La educación sentimental
a través de la óptica de Georg Lukács

Olga Janneth García Ortegón
Universidad Cooperativa de Colombia


 

   
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“Soy un detractor de cualquier gobierno.
Me gustaría destruirlos a todos

Gustave Flaubert

 

La Educación Sentimental, escrita por Gustave Flaubert en 1868, ha sido catalogada por Georg Lukács, como la “novela psicológica de la desilusión”. En un escenario histórico, Gustave Flaubert traza a un héroe con unos rasgos que, a diferencia de Don Quijote, tiene un alma que supera en amplitud de metas al mundo que le toca vivir. Frédéric hace de su existencia algo inacabado. Esto lo convierte en sujeto del ser y sujeto del hacer (historia).

De tal forma que para el presente ensayo, se tendrá en cuenta la estrecha relación que hay entre la historia y la novela y el conflicto del héroe novelesco en tanto sea un referente del conflicto existencial del hombre moderno.

La novela, a partir de la concepción de Lukács, el héroe novelesco da sentido a la vida a través de la subjetividad y de la intersubjetividad y de la consideración del destino como problema del ser humano. Para este autor, la totalidad es la configuración dialéctica y, por tanto ambigua entre el sujeto/objeto, sociedad/individuo, principio/fin, causa/efecto, inmanencia/trascendencia, esencia/existencia.

En este sentido, la poética novelesca lucaksiana va articulada a una concepción histórica, presidida por la influencia de las ciencias del espíritu. Para este autor, la totalidad es una categoría estética necesaria para comprender la obra de arte como expresión de una concepción histórica y filosófica del universo. Partiendo de este supuesto, se intentará reflexionar sobre el héroe novelesco y su relación con el mundo en La educación sentimental del novelista francés Gustave Flaubert.

Recordemos que los supuestos de Lukács son los siguientes:

1. La novela es la búsqueda de sentido de la vida humana en un mundo degradado y sin sentido.

2. Su visión se fija en la Historia, como una nostalgia del pasado. Lo que indica que además, hay un reconocimiento de la función del tiempo en la novela.

3. Hay una visión de totalidad, esto es, lo que puede ser perfecto y cerrado. Si para los griegos era la esencia el principio rector de la totalidad (hombres y dioses comparten el mismo mundo, todo es homogéneo. El mundo divino es eterno, invariable), es en la tragedia que la vida comienza a perder la inmanencia divina y se somete a la substancia, a través de un juego dual entre lo divino y lo humano. Ya al hombre moderno, al héroe novelesco tendrá que verse a sí mismo, solo, sin la ayuda de los dioses.

4. La totalidad en el hombre moderno se refiere a un mundo ancho y ajeno, finito, peligroso y el hombre pierde la certeza, no hay evidencia de nada; lo que quedan son preguntas sin respuestas y lo que se conoce es el primer paso que se ha de dar. Si hasta el momento la totalidad era dada, ahora es producida, es decir, es producto histórico y psicológico.

5. Entre sujeto y objeto ya no hay identidad sino conflicto; el sujeto se hace problemático porque el mundo se ha degradado y el hombre no puede ser garantía de totalidad. La única posibilidad que le queda es recoger fragmentos. Aquí, la totalidad novelesca se expresa como forma y fragmentación.

6. La novela, a diferencia de la épica y el drama, responde a la categoría de totalidad/forma como producto de la elaboración racional humana; es decir, la totalidad es formada, razonada, producto de la reflexión, luego no es inmanente.

7. El hombre produce la novela como expresión de la imposibilidad de alcanzar la esencia de la vida. Esta expresión vale como intento de darle esencia a esa vida inscrita en las coordenadas histórica y psicológica del hombre.

8. Hay un reflejo artístico de la realidad. El papel del arte es “retratar” al hombre total, que vive una existencia histórica, inscrita en la totalidad del mundo social como individual. La obra de arte crea una imagen sintética de la realidad, donde lo expresado y lo vivido forman realidad sincrética, indisoluble.

9. El autor no puede ser neutral y debe expresar las contradicciones de la realidad, optando por un punto de vista estético que decide actuar sobre los determinismos y transformar las condiciones que los fenómenos expresan.

10. La novela es forma cambiante, ambivalente y ambigua, cuyo significado retórico es siempre abierto.

11. La forma interna en la novela corresponde al conflicto en que el individuo nostálgico de la transcendencia, acosado por los problemas de poder y de saber, no alcanza a comprender la realidad, pero trata de dar sentido de vida a su existencia. La vivencia es la medida del mundo novelesco, a diferencia de la vida, cuyos límites: nacimiento y muerte, no son los de la novela.

12. La novela es la biografía de la nostalgia, es la expresión de la ambivalencia del hombre como sujeto, escindido entre el mal y los valores, entre la historia y la utopía.

A parte de estas características, la estructura de la novela en Lukács se organiza en torno a dos elementos:

A. El héroe novelesco

B. El mundo

El héroe novelesco es conflictivo, no tiene de dónde sostenerse una vez ha optado por zafarse de la mano de Dios, ha perdido el sentido de la trascendencia. El hombre comienza una búsqueda de valores, pero el mundo le es extraño. El héroe novelesco es el hombre de la crisis, es un ser que busca, que intenta abrirle caminos al destino.

El mal del héroe novelesco es la falta de claridad absoluta, la ausencia de un destino claro, la carencia de respuestas, la vida llena de interrogantes. Su vida es un proceso de degradación, de escisión, de búsqueda sin hallazgos, sin objeto, sin meta final.

Por otro lado, el mundo, en la novela, se ha fragmentado. El espíritu siempre está en trance de dar forma a este mundo, en un proceso que jamás termina. El mundo se presenta ante el héroe novelesco como algo cerrado, que le cierra los caminos de realización personal. La forma artística se llena de vida cuando se abre para recibir la incidencia del quehacer humano, en donde el sujeto se desarrolla y cobra conciencia de su devenir. La novela no tiene otro camino que ser proceso.

 

RESUMEN DEL TEXTO

Frédéric Moreau es un bachiller recién graduado en quien la madre tiene puestas todas sus ilusiones. Será un doctor, se casará con una mujer de buena dote y ascenderán socialmente. Tiene 18 años, cabellos negros y es guapo. Sale de su ciudad en 1840. En el barco que realiza la travesía, conoce al señor Arnoux, comerciante de arte y a su esposa, la señora Marie Arnoux, “mientras el arpista tocaba una romanza oriental que hablaba de puñales, de flores y de estrellas”. Frédéric se enamoraría profundamente de esta señora, va a ser su amor imposible: La primera visión que tuvo de ella “fue como una aparición, talle seductor, piel morena, dedos finos”. Con ella sentía que “el deseo de la posesión física desaparecía incluso bajo un ansía más profunda, en una dolorosa curiosidad sin limites” (42).

La relación que mantendrá Frédéric será platónica y para toda su vida. He aquí una visión verdaderamente romántica del amor: puro, imposible, apasionado: “Él le envió una mirada en la que había tratado de volcar toda su alma” (46). Esta señora va a ser el personaje principal en La educación sentimental del provinciano y que además coincide con una época importante para la historia de Francia: la revolución de 1848.

Una vez instalado en una pensión para estudiantes en París, empieza a cavilar que para conquistar a la señora Arnoux, él debe hacer una fortuna, tanto o más que la ofrecida por el esposo. En eso pasa gran parte de su tiempo, cavilando, pero sin trabajar y viviendo de la renta que su madre le envía para la manutención. En lugar de convertirse en un personaje importante, abandona los estudios de derecho, tal como lo hiciera el propio autor de la novela; tiene pretensiones literarias, pero sin decidirse a trabajar en este campo. Frédéric pasa sus días pensando en su gran pasión, aparentando una posición social, y haciendo visitas inoficiosas y por sobre todo, intentando entrar en el mundo de la alta sociedad.

Cuando por fin se hace amigo de la casa Arnoux, donde es tratado con toda confianza, en un diálogo declara su amor, pero en la propia espontaneidad de la charla la señora Arnoux rechaza las pretensiones del muchacho -dada la posición de mujer casada:- . Para ella, una relación basada en la infidelidad es inconcebible ya que “a la mujer casada se la evita y aunque no sean insensibles al amor son sordas cuando es necesario” (269). Pero finalmente, ella se da cuenta de la pasión de Frédéric e intenta corresponderle, se ponen una cita a la que no asiste porque su hijo ha caído enfermo. Esta circunstancia es interpretada por ella como un castigo divino y se retracta. El tormento de Frédéric continúa y al verse plantado en su primera cita siente que el mundo es su enemigo, ve en las calles testigos ofensivos de su desaire “hasta los objetos se transformaban en irónicos espectadores” (370). Ese tono afectado de Frédéric permanecerá a lo largo de la obra, tanto que se ve envuelto en un duelo con unos nobles porque ofendieron, supuestamente, el honor de la señora Arnoux.

En el tercer capítulo comenzamos a entender por qué los críticos de la época no valoraron la novela: no pasa nada, aparentemente. Es una descripción de la vida cotidiana que irrita a los lectores, por su falta de acción. Se hace evidente el desánimo de Frédéric, ni siquiera tiene claridad sobre su vocación profesional, pretende convertirse en escritor, tanto que comienza a escribir una novela, pero no se vuelve a hablar de ella en ningún otro momento. Más adelante declarará ser pintor. Por amor a la señora Arnoux definió su vocación de pintor, para estar cerca de ella, pero tampoco trabaja en este campo.

En el quinto capítulo Flaubert une el alto valor artístico con el histórico, de esta manera la estética sirve de cauce al flujo de una época

Ya a la altura del capítulo sexto, en su corta carrera de derecho, Moreau se mezcla con las primeras revueltas estudiantiles a las que asiste, estamos hablando de 1840: la izquierda trata de democratizar el sistema electoral: el derecho al voto sólo lo ejercía el que pudiese cancelar 200 francos de impuestos, nos informa el narrador. En este momento, se da un capítulo muy apasionante dada su información histórica: la revolución de 1848, Frédéric, que es amigo de varios de los protagonistas de la revuelta y que tiene la dicha de estar cerca a ellos, pero como hombre desazonado, es un protagonista invisible, observa, memoriza, rescata y sirve de copista de los acontecimientos. Los deseos más íntimos de los jóvenes, sus vidas, se desarrollan en una época clave, lo que permite comprender que detrás del fondo de una historia de amor imposible hay un gran trabajo de investigación histórica por parte del autor y por sobre todo, se plasma el pensamiento de una generación que ha tenido la posibilidad de vivir momentos históricos, y también, desilusionarse de ellos. Para Albert Thibaudet:

La educación sentimental es un magnífico cuadro novelístico que permite conocer el estado del espíritu de toda una generación, la que vivió la revolución de 1848.
(A.T en, Gustave Flaubert. Gillimard, París. 1935, 139).

Hay sarcasmos de todo tipo, desde político hasta de gustos artísticos. Sobre la escuela romántica, por ejemplo dice “esos poetas no tenían sentido común ni de corrección y sobre todo, no escribían francés, Frédéric se sintió mortificado en sus gustos” (75). La pintura también es una de las pasajeras en el viaje de La Educación sentimental, y el señor Arnoux, que congrega los pintores de más éxito de la época (a los que no, también, pues aprovecha para comprarles obras baratas y venderlas a buen precio). Habla del retratista de los reyes (Antenor Braive), el retratista de la colonia francesa de Argelia (Jules Birrieu) de la caricatura (Sombaz), y del paisaje oriental (Ditmer, su inventor) De igual forma, habla Flaubert de sus gustos particulares: Goya, Rembrandt, Callot, Miguel Angel, Shakespeare. También sienta su postura ante la prensa: para un político era indispensable fundar o por lo menos apoyar un periódico, como lo hizo Pellerin con Le National, diario de oposición burguesa. Desde allí, “buscaba la emancipación de las artes, lo sublime a buen precio” (79). Pero Flaubert era rígido en sus opiniones y pensaba que el novelista debía vivir como un burgués y pensar como un semidios ya que “un novelista con hambre, caería irremediablemente en la política y el periodismo”.

En la segunda parte de la obra, Frédéric vuelve a París después de haberse ausentado por tres años. Su madre le confiesa que están en la ruina En el transcurso de ese tiempo hereda una dote de un familiar. Aquí se trasluce un Frédéric interesado y calculador, que se alegra con la muerte de su familiar. Pero este hecho le hace tomar impulso nuevo para pretender lanzarse a la conquista de la señora Arnoux. Con su riqueza espontánea, hizo su entrada triunfal en la “dulce vita”, acompañando al señor Arnoux a una fiesta de clase alta. A partir de entonces, empieza a “codearse” con personajes de la política y del arte, lo que finalmente resultará un fiasco para él pues cada uno ve la posibilidad de beneficiarse del dinero de su nueva herencia.

Frédéric entra a gastar más de lo que tiene y comienza a vender parte de la herencia: “con el lujo que les rodeaba realzaba cada vez más la miseria de la conversación”, pero se refugiaba de la vulgaridad en los libros “volvía a su buhardilla y buscaba en los libros el alimento de sus sueños” (197). Su vida transcurría entre sus charlas con Senecal (socialista) y la asistencia a los actos culturales como por ejemplo, a la obra de teatro La Reina Margoth, basado en la novela de Alejandro Dumas, estrenada en París en 1847.

El héroe novelesco (Lukács) es un ser en continuo conflicto existencial, “Frédéric afirmaba que también su existencia se hallaba frustrada... Él respondía con amargas sonrisas; pues, en vez de expresar el verdadero motivo de su pesadumbre, fingía tener otro, sublime, que hacía de él una especie de Antony, el maldito; lenguaje que no desnaturalizaba por completo su pensamiento” (236).

El sufrimiento interno de Frédéric se alivia cuando se convierte en amigo íntimo de la casa de los Arnoux. Se ganó la confianza de la señora Arnoux, de sus dos hijos y, por supuesto, la del señor Arnoux, quien a su vez le invitaba a la casa de su amante. Se convirtió en el confidente de Rosanette y así pasaba sus días y sus noches viviendo la vida de Arnoux. En este momento Flaubert describe a su personaje como un romántico con tinte nihilista,

Hay hombres para quienes la acción es tanto más impracticable cuanto más fuerte es en ellos el deseo. La desconfianza en ellos mismos les embaraza, el temor a disgustar les espanta; además, los afectos profundos se parecen a las mujeres virtuosas, que temen ser descubiertas y pasan por la vida con los ojos bajos (237).

Su romanticismo le lleva a no tener ninguna mujer durante todo el tiempo transcurrido en París. En el capítulo III es arrastrado por la corriente reformista

Empiezan los cambios políticos en la ciudad. Él es un observador que no toma partido, su posición de amigo de los distintos bandos le hace tomar distancia y si en algún momento se emocionó por la democracia, gracias a sus amigos revolucionarios; el desencanto que le produce la nueva situación política se refleja en su interioridad, elige una mujer como compañera, pero sin pasión, tiene un hijo al que no quiere ni muestra afecto; se deja arrastrar por la ambición: le propone matrimonio a una chica provinciana, amiga de la infancia, pero se enfrasca en una relación con la esposa del aristócrata Deambreuse. La posibilidad de consumar su amor con la señora Arnoux se aleja cada días más. El señor Arnoux le pide prestado una gruesa suma de dinero que termina perdiendo porque no se atreve a dejar en mala situación económica a su amor platónico.

Más adelante, Frédéric empieza a dibujarse como un personaje ridículo. Pretende acostarse con Rosanette. pero ésta en cambio le hace pagar toda la cuenta del restaurante para ella y sus amigos para finalmente, decidirse por Cisy, el aristócrata ignorante, pero con dinero y título de nobleza. Además de esto, Frédéric se enfrasca en un duelo con un noble porque ofendieron el honor de su heroína; su ridículo se consolida cuando aparece en un diario como “un pobre diablo provinciano, un oscuro mentecato que trata de abrirse paso entre los grandes señores…” (317).

Otros hechos comprometen a Frédéric, como el encarcelamiento por delitos de terrorismo político de su amigo Senecal. Frédéric, “un hombre de todas las debilidades, se contagio de la demencia universal”(398), señala irónicamente Flaubert, como burlándose de sí mismo.

Este hombre siente que su cambio no obedece a su voluntad sino a las circunstancias: después de preparar ceremoniosamente el hotel a donde llevaría a su doncella, termina allí con Rosenette y ella pensando que Frédéric la ama intensamente; hasta las palabras que tenía preparadas para la una se las dice a la otra: “es el exceso de felicidad”, le dice maquinalmente. Y empieza un juego de cinismos de ires y venires que lo llevan a prometer a tres mujeres amor y matrimonio.

Las revueltas políticas marchan paralelas a sus sentimientos internos, hay un distanciamiento de personajes, como diciendo afuera llueve, pero no me importa. Se narra una masacre luego de la caída de Guizot a raíz de las protestas: 33 muertos y 47 heridos, dato sacado por Flaubert de los diarios de la época, pero esto es apenas un ruido de la descarga que despierta a los amantes en su primera noche. Como un observador invisible, se une a los protagonistas de la reyerta. Marcha a París y llega hasta el Palais Royal: “el pueblo se adueñó de cinco cuarteles. La monarquía se disolvía rápidamente” (382).

Frédéric continúa deambulando como un fantasma. Habla con quienes disparan pero sin sentir su cuerpo, es una figura demasiado gaseosa como para que sea percibido. No está allí, pero es protagonista “se redoblan los tambores para la carga, se levantan gritos agudos y hurras triunfales, un continuo remolino hacia oscilar la multitud (383). “Caían los heridos, caían los muertos, tenía la impresión de asistir a un espectáculo”. Después de esto, se narra otro de los hechos confrontados por Flaubert en los periódicos de aquel entonces: entran los soldados a la corte y él, por azar, entra a formar parte de los reformistas: “lanzan el sillón del trono por la ventana e inmediatamente lo recoge la muchedumbre rumbo a La Bastilla para quemarlo”. Tiene el protagonista momentos de excitación, la que le falta en su relación con su pareja: “a mí el pueblo me parece sublime”, dice a Dussardier, “el magnetismo de las masas entusiastas había hecho presa de él” (389), su emoción se equiparaba a un orgasmo (relatado en la página 390).

Después de la tempestad vendría la calma y un poder sería suplantado por otro “pues sin orden no se puede vivir”. Toussenel, llamado El Balzac de los animales propuso que el Estado monopolizara la banca y los seguros. Frédéric ve rechazadas sus ideas propensas al nuevo orden ante Rosenette, quien como afectada, no le gusta el cambio, ella funcionaba mejor dentro del otro sistema político, dice de Lamartine “cómo quieres que un poeta entienda de política”. Frédéric ve que mientras su amante asume la posición de burguesa, su amiga Vatnaz, asume la de filosofa. El cambio también afecta a Arnoux, ahora es soldado de la guardia y pasa a ser el segundo amante de la Rossenette, pues Frédéric es el principal. Lo acepta así tanto la amante como Arnoux ya que Frédéric posee más dinero que el primero.

Al tiempo que avanza el desarrollo político, la desilusión del gran mundo social a que aspiraba Frédéric es patética: ya no se siente a gusto en el lugar de sus sueños, le irritan las reuniones con los aristócratas, pelea verbalmente con los Dambreuse por sus convicciones políticas: “todos consideraron inexcusables los crímenes políticos, pero Frédéric invoca el derecho a la resistencia consagrado en la Constitución“(323). Flaubert refleja una gran variedad de posturas políticas e intelectuales en torno a las revueltas: La Vatnaz se decide por el feminismo y dice que la emancipación del proletariado no es posible sino a través de la mujer. En medio de la turbulencia y del cambio, Frédéric se deja tentar por la política y se lanza de candidato en provincias, pero es apabullado y sacado a empujones, le gritan que no ayudó a fundar un periódico y que es amigo de aristócratas.

Casi todo se ha transformado: los ricos se convirtieron en obreros, en progresistas como intentando acomodarse a la nueva situación: “se veía a veces a un aristócrata de modales humildes que decía expresiones plebeyas y que no se había lavado las manos para hacerlas parece callosas” (401). Sain Just, Danton, Marat, Blanqui, Roberspierre, eran ídolos a los cuales se imitaba, la canción que se cantaba:”Ante mi gorra, quítate el sombrero/abajo la rodilla ante el obrero “(405).

Pero los obreros también tienden a aburrirse después de su revolución debido a la falta de empleo. Fundan los “clubes de la desesperación”, que son reuniones de obreros en los bulevares en las que se hablaba largamente (421). Luego vendría una contrarrevolución, donde es herido Dussadier, Frédéric siente que tiene que regresar, pero su amante, también llamada La Maríscala, se lo impide.

Flaubert critica las diversas posturas de la gente, por ejemplo, de la Vatnaz; dice que:

“Era una de esas solteronas parisienses que cada tarde, cuando han dado ya sus lecciones o tratado de vender dibujos o unos manuscritos, regresan a sus casas con la falda sucia de barro, cenan solas, y luego, con los píes sobre un maridillo, a la luz mortecina de una lámpara, sueñan con un amor, una familia, un hogar, la fortuna, con todo lo que les falta. Por ello, como otras muchas, La Vatnaz había saludado en la revolución el advenimiento de la venganza; y se entregaba a una propaganda solicita desenfrenada (397).

Unido al desencanto político va el conflicto existencial: La Maríscala queda embarazada de Frédéric, pero éste es padre sin querer. Con la llegada de la criatura él siente que pierde a la señora Arnoux, no se siente capaz de comprometerse con alguien, pero sí acepta las ataduras de su amada señora Arnoux. El chico, llamado Eugene, está al cuidado de otra persona, no resiste la vida y muere más o menos a los dos años de edad. Frédéric no se conmueve. Se compromete en matrimonio con una amiga de la infancia, Louise, cuando siente que está perdiendo su patrimonio, y ella es una forma de asegurar algo, pero no cumple. Siempre escurridizo, soltero empedernido. Empieza a cortejar a la señora Delambreuse, pero cuando el esposo de ésta fallece ya no le interesa la mujer por dos razones, la primera, porque no posee la fortuna que él creía, y finalmente, porque sigue pensando en su amada de ensueños.

La suerte de Deslauriers resume el cambio de pensamiento (479). Ni con los conservadores ni con los republicanos. Había sido víctima de los dos bandos”. Había llamado a las puertas de la democracia, ofreciéndose a servirla con su pluma, su oratoria y sus actos, “en todas partes le habían rechazado; desconfiaban de él que había tenido que vender su reloj; su biblioteca y hasta su ropa interior (480). Y más adelante se desahoga diciendo:

“Ah!, estoy harto de toda esa gente que alternativamente se inclina ante el cadalso de Roberspierre, las botas del Emperador, el paraguas de Luis Felipe, ante quien le eche un pedazo de pan en la boca” (481).

Una vez comprobado el fracaso de la revolución, Dambreuse, después de adular la teoría de Lamartine y Proudhon, se siente seguro de la acción de los militares al mando de Cavaignac, respira porque siente el regreso al «orden», Hussonet busca apoyo financiero para publicar una revista dedicada al mundo financiero. Luego será nombrado censor de prensa durante el imperio, Martinon, es elegido senador, Frédéric es amante de la señora Dambreuse. En medio de los disturbios, Senecal asesina al idealista Dussardier.

Frédéric observa el ascenso de Napoleón y el golpe de Estado de 1851. Abandona a sus amantes y a sus ideales. Su amor imposible se pierde en la niebla de los años, hasta que mucho tiempo después, en una escena única en la literatura francesa, ella lo visita, se confesaran mutuamente un amor que ya está muerto. Las ataduras de toda la vida han desaparecido, pues ella ha enviudado, pero él no la desea con la misma intensidad y muy cortésmente la rechaza. Ella es diez años mayor que él, como un enamoramiento que tuvo el propio Flaubert durante toda su vida con la poeta Elisa Schélésinger y quien según los críticos, fue la musa inspiradora de su personaje Madame Arnoux.

Deslauries se casa con Louise Roque, la antigua prometida de Frédéric, quien lo abandona y se fuga con un cantante. La señora Dambreuse se casará con un banquero inglés, Rossennete también se casará y tendrás un hijo, Frédéric busca la paz provinciana, entre la «gente ingenua y sencilla».

Se encuentra en Nogent con su amigo de la infancia Deslauries, la ciudad de donde había salido en 1840. Se sientan a hablar de la educación sentimental que han hecho los dos a lo largo de su existencia : “yo tenía demasiada lógica y tú, demasiado sentimiento”, (545) dice su amigo. El último tono de la atmósfera es de realismo, de ensoñación y de nostalgia. Los dos se dedican a recordar lo que han hecho, a quiénes han conocido. Recuerdan la visita a un prostíbulo como una hazaña.

 

LOS PERSONAJES

El señor Arnoux asume una doble postura: comerciante de arte y un poco artista. En su luna de miel por Italia. Flaubert lo describe desde su luna de miel por Italia así:

“Pese a su entusiasmo por el paisaje y las obras maestras del arte, Arnoux no había hecho más que quejarse de los vinos, y para distraerse, organizaba comidas a escote con los ingleses. Algunos cuadros bien revendidos le llevaron al comercio del arte. Luego se había entusiasmado por una manufactura de cerámica. Otras especulaciones le tentaron ahora; y cada vez iba haciéndose más vulgar y estaba adquiriendo costumbres groseras y dispendiosas. Ella le reprochaba menos sus vicios que sus acciones” (236).

Sin embargo, es un hombre de una gran presencia vital y al lado de la debilidad en las maneras de Frédéric, el señor Arnoux parece un ser muy masculino. Posee el don de la vitalidad y gustos materiales mientras que Frédéric es la observación y el remilgo. Su labor es el comercio y cuando no le va bien, no se deja amilanar sino que por el contrario, emprende una nueva empresa. Tiene de amante a Rosanette y a la Vatnaz. Rosanette lo ama, aunque esto no le impide tener otras relaciones, su esposa también lo ama.

Frédéric es descrito como un dandy, gusta de la buena vida, la lectura, las amistades en buena posición económica y cultural. En París, comienza a educarse sentimentalmente, conoce en este tiempo a la mayoría de los amigos que le acompañarán en su vida y a todos aquellos que participan en la primera batalla con el proletariado. Todos ellos tienen sueños de grandeza; desean sepultar lo clásico en sus respectivos campos y asumir el nuevo clasicismo. Sus otros amigos son: Senecal, un matemático pobre, extremista; Pellerin, el pintor que quiere superar el clasicismo e iniciar la revolución impresionista, Regimbart, vive de su mujer y representa la opinión pública de Francia, Hussonet, el arribista dramaturgo y periodista que sueña con destronar a Moliere, compró el periódico al señor Arnoux llamado L´Art, de tendencia literaria. Leía a Víctor Hugo y Lamartine. Ambicionaba triunfar en el teatro, escribía canciones.

Frédéric tiene una gran capacidad de leer la sociedad y desde el primer momento se da cuenta que la pedagogía académica es una estafa: una vez inscrito a la carrera de derecho, su primera impresión de las clases es que producen gran apatía en parte por la metodología utilizada:

“Trescientos jóvenes con sombrero llenaban un anfiteatro en el que un viejo de toga roja disertaba con voz monótona, las plumas rascaban el papel...El mismo tedio. Durante quince días mantuvo su asistencia, pero aún no había llegado al artículo tercero cuando abandonó el código civil, dejando el instituto en la summa divisio personarum (61)

Con este acto con el cual empieza a tomar forma el sentido del título de la obra de Flaubert, el viaje de Frédéric en París no va a significar una educación profesional sino una educación sentimental.

Pellerin es uno de los artistas que conoció Frédéric en casa de Arnoux. Este hombre, según él mismo decía, “leía obras de estética para descubrir la verdadera teoría de la belleza”. Era un eterno artista, nunca hallaba la forma de materializar su obra. Con ansías de gloria, perdía sus días en discusiones sin fin. Frecuentaba el teatro. A través de este personaje Flaubert deja ver su gusto personal por la buena mesa, por los viajes, por el teatro, por la bohemia. Pellerín era un socialista que pensaba que el arte debía servir para moralizar al pueblo.

El gran amigo de Frédéric es Deslauriers, amigo desde el colegio, éste es un provinciano inteligente, pero que reniega de su mala suerte en la escala profesional debido a su origen.

Deslauriers era un hombre preocupado en su juventud por las cuestiones sociales: la economía social, la revolución francesa decía “estamos hartos de constituciones, de sutilezas, de mentiras (54). Era un joven muy pobre, pero gracias a él, Frédéric, que no se comprometía con ninguna causa, empezó a tener una postura política de pensamiento. Deslauriers vivía de la fabricación de tesis. Hablaba de sí mismo estoicamente y de los otros con amargura. Compartió el apartamento de Frédéric sin pagar renta, fue retratado como una persona “tenida” con el dinero. En los capítulos finales Deslauriers, convertido en abogado, se presenta a suplantar a Frédéric en casa de los Arnoux: cobra un dinero sin consentimiento y se declara a la señora Arnoux. Con este hombre Frédéric comparte la reflexión del final de su vida.

Otros personajes son:

Dussardier, un joven empleado idealista, cuya utopía es participar en la construcción de una república celestial donde se cumplen los anhelos de todos los obreros; el señor Dambreuse, el antiguo un conde de Ambreuse, aristócrata que “desde 1825 había ido abandonando poco a poco su nobleza y su partido para orientarse a la industria” (58), oportunista porque se adapta con rapidez a los cambios de poder, pero es un conservador en ideología, su esposa representa la manipulación femenina dentro del poder.

Rosanette, hija de obreros de Lyón, empleada de tienda, vivía en un arrabal obrero cuando era niña. Sus padres la vendieron a un hombre y la encauzaron por la prostitución. Había sido amante de Arnoux y de Delmar. Rivalizaba con La Vatnaz por el amor del actor. Era una cortesana que vivía de los hombres ricos. Ella fue la amante permanente de Frédéric y quien casi lo lleva a la ruina. Frédéric se acercó a ella porque veía que si no tenía a la esposa de Arnoux por lo menos tendría a su amante.

Cisy, es un aristócrata afeminado, con título de nobleza, pero ignorante y un poco tonto.

El señor Roque, tío de Frédéric “vivía amancebado con su criada”, era un mediador entre la clase alta, era administrador del conde Dambreuse, quien además era oficial de la Legión de Honor. Este personaje refleja la manera de adaptabilidad de los hombres de poder a los cambios políticos. Frédéric lo miraba inalcanzable. Su esposa era una mediadora entre la nobleza y los políticos.

Y finalmente, la señora Marie Arnoux, la musa de Frédéric, su razón de vivir, como ya se ha descrito anteriormente, era una mujer hermosa, de tez canela y pelo negro, díez años mayor que él, o sea que tendría 28 años. Es el amor eterno Frédéric porque no la puede poseer y no la puede poseer porque es casada. Pero cuando por fin puede hacerla suya porque es viuda, él no la ansía con la misma pasión. Es considerada como una mujer conformista, dependiente de su esposo, retrato de la mujer en la sociedad de la época.

De los personajes femeninos en Flaubert describe Ernesto Sábato lo siguiente:

Y no vayas a creer que Flaubert escribió la historia de aquella pobre diabla porque se lo pidieron: escribió porque tuvo la súbita intuición de que en aquella historia policial podría escribir su propia y secreta historia policial, ridiculizándose a sí mismo con la crueldad con que solo un gran neurótico puede hablar de su yo...Los sueños convertidos en torpes realidades, los amores sublimes transformados en irrisorios lugares comunes.1

 

RESUMEN HISTORICO DE LA REVOLUCIÓN DE 1848 EN FRANCIA

Todos los textos dedicados a investigar la vida y la obra de Gustave Flaubert coinciden en su referencia histórica y biográfica. Este autor, nació el 12 de diciembre de 1821, en la época de la Restauración de Luis XVIII, tenía, por tradición familiar, ideas volterarianas, recibió una educación burguesa, en medio de comodidades económicas y de viajes (lo que le significaría volverse un agudo observador de las costumbres). Además, era un hombre apasionado por la historia, sus biógrafos cuentan que en sus viajes llevaba consigo unos 1.200 volúmenes de libros. Sin embargo, mantuvo su independencia tanto de la clase dominante como con los socialistas y republicanos. Era un librepensador. “soy un detractor de cualquier gobierno. Me gustaría destruirlos a todosdecía el propio Flaubert en casa de Mathilde, prima de Napoleón III. Su posición política era bien interesante pues pertenecía a una clase social a la que él mismo criticaba.

Los instrumentos investigativos que Flaubert utilizó en la elaboración de esta novela son propios de los investigadores sociales, tales como las agobiantes consultas en bibliotecas, viajes a los sitios donde sucedieron los hechos, entrevistas con los protagonistas, etc. Sin embargo, pese a que Flaubert fue totalmente escrupuloso en todos los datos históricos, al escribir La educación sentimental (entre 1864 y 1869), él deseaba contar una historia de amor con un fondo histórico tenue: «Quiero hacer una historia moral de los hombres de mi generación, «sentimental» será más correcto». Pero también su obra resulto siendo un documento biográfico del autor que comenzaría en 1843, primera versión, fecha que entre otras cosas, coincide con la reprobación del examen de segundo año de derecho Flaubert. En este año, también logra entablar relaciones con el matrimonio Schlésinger, los había conocido en 1836, cuando era apenas un adolescente (Jacques Suffel, Gustave Flaubert, México, Fondo de Cultura Económica, 1896, 167).

En este sentido, podría pensarse, con Barthes, que en Flaubert “las imágenes, léxico y alocución, nacen del cuerpo y del pasado del escritor y poco a poco se transforma en el automatismo de su arte”, Flaubert, al igual que otros escritores, no separa vida de escritura, carne de letra, por el contrario, hay una transubstanciación entre lo que vive y lo que esribe.

Julio Ramón Ribeyro insiste en que hay un paralelismo entre el autor y Frédéric. Hay una etapa interesante y es la que se refiere a la preparación intelectual, en el cultivo de la sensibilidad, elementos que se dan tanto en la juventud de Flaubert como en la de Frédéric. El autor escribió Noviembre a la edad de veinte años. En ella se ve a un adolescente en pleno vigor de lecturas, de aspiraciones, de voluntad de amar, tal como el bachiller que parte de su provincia natal hacia París.

Una segunda fase tiene que ver con la decepción y la renuncia, especialmente a partir de 1845 (en plena etapa de creación de La educación sentimental). En este momento, Gustave Flaubert tiene una enfermedad que lo obliga a aislarse y renunciar a las pasiones de la vida para consagrarse al arte. Algunos de sus biógrafos consideran que esta decisión tiene que ver con la imposibilidad de concretar su amor con la señora Schlésinger. A su vez, Frédéric también se aleja de sus pretensiones de pertenecer a la alta sociedad, entre otras cosas porque ya lo ha conseguido, ha interrelacionado con quienes él consideraba prestigiosos y se ha decepcionado. Finalmente, Frédéric regresaría a su pueblo natal, con la fortuna diezmada y sin la mujer que ama ni con ninguna de las que lo han amado. Flaubert vivirá encerrado en la Quinta de Croisser. Es un escritor que muestra una gran indiferencia por la vida esplendorosa y los honores, por la política, por las finanzas, por las transformaciones sociales. Su renuncia a este tipo de vida no significó sin embargo, claudicar a su gran talento que es la observación aguda de la vida. En La educación sentimental, logró ridiculizar gran parte de las decisiones y las actividades del hombre, en especial las que hacen referencia a las grandes decisiones políticas, lugares comunes en la mayoría de sus personajes.

Ribeyro lo define de la siguiente manera:

Amando los viajes y detestando el movimiento; no creyendo en el amor y guardando hasta el fin de sus días una pasión de la infancia; denunciando la mediocridad y dejándose seducir por ella, este enemigo del romanticismo que se enternecía leyendo versos de Víctor Hugo, este antipatriota que lanzaba anatemas contra los alemanes, este descreído que invocaba a Dios en su correspondencia, fue, en realidad, un cúmulo de contradicciones. La última de todas es que su obra, que podría definirse como una teoría del desengaño, pueda deducirse una filosofía de la ilusión (Ribeyro, 1986).

Lo cierto es que la temática histórica, que se presentaba como tenue adquirió una importancia posterior que el novelista no pudo desconocer. He aquí, un resumen histórico que para el caso nos sirve como herramienta para comprobar que lo que Flaubert hace es prácticamente la reconstrucción de un rompecabezas de la historia de Francia.

En 1846 Francia se vio abocada a una crisis: escaseaban los alimentos y el hambre comenzó a hacer estragos en París. Los saqueos comenzaron y el descontento popular se unió al descontento de burgueses y republicanos que quería ingresar a la Cámara y mayor participación política. La única forma de hacerlo era tener mucho dinero, ya que había que pagar 200 francos por derecho a voto y por lo tanto, la democracia era sólo para aristócratas y alta burguesía. El gobierno respondió con mano dura: encarcelamientos y censura de prensa y corrupción en la clase dirigente, todo esto hizo que el 22 de febrero de 1848 estallara la chispa que provocaría una revolución. Los precedentes de esta revolución y lo que sigue a ella lo narra Flaubert en su Educación Sentimental: Como por ejemplo, la célebre escena de los soldados revolcándose en las camas de la monarquía en el Palacio Royal se relata en la página 387:

«Los obreros y los burgueses se abrazan... ¡Que hermoso es esto!.. ¡Se ha proclamado la República!

¡Ahora seremos felices!...!Se acabaron los reyes! ¡Toda la tierra libre, libre! (¡Se acabaron los reyes! ¡Toda la tierra libre, libre!) (389)

Relato que concuerda con las descripciones históricas de este hechizamiento colectivo:

“…Toda la gente unida (burgueses, estudiantes, obreros, mujeres emancipadas, desempleados) formaron barricadas en el barrio latino y en el Boulevard de Capuchines. La tropa temerosa, bajó las bayonetas y comenzó a abrazarse con la tumulta enardecida. Luis Felipe, el “rey burgués” escapó de la Tullerias por un túnel secreto rumbo a Inglaterra (2).

El 24 de febrero de 1848 se iniciaba la Segunda República, experimento que no tendría éxito. Se trataba de un gobierno provisional formado por republicanos de centro y de izquierda integrado por los socialistas Ledrú-Rollin y Louis Blanc y por el atemorizado obrero Albert. Durante este periodo se suspendió la censura de prensa (surgieron 300 periódicos en seis meses), se amplió el cuerpo de electores al declarar universal el sufragio - de doscientos cincuenta mil votantes se pasó a diez millones -, se liberó a los esclavos de las colonias (Argelia); se abolieron los castigos corporales y la cárcel por deudas. Además, se instauró la idea de Blanc de formar talleres para crear un millón de empleos para obreros y campesinado sin capacitación. Aprovechando los momentos de confusión e inexperiencia de la nueva clase política, Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del gran emperador, se presentó de candidato apoyado por la burguesía. El experimento de Blanc fracasó, los burgueses no querían seguir apoyando las «fábricas de vagos», estaba desgastado el presupuesto para pagarles y se llegó a la decisión que esos nuevos «empleados» deberían enrolarse como soldados del ejercito para defender al Papa expulsado de Roma por Garibaldi y los republicanos, otro de los hechos históricos inmortalizado por Flaubert en La Educación sentimental:

“En junio el gobierno dice que todos deben enrolarse en el ejército, Los obreros se enfrentan y el resultado es más de 3000 de ellos muertos. Frédéric está desesperado con las traiciones del poder: «La razón pública quedó profundamente perturbada. Personas inteligentes se quedaron idiotas para toda la vida” (444).

Como los obreros no aceptaron, bajo la consigna de «pan o plomo», la Asamblea encargó al general Cavaignac del atroz aplastamiento: Durante cuatro días el ejército arremetió contra el pueblo de París, dejando 15.000 muertos, otros tantos arrestados y sometidos a consejos de guerra ilegales y otros 5000 deportados a Argelia o Guyana. Este hecho, según el historiador francés Bertler de Savigny significo «el origen del odio del obrero hacia burgués y el terror del burgués, tanto liberal como conservador, ante el socialismo. El impulso fraternal de 1848 iba a dar lugar a la lucha de clases.

Posteriormente, la burguesía convocó a una nueva Constituyente y en 1848, en cinco meses elaboró una nueva Carta en donde se elegía presidente por voto popular para un periodo de cuatro años. Como los candidatos eran el sangriento general Cavaignac y Luis Napoleón, ganó este último por abrumadora mayoría: seis millones de personas votaron por él.

Luis Napoleón, que quería ser emperador, militarizó Paris, militarizó sus enemigos y dio un golpe de Estado el 2 de diciembre de 1851 que le concedió amplios poderes ejecutivos. Nuevamente los obreros salieron a protestar y nuevamente fueron aplastados brutalmente, los diputados socialistas fueron expulsados, más de diez mil personas fueron deportadas a Argelia. El autoproclamado Napoleón III gobernaba soberanamente, omitiendo a todos los que había luchado por la nueva República (republicanos, socialistas, orleanistas y legitimistas).

Esta odisea de la esperanza obrera aplastada se consagró con de Luis Napoleón como Napoleón III, de Francia, príncipe y presidente y la Asamblea, volvieron a establecer las censuras de prensa, a restringirse el voto y la enseñanza se entregó al clero.

Gustave Flaubert, utilizando la técnica del contrapunto, nos revela las ideas de los partidarios del régimen. Para los felipistas no pasa nada en verdad, salvo que la chusma «tiene ese deseo moderno de elevarse por encima de su clase y de vivir en el lujo» (224 Vol. 2). Tanto industriales como banqueros, diplomáticos, comerciantes y altos funcionarios del gobierno, y los jóvenes conservadores Martinon y Cisy creen que trabajando honestamente, todos pueden llegar a vivir dignamente. Pero no hay empleo, Dambreuse dice:

Lo peor son estos hombres que sueñan con la subversión de la sociedad.

Piden la organización del trabajo- dijo el otro- ¿puede concebirse tal cosa?...

¿Para traernos qué? ¡La República! ¡Como si esta fuera posible en Francia! (224 Vol.2)

 

EL AUTOR NOVELESCO

El público francés esperaba ya esa especie de Cervantes que hiciera con el romanticismo empalagoso de las novelas de amor lo que aquél había hecho con las novelas de caballería. Y Flaubert se dispuso al sacrificio, no a pesar de ser él mismo un romántico sino justamente por eso, como un místico puede poner una bomba en una iglesia pervertida.
(Ernesto Sábato, El escritor y sus fantasmas. Barcelona, Seix Barral, 1979, p. 131).

Flaubert era un romántico frustrado -o autosuperado- que consideraba como meta desenmascarar la crueldad y la estupidez de su tiempo. El mismo se consideraba muy lúgubre, «la vida me enmierda cordialmente» (G.F. Correspondencia Volumen 3, París), 1929. Sartre lo consideraba un «reaccionario pasivo», pero en realidad era un anarquista liberal. En una carta a George Sand manifiesta: «todas las banderas están sucias de sangre y mierda» (Correspondencia Vol 2 178. Citada por Carlos Sánchez). Decididamente a Flaubert no lo desvelaba la política: ningún partido o doctrina política posterior a 1830 le convencía. Tanto al socialismo - al que consideraba una variante del catolicismo y le «apestaban a gañan»- como el monarquismo, o el liberalismo positivista, le parecían «asquerosos y mezquinos».

Flaubert era agrio, crítico y ferozmente irónico, «su habitual estado de espíritu era siempre el de la duda filosófica y el escepticismo, el del sarcasmo como actitud previa a todo. Su visión de la vida es ya bastante negra» (Maurice Nadeau, citado por Carlos Sánchez Lozano2).

Para Flaubert, un ser burgués es «todo hombre que piensa, siente y obra en función del utilitarismo», sin importar la clase social a la que pertenezca (Nadeau), tan burgués es un banquero de levita como Dambreuse. La burguesía es un estado del espíritu y no un estado del bolsillo. Burgués es una actitud ideológica conservadora, pensaba, aunque hubiese sido testigo de una revolución que:

«No se trata de soñar por más tiempo en la mejor forma de gobierno, puesto que todas son iguales, sino de hacer prevalecer la Ciencia... la política y el gobierno de un país deben ser una sección de la Ciencia y, tal vez, la menos importante»
(Correspondencia. Vol 2. 45).

Se reafirma en su tesis de que había que vivir como un burgués y pensar como un semidiós e insistía que un novelista con hambre, pensaba, caería irremediablemente en la política y el periodismo.

Para Flaubert el sentido de la vida consistía en llevar una existencia estética, tal como lo reclamara Nietzsche por esos años. El arte salvaba y redimía del fracaso de la vida histórica. La revolución de 1848 había fracasado, pero quedaba La educación sentimental, publicada en 1869, veinte años después de estos sucesos, testimonio fiel de lo que esa generación soñó y no pudo llevar a la práctica.

También conocemos por La Educación sentimental el escepticismo de Flaubert que se comprueba en la frase que le envió por correspondencia a Turgeniev. «Usted es el único hombre con quien me gusta charlar. No veo ya a nadie más que se ocupe de arte y de poesía. El plebiscito, el socialismo, la internacional y otras basuras atiborran todos los cerebros».

Flaubert sintetiza su nihilismo cuando Frédéric resume la vida infructuosa de alguien que no se comprometió con toda su carne con alguna propuesta estética, es decir, que en su vida no le apostara a algo de trascendencia; este diálogo interno lo realiza ante el cadáver del conde Dambreuse:

“Había tocado a su término esa existencia llena de agitación. ¡Cuántas visitas a los despachos, cuantas cifras amontonadas. Cuantos enredos de negocios y cuántos informes oídos, cuántos discursos huecos, cuantas sonrisas y reverencias! Pues él había aclamado a Napoleón, a los Cosacos, a Luis XVIII, al 1830, a los obreros, a todos los regímenes. Amaba al poder con tal pasión que habría pagado para venderse (491)

En este estado, los valores, la ideología, el dinero, la clase social, no significa nada para el hombre.

 

ALGUNAS CONSIDERACIONES

“La literatura es todo aquello que sirve para crear una cosa que no existía en la realidad”.
Antonio Caballero Holguín

“Pocos autores habrá que se hallan vengado tan a fondo del miserable mundo, de su estulticia y su mezquindad, como lo hizo Flaubert al ajusticiar con el hacha afilada de la presunta objetividad a los personajes de sus novelas. El odio, sobre todo el odio que concebía contra la burguesía a la que pertenecía por origen y aún por hábito, era la fuente de sus inspiraciones y el llamado método objetivo apenas era el dique que levantó para defenderse de un mundo que literalmente lo hacía temblar de indignación y desprecio”.
Gûnter Blôcker, Gustave Flaubert. En Eco, Tomo V Nº 29, septiembre de 1962, P. 466-467

Frédéric es una hoja al viento en el torbellino de la vida. Volátil, que puede ir a muchos lugares o no ir a alguno en absoluto. No elige viajar a País en su adolescencia, pero lo hace y empieza su carrera de derecho, lo hace por su madre, tampoco decide salirse, pero pierde su cupo. Su voluntad no es tanta como para conquistar a la mujer que ama ni establecer algún tipo de compromiso político, pero termina implicado de alguna manera.

La relación de Frédéric con el mundo es ambigua e indefinida y esto es lo que hace de él un personaje interesante, tan anti héroe para su época y tan cercano al hombre contemporáneo. En este sentido se aprecia una sintonía entre el hombre actual y el Frédéric de 1848, lo que lleva a catalogar a Flaubert como un visionario que se adelantó a su época.

En el mundo planteado por Flaubert el hombre pierde la certeza tanto en el aspecto político como el sentimental. Pierden la certeza los monarquistas, los republicanos y los revolucionarios. No hay evidencia de nada; lo que queda es desazón y una visión sin sentido de la vida. No vale la pena estar en ese mundo, tanto que Frédéric, no solamente ya no le interesa hacer realidad sus sueños sino que prefiere la ignorancia y el mundo de la gente sencilla que vive en la provincia de donde salió y a la cual retornara finalmente. El mundo que deja Frédéric a sus espaldas es el producto histórico de las acciones, pensamientos y sentires del hombre. Pero es un mundo que puede desplomarse, desaparecer.

Frédéric no se ajusta al tipo del hombre requerido en el momento histórico, perdiendo el sentido de la trascendencia. En su búsqueda de valores profesionales y culturales el mundo le es agresivo. Siempre en crisis, declara después de participar en uno de los momentos históricos de Francia que realmente lo valeroso de él se circunscribe a su visita a un prostíbulo, dato que resulta en cierto modo autobiográfico:

“Prostitutas: necesarias en el siglo XIX para contraer la sífiles, enfermedad sin la cual nadie podría afirmar que era un genio. Entre otros portadores de la Roja Enseña del Valor destacan Flaubert, Daudet, Maupassant, Jules de Goncourt, Baudelaire, etc ¿hubo algún escritor que no la padeciese? Si lo hubo seguramente era homosexual” (Julian Barnes, El loro de Flaubert, Editorial Anagrama, 1986, P. 190).

Con el pensamiento de Frédéric, se refleja un hombre nihilista, cuyo compromiso es no tener compromiso: su finalidad en el mundo es no tener una meta final. Sufre por lo que no tiene, y sin embargo, se muere de aburrimiento cuando lo consigue.

“¿Quién está menos solo que el solitario? Todos los caminos salen de él y tienen por estrella su corazón. Pero de una estrella a otra está el insondable rechazo del silencio”.
Edmond Jabés. El libro de las preguntas, Madrid, Editorial Siruela, 1990, P.35

 

NOTAS:

1. Ernesto Sábato. Abaddón, el exterminador, Buenos Aires, Editorial Suramericana, 1974. p. 130.

2. Sánchez Lozano Carlos, Flaubert y la revolución de 1948, p.8

 

BIBLIOGRAFIA

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RIBEYRO, Julio Ramón, “Gustavo Flaubert y el Bovarismo”. En, La caza sutil. Lima, Editorial Milla Batres, 1976.

SABATO, Ernesto. Abaddón, el exterminador. Buenos Aires, Editorial suramericana, 1974.

——. El escritor y sus fantasmas. Barcelona: Seix Barral, 1979.

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SOMERSET MAUGHAM, William. Diez novelas y sus autores. Editorial Norma, Bogotá, 1992.

SUFFEL, Jacques. Gustave Flaubert. México, Fondo de Cultura Económica, 1986.

 

© Olga Janneth García Ortegón 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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