Literatura como forma de des-plazamiento:
posibilidades de existencia

María Cabillas Romero*
mericabillas@yahoo.com
Universidad de Sevilla


 

   
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Abstract:
En el presente artículo se pretende ofrecer una justificación teórica sobre la que descansa la propuesta de una lectura como instrumento psicológico forjador de experiencias vitales. Partiendo de un individuo constituido a partir de lenguaje e interacción social, tiempo y espacio se nos muestran como esencialmente implicados en esta génesis, en virtud al papel que juegan en el lenguaje mismo. Tomando como referencia la propuesta articulada desde la Teoría del Emplazamiento, partimos de un sujeto que activamente elabora su discurso experiencial desde el plexo conformado por sus coordenadas espacio-temporales, sus circunstancias. Nuestra propuesta se orienta pues, a concebir una literatura a modo de des-plazamiento, de abandono temporal de nuestro plazo-tiempo y de nuestra plaza-lugar, para acceder a nuevas configuraciones existenciales no sólo de ambas dimensiones sino que también incluimos la dimensión psicológica. Y ello es así debido a que con el acto de leer no nos referimos al desnudo proceso cognitivo de adquisición de la información ofrecida por el texto: queremos aludir a una lectura activa y que, de la mano de Deleuze y Parnet, concebimos como forma de escritura existencial. Posibilidades de experimentarnos un otro, al margen de lo que este otro pueda venir a ser, diluyendo nuestro yo en dicho encuentro, perdiéndonos para re-encontrarnos.

 

Antes de estar en disposición de articular una propuesta respecto al fenómeno literario en relación con nuestra propia existencia, debemos ocuparnos de algunos aspectos implicados en el uso de este último término. Conscientes de lo arriesgado de emplear un concepto tan problemático, realizaremos un recorrido por nociones imprescindibles para poder articular coherentemente la propuesta que nos ocupa. Comencemos por el sistema de significados que representa la cultura y el papel de ésta respecto al individuo.

Resulta sin duda paradójico que la inclusión del factor cultural no siempre haya ocupado el lugar que le corresponde dentro de una disciplina tan ocupada con el elemento humano como es la psicología. Como puede adivinarse, este hecho ha venido originando consecuencias en muchos casos realmente negativas, perjudicando la validez de muchos diseños experimentales que, en un intento de alcanzar un mayor grado de objetividad, rechazaban la consideración que el factor cultural merecía. Sin embargo, no siempre en el campo de las humanidades se ha caído en esa trampa de ignorancia disfrazada de ciencia. Encontramos formas de construir la psicología que parten de la dimensión cultural en su definición misma de sujeto, así como en la contemplación de la relación que enlaza al individuo con el medio que lo rodea, con la comunidad cultural en la que nace, crece, se reproduce y muere. El principal representante de esta corriente que ha venido a denominarse Psicología Sociocultural o Sociohistórica, lo encontramos en el semiólogo ruso L.S. Vygotski.

La entrada en el campo de la psicología rusa de este autor, hasta entonces ocupado con estudios sobre semiótica y estética, coincide con un momento la crisis de principios del siglo XX, cuando los esfuerzos se orientan a la construcción de una psicología basada en los presupuestos de la teoría marxista (Riviere, 1985). Para Vygotski, este autor constituyó una fuente verdaderamente esencial a la hora de perfilar su propia visión teórica, la cual presenta importantes puntos de encuentro con los trabajos de K. Marx (Lee, 1985). El autor alemán considera el factor económico y las relaciones sociales como los principales parámetros encargados de determinar la conciencia social que, a su vez, marcará pautas comportamentales y normativas que definen las dinámicas características de la comunidad. Vygotski hace suyo este argumento, adaptándolo al marco de la psicología. El lenguaje juega un papel esencial en este proceso; al apropiarse de él, en individuo está interiorizando todo un sistema social de signos que se ve sometido a las mismas directrices dialécticas que regulan la organización de las fuerzas productivas o de las relaciones sociales. Este instrumento se encarga de convertir al individuo en un miembro más de la comunidad, le ofrece la posibilidad de interactuar con otros miembros y es a través de esta interacción como se forja todo su sistema psicológico, su aparato mental. Tanto para Marx como para Vygotski, es el sujeto quien modifica, da forma y en última instancia construye su propia realidad, en un proceso que tiene su reflejo en la formación y evolución de la conciencia misma. Y el lenguaje juega un papel esencial en esa creación, ya que es el encargado de complementar nuestro desarrollo fisiológico con el cultural; nos brinda una puerta de acceso a elementos culturales que constituyen todo un legado de formas de mirar, de maneras de relacionarnos con la naturaleza, con los demás, con la vida, con uno mismo, en base al complejo enjambre de significados que vienen a constituir “la cultura”.

Según la perspectiva vygotskiana cada una de las funciones psicológicas superiores -lo que podemos entender como sistema cognitivo-, aparece dos veces en el individuo: primero en el plano de la interacción con un alter, con un “Otro” que, interactuando con él lo inicia en el manejo de instrumentos culturales tan esenciales para su desarrollo como por ejemplo es el uso del lenguaje. Al mismo tiempo, el individuo aprende cómo operar psicológicamente al encontrarse en una situación determinada. El primer encuentro con las herramientas y elementos culturales suele suponer una situación de demanda a la que el individuo tiene que dar respuesta. Algo tan aparentemente simple como el uso de una cuchara para comer es algo específicamente cultural, y por tanto debe ser aprendido por sujetos aspirantes a nuevos miembros de la comunidad. No obstante, Vygotski no se limita a aprendizajes de tipo instrumental. Más bien podría decirse que eran las funciones psicológicas que constituyen nuestro sistema mental las que le tenían ocupado, como queda reflejado en su Ley genética general del desarrollo cultural:

“Toda función en el desarrollo cultural del niño aparece en escena dos veces, en dos planos; primero en el social y después en el psicológico, al principio entre los hombres como categoría interpsíquica y luego en el interior del niño como categoría intrapsíquica. Esto resulta igualmente válido en relación a la atención voluntaria, la memoria lógica, la formación de conceptos, y el desarrollo de la voluntad.” (Vygotski, 1931/1995: 150).

Así, la función psicológica que subyace a la interacción se da en lo que Vygotski denomina plano interpsicológico mientras que, ya en segundo lugar, ésta pasará a acontecer en el interior del individuo. Vygotski se mostró cauteloso sosteniendo que, en este proceso de interiorización, las funciones de los planos inter e intrapsíquico podían coincidir, pero que con ello nos encontraríamos ante la excepción y no ante la regla. Según Wertsch y Stone (1985) no nos encontramos ante una mera transferencia de una forma de actuación desde el exterior hacia un plano de conciencia preexistente, se trata por el contrario, del proceso en que este plano es creado. Y como pilares de este proceso, dos elementos: la interacción social con un otro y el lenguaje que media dicha interacción. La interiorización representa pues, uno de los principales mecanismos evolutivos implicados tanto en nuestro desarrollo ontogenético como en la dinámica de nuestra conciencia.

El concepto de conciencia, al igual que el de cultura, se ve marcado por una larga historia de controversias y enfrentamientos tanto intra como interdisciplinares. Podría decirse que es este tema el que representa el telón de fondo de la obra de Vygotski, quien fue evolucionando desde una perspectiva inicial, influida por el enfoque conductista, hasta consideraciones finales en que el elemento cultural ya ocupaba el lugar central que le correspondía en función a la implicación en el desarrollo de la misma. En “El problema de la conciencia” (1933/1991), Vygotski nos muestra una visión a modo de sistema organizado en el que las funciones se hallan interrelacionadas en un todo dinámico y en constante transformación, destacando además su naturaleza semiótica. Asimismo, si bien la conciencia está en función de la evolución ontogenética del individuo, en cierto modo, también actúa determinándola: el conjunto interrelacionado de funciones psicológicas marca la pauta evolutiva que subyace a dicha evolución.

Debido a su papel de mediador en las interacciones sociales, el lenguaje se ve profundamente implicado en la génesis de la conciencia del sujeto. Ahora bien, no podemos seguir hablando de lenguaje sin aclarar que no estamos haciendo referencia a un mero conjunto de términos cosidos con los hilos de la gramática y la sintaxis. Lejos de esta acepción, consideramos el lenguaje como una herramienta cultural en que quedan recogidos valores, normas, visiones, toda una perspectiva específica de la comunidad hablante enmarcada en unas coordenadas espacio-temporales. El aquí y el ahora recogidos en todo un sistema sígnico que comprende infinidad de voces, sistemas axiológicos de creencias del conjunto de hablantes (Bajtín, 1986). Y este dar cuenta de los valores imperantes en el modo de actuar de una sociedad se encarna en el lenguaje a través de distintas maneras. Y, coincidiendo en este punto con la perspectiva lacaniana, resulta necesario señalar que cuando el individuo nace, se inscribe en un discurso que le precede y habla de él, espera de él. A través de la interacción con el otro el sujeto entra en contacto con el lenguaje, con el signo y el potencial de representación latente en el mismo, que dista de limitarse al significado literal, viéndose saturado de connotaciones y sentidos que, al ser tan compartidos, difícilmente nos son apreciables.

“En la vida corriente casi nunca se habla de lo que es y menos aún para decir, por añadidura, que está admitido o excluido, bendito o maldito. Los nombres llevan acoplados adjetivos tácitos y los verbos adverbios silenciosos que tienden a consagrar o a condenar, a instituir como digno de existir y de perseverar en el ser o, por el contrario, a destituir, a degradar, a desacreditar.” (Bourdieu, 2002: 19).

Así, el aprendizaje de una lengua se conforma con la especificidad del contexto en que se enmarca. Se ve impregnado de los sistemas de significados y de valoraciones que caracterizan al grupo cultural en cuestión. Ahora bien, no hay que olvidar que para comprender esta especificidad del lenguaje que media nuestra evolución ontogenética debemos atender no solo al factor cultural sino a los elementos que conforman el sistema de coordenadas en que éste se inscribe y se constituye como tal: tiempo y espacio.

“La condición misma del pensar y del sentir, y por tanto, de la conciencia de nuestro existir, es la triple emergencia del yo, del aquí, del ahora. (…). Las tres deixis (la espacial y la temporal, pero sobre todo la personal, que brota en el entrecruzamiento de espacio-tiempo) suponen la condición misma y, a la vez, la posibilidad de todo lenguaje. Desde ellas es posible señalar hacia los objetos del mundo, y en ese señalamiento encontramos nuestro lugar, nuestro emplazamiento.” (Vázquez Medel, 2003: 23-24).

De esta cita se desprenden cuestiones fundamentales respecto al proceso de génesis existencial que nos ocupa. Nos ofrece una perspectiva tripartita en que el sujeto se sirve de un lenguaje construido en un armazón espacio-temporal. Teniendo en cuenta lo expuesto anteriormente sobre la función del lenguaje respecto a nuestra propia evolución personal, podemos afirmar que espacio y tiempo son constituyentes del sujeto mismo.

Probablemente nos resulta harto familiar el efecto ejercido por el factor temporal sobre el lenguaje y sus usos: evoluciones y tendencias en el uso de ciertas expresiones, nacimiento de neologismos y todo un largo etcétera que nos muestran a un lenguaje vivo y dinámico, en constante evolución histórica. La influencia ejercida por la dimensión espacial en los usos lingüísticos parece, en cambio, no ser tan evidente. Como antes apuntábamos, en el proceso de control del signo el niño o la niña aprenden no sólo significados y formas gramaticales: aprender a usar el lenguaje situacionalmente. Las interacciones que antes proponíamos como motor de desarrollo evolutivo tienen lugar en escenarios de acción determinados; estos marcos situacionales se rigen en base a criterios de adecuación específicamente culturales. En base a ellos nos vemos capacitados para esperar determinadas reacciones en determinadas situaciones, organizando expectativas y a su vez normas de actuación que modulan sin duda alguna nuestro comportamiento. Como cabe esperar, a cada una de estas configuraciones contextuales corresponde un uso lingüístico determinado, conformando todo un abanico de géneros discursivos (Bajtín, 1986). Por supuesto, no hay que olvidar que existe un margen de individualidad en esta visión, por el que el sujeto puede transformar o introducir nuevos elementos a la hora de actuar. El semiólogo ruso aclara, no obstante, que este margen varía en función del género en cuestión.

El proceso de aprendizaje del sistema lingüístico implica así tanto la dimensión estructural (cómo organizar los elementos lingüísticos) como la funcional (cómo usar el lenguaje): a través de los escenarios culturales por los que se va desplazando, el individuo aprende no sólo qué conducta se espera de él y cuál puede a su vez esperar, sino también cómo deben articularse el discurso que media las interacciones sociales en dichos escenarios. Ello forma parte del proceso de socialización:

“El cuerpo está en el mundo social, pero el mundo social está en el cuerpo. Y la incorporación de lo social que lleva a cabo el aprendizaje es el fundamento de la presencia en el mundo social que suponen la acción socialmente ejecutada con éxito y la experiencia corriente de este mundo como evidente”. (Bourdieu, 2002:41)

Por otra parte, espacio y tiempo mantienen una influencia recíproca a la hora de determinar los usos lingüísticos. Toda una forma de concebir el mundo en un determinado momento histórico queda recogida en los géneros discursivos que conforman la organización vital de una determinada comunidad cultural. Como resultado de esta interacción entre desarrollo histórico y contexto cultural, obtenemos un sistema ideológico y normativo, una atmósfera de valores, perspectivas, juicios y normativas que delimitan “las categorías de pensamiento impensadas que delimitan lo pensable y predeterminan lo pensado” (Bourdieu, 2002:11).

Iniciamos nuestro camino analizando cómo la génesis del individuo y de su conciencia descansa sobre dos motores fundamentales: el alter y el lenguaje que nos permite interaccionar con él. Seguidamente, vimos hasta qué punto espacio y tiempo forman parte del individuo, pero sobre todo del relato ontológico que éste articula desde su plexo: su espacio y su tiempo, sus circunstancias. Y es que el lenguaje no sólo juega un papel fundamental en nuestra evolución ontogenética, sino que también es mediante él como articulamos nuestra narrativa existencial:

“La psique subjetiva se localiza entre el organismo y el mundo externo, como si estuviese en la frontera entre estas dos esferas de la realidad. Es ahí donde se verifica el encuentro entre el organismo y el mundo externo, pero no se trata de un encuentro físico: el organismo y el mundo se encuentran en el signo”, (Volosinov, 1992: 52).

Dentro de la Teoría Narrativa es mucho lo que se ha escrito, y no siempre con acuerdos entre las distintas posiciones implicadas, acerca de la relación lector, autor y texto. No entraremos en este artículo, sin embargo, a analizar dicha problemática. No obstante, nos gustaría explorar la consideración de una interacción con un “otro”, en esta ocasión representado por el texto. Entendiendo en este caso un concepto de otroque no se define por ser objeto ni sujeto (otro sujeto,) sino la expresión de un mundo posible” (Deleuze, 1996: 234) No nos referimos, por tanto, al autor en sí, sino a la subjetividad que es posible establecer a partir de su texto, su ofrecimiento de otro plano, de una alternativa a nuestro plexo, todo ello al margen de la procedencia existencial que el texto pueda tener en la persona del autor (lo cual pese al gran interés que sin duda presenta, nos vemos aquí obligados a dejar al margen). El lenguaje, una vez más, nos sirve de puente, de elemento conector con esta esfera de soporte discursivo; a través del discurso el lector accede a un espacio surgido de su encuentro con el material que el texto le ofrece que le permitirá entrar en contacto con una realidad hasta ese momento inexistente como tal para el sujeto. Es importante detenernos antes de seguir avanzando y ver el tipo de lectura a la que nos estamos refiriendo. Según Deleuze y Parnet:

“Esa es precisamente la buena manera de leer: todos los contrasentidos son buenos, pero a condición de que no consistan en interpretaciones, sino que conciernan al uso del libro, que lo multipliquen, que creen una nueva lengua en el interior de su lengua.”, (1997: 9).

Nos sumamos a ello: no es nuestra intención aludir al mero proceso cognitivo por el que se accede a la información contenida en el texto; no estamos haciendo referencia a un lector-intérprete sino a un lector-escritor. Debemos ahora matizar qué tipo de escritura es ésta, qué queremos decir con leer escribiendo y qué es lo que esto implica:

“Escribir es trazar líneas de fuga que no son imaginarias, y que uno debe forzosamente seguir porque la escritura nos compromete con ellas, en realidad nos embarca. Escribir es devenir, pero no devenir escritor sino devenir otra cosa”, (Deleuze y Parnet, 1997: 52).

Y más adelante:

“Perder el rostro, franquear o perforar la pared, limarla con mucha paciencia, ésa es la única finalidad de escribir”, (1997: 54).

La lectura que proponemos es más que un mero trasvase de información, más que una lúdica desconexión momentánea establecida en la superficie. Queremos proponer una lectura que se atreva a ir al fondo, una lectura que nos desubique, que nos convierta en traidores de las significaciones dominantes y del orden establecido (Deleuze y Parnet, 1997: 51). Sólo entonces, cuando estemos dispuestos a abandonar la estabilidad del yo discursivo en su espacio y su tiempo, podremos saltar a otro código ontológico en el discurso articulador de nuestra realidad, de nuestro estar en el mundo. Aunque sea transitoria y limitadamente, podremos, mediante esta forma de leer, devenir escritores:

“Escribir no tiene otra función: ser un flujo que se conjuga con otros flujos -todos los devenires minoritarios del mundo-. Un flujo es algo intensivo, instantáneo y mutante, entre una creación y una destrucción. Sólo cuando un flujo está desterritorializado logra hacer su conjunción con otros flujos, que a su vez lo desterritorializan y a la inversa. En un devenir animal se conjugan un hombre y un animal que no se parecen en nada, que no se imitan, sino que cada uno desterritorializa al otro y empuja más lejos la línea. Sistemas de pasos y de mutaciones por el medio. La línea de fuga crea esos devenires. Las líneas de fuga no tienen territorio. La escritura realiza la conjunción, la transmutación de los flujos por los que la vida escapa del resentimiento de las personas, de las sociedades y de los reinos” (Deleuze y Parnet, 1997: 59-60).

Es de esta manera como queremos proponer la literatura como vehículo a través del cual es posible des-plazarse, con el sentido que desde la Teoría del Emplazamiento se atribuye a dicho proceso: “moverse desde nuestro yo-aquí-ahora a otro plexo personal y espacio-temporal” (Vázquez Medel, 2003: 30). Por otro lado, este des-plazarse implica un re-emplazamiento, una forma de experimentar a través de nuestro encuentro con el texto que nos sitúa en un plexo distinto, ajeno. Teniendo en cuenta lo expuesto acerca del proceso de interiorización, queremos proponer una lectura que se traduce no sólo en una génesis de conciencia, de nuevos planos que amplían nuestro horizonte mental, sino también una lectura que, al devenir experiencia, se convierte en vivencia psicológica, y por tanto se ve implicada en la dinámica del proceso que configura el universo existencial del sujeto. Un sujeto que, al interactuar con el texto, está dispuesto a renunciar en este encuentro a su propio yo, a su aquí y ahora para encontrarse con códigos lingüísticos que lo transportan a escenarios imposibles en momentos imposibles. Desplazarse con Anatole France a la Francia revolucionaria de “Los dioses tienen sed”. Impregnarse de toda una forma de sentir, de reaccionar, de valorar, de respirar, devenir romano en la Roma de Alberto Moravia. Asistir a la transformación social alemana a través del deterioro de “Los Buddenbrook” (Thomas Mann). Participar de las costumbres rusas de las atmósferas de L. Tolstoi, A. Chejov, I. Turguenev, o mirar desde la simbología judía de I.B. Singer. Una sucesión de ejemplos inagotable que nos permiten asomarnos a un “allí-entonces”. Pero aún podemos encontrar variaciones en nuestro des-plazamiento, si pensamos en una literatura más orientada al relato de un yo al que nos incorporamos, en el que nos convertimos, con el que nos encontramos. En ocasiones, se trata de un yo protagonista, en cuyo caso no podemos sino sumergirnos en una modalidad existencial, a veces no demasiado placentera; cómo disfrutar existiendo en Roquentin (“La náusea”, J.P. Sastre). A veces, sin embargo, podemos disfrutar de las posibilidades de ser un yo distribuido, múltiple, a salvo del peligro psicótico: ser la Maga, ser Horacio, ser París, ser una melodía de jazz, ser Buenos Aires, ser un calor insoportable, ser angustia y vacío, ser límite del lenguaje en la “Rayuela” de J. Cortázar; o bien convertirnos en un flujo heterogéneo y cambiante, ser una multiplicidad onírica en cualquier calle de las noches neoyorquinas (“Trópico de Capricornio”, H. Miller). De nuevo nos hallamos ante innumerables posibilidades; sin embargo, aún podemos pensar en otra modalidad de desplazamiento: aquel en que el que el nos ubicamos en un tiempo que no ha existido y en un espacio igualmente desprovisto de referencias que nos puedan servir de puente con realidades más cercanas, vividas o simplemente conocidas. Para tiempos y lugares imposibles, piénsese en irrealidades como las de I. Asimov o J. Verne, o en los panoramas dibujados por visionarios como G. Orwell o A. Huxley, en “1984” y “Un mundo feliz”, respectivamente. Por otra parte, en lo relativo a la poesía podríamos imaginar que aún son más las posibilidades de experimentar desde posiciones más alejadas a nuestra cotidiana forma de mirar. Ser el amarillo de una angustia, ser un nombre pronunciado en una habitación vacía, ser la soledad extrema, que nos ofrece ser Idea Vilariño, o sentirnos las luces urbanas, de farolas y coches, sentirnos el ruido de un ascensor que sube, sentirnos una llamada telefónica con L. García Montero.

Con estos ejemplos estamos lejos de agotar la inconmesurable oferta de mundos posibles, de experiencias por vivir. No debemos dejar pasar el hecho de que, en base a la configuración ontológica de partida que trae consigo el lector, el resultado será siempre único, será el correspondiente a ese sujeto, pero a ese sujeto existiendo en unas coordenadas vitales específicas. Este resultado es la vivencia de un yo que ha dejado de ser por un instante que puede durar un segundo o un siglo, ya que tempus y chronos suelen llevar ritmos independientes. Una vivencia que sin duda participa del proceso dinámico en que el sujeto se halla permanentemente inmerso, desplazándose a través de posibilidades latentes en su existencia como individuo, encontrándose en esas alternativas e identificándose en lo vivido, en lo leído, en definitiva, en lo sido.

Terminamos con la propuesta que justifica el título de este artículo y que nos habla de una lectura que permite que la literatura sea una forma de des-plazarnos, a través del tiempo, a través del espacio, con el objetivo último de poder encontrarnos, en el sentido deleziano, con múltiples experiencias que enriquezcan la articulación de nuestro propio discurso existencial. Buen viaje.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

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* María Cabillas Romero. Licenciada en Psicología por la Universidad de Sevilla. Diploma de Estudios Avanzados en el programa de doctorado de la facultad de Psicología, Dpto. de Psicología Experimental. Actualmente realiza su Tesis doctoral en el Dpto. de Literatura y Comunicación Audiovisual, facultad de Ciencias de la Información, y colabora con el Grupo de Investigación en Técnicas y Tecnologías de Comunicación del mismo departamento.
Reside en Ámsterdam, becada por el Programa Sócrates-Erasmus, y desde septiembre de 2004 dentro del programa Huygens, financiado por la institución Nuffic

 

© María Cabillas Romero 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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