El regreso de Neruda hacia el fondo de sí mismo

Américo Martín


 

   
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No tengo el menor inconveniente en decir que algunos de los versos de amor de Pablo Neruda y varias de las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer son los mejores poemas románticos que se hayan escrito. Las aguas del tiempo me han hecho dejar atrás el énfasis excesivo y la hipérbole; por eso sé muy bien lo que quiero decir al afirmar que las notas de amor de estos dos grandes poetas son la más depurada expresión del decir romántico. El romanticismo de Bécquer es tardío y no arquetípico. El de Neruda, discutible. Diré pues la primera paradoja del bardo chileno, no la única, como se verá: los más elevados poemas románticos fueron escritos por dos hombres que difícilmente puedan ser encuadrados en el género. Diría más: tal vez por eso la perdurabilidad de tales versos que al conservar su vigor podrían considerarse clásicos, en la acepción de lo clásico como modelo para todos los tiempos. Porque sin necesidad de establecer unas determinadas reglas cual hicieron los críticos de Moliere, Racine, Lafontaine o Bossuet, que nos dieron la definición francesa del clasicismo del siglo XVII, la historia ha transformado el concepto para terminar atribuyéndolo a aquellas obras que pueden ser reproducidas siempre, y dar pautas para generaciones y nuevas generaciones en cualquier parte. En ese sentido, son clásicos Cervantes, Shakespeare, varias obras de Quevedo, varias de Lope, Góngora y Calderón, algo de Antonio Machado, un poema (Castilla) de Manuel Machado, La Marcha Nupcial y algo más de Darío. Y Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada, y las Rimas, de Gustavo Adolfo, eso sí: depuradas éstas de la languidez mortecina que a una que otra vez asalta su pureza diamantina.

Porque si analizamos con la emoción que despierta, pero con rigor crítico, los poemas de amor de Neruda descubriremos que hay allí romanticismo, sí, pero también se descubre la presencia modernista en el ímpetu de creación, de renovación formal. Y detrás del escenario se entrevé la presencia del simbolismo francés, y estalla también el surrealismo en metáforas que desordenan la lógica y sin embargo fluyen con absoluta normalidad, sin violencia, sin ripios. ¡Tantas cosas en un muchacho de 23 años!

Antes del Canto General y de su etapa final, las Odas Elementales, que para mí es la cúspide de su hacer poético porque el poeta recupera su dominio total sobre lo que escribe sin pagar tributo a la historia o al partido, Neruda publica Residencia en la Tierra. Aunque es todavía muy joven, el residuo romántico se ha ido reduciendo a una actitud pesimista ante la vida. Es por supuesto una obra de gran fuerza, de un vigor extraordinario que recordaría a Whitman -de quien siempre se confesó admirador- de no ser precisamente porque el canto del norteamericano exuda el optimismo de una sociedad pujante y nueva como lo era su país antes y después de la Guerra de Secesión. ¿Era un pesimismo tuberculoso como el de los más puros intérpretes del género en América? ¿O se trataba de un primer pago a la época, un pesimismo político y no existencial? No se había afiliado aún el poeta de Temuco al partido comunista. Esa pulsión que arrastró quizá a la mayoría de los intelectuales a las filas de un movimiento dogmático y cerrado a la libre expresión, fue determinada por el sacudimiento universal de la guerra española y la sombra oscura de la conflagración universal, para la que el choque que despedazó a los españoles no fue sino un ensayo de barbarie, un experimento que hizo estallar convicciones y desató una enloquecida toma de conciencia. El partido comunista despuntaba entonces como "la otra opción" y la valentía de sus militantes en las cárceles y trincheras parecía mostrar cuál era la fragua del nuevo hombre. Los bárbaros atropellos y la dictadura salvaje en Rusia no serían sino accidentes inevitables en la causa de la redención del hombre Pero el acercamiento de Neruda y de buena parte de la Generación del 27 al partido de los comunistas ocurrió a partir de 1936. Neruda mismo formalizó su militancia en 1944. Residencia en la tierra recoge poemas de diez años, entre 1925 y 1935. Era Neruda todavía un alma soberana en su inspiración, y en buena medida lo siguió siendo aún en la época de Un canto de amor a Stalingrado o en el entramado poético A mi Partido, incluido en el Canto General.

Me enseñaste a encender la bondad, como el fuego
Me enseñaste a dormir en las camas duras de mis hermanos
Me hiciste adversario del malvado y muro del frenético
Me has hecho indestructible porque contigo no termino en mí mismo.

Si olvidamos por un momento que se está refiriendo a un bronco partido e imaginamos que quien inspira estos grandes versos es Dios, una mujer, o un héroe anónimo, podríamos descubrir la libertad no hipotecada del verso de Neruda.

No fue la guerra entonces la determinante del pesimismo ni proviene éste de la enfermiza sensibilidad hacia la que terminó arrastrándose el romanticismo. No había asumido Neruda su militancia partidista. ¿Y entonces qué? Podemos levantar la hipótesis de la política, pero la de Chile. En cierto modo, Chile es original en el hemisferio hispano-parlante. Tierra sin caudillos, instituciones relativamente más sólidas que las de los restantes países hemisféricos, presencia de una inmigración alemana masiva en el sur, que según Richard Konetzke (La época colonial) habría debilitado la herencia cultural hispánica, fue Chile también un país de estabilidad y crecimiento capitalista temprano. Hacia esa tierra fluyeron centenares de obreros procedentes de Europa, gran número de los cuales venían de las filas y polémicas del anarquismo de Malaparte y del socialismo en todos sus matices.

Fue escenario de grandes luchas sindicales, que llegó a encabezar un líder esforzado, Luis Emilio Recabarren. De 1900 a 1910 hubo una década sangrienta, y ya antes, en 1887, un dirigente de los zapateros de Santiago podía decir: unidos como un solo hombre podemos decir al despótico capitalismo que queremos una remuneración más justa. Cuatro años antes de Residencia en la tierra, en 1920 se había fundado en Valparaíso el partido comunista chileno. Salía envuelto en el sudor y la tensión de las luchas sindicales y políticas más tensas y de más sentido europeo de América Latina. Y en 1924 todo aquello se deslizó inevitablemente hacia la intervención de los militares. Al final triunfa un coronel sediento de poder y sangre: Carlos Ibáñez del Campo. Para entronizarse apartó a codazos a diez generales y más de cuatrocientos oficiales subalternos. En medio de ese turbión político-social, el joven Neruda, seguramente sensible a estos acontecimientos, debió sentirse preocupado y decepcionado por el porvenir inmediato de Chile. Posiblemente la caída de sus particulares cristos del alma, visible en Residencia en la Tierra, obedeció a esos hechos demasiado presentes en su país y en su propia vida.

El partido comunista y la literatura de compromiso, al calor de la contienda en España y de los preparativos de la guerra mundial II, ofrecieron una salida a las desesperadas angustias existenciales del dadaísmo, el ultraísmo, el surrealismo y el creacionismo (este último, del chileno Vicente Huidobro). Asumir la militancia fue como recuperar la fe y enfrentar el futuro con optimismo. Los desastres de la Humanidad aparecieron ahora como una expiación. Todo aquello era el sacrificio necesario que nos conduciría al triunfo de la razón, a un hombre sin egoísmos y pequeñeces, dispuesto a compartirlo todo en hermosa hermandad universal. Las graves deformaciones del partido serían las del instrumento imperfecto -al fin y al cabo diseñado con materiales de la vieja sociedad- que en el fin conseguido se purifica y perfecciona. Perdonar los crímenes, las injusticias y las feroces persecuciones contra el compañero de ayer fue un costo que debía pagarse para impedir que la nueva aurora fuera aplastada por la vesania de los imperios del pasado. Trotsky pudo ser acusado de agente de la CIA, lo que autorizaría su asesinato, porque al criticar a la URSS servía a sus enemigos. -¿Pero cree usted sinceramente que se haya convertido en un espía occidental?, preguntó asombrado Sartre a Roger Garaudy, para entonces ideólogo oficial de partido comunista francés. -Objetivamente sí, le respondió el otro. Criminal objetivo sería el que se atreviera a criticar al rojo zar bolchevique o a dudar del nuevo evangelio.

Los sacrificios del presente pavimentarían el camino hacia el anhelado horizonte sospechado por la Humanidad a lo largo de centurias. Por eso el pesimismo tendría una connotación reaccionaria. Neruda repudió entonces los versos de su maravillosa Residencia en la Tierra, libro que conforme a su nuevo Testamento no enseñaría a vivir sino a morir. La Tercera Residencia y parte del Canto General darían cuenta del viraje del poeta. Varios poemas panfletarios, partidistas, destinados a imponerse a sí mismo una forzada metafísica revolucionaria contra la cual no cabrían vacilaciones ni dudas.

No pocas estrofas lamentables que no impiden que brote como llaga de luz la fuerza inmortal del Canto General, solo comparable al Canto a Mí Mismo de Walt Whitman y al prodigioso Paraíso Perdido de John Milton.

Madre de piedra -dedica Neruda a Macchu Picchu-, espuma de cóndores
Alto arrecife de la aurora humana

Las Odas Elementales fueron el último puerto de la travesía del poeta.

Atrás quedó la fácil versificación partidista, la idea maniquea, la creencia en el hombre nuevo del rojo falansterio, arquetipo platónico que separa de la realidad viviente el concepto. No hay hombre distinto al que tenemos, con sus pasiones, dolores, entregas, vacilaciones, genuflexiones, heroísmo y amor. La verdad está en las cosas sencillas. La belleza está en ellas y no en un inaccesible Topos Uranos. El homenaje a los objetos con los que convivimos casi sin darnos cuenta -como la cebolla, la pareja- pasa a ser el momento culminante de un lirismo que se derrama y descubre la belleza en la realidad cotidiana. Y ese regreso simple como el pan nos entrega como una ofrenda de armonías toda la sabiduría de un escritor inmortal, uno de los más grandes que haya nacido en los dominios de la América Hispana.

 

© Américo Martín 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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