Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Al fondo
         hay sitio

    

 

PUNTO Y APARTE
Lola Agra


 
 
Era jueves y como todos los jueves desde hacía 15 años, dedicaba un rato de la tarde para acercarse al vendedor de lotería y cubrir una Primitiva.

Al salir, notó en su cara la desapacible tarde de invierno, levantó el cuello del tabardo y apretó la bufanda descolorida. Siguió calle abajo. Pronto estaría en casa. Era ya casi la hora de preparar la cena, las croquetas las había hecho por la mañana, solo quedaba freírlas a medida que sus hijos fuesen llegando y aliñar la ensalada. El primero en cenar sería su marido, Manolo, siempre muy riguroso en eso de los horarios de las comidas, pero tenía tiempo de sobra.

Al girar la calle las encontró, venían riendo, con sus chaquetones de piel y sus bufandas coquetamente envueltas alrededor del cuello. La saludaron con alegría. Ella sin saber por qué se sintió incómoda.

- ¿Te vienes a tomar un café? -le preguntaron casi al unísono-. Hace mucho tiempo que no te vemos.

- No puedo, lo siento, es tarde y tengo que preparar la cena.

- ¡Venga chica, pasa un rato de la familia, seguro que te lo mereces!

- Tenéis razón, me quedo un ratito -contestó Carmen sin dejar de comparar su mediocre aspecto con la pulcritud atildada de sus amigas.

- ¿Siguen todos tus hijos en casa?

- No, no, mi hija mayor se fue a vivir con unas compañeras y Yago está en Holanda con una beca Erasmus.

- ¡Chica, qué suerte!, mucho más relajada vivirás, ¿no?

- Bueno, un poco, claro -respondió escueta.

Con la charla Carmen se olvidó de que su marido era muy estricto en el horario de las comidas, que sus hijos llegaban hambrientos por la noche y que a las 9,30 no había llegado a casa desde hacía 15 años.

- ¿De dónde vienes, puta? Hace una hora que tenía que haber cenado. ¿Me dices qué cojones te ha pasado para no estar aquí a la hora de siempre?

Las manos rojas de Manolo, se aferraron a su brazo.

- Lo siento, lo siento… me entretuve con unas compañeras del taller de manualidades. La voz de Carmen apenas se distinguía entre la monocorde del presentador de televisión.

- ¡Unas compañeras, unas compañeras…! ¡unas putas como tú!, que andáis todo el día por ahí holgazaneando sin preocuparos de nada más. ¿Y tus hijos, qué? En sus habitaciones están esperando que la señorona suspenda la reunión con sus amigas y les prepare la cena, como corresponde a una madre sensata y decente.

La voz de Manolo, llenaba el rellano de la escalera.

- Lo siento, Manolo, ya la preparo en un momento, está casi lista.

En la cocina solo quedó el olor fresco de Carmen.

- No lo vuelvas a hacer, ¿me oyes?

Manolo la siguió hasta la habitación de su hija Raquel y añadió, agarrándola de nuevo por el brazo:

- ¡No rompas el pacto acordado o por mis huevos que esta vez sí te arrepentirás!

A Carmen le sorprendió esta actitud de su marido, por eso fue incapaz de encararse a él, de responderle como se merecía o simplemente de rebatirle su sinrazón.

Pocas veces a lo largo de estos 15 años le había visto tan fuera de sí, tan alterado, con esa vena negra que le subía desde el entrecejo y dividía la frente en dos mitades perfectamente iguales. No recordaba esa cólera color miel que le salía por los ojos y le encendía la cara. Pocas veces porque desde aquella noche de hace ya 15 años, sus relaciones se rompieron en la cocina de casa, a punto también de preparar la cena como empezaba a hacer ahora.

Mientras la sartén humeaba en el fuego, entretenida en pasar por huevo y pan rallado cada pedazo de masa fue recordando, paso a paso, cómo había comenzado el fin de su matrimonio.

Se había casado 10 años antes y por el trabajo de Manolo se fueron a vivir a una ciudad muy distante de su vida anterior y de su familia. Ella lo asumió bien al principio, por la novedad del lugar y por la ilusión de arreglar y decorar la nueva casa. Su inesperado embarazo le partió el alma pero calló su pena, mientras Manolo se mostraba encantado de perpetuarse en un machote como él. Apenas pudo pensar en su dolor porque a partir de Miguelín, vivieron 5 hijos más, cuatro chicas y un chico, que desgastaron su cuerpo débil y enfermizo. Poco importaba que Manolo quisiera desahogar su sexo por las mañanas antes de ir a trabajar, o la reclamara en las noches de sarampión y pañales. Ella, siempre dócil, aguantó todo.

Aquella tarde de hace ya 15 años, ella se encontraba mal, la fiebre le había subido a 40º y los chicos habían venido del colegio con una vecina. Manolo regresó pronto del trabajo para acompañar a Miguelín al médico.

Carmen se estremeció con el aceite que le saltó de la sartén al freír la nueva tanda de croquetas y siguió ensimismada en sus pensamientos.

Se había tomado dos aspirinas y se levantó a prepararles la cena, estaba intranquila por la enfermedad de Miguelín, cuando oyó la llave de la puerta de casa. Corrió a preguntarle qué le había dicho el médico.

- ¡Puta, eres una puta!

Las manos rojas de Manolo se agarraron con fuerza al cuello de Carmen.

- No quiero saber nada de ti, lárgate ahora mismo de esta casa o te mato aquí mismo.

- Pero Manolo, qué te pasa ¿estás loco?

- Fuera de mi vista ¡lárgate ahora mismo!

- ¿Y los niños?, ¿y mis hijos?

Manolo no contestó. La puerta de la casa retumbó en ese momento con el portazo de su salida.

Carmen se estremece ahora al recordarlo y echa en la sartén las últimas seis croquetas de la fuente.

Después de irse Manolo, los niños comenzaron a llorar sin entender lo que estaba pasando. Ella procuró mantenerse serena y los fue acostando uno a uno con aparente resignación. Luego, arrastrando los pies, se fue a su habitación y en una bolsa del supermercado metió la ropa interior y un jersey que no oliera a aceite frito. Salió a la calle cuando la noche era ya una enemiga desconocida.

Arrimada a los portales y con los ojos mirando al suelo, el corazón le latía demasiado para aguantar esos ojos secos que le quemaban. Unos pasos más adelante una mano la agarró sin consideración por el cuello y la atrajo hacía sí.

- Ahora mismo me vas a decir de quién es hijo Miguelín.

- Pero Manolo, suéltame, me haces daño.

La voz de Carmen apenas era perceptible en el silencio de la noche invernal.

- Contesta rápido o te dejo más seca que una mojama.

Le vena de Manolo estaba más dilatada que nunca.

- Es, es… es de mi primo Ricardo, contestó Carmen con indiferente seguridad. Ya le daba lo mismo lo que pasara.

- Ese cabronazo… me alegro que esté muerto. ¿Nos visitó en Sevilla, ¿no? ¿Recién casados, no? ¿Fue allí, no?. Había sido noviete tuyo, no?. Y mira, ya que estabais los dos solitos en la casa aprovechaste y lo metiste en nuestra cama, ¿no? ¡Contesta zorra!

El brazo de Manolo apretaba con fuerza la garganta de Carmen.

- Suelta, Manolo, me haces daño. No fue a sí, no fue así. Ricardo vino por la tarde a vernos. Había bebido bastante y me violó, me violó sin que yo pudiera hacer nada.

- ¡No te creo!, pero te vas a joder y te vas a quedar en casa como una criada para mí, cuidando a tus hijos y viendo mi cara de odio hacia ti hasta que te mueras. Dormirás en el sofá de la salita, me tendrás siempre la comida preparada a su hora y me lavarás la ropa, harás mi habitación cuando yo me vaya a trabajar ¿entendido?

La soltó con un empujón que la hizo tambalear, pero siguió hablando…

- ¡Y ahora vuelve a casa!

Cuando Carmen le dio la espalda a Manolo, se giró hacia él y con la barbilla levantada, le preguntó:

- ¿Cómo lo has sabido?

- Miguelín tiene una enfermedad congénita y el análisis de mi cariotipo vio que el cromosoma 9 no está traslocado, así que yo no podía ser su padre.

Habían pasado 15 años desde aquel día y todo transcurrió para Carmen tal como Manolo lo había decidido. El no se portaba mal con los niños, juntos veían la televisión, les ayudaba a hacer los deberes y a ella, a ella simplemente la ignoraba.

"Por lo menos dejó en paz mi cuerpo", pensaba ahora Carmen al dejar la ensalada en la mesa. Colocó las croquetas recién hechas, aliño la ensalada y llamó a sus hijos para decirles que la cena estaba servida.

Camino de la salita se cruzó con Manolo, éste se apartó ligeramente para no rozarla. Se sentó en su sillón cama justo en el momento en que el presentador de la televisión anunciaba los números premiados de la lotería primitiva: Todos coincidían con los días del nacimiento de sus hijos.

 

CIGÜEÑAS DE PAPEL
Félix Casas


 
El cielo plomizo de aquella tarde de invierno en Petersburg presagia la llegada de la tormenta que no tarda en desatarse con toda violencia. El viento, que hasta entonces solo ha arrancado algunas hojas de los robles que dominan el horizonte, deja paso a la lluvia torrencial. El agua resbala por las amplias cristaleras del hospital militar y forma, al juntarse, cientos de ríos serpenteantes que se entrecruzan una y otra vez para, finalmente, escurrir por la terraza del mirador.

De los negros nubarrones se escapan, de tanto en tanto, fugaces relámpagos que iluminan el salón, donde un cuidador y tres pacientes en sillas de ruedas observan el espectáculo sobrecogedor, que se completa con el ruido de los truenos, breves segundos después de desaparecer la luz cegadora.

Uno de ellos no puede apartar los ojos de la escena, pese a que cada resplandor le produce un estremecimiento que le baja por la espalda hasta los dedos de los pies; parece hipnotizado por aquel decorado que la Naturaleza regala casi todas las tardes de ese mes de febrero de 1946.

El cuidador, al ver el desarrollo de los acontecimientos, se dirige hacia él. Sus manos crispadas sobre los aros cromados de las ruedas de la silla, y su rostro demudado delatan la enorme impresión que le produce el fenómeno.

Michael intenta convencerle de que se retire de la cristalera y vaya al salón de juegos, a reunirse con los otros internos, que se entretienen con tacos de madera, lápices de colores y hojas de papel con las que hacen pajaritas.

El resplandor de una chispa dibuja en el cielo una línea quebrada que cae sobre un roble cercano. El relámpago, la punta del rayo descargando su infinita energía sobre el árbol y el trueno son casi simultáneos. La habitación se ilumina de blanco y azul, el sonido retumba en las paredes del edificio haciéndolas vibrar y el humo del incendio cercano sirven de prólogo a la crisis nerviosa del hombre.

Un grito, seguido de algo parecido a un sollozo, dan a la escena un punto de irrealidad, como si el tiempo, por un instante, se hubiera detenido en la oscuridad del escenario de un teatro donde los actores fuesen mimos deslumbrados por un enorme cañón de luz.

Por la retina del enfermo pasan nuevamente las escenas vividas solo unos pocos meses antes, en los primeros días de agosto del año anterior. Son imágenes que al llegar a un determinado punto vuelven a repetirse una y otra vez; como si estuviera ante la pantalla de un cinematógrafo en la que siempre se proyectara la misma película unida por sus extremos como una cinta sin fin. Una película en la que él es uno de los actores; obligado a representar un guión escrito y dirigido por una mente perversa que ha escogido, de entre todos los finales posibles, el más horrible de todos: la destrucción de una ciudad y la matanza de decenas de miles de sus habitantes. Revive con increíble nitidez aquellos primeros días de agosto en la base estadounidense de la isla de Tinian en el archipiélago de las Marianas. Se contempla revisando meticulosamente el avanzado equipo de radar diseñado para ese Boeing B 29 y para la misión especial que va a realizar: el bombardeo de un lugar en Japón que aun desconoce.

La pantalla, en la mesa de instrumentos y la antena, situada en la cola del cuatrimotor, le permitirán orientar el bombardero hasta situarlo en las coordenadas exactas del objetivo, independientemente de las condiciones meteorológicas que puedan darse. Aunque su función es solo mantener el rumbo, su experiencia le dice que aquella misión no será una más de las muchas en las que ha participado. La imponente superfortaleza volante que tiene ante sí, ha sido seleccionada personalmente por el piloto que la comandará, el coronel Paul Tibbets, quien esa misma tarde ha ordenado pintar en el morro del Boeing el nombre de su madre: Enola Gay.

Cuando Tibbets se reúne con sus hombres la noche del domingo 5 de agosto, para explicarles su misión, les dice que ese nombre y los suyos pasarán a la Historia, porque desde ese avión van a lanzar la mayor arma de destrucción masiva inventada hasta entonces por el hombre: la Little Boy, una bomba atómica cuyo núcleo de uranio enriquecido alcanza una fuerza explosiva equivalente a 12.500 toneladas de TNT.

Se ve despegando a las 2:45 de la madrugada de aquel fatídico 6 de agosto con las manos apoyadas en los bordes cromados del tablero de instrumentos y los ojos fijos en la pantalla, en la que se dibuja un relieve que se aleja por la izquierda y que va siendo sustituido por ondas vacías, que representan la inmensidad del Océano Pacífico, completamente despejado.

Tienen instrucciones de volar a diez mil metros de altitud con rumbo 2.6.4 a una velocidad de 450 kilómetros por hora; llegar al objetivo, liberar su carga y volver inmediatamente a la base.

El teniente Jacob Beser, oficial a cargo de los datos del radar, le pide regularmente información sobre la velocidad del viento y el rumbo del aparato. Él se los facilita con voz firme y clara a través de la radio interna.

Poco antes de las 8 de la mañana el radar localiza la silueta de la isla de Honshú, una de las que forman el archipiélago japonés; los tripulantes comienzan a ocupar sus puestos. El capitán Robert Lewis, copiloto del avión, pide a los dos especialistas, que se han unido a la tripulación para esta misión, que comprueben sus instrumentos por última vez. Son el capitán de navío William Parsons, experto en bombas atómicas, que ha montado la que llevan, y el teniente Morris Jeppson que es quien recogerá los datos del resultado de la explosión.

A las 8:15 el bombardero se sitúa en las coordenadas marcadas: 132,5 grados de longitud Norte y 34 de latitud Oeste. Parsons oprime el botón que acciona el mecanismo de liberación de la bomba y Little Boy cae sobre la vertical del Hospital Shima situado casi en el centro de la ciudad.

Su vuelo dura solo 43 segundos hasta llegar a una altura de 580 metros sobre el hospital. Se produce la deflagración. El Enola Gay se estremece varias veces, como si hubiera sido alcanzado por proyectiles antiaéreos; al mismo tiempo una nube de humo negro, acompañada de multitud de cascotes, sube a gran velocidad provocando un aumento considerable de la temperatura en el interior del avión.

A pesar de que intenta no apartar la mirada del radar, sus ojos se deslumbran por la luz cegadora que llega del suelo. Es como el relámpago de una tormenta gigantesca en la que él se encuentra atrapado dentro de la nube más oscura del cielo.

Los datos que le proporciona el tablero de instrumentos le permiten medir la temperatura del aire al nivel del suelo en el momento de la explosión: más de un millón de grados centígrados. Una fracción de segundo después se forma una gran bola de fuego que se expande hasta alcanzar un diámetro de varios kilómetros, en cuyo interior se alcanza una temperatura de 300 mil grados centígrados. Su cuerpo tiembla y sus manos se aferran al borde cromado del tablero de instrumentos. Un estremecimiento le baja por la espalda hasta los dedos de los pies.

***

El Enola Gay llega a su base en Tinian a las 14:58 del 6 de agosto de 1945; doce horas y trece minutos después de haber partido hacia su macabra misión.

Dos semanas después un hombre es repatriado desde Tinian e internado en el General Military Hospital de Petersburg. Nunca sabrá que el coronel Tibbets ha sido ascendido a general y condecorado con la Cruz de Servicios Distinguidos. No podrá leer en The New York Herald Tribune que el Presidente Harry Truman, su comandante en jefe, cuando le comunicaron la noticia del bombardeo declaró con orgullo: "Este es el día mas grande de la Historia".

Felizmente para él, nunca sabrá que la mayoría de las víctimas de aquella incursión aérea fueron civiles: mujeres y niños. Ni que una de ellas, Sadako Sasaki, una niñita de solo dos años, enfermará de leucemia diez años después de la explosión, a causa de la radiación de la bomba.

Nadie le dirá que Sadako, durante su hospitalización, estuvo haciendo cigüeñas de papel, que son símbolo de salud y longevidad en Japón; que trató de hacer mil, porque creía que si llegase a ese número su deseo de recuperarse se haría realidad; tampoco le dirán que en las alas de la última que logró terminar escribió un poema:

—Escribiré paz en tus alas
y volarás por toda la Tierra—.

No sabrá que el resto de los compañeros del colegio de Sadako, que sobrevivieron al desastre, terminaron la tarea que ella no pudo acabar.

El paciente de la habitación 307 del General Military Hospital de Petersburg no sabe por qué, pero es incapaz de sostener una hoja de papel entre sus dedos.

 

AROMA
Encarna Gil


 
Sacaba la correspondencia cuando él llegó, me volví y no dijo nada, sólo sonrió. En aquel momento, me fije en sus dientes y en aquella sonrisa blanca. Isabel, la vecina del tercero, entró con las manos cargadas de bolsas. Cuando se cruzaron presentí que ya se conocían.

Días después volvimos a encontrarnos en la escalera, sólo me fijé en su sonrisa, trasmitía fuerza y tenía gancho. El saludo fue tan fugaz que tan solo dijimos hola y luego cada uno se fue por su lado.

Aquella tarde volvía de la biblioteca de recoger un libro que Marta, mi compañera de trabajo, me había recomendado. Vi a Isabel a lo lejos, parada cerca de la mercería de Luisa. La tarde era fría, el viento removía las hojas amarillas del suelo y la luz parecía ser cada vez más gris. En el parque de al lado había menos niños de lo habitual, el sonido del viento en las hojas tamizaba el de sus voces, y las chicas con las que estaban charlaban apartadas de ellos, ajenas al frío. Me fijé que Isabel iba muy abrigada, llevaba un abrigo de franela azul y una bufanda beige del mismo color que los guantes. Mi camino pasaba por donde ella estaba, era inevitable saludarla, pero me llamó la atención el caminar rápido de un chico de color que pasó por mi lado, en mi dirección. Llevaba una chupa de cuero negro y se paró frente a ella. Al instante empezaron a discutir. Isabel parecía muy enfadada. Ella no me vio, pero al pasar reconocí que era el mismo chico de la sonrisa blanca. Después de aquella tarde ya no volví a verlo.

Marta y yo desayunábamos en una cafetería próxima al despacho. Pero aquella mañana ella propuso que fuéramos a una cafetería cercana, donde trabajaba un amigo suyo, que los miércoles elaboraba unos chocolates aromáticos y especiales. Me dijo que me iban a encantar con tanta firmeza, que en el fondo me mostré incrédula, supuse que tal vez exageraba un poco. "No hay nadie que haga chocolates tan originales como los que hace él. Yo ya los he probado y te aseguro que merece la pena", afirmó Marta, mientras nos acercábamos hacía aquel lugar.

Me apetecía la novedad de ir a un sitio distinto, aunque el tiempo del que disponíamos fuera escaso; y es que soy una golosa y cualquier excusa me vale para tomar una taza de chocolate, y además la temperatura de la mañana invitaba a tomar algo bien caliente.

Las dos nos entendíamos bien y durante el camino solíamos hablar de casi de todo menos de trabajo, excepto esos días que Luis, nuestro jefe, se pasaba con sus manías, entonces aunábamos nuestros puntos de vista frente a los de él, y aunque no valía para nada..., en cierto modo reconforta hablar de ello. Pero de lo que sí solíamos hablar era de lecturas. En aquel momento hablábamos del libro que acababa de leer y que ella me había recomendado. Trata de la historia de un chico al que su padre le sugiere que se decida por un camino en la vida, o guerrero o sacerdote, pero él decide hacerse poeta. A las dos nos encantó aquel libro.

Al llegar, Marta abrió la puerta. El aroma a chocolate embriagaba aquel espacio, era una delicia estar en medio de aquella nube que lo envolvía todo. Frente a la puerta, al fondo, estaba la barra, oculta por todas las personas que había a su alrededor degustando en sus tazas aquel chocolate, mientras las mesas parecían estar todas ocupadas. Se escuchaba el rumor ininteligible de palabras y palabras tejiendo conversaciones que se entrecortaban entre sorbo y sorbo. Me llamó la atención el ambiente, las caras relajadas de la gente que parecían no tener prisa, saboreando algo tan especial que tan solo cabía en sus manos. Y allí lo volví a ver de nuevo, detrás de aquella barra, moviéndose de un lado a otro, sirviendo con elegancia aquel apreciado líquido, manejando con destreza los recipientes de cobre, mientras el contraste de su sonrisa permanecía en su rostro. Se desenvolvía hábilmente, con maestría, llenando tazas y tazas de chocolate humeante que densamente iba cayendo y que todo el que llegaba deseaba probar.

Marta y él se saludaron con un gesto, lo único que se podía hacer cuando las palabras son incapaces de traspasar la distancia que marcaba la densidad del ruido que ya era parte del ambiente.

Desde la barra nos señaló la única mesa libre que había junto a una ventana. Vi que algunas personas degustaban varias tacitas de chocolate a la vez. No sé cómo lo hizo, pero salió de entre aquella marabunta y vino hacia nosotras. Besó a Marta y ella nos presentó, aunque no dijimos nada nos saludamos como si fuera la primera vez que nos decíamos hola. Nos dejó la carta, era increíble las variedades que contenía: chocolate con miel, con miel y naranja, con canela y limón. Chocolate con coco, con brandy, con pasas, con nata, chocolate, chocolate... chocolate... Era un dilema decidirse y sin decir nada dejó sobre la mesa una bandeja con variadas tacitas humeantes. "Probad estos sabores", dijo, volviendo de nuevo a su campo de batalla.

Sentí curiosidad por saber de qué se conocían, y entre sorbo y sorbo Marta me comentó que se conocieron en la facultad, que él había estudiado derecho por imperativo familiar, y que después de algunos años habían coincidido tan solo hacía unos meses en la fiesta de un amigo común, allí fue donde le habló del chocolate de los miércoles y donde le dijo que al fin trabajaba en aquello que realmente le permitía realizarse: creando cocina. "Es un creador" dijo Marta. "Su inquietud es imparable y es la que da el toque especial a todo lo nuevo que hace. Supongo, que terminará abriendo su propio local". Parecía conocerlo bien.

En aquellos sorbos paladeé aromas que nunca había probado, y Marta me miraba reclamando una respuesta. "¡Es especial!, sabe distinto", dije. "Tenías razón; nunca he probado algo parecido." "Te lo dije: es el mejor chocolate que has probado y que probarás..., no lo dudes", dijo sonriendo, complacida de compartir el merito de su amigo.

Todavía recuerdo aquel día como si fuera hoy. Era un verdadero deleite estar allí degustando aquellos sabores nuevos, tan distintos. Cuando miramos el reloj, el tiempo había pasado tan rápido que apuramos los últimos sorbos y dejamos el dinero sobre la mesa.

Él se quedó allí, detrás de la barra, siguiendo el movimiento armónico de sus manos oscuras moviendo platos y llenando tazas, y su sonrisa blanca sobresaliendo de él entre todo lo demás. Cuando nos íbamos a ir, se acercó a nosotras y nos entregó una cajita que dejó en mis manos: "Estos son distintos, lleváoslos, ya me diréis", dijo, segundos antes de volver a la barra.

Al llegar al despacho la impaciencia del reloj parecía marcada en la cara de Luis, los teléfonos sonaban y no hizo preguntas. Le ofrecimos un chocolate. Las dos nos miramos. Después del primer sorbo la expresión de sus ojos era distinta. Con el vaso en la mano, miraba por la ventana, apurando despacio y callado el contenido que guardaba entre sus manos. Luego vino hacía nosotras y con cierta curiosidad nos preguntó que de dónde habíamos sacado aquella delicia.

Después de aquel día, ya no fue problemático volver al trabajo algunos minutos después. A nuestra vuelta, encontrábamos a Luis relajado, atendiendo el teléfono. Al vernos, disimulaba su impaciencia por coger aquella cajita con el fondo cálido y el chocolate humeante. Llamadas por aquel aroma, de cuántas cosas pudimos hablar Marta y yo durante aquellos trayectos y cómo aquel ambiente y el poder de aquellos sabores podía en cierto modo alterar la realidad de esos días. Tengo la sensación que durante aquel año el tiempo pasó muy rápido, después llegaron las vacaciones de verano y Marta se marchó unas semanas antes que yo.

Cuando volví a mediados de septiembre, esperaba el ascensor cargada de maletas. Al abrirse la puerta, salió Isabel muy sonriente.

Me incorporé a mi trabajo y Marta había pasado a otro departamento, nuestros horarios ya no coincidían. Era miércoles y decidí volver. Me apetecía tomar aquel chocolate envuelto en aromas y paladearlo como tantas otras veces. Durante el camino eché de menos conversar con ella. Iba pensando en mis cosas y la mañana era fría, me crucé con gente, el viento agitaba las hojas de los árboles. A lo lejos ví que la puerta de la cafetería era distinta, y me decepcioné, estuve a punto de volver, porque pensé que durante el verano podría haber cambiado de dirección. Pese a mis dudas, llegué, y al abrir la puerta, el mobiliario y el color de las paredes era distinto, me situé al instante; cuando vi la barra rodeada de gente, y recordé aquel aroma inconfundible.

 

UN CUENTO DE MUERTE
Isabel Hernández Madrigal


 
Un día caí a un pozo lleno de agua y me ahogué. Fue un accidente estúpido y todo por intentar coger un sapo, que a ver quién me manda a mí coger un sapo. Estaba paseando por la finca de mis suegros y me acerqué al pozo. Sabía dónde estaba, sabía cómo era, sabía lo que cubría y también sabía, porque se lo había repetido cien mil veces a mis hijos, que los pozos son lugares peligrosos. Pero ahí estaba yo, sola, encima de las maderas podridas que atravesaban el pozo, intentando coger un sapo con una red de las que se utilizan para atrapar pequeños peces. No me acuerdo si pensaba que aquel sapo era un príncipe encantado, esperando un beso mío que le liberase de la maldición de alguna bruja perversa, o que el sapo haría las delicias de mis hijos en la charca cercana a la casa, pero lo cierto es que el tablón de madera en que el que estaba subida se partió y me caí al pozo. No sentí miedo en la caída, sabía nadar y salir del pozo no me parecía difícil, así que mientras caía, en ese leve segundo en que tardaron mis pies en llegar al agua, solo pensé que era imbécil.

Caí al agua, que estaba fría para ser verano, sucia y verde. El tablón partido me golpeó la cabeza y me hundí hasta tocar el fondo del pozo con los pies. El fondo estaba lleno de lodo y mientras más intentaba salir más me hundía, así que traté desesperadamente de subir dando un fuerte empujón con las piernas hacia arriba, pero me encontré atrapada por algo que no identifiqué.

Morir ahogada es terrible, desde luego yo nunca hubiera elegido esa muerte para mí, contuve la respiración todo lo que pude, intenté liberarme, moví con fuerza brazos y piernas, pero fue inútil, al final tuve que respirar ahí dentro y el agua verde entró en mi nariz, en mi boca, en mis pulmones y me ahogué.

Ahora estoy muerta y lo recomiendo. Estar muerta es una verdadera delicia. Lo primero que sentí no fue un cansancio infinito, por haber estado luchando con todas mis fuerzas por vivir, sino una gran liberación, es como si me hubiesen quitado todos los pesos de encima de repente, algo así como cuando nadaba en la piscina y metía la cabeza debajo del agua para que además de mi cuerpo se lavasen también mis pensamientos, ¡que buena falta les hacía!, eso mismo, pero a lo bestia. "Vaya", pensé, "ya entiendo por qué la gente no vuelve de la muerte." Me sentí libre, ligera, nada me preocupaba y nada me dolía.

Luego rápidamente empezó a pasar toda mi vida por delante de mí como si fuera una película y... ¡me pasé toda la película llorando! Desde luego mi vida había sido un drama, así que decidí que mi muerte sería una gran comedia. "Ya está bien de tanto drama", me dije, y empecé a ver el lado positivo de estar muerta y me di cuenta de que tenía no uno, sino muchos lados positivos: no tenía que preocuparme por mañana, ni por las letras de la casa, ni por el trabajo, ni por las arrugas que ya empezaban a notarse, ni por las vecinas, ni por mis padres, ni por mis suegros, ni por mi marido, ni por mis hijos, ni por la enfermedad, ni por..., había tantos ni por, que pensé que estar muerta realmente era una gran ventaja y comencé a entender el verdadero significado del descanso eterno.

De pronto, y sin avisar, me encontré en un túnel oscuro, era como el del barco del parque de atracciones, ese en el que se mueve el suelo pero que no ves nada y te vas sujetando en las paredes para no caerte. Fue divertido el túnel, aunque bastante más largo que el del barco del misisipi. Al final del túnel había una gran claridad. "Así que este túnel lleva a alguna parte", me dije, y caminé hacia la luz.

Según me iba acercando a la luz, me encontraba mejor, más contenta, más ligera, más libre. "Está claro", pensé, "la luz es como un gran antidepresivo, es decir un antidepresivo a altas dosis, lo que no puedo entender es como puede haber habido alguien que realmente haya llegado hasta aquí y se haya dado la vuelta." La luz era cegadora, así que tuve que taparme los ojos un rato hasta adaptarme a tanta luminosidad. Un señor de barba blanca, de pelo largo y cano envuelto en una túnica, se me acercó. "Este es un ángel", pensé, "tiene toda la pinta". Y no me equivoqué, era un ángel, el Ángel de la Entrada.

A partir de aquí, ya no me sonaba nada, ningún muerto, vuelto inexplicablemente a la vida para mí, había contado nada de lo que iba a sucederme a continuación, así que me puse un poco en guardia. "A ver por dónde me va a salir éste", me dije. El portero, porque eso es lo que era este ángel, me explicó que una vez que llegas hasta él, ya no hay remedio y que por lo tanto no tenía otra que escucharle. "Ya empiezan las dictaduras, había sido demasiado bonito para ser verdad", me dije, y escuché.

-Estás en el limbo, es decir en ningún sitio concreto y aquí nadie más que yo puede estar, así que dime qué puerta quieres que te abra.

"Esto si que es la monda", pensé, "así de pronto, sin ni siquiera darme alguna información acerca de lo que hay detrás de cada puerta tengo que elegir, como si yo fuera tonta, como si hubiese muerto ayer, como si no supiese que las puertas al mismo tiempo que te dan entrada a un lugar te cierran la salida a otro. Qué mal rollo esto de las puertas", me dije.

-No puedo decidirme así por las buenas -le dije a ángel de la entrada-, son muchas puertas y me imagino que no todas llevarán al mismo sitio.

-No, claro que no -me dijo el ángel-, pero yo no puedo darte ninguna explicación, tienes ojos, ¿no?, pues lee los letreros.

Me acerqué a cada puerta y leí los letreros uno a uno: Puerta del regreso, Puerta de vivir otra vida, Puerta de los fantasmas, Puerta del cielo, Puerta del infierno. Había más puertas pero no me interesaron en absoluto, los letreros no me daban confianza. "Mejor elijo una de estas", me dije, "al menos puedo imaginar qué hay detrás."

Elegir me llevó un buen rato y no fue nada fácil, sobre todo porque el portero no hacía más que meterme prisa, como si elegir dónde y cómo podrías pasar toda la eternidad, fuera una elección sencilla. Sin embargo, me puse a ello. Puerta del infierno, desechada por nombre y contenido, me dije. Puerta del regreso, desechada también, no había llegado hasta allí para volver ahora como si nada. Puerta de vivir otra vida, desechada por pesadez, ahora que me había quitado de encima todas las cargas de la vida, no iba a volver a echarme a las espaldas nuevos pesos. "Solo me quedan dos", me dije, así que ¡ánimo, valiente!

El portero refunfuñaba detrás de mí, "se acaba el tiempo, se acaba el tiempo", decía.

Me estaba poniendo nerviosa. La puerta del cielo me tentaba con fuerza, siempre desde niña había oído hablar del cielo como el mejor de los sitios, ese lugar donde todo era maravilloso, donde todo era amor, donde todo era paz y felicidad, pero pensé que era demasiado bueno para ser verdad y que si algo me habían enseñado mi vida y mi estúpida muerte de ahogada por coger un sapo repelente, era que las cosas maravillosas no existen, así que con firmeza me dirigí a la Puerta de los fantasmas y la abrí.

Un montón de agua verde se me vino encima, y me encontré siendo el fantasma del pozo. "Ya he metido la pata", pensé. No sabía cuánto tiempo tendría que ser fantasma, pero lo que supe muy pronto es que el pozo y sus alrededores iban a ser mi nuevo mundo. Un día de primavera un naturalista despistado que corría tras una mariposa cayó al pozo y al igual que ocurre en el juego de la oca, me liberó.

Ahora soy un fantasma libre y me gusta.

 

EL HILO INVISIBLE
Mar Rodríguez Coya

 


 
El aguacero me empujó un viernes enemigo al interior de la galería de arte. Fue la única puerta que encontré abierta en la calle a la que fui a parar por descuido. Desde hacia unos meses andaba desorientado. Algo estaba golpeando por debajo de mi línea de flotación. No podría precisar el momento, si es que había existido, en el que crucé la frontera. La línea que separa una idea que dejas que se repita en tu cabeza de una obsesión. Mientras bajaba las escaleras poco iluminadas de aquella sala de exposiciones, pensé en otro viernes hostil, en otras escaleras que terminaron por sentarme en la barra de un bar. Al lado de la silla que ocupaba ella. Una desconocida. Ella, empezó a hablar y yo escuchaba con la sensación acogedora de ser viejos conocidos. Ninguno buscábamos nada esa noche. Por esa razón, tal vez, no nos presentamos. Por ese motivo, podría ser, hablamos sin censuras, sin esa necesidad obstinada que tiene uno de medir las palabras. Por miedo a que ese hilo invisible y oral se termine enredando en nuestro cuello. Con la certeza de que si en el otro extremo alguien llegara a tirar de él, podría terminar por ahogarnos. Ambos estábamos en esa edad fronteriza donde uno espera consolidar el espacio que ha ido construyendo con tiempo, esfuerzo y suerte. Uno y otro teníamos muchas preguntas incómodas para las que no encontrábamos respuestas. Seguramente por eso, los dos habíamos llegado a la barra de aquel bar ese viernes. Solos. Ella esperaba que el sueño la obligara a irse a la casa que ya no compartía con nadie. Apagaba en el cenicero un cigarrillo detrás de otro. Yo que la llamada de Nuria no me sorprendiera dormido en el sofá, como siempre que se iba de viaje. Aburrido y vencido. Miraba las colillas que se acumulaban y la miraba a ella. Ni el sueño ni la llamada llegaron. Pedimos dos copas más a gritos y nos sentamos en una mesa. En un rincón. Escondidos entre gentes que permanecían de pie. Nuestra conversación se hizo espiral. Terminó cuando el camarero anunció que estaba cerrando. Ni cuenta nos dimos de que nos estaban dejando solos. Salimos a un sábado vacío. La besé. Ella me dio las gracias. Yo encaré el norte de la ciudad. Ella el sur. Nuria regresó de su viaje con el maletín lleno de proyectos y pocas ganas de hablar de ellos. Tampoco yo pregunté nada. Volví al mismo bar semanas más tarde. Buscándola. Sin ganas de oír al otro lado del teléfono móvil y desde Paris la voz de Nuria. No la encontré y ese nuevo sábado me sorprendió echo un ovillo en el sofá, con frío y dolor de cuello. Los meses que siguieron a aquel encuentro, caminé por las calles atento a las caras que me cruzaba. Añoraba un olor que entre risas ella me había descrito. El suyo. Era mágico por la esencia de hiedra verde. Eso dijo. Como si no supiese que era su piel lo que lo hacía irresistible. Al principio fue como un pequeño juego. Ninguna se le parecía. Nadie olía a hiedra verde. Empecé a dudar de la memoria. Intentar reconstruir sus rasgos, fue la disculpa que me di para seguir pensando en ella. A medida que avanzaba el tiempo, mayores eran mis esfuerzos por retener viva su imagen. Visitaba el bar cada vez con más frecuencia. Ninguna conversación se volvía espiral. La mayoría transcurría entre comas explicativas y cansancio, todas en punto final. Si ridículo era tratar de no olvidarla, más lo era la necesidad que me había creado de estar con ella. Porque la necesidad divertida de los días de diario, la transformaba en urgencia irracional los viernes y en desesperación los viernes que Nuria estaba de viaje.

Este había sido duro. El trabajo, improductivo. Salí con las piernas muy cargadas, la cabeza espesa y con ganas de que mis palabras encajasen en otras de forma precisa. Como ruedas en la maquinaria de un reloj. Ajustándose de forma exacta una en la otra. Dándole sentido al tiempo. No soportaba más monólogos interiores. Decidí caminar los dos kilómetros y medio que separaban el despacho de mi aburrimiento. Tenía el fin de semana por delante y nada que hacer. Empezó a llover. Apenas había tráfico y la calle llena de comercios cerrados no ofrecían ningún refugio. Entré en el único hueco cuya persiana metálica no me impedía el paso. Resultó ser una galería de arte. Bajé las escaleras. Había demasiada gente frente a los cuadros sujetando entre sus manos copas de cava. Era tarde. Sus lenguas pastosas traducían a números lo que sus ojos no llegaban a ver. De esta manera el arte se hacía preciado, útil y comprensible. Me paré delante de un lienzo de grandes proporciones. El gris ocupaba gran parte del cuadro. Hacia la derecha moría en el negro, o quizás era el negro el que mataba lenta pero inexorablemente al gris. Intentando engullirlo. Por la izquierda resucitaba con el blanco. Una línea rojo sangre, como un electrocardiograma, latía horizontalmente en la parte inferior. Imponía su violencia desde una presencia mínima. Sentí una extraña necesidad de perderme en él. Mis ojos iban de un extremo a otro, del negro al blanco, apenas se detenían en aquel gris lleno de matices. Como en un partido de tenis. Y de vez en cuando me concentraba en el latido rojo, sólo para descansar del pulso que sostenían los dos colores acromáticos. Era como si aquella forma inanimada intentara decirme algo. Y yo, que necesitaba sentir, recuperar el latido vital que nos empuja hacia delante, le prestaba toda mi atención. Alguien me susurró al oído.

-¿Tanto te gusta? Llevas doce minutos sin pestañear delante de este cuadro.

Me quedé parado. La hiedra verde trepaba por mi. Desde los talones hasta mi garganta. No me volví. Sabía que era su voz. Quería que fuese su voz. Necesitaba que fuera su voz. Por eso no me volví.

-Creo que así me siento, así, tal cual. Por eso lo miro tanto, aunque no sé si comprendo lo que el artista ha querido decir.

-Puede que su creadora necesitara expresar algo que la desbordaba. Y tú encontrar esa forma precisa que diga lo que sientes. Par mí eso es el Arte. Un hilo invisible entre dos necesidades. Una energía que nace de una idea, que fluye a través del color y que no debería morir al ser expuesta ante los ojos de los otros.

-¿Qué significa? -No quería saber la opinión del artista. Creo que lo que intentaba era ganar tiempo para encararla. Saber a donde quería llegar ella.

-¿Qué te hace sentir? Me reí porque pensé que a ella le estaba sucediendo lo mismo.

-No se contesta a una pregunta con otra. - Apareció de pronto frente a mí.

-¿Qué se puede hacer cuando todo nos interroga y dejamos de tener respuestas?

-Callar. -Me sorprendí al escucharme contestar de aquella manera tan rotunda.

-O mentir. - Respondió a mi respuesta y luego preguntó.

-¿Qué piensas que es más cobarde?

Me miraba como esperando que sacara un conejo de la chistera. Pero yo nunca había usado sombrero.

La galería se había llenado de personas grises. Alguien la empujó contra mí. El miedo que siempre tienen mis palabras a perderse en callejones sin salida desapareció.

-He pensado mucho en ti. ¿Tomamos una copa en algún sitio? No soy de hablar mucho, ya lo sabes, pero soy un buen escuchador.

-En media hora podré irme. Alguien se ha interesado por un par de cuadros.

Quería ser preciso, así que dejé que mis ojos le hablaran. Siempre han sido la parte más sincera de mí. Mi pregunta sólo pretendió ser un marco. Ese añadido que sirve para colgar el cuadro en la pared.

-¿Es tuya la galería?

-No, sólo los cuadros son míos.

-¿Cuánto vale este del cardiograma?

Los dos reímos, yo además sentí un calor violento en la cara.

-Cuesta el valor que tú le des. Yo también he pensado mucho en ti.

 

LA MONTAÑA ETERNA
Javier Urquiza

Tan solo somos un soplo. Pero es bueno saberlo y aceptarlo. De lo contrario, nos ahogaremos en un vaso de agua.


 
- Pero cómo iba a imaginar yo, Mariavi, que tu padre se animaría a subir a la Atalaya.

Allí estaba yo, dando explicaciones a mi prima sobre el empecinamiento de mi tío en subir a la montaña.

- Yo se lo estaba diciendo a Cari - continué - pero en esto él que nos escuchó y se empeñó en subir también.

- Que sí, maño. Si sabré yo lo cabezón que es. Pero id con cuidadico que, aunque parezca que va bien de remos, tiene 88 años y me da miedo que le pueda dar algo...

Tranquilicé como pude a mi prima y le dije que iríamos despacio y que, al menor contratiempo con el tío, nos daríamos media vuelta y bajaríamos.

Él siempre había sido igual; buena persona pero terco como una mula. Lo cierto es que tenía una salud de hierro para su edad. Casi todos los días, iba con su vieja bicicleta hasta el prado, junto al río, donde tenía el huerto. Luego, bajaba al pueblo; cuando no con unas cebollas, con una o dos coles sobresaliendo del portaequipajes.

Mi tío había sido cazador, o, al menos, lo había pretendido. Lo cierto es que, en su época, era bastante malo con la escopeta. Siempre había tenido una espina clavada con ese asunto, pues su yerno no desaprovechaba la ocasión de lanzarle alguna puya cuando lo veía regresar de vacío.

Nunca, que yo recuerde, pudo saborear las mieles de triunfo, luciendo un manojo de perdices colgando de la canana o trayendo más de un conejo en el morral.

Ahora, que la edad ya le había obligado a colgar la escopeta, me gustaba pensar que se desquitaba bajando con la bici cargada de dos hermosas coles; como si fueran los trofeos que la caza le negó. Y algo sí que debería haber de ello, porque no tenía ninguna necesidad de pasar por la plaza y frente al teleclub, para ir a casa. A lo mejor, también había algo de vanidad en exhibirse como ciclista a pesar de sus años. Quién sabe.

Lo cierto es que, con la dichosa Atalaya, mi tío me había puesto en un apuro con mi prima. Pero ya no era momento de echarse atrás.

Al día siguiente, a eso de las diez de la mañana, Cari se pasó por casa. Llevaba su exuberante pelo negro recogido en una coleta e iba acompañada por su abuelo. En realidad, parecía más bien escoltada por él, porque un asomo de desconfianza presidía la mirada de mi tío; como si temiese una conspiración para dejarlo en el pueblo. Finalmente subimos con el coche hasta el pie de la montaña. El monte estaba bastante cerrado. Ya pocas personas y casi ningún ganado mantenían los senderos en condiciones. Pero yo subía a la Atalaya casi todos los años y sabía por dónde atacarla mejor. Debí imaginarlo. Mi tío era el espíritu de la contradicción personificado, y lo digo por lo de contradecir.

- Que no, hombre -me decía. Mejor cogemos la umbría y subimos despacico hasta Peñalombre. Y, desde allí, ya está todo despejado hasta arriba; cuatro estepas y poco más.

Me tocó porfiar con él para ir por donde yo sabía, pero, al final, lo convencí.

Ya metidos en plena subida, yo veía cómo mi tío se empleaba a fondo. No se separaba más de dos metros de mí. Cuando me detenía, él continuaba hacia arriba, como queriendo demostrar que había otros con menos resuello. Y era cierto, porque Cari iba con la lengua afuera. Sin embargo, el gesto amable de sus labios delataba su satisfacción, al ver que su abuelo todavía subía entero.

Aunque mi tío se comportó extraordinariamente bien para su edad, al final fue perdiendo fuelle y tuvimos que hacer paradas cada vez con más frecuencia. Cuando superamos el tramo de carrascas y estepas, accedimos a una zona más despejada, donde la pendiente se suavizaba bastante. Tomamos aliento antes de iniciar la subida final al pico.

De repente, frente a nosotros, se levantó una perdiz que, en ágil vuelo, se dirigió a la tupida barranquera de abajo. Mi tío se levantó rápido e hizo ademán de echarse una imaginaria escopeta al hombro. Apuntando, siguió el vuelo de la perdiz y de repente gritó:

- ¡Pam!, ¡pam! Si hubiese tenido la escopeta aquí, ésa no se me hubiera escapado - murmuró.

- Seguro abuelo -respondió Cari, mirándome con complicidad.

La última subida fue realmente empinada. Mi tío apenas daba cuatro pasos cuando tenía que detenerse. Había perdido toda arrogancia y, a cada momento, alzaba la mirada hacía la cumbre, como sopesando el esfuerzo que aún le restaba por hacer.

Llegamos arriba, a lo más alto. Un viento fuerte nos recibió nada más coronar. Nos recostamos en el suelo sobre la cara Este del pico, al abrigo de la corriente. Desde allí, la vista era hermosa, con el pueblo pequeñito allá abajo y la carretera zigzagueante que se perdía en la boca del soto. A la izquierda, podía ver los terraplenes de la mina de hierro. Sin embargo, la mañana era algo brumosa y, donde más lejos alcanzaba la vista, no se distinguía ese día la laguna de Gallocanta.

Mi tío se había recuperado bien, pero la mella del esfuerzo todavía se reflejaba en su rostro. Nos contó algunas historias de cuando las cabras se quedaban enriscadas en Peñalombre y tenían que subir con cuerdas para obligarlas a moverse.

No nos entretuvimos mucho. Nos levantamos, nos sacudimos los pantalones, y comenzamos a descender por la empinada cuesta. Apenas habíamos andado unos metros, cuando mi tío se giró hacia la cumbre, como si hubiera olvidado algo.

- ¡Atalaya!, ¡hasta la eternidad! - dijo al tiempo que alzaba el brazo a modo de despedida.

Me quedé sobrecogido. No sé exactamente por qué.

Tres años más tarde enterramos a mi tío. Ese día, acompañamos al féretro por la carretera del cementerio. Tras darle sepultura, traté de consolar a Mariavi pero mi ánimo también estaba abatido. Abracé a Cari. Sus ojos enrojecidos me miraban como esperando una explicación, pero yo no tenía respuestas. Nunca las había tenido.

De repente, por encima de su cabeza, reparé en la omnipresente Atalaya. La vi allí, imperturbable, testigo de todo lo que acontecía en el pueblo desde el inicio de los tiempos.

Al día siguiente subí a la cima, solo. Desde allí, sentado, miré al cementerio, allá a lo lejos. Quizás esperaba vivir alguna emoción especial, incluso mística; qué sé yo. En voz baja, pregunté a la montaña por los hombres que se habían ido. Pensé en Pío, en Ángel, en Benjamín. Pregunté por qué murieron, adónde fueron.

No hubo respuesta, pero quise sentir cómo la Atalaya, aunque muda, me escuchaba. Quizás ella me hablase más adelante, a su debido tiempo.

Sin angustia alguna, una profunda consciencia de soledad vital me invadió. Supe, sin pensarlo, de lo efímero de la existencia y de los vínculos que nos atan a ella. El silencio de la montaña me envolvió y sentí una profunda paz.

Pensé de nuevo en mi tío y en su despedida premonitoria. Noté una congoja en el pecho; con nostalgia, sin dolor. Miré alrededor y observé los montes, el valle, el soto, y todas esas cosas que me sobrevivirían. Reparé en su eternidad y me sentí insignificante frente a ellas.

Permanecí así un rato más, admirado y en silencio.

Luego, me levanté e inicié la bajada. A los pocos metros, una ráfaga de aire me azotó la cara. De repente caí. Me giré y alcé el brazo.

- ¡Atalaya!, ¡hasta el año que viene!- grité.

Y, luego, me despedí del viento.


 El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero27/alfondo.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2004