Espéculo

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Heriberto Yépez

Todo es otro.
A la caza del lenguaje
en los tiempos light

  

 

Heriberto Yépez : un niño deslumbrante
Jaime Muñoz Vargas
Universidad Iberoamericana (Torreón, Coahuila, México)

En una noche cualquiera de Torreón conocí personalmente a Rogelio Villarreal. Estuvo de visita en la tierra de sus padres para ofrecer una conferencia sobre periodismo cultural y confirmé lo que ya sabía gracias a mi suplementomanía y, en fechas más recientes, gracias a nuestro intercambio de renglones por la vía internética: Rogelio es un toro muy toreado en esas materias y logró que el público se entusiasmara sinceramente con sus opiniones. Al final apenas nos saludamos, pero hubo tiempo para recibir de él un gran obsequio y la promesa de volver a vernos muy pronto en la estepa del Nazas. Esa noche llegué a casa y no pude, como siempre, sustraerme al escrutinio de los libros recién ingresados a mi ya bastante incómodo arsenal: Escritos heteróclitos y Todo es otro. A la caza del lenguaje en tiempos light, ambos firmados por Heriberto Yépez, par de obras que me permitió revivir ese hábito casi extraviado entre la monotonía de los años hundidos en la rutina: el deslumbramiento. Hasta entonces, Yépez era una vaga referencia de la joven poesía méxico-estadounidense -algunas piezas de su Contrapoesía me agradaron mucho cuando las conocí-, un nombre perdido en la babélica Tijuana, un amigo weblogero de mi amigo David Miklos, pero nada más. Los libros que me regaló Rogelio reconfiguraron esa imagen y la sustituyeron por esta otra, más cercana al verdadero Yépez: la de un niño prodigio de la crítica, la de un precoz y festivo omnívoro del conocimiento.

Podrá haber otros muchos casos que de momento desconozco, pero Yépez se me reveló como el joven paradigma de la transición entre el autor nacido en la galaxia gutenberguiana y el actual, el escritor de la era hipertextual. Si el primer tipo de autor -los sesenteros estamos todavía (y estaremos) perfectamente atornillados a esa índole- aprendió que en la vida se podía acumular tanta información como lo permitieran el tamaño de nuestra biblioteca y la capacidad asimilativa de nuestra memoria, el segundo, el yepeciano, es precisamente como una pc con alma, vida y corazón: almacena tal cantidad de datos que rebasa la noción antigua de cosmopolitismo intelectual, todavía bastante aldeana, y la instala en otro rango. Nada hay, parece, que no sepan estos escritores del cada vez más agónico libro y de la todavía flamante supercarretera. Eso, insisto, se puede notar en muchos escritores nacidos en los setenta, pero es este Yépez quien a partir de sus libros deja ver, creo, muy clara la complexión mental que demanda ahora el reino de este mundo gobernado por Bill Gates, su dolarmillonario pontífice.

Filosofía, literatura, música, periodismo, edición, política, cibernética, pintura, cine, cultura popular, lingüística, geografía, arte alternativo, todo parece ser materia de interés en los textos acuñados por las tentaculares manos de Heriberto Yépez. El amotinamiento de la información total, en un cerebro bien organizado y con un disco duro poderoso como el de este joven, devienen precocidad digna de observación y hasta de miedo. Lo que a cualquier muchacho talentoso de la generación anterior le costaba décadas de estudio y sacrificio y pepena abnegada de información, al octópodo Yépez le costó sólo una pizca de años, ello gracias a su innegable predisposición intelectual y, lo que también me parece importante, al abrumador fluido de información que tiene a merced de su tecnofilia. Eso significa que antes un erudito con dificultad podía lograr esa condición y conservar al alimón su lozanía; el tiempo se encargaba de darle conocimientos, sí, pero también de hurtarle años y vitalidad, lo que no ocurre con Yépez y los pocos que, cómo él, desde pequeños disponen del aleph hasta en la humildad de un bien aprovechado monitor Alaska, porque de paso se debe agregar que la computadora, y todos los adminículos soft y hard que ella convoca, no han traído más que tedio y vaciedad a la mayoría de sus usuarios.

En las sucintas notas biográficas de las que puedo disponer solapera y no muy solapadamente, se afirma que Yépez vive en Tijuana, donde nació hacia 1974. Las fichas añaden que es profesor de filosofía en la Universidad Autónoma de Baja California y que en los años recientes ha colaborado en revistas latinoamericanas y estadounidenses. Algunos de sus libros más frescos son Cuentos para oír y huir al otro lado (Plaza y Valdés, 2003) y Todo es otro. A la caza del lenguaje en tiempos light (Tierra Adentro, 2002), pero a ellos hay que agregar Por una poética antes del paleolítico y después de la propaganda (Anortecer, 2000), Ensayos para un desconcierto y alguna crítica ficción (uabc, 2001) y el ya mencionado Escritos heteróclitos, entre otros de poesía y de traducción que ya, a los apenas treinta años que suma este escritor, lo exhiben como un industria de la grafomanía instalada cual infatigable maquiladora de ideas en la frontera tijuanense.

hy, como suele firmar, circula pues por las repúblicas literarias y filosóficas en motocicleta, sin prejuicios y como si fuera un joven hablando de muchachas o de futbol. Su estilo es elástico, se maneja en diferentes diapasones y traza arquitecturas que tienden a un cierto barroquismo expositivo cercano a la escuela de Monsiváis o del neologizante Jorge Ayala Blanco, aunque en otros textos se pone un poco más tieso y sin caer en la secura doctoral camina por una retórica que no está lejos del timbre académico. Además, en sus textos de carácter periodístico sabe chacotear con harta garra y conjuga la palabra callejera y harapienta (como mafufo, por ejemplo), con la lujosa de los libros teóricos (como solipcismo, también por ejemplo). ¿En cuál tesitura se desempeña mejor? En todas es solvente, pero siento que en ocasiones un cierto engolosinamiento deja las frases algo gasificadas por el tamaño de su opulenta enciclopedia; en otras palabras, le pasa a Yépez, aunque no como enfermedad aguda, lo que a tantos jóvenes de talento abrumador (pienso en el Borges inicial, el Francisco Bustos que Yépez tan atinadamente satirizó). Sin embargo en poco tiempo, creo que muy poco si consideramos la velocidad a la que suele correr su pluma, sus recursos no pretenderán ser agotados en cada texto y podremos esperar de él una administración más acabada de su diluvial pericia.

Y hay un estilo más: el sentencioso. Como buen filósofo vitalista, como buen pensador a veces asistémico y más bien próximo al decir poético, el ritmo prosístico de Yépez avanza, sobre todo en el aforismo, por las brechas del estilo sentencioso que de inmediato traen a la mente el recuerdo de Cioran.

Se dice (él mismo lo confiesa) que padece de grafomanía. No es sólo eso. La palabra usada así, grafomanía, con la desnudez de su simple étimo, no lo define con tino y, antes bien, dado el tufo peyorativo que ella trasuda, lo difama un poco: es un grafómano, en efecto, pero esa enfermedad mezcla la obvia exuberancia cuantitativa con la otra, la exuberancia cualitativa. ¿De qué serviría que escribiera mucho si el producto de su trabajo fuera bobo, aburrido, vacuo, baladí? ¿Acaso no abundan infatigables escritores de brocha gorda? Por eso es necesario advertir que Yépez es enemigo del miniaturismo: sus creaturas son siempre grandes de alma y cuerpo, muralísticas. Para decirlo con tono sentencioso: lo bueno, si mucho, diez veces bueno.

Como afirmó Pitol sobre Reyes, "su gusto es ecuménico" y no parece detenerse ante nada. Pantagruel de las ideas, este niño tijuenense no se sacia con las comilonas más opíparas. A cada renglón saltan, como conejos de una chistera en apariencia sin control, citas, nombres, fechas y referencias que circulan por sus páginas igual que los coches por la urbe. Es un cosmopolita irrefrenable y, contra la tendencia a la dispersión que siempre es un peligro, tiene una mirada integradora del puzzle que es el mundo.

El conocimiento de Yépez forma entonces una cruz: es sincrónico y diacrónico. Así como se zambulle en el pasado y así como anticipa con audacia el porvenir, es capaz de mirar a sus flancos, de ver periscópicamente todo lo que se ofrece en su momento. Ese es, quizá, el más saliente de los rasgos que caracterizan el trabajo intelectual de un hombre con verdadera erudición: su capacidad de ser contemporáneo de todos los hombres, de los vivos, de los muertos e incluso de los que todavía no tienen la desdicha de haber nacido.

Aunado al anterior, otro de los rasgos que mejor define a Yépez es su capacidad penetrativa. ¿Suena demasiado feo? ¿Cómo decirlo de otra manera? El tijuenense tiene una espada en las pupilas: lo que ve, lo ve profundamente, con rayos equis, hasta los mismísimos huesos. Es un observador felino, imprevisible. Sus acercamientos no regalan nada: todo lo que afirma se nos entrega permeado por el viento húmedo de la originalidad. Los temas que parecen agotados (la ufología, por ejemplo) él los refresca como hacen con la chatarra ciertos escultores. Desarmador/armador/innovador, Yépez no se conforma con ver: interpreta, propone, descubre, insinúa, todo con una risilla volteriana en la raíz de sus renglones.

Algunos escritores resultan risibles cuando se afanan por "interpretar" la esencia de lo que tienen frente a sus ojos. Yépez no sólo no es risible, sino que sus palabras tienen siempre un aire de misterioso aplomo, como si el niño le hubiera ganado la carrera a la madurez pero sin caer en la solemnidad o el ceño fruncido de los que han aprendido todo, de los que dictan cátedra con ojos imperativos, de los que creen merecer un estadio abarrotado de discípulos.

Y ya, termino esta anómala recensión que se entretuvo demasiado en ponderar las virtudes que me parecen características en cualquier obra de Yépez. Sólo faltaría decir, para particularizar un poco, que Todo es otro. A la caza del lenguaje en los tiempos light muestra las aptitudes de hy, es un libro con ensayos (todos) tan hondos como amenos, un dechado de crítica punzante y fresca. Celebro aquí la irrupción de este espléndido creador.

13/11/2004


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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2004