de españoles a criollos y luego a autóctonos. La Ciudad Letrada se mantenía en el poder pues su principal característica es la adaptación a la elite dirigente. De modo que incluso hoy la Ciudad Letrada rige las naciones y crea las normas.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con Johnny Carter y Bruno y el Jazz (piénsese en Tiny’s tempo o now’s the time de Charlie Parker)? ¿Qué tiene que ver todo esto con el perseguidor? La Ciudad Letrada acoge en su seno a Bruno, el crítico de jazz y, ya se verá cómo, también a Johnny, el jazzman que no piensa, que siente.

Es claro que las condiciones del XIX difieren en algunas cosas del XXI de hoy. El poder del letrado actual es relativo y se vive en campos diversos según el contexto. Los referendos siguen siendo elaborados por los letrados de esa Ciudad Letrada descendiente de la de antaño; escritores hay que han sido embajadores y gobernadores; actores presidentes, etc. Lógicamente, y a diferencia del siglo que vio la liberación de los bárbaros países latinoamericanos, en la actualidad el poder se ha diversificado y no todos los letrados crean leyes para el Estado. Lo que sí es posible es llevar las riendas del campo de acción pertinente. Por eso los críticos de hoy, amén de la renovación o derrocamiento de los cánones literarios legendarios, siguen evaluando las obras de arte que a diario aparecen y crean para ellas rótulos: neobarroco, novela negra, novela amarilla, novela posmoderna, novela de ciudad, literatura del desarraigo, novela caníbal… Como en todos los tiempos hay novelas buenas y malas, son los críticos y estudiosos - letrados todos - quienes se encargan de ejecutar ctrl c ctrl v o ctrl x ctrl v y enaltecen o derrumban la obra del artista, otro letrado que, como Simón Rodríguez, pertenece a este escaño con la intención de ir contra esa Ciudad Letrada - por supuesto no todos los artistas buscan tal emancipación.

En “El perseguidor”, de Julio Cortazar, es posible ver los dos casos citados anteriormente. Bruno es un crítico de jazz que habita París, ciudad cosmopolita por excelencia. Ha escrito un libro sobre Johnny Carter un saxofonista que ha impuesto un nuevo estilo. Ser crítico implica el dominio de un tema y por supuesto la capacidad de referirse a él con propiedad. Bruno es un letrado que trabaja para una revista “Como es natural mañana escribiré para Jazz Hot una crónica del concierto de esta noche”. El hecho de poder hacer esto hace de él una persona cuyo prestigio y poder es evidente, más cuando se trata de ejecutar un trabajo que requiere de un alto grado de conocimiento. Es cierto que todo el mundo crítica todo y entonces hay obras buenas que son malas para algunos y malas obras que son buenas para otros. En el caso del letrado no se trata de la crítica vernácula, sí de una labor que requiere de un manejo académico y organizado de la información.

El prestigio de Bruno como crítico de jazz, o acaso biógrafo, no se pone en duda a nivel del reconocimiento del otro, él mismo reconoce este asunto” Mi libro sobre Johnny se vendía muy bien en todas partes, y naturalmente Sammy Pretzal hablaba ya de una posible adaptación en Hollywood, cosa siempre interesante cuando se calcula la relación franco-dólar. La fama de Bruno es sinónimo de su prestigio que no sólo se lee en francés pues “de un momento a otro saldrá la traducción al inglés y al italiano”. Es claro que sólo un letrado con cierto poder en su medio logra escribir un libro cuyo reconocimiento trascienda las fronteras de un país. El asunto se pone mejor cuando luego de la muerte de Johnny el narrador nos cuenta que “ya hablan de una nueva traducción, creo que al sueco o al noruego”, lo que le da a Bruno su papel indiscutible de letrado miembro importante de la Ciudad Letrada.

No obstante ser un letrado como Bruno no implica deshumanización. Bruno es un crítico pero ante todo un hombre y un amigo de Johnny. Por eso le preocupa el estado del saxofonista y en la primera visita urgente que la historia permite conocer…

-Me imagino que se han quedado sin dinero.
-Tenemos ese contrato para empezar pasado mañana -ha dicho Dédée.
-¿Usted cree que va a poder grabar y presentarse en público?
-Oh, sí -ha dicho Dédée un poco sorprendida-. Johnny puede tocar mejor que nunca si el doctor Bernard le corta la gripe. La cuestión es el saxo.
-Me voy a ocupar de eso. Aquí tiene, Dédée. Solamente que... Lo mejor sería que Johnny no lo supiera.

Y no se trata del exceso de dinero por parte de Bruno, o de un gesto de su alma caritativa, es el aprecio que siente por Johnny y el reconocimiento a su talento y a la persona que fue y que quiere volver a ver. Pero lo humano de Bruno no lo aleja de la Ciudad Letrada, ser letrado, y por tanto hacer uso del poder que sea, no es sinónimo de deshumanización. El asunto es que Bruno en ocasiones se da cuenta de que su papel no es en realidad gran cosa:

Pero aquí, con esta taquigrafía garabateada sobre una rodilla en los intervalos, no siento el menor deseo de hablar como crítico, es decir de sancionar comparativamente. Sé muy bien que para mí Johnny ha dejado de ser un jazzman y que su genio musical es como una fachada, algo que todo el mundo puede llegar a comprender y admirar pero que encubre otra cosa, y esa otra cosa es lo único que debería importarme, quizá porque es lo único que verdaderamente le importa a Johnny.

Donde reduce el papel del crítico a un trabajo meramente comparativo, además de poner un tono baladí a su labor lo que podría en determinado momento ser un instante de deseo de emancipación de la Ciudad Letrada. Ocurre algo similar cuando Bruno se va a reunir con Johnny y los muchachos por los días de la noticia de la muerte de Bee “Pasarán quince días vacíos; montones de trabajo, artículos periodísticos, visitas aquí y allá -un buen resumen de la vida de un crítico, ese hombre que sólo puede vivir de prestado, de las novedades y las decisiones ajenas”. El valor de su trabajo es casi inexistente, vivir de prestado con novedades y decisiones ajenas es un pensamiento que hace que Bruno se cuestione sobre la posible falsedad de las cosas. Son fugaces momentos en los que acaso se quiera escapar, no ser ya más un letrado y ver la vida de color distinto. No lo logrará pues al final de la historia es claro que la Ciudad Letrada le gana y su prestigio se consolida.

“Todo esto coincidió con la aparición de la segunda edición de mi libro, pero por suerte tuve tiempo de incorporar una nota necrológica redactada a toda máquina, y una fotografía del entierro donde se veía a muchos jazzmen famosos. En esa forma la biografía quedó, por decirlo así, completa. Quizá no esté bien que yo diga esto, pero como es natural me sitúo en un plano meramente estético.

Un caso diferente es el de Johnny Carter, el saxofonista negro que no piensa. Partiendo de este hecho primero puede ponerse en cuestión el papel que juega Johnny dentro de la Ciudad Letrada. Es claro que es un hombre inteligente o de lo contrario no podría ser majestuoso con el saxo. Como músico y miembro de una élite Johnny tendría cualidades perfectas para ser un letrado. De hecho lo es. El punto divergente es que a Johnny no le importa eso, ni vestirse de acuerdo a la ocasión, o decir las palabras justas en el momento adecuado. Su comportamiento se aleja a toda costa de lo que dictaminan las normas impuestas por la sociedad. No le interesa mantenerse dentro de los marcos de convivencia justos para con los otros. Lo que está bien para él es lo importante. Ocurre cuando después de la primera visita de Bruno, éste y Johnny se ven después de las grabaciones magnificas que ha hecho el saxofonista

-Dédéé me ha contado que la otra tarde estuve muy mal contigo.
-Bah, ni te acuerdes.
-Pero si me acuerdo muy bien. Y si quieres mi opinión, en realidad estuve formidable. Deberías sentirte contento de que me haya portado así contigo; no lo hago con nadie, créeme. Es una muestra de cómo te aprecio. Tenemos que ir juntos a algún sitio para hablar de un montón de cosas. Aquí... -Saca el labio inferior, desdeñoso, y se ríe, se encoge de hombros, parece estar bailando en el sofá-. Viejo Bruno. Dice Dédée que me porté muy mal, de veras.

Su visión de mundo difiere de la del otro. Johnny no está loco, no ha llegado al punto de la demencia. Tiene sí una forma particular de ver las cosas - los qualia, en palabras de Jorge Vargas Calvo -, las analiza desde su punto que se aleja de su carácter de letrado, no gratuitamente le comenta a Bruno cuando está en la clínica luego de una recaída

-Lo que pasa es que se creen sabios -dice de golpe-. Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas.

Esto indica que Johnny conoce las cosas del mundo, las cosas de la realidad común pero para sí mismo han perdido valor “En el circo es igual, Bruno, y entre nosotros es igual. La gente se figura que algunas cosas son el colmo de la dificultad, y por eso aplauden a los trapecistas, o a mí”. Incluso su propio trabajo, grandioso para todos y para Bruno, es de poco valor - y en esto es similar a su amigo crítico de jazz. Se trata de cosas sencillas del mundo. Así el papel del letrado, tan valioso para la hispanoamérica decimonónica, es fútil a los ojos de Johnny

“Yo no sé qué se imaginan, que uno se está haciendo pedazos para tocar bien, o que el trapecista se rompe los tendones cada vez que da un salto. En realidad las cosas verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento. Mirar, por ejemplo, o comprender a un perro o a un gato. Esas son las dificultades, las grandes dificultades”.

El valor de la vida para Johnny está en la cotidianeidad, en lo que hace la gente comúnmente sin importar el rótulo de su labor. No es necesario hacer parte de la Ciudad Letrada para vivir, para hacer cosas valiosas. La vida está en lo sencillo que en ningún momento excluye la labor realizada por los letrados. Johnny, saxofonista que no piensa pero letrado por el papel que desempeñen la sociedad, vive independientemente de lo que pueda importar para los otros su trabajo. Por eso su labor, que implica un alto nivel de conocimiento, es importante sólo en la medida que le es útil a él y le permite no salirse del tiempo, sino entrar en el tiempo que a él le parece preciso vivir.

Johnny se aleja entonces de la Ciudad Letrada, y como los personajes anónimos que escribían graffiti frente a la casa de Cortés en el XVI, o como Simón Rodríguez en el XIX, trata de ejecutar su emancipación consciente o inconscientemente desde su calidad de letrado pues sólo así es posible alejarse de ella. No se puede negar lo que no se conoce, es necesario criticar los libros malos por medio de otro libro. La renovación de leyes se hace por medio de otras leyes. Las normas se corrigen con normas. La salsa Benjamin es sólo corregible si se usa laurel en vez de jengibre y así tener entonces salsa bechamel.

Pero la Ciudad Letrada está ahí de fondo o de base y no excluye nunca al letrado. Lo que hace es acomodarse al sistema de poder imperante y si la elite es musical pues se ajusta de acuerdo a las necesidades de ese grupo. Por supuesto para Johnny Carter la Ciudad Letrada no existía pues jamás dio muestra de interesarse por ella. Su amigo Bruno hace parte de ella y él, Johnny, fue parte activa también en su momento, hasta cuando perseguía con su música el tiempo preciso de tocar con un vestido gris y con Arlt y Marcel y dos chicos muy buenos de París queriendo todos lograr un Amorous o un Streptomicyne con la facilidad impensada con que Johnny los metía en su tiempo, y no ser sólo un hombre que pueda vivir de prestado.

 

BIBLIOGRAFÍA

CORTÁZAR, Julio. El perseguidor. Ed. Alianza, Madrid, 1993.

EAGLETON, Terry. Una introducción a la teoría literaria. F.C.E. Bogotá, 1994.

RAMA, Ángel. La ciudad letrada, Ed. de Norte, Hanover, 1984.

VARGAS Calvo, Jorge. ¿Qué se sentiría ser Charlie Parker? (What is it like to be a Bird?), en Revista de Filosofía Universidad de Costa Rica, Vol. 34, Nº 83-84, 1996.

 

(Este artículo será publicado en la revista de literatura Rara Avis # 6 - Ene-Dic 2003 - de la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia, Bogotá.)

 

© W. Julián Aldana 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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