El río invisible

Erasto Antonio Espino Barahona
Universidad Santa María La Antigua
Universidad de La Sabana


 

   
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La calidad literaria de un texto se evidencia, básicamente, en su escritura. Esto es, en el cruce de una retórica (de un estilo) con una toma de posición o, para decirlo sociológicamente, con una ideología.

En el caso del insigne poeta chileno y premio Nobel de Literatura, Pablo Neruda (1904 - 1973) dicho cruce fue siempre evidente. La forma literaria de sus versos estuvo absolutamente amalgamada con su recorrido vital e intelectual. Según las posturas que fue asumiendo personal y poéticamente, así se fue poblando su escritura de nuevas soluciones expresivas.

Y, sin embargo, a pesar de lo anterior, cualquier lector atento percibe un núcleo, un cierto magma irreductible que aparece en toda la producción nerudiana y que probablemente sea su identidad, su cifra secreta como hombre y poeta.

Para acercarnos a esa dimensión original y propia de Neruda, Seix Barral nos ofrece un libro póstumo y esencial, El río invisible (1980)1. El texto -subtitulado ‘Poesía y prosa de juventud’ es fruto de la acción conjunta de Matilde Urrutia -viuda del poeta- y del escritor chileno y amigo de Neruda, Jorge Eduards. El libro, que reproduce en su portada un vigoroso cuadro de Tapies sobre obras fundamentales de Neruda, representa un aporte invaluable para una debida y completa lectura de la obra del Nobel. Lectura obligada por la presente coyuntura del Centenario del nacimiento del poeta. Ocasión para re-visitar sus dominios textuales.

La lectura de El río invisible tiene mucho de confidencia o mejor, de expedición al origen mismo de una productividad (literaria). Un viaje a la semilla, como diría Carpentier. Dicho viaje permite conocer ab ovo las intuiciones y los mundos poéticos que habitarán luego -con maestría- toda su obra literaria.

En efecto, poemas como “Número y nombre” y “Mis ojos” exhiben esa visión desolada del mundo que teñiría años después ese monumento vanguardista que sería Residencia en la tierra I, II (1925-35). El mismo lenguaje caótico, de entes fragmentados y metáforas angustiosas lo encontramos en versos como éstos:

De un sueño al sueño de otros!
De un rayo húmedo, negro,
vertiendo sangre negra!
Qué corcel espantoso
de brida soñolienta
y látigos de espuma
y patas paralelas!
(128)

De igual modo, puede hallarse el tono melancólico e intensamente neorromántico de los Veinte poemas y una canción desesperada (1924) en un poema -aún deudor del Modernismo- titulado “Luna”, texto en el cual el poeta canta la pérdida temprana de su madre:

Cuando nací mi madre se moría
(…)
Era su cuerpo transparente. Ella tenía
bajo la carne un luminar de estrellas.
Ella murió. Y nací.
                          Por eso llevo
un invisible río entre las venas,
un invencible canto de crepúsculo
que me enciende la risa y me la hiela.
Ella juntó a la vida que nacía
su estéril ramazón de vida enferma.
El marfil de sus manos moribundas
tornó amarilla en mí la luna llena.
(…)
…Esta luna amarilla de mi vida
me hace ser un retoño de la muerte.
(91)

Una similar tensión emocional -pero expresada en un lenguaje que anuncia el discurso y la imaginería de la vanguardia- se percibe en el poema “Humildes versos para que descanse mi madre”: Texto en realidad dedicado a la memoria de la que fuera su madrastra, la mamadre a quien el poeta siempre evocó con tanto afecto:

Pediste poco en este mundo, madre mía (…)
Tu vida era una gota de miel temblando apenas
en el umbral del sueño y del perfume,
sagrada estabas ya como dulce madera
de altar, o como aureola de ceniza o de nube.
(134)

Por otra parte, en ‘De mi vida como estudiante’, poema todavía de inexperta factura, se otea esa elección vital y literaria de lo cotidiano como material poético, elección que dará frutos maduros en las famosas Odas elementales (1954).

A su vez, la mirada crítica a la sociedad y la solidaridad con los últimos, tan características de su combativo Canto General (1950) se hallan delineadas en “El Pueblo” y “Los hombres”, dos retratos en prosa que hacen parte de las “Glosas de la Provincia” (157-159).

Pablo, en el atardecer, ha sentido sobre él una gran tristeza. Se ha encontrado un amigo de antes y han vagado un poco por la húmeda ciudad (…) mientras el otro habla, lo siente cambiado, más viejo, más pequeño. Se ha enquistado en su oficina y vive ahora pisando a los de abajo y lamiendo a los de arriba. Pablo le ha hablado unos momentos de todo lo que conoce, de la maldad de unos pocos, de la suciedad común de nuestra vida en que el placer y la belleza están lejanos siempre. (159)

La maravilla, el asombro nerudiano -casi religioso- ante el Cosmos, es el eje del “Himno al sol”, bella composición de cuño modernista, en la que se anuncia, sin embargo, la vibración poética con la Naturaleza, sobriamente lograda en “Alturas de Macchu Picchu”:

Urdimbre de oro turbio y de oro amanecido:
Heredad Astral.
Catarata de cobre y de bronce fundidos,
Leche de luz, sonido:
Heredad astral!
(99)

El río invisible resulta un texto fundamental para una lectura integral del fenómeno Neruda. Sus inicios, sus tanteos formales -harto evidentes- no desmeritan su hondura humana ni su producción posterior, sino que permiten comprenderla en perspectiva. Su lectura es un viaje al manantial primigenio que, en latentes temáticas y formas, constituiría con el tiempo el océano inmenso de la poesía de Pablo Neruda.

 

Erasto Antonio Espino Barahona, MEd, MLitt.
07.09.2004

 

Notas:

[1] Neruda, Pablo. El río invisible. Barcelona: Seix Barral, 1980. 204 páginas.

 

© Erasto Antonio Espino Barahona 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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