Colombia: violencia y narración1

Carolina Castillo2
castillo@mdp.edu.ar
Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina


 

   
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Vemos a un joven atacando a su amigo por un kilo de cocaína /
pues en el negocio de la droga la traición y la codicia es la rutina.
Vemos a un pueblo que se ahoga en la violencia y se pregunta hasta cuándo/
porque no se sabe verdaderamente dónde su problema está empezando.

VICO-C. “Aquél que había muerto”.

Creo que no se ha tomado en cuenta hasta qué punto la situación política y social ha sido un caldo de cultivo providencial para la cultura del narcotráfico, en una Colombia grande y desdichada, con varios siglos de feudalismo rupestre, treinta años de guerrillas sin solución y toda una historia de gobiernos sin pueblo.
Gabriel García Márquez. Por la libre.

 

El presente trabajo tiene por objeto establecer una aproximación a las novelas La Virgen de los Sicarios (1994) y Noticia de un secuestro (1996), de Fernando Vallejo y Gabriel García Márquez respectivamente, atendiendo a ciertas estrategias, recursos y procedimientos relevantes en ambas producciones, y a partir de un análisis del trabajo de interpretación que los autores realizan de ciertos sucesos contemporáneos, así como los préstamos y contaminaciones discursivas en juego respecto de la puesta en escritura de historias diversas -públicas y privadas- inherentes a la conflictiva realidad socio-política de Colombia.

Poco después de que en la tarde del jueves 2 de diciembre de 1993 y a los 44 años, quien fuera el enemigo público número uno de Colombia, el hacedor del mayor imperio del narcotráfico, líder del cártel de Medellín: Don Pablo Emilio Escobar Gaviria, encontrara la muerte sobre el techo de una vivienda al noroeste de Medellín, el escritor, cineasta y biólogo colombiano Fernando Vallejo edita su polémica novela La virgen de los Sicarios. Dos años más tarde, y luego de una profunda investigación periodística, García Márquez publica Noticia de un secuestro. En ambos casos se trata de una temática compartida: un viaje por la realidad colombiana contemporánea, dominada por el ejercicio de la violencia y la impunidad.

Desde casi una década después de que Simón Bolívar liberara a Colombia desde Venezuela, creando la República de la Gran Colombia -que incluía los actuales Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá-, hacia 1830 y con la proclamación de la República de Granada -que luego se convertiría definitivamente en Colombia- hasta comienzos del siglo XX, el país padeció nueve guerras civiles nacionales, catorce locales y dos con Ecuador, sufrió tres cuartelazos y tuvo once constituciones. Hacia 1948 y con la muerte del líder liberal Gaitán, se organizó el primer grupo guerillero en manos de un alcalde liberal y para la década del sesenta ya existirían las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y el ELN (Ejército de Liberación Nacional) liderado por el sacerdote Camilo Torres Restrepo. La guerrilla rural mantuvo múltiples enfrentamientos con grupos de defensa pagados por los latifundistas, y en algunos casos por mercenarios internacionales, en tanto el Ejército -según se ha denunciado ante Amnesty Internacional- creaba, por su parte, grupos paramilitares destinados a estos enfrentamientos.

Entre 1978 y 1982, los grupos guerrilleros debieron enfrentar la dura represión del gobierno de Turbay Ayala. Tiempo después, y hacia los primeros años de la década del ochenta, fue electo presidente el conservador Betancur, quien desde el gobierno incorporó a Colombia al Movimiento de Países No Alineados e inició tratativas con la guerrilla con miras a obtener la paz en los conflictos político-sociales reinantes. En este marco, la FARC llegó a un acuerdo con delegados del gobierno, tomando como base un documento que apuntaba al cese de hostilidades y a la adopción inmediata de medidas de carácter político, social y económico, pero el diálogo volvió a romperse cuando la oligarquía agraria se opuso al acuerdo y resurgieron, de este modo, las acciones paramilitares.

Durante 1985 se registraron trescientas veinticinco desapariciones de militantes, la guerrilla ocupó el Palacio de Justicia y murieron en el enfrentamiento más de ochenta personas, entre magistrados, civiles e insurgentes. Situándose en el centro de este panorama de violencia, la narco-guerrilla se instaló como un auténtico núcleo de poder. Hacia 1987, más de dos mil militantes de izquierda fueron víctimas del terrorismo de Estado, y en 1989 fue asesinado Galán, senador y candidato presidencial que prometió desmantelar los grupos paramilitares y combatir el narcotráfico en Colombia. Desde entonces, se declaró abiertamente una guerra entre el gobierno y la mafia de la cocaína, que tuvo -en principio- por saldo el asesinato de Jaramillo (otro candidato presidencial) y de Pizarro, sustituto de Jaramillo, días más tarde.

En las elecciones del noventa, finalmente César Gaviria fue electo presidente de los colombianos, y desde 1991 comenzó un diálogo extenso con los representantes de los distintos grupos guerrilleros, tendiente a tratar la desmovilización de los mismos en el marco de ciertas garantías constitucionales, la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil, el desmantelamiento de los paramilitares y la reinserción de los guerrilleros en áreas de influencia política. Pero, luego de que se pusiera en vigencia la nueva constitución colombiana hacia fines del mismo año, la guerrilla volvió a tomar las armas en tanto la nueva Carta Magna no contemplaba el sometimiento a la justicia civil de los militares genocidas, y otorgaba facultades de policía judicial a los organismos de seguridad del Estado.

En noviembre de 1992, el gobierno decretó el estado de emergencia y Pablo Escobar Gaviria -prófugo desde mediados de año- reinició las acciones armadas del cártel. Casi un año más tarde, las fuerzas policiales finalmente hallaron y asesinaron a Escobar en aquella casa en la cual se refugiaba.

Tanto La Virgen de los Sicarios como Noticia de un secuestro intentan dar cuenta de esta intrincada realidad, atendiendo particularmente a los primeros años de la década del noventa, y tomando como referencia el accionar del citado cártel de Medellín, en manos de Pablo Escobar y de sus “sicarios” -o asesinos a sueldo-, quienes luego de su muerte -según describe Vallejo- pasan a convertirse en meros “punguistas”, quedando absolutamente expuestos en medio de una ola de violencia irrefrenable.

La Virgen de los Sicarios narra la historia de un escritor homosexual (Fernando, como el autor), quien regresa a su país luego de treinta años de ausentarse del mismo. En principio, todo parece haber cambiado y lo único que deviene familiar para protagonista, y que ha perdurado en el tiempo sobreviviendo al caos social y político, es la fetichista religiosidad que forma parte del complejo entramado social en el cual la impunidad se impone como regla imperante.

El novelista conoce a dos sicarios (Alexis y Wílmar) y establece una profunda amistad con ellos, que lo lleva a conocer la vida turbulenta que padecen dichos adolescentes marginales, principalmente luego de la muerte de “Don Pablo”, la que se constituye en el punto de inflexión en la historia de los sicarios, determinando un antes y un después en la vida de estos jóvenes:

...habían dado de baja al presunto capo-jefe del narcotráfico, contratador de sicarios [...] Con la muerte del presunto narcotraficante [...] aquí prácticamente la profesión de sicario se acabó. Muerto el santo se acabó el milagro. Sin trabajo fijo, se dispersaron por la ciudad y se pusieron a secuestrar, a atracar, a robar. Y sicario que trabaja solo por su cuenta y riesgo ya no es sicario...3

La novela recoge el ambiente de violencia de los barrios periféricos de Medellín, de las comunas, recrea las costumbres y vicios de las pandillas de adolescentes al servicio de las bandas de narcotraficantes de la década pasada, y describe con minuciosidad la contradictoria religiosidad de estos delincuentes juveniles surgidos de los suburbios.

Por otra parte, la narración de Vallejo realiza una profunda crítica hacia el poder de turno, obligando al lector a una reflexión que lo lleve a tomar partido frente a la realidad política y social que impera en una país sitiado por el desamparo. En esta ciudad destruida, donde la belleza queda relegada a los sueños o a los recuerdos lejanos de una infancia agradable, el bien y el mal entran en pugna en el marco de una cotideaneidad que, en la novela, se describe al modo de una incestuosa e infinita guerra entre caínes y abeles:

Ya para entonces Sabaneta había dejado de ser un pueblo y se había convertido en un barrio más de Medellín, la ciudad la había alcanzado, se la había tragado; y Colombia, entre tanto, se nos había ido de las manos. Éramos, y de lejos, el país más criminal de la tierra, y Medellín la capital del odio. Pero esas cosas no se dicen, se saben. Con perdón.4

La Virgen de los Sicarios ha sido llevada al cine por Barbet Schroeder, antiguo colaborador de la consagrada revista Cahiers du Cinéma y productor de varias obras importantes de la llamada “nouvelle vague”. Este film se ha realizado bajo una producción franco-colombiana, ha sido premiado en el Festival de Venecia y fuertemente criticado en Colombia por considerarse ofensivo para el país, siniestro -para algunos- o excesivamente provocador -para otros-. La película, en realidad, entendemos que intenta poner en evidencia -al igual que el texto de Vallejo- un estado de violencia desmedida e irracional que involucra a miles de jóvenes comprometidos desde muy pequeños con el delito organizado. Por otra parte, y al igual que la novela de García Márquez, constituye una profunda crítica al sistema, en tanto pone al descubierto las tramas y trampas de las que el poder es testigo y cómplice, ligadas a redes delictivas que se han trazado a lo largo de los años, en un país donde la ley y la justicia han permanecido ausentes:

...aquí, en este país de leyes y constituciones, democrático, no es culpable nadie hasta que no lo condenen, y no lo condenan sino lo juzgan, y no lo juzgan sino lo agarran, y si lo agarran lo sueltan... la ley en Colombia es la impunidad y nuestro primer delincuente impune es el presidente.5

Noticia de un secuestro, por su parte, expone los múltiples testimonios que García Márquez ha recabado de las entrevistas a los sobrevivientes de los secuestros del líder del cárter de Medellín, mientras describe los momentos cruciales en los que Colombia se constituye en uno de los más importantes centros para el tráfico mundial de drogas y la narco-guerrilla irrumpe en la alta política del país, en primera instancia a partir de un creciente poder de corrupción y soborno -según sostiene Márquez-, para luego pretender imponerse con aspiraciones propias. Período en el cual Escobar Gaviria impone una serie de medidas de presión al gobierno (que incluyen gran número de secuestros a personas de renombre, periodistas, políticos o familiares de los mismos), con el objeto de no ser apresado, de garantizar que sus hombres no sean extraditados (y por consiguiente juzgados por la justicia internacional); y en tercer lugar, de que en caso de ser apresado, se le garanticen máximas medidas de seguridad.

Finalmente, Escobar se entrega a la justicia colombiana, y es encarcelado en una prisión especialmente construida a tales efectos, de la cual logra huir tiempo después, para terminar su periplo con el trágico final que ya hemos mencionado:

El 2 de diciembre de 1993 -un día después de cumplir cuarenta y cuatro años- [Escobar] no resistió la tentación de hablar por teléfono con su hijo [...] Juan Pablo, ya más alerta que él, le advirtió a los dos minutos que no siguiera hablando porque la policía iba a localizar el origen de la llamada [...] Ya en ese momento los servicios de rastreo habían logrado establecer el sitio exacto [...] “Te dejo -le dijo a su hijo en el teléfono- porque aquí está pasando algo raro”. Fueron sus últimas palabras.6

La novela de García Márquez aborda la historia del líder del Cárter de Medellín de un modo transversal, a partir de la narración de un episodio significativo en el desarrollo de los acontecimientos que se sucedieron con motivo de las negociaciones de los extraditables con el gobierno: el secuestro de Maruja Pachón de Villamizar. Pero, la investigación en torno de la cuestión puntual del secuestro es la excusa, el motivo para señalar ciertos aspectos insospechados de las relaciones entre el poder y el narcotráfico, el punto de entrada para el conocimiento de las múltiples acciones clandestinas perpetradas por el negocio internacional del tráfico de drogas, y el delito que pone al descubierto -a partir de la narración- un estado siniestro de corruptela e ilegalidad.

Es sabido que Pablo Escobar Gaviria logró escalar en el mundo del hampa para convertirse en líder del tráfico internacional de cocaína, e intentó alcanzar status social haciendo gala de su riqueza, la misma que empleó para llegar con un cargo suplente al Congreso Nacional. Finalmente -y tal como lo señalaron los periódicos más importantes de Colombia- murió acribillado como cualquier delincuente. Esta historia es precisamente la que narra García Márquez, la del hombre que en vida emuló al más grande mafioso norteamericano de todos los tiempos, y quien emprendió una guerra feroz contra su propio país, prefiriendo y anticipando -en esta suerte de “crónica de una muerte anunciada”- una tumba segura en Colombia, antes que el presidio en los Estados Unidos, como resultado de su posible extradición.

Hacia fines de la década del ochenta, Gabriel García Márquez ya había dicho lo suyo con relación a los vínculos establecidos en la clandestinidad entre grupos colombianos dedicados al tráfico de drogas y funcionarios del gobierno nacional, en una nota periodística publicada en El País de Madrid, bajo el título “¿Qué es lo que pasa en Colombia?”. Cuatro años más tarde, y sin haber editado aún la novela Noticia de un secuestro, envía la ponencia denominada “Apuntes para un debate nuevo sobre las drogas” al ciclo “La Procuración de Justicia: problemas, retos y perspectivas”, organizado en México antes de la muerte de Escobar y publicado en Cambio 16 de Bogotá, en diciembre de 19937. Ambos trabajos apuntan al análisis de aquellas cuestiones que han sido obliteradas, omitidas o tergiversadas por el discurso oficial: los índices reales de criminalidad y corrupción imperantes en las últimas décadas del siglo veinte en Colombia, el crecimiento de una delincuencia e industria del secuestro asociadas a un terrorismo sin precedentes, la falta de criterio por parte de los gobiernos de turno para enfrentar los profundos conflictos sociales, políticos y económicos, los supuestos arreglos establecidos con los Estados Unidos, las redes pactadas para la comercialización de cocaína, y las múltiples negociaciones celebradas entre las partes del conflicto a espaldas del pueblo colombiano.

En este sentido, la escritura de Noticia de un secuestro le sirve a García Márquez para retomar estos temas desde el espacio propicio que determina el género de la no ficción. Tomás Eloy Martínez señala en una entrevista que le hicieran en el programa televisivo “La página en blanco”, de Canal á (emisión por cable, Argentina), en agosto de 2002, que esta suerte de mezcla entre literatura y crónica le permite al escritor posicionarse frente a “la realidad inquietante de América Latina”, que ha demostrado tener un “poder iletrado y analfabeto”, para “escudriñar en la realidad de este mundo que se nos está escureciendo”. Sostiene Eloy que se trata de “escribir desde un lugar público”, a partir de la “ficcionalización de un personaje real”, en el marco de esta novela de hoy que nos permite “absorber otros o todos los géneros, sumar géneros y liberar al género novela de las preceptivas que le imponían los cánones del siglo diecinueve”8. En esta misma dirección, el propio Eloy Martínez se reconoce como autor en sus antecesores: Martí, Darío y García Márquez.

La escritura es mediatizada por la irrupción de la memoria, de la imaginación y de la realidad. Tanto en el caso de Vallejo, quien escribe desde la experiencia de la autobiografía, como el de García Márquez, quien recurre a una narrativa de denuncia o testimonial. Señala Nicolás Rosa, en El arte del olvido (Sobre la autobiografía):

El “misterio” de la ficción está siempre en todo discurso y su verdad de simulacro es ubicua, aparece por doquier, y sobre todo cuando uno se empeña en negarla: cuando se quiere decir la verdad más se miente y cuando más se miente más cerca estamos de la verdad.9

Ese es precisamente el doble juego que establece la escritura provocadora y subversiva de Vallejo. Una ida y vuelta entre datos ciertos y reales, y alusiones o descripciones sugeridas, que nos remiten inefablemente a una realidad que se escurre tras la fachada de una sociedad desesperanzada. El “testigo” y protagonista de la historia, un Vallejo ya maduro y acaudalado, es quien reproduce un sin número de relatos, en una suerte de acumulación lineal de incidentes reiterados, en torno de los crímenes ejecutados por sus dos jóvenes delincuentes. La metáfora del nombre “Metrallo” le sirve como muletilla para sintetizar cada una de las escenas de violencia de las que resulta principal testigo ocular, en la “ciudad-horror” de Medellín. Una trama simple le permite definir el trasfondo frente al cual contrasta un discurso moralista extremadamente ácido, que más de uno se atrevería a juzgar de fachista.

Por otra parte, con un lenguaje coloquial, de color local, el autor reproduce las costumbres, dichos y neologismos de una sociedad en descomposición, que se debate vertiginosamente entre las leyes del subdesarrollo en el cual se encuentra inmersa, y las propuestas de la nueva era de globalización, que la obliga a compartir con el primer mundo ciertos códigos surrealistas de la posmodernidad, sin poder ocultar la máscara de un sobreviviente realismo mágico que no deja de florecer por los años de los años.

Tanto Márquez como Vallejo se valen de la realidad, como materia narrativa, para abordar -a partir de la puesta en escritura de historias públicas y privadas, reales o ficticias- el entramado de un país dominado por la inseguridad civil, la falta de conducción política, y la desintegración de sus instituciones; y aunque no comparten un mismo estilo o modalidad narrativa, ambos logran perfilar una crítica comprometida que obliga al receptor a plantarse frente a la realidad.

 

Notas:

[1] Versión del trabajo inédito presentado a instancias del Congreso Nacional de Estudiantes de Letras “Políticas de escritura - Políticas de lectura”, UNMdP (2002).

[2] CAROLINA CASTILLO cursa el último año del Profesorado y la Licenciatura en Letras, en la facultad de Humanidades de la UNMdP (Argentina). Desde 1997, integra el Grupo de Investigación Estudios de Teoría Literaria, dirigido por la Dra. María Coira. Hace varios años que se encuentra adscripta a las asignaturas que conforman el área de Teoría Literaria de la carrera de Letras (Introducción a la literatura, Teoría y Crítica Literarias I y II), desempeñando tareas en docencia ad honorem, y durante cuatro años ha sido ayudante alumna -por concurso de antecedentes y oposición- en las asignaturas mencionadas, en forma alternada.

[3] VALLEJO, Fernando. La Virgen de los Sicarios, Madrid: Suma de Letras, 2001, p.48.

[4] VALLEJO, Fernando. Ob.Cit., p.12.

[5] VALLEJO, Fernando. Ob.Cit., p.26.

[6] GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Noticia de un secuestro, Buenos Aires: Sudamericana, 1996, p. 344.

[7] GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Por la libre, Buenos Aires: Sudamericana, 2000.

[8] Referencia: Programa “La página en blanco”, Canal á, 14 de agosto de 2002.

[9] ROSA, Nicolás. El arte del olvido (Sobre la autobiografía), Buenos Aires: Puntosur, 1990, p.46.

 

© Carolina Castillo 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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