Historia y autobiografía
en El largo atardecer del caminante de Abel Posse

Jorge Serra Maiorana
Universidad de Alicante
donjorgeserra@yahoo.es


 

   
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La novela El largo atardecer del caminante (1992), se considera uno de los mejores ejemplos de la novela histórica contemporánea de Hispanoamérica. En ella, el escritor argentino Abel Posse (1939) ha reconstruido una autobiografía imaginaria del conquistador Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

 

Una vida entre la realidad y la ficción

Buena parte de la vida real de Alvar Núñez Cabeza de Vaca queda envuelta en el misterio. Nació en Jerez de la Frontera, posiblemente en 1490; su abuelo, Pedro de Vera, había participado en la conquista de Canarias, por lo que su familia ganó un cierto prestigio. Las primeras experiencias militares de Alvar Núñez lo mantienen ocupado en la campaña de Ravena, ayudando al papa Julio II (1512); en la reconquista del Alcázar de Sevilla (1520); en la batalla de Villalar contra los últimos musulmanes que permanecían en la península (1521). Estas hazañas, junto al prestigio de su nombre, debían de haberle favorecido la obtención del título de tesorero y alguacil mayor de la expedición a Florida de 1527.

La flota, cuyo comandante es el anciano conquistador Pánfilo de Narváez, está compuesta por seiscientos hombres y tiene como finalidad la conquista del territorio comprendido entre el actual México y Florida. Pero la expedición ha sido mal preparada, y, tras haber perdido varios buques por causa de un huracán, los pilotos equivocan el rumbo, los barcos se desvían y topan con la costa occidental de Florida, muy lejos de la zona prevista. La codicia lleva al comandante a abandonar los navíos en busca de oro, a pesar del parecer contrario de Cabeza de Vaca. La región resulta ser muy pobre, pero llena de indígenas hostiles que infligen muchas bajas a los españoles. Estos construyen barcas improvisadas con las que intentan buscar lo que queda de la flota. Lo único que consiguen es separarse y perderse; el mismo Pánfilo de Narváez encuentra la muerte cerca de la desembocadura del Misisipi, en 1528. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, con tres compañeros (Andrés Dorantes, Alonso del Castillo y el negro Estebanico), emprende un largo recorrido por el sur de los actuales Estados Unidos. Viven entre los indios y como los indios, adoptando sus propias costumbres; al principio son tratados como esclavos por los caciques, pero un día, por casualidad, Andrés Dorantes consigue curar a un indio enfermo. Los cuatro náufragos son así conocidos como curanderos por todas las tribus con las que entran en contacto. Los indios ven a los españoles, sobre todo a Cabeza de Vaca, como dioses, los temen y los respetan. Las prácticas utilizadas consisten en mezclar los rituales mágicos de los indígenas con el rezo de Avemaría y Paternóster. La aventura de estos “chamanes blancos” continúa hasta el año 1535, al alcanzar ellos las colonias españolas de México. El primer contacto con los connacionales es brusco, ya que la violencia de los soldados hacia los indios impresiona a un Cabeza de Vaca que acaba de vivir siete años en contacto con una cultura “otra”. De todas formas los cuatro náufragos son recibidos por el gobernador y por el virrey con grandes honores, y en 1537 regresan a España. Alvar Núñez Cabeza de Vaca relata esta peregrinación en tierra americana en forma de crónica dirigida al rey Carlos V. Esta relación, conocida como Naufragios, ve la luz por primera vez en 1542.

Las noticias sobre la vida de Cabeza de Vaca después del regreso son escasas y vagas. Sólo se sabe que fue nombrado gobernador del Río de la Plata en los años cuarenta del siglo XVI. En Asunción de Paraguay intentó establecer un gobierno justo, basado en la moral católica y en el respeto de las comunidades indígenas.1 Pero los políticos y los clérigos corruptos de aquella provincia conspiraron contra él y lo reenviaron a España en cadenas. Fue procesado y condenado a un exilio de ocho años en Orán, aunque obtuvo el perdón del rey y pudo vivir en Sevilla como juez del Tribunal Supremo. Murió alrededor de 1558.

En 1992 Abel Posse escribió una autobiografía ficcionalizada de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, titulada El largo atardecer del caminante. La novela tiene como narrador y protagonista al viejo conquistador derrotado, que vive en Sevilla. Cabeza de Vaca va a la biblioteca en busca de unos mapas, para localizar los lugares de su naufragio, y ahí conoce a Lucía de Aranha, una joven judía conversa a la que rebautiza Lucinda. La chica ha leído los Naufragios y admira a Cabeza de Vaca, aunque éste le confiese que lo relatado en la crónica no es toda la verdad. Así que ella le regala una resma de papel, para que el anciano pueda rescribir la historia de su vida en América.

Cabeza de Vaca vuelve a relatar sus aventuras pasadas como en una serie de flashbacks, que se alternan con su vida actual en la Sevilla de 1557. Durante su peregrinación a través de América del Norte se casa con una mujer indígena (Amaría) y tiene dos hijos (Amadís y Nube), a quienes tiene que abandonar para continuar su viaje hacia las colonias españolas. Después de su regreso a España llega su lastimosa experiencia como gobernador del Río de la Plata: intenta mantener el poder con la fe y la bondad, pero se encuentra solo en su lucha contra la corrupción. Su experiencia política termina en un nuevo naufragio.

Un día llega a Sevilla un barco cargado de esclavos indios, entre los que Cabeza de Vaca encuentra a su hijo Amadís. Es como si el pasado volviera y se conectara al presente del protagonista; el reencuentro con su hijo actúa a modo de intersección entre la vida del joven Cabeza de Vaca y la del anciano. A través de Amadís se entera de que Amaría ha muerto por mano de Hernando de Soto (cuya expedición de conquista tuvo lugar en 1539), y que Nube se ha convertido en una guerrera y ha llevado a su gente lejos de la presencia española.

Al mismo tiempo, Cabeza de Vaca se enamora de Lucinda, cuyo corazón ya pertenece a Omar Mohamed, un ex esclavo musulmán. Los celos casi le hacen asesinar al compañero de la joven. Cuando finalmente le declara su amor y le confiesa el delito que estuvo a punto de cumplir, se da cuenta de que ha salido derrotado una vez más, ya que no puede satisfacer su desesperado amor de viejo. Omar y Lucinda van a huir de España para alcanzar a una comunidad de judíos y musulmanes de habla castellana. Los dos están dispuestos a ayudar a Cabeza de Vaca a liberar a su hijo para salvarlo. Desgraciadamente, tras unos cuantos días, Amadís fallece por debilidad y por desesperación, a pesar de la intervención de todos por su liberación.

La pérdida del hijo es el último “naufragio” personal al que Cabeza de Vaca puede asistir, ya que el siguiente será la muerte. Su propio pasado, aparentemente constituido de simples recuerdos, termina por afectar al presente y llevarlo a otra derrota. Lo único que queda por hacer es esconder el manuscrito de su vida entre los libros de la biblioteca, para que alguien lo encuentre en el futuro y su vida se salve del peor de los naufragios: el olvido.

 

La historia secreta de Cabeza de Vaca

En los Naufragios Cabeza de Vaca escribe usando la primera persona plural, y efectivamente en su crónica se reconoce un buen nivel de identificación del español con la realidad indígena, además de una ligera exaltación del narrador-protagonista a la hora de relatar sus prácticas de curandería y su fama de divinidad entre los indios. De todas maneras, en la crónica hay algunos “silencios” que han despertado la curiosidad de Abel Posse. El largo atardecer del caminante juega mucho con esto, relatando en la ficción lo que en la relación real se ha callado. Ahora bien, El Cabeza de Vaca narrador ficticio siente una fuerte reluctancia a rememorar su propio pasado, y es gracias a Lucinda que logra vencer esta resistencia:

Su curiosidad por mi pasado terminó por encender la mía, y así fue como me fui cayendo hacia adentro de mí mismo, como buscándome de una vez por todas. (Ahora que ya es tan tarde. Tengo sesenta y siete años y por momentos mi yo queda ya muy lejos de mí. Apenas si me recuerdo, ¿quién era Alvar Núñez en aquel entonces?)2

En este momento el Cabeza de Vaca del presente admite tener un yo pasado y secreto, poseedor de su propia historia, que ha dejado sepultado en su memoria con la intención inicial de no volver a recuperar. Su historia, por lo tanto, no será la oficial que ya se conoce (la de los Naufragios), y tampoco pretenderá darse como objetiva relación de los hechos.

Hay que tener en cuenta, en línea general, que cualquier historia (y aún más una autobiografía) es una re-presentación de acontecimientos en la que siempre e inevitablemente influye lo subjetivo de quién relata. Cada narrador ofrece una versión de su historia, de acuerdo con su nivel de interés o envolvimiento en el asunto que narra.3 En este caso la subjetividad de Cabeza de Vaca relatándose a sí mismo resulta acentuada, porque lo que va a presentar es no solamente su cambio de identificación, de la cultura española a la indígena, sino también las emociones íntimas y profundas que experimentó a lo largo de su vida.

Inicialmente Cabeza de Vaca, para su labor de rememoración, quisiera seguir el orden de los hechos de su crónica, pero casi de inmediato éstos le aparecen como algo extraño:

Pero ella [Lucinda] me obliga a recordar más o menos ordenadamente, siguiendo la letra de lo que ya escribí en los Naufragios. Todo me suena episódico y exterior. Son los meros hechos como para el Tribunal de Indias o el Emperador (o la misma Lucinda, tan púdica). Los otros me obligan más bien al silencio. La verdad exige la soledad y la discreción para no ir a parar a la hoguera. Estamos tan fuera del hombre que toda verdad íntima y auténtica se transforma en un hecho penal.4

El miedo a la Inquisición es lo que, durante tantos años, le ha obligado al silencio. Ahora, volviendo a relatar a escondida el día en que los barcos salieron de España para el trágico viaje, el viejo conquistador recuerda lo que entonces sintió:

Nos embarcamos el 17 de junio de 1527 [...]. Habían sido un mayo y un junio calientes. El más bello tiempo que pueda recordar en mi vida. Me graduaba de conquistador y mi exaltación no tenía limites. Días de amor dolorido, de sensualidad con mi gitana trianera que hasta había intentado disfrazarse de grumete y osado presentarse en los controles del muelle de la Contratación. Con su olor pegado a mi cuerpo yo llegaba hasta las naos para ocuparme del cargamento.5

Esta descripción, tan cargada de sentimientos, choca con el exordio de los Naufragios, que se abre con la salida de la expedición, justo aquel día de Junio de 1527:

A diez y siete días del mes de Junio de mil quinientos y veinte y siete partió del puerto de Sant Lúcar de Barrameda el gobernador Pámphilo de Narváez, con poder y mandado de Vuestra Majestad para conquistar y gobernar las provincias que están desde el río de las Palmas hasta el cabo de la Florida, las cuales son en tierra firme. Y la armada que llevava eran cinco navíos, en los cuales, poco más o menos, irían seiscientos hombres.6

La crónica, escrita por él mismo y dirigida al rey, aparece lacónica y hasta inexpresiva frente a la autobiografía secreta, ya que el narrador-protagonista se contenta con proporcionar datos técnicos sobre la flota, y con describir lo que ve y vive desde afuera.

En lo que atañe a su carrera de curandero, el narrador de El largo atardecer del caminante confiesa la superficialidad con que había tratado ese tema en los Naufragios. Se trata, pues, de un asunto espinoso para la España de aquel entonces, y además Cabeza de Vaca reconoce que, en el fondo, nunca había tenido interés en la actividad de chamán. De este modo el conquistador anciano y ficticio destruye uno de los puntos salientes (al menos en apariencia) de su vida real de náufrago entre los indios: en los Naufragios, lo de los “chamanes blancos” adorados como dioses es uno de los temas que más llama la atención, porque denota una posible identificación e integración en la cultura india. Así que la ficción casi llega a denegar lo que es realidad, o que se da como tal.

Otro elemento que destaca en la novela de Abel Posse, frente a los Naufragios, consiste en el hecho de que Cabeza de Vaca, en su crónica oficial, condense seis años de vida entre los indígenas en una página y media de texto. El narrador de El largo atardecer del caminante afirma y explica esta extraordinaria contracción temporal:

Releyéndome ahora, encuentro que mi silencio de seis años resuelto con página y media de mi libro, es lo suficientemente descarado y evidente como para que los estúpidos inquisidores de la Real Audiencia y del Consejo de Indias no sospechasen nada. [...] escribí que soporté seis años de esclavitud porque esperaba que se repusiese Lope de Oviedo, oficial de Narváez de su enfermedad. [...] No era cosa de dar seis años de mala vida y de esclavitud con riesgo de muerte por un hombre que apenas conocía [...]. Nada de esto digo, por supuesto.7

Lo que le ocurrió, durante aquellos seis años, al Cabeza de Vaca ficticio fue vivir con una tribu indígena, casarse con una nieta del cacique y tener un hijo y una hija mestizos. Es evidente que la Inquisición no habría podido aceptar nada de esto, tanto en la realidad histórica del 1557 como en la realidad ficcional en que se desarrolla El largo atardecer del caminante. La narración del viejo conquistador se propone definitivamente como algo secreto y extraoficial, pero, como se verá más adelante, inevitable de escribir. Desde luego en la historia, especialmente la que se propone como oficial «no sólo se imponen los valores de una época -la que uno historiza- sino también la tradición de esos valores e incógnitas que pululan en la sociedad; [...]».8 Al escribir sus Naufragios, Cabeza de Vaca no pudo hacer otra cosa que conformarse con los cánones de la crónica oficial de la Conquista y Descubrimiento, pese a su voluntad o participación en los acontecimientos.

A este propósito, en la novela aparece el cronista oficial de las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo.9 En una charla entre éste y el conquistador, sale a la luz la posición y el papel de Oviedo en la sociedad colonial española.

Es evidente que don Gonzalo Fernández de Oviedo está convencido de que la Conquista y el Descubrimiento existen sólo en la medida en que él supo recuperar, organizar y relatar los hechos. Es el dueño de lo que se suele llamar ahora «la Historia». Lo que él no registre en su chismosa relación, o no existió o es falso... [...].

-¿Qué quiere de mí, don Gonzalo?- le dije sin falsa bonhomía (como dicen los franceses.

-[...] Dicen que usted tiene una versión secreta, una tercera versión de su viaje o su caminata de ocho años desde la Florida hasta México... Dicen que es una versión que usted sólo confiaría al Rey. Pues he venido para tratar que usted me diga algo sobre tan curiosa versión...10

Una prueba más de que una historia, para ser aceptada, tiene que responder a unos cuantos parámetros establecidos por el poder, que suelen consistir en la linealidad en la presentación de los hechos y, sobre todo en éste caso, la exaltación de un personaje y un país vencedor. Como explica el teórico Karl J. Weintraub, el pragmatismo típico de las crónicas oficiales, se debía al escribir «desde el punto de vista de una concepción fija de la naturaleza humana, de una racionalidad eterna en la naturaleza de los estados, y de una moralidad eterna».11 La historia secreta que el viejo Cabeza de Vaca va a contar no expondrá los acontecimientos en su propio orden, ya que se basa en la alternancia de pasado y presente y varios de los hechos se adelantan o se posponen. Será además la historia de un fracaso total, como conquistador y como hombre.

 

III. Desdoblamiento del protagonista

El narrador de El largo atardecer del caminante cuenta su vida pasada como si perteneciera a otra persona. Su punto de observación es, por lo tanto, marginal respecto a los hechos de su juventud. Pero, aún así, goza de una posición privilegiada porque él, anciano narrador próximo al fin de su vida, conoce a su “yo” pasado mejor que el mismo Cabeza de Vaca joven del que va a narrar la vida. Y desde luego, al rememorar su experiencia se nota claramente cuanto su vida haya sido vivida y experimentada. El viejo conquistador actúa a modo de “confesor” de sí mismo, y practica la reescritura de su pasado como una especie de ritual:

Me pongo al atardecer en mi escritorio desvencijado con el candil que me prepara doña Eufrosia. Pero antes me visto con medias finas y algunos de los viejos trajes que exhumé. Me visto como para visitarme a mí mismo y dialogar con los otros Alvar Núñez Cabeza de Vaca, los que ya murieron o merodean dentro de mí como almas en pena. [...] He, pues, decidido que seguiré libre sobre este campo blanco, infinito, que a veces me hace acordar a aquellas mañanas lúcidas del desierto de Sinaloa. La soledad salvaje, la verdad. Libre: sin ningún lector de hoy.12

Desde su posición aventajada (su escritorio), el anciano narrador asiste a la fragmentación de su “yo” originario, al entrar en contacto con la cultura indígena, con sus ritos de iniciación. Gracias a su punto de observación marginal, pero omnisciente, este “confesor” del presente narrativo puede revivir su pasado como desde un estado de ex­statis, colocándose él por encima de todo lo que relata y de sus cambios de identidad.13

En la novela se ofrecen dos historias de un mismo hombre (el joven Cabeza de Vaca del pasado y el viejo, del presente), y la multiplicación de los “yo” se convierte en una obsesión para el anciano narrador, ya que se recurre con mucha frecuencia a frases que denotan su cambio de identidad; su transición de la cultura de la espada, el catolicismo y los trajes, a la del contacto con la naturaleza, la magia y la desnudez:

Mi vida al revés, siempre al revés: yo era Moctezuma, yo era el indio. Yo recibía el «requerimiento» para salvarme a la nueva fe. [...] No. Ya soy definitivamente otro. La vida, los años, me fueron llevando lejos de mi pueblo. Ya ni su gracia, ni su odio, ni su hipócrita silencio, ni la alegría de sus macarenas me pertenece. Soy otro. Soy el que vio demasiado. [...] Era otra vez don Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el señor de Xerés. Pero era otro, por más que yo simulase. Era ya, para siempre, otro.14

Estas referencias a su otro “yo” se repiten a menudo, a lo largo de toda la novela. Denotan una especie de manía que obsesiona, y al mismo tiempo fascina al narrador. En el momento en que recuerda el día en que tuvo que abandonar a su familia mestiza, para continuar su travesía hacia las colonias españolas, el viejo Cabeza de Vaca experimenta una especie de aparición de sí mismo. Aunque ya se haya convertido en un indio está cargado de espíritu aventurero:

Surgía aquí, en la azotea, aquel otro Cabeza de Vaca, frente al que muere en un largo atardecer. Llenó de un salto esta azotea. Lo vi con nitidez en estas alucinaciones imaginativas a las que somos propensos los viejos. Tenía la plenitud sin arrogancia de quien anda lleno de días por delante. Creo que me miró sin prepotencia: soy apenas su escribiente, su muriente. Soy su tumba, su memoria. (Él podrá despreciarme, pero sin mí y mis cuartillas, no existiría.) Me pareció que era más alto que yo. Su pecho y su cabeza se proyectaron hasta cubrir la Giralda. Estaba desnudo.15

El Cabeza de Vaca del presente ve a su “yo” pasado como si fuera otro hombre: con cierta nostalgia, ya que él no es sino un patético reflejo de aquel que era en juventud. Queda, de todos modos, una ligera actitud de superioridad por parte del viejo narrador: en el estado actual, su “yo” pasado sólo puede existir gracias al arruinado “yo” presente.

La transformación del “yo” de Cabeza de Vaca se presenta como una especie de prosopopeya: en este tipo de narración los cambios del protagonista son graduales, y no es raro que identidades opuestas de un mismo personaje terminen por coincidir en algo.16 En El largo atardecer del caminante, lo que une el Cabeza de Vaca de ayer al de hoy es la condición de vencido. El que vemos cruzar el continente americano es un náufrago en sentido literal y social, respecto a la sociedad imperial: no solamente su expedición de conquista ha fracasado, sino que él ha perdido su identidad de español, para ser remplazada por la conversión en indio. Asimismo el Cabeza de Vaca narrador es un derrotado, ya que ha perdido su prestigio político (después de su trágica experiencia de gobernador del Río de la Plata), y ha caído victima de un amor imposible hacia Lucinda. Así las cosas, el narrador relata viviendo una condición de fracasado más general de la que se encontraba él mismo de joven. Por lo tanto el estado de náufrago, en el sentido más amplio del termino, llega a encerrar toda la novela y pone en el mismo plano todos los “yo” de Cabeza de Vaca.

Como ya se ha dicho, la narración de El largo atardecer del caminante va alternando la rememoración del pasado con la vida presente. Ahora bien, lo que ocurre es que ésta última llega a interferir en la recuperación y narración de la primera. En concreto, el viejo Cabeza de Vaca, relator de su vida, está cerca de la muerte y cree no tener ya nada que hacer, decir o experimentar, salvo rescribir su historia. El amor hacia Lucinda lo coge desprevenido, y tan pronto como descubre que ella pertenece a Omar, lo asaltan los celos y hasta planea matar a su “concurrente”. Lo que sacude a Cabeza de Vaca no es tanto el hecho de que su amor sea irrealizable, como el de que los sentimientos de pasión, aventura y muerte, que caracterizaron su juventud y creía haber dejado definitivamente atrás, vuelvan a atormentar su cuerpo y su ánimo de viejo.

Me vi completamente ridículo. Una vez más la maldita vida se metía. Metía su rabo cuando uno buscaba el sosiego de la recordación; [...]. De repente irrumpe lo que hay. Lo de hoy. Lo cierto y actual. Es como si de una patada en el trasero nos mandasen otra vez al centro del escenario, cuando ya estábamos serenamente despidiéndonos entre bambalinas. [...] He dispuesto no abandonar el relato, que ya es memoria invadida inesperadamente por vida actual. Anotaré todo: lo que no dije de mi pasado y de mis anteriores naufragios y los pormenores de este penúltimo naufragio que seguramente me llevará por primera vez a matar un ser despreciable con mi mano.17

También ocurre lo contrario, es decir, lo que pertenece a su pasado reaparece en su vida actual. Lo vemos en el momento en que Cabeza de Vaca reencuentra a su hijo reducido a esclavo. El viejo toma así conciencia de que es imposible huir de su propio pasado: «El pasado me reencontraba, me dominaba, me sinceraba. Como el flujo y reflujo de un mar imprevisible que devuelve caracolas desaparecidas, ahora me enfrentaba con mi hijo, con mi sangre».18 La comparación entre el movimiento del mar y el pasado que regresa comunica bien ese rasgo de imprevisibilidad para cada uno. En síntesis, la vida presente de Cabeza de Vaca perturba su labor de recuperación del “yo” pasado; este último, a su vez directamente (el encuentro con su hijo), o indirectamente (el despertar de sus pasiones), regresa y se entremezcla con la vida de su “yo” presente. Acerca de este fenómeno de regreso e intromisión, interesan las consideraciones de Michael Sprinker:

La repetición es un extraño tipo de movimiento metaléptico del espíritu en el que dos condiciones que aparentemente no son semejantes se vuelven equivalentes en una relación de diferencia temporal. Al contrario que el recuerdo, que «comienza con la pérdida», la repetición es una plenitud, el redescubrimiento de lo que el recuerdo ha perdido por medio del desplazamiento del objeto recordado a un orden intemporal: «la eternidad, que es la verdadera repetición»19

Los antiguos sentimientos y el encuentro con el hijo son las repeticiones procedentes del pasado, y que el protagonista redescubre a su pesar. Éstas, y la intromisión de la vida actual en la labor de remembranza, devuelven a Cabeza de Vaca a su condición de eterno náufrago, hasta la muerte.

 

Intimidad, memoria y olvido

A la hora de rescribir su vida Cabeza de Vaca exterioriza de forma muy explicita su proceso de transculturación. Lo que en los Naufragios se omite, o se relata de forma lacónica, en El largo atardecer del caminante se expresa sacándolo a la luz con toda su intimidad. Por ejemplo, el cacique de la tribu con la que lleva seis años le enseña a perder su mirada en el cielo: Cabeza de Vaca recuerda aquella experiencia como algo trascendental, parecido a una fusión con el cosmos. Pero el caso más destacable es el de la unión con la india Amaría, de la que nacerán sus hijos mestizos:

Amaría tenía una gran ciencia del placer. [...] Yo aprendí a hundirme dulcemente en ese conocimiento del placer y de los sentidos. Aprendí a gustar el sabor de su sexo como el de una fruta madura y renovadamente fresca. Me envolví en su piel y ella rodó por la mía descubriendo insospechables valles de placer.20

Es este un acontecimiento rememorado por el narrador imaginario, que llama mucho la atención. En la crónica escrita por el verdadero Cabeza de Vaca no hay ninguna referencia a mujeres indígenas, ni a posibles relaciones que haya podido existir con ellas. Se trata de uno de los “silencios” más importantes, que constituye el punto de partida de esta novela de Abel Posse.

En lo que concierne la memoria, sigue siendo válido el concepto de subjetividad y relatividad de lo que es el recuerdo. Él que escribe sobre su propio pasado, siempre que no intervengan vinculaciones externas, recrea una condición de sí mismo que ya no existe sino en su memoria personal. Resulta inevitable que, al rememorar el pasado, incidan criterios de elección de tipo subconsciente: una especie de «memoria involuntaria» que opera su selección independientemente de lo que quiera el narrador.21 El mismo Cabeza de Vaca se da perfectamente cuenta de esto, y acepta el hecho de que es imposible recordar todo así como ocurrió exactamente: «A la vuelta de tantos años no podría hoy recordar exactamente las palabras de Dulján. El recuerdo deja un residuo esencial. No recordamos lo que nos dijeron, lo que nos pasó, sino más bien, lo que creemos que nos dijeron y que nos pasó».22

El teórico James Olney hace hincapié en que el recuerdo tiene relación con el presente: ambas cosas se influyen mutuamente y el presente configura y modifica los recuerdos. De hecho, la condición psicológica del momento puede caracterizar la imagen que uno tiene de algo pasado.23 La mente, entonces, tiene la capacidad de modificar el recuerdo, que ya por sí mismo no reproduce perfectamente lo real.

[...] traté de ver el limonero de la infancia que señoreaba aquel huerto claro donde viví la aventura de los imaginarios combates y descubrimientos a la hora de la siesta. Creí ver un tronco deshojado, [...]. Reconstruí los espacios que alguna vez me parecieron infinitos y cargados de misterio. [...] El ámbito de otrora parece ahora increíblemente reducido. El recuerdo de la geografía de la infancia prevalece, y parece que la realidad es lo irreal. Me da la impresión que el limonero está muerto o agoniza entre las malas aguas de la industria de los franceses.24

[...] miré hacia el patio que esta vez me pareció un poco más grande que otras veces, aunque nunca como en el recuerdo de mis lejanas travesuras de la siesta. [...] El limonero me pareció menos debilitado por el ácido de los curtidores flamencos que compraron la casa.25

Cabeza de Vaca visita a escondidas la que fue su casa. Cuando lo hace por segunda vez se encuentra en un estado de euforia, debido al hecho de haber, por fin, conseguido escribir sobre su familia mestiza. La imagen que él tenía (o creía tener) de su antigua casa se ve modificada, en su mente, por las emociones que experimenta en el momento presente.26

Un recuerdo puede surgir gracias a un estímulo sensitivo. Dicho de otra forma, la vista de un objeto, la percepción de un sonido, un sabor o un olor, así como un estímulo táctil, pueden activar la memoria y traer a la mente el recuerdo de un acontecimiento o una sensación. En la novela en cuestión esto ocurre varias veces con estímulos visuales:

La daga y la cruz. Las dos están sobre la mesa donde escribo. La daga es corta y retacona, es romana [...]. La cruz era la del pectoral de hierro del abuelo Vera. Un Cristo gastado por los años, con brillo en las rodillas. Los españoles en la selva del Paraguay, eran sólo la daga. Desde esta distancia de tiempo y de espacio, se ve con claridad que fuimos esa rotunda y fría hoja de metal, no otra cosa. Sólo fuimos romanos.27

En éste caso, al mirar dos objetos comunes, Cabeza de Vaca recuerda la época en que fue gobernador del Río de la Plata. Quiso administrar la colonia con justicia, siguiendo la iluminación de la fe; la violencia y la perversión dominantes no se lo permitieron.

La memoria (o más bien la fijación de la misma por escrito) es, para Cabeza de Vaca, la conditio sine qua non de su existencia. Cuando un aguacero lo sorprende mientras está recordando y escribiendo su autobiografía secreta, le angustia que el agua pueda borrar todo lo que va fijando en las hojas. En ese instante toma conciencia de que su vida ha existido en la medida en que él la recuerda y podrá ser recordada en el futuro. Olney afirma que la memoria es como un hilo conductor que permanece oculto y determina y caracteriza la autobiografía misma. Sólo al final el narrador se percata de este hilo conductor, que no es sino el recuerdo recuperado del pasado.28 En realidad, para Cabeza de Vaca el papel de la memoria queda siempre presente, explicito y evidente, como un esqueleto externo que sujeta su vida, tanto la escrita como la real. Quizá por esta razón la memoria, para él, siempre corre el riesgo de ser tragada por el «olvido primordial».29 El olvido es inevitable para que sea posible el recuerdo: al acoger nuevos recuerdos, la mente tiene necesariamente que eliminar algunos viejos. Pero en El largo atardecer del caminante éste tiene una caracterización negativa. Lo que da más miedo a Cabeza de Vaca es el peligro de que su historia secreta muera con él, y por eso esconderá el manuscrito con su autobiografía en una biblioteca, para que algún día pueda ser rescatado:

De acuerdo con lo que imaginé, será como un mensaje que alguien encontrará tal vez dentro de muchos años. Será un mensaje arrojado al mar del tiempo. Lo abandonaré entre los libros de la biblioteca de la Torre de Fadrique. [...] Espero que esta nave no naufrague y llegue a buen lector. A fin de cuentas el peor de todos los naufragios sería el olvido.30

 

Alicante, marzo de 2004

 

Bibliografía primaria

Cabeza de Vaca, Alvar Núñez; Naufragios; edición de Trinidad Barrera; Alianza Editorial; Madrid; 2001.

Posse, Abel; El largo atardecer del caminante; Random House Mondadori; Barcelona; 2003.

 

Bibliografía secundaria

López, James J.; «The anagogical configuration of El largo atardecer del caminante by Abel Posse»; en Curso interactivo Eldorado; member.newsguy.com.

De Man, Paul; «La autobiografía como desfiguración»; en VV. AA.; La autobiografía y sus problemas teóricos. Estudios e investigación documental; en Anthropos; N. 125; Octubre 1991; pp.113-118.

Olney, James; «Algunas versiones de la memoria/ Algunas versiones del bios: la ontología de la autobiografía»; en Ibid.; pp. 33-47.

Sprinker, Michael; «Ficciones del yo: el final de la autobiografía»; en Ibid.; pp. 118-129.

Tortosa, Virgilio; Conflictos y tensiones: individualismo y literatura en el fin de siglo; Publicaciones de la Universidad de Alicante; Alicante; 2002.

Weintraub, Karl J.; «Autobiografía y conciencia histórica»; en VV. AA.; op. cit.; pp. 18-33.

 

Notas:

1Evidentemente la experiencia previa entre los indios de Norteamérica había marcado profundamente su manera de ver y considerar el indígena, y esto debió de ser la origen de las escaramuzas con las clases que tenían el mando en la provincia del Río de la Plata.

2 A. Posse, El largo atardecer del caminante, Random House Mondadori, Barcelona, 2003, p. 16.

3 Cfr. V. Tortosa, Conflictos y tensiones:individualismo y literatura en el fin de siglo, Publicaciones de la Universidad de Alicante, Alicante, 2002, p. 59.

4 A. Posse, op. cit., p. 59.

5 Ibid., p. 63.

6 A. Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios, edición de Trinidad Barrera, Alianza Editorial, Madrid, 2001, p. 67. Cabe considerar, de todas formas, que en varios pasajes de la crónica de Cabeza de Vaca se nota un buen nivel de afectación del protagonista frente a los hechos relatados, sobre todo acerca de las relaciones con los indígenas. Esto fue lo que hizo ocurrir a Posse la idea de escribir una autobiografía ficcional del conquistador.

7 A. Posse, op. cit., p. 70.

8 V. Tortosa, op. cit., p. 118.

9 Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) se considera el cronista de Indias por antonomasia. En 1532 recibió ese titulo por el rey, y recogió todo lo relativo al descubrimiento y conquista de América en su obra monumental, la Historia general y natural de las Indias, en la que también describe la naturaleza del Nuevo Mundo. Fernández de Oviedo conoció realmente a Cabeza de Vaca y escribió una versión de las peregrinaciones de éste a través del continente. Se trata de una reescritura totalmente fría y lacónica, de escaso valor documental y sin ningún rastro de la participación de Cabeza de Vaca en la vida indígena.

10 A. Posse, op. cit., p. 26.

11 K. J. Weintraub, «Autobiografía y conciencia histórica», en VV. AA., La autobiografía y sus problemas teóricos. Estudios e investigación documental, en Anthropos, N. 125, Octubre 1991.

12 A. Posse, op. cit., p. 30.

13 Cfr. J. J. López, «The anagogical configuration of El largo atardecer del caminante by Abel Posse», en Curso interactivo Eldorado, member.newsguy.com.

14 A. Posse, op. cit., pp. 76-105-157.

15 Ibid., pp. 124-125.

16 Cfr. P. de Man, «La autobiografía como desfiguración», en VV. AA., op. cit., p.116.

17 A. Posse, op. cit., pp. 175-184.

18 Ibid., p. 212.

19 M. Sprinker, «Ficciones del yo: el final de la autobiografía», en VV. AA., op. cit., p. 122.

20 A. Posse, op. cit., p. 87.

21 Cfr. V. Tortosa, op. cit., p. 273.

22 A. Posse, op. cit., p. 81.

23 Cfr. J. Olney, «Algunas versions de la memoria/Algunas versions del bios: la ontología de la autobiografía», en VV. AA., op. cit., p. 37.

24 A. Posse, op. cit., pp. 23-24.

25 Ibid., p. 89.

26 Cfr. V. Tortosa, op. cit., 272.

27 A.Posse, op. cit., pp. 199-200.

28 Cfr. J. Olney, op. cit., p. 35.

29 A. Posse, p. 130.

30 Ibid., p. 233.

 

© Giorgio Serra Maiorana 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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