Los paraísos secretos de Álvaro Mutis *

Claudia Posadas * *


 

   
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Si bien la conciencia en la escritura de Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) no se instala en un tiempo y en un espacio precisos, su corazón sí encuentra una estancia: la Hacienda de Coello, en Tolima, Colombia.

Para el autor de Caravansary (1982), el proyecto civilizatorio del hombre es una idea que se ha alcanzado y se ha perdido en diversos momentos de la historia, momentos a los que el escritor se siente cercano y que no se sitúan en la época contemporánea. Así, el concepto de civilización no puede entenderse como un proceso lineal, y mucho menos progresivo. Entonces, el tributo del autor es para reinos y órdenes del pasado, Bizancio en primer lugar, el imperio francés y español, pero sobre todo, para aquellas esencias que considera fundamentales: el orden regio, señalado por la divinidad, para gobernar a los hombres.

Por todo esto Mutis descree en el hombre en general, ya que su naturaleza impide su progreso, y sobre todo en el ser contemporáneo, cegado en un mundo donde se multiplica, informe, por los espejos mediáticos.

Pero al mismo tiempo, hay un dominio personal que es el centro de este itinerario por la historia humana: el olor de los cafetales y el sonido de la lluvia de la hacienda familiar, el trópico de la infancia y la juventud, que es un puerto que el autor rememora y busca en su obra.

Álvaro Mutis es un viajero sin límite, al igual que Maqroll, su personaje, sólo que uno se pierde en la noche del tiempo y el otro en las aguas indomables del desafío. Pero ambos, escritor y personaje, y a pesar del escepticismo y dureza del Gaviero, de su errancia en un trópico que todo desgasta, comparten un paraíso secreto.

Escrita bajo la épica de Homero y el descenso hacia la oscuridad de Conrad, la literatura de Mutis se convierte en un testimonio del ser humano. La casa del escritor es como sus obras, plena de símbolos que reflejan nuestras percepciones del mundo: brújulas, mapas, gráfica sobre embarcaciones y libros antiguos. También, está poblada por presencias nobles, por emisarios que resguardan la memoria del escritor, por pequeños húsares que conformarán, con el tiempo, una novela que tiene planeado escribir el autor.

Mutis ha sido objeto de los reconocimientos más prestigiados del medio literario internacional, entre ellos, el Príncipe de Asturias de las Letras, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y recientemente el Premio Cervantes. Ha sido traducido a 13 idiomas, o 14, dice el autor, si se toman en cuenta poemas suyos traducidos al chino. Reside en México desde 1956.

Tanto en su poesía como en su narrativa, la épica es el pulso que guía la creación y le da su fuerza y permanencia, según la crítica. ¿Cuál es el origen de esta visión?

—Se debe a mi fidelidad a los clásicos que leí desde niño. El tono épico de muchos de ellos se me quedó para el resto de la vida. Pero no sólo ha permanecido en mí la música, el tono con que están escritas La Odisea, La Eneida, La Ilíada, y después, el romancero del Cid, sino también el sentido. Por otra parte, primero escribí poesía durante 40 años y mis novelas no son sino una continuación de sus temas, obsesiones, escenarios y sitios que amo. Muchas veces, escribiendo una novela, me pregunto si no estoy haciendo un borrador de un poema; por ejemplo, en una novela como Amirbar (1990), me salió un poema de cuatro páginas sin darme cuenta.

Una parte importante parte de esta poesía es un elogio hacia lo primordial, hacia lo antiguo, entendido como los paraísos personales del autor. ¿Cómo es la relación de esta esencia con la épica narrativa?

—Al leer los clásicos y la épica queda una música. En la poesía, naturalmente, lo digo de una manera más esencial, misteriosa si se quiere decir, más secreta y al mismo tiempo más evidente. Por otra parte, he sido un lector de historia desde niño; heredé la biblioteca de mi padre de la cual gran parte de su acervo es sobre este tema y por tanto se me creó una afición por el pasado. Entonces, esas referencias históricas que hay en mi poesía y que después aparecen en mis novelas, son ecos de experiencias de lectura que para mí son experiencias de vida.

Por ejemplo, la referencia a civilizaciones antiguas como Bizancio, entre otras, es sustancial en usted…

—Claro. Me interesa toda la creación de Occidente, en especial Bizancio. Mi amor por esta civilización es tan profundo que por eso escribí La muerte del estratega (1988), que es la historia de un bizantino. Para mí éstas son presencias absolutas y claro, mi poesía, narrativa y ensayos, que se reúnen en un libro reciente, De lecturas y algo del mundo (2000), representan ese volver a la historia.

Un tono importante en su obra es la tragedia, que sobre todo se encuentra en el destino de Maqroll. ¿Cuáles son las herencias a las que hace homenaje?

—Si uno en una época, en una edad en que se está formando lee a Sófocles, ese sonido y situaciones, ese enfrentamiento de los hombres contra los hombres, si uno lee esta maravilla que es la tragedia griega, le queda como un ejemplo. Y después si se leen las novelas de Dostoievsky, de Dickens, etcétera, encuentra un eco de todo esto. Hablamos de los hombres desnudos, con toda su condición humana evidente y presente. Eso a mí me ha formado y me interesa mucho.

Sin embargo, independientemente de la condición humana, hay un elogio al pasado, como ha dicho, que implica una falta de fe en el hombre contemporáneo…

—En el hombre en general. Al leer historia, ¿qué es lo que se lee? Desastres, brutalidades aterradoras, momentos de la Europa occidental cristiana que son de un salvajismo aterrador como es el caso de las cruzadas. Entonces, ¿qué esperanza le queda al hombre? Ninguna. Las ilusiones que se ha creado éste, y sobre todo a partir del siglo XVIII son ilusiones razonadas. Rosseau crea un hombre ideal para poder aplicar su teoría, sin embargo éste no es como él lo define. Y de ahí en adelante viene el desastre.

En la historia hay ejemplos muy elocuentes de hombres que han tenido en sus manos la vida de poblaciones enteras, cuya conducta, con muy pocas excepciones, no ha sido ni piadosa, ni brillante, y no ha traído otra cosa más que muerte, dolor, hambre y miedo. Entonces, el hacerse ilusiones y el hablar, por ejemplo, de la palabra progreso, que ahora utilizamos cada diez minutos, no tiene sentido. Yo me pregunto progreso en qué Dios mío, cuando se ve lo que pasa en Kósovo, en África, en Colombia. ¿Hablamos de progreso técnico? Pues sí, pero éste no ha servido sino para matar más rápido a más gente, no hay tal progreso, eso es mentira. ¿Modernidad? La sola palabra me pone los pelos de punta. Modernidad es lo que se intenta hacer, pero como dije, no es posible. No digo que nosotros estamos aquí para ser ángeles, sino para ser seres humanos. No tenemos remedio, pero tampoco hay que llorar y lamentar esto. Así somos, ése es el destino de esta especie, no debemos asustarnos.

¿Cuál es su lectura del hombre contemporáneo?

—Pues que otra vez nos hemos olvidado del hombre. Ahora ya no existe el individuo, sino grandes masas presentes a través de aparatos electrónicos que circulan como fantasmas. Hoy día, esto que llaman comunicación, es cada vez más raro. Las máquinas no me están dando ninguna presencia de nadie. Por un lado nos olvidamos del hombre y por el otro, ni siquiera lo vemos ya. El ser humano que se nos presenta en la televisión, el hombre que leemos en internet, son sombras o están escogidos maliciosamente para presentar un determinado tipo de ser. Así no es la cosa.

En sus novelas hay un culto a los objetos, a cierta estética antigua, pero sobre todo a concepciones del mundo, por ejemplo el viaje. ¿Qué implica para usted estas formas, estos símbolos?

—El viaje es una idea. No me llama la atención el turismo, el conocer lugares, sino vivir ambientes, atmósferas. Otra cosa que me interesa y que también le interesa a Maqroll por pura coincidencia, claro, es desplazarse en el mundo, porque es un regalo que nos ha sido dado pero que ahora estamos dedicados a destruirlo de una forma aterradora. Me gusta desplazarme para ir viendo qué sucede dentro de uno mismo. En cuanto al gusto por los objetos, es que éstos son testimonios, huellas que quedan de hombres que en cierta forma actuaron y vivieron como yo. Un mapa, por ejemplo, es una maravilla. Los mapas fueron hechos por navegantes, por gente curiosa de ver no cosas raras, sino de situar al hombre en otro sitio, en otro clima. Todas estas brújulas que tengo, estos mapas, estos libros, son testimonios de una curiosidad de los hombres por verse a sí mismos interiormente.

Justamente el mar de sus viajes es un elemento de contacto con la memoria humana y su destino: es un elemento de transición. ¿Qué esencia significa el mar para darle este carácter?

—Los hombres siempre han buscado el mar. ¿Dónde nació el pueblo más inteligente que ha tenido la humanidad? En Grecia, en una península y en un archipiélago. El siguiente pueblo que nos dejó el derecho y una serie de normas para vivir de una forma supuestamente civilizada, porque no lo hemos sabido hacer, ¿en dónde está?, en Roma, en una península. El mar es una continua lección para el hombre. Primero de humildad. Hay que estar en medio de una tempestad, en un barco. Éste se vuelve una cascarita de huevo y el mar nos dice “oye, no eres ningún genio, eres casi nada. Qué maravilla que estés aquí, pero ojalá logres sortear esta tormenta. Vuelve a tu estatura, no te crezcas por Dios”. Desgraciadamente es lo que nos está pasando cada vez más.

¿Y como elemento de transición hacia el destino, como símbolo de una esencia humana?

—El mar es el camino más rico que puede haber hacia una verdad interior. No creo que el aire lo sea tanto, creo que los aviones no nos enseñan nada. Adoro la tierra, y tengo recuerdo de rincones, de lugares que son un perpetuo milagro, pero el mar es para mí fundamental. Además, tengo una impresión, una interacción muy curiosa con él. En medio de éste, en un horizonte todo de mar, vemos esa energía desatada, magnífica, lentamente desplazándose hacia la nada, hacia sí misma. Ésa puede ser una bella imagen de Dios.

En su obra se observa una constante búsqueda de sus paraísos personales, en especial esos paisajes de la infancia. ¿Qué significan para el autor estos territorios como motivo de vida y de literatura?

—Son la manera más fiel, más evidente, más directa, de vernos a nosotros mismos, de saber dónde y cómo estamos en el mundo. Son anteriores a los hombres, a su perpetuo razonamiento, a sus argumentos y toda suerte de silogismos que nos dan una versión de nosotros que no es. De ahí es que fracasan todos los sueños políticos del hombre, porque crean un ser humano artificial, totalmente fabricado para que se ajuste a los ideales y a los programas que proponen. El hombre no es así, entonces, aprendamos a sentirnos nosotros mismos. Adentro tenemos todo.

Entonces usted, más que una razón sobre el hombre, consideraría una esencia…

—Por supuesto. ¿Y eso quién nos lo enseñó? El pueblo, repito, más sabio que ha tenido el mundo, los griegos: conócete a ti mismo. Hay que volver a leer a Platón. ¿Cómo es posible tanto progreso y que olvidemos cosas tan esenciales?

Y llego a este lugar y sé que desde siempre
ha sido el centro intocado del que manan
mis sueños. La absorta savia
de mis más secretos territorios,
reinos que recorro, solitario destejedor
de sus misterios, señor de la luz que los devora,
herencia sobre la cual los hombres
no tienen ni la más leve noticia,
ni la menor parcela de dominio
.

La infancia y su trópico, el cafetal de su memoria, son los paisajes de sus territorios íntimos. ¿Hasta qué punto se ha conciliado con este reino en su escritura?

—Siempre lo he dicho, tenemos que mantener vivo el niño que fuimos y saber mantenerlo intacto dentro de nosotros. Ese niño es el testigo más fiel del mundo que tenemos. Él fue el que supo verlo antes de que nos llenáramos de ideas. En cuanto al trópico, el paisaje que me interesa y que siempre está presente no es el trópico en sí, sino lo que en Colombia llamamos la tierra caliente, la tierra donde se cultiva el café, la caña de azúcar, frutas maravillosas y que está a 13 mil metros de altura, aproximadamente, en la cordillera de los Andes. Ahí fundaron mis abuelos una hacienda, Coello, en el Tolima, que después fue de mi madre. El conocimiento de esa hacienda fue el paraíso. Inclusive tengo un poema dedicado estrictamente al momento en que la presencia de esa tierra vuelve a mí. Vuelve siempre, vuelven los cafetales, la lluvia. Una vez me desperté y la lluvia estaba sonando sobre el cinc del tejado de una casa donde pasaba la noche. Así se me dio ese poema. Entonces, mi paraíso es un rincón de Colombia cerca de la cordillera central donde yo siento que nací, aunque no haya sido así, yo nací en Bogotá. Pero uno no nace donde lo dio a luz su madre, sino, en un momento dado, en un rincón del mundo donde éste dice: “tú eres yo y yo soy tú”. Y todos tenemos ese rincón. Lo olvidamos, pero yo no, yo lo mantengo vivo.

Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.

“Por otra parte, éste es el testimonio de un hombre nada más. No trato de rescatar ni de convencer a nadie. Me siento obligado a escribir sobre éste por amor a ese lugar y a todos los seres que están envueltos en él”.

¿Cómo es su vida de escritor en esta etapa de reconocimientos internacionales, de viajes, de escaso tiempo para la creación?

—Los premios, lo digo sinceramente, son para mis libros, no para mí; son para ellos, los pobres, que tienen que estar en una vitrina esperando a que alguien los compre. Entonces el premio, esa franjita que les ponen, a ellos les ayuda, no a mí. Pero el reconocimiento de desconocidos que me abordan, y eso ha sucedido en Francia, en Italia, en Alemania, en los sitios donde están traducidos mis libros, es el premio más importante. Cuando me llegan buenas noticias sobre mis libros y la gente me comenta, digo que sí tiene sentido sentarse a escribir en mi smith corona. Pero no siento ninguna presión. La escritura no tiene tiempo, se da cuando se da. Para mí, escribir es una tortura tremenda por la autocrítica, he quemado dos novelas completas. Pero en el momento en que una persona me busca, me comenta algo, esa tortura se convierte en un orden, en un decir, “ah, estoy bien”. Por otra parte, no hago vida de intelectual, ni escribo todos los días, ni pienso que tenga un destino determinado a cumplir. Nunca he vivido de mi literatura, he trabajado en las cosas más absurdas y más raras para vivir. Escribo con toda independencia, sin tener que darle gusto a políticos ni a grupos de influencia.

Pese a la muerte de Maqroll, ¿su errancia no ha terminado?

—No, en absoluto. Estoy escribiendo una novela sobre este personaje. Un escritor francés amigo mío, me decía “Mutis, no siga intentando matar a Maqroll, Maqroll va a morir cuando muera usted”. Estoy de acuerdo. También, estoy trabajando poemas. Lo que pasa es que no tengo ninguna prisa.

Y en cuanto a su interés por lo histórico, ¿hay un proyecto novelístico?

—Tengo la intención de un día, escribir algo en esa dirección. Inclusive tengo una prosa sobre un oficial de los ejércitos napoleónicos, un húsar de estos que tengo aquí en mi casa. Eso me gustaría mucho, y tengo ideas y materia. Ya veremos.

 

* Esta entrevista fue realizada con el apoyo del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales del Fonca / Conaculta, México.

 

** CLAUDIA POSADAS (cposadas@avantel.net) es periodista cultural mexicana. Ha participado en diversas publicaciones especializadas dentro del ámbito hispánico. Por su trayectoria periodística obtuvo en México una beca del CONACULTA, institución cultural de su país, para realizar un libro de entrevistas con escritores hispanoamericanos. La presente entrevista fue publicada en Antrhopos. Huellas del conocimiento, en enero-marzo del 2004, núm. 202.

 

© Claudia Posadas 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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