Espéculo

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Jean Guitton

Lo que yo creo.
Razones por las que creer

     

 

Erasto Antonio Espino Barahona. MLitt., MEd.
Universidad Santa María La Antigua (Panamá)
Universidad de La Sabana (Colombia)

 

La figura y el pensamiento de Jean Guitton (1901-1999) resultan emblemáticos de la aventura intelectual y existencial del siglo XX. Guitton, recordado como uno de los grandes filósofos contemporáneos, supo inscribir su palabra y su reflexión en medio de los retos que el anticlericalismo y el materialismo plantean a un creyente que ha hecho del pensar filosófico su modus vivendi.

En su obra Lo que yo creo, Guitton hace una síntesis última de su trasegar por los territorios de la fe y del saber. Dulcis in fondo reza el proverbio latino. Y Guitton lo realiza plenamente. Dejando el vino mejor para el final, reflexiona, integra y decanta lo que después de setenta años de vida puede ofrecer. Dulce don de una vida plena de diálogo, de fe, de pensamiento.

Guitton, viviría veinte años más luego de la escritura de estas ‘memorias’ [“este libro es una especie de testamento en el que quisiera exponer con sinceridad lo que lo que realmente creo” (74)]. Sin embargo, aún desde ese hoy lejano 1971, año en el que escribe estas “Razones por las que creer”, sus palabras revelan una lucidez asombrosa que no acusa ningún anacronismo. Palabras que hablan de la perennidad de una fe que no regatea nada a la razón, sino que dialoga con ella y la apuntala. Fe profunda que no rehuye el testimonio, sino que sabe que sólo en la confrontación con el Poder secularizado, puede dar cuenta real de sí misma:

Cuando un hombre no es perseguido por su creencia, no resulta fácil saber lo que cree y a qué profundidad lo cree. En realidad, lo que yo creo, es lo que aceptaría sostener bajo la ironía, bajo el silencio o el desprecio de los que estimo; es aquello por lo que soportaría que me quemaran el dedo meñique. Sólo se cree realmente aquello por lo que aceptaría sufrir, o llegado el caso ser tomado por un imbécil”. (11-12)

Guitton sabe de lo que habla. En el adverso ambiente intelectual francés, Guitton logró carta de ciudadanía para el pensamiento católico. Elegido miembro de la Academia Francesa en 1961, supo -antes y después- elaborar y proponer una forma mentis que, anclada en la Tradición eclesial, dialogó valientemente con propios y extraños. No por casualidad fue el primer observador laico en el Concilio Vaticano II. Fidelidad al hecho cristiano y apertura a las interrogantes del pensamiento laicista.

Casi parafraseando a Shakespeare, puede leerse en Guitton otra disyuntiva, tan abismal como la del bardo inglés: ‘Creer o no creer he ahí la cuestión’, parece decir Guitton. Sobre el particular, apuesta convencido por la fe y desliza un rotundo reproche a la conciencia creyente, demasiado prudente frente al fenómeno de la increencia:

…a los ojos de un hombre que está penetrado de fe, el incrédulo es un ser que ha sido hecho para ver, para gozar de lo que ve, pero que, por una especie de ceguera, no puede levantar los párpados. Pero el creyente sabe que ese estado de ceguera no durará. Unos segundos más, y los ojos del incrédulo se abrirán de par en par… (…) Y entonces volviéndose hacia mí, dirá: ‘¡Cuánta razón tenía usted al creer sin ver! Pero, al mismo tiempo, ¡cuan equivocado estaba al sentir tanto respeto hacia mí, al no informarme suficientemente, sobre todo al no haber sido más categórico y más firme! ¿Por qué dejarme en esa noche antecedente en la que he perdido la materia preciosa del tiempo?” (15).

Guitton estructura su libro mitad memoria, mitad reflexión intelectual, en cuatro “partes” y un “apéndice”. La estructura lógica y coherente, agrupa en cada apartado los núcleos de sentido que desea transmitir al lector. Primero, fiel a su praxis filosófica, examina la cuestión central del libro: el problema de la fe; presentando su estatuto en el mundo finisecular y la necesidad de dar -como bien dice la Escritura- ‘razones de nuestra esperanza’. Para ello acude sobre todo a un método existencial, construyendo un discurso donde las referencias a la propia historia intelectual y al particular trayecto espiritua, son fundamentales.

En la segunda parte titulada “Lo que yo pienso” (61-89), Guitton aparece en toda su claridad intelectual. Da cuenta con total honestidad de los temas que jalonan su discurso de filósofo (católico).

Ha llegado el momento de definir lo que yo pienso en el interior de lo que yo creo, es decir, cómo pienso lo que creo, puesto que mi profesión consiste en pensar.

Pero ¿cómo expresarlo en muy pocas páginas, cuando cada afirmación es el resultado de un gran número de reflexiones y de circuitos y, cómo decía Descartes, un largo reguero de consideraciones? (61).

Para explicar su iter temático, usa “una parábola, una imagen”, una sugestiva metáfora, al representar “la verdad religiosa en forma de una pirámide compuesta de niveles sucesivos. Podría decirse, [afirma Guitton] que contemplo la armonía de las verdades bajo la forma de una estructura” (ídem.) Y en dicha estructura son tres los problemas que convocan e inquietan -de modo progresivo- al filósofo: Dios, Jesús y la Iglesia.

Para Guitton, el de Dios es el problema capital, aquél que da sentido a todas las reflexiones sucesivas, a las inquisiciones fervientes en busca del sentido. Aún a aquellas ligadas a la persona de Jesús y la del rol y la legitimidad de la Iglesia. Y así podemos preguntarnos, pero ¿quién es Dios para Jean Guitton? A la pregunta el filósofo responde básicamente en dos tonos: uno más intelectual y otro más orante, más íntimo: “ser trascendente (…) capaz de amar y de juzgar a los hombres, distinto del mundo aunque presente íntimamente en este mundo” (79). Dios personal que no se agota en la idea panteísta del Cosmos divinizado, en la figura de un dios que hubo o que vendrá, sino que es un Ser personal “con el cual puedo sostener un diálogo (…) en frente del cual puedo encontrarme un día cara a cara en una radiante o espantosa soledad” (ídem).

El tono decididamente personal y, por ende, más auténtico se percibe en el tercer apartado “Motivos más secretos” (93-132). Hermosísimo espacio textual que junto con el “Credo de Jean Guitton” (157-159) constituye la perla preciosa de toda la obra. Allí, este pensador que se declara -paradójicamente- de un temperamento iconoclasta y contradictorio abre las puertas a los territorios más profundos de su subjetividad:

“Lo que yo busco, muy al contrario de Proust, es una visión global, total, concentrada en un punto, sintética visión de mí mismo en mí mismo. Me ejercito en contemplar, como un cuadro, o más bien como una espiral, mi existencia pasada. Los acontecimientos, las coyunturas, buscando sus enigmáticas semejanzas”

Desde esta realidad rotundamente personal, Guitton encuentra y cuenta -rozando la poesía- su experiencia de Dios:

“Existo. Y, a mi lado, por encima de mí, en el cielo y en la sombra y en toda esa ordenación aleatoria que la ciencia nos descubre (…), existe un capitán NEMO, diría Julio Verne, Otro, humorista, con poder soberano, deliciosamente fuerte y amistoso, maestro de casualidades, artista de las duraciones, que juega a crear unas circunstancias, a distribuirlas alrededor de mis temores y deseos. ¿Qué quiere ese Otro, ese Desconocido? Lo descifraré mejor, a medida que transcurra el tiempo. Pero de lo que no puedo dudar es que ese Otro existe, como existo yo y todavía más. ¿Qué nombre darle? Tal vez sería preferible no darle nombre”. (96)

Pero Guitton sabe que el Innombrable, se ha acercado a nosotros y ha dicho su Nombre. La cuestión de Jesús y de la Iglesia se resuelve -de hecho- en la experiencia de que el Misterio ha entrado amorosamente en nuestra historia. Y que permanece en nuestra temporalidad a través de esa comunión transhistórica que es la Iglesia. Cuerpo o Pueblo que hace presente a Otro más grande que ha ya tomado nuestra carne.

En el apartado final “Perspectivas futuras” (135-155), Guitton se interroga sobre el porvenir. Conciente de habitar un tempo de mutaciones, “la época de ordenadores y de los cosmonautas” (134), Guitton reflexiona sobre la adhesión “a una fe que ya cuenta con veinte siglos de existencia” (ídem). La clave se evidencia en la continuidad de lo esencial: “resulta imposible pretender creer si no se está convencido de que, a pesar de la diferencia de las culturas y de los lenguajes, la esencia de la fe no ha experimentado ningún cambio” (136).

Quizás sea esa permanencia de lo esencial lo que le permite a Guitton leer con certeza existencial la crisis finisecular del XX; crisis que aún persiste en el milenio que comienza. Ésta tiene que ver -como gustan decir incluso aquellos que están en las antípodas de Guitton- con ‘la deslegitimación de los metarrelatos fundacionales’. Guitton, que no hace uso de la tecnolexia posmoderna, lo enuncia con meridiana sencillez:

“El síntoma de la gran mutación es que se han puesto en tela de juicio los principios supremos sobre los cuales descansaba la humanidad (…) La muerte de Dios amenaza de muerte al hombre. En consecuencia, se impone a toda mente la elección entre “el ser y la nada”, lo misterioso y lo absurdo, elección que se cumplirá a plena luz. Y es posible que antes de un siglo” (154).

¿Veremos -en menos de un siglo- resolverse la aguda contradicción entre una cultura trascendente y respetuosa del Misterio y otra (¿contra?)cultura hoy dominante que se reduce nihilistamente al absurdo? No tengo como Guitton la profunda intuición de quien logra otear lúcidamente el futuro. Lo cierto es que sus ‘razones para creer’, enunciadas en este libro-memoria-testamento constituyen un faro luminoso y necesario para leer las sinuosas mutaciones del presente y para anunciar las razones de esperanza que la praxis y pensamiento cristiano están llamados a ofrecer en esta hora del mundo.

 


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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2004