La autonomía como horizonte personal:
La transformación de Leonora en El celoso extremeño

Alfredo J. Sosa-Velasco
Cornell University


 

   
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Sólo no sé qué fue la causa que Leonora no puso más ahínco en disculparse y dar a entenderse a su celoso marido cuán limpia y sin ofensa había quedado en aquel suceso; pero la turbación le ató la lengua, y la priesa que se dio a morir su marido no dio lugar a su disculpa. (135)

Un breve repaso a la bibliografía crítica sobre El celoso extremeño de Cervantes pone de manifiesto la gran atención que se ha prestado al personaje de Felipo de Carrizales. Algunos de los estudios realizados hasta ahora concentran su interés en la psicología de este personaje, analizándolo en su relación con el medio social en el que se desarrolla (M.A. Encinar), y observándolo como un inadaptado social, incapaz de establecer relaciones recíprocas con otros humanos; un ejemplo más del loco cervantino (I. Puig). Carrizarles ha captado así la atención y el interés de los críticos por sus celos, su aislamiento y su incomunicación. A este respecto, Forcione señala, por ejemplo, sobre Carrizales lo siguiente:

Throughout his life he has existed entirely for himself, exploiting human relationships for his own enjoyment and profit. From the opening account of his early life, in which he appears as a rootless wastrel, cultivating no ties with friends and lovers, delighting in the liberation from his family, and engaging in his most characteristic type of conversation, the soliloquio, to his return from the Indies, when he finds all friends, acquaintances, and family dead, deciding that all other human beings are threats to his peace of mind, fortifies himself in his own isolation by building a prison in the centre of civilization, we continue to see Carrizales as an active being who pursues his own inclinations with no concern for the interests of other people. (Forcione; citado en Puig 85).

Aunque no descarto que estas críticas a la hora de analizar El celoso extremeño sean valiosas dentro del campo de la crítica literaria, me preocupa, sin embargo, que se haya volcado todo el interés hacia el personaje de Carrizales en detrimento de otros, como el de su esposa la joven Leonora. Casi siempre se estudia a Leonora en función de su marido, cuando es ella, no obstante, el origen de los celos del viejo. Además, en mi opinión, Leonora demuestra tener psicológicamente un protagonismo y una evolución más compleja e interesante que la de Carrizales, que se cristaliza al final de la obra, y que no debe ser desestimada apresuradamente.1

Por lo tanto, mi interpretación de esta novela defiende, entonces, que el personaje de Leonora consigue ejemplificar algo tan universal como el proceso de conocimiento de uno mismo y la transformación del sujeto, resultado de las relaciones que se establece entre éste y el mundo que le rodea. En estas relaciones, se observará, en primer lugar, cómo Leonora pasa de ser vista en un principio como objeto a convertirse últimamente en un sujeto dueño de sus acciones. Se demostrará, seguidamente, que Leonora, en la búsqueda de conocimiento sobre sí misma, consigue acceder y entender una verdad, consecuencia de la presencia del otro (sus padres, Carrizales, Marialonso, Loaysa) para transformar su ser. Tal transformación es el producto de las decisiones tomadas activamente por ella al decidir, primero, no mantener relaciones sexuales con Loaysa y, segundo, convertirse en monja cuando tiene varias opciones posibles tras la muerte del marido. Desde el punto de vista teórico-crítico, parto de la teoría del sujeto foucaultiana para explicar que Leonora se constituye y se transforma precisamente en ese nuevo sujeto, resultado de las relaciones que establece con los otros personajes dentro de la novela, y que el lector va descubriendo por sí mismo durante la lectura de El celoso extremeño2.

En Hermenéutica del sujeto, Michel Foucault retoma la pregunta nietzscheiana de cómo podemos conocernos a nosotros, para sugerir que el conocimiento de uno viene acompañado del ocuparse de sí mismo (épimeléia/cua sui). Este conocimiento está determinado así por la manera en la cual el sujeto se enfrenta al mundo que le rodea, se comporta en él y se relaciona con los otros: “La épimeléia implica todo esto; es una actitud, una actitud en relación con uno mismo, con los otros y con el mundo” (36). Este modo de actuar lleva, entonces, al sujeto al conocimiento de sí mismo, tras una transformación o transfiguración de su ser para acceder a la verdad. Esta verdad, sin embargo, no le es conocida al sujeto a priori, pues es necesaria primero la transformación de éste para poder aprehenderla. Sin transformación, la verdad no puede existir, ya que es precisamente lo que perfecciona al ser: “La verdad es lo que ilumina al sujeto, lo que le proporciona la tranquilidad de espíritu” (40). De ahí que lo que permite al sujeto acceder a lo verdadero sea el (re)conocimiento de sí mismo para llegar a dicha verdad. Para Foucault, hay cuatro elementos que nutren el proceso de conocimiento: alejarse de las apariencias, volver sobre sí, realizar actos de reminiscencia y retornar a la patria de las esencias3. A este fin, hay que contemplarse, según Foucault, en un elemento que sea equivalente a uno mismo: “El problema previo es la relación con el otro, con otro como mediador. El otro es indispensable en la práctica de uno mismo para que la forma que define esta práctica alcance efectivamente su objeto, es decir, el yo” (55). Finalmente, la práctica de uno mismo entra en íntima relación con la práctica social y con las relaciones del sujeto con el otro, como se demostrará a continuación.

Así pues, con el objeto de comprender esa adquisición del conocimiento del sujeto y su transformación para acceder a la verdad, resulta primordial analizar, en primer lugar, el personaje de Leonora en contacto con el mundo y con los otros que le rodean. Al principio, salta a la vista cómo Leonora es objetificada y cosificada por quien será su futuro esposo desde el momento en que la conoce. Esta cosificación le niega a ella cualquier actuación independiente como sujeto al ser contemplada por Carrizales como un mero objeto4. El narrador cuenta así cómo es el primer vistazo que le da el viejo a Leonora cuando ésta tenía unos trece o catorce años, quedando él perdidamente enamorado del rostro y la hermosura de la doncella. Después de pedir la mano de la joven a sus padres, que aunque pobres eran nobles, el viejo consigue victoriosamente a la niña por esposa, tras dotarla de veinte mil ducados, el precio que paga por su compra a los padres de la joven: “Leonora quedó por esposa de Carrizales, habiéndola dotado primero en veinte mil ducados: tal estaba de abrasado el pecho del celoso viejo” (103).

Sin embargo, hasta ahora no se sabe nada más de Leonora. No se tiene noticias de la comunicación de tan importante anuncio a la muchacha ni de su primera respuesta al matrimonio con el viejo. Se conoce únicamente que está dispuesta a casarse, y que despierta en Carrizales sus primeros ataques de celos cuando decide que sus vestidos serán medidos a través del cuerpo de otra mujer para que el sastre no la toque, y que construirá una fortaleza sin ventanas y con rejas en la que habiten después de las nupcias5. La relación de Leonora con sus padres y su futuro esposo desde el punto de vista de ella no se presenta. Tampoco se dicen las motivaciones que la llevan a contraer matrimonio, aunque éstas serían previsiblemente económicas, si se toma en consideración lo comunes que eran estos matrimonios arreglados entre los padres de una joven y un viejo decrépito durante la época de Cervantes.6

A partir de aquí se comienzan a perfilar algunos de los aspectos que definirán las relaciones entre Leonora y su esposo, y que explican precisamente esta cosificación a la que está sujeta la joven por su celoso marido. Desde el principio, Leonora representa para Carrizales una adquisición. Al observarla en el balcón, dice el narrador que el viejo pensó: “Casarse he con ella; encerraréla y haréla a mis mañas, y con esto no tendrá otra condición que aquella que yo le enseñaré. Y no soy tan viejo que pueda perder la esperanza de tener hijos que me hereden” (102). Leonora es, pues, objetificada (cosificada) doblemente por Carrizales. Por un lado, el propósito del marido es el de encerrarla y protegerla del resto de las personas como lo haría con sus barras de oro y plata, además de jugar con ella como si fuera un juguete con el que hacer sus “mañas”. Por otro lado, la joven es vista por Carrizales como una máquina para la reproducción de los herederos, con quienes el viejo desea compartir sus riquezas tras la muerte, ya que antes de elegir a Leonora se había planteado Carrizales el casarse para tener a quien dejar sus bienes.7

Después de construir la casa, poblarla con criadas y esclavas y un negro eunuco, Carrizales va a buscarla para llevársela. Los padres de Leonora “se la entregaron no con pocas lágrimas, porque les pareció que la llevaban a la sepultura” (104), porque eran conscientes en parte del futuro que le podía esperar a su hija con el viejo. A su llegada a la casa, Leonora conoce a las criadas, esclavas y a su aya Marialonso, todas ellas puestas al servicio de la joven con el propósito de mantenerla entretenida, “sin tener lugar donde ponerse a pensar en su encerramiento” (105). Se refleja rápidamente aquí la simpleza a la que su comportamiento se halla sometido por las expectativas que tiene Carrizales de ella, cuyo propósito es mantenerla como un objeto más entre otros:

Leonora andaba a lo igual con sus criadas, y se entretenía en lo mismo que ellas, y aun dio con su simplicidad en hacer muñecas y en otras niñerías, que mostraba la llaneza de su condición y la terneza de sus años; todo lo cual era de grandísima satisfaz[c]ción para el celoso marido, pareciéndole que había acertado a escoger la vida mejor que se la supo imaginar y que por ninguna vía la industria ni la malicia humana podían perturbar su desasosiego. Y así sólo se desvelaba en traer regalos a su esposa y en acordarle le pidiese todo cuantos le viniesen al pensamiento, que de todos sería servida. (105)

Esta constante entrega de presentes impacta también la conciencia de Leonora. Desde el principio, el narrador cuenta cómo la joven estaba asombrada de ver tantos regalos, desde los primeros vestidos que Carrizales le daba a ella antes de casarse hasta los objetos que éste le traía después del matrimonio. Leonora es también un objeto que junto a otros conforman las posesiones del viejo celoso, quien busca mantenerla encerrada en todo momento. Por tanto, Leonora es para Carrizales lo que los regalos de éste son para ella: chuminadas con las que ocupar el tiempo.

Así, transcurre un año, saliendo Leonora únicamente de su casa para ir a la iglesia mientras está oscuro. Llega a parecerle que: “[…] lo que ella pasaba pasaban todas las recién casadas. No se desmandaban sus pensamientos a salir de las paredes de su casa, ni su voluntad deseaba otra cosa más de aquella que la de su marido quería” (106). El aislamiento en el que vive Leonora le hace, entonces, generalizar su situación al del resto de las mujeres, produciéndose el desarrollo de una cultura propia del sujeto. Según Foucault, “cultura significa en este caso que existe un conjunto de valores determinados siguiendo un orden y una jerarquizada coordinación; esos valores son universales y accesibles únicamente algunos” (64). Leonora cree, por tanto, común su situación al no tener ningún ejemplo con el que compararse, ya que ella no conoce otra realidad diferente a la que le ofrece Carrizales. Su única relación con otras personas ha sido con sus padres antes del matrimonio y de ahí ha pasado a manos del viejo, quien se ha encargado de mantenerla alejada de todo contacto humano que no fuera el de las mujeres de la casa.

Leonora no tiene ningún referente y no conoce el papel de la mujer casada dentro del mundo que le rodea, a no ser el ejemplo que le pueda brindar su madre. Esta falta de experiencia en su vida hace además que no se le conceda la verdad sobre sí misma sin que se lleve a cabo, primeramente, la transformación de su ser. Para tal transformación, es necesario, no obstante, que Loaysa le despierte la curiosidad, le seduzca y que ella opte por una salida en la que finalmente “Leonora triunfa resistiendo [de entregarse a Loaysa] y con esta resistencia afirma su libertad” (Stern 341), ya que “[s]ólo cuando Loaysa aparece viniendo del mundo exterior, Leonora podrá descubrir una nueva perspectiva de la realidad” (Puig 85)8. Con la aparición del mozo soltero, Leonora comienza a fijarse con más atención en el mundo que le rodea, más allá de la compañía de su esposo y de las criadas a la que estaba acostumbrada. Una de las criadas le informa a Loaysa así sobre la situación que viven todas las mujeres de la casa, mientras éste le propone el remedio para dormir al viejo:

¡Jesús, valme—dijo una de las doncellas—, y si eso fue verdad, qué buena ventura se nos habría entrado por las puertas, sin sentillo y sin merecello! No serían ellos polvos de sueño para él, sino polvos de vida para todas nosotras y para la pobre de mi señora Leonora, su mujer, que no le deja a sol ni a sombra ni la pierde de vista un solo momento. (116)

Después de ser la joven convencida por las doncellas y, especialmente por la dueña, Leonora acude a ver al mozo cantar, “que, sin haberle visto, le alababa y le subía sobre Absalón y sobre Orfeo” (117). Planean todos juntos buscar la llave maestra que abra todas las puertas de la casa, ofreciéndose activamente Leonora a hacerlo bajo la condición de que Loaysa jurara “cantar y tañer cuando se lo mandaren” (119), haciendo todo lo que ellas le pidieran. Así, Leonora le unta al viejo los polvos para mantenerlo dormido y coge la llave de debajo del colchón en el que su esposo dormía, consiguiendo meter finalmente a Loaysa dentro de la casa.9

Hasta aquí parece claro que el comportamiento de Leonora empieza a cambiar. La chica sumisa y obediente de la que se hablaba en un primer momento se convierte en sujeto activo al permitirle la entrada del joven a la casa. Aunque pudiera parecer que Leonora es convencida por las otras mujeres con las que vive, la curiosidad que le despierta Loaysa a Leonora es bastante clara, tal como lo expresan las palabras de ansiedad de la joven a Marialonso minutos antes de dejarle entrar: “No le pongas tasa—dijo Leonora—; bésela él [la cruz], y sean las veces que quisiere; […] Y anda, no te detengas más, por que no se nos pase la noche en pláticas” (122). Se conforma, pues, una de las distintas etapas dentro del proceso de conocimiento del ser, ya que para lograr conocerse, Leonora debe contemplarse en un elemento equivalente a ella que le permita, además, diferenciarse de él10. Si bien la joven cuenta únicamente hasta este momento con las criadas, la dueña y el viejo para definirse a sí misma como una mujer joven, no es de extrañar que la presencia del mozo cercano a su edad le despierte el interés:

Y tomando la buena Marialonso una vela, comenzó a mirar de arriba abajo al bueno del músico, y una decía: “¡Ay, qué copete que tiene tan lindo y tan rizado!” Otra: “¡Ay, qué blancura de dientes! ¡Mal año para piñones mondados que más blancos ni más lindos sean! Otra: “¡Ay, qué ojos tan grandes y tan rasgados! ¡Y por el siglo de mi madre que son verdes, que no parecen sino que son de esmeraldas!” Ésta alababa la boca, aquélla los pies, y todas juntas hicieron dél una menuda anatomía y pepitoria. Sola Leonora callaba, y le miraba, y le iba pareciendo de mejor talle que su velado. (125)

Loaysa es, pues, ese otro con el que Leonora necesita mediar para diferenciarse: un chico joven como ella que, sin embargo, biológicamente le concede su diferenciación como mujer—aspecto que Carrizales por sus años no le permite, si se toma en cuenta que el viejo mismo podía ser su padre. Esta relación entre Leonora y su yo, producto de la mediación con su elemento equivalente, requiere de la presencia del mozo, quien también intenta seducirla, aunque sin conseguir lo que pretendía: “[…] el valor de Leonora fue tal, que en el tiempo que más le convenía, le mostró contra las fuerzas villanas de su astuto engañador, pues no fueron bastantes a vencerla, y él se cansó en balde, y ella quedó vencedora, y entrambos dormidos” (130). Se observa entonces que, como afirma Foucault, la práctica de uno mismo entra en íntima interacción con el otro (“[e]l cuidado de uno mismo, por lo tanto, precisa la presencia, la inserción, la intervención del otro” [58]) y con la práctica social (“con la constitución de una relación de uno mismo para consigo mismo que se ramifica de forma muy clara en las relaciones de uno mismo con el otro” [60]).

Ahora bien, esta transformación, que va experimentando Leonora al dejar de ser objeto para convertirse en sujeto, se traduce en una toma de conciencia de su papel como mujer dueña de sus acciones, y del descubrimiento de la sexualidad femenina. Cuando Carrizales descubre la supuesta verdad a los padres de Leonora, sobre la infidelidad de su esposa, pone de manifiesto lo inevitable que es frenar el proceso de (re)conocimiento de uno mismo. Así, por ejemplo, ninguna de las acciones del viejo (murallas alzadas, cerraduras dobladas, varones desterrados) le sirve para impedir que Leonora alcance su verdad, que es la del conocimiento de su propio ser y de su sexualidad. Leonora llega a ser consciente de una verdad que, sexual, sólo puede serle conocida a través del otro como del que la desea, es decir, de Loaysa. El hallazgo de tal verdad no le es, sin embargo, proporcionado por Carrizales, porque éste no es ni siquiera capaz de lograr su meta de tener hijos, por ser posiblemente impotente11. Además, si bien Loaysa puede ofrecerle a Leonora ese camino para descubrir su sexualidad mediante la seducción directa a la que le somete, es la joven quien decide finalmente repudiarla para recluirse al convento como monja de clausura. Es decir, Leonora después de conocer esa verdad sobre su sexualidad, prefiere liberarse de ella y continuar el proceso de transformación de su ser. Cabe señalar que, el descubrimiento de la sexualidad de Leonora no se basa en la experiencia de disfrute con un hombre, sino en la conformación de un deseo por el otro. Así, no son extrañas entonces las palabras que le dice a Carrizales antes de morir: “[…] sabed que no os he ofendido sino con el pensamiento” (134). Su única debilidad ha sido, pues, la de haber podido desear a Loaysa. Para ello, no fue necesario experimentar ningún contacto físico con él. En el momento en que le desea con “el pensamiento”, Leonora descubre su verdad sexual, que es su sexualidad como mujer, algo que con Carrizales le había sido imposible. Así pues, el deseo es lo que le hace cambiar a Leonora y constituirse como sujeto, produciéndose un cortocircuito: ella desea y renuncia al deseo.

Como afirma Foucault, “[c]onocerse es conocer lo verdadero” (69). El estado de soberanía del ser libra, entonces, al sujeto de cualquier tipo de coacción con el fin de que reencuentre éste su propia identidad y su vida:

El conocimiento de uno mismo y el conocimiento de la naturaleza no se encuentran por lo tanto en una especie de oposición alternativa, sino que están absolutamente ligados en el sentido de que el conocimiento de la naturaleza nos revelará que no somos más que un punto cuyo único problema consiste precisamente en situarse a la vez allí donde se encuentra y aceptar el sistema de racionalidad que lo ha insertado en este lugar del mundo. ¿En qué sentido puede decirse que este efecto del saber es liberador? (77)

Este conocimiento per se del cual habla Foucault es producto de la tensión que se produce entre el individuo mismo y el universo que le rodea, ya que la mirada que adopta el sujeto sobre sí está ligada a un conjunto de determinaciones y condiciones sociales, que son las que comprenden ese sistema de racionalidad que inserta al sujeto dentro del mundo.

Así pues, Leonora se libera de la cosificación a la que estaba sujeta por Carrizales y Loaysa como simple objeto. Ella transforma su ser. Si no tiene relaciones sexuales con el mozo es porque así lo quiere, ya que a ella le pertenece la última palabra al respecto, además de ser responsable de sus propias acciones. De hecho, Leonora se convierte en monja cuando pudiera haberse casado con Loaysa o con cualquier otro si lo hubiera querido: “Quedó Leonora viuda, llorosa y rica; y cuando Loaysa esperaba que cumpliese lo que ya él sabía que su marido en su testamento dejaba mandado, vio que dentro de una semana se entró monja en uno de los más recogidos monasterios de la ciudad. Él, despechado y casi corrido, se pasó a las Indias” (135). El dinero no hubiera representado ningún obstáculo para ella porque su dote había sido doblada minutos antes de enviudar y el permiso de su marido, para contraer matrimonio con “el mancebo que él la había dicho en secreto” (134), quedaba escrito en su testamento. Si decide meterse a monja es, entonces, porque ve en esa decisión el camino para hallar la felicidad, la tranquilidad y la serenidad que el sujeto busca constantemente, según explica Foucault.

Por último, es posible afirmar que la verdad de Leonora es la verdad de su alma que abre y transmite a los otros. Aquí las verdades de Carrizales (la infidelidad de su esposa) y la de Loaysa (la esperanza de que Leonora se case con él tras la muerte del viejo) son diferentes a las de la misma joven. Leonora logra transformarse y conocerse, alcanzando su felicidad—entendida ésta como esa serenidad y tranquilidad que quiere el individuo para sí. No podía ser feliz mientras no se conociera, por eso requiere de la entrada de Loaysa para descubrir su sexualidad y dejarla finalmente a un lado. Termina haciendo valer su voluntad y vence sobre el resto de los hombres sin sujetarse a ninguno, tal como Lisis—aquella protagonista de María de Zayas—lo hará también años más tardes.

Si se retoman las palabras últimas del narrador que encabezan este trabajo a manera de epígrafe, se encuentran así, finalmente, una posible respuesta a ellas: Leonora no insistió en su defensa de cuán limpia y honrada era simplemente porque para entonces ya había entendido que no necesitaba demostrárselo a nadie, mientras ella lo supiera. Si no insistió en disculparse fue porque comprendió que no tenía que hacerlo, ya que no había ofendido a Carrizales más que con el pensamiento. Su verdad le había restituido su identidad y su propia vida. Su capacidad para tomar decisiones le había proporcionado la conversión y la ascesis de sí misma. Eso era lo que importaba, lo que quedaba. Leonora fue, pues, vencedora y revolucionaria. Al tener conciencia sobre sí misma, prefirió recluirse para evitar ser objetificada por otro hombre. Quizás, al no ser objeto de nadie, no necesitó ser deseada ni vigilada. Leonora encontró en sí misma el camino para convertirse en sujeto. Cervantes halló en ella la referencia al sujeto universal y al complejo mundo de las relaciones entre el individuo y el mundo que le rodea.

 

Notas:

[1] De todos es sabido que el tema de las narraciones del viejo casado con la niña se remonta a la antigüedad y sobrevive hoy en día en expresiones como "viejo verde' y en refranes como el siguiente: "Al tomar mujer un viejo, o toca a muerto o a cuerno" (Rosales; citado en Stern 334).

[2] En cuanto al género al que pertenece El celoso extremeño habría que señalar la originalidad creadora de Cervantes y del género novelístico que ya apuntaba Stern: "Partiendo de una tradición antiquísima, el insigne escritor crea una obra novedosa que combina elementos de los géneros tradicionales: farsa, tragedia y comedia lopesca pero que se aleja de ellos al mismo tiempo" (341). Así, Cervantes se aparta de la farsa al darle profundidad a Carrizales y se separa de la solución convencional de la comedia de Lope de Vega al hacer que Carrizales perdone a su mujer (Stern 341).

[3] El propósito de este conocimiento sobre sí mismo es responder a las preguntas: ¿Quién soy? y ¿En qué consiste el cuidado de mí mismo?

[4] A este respecto, es digna de mención la aportación que hace Davis al analizar la descripción de la doncella, elaborada en base a su belleza como el signifier de una sexualidad, que motiva a Carrizales a contraer matrimonio: "Leonora becomes the victim of Carrizales's fetishization not of her as the palpable object of his desire but of her as the signifier that he has created for the happiness he wishes to buy. The detailed accounts of his making her into the perfect image of a virgin bride complete with props and set illustrate the process of "fetishization" analyzed in Baudrillard's critiques of problems in Marxist theory of the excessively valued commodity" (644).

[5] En este sentido, resulta interesante recordar lo que dice Puig al respecto: "La casa que construye es un símbolo de su mente [de Carrizales]: es un mundo aislado que se ha creado para sí mismo y donde no caben otras perspectivas. Todas las ventanas están cerradas y nada de afuera puede entrar en la casa y, por tanto, cambiar la visión del mundo que Carrizales impone en los demás habitantes de la casa" (85). Parte de esa visión del mundo es observar a Leonora como una adquisición más, como se verá enseguida.

[6] Si bien no cabe duda de que toda novela refleja parte de la realidad histórica en la que nace, como sería la de los matrimonios entre viejos y niñas, la obra también incorpora "its account of desire into a detailed examination of the protagonist's monetary investment in marriage and his fetishizing of the young woman he marries by making her the embodiment of the commercial enterprise through which his status is derived" (Davis 642). Como menciona la estudiosa al respecto, la creación de este matrimonio se dibuja como un proceso social que cede tanto al marido como a la esposa un valor público y económico, que llega a ser más importante que la realización de cada uno de ellos dentro del ámbito privado como pareja (642).

[7] En este sentido, hay que agregar que no hay rasgo que cosifique más a la mujer que el de verla como un objeto para llevar a cabo la reproducción biológica. Por tanto, el que Carrizales contemple a Leonora como tal, desde el principio de la novela, pone de manifiesto lo interesante del proceso de adquisición de conocimiento de uno mismo, ya que el que llega a ser objeto para otro (Leonora, en este caso) acaba convirtiéndose irremediablemente en sujeto para sí. Se constata una vez más la importancia que tiene el otro para la definición del sujeto mismo, en tanto uno se diferencia en contraste con el otro.

[8] Como bien sugiere Puig, a Leonora se le ha dado una visión deformada de la realidad, que es la que le ofrece Carrizales. Sin embargo, tras la llegada de Loaysa se le proporciona otra perspectiva, que no por eso Leonora acepta, puesto que al final ella lo rechaza y entra en un convento, mientras él se marcha para las Indias. Esa visión deformada es, pues, el espejo en el que ella se mira.

[9] En este sentido, cabe recordar las apreciaciones de Sieber en relación a esta acción por ilustrar que es Leonora la ejecutora de esta transferencia de poder a nivel simbólico, siendo ella actora y protagonista, como se desarrollará a continuación: "Carrizales duerme con su llave bien escondida debajo de la almohada, pero en la noche crítica 'no la tenía debajo de la almohada, como solía sino entre los dos colchones y casi debajo de la mitad del cuerpo' […] Sacar la llave maestra de Carrizales y darla a Loaysa para que tenga una copia (otra llave maestra) es una transferencia simbólica cuyo mensaje es obvio. […] Si representa Loaysa el miembro viril que no tiene Carrizales, Cervantes no puede mejorar la imagen de otra manera" (18-19).

[10] Me refiero otra vez aquí a la presencia del otro como mediador para la conformación de la identidad del sujeto. Este postulado teórico foucaultiano es también sostenido por el psicoanálisis. Lacan al respecto afirma: "The Other is the locus in which is situated the chain of the signifier that governs whatever may be made present of the subject-it is the field of that living being in which the subject has to appear" (Lacan 203). Así, la formación del sujeto, como el conocimiento de uno mismo, requiere de la mediación del otro, ya que son las diferencias con ese otro las que definen al sujeto. El sujeto no existe, pues, si no existe el otro.

[11]En este sentido, Davis sugiere que “what the narrative of El celoso extremeño offers is in fact the metaphor of masculine impotence as means of portraying ideology. Carrizales is rendered impotent in his tardy designs to reestablish a family tree by his own uncontrollable insistence upon treating his bride as his most important investment—as sort of fetishized commodity. He does not allow her to function as his wife in a common endeavor to continue two noble blood lines” (643).

 

Obras citadas

Cervantes Saavedra, Miguel de. Novelas ejemplares II. Ed. Harry Sieber. Madrid: Cátedra, 2001.

Davis, Nina Cox. “Marriage and Investment in El celoso extremeño”. Romanic Review 86. 4 (1995): 639-55.

Encinar, María Angeles. “La formación de personajes en tres novelas ejemplares: El licenciado Vidriera, El celoso extremeño y La fuerza de la sangre”. Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America 15. 1 (1995): 70-81.

Foucault, Michel. Hermenéutica del sujeto. 1982. Ed. y trad. Fernando Alvarez-Uría. La Plata, Argentina: Altamira, 1996.

Lacan, Jacques. Le Séminaire, XI. The Four Fundamental Concepts of Psychoanalysis. Trad. Alan Sheridan. New York: Norton, 1977.

Puig, Idoya. “Relaciones humanas en Cervantes. El licenciado Vidriera y El celoso extremeño: Las excepciones que confirman la regla”. RILCE. Revista de Filología Hispánica 14. 1 (1998): 73-88.

Stern, Charlotte. “El celoso extremeño: Entre farsa y tragedia”. Estudios sobre el Siglo de Oro en homenaje a Raymond R. MacCurdy. Ed. Ángel González, Tamara Holzapfel y Alfred Rodríguez. Madrid: Cátedra, 1983. 333-42.

Zayas, María de. Tres novelas amorosas y ejemplares y tres desengaños amorosos. Ed. Alicia Redondo Goicoechea. Madrid: Castalia, 1989.

 

© Alfredo J. Sosa-Velasco 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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