Matilde, la musa de Neruda

María Elvira Luna-Escudero-Alie
Howard University/The Johns Hopkins U./SAIS
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A Mati Luna Escudero-Martin

El 12 de julio de este año celebramos el centenario del nacimiento de uno de los poetas más importantes de habla castellana, el chileno Pablo Neruda, (1904-2004), laureado con el Premio Nobel de literatura en 1971. Pablo Neruda le cantó a Chile, a España en plena Guerra Civil, a Macchupicchu, a la cebolla, a la sal, a la sandía, al sol, al mar, a los calcetines, a la tortuga, a Miguel Hernández, a Rafael Alberti, a Nazim Hikmet, a los desesperados del mundo; pero sobre todo al amor.

La primera esposa de Neruda fue María Antonieta Hagenaar, la segunda; Delia del Carril, y la tercera y definitiva: Matilde Urrutia (María Matilde Urrutia Cerda). Matilde fue sin duda, la musa inspiradora de los versos de amor más conmovedores y apasionados que la exhuberante pluma de Neruda rubricó para siempre. ¿Quién no se ha estremecido de amor al leer el melancólico y quizás por eso tan hermoso poema 20 de; “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” ? ¿Quién no le ha agradecido secretamente a Neruda por haber facilitado con su magnífico talento lírico la dinámica de muchos romances?

A Matilde Urrutia; la “Chascona de Chillán”, “el amor de otoño” de Neruda, su misteriosa “Rosario de la Cerda” en los “Versos del Capitán”, su “diadema”, la bienamada de los “Cien Sonetos de Amor”, Neruda le dice con modestia que su inspiración emana sólo de ella, y que sus versos no existirían si no fuera por su mágica presencia. Esta es la dedicatoria que le escribió en “Cien sonetos de amor”:

A MATILDE URRUTIA

Señora mía muy amada, gran padecimiento tuve al escribirte estos mal llamados sonetos y harto me dolieron y costaron, pero la alegría de ofrecértelos es mayor que una pradera. Al proponérmelo bien sabía que al costado de cada uno, por aficción electiva y elegancia, los poetas de todo tiempo dispusieron de rimas que sonaron como platería cristal o cañonazo. Yo con mucha humildad hice estos sonetos de madera, les di el sonido de esta opaca y pura substancia y así deben llegar a tus oidos. Tú y yo caminando por bosques y arenales, por lagos perdidos, por cenicientas latitudes, recogimos fragmentos de palo puro, de maderos sometidos al vaivén del agua y la intemperie. De tales suavizadísimos vestigios construí con hacha, cuchillo, cortaplumas, estas madererías de amor y edifiqué pequeñas casas de catorce tablas para que en ellas vivan tus ojos que adoro y canto. Así establecidas mis razones de amor te entrego esta centuria: sonetos de madera que sólo se levantaron porque tú les diste vida.

Octubre de 1959

El poemario está dividido en tres partes: los sonetos de la mañana, los de la tarde, y los de la noche, y el primer soneto de los cien es el que nos explica lo que el nombre de su bienamada representa para él. La mañana para el poeta comienza con el nombre de su amada: Matilde, y la voz poética se interroga desde la primera línea por la naturaleza de la amada: “Matilde, nombre de planta o piedra o vino…”, como si se preguntara: ¿Quién eres, Matilde?, o incluso ¿qué eres ? ¿eres real o mítica”. La amada aparece desde la primera estrofa como un ser inalcanzable que aún sin estar bien definido tiene el poder de dominar la naturaleza.

El nombre Matilde se asocia en el poema a lo más intenso y permanente; a la tierra, al color verde de la esperanza, y al vino de la celebración. En la segunda estrofa hay un rumor de mar, y nuevamente el nombre de Matilde está vinculado al fuego de la pasión amorosa, que sólo el agua purificadora podrá calmar, sólo los atributos del agua sanarán las llagas del “corazón calcinado” del poeta. Recordemos que el fuego de acuerdo a Heráclito tiene un valor dialéctico en tanto agente de destrucción y renovación, y en los versos de Neftalí Reyes, Neruda para nosotros, el fuego también cumple una función dialéctica; “enjambres de fuego azul marino” y “boca abrasadora”.

En las dos primeras estrofas es el sentido de la vista el que prevalece, pues las imágenes son muy claras y los colores resplandecientes, en la segunda estrofa también hay imágenes auditivas; como “navíos de madera”, y “el río”, mientras que en la tercera estrofa el sentido del olfato es el que triunfa: “...la fragancia del mundo”. Y en la última estrofa es el sentido del tacto el que destaca: “…oh invádeme con tu boca abrasadora…”

Este poema que da comienzo a la mañana también puede dividirse en distintos momentos de un día: la primera estrofa inicia el día al preguntarse por el origen de la bienamada, la segunda es un viaje hacia el corazón del día que a su vez es el del poeta, la tercera estrofa es un deleitarse en el misterio descubierto “bajo una enredadera”, que a su vez nos conecta a nivel sensorial con el mundo y todas sus fragancias, la última estrofa es la caída de la noche donde el amor reina, y acaso el poeta se rinde absolutamente frente a su amada, esa diosa pagana que rige el universo panteísta de Neruda en este poema.

Indica Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos, citando a Gastón Bachelard, que el perfume, en este caso la fragancia, se asocia a los recuerdos, a las reminiscencias, y tanto en San Juan de la Cruz como en Nietzsche el aire perfumado se vincula a la nostalgia. Entonces, si aplicamos estas líneas al poema de Neruda diremos que el nombre Matilde nos relaciona con la nostalgia, al aproximarnos a la “fragancia del mundo”.

Matilde en este poema puede también ser una representación del arte poética: el poeta se pregunta por su verdadera naturaleza, la de la poesía, y luego se deja navegar por ella con cierto desasosiego, para finalmente entregrarse a ella sin reparos aunque esta entega sea también una inmolación: “…pero en tu nombre déjame navegar y dormir”, ¿dormir para siempre en nombre de la poesía?

Soneto I

Pablo Neruda

Matilde, nombre de planta o piedra o vino,
de lo que nace de la tierra y dura,
palabra en cuyo crecimiento amanece,
en cuyo estío estalla la luz de los limones.

En ese nombre corren navíos de madera
rodeados por enjambres de fuego azul marino,
y esas letras son el agua de un río
que desemboca en mi corazón calcinado.

¡Oh nombre descubierto bajo una enredadera
como la puerta de un túnel desconocido
que comunica con la fragancia del mundo!

Oh invádeme con tu boca abrasadora,
indágame, si quieres, con tus ojos nocturnos,
pero en tu nombre déjame navegar y dormir.

El nombre Matilde es de origen germánico, viene probablemente de la voz: Maht-hild, que significa: “guerrero fuerte”, y nos trae reminiscencias de los Nibelungos, pues lo asociamos con Brunilda, y Crimilda. Han habido muchas Matildes famosas en la historia tal como nos indica el Almanaque de Santoral y Onomástica, como por ejemplo: Santa Matilde, reina de Alemania, nacida en Wesfalia en 895, Matilde la Condesa, Santa Matilde reina de Inglaterra, etc. Matilde Urrutia, o Matilde-amor vivirá en la memoria de todos los enamorados del mundo, gracias a las bellas imágenes que evocó en Pablo Neruda, y que nadie puede dejar de leer sin “un asombro antiguo”, como dijera Borges acerca del fuego en su maravilloso: “Otro poema de los dones”, o sin sentir una conmoción telúrica de arrebatadora pasión.

 

© María Elvira Luna-Escudero-Alie 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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