Carácter hermenéutico del texto literario.
Notas sobre la “esencia” de la literatura
como diálogo en Gadamer

Reynner Franco
Universidad de Salamanca
Ruhr-Universität, Bochum
rfranco@universia.es


 

   
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Introducción

Según Gadamer, el punto de partida para relacionar la actividad hermenéutica con la literaria está remitido a lo que la lectura es esencialmente. Esta se identifica con un “ámbito vasto” en el que ambas acciones giran en torno a un sentido sobre el que se sustenta la actitud oyente que se mantiene en sí misma si lo que se escucha está siendo comprendido. Los elementos de este ámbito están contenidos en la actividad humana del dialogar; la cual representa para Gadamer no solo el nexo entre hermenéutica y literatura, sino también –por ser el diálogo la manera más simple de mantener un sentido– el resultado de una “esencia”, a saber, la del ser comprendedor, pues de la intención de éste surge el diálogo (monológico o interpersonal) como “dirección hacia un sentido”. Con ello el autor ensaya una ampliación del concepto de literatura, haciéndola desembocar en una acción idéntica al diálogo mismo, pues lo que en él se ejecuta de modo efectivo no es otra cosa que la incorporación de palabras en un sentido, las cuales adquieren en el diálogo una referencialidad más amplia. De aquí que la actividad literaria no difiera de la estructura de un diálogo en el que el escritor –o lector– habla consigo y pone las palabras dentro de un hilo conductor en el que ya no son exactamente ellas, sino más bien momentos de un discurso que va quedando pronunciado.

Probablemente la dificultad mayor para comprender esta “ampliación” gadameriana del concepto de literatura sea la pretensión de que lo hermenéutico constituya la “esencia” de los textos literarios. Aspecto que queda fuera del alcance de este estudio. En su lugar, intentaremos reconocer la relación entre hermenéutica y literatura a través de la diferenciación entre un fenómeno (o dato) hermenéutico y un acto hermenéutico reflexivo (o pretensión de comprensión de un fenómeno que admita interpretación) –o también, entre el hecho hermenéutico, como el simple “ponerse de un sentido” que se mantiene y la reflexión hermenéutica, como la actividad de comprender tal sentido. De este modo, la distinción –y relación a la vez– de lo literario y lo hermenéutico puede referirse, en general, a que el primero consiste en la plasmación del contenido y forma de lo que ha de ser comprendido, mientras que el segundo es la captación de lo plasmado. No obstante, aún dentro de esta diferenciación puede todavía notarse que ambos cuentan con los elementos –propuestos por Gadamer– que presuponen un diálogo. Justamente en ello se funda lo que comprendemos como carácter hermenéutico del texto literario.

Como base de estas implicaciones Gadamer incorpora el escurridizo concepto de sentido –o dirección de sentido. Sin embargo, resulta interesante el modo como la ambigüedad de este concepto parece quedar –más o menos– disuelta cuando tal noción aparece como inmanente al diálogo. Así, por ejemplo, de la misma manera que un diálogo, un texto literario se sostiene en “su sentido”, de aquí que este tipo de texto sea una especie de conversación que comienza a ser hablada cada vez que empieza a ser leído, y el hecho de estar plasmado hace que el sentido escrito hable siempre sin que pueda ser interrumpido, lo cual permite contemplar que lo literario contiene la forma de actividad hermenéutica más elemental.

 

1. Lectura y comprensión

Como se ha dicho, para Gadamer la lectura pertenece a la literatura de un modo esencial1. En el sentido literario esta conforma un proceso en el que se dispone de la condición necesaria para establecer una relación auténtica con el texto leído; en el sentido hermenéutico, constituye el ámbito en el que se desarrolla un diálogo comprensivo. En ambos modos está presente la interioridad como proceso de la comprensión: “la lectura es un proceso de la pura interioridad”2.

Sobre la base de este dato, la función de la lectura para la literatura es la realización de la interiorización del texto y, para la hermenéutica, la ejecución de una relación dia-lógica en la que se hace y sigue un sentido. Tanto en la interiorización como en el diálogo opera la actitud compresiva, la cual supera la situación real de ser siempre un modo de interpretación, ya que no se busca lo que el texto dice, sino más bien se sigue la dirección de lo planteado en el texto. Dirección que es una especie de “motor propio” del texto en el que la escritura misma es una “construcción de sentido”.

Según esto, comprensión en literatura no es una lectura en la que se sigue un uso de palabras para explicar o narrar algo, sino una lectura en la que se “va haciendo” lo que ha de ser comprendido. Hacia este punto de vista apunta Gadamer cuando compara con un arte secreto la “capacidad de entenderse con lo escrito”.

“El modo de ser de la literatura tiene algo peculiar e incomparable, y plantea una tarea muy específica a su transformación en comprensión [...] Por eso, la capacidad de lectura, que es la de entenderse con lo escrito, es como un arte secreto [...] En él parecen cancelados el espacio y el tiempo”3.

Desde esta perspectiva comprensión es, más que un modo de interpretación, una práctica común entre interlocutores (lector-texto-autor) que se mantienen conversando porque hay un sentido que sostiene el oír y el hablar: “de los textos en general hay que decir que sólo en su comprensión se produce la reconversión de la huella de sentido muerta en un sentido vivo”4. De donde “reconversión” no es reconstrucción de un sentido, sino participación en el “hilo conductor” que da sentido a un discurso, pues si el texto tiene un sentido, éste deja de ser latente al ser comprendido, precisamente su comprensión es lo que lo mantiene en el sentido. Reconversión es, por tanto, mantenimiento de un sentido. De aquí que la comprensión, cuando se sitúa después del texto, es interpretación –o también reconstrucción–, pero cuando se sitúa junto al texto, es decir, en el trayecto del hablante a través de un sentido, es la “esencia de la lectura” o lo que la mantiene viva:

“Cuando se trata de hermenéutica literaria, se trata primariamente de la esencia de la lectura. Por mucho que se reconozca la primacía de la palabra viva, la originalidad del lenguaje que está vivo en la conversación, lo cierto es que la lectura remite a un ámbito más vasto. Así se justifica el concepto amplio de literatura. [...] Se trata de una «lectura» en el sentido «eminente» del término. [...] En realidad la lectura es la forma efectiva de todo encuentro con el arte”5.

Esta ampliación del concepto de literatura por medio de la lectura introduce una peculiaridad del texto literario que, a simple vista, podría ser una consecuencia independiente del acto literario como arte de poner la escritura, pero esta particularidad es ahora la generalidad de un texto literario, es incluso lo más originario, es decir, antes de la escritura tiene lugar la lectura, pero una lectura que Gadamer propone comprender en su sentido “eminente” referido a un “ámbito más vasto”, y que se identifica con la manera real-efectiva de cualquier encuentro con el arte. En esto entra en escena un “ámbito originario” en el que ha surgido todo lo que ha sido escrito. Es probable que sirva como ilustración representarnos al lector como ámbito de la imaginación del escritor, de donde la reflexión del lector puede llegar a observar incluso el origen de la reflexión del escritor, y situarla en un momento –o contexto– de su expresión. De aquí que la situación del lector implique un contexto más amplio que el del escritor, o por lo menos lo contiene.

Sigamos más de cerca esta particularidad que constituye ahora –según Gadamer– la “esencia” de la literatura y que ha resultado de la ampliación del concepto de lectura hasta llevarlo a su máxima generalidad (la extensión del ámbito de la comprensión).

 

2. Particularidad de los textos literarios

Para el autor los textos literarios poseen una especie de exigencia al ofrecerse a la lectura. Pero no es una exigencia que indique la forma como deban ser leídos, es más bien una “aparición” de la palabra cuyo significado propio es también el del texto, y cuya pronunciación es también la de su razón de ser. Es complejo descifrar esa impronta de la obra literaria. Se trata de una pretensión viva en el texto, no de la recapitulación de lo que pensó el autor al escribirlo. Quizás habría que entender esto desde un punto de vista preligüístico, es decir, la palabra puesta en el texto literario no remite simplemente a sí misma como utilizada para la representación de algo, se trata de una especie de primera expresión o primer uso del término, de donde, lo que se quiere comprender está situado antes de cualquier palabra que pretenda expresarlo. Este presupuesto sirve de base a la descripción de Gadamer: “...hay un fenómeno que se llama literatura: textos que no desaparecen, sino que se ofrecen a la comprensión con una pretensión normativa y preceden a toda posible lectura nueva del texto”6.

Esta definición deja denotar una especie de “comportamiento” de los textos literarios, pero no queda tan claro por qué tienen que ser de ese modo o qué es lo que les da esa particularidad. La respuesta de Gadamer gira en torno a una ubicación inteligible de los textos mismos. Una situación que no tiene que ver con los momentos históricos del escritor y el lector, es, como se ha dicho, un lugar prelingüístico, o incluso, un lugar pre-comprensivo: «mi tesis es que están presente únicamente en el acto de regresión a ellos. [...] Palabras que sólo “existen” retrayéndose a sí mismas, que realizan el verdadero sentido de los textos desde sí mismos, hablando...»7.

Pero es un “hablando” que no tiene palabras previas a lo hablado en el momento en que se hace uso de las mismas:

“El texto literario es justamente un texto en un grado especial porque no remite a un acto lingüístico originario, sino que prescribe por su parte todas las representaciones y actos lingüísticos [...] exige que se haga presente su figura lingüística y no sólo que se cumpla su función comunicativa. No basta con leerlo, es preciso oírlo, siquiera con el oído interior”8.

Esta presencia de la figura lingüística del texto es –según nuestra lectura– la actitud precomprensiva en la que las palabras hacen acto de presencia como expresión precisa que responde a la armonía de sentido, que es a su vez la que ha requerido una figura lingüística. En el texto literario las palabras “se autopresentan en su realidad sonora”9, la cual, junto con el discurso (que brota de las palabras) está unida a la comunicación de sentido. De todo esto podemos percibir que la particularidad de la obra literaria está orientada hacia el mantenimiento de un discurso que sigue de algún modo un sentido previo a él, de donde hablar (o escribir) es la realización de tal sentido, desde lo que se dice, desde la palabra misma, y no la representación de una idea central en la que el discurso es un medio.

En la tesis de Gadamer las palabras del texto literario hablan y conforman un sentido que justifica la continuidad del discurso, es decir, logran desde sí mismas, o mejor, son ellas mismas, desde y más allá de su significado, el verdadero sentido del texto. De donde la distinción entre sentido y figura se funda en un proceso dialéctico.

Sentido y figura

“Nace una peculiar tensión entre el sentido del discurso y la autopresentación de su figura”10. Esta tensión es producida por la importancia que tiene la “autoaparición” de cada palabra”11, en la que la palabra misma suena según una melodía que invita a seguirla. De aquí que cada palabra sea algo con una significación propia que al ser pronunciada conforma una unidad de sentido.

De este modo, la aparición de la palabra hace resonar connotaciones de sentido por significar ellas lo que designan. Pero paradójicamente la palabra no es buscada por su significado, sino por dar paso a la expresión de lo que se requiere para que en ese preciso momento –en el que es pronunciada– continúe manteniéndose la percepción de un sentido o lógica –de la atención a algo que continúa. De aquí que la figura del texto no sea otra cosa que la palabra que se autopresenta para expresar algo –que no es precisamente su significado. Esto se justifica en el hecho de que si pronunciamos una palabra que en sí significa algo pero no sostiene un sentido, inmediatamente se disloca la actitud comprensiva que mantiene vivo todo proceso de comunicación.

Cada palabra pronunciada en el texto literario inicia, por tanto, un nuevo lenguaje de sentido mayor que el común de su uso. Por esto, las figuras (palabras) no son realmente escogidas. Cada figura es la única o mejor posible en beneficio de sí, que en ese momento es el “en sí” de un sentido, es decir, palabra y sentido se identifican en el texto literario como secuencia comprensiva:

“El lenguaje y la escritura se mantienen siempre en una referencia recíproca. No son, sino que significan, incluso cuando lo significado sólo existe en la palabra manifestada. El discurso poético sólo se hace efectivo en el acto de hablar o de leer; es decir, no existe si no es comprendido”12.

Que el discurso poético –que representa aquí la literatura– no exista sino para ser comprendido, constituye la gran implicación hermenéutica que une teoría de la comprensión con lo que existe para ser comprendido. Es decir, hermenéutica y literatura están unidas por la acción de comprender. Tal parece que hemos llegado a un punto en el que habría que admitir que la hermenéutica, como teoría de la comprensión, encuentra su mejor modo de realización en el ejercicio de la lectura de los textos literarios; y que los textos literarios sólo existen por y para una actividad hermenéutica. Es plausible el modo como Gadamer llega a esta conclusión no escasa de complejidad, pero tampoco de conexiones lógicas, las cuales intentaremos describir a continuación.

 

3. Hermenéutica y literatura (o teoría y práctica de la comprensión).

“La disciplina que se ocupa clásicamente del arte de comprender los textos es la hermenéutica”13. Esta ocupación de la hermenéutica requiere el arte de “saber comprender”, el cual puede ser explicado en su complejidad –con lo que habría que entrar en todos lo detalles que implican el acto compresivo, quedando siempre la insatisfacción de no saber exactamente si es posible o no una comprensión unívoca–, o podría, más bien, practicarse la experiencia comprensiva tal y tan sencillo como sucede en la lectura simple de un texto literario. El primer modo sería la exposición de una teoría centrada en una realización con la que no se cuenta en el momento de su explicación; el segundo modo sería la descripción de una práctica que se revela como modo de ser fundamental de todo un sistema comprensivo. Esto último es lo que hace Gadamer con los textos literarios para dejar ver su carácter hermenéutico (o comprensivo), el cual, en un primer momento, es la conexión de diálogo y sentido.

Diálogo y sentido.

Como se ha dicho, toda práctica hermenéutica –para Gadamer– tiene la forma de un diálogo que, de no ser por un sentido implícito, no podría pronunciarse una sola palabra que pudiera dar continuidad a dicho diálogo. Este diálogo es una conversación que alguien mantiene bien sea consigo mismo o con otra persona. Estas formas de conversación no difieren entre sí si se mira la esencia del diálogo en lo interno de la conversación, o sea, en el decir y dejar decir. Todas las formas de diálogo, incluso el monólogo, cuentan con oír y hablar.

“El diálogo debe entenderse aquí en un sentido más ambicioso”14. Ese sentido es el de la conversación que amplía siempre la individualidad y se mantiene activa porque las intervenciones oportunas de los interlocutores (yo-tú, yo-yo, etc.) sostienen la producción de sentido por la pretensión precomprensiva de un “entendimiento mutuo”, el cual, junto con la producción de sentido, constituye el modo dia-lógico de la conversación, “...el intercambio palabra/réplica es lo que constituye precisamente un diálogo [...] Un diálogo muere en el instante en que el otro deja de seguirnos”15.

Sobre esta base, mantener un diálogo –según el autor– es “lo humano” del hombre, pero mantenerlo a pesar de todo. De hecho Gadamer atribuye la mayor dificultad literaria a la confección de diálogos, pues se está obligado a tener siempre presente el sentido del mismo sin derecho a extenderse y perderse en explicaciones o narraciones: “nada es tan difícil, al parecer, como escribir diálogos [...] Por ello Platón pudo designar justamente el pensamiento como diálogo del alma consigo misma”16. Donde hay diálogo hay un sentido siendo comprendido, es decir, hermenéutica en su significado más primario.

Diálogo y sentido están por tanto intrínsecamente unidos, pues un sentido no existe sin una actitud dialógica que la realice, y un verdadero diálogo solo existe si mantiene un sentido que se certifique en el acto que sostiene todo pensamiento que corresponda al “buen entendimiento”, a saber, al acto y voluntad de comprender. En este sentido, no se piensa algo a voluntad si no se comprende o pretende comprender algo. Podemos representarnos esto imaginando a alguien que cuenta algo, si lo que dice “tiene sentido”, los espectadores estarán comprendiéndolo hasta el punto en que si llegase a detener el discurso por no tener la palabra adecuada, cualquiera que lo haya seguido podría decirla o pensarla, con el único criterio de que tal término mantiene vivo el discurso porque lo hace comprensible, es decir, sigue un sentido. La relación entre diálogo y sentido se funda pues en el acto comprensivo del ser humano. De lo que se concluye que donde hay diálogo, hay un sentido (algo) siendo comprendido, es decir, hermenéutica elemental en proceso.

Texto literario como diálogo, o sea, como hecho hermenéutico.

“Aunque el lenguaje sea codificable y pueda encontrar una relativa fijación en el diccionario, la gramática y la literatura, su propia vitalidad, su envejecimiento y su renovación, su deterioro y su depuración hasta alcanzar las formas estilísticas del texto literario, todo esto vive del intercambio dinámico de los interlocutores. El lenguaje solo existe en la conversación”17.

Esta cita nos introduce en lo que podríamos llamar la vida de la obra literaria, pues, según lo visto hasta ahora, esa “vida” podría ser identificada con el modo puro y común del diálogo, es decir, la conversación. Desde el pasaje antes citado tendríamos que ampliar el concepto de lenguaje hasta que la generalidad de su significado se identifique con la respuesta a una necesidad previa, a saber, comprendernos. Es probable que a esto se refiera Gadamer cuando afirma que la vida del lenguaje se desarrolla hasta alcanzar las formas estilísticas del arte literario, de donde, el texto literario sería una especie de máxima expresión en la que el acto simple de conversar se convierte en arte, con lo que podemos poner en la base de la literatura un diálogo en el que se involucra todo el que accede al texto, contribuyendo así al desarrollo de su sentido.

Quien ha leído un texto literario –o sea, quien lo ha comprendido– ha seguido la conversación del autor y ha conversado con él acerca de algo: “...estar en conversación significa salir de sí mismo, pensar como el otro y volver sobre sí mismo como otro”18. Este sentido (de estar en conversación) es determinante para los textos literarios, pues estos han de ser comprensibles en sí mismos, es decir, deben poder ser dialogados por el que los lee. Y esa fuerza de conversación, por llamarla de algún modo, se funda en la transmisión de lo que Gadamer llama espíritu comprendedor: “no hay nada que sea una huella tan pura del espíritu como la escritura19, y nada tan absolutamente referido al espíritu comprendedor como ella”20. De donde la escritura y el espíritu comprendedor constituyen dos momentos de la hermenéutica. Es por ello que el texto literario podría ser comprendido como un hecho hermenéutico, pues, según vemos, representa un momento o elemento operativo de la reflexión hermenéutica. Nos basamos en el uso adjetivo de la palabra “hermenéutica” que puede deducirse de la concepción gadameriana de la esencia de la lectura: “cuando se trata de hermenéutica literaria, se trata de la esencia de la lectura”. De donde, el hecho hermenéutico puede ser comprendido como el objeto de estudio de la teoría de la comprensión, o como “operante” hermenéutico.

Fijemos nuestra atención en la descripción del concepto de “diálogo interno” que ensaya Gadamer al examinar el concepto platónico de pensamiento como diálogo del alma consigo misma: “En un diálogo así, con nosotros mismos, nos hacemos ofertas o las rechazamos, igual que el diálogo con el otro, hasta que obtenemos así un terreno común”21. Es justamente en este terreno común donde se funda la relación literatura-diálogo, lo que Gadamer llama en primer lugar: “hilo conductor”, el cual permite que pueda realizarse la “producción de sentido” tanto en un diálogo como en una obra literaria, pudiendo ésta ser comprendida como una forma de diálogo. Pero lo más determinado que puede llegar a ser ese sentido de la conversación, es el hecho de mantenerse en la comprensión de algo, de donde mantenerse comprendiendo, o buscar la comprensión de algo es, en suma, ese hilo conductor.

“Poema y diálogo se sitúan, uno frente al otro, como posiciones extremas. El poema adquiere existencia como «literatura», el diálogo vive del favor del instante. Pero en ambos se consuma el mismo fenómeno: la producción de sentido”22.

La “producción de sentido” es pues lo común entre diálogo y literatura. En ambas se cuenta con una dirección que mantiene y justifica todo lo que se va diciendo sobre algo, una dirección que se presupone: “si continúo hablando estoy obligado a presuponer que lo que digo tiene sentido”23.

Esta palabra clave (sentido), queda por tanto definida como dirección. Dirección de sí misma:

“El sentido es, como la lengua nos enseña, dirección. [...] Así, todos, cuando se nos dice algo, tomamos la dirección del sentido. El poema que comprendemos y cuyo testimonio nunca se agota, y el diálogo en el que nos encontramos y que, como diálogo infinito del alma consigo misma, no llega a su término, son formas de esa concepción de sentido”24.

Ante estas aclaraciones de Gadamer es inevitable intentar representarnos esa “dirección”, y preguntarnos ¿dirección hacia dónde?. Para Gadamer la dirección de sentido es inagotable, es sostener un diálogo “infinito” que se mantiene sólo por algo común: estar comprendiendo algo. Justamente por esto la literatura puede ser una recolección de sentido, es decir, de fragmentos que son conectados, por el lector, en su propio sentido: “Un poema es siempre un diálogo, porque mantiene constantemente la conversación con uno mismo”25, o también: “El poema nos guía más bien como un diálogo que se desarrolla en la dirección de un sentido inalcanzable”26.

A partir de estas consideraciones podría concluirse, desde Gadamer, que el diálogo constituye el carácter hermenéutico de la literatura, “lo que le da sentido”. El motor que mantiene vivo tanto al diálogo (o acto hermenéutico de suyo) como a la literatura (un modo de acto hermenéutico), es un fenómeno hermenéutico originario, a saber, la dirección de sentido fundada en la actitud esencialmente (pre-)comprensiva del ser humano.

ellos se encuentran
son entrelazados;
los mensajes,
cada uno habla para cada uno;
las palabras sin sonido
son filtradas
y en la palabra transformadas
27

 

Notas:

[1] Cf., Hans-Georg Gadamer: Verdad y método I, Sígueme, A. Agud; R. de Agapito (trad.), Salamanca, 19876, p. 203. (En adelante VM I).

[2] VM I, 212.

[3] Id. 216.

[4] Id.

[5] Hans-Georg Gadamer: Verdad y método II, Sígueme, M. Olasagasti (trad.), Salamanca, 1992, p. 24. (En adelante VM II).

[6] Id. 338.

[7] Id.

[8] Id. 339.

[9] Cf., id.

[10] Id. 340.

[11] “Autoaparición” incluso al ser leído, no sólo al ser escrito.

[12] VM II, 343.

[13] VM I, 217.

[14] VM II, 204.

[15] Hans-Georg Gadamer: Poema y diálogo. Ensayos sobre los poetas alemanes más significativos del s. XX, Gedisa, Daniel Najmías y Juan Navarro (trad.), Barcelona, 1993, p. 146. (en adelante Poema y diálogo).

[16] Id.

[17] VM II, 203.

[18] Id. 356.

[19] Dos líneas antes Gadamer incluye la literatura en la escritura.

[20] VM I, 216.

[21] Poema y diálogo, 146.

[22] Id. 147.

[23] Id. 148.

[24] Id. 149.

[25] Id. 152.

[26] Id.

[27] Poema de Hilde Domin (citado por Gadamer: “Hilde Domin. Dichterin der Rückkehr”, en Gesammelte Werke 9: Ästhetik und poetik II, Tübingen, 1993, p. 327) que alcanza expresar el factum de lo prelingüístico, lo cual contribuye con la apreciación –inspirada en Gadamer– de que al principio no era la palabra, sino el sentido.

 

© Reynner Franco 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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