Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

 

    Ian McEwan

   Expiación

 

     

 

Ian McEwan (1948) no forma parte del repertorio autoral del público lector común, sobre todo de aquél que -heredero de las prácticas lectoras inauguradas por el boom y el postboom- concentra su interés en lo que se publica de este lado del Atlántico y al sur del Río Grande. Es necesario recordar, sin embargo, que McEwan es miembro de la talentosa generación de los Young British Novelists y es ya un narrador legitimado por la crítica y la institución literaria anglosajona, gracias a premios tales como el codiciado Booker en 1998, obtenido por su polémica Amsterdam.

Expiación, considerada por muchos como su mejor logro, es una novela intensa y múltiple que da cuenta de un innegable talento narrativo. El texto integra con éxito, a lo largo de sus más de 400 páginas, las preocupaciones típicas de la metafiction posmoderna, las inquisiciones del thriller sicológico, la dureza de la novela bélica y el drama de un amor (im)posible violentado por el destino.

La familia Tallis es el entramado generacional que da pie y estructura al relato novelesco. Típica representación de la burguesía rural, conformada por un alto funcionario de la maquinaria estatal y Emily, su esposa -prisionera feliz de un matrimonio sin amor; León, el heredero, Cecilia la hija mayor y Briony, la benjamina y narradora-protagonista. Estas forman junto con Robbie, el hijo de la sirvienta, las figuras principales pero no las únicas, de una trama larga, aguda e interesante, ambientada en la Inglaterra del recién pasado siglo.

El argumento, de algún modo lineal y nítidamente reconstruible en sus aristas históricas, plantea una mirada crítica sobre los usos y costumbres británicos -y por extrapolación occidentales- durante todo il novecento. La vacuidad de la vida burguesa de los Tallis, los ritos cotidianos (y agobiantes) de la casa en campiña, la discriminación genérica y social y la crudeza de la guerra son algunos de los tópicos que se entrelazan a través de una prosa cuidada, excelentemente traducida, que sorprende con sus descripciones en filigrana y con voces narrativas de una profunda y tenaz introspección.

Es éste uno de los méritos fundamentales del libro. El rescate de la interioridad del(os) personaje(s), delatada por un narrador omnisciente que no hace concesiones al facilismo, permite ahondar en seres agudamente concientes de sí mismos y de su devenir en el tiempo a través de una determinada historia personal y colectiva. Basta observar las cavilaciones de Briony, que llevando el peso de su insensata, falsa y sostenida acusación de violación contra Robbie, trata de expiar su culpa en los suplicios oblatorios de la enfermería. “Briony sintió que la culpa conocida la perseguía con un furor renovado. (…) restregó a fondo los armarios vacíos, ayudó a lavar bastidores con ácido fénico, barrió y enceró los suelos, hizo recados en el dispensario o en el centro de asistencia social (…) Pero sabía que no servía de nada. Por mucho que fregara y por muy humildes que fueran sus ocupaciones de enfermera, y por bien que las cumpliese o lo duras que resultaran, por más que hubiera renunciado a iluminaciones académicas, o a las vivencias de un campus universitario, nunca repararía el daño. Era imperdonable” (334). La joven muchacha de un temperamento estético se debate entre la conciencia de su culpa y las dotes narrativas que le sirven de catarsis. He aquí uno de los nudos argumentales que atarán al lector, retando su sensibilidad y asombro.

Sí, la escritura es explícitamente tematizada como ejercicio creativo y como arma existencial frente al desamparo. Briony recurrirá a ella, siendo a la vez testigo, actor y víctima de los cruces entre el texto y la vida. Es por eso que Expiación se emparienta sin esfuerzo con las búsquedas literarias de nuestra modernidad tardía: “Lo que la emocionaba de su logro era la concepción, la pura geometría y la incertidumbre distintiva que reflejaban, a su juicio, una mentalidad moderna. (…) Lo que a ella le interesaba era el pensamiento, la percepción, las sensaciones, la mente consciente como un río a través del tiempo, y el modo de representar el flujo de ese avance, así como todos los afluentes que lo engrosaban y los obstáculos que podían desviarlo” (330-331). Autoconciencia del acto escritural y mostración desenfadada de los dilemas éticos y estéticos del quehacer del escritor.

A pesar de su evidente contemporaneidad en formas y temáticas, el texto no resulta -vaya alivio- decadente. A diferencia de otras obras de McEwan, Expiación ofrece al lector, sin mojigaterías, pero sin estridencias- el gusto de una prosa exquisita -a veces, algo excesiva en sus descripciones- que no rehuye lo abyecto u oscuro, sabiendo pisar el fango sin anegarse en el mismo. Arrebatos pasionales, incomunicación de la pareja, traiciones, mentiras y, de nuevo, el fragor de la guerra siempre recurrente son algunas de las ‘regiones humanas’ a las que nos transporta el texto. Y todo ello, sin renunciar a la ternura, a la compasión por el sufriente y al clamor de la conciencia cuando se yerra, incluso sin remedio…

En este sentido, Expiación sugiere una posibilidad de redención (intraterrena), sin noticias visibles de Dios, varios de sus personajes tratan de ajustar dignamente cuentas con su historia: Robbie se levanta de su desgracia, Cecilia echa a andar sola y contra el mundo y Briony -un poco al estilo de un célebre jarrón familiar roto y vuelto a recomponer- intenta deshacer los entuertos de su propia narrativa vital. Secularizados pero no por eso antieclesiales, este trío de personajes apuesta por la autenticidad aunque parezca cerrarse las puertas a la trascendencia.

Otro valor de la novela es su carácter ético-reflexivo. Una mirada atenta al detalle natural o arquitectónico o a la simple anécdota saca conclusiones lejanas tanto del pensamiento light como del pesimismo posmoderno, proyectándose sobre el significado moral de cada acto humano. Es el caso, por ejemplo, de la logradísima “Segunda Parte” en la que Robbie narra su arduo escape en la retirada inglesa de Francia en manos de los nazis. Segmento de la novela salpicado de concientes actos de piedad a favor de las víctimas en medio del pavor de la desbandada británica. Piedad que no oculta la atmósfera de culpa que impregna el conflicto bélico: “Los testigos eran también culpables. Hemos presenciado todo el día los crímenes de los demás. ¿No has matado a nadie hoy? Pero ¿a cuántos has dejado morir? En este sótano guardaremos silencio al respecto” (307).

¿Hasta que punto nuestro temperamento puede arrastrarnos hasta parajes sin retorno? ¿Es posible expiar nuestras culpas mediante el sacrificio de una vida austera, como penitencia autoimpuesta por un fatal equívoco? ¿Es la escritura un modo de justicia o de balance de la existencia? Y si así fuese, ¿basta con reescribir la historia para desembocar en el reino de lo bello, lo bueno y lo verdadero? Son estas algunas de las interrogantes que quedan resonando en el ánimo, después de la travesía narrativa de esta Expiación ofrecida a la Vida (o al lector) de manos de la prosa de Ian McEwan.

Erasto Antonio Espino Barahona
Universidad Santa María La Antigua / Universidad de La Sabana
Bogotá, 22 de Junio de 2004


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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2004