Lazarillo o la voz del otro

Gustavo Martínez
Instituto de Profesores “Artigas” (Uruguay)
Dpto. de Literatura Española
minaya07@adinet.com.uy


 

   
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La “o” establece una equivalencia, no una disyunción porque “Lazarillo…” es la expresión ficcionalizada de la voz del Otro, esto es, del marginal, del excluido, del doblemente excluido, porque lo es tanto en el plano social como en el literario.

Es el Otro en la medida en que pertenece a una clase social inferior dentro de una sociedad eminentemente estamental y aristocrática como lo es la española del siglo XVI.

Desde la perspectiva dominante no sólo es el Otro, sino que representa lo Otro porque carece de honor y de valor (en todo el sentido del término). Por lo tanto, no merece ser tomado en serio, peor aún, ni siquiera en cuenta.

Entre Lázaro y los miembros del sector dominante existe una diferencia insuperable porque, desde la perspectiva vigente en ese momento, era una diferencia de naturaleza, no simplemente de clase. Un autor de la época, el cronista Juan Ginés de Sepúlveda (1490?-1573) expresa con meridiana claridad esta convicción básica de la mentalidad estamental cuando afirma que hay “unos que por naturaleza son señores, otros que por naturaleza son siervos”. Y no olvidemos que esa insalvable distancia por naturaleza contaba, además, con respaldo divino.

Lázaro resulta descalificado en los tres ejes de relación con el Otro que Todorov1 distingue:

1) Axiológico: No tiene honor ni valor.

2) Praxeológico: Es un inferior, apto sólo para cumplir órdenes. Su destino es servir.

3) Epistémico: No es objeto de conocimiento, sino a lo sumo de divertida o condescendiente curiosidad.

Pero, además de la condena por nacimiento a la inferioridad, a no ser (ni Sujeto, ni Objeto, sino tan sólo ejecutor de órdenes) está lo que su propia conducta aporta a su deshonor innato: el “caso”, la aceptación de su condición de marido engañado. Desde la perspectiva dominante, el “caso” no es más que una prueba adicional y una divertida consecuencia de la deshonra inherente a su condición.

El discurso central de esa sociedad, en cuanto expresión de la clase dominante, justifica y reafirma así su poder, a la vez que anestesia su conciencia: la existencia de inferiores, condenados a un vivir de miseria y deshonra, y de deshonra para tratar de escapar a la miseria, no es producto de una injusticia de la que esa clase deba sentirse responsable (culpable), sino de una exculpatoria e inevitable diferencia de origen querida por Dios.

Gracias a ese discurso y a la mentalidad que lo genera y es, a su vez, expandida y fijada por dicho discurso, el inferior se convierte en el Otro, esto es, en un individuo invisible e inaudible en cuanto ser humano y, por lo tanto, indefinida y tranquilizadoramente utilizable como instrumento. No es, sirve. Y sirve en la medida en que no es y se lo puede explotar sin remordimiento alguno.

Para ese discurso central (y excluyente) de raíces aristotélicas y dilatada vigencia, el Otro no existe más que para ser descalificado. No es de extrañar, por lo tanto, que su presencia en la Literatura, uno de los componentes del mencionado discurso, fuera escasa cuando no nula. Por lo general, su reducida participación se llevaba a cabo bajo dos formas:

a) Como masa indiferenciada y apenas audible a través de la voz dominante del narrador: “Entonçe otorgaron todos quanto dixo don Alvaro” (“Poema del Mio Cid”). Su función en este caso es servir de marco o trasfondo contra el que se destaca la acción del héroe, cuya grandeza contribuye a resaltar.

b) Como personaje-tipo, de índole humorística por lo general y presencia puramente episódica. Su función suele ser distensiva. Sin embargo, en ocasiones, puede aparecer como malevolente y engañoso, reafirmando de este modo la imagen dominante acerca del inferior, como ente moralmente indigno y potencialmente peligroso.

“Lazarillo…” introduce una transformación radical, ya que con esta novela el inferior, el Otro, ingresa a la Literatura no sólo como protagonista, sino también como narrador. El Otro se adueña así de la acción, la voz y la perspectiva. De este modo, podrá dar testimonio de su existencia y su valer.

Con tal fin, la novela tiene que enmascararse de narración autobiográfica y la ficción fingirse verdad testimonial. F. Rico2 señala que, como el público de la época no estaba habituado a que un inferior narrara y protagonizara una obra, la novela tenía forzosamente que permanecer anónima para que así, bajo la apariencia de un testimonio auténtico, la ficción resultara admisible.

El autor se eclipsa para que el narrador pueda ser creído. El anonimato es la garantía de la “autenticidad” del testimonio. Mucho se habla hoy día de la “muerte del autor” (consumación del viejo y acariciado sueño de tantos críticos). Sin embargo, hace casi 5 siglos, en los albores de la novela moderna, un autor, el de “Lazarillo…”, se “suicidó” metafóricamente hablando para que su personaje pudiera vivir, para que su ficción pudiera ser creída y aceptada.

Al cortar las últimas amarras que la ligaban a la leyenda y la epopeya, la novela moderna, cuya acta fundacional es precisamente “Lazarillo…”, se ve obligada a forjar un nuevo criterio de veracidad y aceptabilidad porque ha perdido la credibilidad ingenua que le proporcionaban el remitirse a un pasado remoto y el protagonismo que tenían en ella los personajes heroicos. En definitiva, ha dejado de lado lo inaccesible e incuestionable para abrirse a la compleja variedad de lo humano y su lucha por hacerse un lugar en una sociedad inserta en un tiempo ya histórico, no mítico.

Su veracidad y aceptabilidad reposaban hasta entonces en su capacidad para expresar y confirmar la cosmovisión vigente y sus orígenes inapelables. Pero “Lazarillo…”, en consonancia con la nueva época en la que aparece, el Renacimiento, umbral de la Era Moderna, rompe el antiguo paradigma narrativo.

Adaptando al ámbito literario lo que T. Kuhn dice sobre los paradigmas científicos, podríamos afirmar que un paradigma narrativo proporciona un repertorio de enfoques canonizados de ciertos temas, modelos de personaje y formas expresivas de amplia vigencia en la comunidad literaria, es decir, tanto entre creadores como lectores.

Precisamente, así como un descubrimiento científico saca a luz una anomalía, esto es, un desajuste entre el universo físico y las expectativas creadas por el paradigma científico vigente, defraudadas o desmentidas por el nuevo factor comprobado, así también la aparición de “Lazarillo…” significó una anomalía temático-formal que puso en cuestión e inició la desintegración del paradigma narrativo vigente hasta entonces.

El autor de “Lazarillo…” demostró ser muy consciente de ello, de allí que optara por excluirse de su creación para que ésta pudiera imponerse por el sólo peso de su novedad, peso que sólo podía hacerse sentir si la novela se negaba a sí misma (y, por lo tanto, a la tradición que, de otro modo, la hubiera neutralizado) y se presentaba como “otra cosa”, como testimonio. Para que el Otro pudiera hacerse oír, la narración tenía que volverse también “otra”.

Ni asuntos guerreros ni servicio de amor; ni protagonistas heroicos y aristocráticos ni verso celebratorio o prosa artificiosa. Tampoco narrador exterior ni una historia que pueda ser disfrutada únicamente como ficción. El pasado casi atemporal de tan remoto, los espacios tradicionalmente asociados a la grandeza (castillos) o la aventura (bosques), la presencia de lo maravilloso, todo lo heredado en suma es excluido.

En lugar de ello, el hambre y la honra como fuerzas temáticas de la acción, un protagonista no heroico y de ínfimo origen social, que narra su historia deshonrosa transcurrida en ambientes urbanos y vulgares y en un tiempo inmediatamente cercano al presente.

Esto provoca un fuerte desajuste entre el plan del autor (intención comunicativa, formas expresivas y procedimientos constructivos) y los marcos o estructuras mentales estereotipadas de los receptores de su época.

Esta confrontación ha sido narrativizada en el Prólogo a través de las posturas divergentes de Vuestra Merced y de Lázaro. En cuanto narratario, las expectativas de Vuestra Merced prefiguran las del lector de la época, pues lo que le ordena escribir a Lázaro equivale obviamente a lo que desea leer: “Y pues vuestra merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso…”

Lo que Vuestra Merced pretende es un relato picante y divertido a costa de ese marido complaciente, con el condimento adicional de que es éste quien lo contará. Desde nuestra perspectiva actual, lo que pide es humillante y vejatorio, pero no desde su punto de vista, acorde con los marcos mentales imperantes en su época. Lo que reclama es un acto de servicio absolutamente natural para él, que le es debido por ser él quien es y por ser Lázaro… nadie. En cuanto inferior, este debe servirlo y cumplir con la bufonada narrativa que se le exige. Narrar es otra forma de obedecer y servir, según este planteo.

A nosotros nos indigna porque pensamos en términos de humanidad, pero para Vuestra Merced, Lázaro no existe como ser humano por lo que sólo adquiere una existencia fantasmal en su calidad de marido complaciente, que puede divertirlo con su “caso”. Vuestra Merced no ve a Lázaro, sólo se ve a sí mismo pasando un rato ameno gracias a esa escritura sin emisor real para él. Además de entretenerlo, el relato lo confirmará en la auto- satisfecha conciencia de su propia superioridad. La bajeza de Lázaro iba a ser, paradójicamente, el espejo en que contemplar su propia grandeza.

La derivación (“escribe se le escriba”) expresa de manera acabada el autoritarismo negador del Otro, propio de todos los “vuestra merced” de esa sociedad y de tantas hasta hoy día. Lo que escriba Lázaro debe ser un calco (o casi: escribe/escriba) de lo que desea ese “amo a distancia” que, en cierto modo, hablando figuradamente, pretende que Lázaro vaya y se golpee él mismo contra el toro de piedra de su propia vileza. El relato debe ser también un espejo del deseo de quien lo ordena.

Pero Lázaro lo obedecerá desobedeciéndolo: en lugar de centrarse en el caso, partirá “del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona”. El individualismo moderno se planta con firmeza frente a la poderosa mentalidad estamental. El Otro que se hace oír en la novela no es sólo el inferior; el Otro es también el individuo moderno, que se yergue para rechazar sutilmente la perspectiva reductora de Vuestra Merced, esto es, de la mentalidad premoderna. El relato no se va a centrar, contra lo que el poderoso quería, en el marido engañado, sino en la persona. El individuo no se agota en una de sus facetas, sino que las engloba y trasciende.

Para Vuestra Merced y la mentalidad estamental, Lázaro es un marido complaciente como consecuencia de su naturaleza inferior, de su abyección de origen. Estamos en presencia de una suerte de fatalismo ontológico cuya función es enmascarar ideológicamente una estructura social injusta y revestirla de un carácter inamovible y eterno.

Lázaro, por el contrario, en consonancia con la mentalidad emergente (la moderna), instaura la persona en el lugar que ocupaba antes esa condición natural pre-existente, que le negaba el ser y la individualidad. Por eso debe dar “entera noticia” de su persona, porque no es la mera manifestación inevitable de lo innato e indeleble, sino producto no definitivo de una experiencia, resultado de la confrontación entre las circunstancias fortuitas y los condicionamientos sociales por un lado y las cualidades individuales por otro, esas mismas cualidades que le permitieron, “con fuerza y maña remando”, salir “a buen puerto”.

Lázaro, el inferior carente de ser, muestra su orgullo de haber podido mejorar su situación (su condición, que ahora pasa a ser algo relativo y conquistable). Es porque pudo. Haciendo honor a su nombre, resucitó, salió del sepulcro de su miseria y lo hizo sin necesidad de ningún milagro, gracias a su entereza (“fuerza”) e ingenio (“maña”). Su origen está en él mismo, en esa voluntad de remar para llegar “a buen puerto”. De allí su orgullo: “Y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuanto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron a buen puerto”.

En este sentido, y aun aceptando los reparos que formula F. Rico3, incluido el de que no pertenece al autor, nos parece acertado el título “Lazarillo de Tormes”, porque Lázaro, gracias a la flamante conciencia de su valer, rehusó escribir únicamente sobre “Lázaro, el marido complaciente”, que tal podría haber sido el título del cuento a que habría dado lugar la obediencia estricta a los deseos de Vuestra Merced, y optó, en cambio, por narrar su historia, la novela del niño que le dio origen a pesar de su origen, la del niño que supo aprender y aplicar lo aprendido (“Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues sólo soy, y aprender cómo me sepa valer”) para que Lázaro pudiera alcanzar “la cumbre de toda buena fortuna” (más allá de la ironía implícita y de todas las reticencias que nos inspire ese “logro”).

Lázaro, el que no tiene valor por su origen, se hace valer por su historia. Leer sus palabras en el Prólogo es asistir al tránsito de lo estamental a lo individual, de la naturaleza que predetermina a la historia que ofrece la oportunidad de construirse, en definitiva, de la estática cosmovisión premoderna a la dinámica mentalidad de la Era Moderna.

Lázaro, el marido complaciente, rehúsa, en el mismo acto (la escritura) con que lo obedece, complacer a Vuestra Merced. Así como “remó” hacia el puerto de una cierta seguridad económica, “remará” ahora con la pluma hacia otro puerto mucho más importante, el de la reivindicación de su valer.

Vuestra Merced quiso servirse de él para divertirse, pero es Lázaro, en realidad, quien acaba sirviéndose de Vuestra Merced para reivindicar su persona. Su obediencia es tan sólo la máscara de la subversión. La conciencia de lo que vale hace que Lázaro se adueñe de la escritura y la ponga al servicio de sus propios fines. Así como supo engañar al ciego, engaña a Vuestra Merced. Y, de hecho, le impone condiciones: las suyas. En lugar de disfrutar con el “caso”, tendrá que vérselas con la historia.

Su relato va más allá de lo solicitado en cantidad (informa más de lo que se le pide), relevancia (comunica lo que es importante para él, no para el receptor), modalidad (escribe una novela, no un cuento centrado en el “caso”) y verdad (se muestra francamente reticente en lo que respecta al “caso” y niega su autenticidad, mientras que se explaya sobre su historia previa).

La primera emisión discursiva por parte de Lazarillo de que tenemos noticia en la obra es cuando delata a Zaide y a su madre al ser interrogado por la justicia. Como era de esperar, el parlamento no es trascripto, sino referido, pues se trata comprensiblemente de un acto de intolerable recuerdo. Entonces, Lazarillo dijo, debido al miedo, más de lo que se le pedía: “e como niño respondía e descubría cuanto sabía con miedo, hasta ciertas herraduras, que por mandado de mi madre a un herrero vendí”.

Así como tantos detalles de la infancia de Lazarillo prefiguran aspectos de su vida posterior (los brotes del Tratado VII nacen de las semillas del I), así también ese hablar demás anticipa este escribir demás por parte de Lázaro, este hacer una removedora novela de lo que debía ser un cuento intrascendente. Sólo que esta vez no lo hace por miedo, sino voluntariamente y a pesar del respeto que seguramente debía infundirle la jerarquía de Vuestra Merced. Consciente de lo que vale, esta vez no se deja amedrentar.

La novela como género moderno nace, pues, de un acto de desobediencia. Se constituye desde sus orígenes como anomalía, en términos de Kuhn. Más aún, es en sí misma desobediencia por cuanto subvierte la jerarquía estamental (premoderna) de los géneros literarios. Al igual que Lázaro, y gracias a él, se hizo un nombre. Así como él “remó” contra la corriente de su inferioridad social por naturaleza, la novela tuvo también que “remar” contra la corriente de su inexistencia original: no figuraba en la “Poética” de Aristóteles, por lo tanto, no existía ni merecía existir. Carecía por completo de valor. Estaba literariamente “deshonrada”.

La novela moderna, que nació de un acto de disidencia, tomará de él su identidad, la misma que le ha permitido mantenerse hasta hoy día “en la cumbre de toda buena fortuna”.

Podríamos decir incluso, irónicamente, que Vuestra Merced es el “padre” involuntario de la novela moderna, pues cometió el “error” de darle la palabra al Otro y ese Otro, si bien carecía de honor, de blasones y de ser, disponía sin embargo de una de las pocas armas con que disidentes y excluidos cuentan: una historia. El problema es hacerse oír, poder narrarla. Gracias al autor de “Lazarillo…”, Vuestra Merced le dio esa oportunidad. Y, al hacerlo, surgió algo nuevo: la novela, ese “lazarillo de tormes “ de la Literatura, que continúa contando hasta hoy día las de otro modo inaudibles historias del Otro.

Lo que en las novelas de caballería era mero acontecer acumulativo, en “Lazarillo…” se vuelve historia, esto es, proceso con sentido. Ya no es la naturaleza heroica la que, proyectando su grandeza en los hechos que la ponen a prueba, infunde significación al acontecer. Ahora es el individuo descalificado por naturaleza quien, en dura lucha con el medio social, se adueña del acontecer y transforma la mera sucesión en historia.

A diferencia del personaje estamental heroico, que atraviesa ontológicamente incólume el acontecer porque ya es lo que es desde el principio, por lo que cada aventura representa tan sólo la ocasión de manifestar eso que es, el individuo moderno, encarnado aquí por el pícaro, que nada es “a priori”, tiene que convertir el mero suceder en experiencia, esto es, en sustancia de ese ser que no es pero que pretende forjar. El héroe estamental se revela en la acción; el individuo moderno se construye (o se frustra) a través de ella. Uno es plenitud de origen; el otro, proyecto.

Al comienzo de la Era Moderna, el tiempo de aquél ya ha pasado. En consecuencia, no le queda nada que pueda protagonizar. Por eso, degradado en Vuestra Merced, sólo puede aspirar a ser un triste “voyeur” literario de las intimidades del Otro quien, a pesar de sus miserias, o por eso mismo, tiene una historia que contar, la suya, la que ha protagonizado a tal extremo que ha dejado por el camino, junto con la inocencia, los dientes. Pese a lo cual sigue siendo capaz de “morder”: “Y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial…” En cambio, Vuestra Merced ha perdido, en el fondo, mucho más que los dientes: ha perdido el nombre, la identidad, el ser. Por eso ya no puede narrar ni, mucho menos, protagonizar nada. Porque es tan sólo una fórmula hueca, un vacío que aún impone respeto, pero que empieza ya a ser desobedecido. De allí que sólo le quede leer lo que otros viven.

En el Prólogo de “Lazarillo…”, se lleva a cabo la narrativización del cambio de paradigma novelesco, que subvierte y desconoce el paradigma estamental todavía vigente en esa sociedad, mediante una significativa modificación de roles. Vuestra Merced, que tiene socialmente el poder de ordenar al inferior el relato de su propia ignominia, no sólo no recibe la narración que espera, sino que es relegado dentro de la novela a la mera condición de narratario. Su orden es vuelta sutilmente contra él mismo ya que, en cuanto lector, es convertido en el Otro, es excluido de la acción y del relato, lo cual resulta todo un anticipo de lo que históricamente le esperaba a la privilegiada clase estamental de la que formaba parte.

La nobleza ya no protagoniza la acción ni la narra tal como le está empezando a suceder en la otra historia, la grande, la colectiva. Ya sólo le queda leer lo que los sin linaje están empezando a escribir. Y lo que escriben, seguramente, no será de su agrado. Que Vuestra Merced sea el narratario de la historia es un indicio de que ya está siendo dejado de lado por la Historia.

Junto con la voz, el pícaro impone sobre todo su perspectiva, desenfadada y satírica, con la que pone en evidencia el egoísmo, la falta de caridad, la corrupción y ese absurdo vivir para las apariencias de un ser que ya no se tiene. ¿No se verá Vuestra Merced reflejado, quizás, en el escudero? ¿No son acaso ambos mero título sin sustancia?

En realidad, Vuestra Merced, que deseaba solazarse leyendo un caso de deshonra consentida, terminará leyendo uno de honra ridícula (el escudero) y varios de cristianismo vacuo. Las difíciles relaciones entre el lector y la novela moderna, que una y otra vez defraudará deliberadamente sus expectativas para obligarlo a leerse a sí mismo en el texto, están prefiguradas en el Prólogo de “Lazarillo…”.

Sin embargo, con el fin de que el relato cumpliera con el criterio de aceptabilidad propio del público culto de la época, el autor tuvo que hacer hablar a su pícaro dentro de las coordenadas lingüísticas del discurso central. El autor cumple así la función de lo que en los estudios culturales ha sido llamado el “letrado solidario”, aquel que asume la representación verbal del excluido para que su testimonio resulte accesible al público letrado. Pero aquí actúa como tal no en relación a una persona, sino a su propio personaje.

El autor adopta la voz y la perspectiva probables de su personaje, pero éste, a su vez, en cuanto narrador, se expresa, básicamente, en el nivel de lengua de su autor. Para dar voz al Otro, el autor tuvo que ponerse en el lugar del Otro (actitud de la que Vuestra Merced parece realmente incapaz) y lo hizo hasta tal punto que desapareció para que su personaje viviera. Se condenó al anonimato y el silencio para que el Otro tuviera nombre y pudiera hablar.

El empleo de un nivel de lengua admisible para los lectores era, quizás, el único modo de que aceptaran leer al Otro, de que el marginado no les resultara tan irremediablemente Otro que la comunicación se volviera imposible.

Pero el autor apeló también a otro recurso para hacer viable dicha comunicación: el humor que, para la mentalidad vigente, diluía y volvía intrascendente todo lo que tocaba. Por algo Erasmo había dicho: “Finalmente, si se ponen en labios de un personaje cómico de modo que agraden y diviertan, el mismo humor de la palabra excluye cualquier ofensa” 3.

La máscara del humor atenúa lo subversivo de la mirada y hace posible que la voz del Otro sea escuchada. Atenúa, pero es a su vez vehículo de la subversión. Algún lazo debía mantenerse de las antiguas ataduras y el autor escogió el del humor, al que por otra parte solían aparecer asociados los personajes vulgares de la narración estamental. Sólo que aquí el humor no es a costa únicamente del pícaro.

Mientras divierte con las sonrisas que éste provoca, Lázaro aprovecha para reírse, junto con los lectores atentos, no sólo de quienes atormentan a Lazarillo, sino de sus valores. Ser un marido engañado no lo convierte en un narrador complaciente. Quizás porque gracias a la perspectiva que le da el haber llegado “a buen puerto” después de tanto remar, sabe ahora que sus adversidades no son producto de esa inculcada naturaleza inferior, sino de la Fortuna, lo cual torna relativa, a su vez, la tan mentada superioridad “ab origine” de los poderosos. De allí la ironía de que es capaz y con la que termina obteniendo su mayor victoria: convertir a Vuestra Merced en el Otro para el lector y hacer audible la voz del niño maltratado.

Saludable ejercicio ese de escuchar la voz del Otro porque, tarde o temprano, nos ayuda a descubrir que ese Otro es tan sólo, ¡y nada menos!, que un prójimo.

 

NOTAS

[1] Cfr. T. Todorov, “La Conquista de América. La cuestión del otro”, Siglo XXI, México, 1987, pág. 195.

[2] Cfr. F. Rico, “Introducción a “Lazarillo de Tormes”, Cátedra, Madrid, 1998, pág. 31-32.

[3] “Elogio de la locura”, Alianza Editorial, Madrid, 1989, pág. 154.

 

© Gustavo Martínez 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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