Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 


  María Ángeles Maeso

     Perro
 

  

Perro (o los bocados de la calandria)
Amelia Sanz Cabrerizo  

¿Cómo agradecer a María Angeles Maeso el esfuerzo mantenido para darle, en tan pocas páginas, la medida exacta a una definición con extrema precisión (p. 14)? Este no es un libro de esos que se terminan a pie de imprenta, como otros... y de mucho nombre. Este es un libro para los que ya hayan llorado con Edipo y con Fedra y ahora quieran gritar Yo no soy un perro. No sé si es una fábula o un apólogo, no es realismo ni tampoco es mágico, ciberficción o ensayo. Desde luego es una llamada a leer, a mirar con sus ojos y recoger así el mandato que nos dice Atrévete a saber: Dímelotodo, todotodo. [...] La verdadtoda, laverdadsola, dímetodalaverdad. (p. 64) Había que verla (p. 65), para ver si las cosas que suceden sin saber que están sucediendo suceden realmente. [...] El tiempo es cuando lo sabemos (p. 65).

La respuesta a la pregunta sobre lo que sé no nos lleva demasiado lejos: Sé que son grullas (p. 13), la franja central es una ventana (p. 13) y poco más. Entonces nos tenemos que poner a buscar línea por línea y con un esfuerzo por definir y así conocer que no cae ni un momento (no le he pillado una sola pérdida del ritmo), que no nos deja cerrar los ojos (los abrimos a la fuerza).

A mí siempre me ha gustado mucho esa negación correctora que de forma tan firme utiliza María Angeles en sus versos:

Quiero decir que no en su totalidad, sino en esas piezas que no crecen con su propietario. (p. 14)

Y ese silencio no es el alma. Que no es un substantivo sino el verbo, un verbo como agarrarse. (p. 69)

Como también hay esfuerzo de definición en expresiones que reúnen y suman, que no excluyen, como o esto o lo otro:

O no las suficientes. Y entonces pienso que este trajín de los repuestos es cosa de ricos, o de desesperados, o de ricos desesperados (p. 15).

Y es una esfuerzo mantener permanentemente el recorrido, sin perder el hilo de Ariadna ni su ritmo, con un cuidado exquisito para que los nexos, bien colocados, nos permitan volver a la imagen.

Y es que en este libro lo que me ha sorprendido, lo que hace daño, lo que realmente nos fuerza a conocer (que es preguntar, nada más) es el enfrentarse a una imagen, a una escena, perfectamente esculpida, delineada, recortada del fondo con nitidez de bisturí:

esa imagen de mi abuela amamantando perros (p. 15),

He visto caer una piña [...] la piña , [...] Con esta imagen de la piña (p. 35).

No eres nada feliz, dijo la quiromántica (p. 60)

Nos dice Un mes ahí sin suelo (p. 28) y es la imagen la que comunica la experiencia.

La escena se recupera en el recuerdo (que es la escritura) y se aguanta para observarla y, más que descifrarla, asombrarse y que no duela.

Hoy me he preguntado si tiraba las rosas que me enviaron mis amigos de Valencia (p. 63)

una foto arcádica color sepia [...] Así es de disparatada nuestra sed por embellecer a los que nos precedieron. (p. 16).

Cuando leemos, nos tenemos que poner esos ojos, mirar y tomar conciencia del absoluto presente: Yo aún no he salido de mi coche y estoy viendo todo eso por el espejo retrovisor (p. 73). Y sólo la sorpresa resulta explicativa: dije yo, sorprendida de mi propia habilidad para prolongar el tiempo junto a él (p. 31). Nos pone delante: “He ahí lo que eres” (p. 18).

Puestos ahí, lo que nos interesa es la pregunta. Es más que una invitación, es un mandato: si te miras buscando a ver, a ver qué queda, es seguro que lo encuentras (p. 18).Y es un latigazo permanente: Averquéqueda, averquéqueda, a ver a ver (p. 22), como para el viejo Edipo, para El bebedor de los arroyos, para todos.

Porque, como en una nueva duda metódica, en una estética neo-barroca, hay que someterlo todo a verificación, comprobar (p. 38) los cientos de rostros inaprensibles, desvinculados entre sí, pero asambleados en una voluptuosidad neutra (p. 38).

¿Cuáles son las preguntas?:

—¿Qué me queda cuando me lo han quitado todo (el hueso o la válvula, el hijo muerto o el trabajo)?

— ¿Hay algo de mí que no se puede quitar porque dejo de ser, una última pieza esencial?: el trozo indispensable que, entre cientos de patas de cucaracha, yo no conseguía encontrarme. (p. 71), el huesecillo, algo.

— ¿Cómo es posible que me sigan quitando cosas (o indemnizaciones por despido) y yo siga siendo? Y comprobamos con asombro de que se puede seguir viviendo: Se vive también junto a este frío, sin rabia y sin chasquidos. (p. 75)

— ¿Dónde termino? Sabe que ahora terminas ahí, en tu propio contorno (p. 54).

—¿Es posible la definición por el espacio que ocupo, por el estar ahí? Y así llegamos al sarcasmo final: ¿no termino más abajo de las rodillas? (p. 81)

Y así vamos recorriendo y descartando posibilidades. Repasemos:

De entrada, puesto que no sé quién soy, ni tengo posibilidad alguna de afirmar lo que quiero ser (no a lugar), pues al menos podré afirmar lo que no soy: Tú no eres un perro (p. 33) Tú no eres una cucaracha (p. 71). Se trata de intentar establecer alguna oposición mínima, si fuera posible perfectamente binaria, para la definición Tú no eres un perro.[...] Pero no distingue los colores y devora cualquier cosa (p. 59), pero no es fácil porque rondas como ellos en los cubos de basura (p. 59).Hay que verificar unos mínimos: Tú vuelves cada noche a casa. [...] y el Viaducto no es un dique reblandecido, sino un puente (p. 55)

Desde luego, lo que no vamos a encontrar es ninguna exaltación espiritualista de ningún interior posible: Dentro no hay nada mío, ningún secreto en ese pía que te pía (p. 50). Podemos seguir eliminando y no hay alma: Ya sospechaba yo que nos sobraba demasiada naturaleza (p. 82).

Bueno pues entonces será posible fundir la oposición dentro-fuera y explorar el espacio que ocupamos, como un molde: las camisas viejas de las culebras (p. 63). Nosotros en los colegios de la juventud aprendimos aquello de que el ser es estar-aquí (Heidegger) y de que eres lo que haces (Sartre):

— Pero yo siempre había intentado vivir de unas ideas que se dieran en hechos (p. 36) y no se dan.

— Y no me puedo definir en mi barrio, porque yo no era pobre, no era delincuente, ni drogadicta; yo no había fracasado escolarmente y nunca había tropezado en el barranco de los parados (pp. 43-44).

Si avanzamos un poco más, podemos intentar la definición del “yo” no único, sino en el grupo de las Personas como yo (p. 37), como posibilidad de comprenderse y como apuesta ética, para, desde el grupo, alcanzar lo radicalmente humano: hundirme en esos cuerpos portadores de pasiones y creencias es navegar por turbulencias de intensidad extrema (p. 37).

Están los otros: los de lejos, porque me llegan noticias de los muertos de las cárceles de Turquía (p. 23) y los riñones de los chicos brasileños (p. 15); los de cerca, Oh, ese afable movimiento de los otros hasta ti. Tan pendientes de todo. (p. 56)

No sé si el otro es el infierno, pero sí constatamos en todo el libro lo difícil que resulta ser y estar con los otros: De pronto, también era arrojada de la mirada ajena, porque algo, ¿qué?, me impedía sentarme ahí donde los otros juegan a saber: Dígame qué ve, qué soy y qué seré. Nada. Y cuídate. (p. 62). Y subrayo que aquí se habla de los otros, en plural, de ellos (y él, mi ex marido, o mejor ellos, pues él ya era siempre dos junto a su novia, p. 42).

Tampoco vamos a encontrar la respuesta en los otros: Personas así no van a aclararte nada, me repetía (p. 37), pero sí hay que situarse respecto a ellos, precisamente para que no sean el infierno, buscar el modo de sentir a los otros sin dolor ni apego (p. 64)

La solución estará en juntarme con ellos: Dejo que me presenten a sus mujeres o a sus hombres, tullidos y tullidas como ellos, (p. 84) y, es inquietante, dejar así de reconocerme humano.

Pues habrá que confiar en el cuerpo: Serían, por tanto, los propios cuerpos quienes se encargaran de poner de manifiesto si su órbita del placer era o no era la misma (p. 39), Óyeme, cuerpo, ¿qué soy? (p. 49)

No hay solución social final y ése es otro relato de juventud que ni se considera, como el del alma: lo de Luis, con su rollo acusador e intransigente (p. 56), resulta patético con el Esto se acaba, el propio sistema se vuelve contra ellos (p. 45) . No hay revolución ni proletarios ni futuro

Pero resulta que las mutilaciones también son cuestión social y no personal: Porque un parado se define por su mutilación [...] No viaja, sino que da vueltas como un perro sin salir del barrio (p. 43).

En esta cultura nuestra del individuo y de la no muerte, de la España que va bien y del buen talante, resulta pamfletario señalar a aquellos que pasan los lunes al sol, simplista la definición por una función laboral: Era secretaria. Ahora no. Ahora no soy nada. (p. 43).

Y es que nos vamos acercando al descubrimiento: el perro que muerde no es de dentro, Este perro cometrozos vive fuera, es el que aúlla y caga en cualquier puerta, en las vallas de la cárcel, (p. 48).

Pero qué hacemos con él, con el dolor de sus dentelladas, con esas punzadas que están pidiendo un modo de sollozar como dios manda (p. 74), con las lágrimas que no sirven para nada, [...] casi me estorban para ver con claridad. (p.74). Hasta dónde llega lo soportable: En un presente que debería ser insoportable y no lo es (p. 46). Otra vez: ¿cuándo dejo de ser?

Para contestar a estas preguntas, necesito colocar a Perro entre dos mitos fundadores: uno de hace mucho tiempo y otro muy reciente.

En primer lugar, no sé si alguien ha reparado en ello, pero Occidente ha tenido que divinizar al hombre completamente desposeído: ha cogido a un torturado despojado, desnudo y exhausto, a uno de esos recién salido de una prisión del Imperio, y ha colgado su foto de todas las paredes nombrándole Dios, llamándole Cristo, afirmando que no, que ya no era hombre. Entonces es que sabemos bien que la mutilación deshumaniza y es tan insoportable que necesitamos la fábula, un cuento. Y sabemos también qué manos le han desnudado así y le han convertido en piltrafa o pingajo colgando de un palo. Resulta que sobre esa piedra (nosotros diríamos “ese perro”) hemos construido una iglesia, un sistema.

Pero no se puede soportar, porque en él (en el mutilado) nos reconocemos todos. Seguimos con la fábula: como el Cristo hizo suyos los dolores de toda la humanidad, de todos y cada uno, prodigio de titanes o de dioses, no de hombres, este de asumir el dolor ajeno, el del otro.

El segundo mito que me ayuda a situarme es de hoy: el mito del ciborg. Efectivamente, es un mito pagano de nuestros días (o de antes de ayer, si contamos a Mary Shelly) que quiere dar cuenta de todo nuestro debate entre el humanismo y el post-humanismo, lo mental y lo sensual, la memoria y la acción, gracias a la figura de la máquina-hombre.

Y no me parece casual que este mito se haya desarrollado en la periferia de los sistemas culturales, en los márgenes (como el Cristo), entre las tribus urbanas, para ser inmediatamente asimilado por los poderes fácticos y convertir a cualquier Swasenneger* en cualuier Blade-Runner o en gobernador de California (que lo mismo da).

Y es que a los pobres (y todos nosotros somos pobres o perros, no nos engañemos) nos roban todo ( (también al Cristo o al ciborg) para que le mito se convierta en sedentarizador, desmovilizador, complaciente, pura fantasía escapista.

Intuyo, pero no puedo dar argumentos (seguro que M. Angeles sí) que los pobres, en su principio, hicieron de estas figuras los mitos de la esclavitud, no de la redención, ni de la utopía, ni de la liberación.

Pero en el Perro, no hay redención posible y eso es lo que nos ha dejado a todos destrozados, porque todos queremos creer en las fábulas.

En esta fábula o apólogo laico que es Perro, lo que nos convierte en no humanos es dejar de mirar, negarse a saber : Nunca más preguntaré quién vive aquí dentro. Ya no tendré que seguir buscando qué arrancarme. (p. 85). Lo no humano está en la negación de la pregunta Que por otro lado ya no surge (p. 86).

El mandato consiste en ser todos el hombre nacido para ver, el puesto para observar (p. 30), como Fausto o como Edipo, como los grandes héroes nosotros también. Y eso, que no se nos olvide (y desde luego M. Angeles no nos lo va a dejar) también nos lo pueden quitar.

   7/07/2004

 


 El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero27/perro.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2004