Eco nerudiano
A cien años de su luz

Pablo Mora


 

   
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Hijo de la lluvia, nacido para nacer, para volver a ser, debe volver y ser. Para llevar en su mano la paloma que duerme reclinada en la semilla. Para rodear con su mano la nueva sombra del ala que crece. Para nacer en los bosques de la ceniza terrestre y tejer los altos besos del follaje. Debe volver y ser. Tenderse en la noche para que lo arrastre la rabia del viento, los vientos de la noche, tenebrosa de vientos. Vientos de la aurora del viento.

Árbol de largas ramazones, con los ávidos ojos florecidos de lejanía, ilumina las palabras, con su silencio mineral de tiempo y de especie, de fuego, brasa y espíritu, de agua, estrella y dolor. Corazón de pan, de harina de trigo rumoroso, que el tiempo lava y desenvuelve, ordena y continúa, su poesía parte y regresa. En la casa de su poesía no permanece nada sino lo que fue escrito con sangre para ser escuchado por la sangre.

Su poesía regional, dolorosa, lluviosa -lluvia y humareda- tuvo siempre confianza en el hombre. Su único personaje inolvidable fue la lluvia. Fue galopando en el viento sobre el caballo de la lluvia. Su poesía, venida de alturas insondables, secreta y oscura, en sus orígenes, solitaria y fragante, como el río, busca ruta entre los montes y sacude su canto cristalino en las praderas. Riega los campos y da pan al hambriento. Camina entre las espigas, semillas para la América. Sacian en ella su sed los caminantes y canta cuando luchan o descansan los hombres.

Canto y fecundación, la poesía trabaja haciendo harina. Es una insurrección. El poeta, el hombre que nos entrega el pan de cada día; el panadero más próximo, que no se cree dios. Nuestras estrellas primordiales, la lucha y la esperanza, si queremos que florezca la oscuridad. Al poeta -nos reclama- debemos exigirle sitio en la calle y en el combate, así como en la luz y en la sombra. El honor de la poesía fue salir a la calle, fue tomar parte en este y en el otro combate. No se asustó el poeta cuando le dijeron insurgente. La poesía es una insurrección. No se ofendió el poeta porque lo llamaron subversivo. Esperamos cada día cambios inmensos; vivimos con entusiasmo la mutación del orden humano: La primavera es insurreccional.

No vivió en sí mismo; vivió la vida de los otros. Su vida, una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta. Quien no conoce el bosque nerudiano, no conoce este planeta. Su ambición, una poesía que englobara, no sólo al hombre sino a la naturaleza, a las fuerzas escondidas; una poesía epopéyica que se enfrentara con el gran misterio del universo y también con las posibilidades del hombre. Con las palabras, las que cantan, las que suben, las que bajan… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen…

Su poesía, grandiosa, de dimensiones sobrehumanas. Siempre, un acto de paz. El poeta nace de la paz como el pan nace de la harina. Su poesía procede de la oscuridad del ser que va paso a paso encontrando obstáculos para elaborar con ellos su camino. La poesía -advierte- no muere, tiene las siete vidas del gato. La molestan, la arrastran por la calle, la escupen y la befan, la limitan para ahogarla, la destierran, la encarcelan, le dan cuatro tiros y sale de todos estos episodios con la cara lavada y una sonrisa de arroz.

Su camino se junta con el camino de todos. De pronto ve que desde el sur de la soledad ha ido hacia el norte que es el pueblo, el pueblo al cual su humilde poesía quisiera servir de espada y de pañuelo, para secar el sudor de sus grandes dolores y para darle un arma en la lucha del pan. No busca el misterio, es el misterio. Su poesía es parte material de un ambiente infinitamente espacial, de un ambiente a la vez submarino y subterráneo. Conversa a pleno día con fantasmas solares, explora la cavidad del material escondido en el secreto de la tierra, determina las relaciones olvidadas del otoño y del hombre.

Alta ciudad de piedras escalares. Madre de piedra espuma de los cóndores. Alto arrecife de la aurora humana. Escala torrencial párpado inmenso. Ola de plata dirección del tiempo. Campana patriarcal de los dormidos. Sube conmigo amor americano. Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta. A través de la tierra juntad todos los silenciosos labios derramados. Afilad los cuchillos que guardasteis, ponedlos en mi pecho y en mi mano, acudid a mis venas y a mi boca, hablad por mis palabras y mi sangre.

América en tu mano, Amerikúa, canto de sol y terribles presagios, noche triste de espigas y de versos negros, no se rinde la novia sumergida. En la garganta pastoril de América, en el sur los dignos antepasados de tu estirpe se remontan a las alturas de Los Andes, se codean de tú a tú con los cóndores, para encontrarse verso a verso entre tus fauces, piedra con piedra en tu mundo hijo de Wiracocha, de Moctezuma, Guaicaipuro. Estrella dulce aquella diosa india. América enterrada guardaste tanta hambre, águila herida habla con las palabras de la sangre, acude a las venas de la lucha, entre hierros y volcanes derramada la herida, se hace un silencio de agua diluido en la esperanza.

Esperó largo tiempo, solo, con el corazón acongojado por la oscuridad de la noche extranjera. De pronto apareció una luz y otra luz. El camino se llenó de luces. Presenció las maravillosas danzas rituales y escuchó hasta que salió el sol la deliciosa música que invadía el camino. El poeta no puede temer del pueblo. La vida le hizo una advertencia, le enseñó para siempre una lección: la lección del honor escondido, de la fraternidad que no conocemos, de la belleza que florece en la oscuridad.

Subió hasta las ruinas de Macchu Picchu. Se sintió infinitamente pequeño en el centro de aquel ombligo de piedras; ombligo de un mundo deshabitado, orgulloso y eminente, al que de algún modo él pertenecía. Sintió que sus propias manos habían trabajado allí en alguna etapa lejana, cavando surcos, alisando peñascos. Encontró en aquellas alturas difíciles, entre aquellas ruinas gloriosas y dispersas, una profesión de fe para la continuación de su canto. Del aire al aire, como una red vacía, fue entre las calles y la atmósfera, llegando y despidiendo. Puso la frente entre las olas profundas, descendió como gota entre la paz sulfúrica, y, como un ciego, regresó al jazmín de la gastada primavera humana.

Su poesía y su vida transcurrieron como un río americano. Su poesía no rechazó nada de lo que pudo traer en su caudal; aceptó la pasión, desarrolló el misterio, y se abrió paso entre los corazones del pueblo. Le tocó padecer y luchar, amar y cantar; le tocaron en el reparto del mundo, el triunfo y la derrota, probó el gusto del pan y el de la sangre. Su premio, ese momento grave de su vida, cuando en el fondo del carbón de Lota, a pleno sol en la calichera abrasada, desde el socavón del pique subió un hombre como si ascendiera desde el infierno, con la cara transformada por el trabajo terrible, con los ojos enrojecidos por el polvo, y, alargándole la mano endurecida, le dijo con ojos brillantes: “te conocía desde hace mucho tiempo, hermano”. Ése el laurel de su poesía: ese agujero en la pampa terrible, de donde sale un obrero a quien el viento y la noche y las estrellas de Chile le han dicho muchas veces: “no estás solo; hay un poeta que piensa en tus dolores”.

Se consustanció con su pueblo. De ahí que afirmara rotundamente: “Asumí el deber antiguo de los poetas: la defensa del pueblo, de la pobre gente explotada.” “El amor debe poner sobre la mesa sus cartas de fuego.” Aspiró a que cada uno de sus cantos sirviera en el espacio como signo de reunión donde se cruzaran los caminos. De ahí que un día y siempre se encontró con el partido, su partido. El que le dio la rectitud que necesita el árbol. Le enseñó a dormir en las camas duras de sus hermanos. Pero sobre todo le hizo ver la claridad del mundo y la posibilidad de la alegría. El que le convenció de que él no terminaba en sí mismo. Por eso, en Estocolmo declaró tajantemente:

... En la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara y levanta objeciones amargas y amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

Sucede que voy a vivirme -nos reitera-. Sucede que soy y que sigo. Se trata de que tanto he vivido que quiero vivir otro tanto. Déjenme solo con el día. Pido permiso para nacer. Para nacer he nacido. Para volver a ser. Debo volver y ser. Volver a ser furia y perfume. ¿Quién puede enseñarme a no ser, a vivir sin seguir viviendo? Fui de rumbo en rumbo, con calor, con frío y con prisa y todo lo que no vi lo estoy recordando hasta ahora, todas las sombras que nadé, todo el mar que me recibía… Estoy en mi sitio de siempre. Tengo un árbol con tantas hojas que aunque no me jacto de eterno me río de ti y del otoño. Yo llegaré con mi equipaje a cosechar el primer vino en los sombreros del Otoño. Alguna vez si ya no somos, si ya no vamos ni venimos, estaremos juntos, extrañamente confundidos. En América sacudida por tanta amenaza nocturna no hay luna que no me conozca, ni caminos que no me esperen… el movimiento perpetuo de un hombre claro y confundido, de un hombre lluvioso y alegre, enérgico y otoñabundo… El pueblo me identificó y nunca dejé de ser pueblo.

A puro sol escribo, a plena calle, a pleno mar, en donde puedo canto, sólo la noche errante me detiene… Y no me canso de ir y de volver, no me para la muerte con su piedra… y sé que sigo y sigo porque sigo y canto porque canto y porque canto… A plena luz camino por la sombra... Ni un hombre más que pase sin que reine. Ni una mujer sin su diadema… Creo que los que hicieron tantas cosas deben ser dueños de todas las cosas. Y los que hacen el pan deben comer! Y deben tener luz los de la mina! Y de alguna manera decidir dónde plantar los árboles, de nuevo.

Compatriotas del mundo, kinchiltunes de amor, llegó la hora del trece, calendario perfecto de los tiempos de la serpiente de plumas encantadas, hasta las hondas lejanías del guillatún. La machi está alegre por el vendaval mientras él viene del surco del sentir, llega a la tierra de su voz para cantar una canción desde sus alas crecientes.

Dice amor y el mundo se puebla de palomas. De suavizadísmos vestigios construyó con hacha, cuchillo, cortaplumas, madererías de amor y edificó pequeñas casas de catorce tablas para que en ellas vivieran los ojos de su amada, el volumen azul de su dulzura, y allí donde respiran los claveles desplegará un traje que resista la eternidad de un beso victorioso.

Algo pasa y la vida continúa, ya todo lo que falta será azul, lo que ya necesita es florecer. Y eso es trabajo de la primavera.

Nacido para nacer, para volver a ser, debe volver y ser. Como una vieja lágrima enterrada que vuelve a ser semilla.

Canelo, relámpago, raulí, siempre junto a su pueblo, su camino, su palabra, su esperanza y el azul de todo lo que falta, no tiene más remedio que vivir.

Este presente liso como una tabla, fresco, esta hora, este día limpio como una copa nueva. Álzalo. Ofrécelo a la vida. Llévalo a la calle y al jardín. Paséalo. Ponlo frente al sol. De cara al porvenir. En santa paz. Tintinéalo. Recuérdalo. Nada en él de cobarde o de maldad -del pasado no hay una telaraña-. Fanal, aurora, amanecer, camino. Un camino entre el vientre de la hoja. Camino caminando con el viento o viento deshojado en el camino.

Tocamos con los dedos el presente, cortamos su medida, dirigimos su brote, está viviente, vivo, nada tiene de ayer irremediable, de pasado perdido, es nuestra criatura, está creciendo en este momento, está llevando arena, está comiendo en nuestras manos. Vivo, en nuestras manos, echémoslo al voleo. Niño, virgen, transparentemente azul, librémoslo de mal. Dejémoslo correr. Grabémoslo, hondo, en el fogón. Cuidémosle su tino, sus ansias, ilusiones. Sus alas, todas, libres tras los cielos.

Cógelo, que no resbale, que no se pierda en sueños ni palabras, agárralo, sujétalo y ordénalo hasta que te obedezca, hazlo camino, campana, máquina, beso, libro, caricia, corta su deliciosa fragancia de madera y de ella hazte una silla, trenza su respaldo, pruébala, o bien escalera! Defiéndelo. Consiéntelo. Quiérelo. Hazlo surco, arado, sueño, cabecera. Hazlo árbol, fuego, girasol, lucero. Arroyo, fogonazo, campanada. Vereda, resplandor y compañero.

Sube en el presente, peldaño tras peldaño, firmes los pies en la madera del presente, hacia arriba, hacia arriba no muy alto, tan sólo hasta que puedas reparar las goteras del techo, no muy alto, no te vayas al cielo, alcanza las manzanas, no las nubes, ésas déjalas ir por el cielo, irse hacia el pasado. Alcanza tu mañana. Arriba! Arriba! Hacia la estrella! A ésta bájala hasta el suelo! A pesar de huracán o ventisquero, con el arma cargada de esperanza, al frente, a la vanguardia, de primeros. Álzate temprano. Ábrete camino. Sube la cima donde ondean -de noche- las luciérnagas.

Tú eres tu presente, tu manzana: tómala de tu árbol, levántala en tu mano, brilla como una estrella, tócala, híncale el diente y ándate silbando en el camino. Tú eres tu camino, tu aldabón. Ándate silencioso, fraternal. Asegura, furente, la batalla. Elévate, soldado, en el fragor. A pesar del presagio, corre, vuela, en el viento, en la sierra, en la arboleda. ¡Tú sólo eres un sol, alienta, brilla! ¡Tú siempre tu presente, sueña, alumbra! ¡Sube a nacer conmigo, hermano!

Pablo Neruda, Padre otoñabundo,
Catatumbo de sangre americana,
al fin el mundo supo de tu sombra
al borde de tus últimos latidos.

Vástago de raigambre diluviana,
interrogaste al tiempo en cada aurora
y frente al mar, clavada tu mirada,
velaste con tu propia rebeldía.

Fueron tus resistencias permanentes
y con todas las buenas intenciones
regaste por el orbe tu semilla.

Camarada, araucano obligatorio,
por el sol de tu sueño planetario
tendrás siempre una América en tu mano.

Julio, 2004

 

© Pablo Mora 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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