El Madrid de la narrativa del exilio republicano

Fernando Larraz Elorriaga
Universidad Autónoma de Madrid


 

   
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Un exiliado es un ciudadano sin ciudad, igual que la República Española fue, a partir de 1939, un proyecto político sin territorio donde realizarse. Lo cual, lejos de disminuir las aspiraciones de participación pública (es decir, de intervenir en la creación de un modelo de ciudad que se ajustase a los valores en los que se cree) acrecienta el carácter político del sujeto desterrado.

En el imaginario del exilio republicano, Madrid se convirtió con frecuencia en un lugar mítico ya que fue la ciudad de la utopía, la memoria y la epopeya. Estos tres significados convierten a la capital de la República Española en un nexo para el disgregado y heterogéneo corpus de la narrativa de la diáspora. La instauración de una República de las Letras progresista, libre y creativa; el recuerdo sustraído de los espacios de la infancia; la heroicidad de la resistencia popular al fascismo... todo esto significa Madrid para el exilio literario.

Y sin embargo, la novela cumple a menudo una tarea desmitificadora, al mostrar el aturdimiento y la complejidad de la existencia de los personajes que, como Julio Gálvez, Vicente Dalmases o Hamlet García, viven en medio de una contradictoria realidad urbana que ofrece, al mismo tiempo, las más altas muestras de heroicidad y mezquindad, nobleza y envilecimiento, compromiso y enajenación.

Se recrean con mucha frecuencia y profusión lugares perdidos, a veces con la encubierta intención, sospecha el lector, de fijar cuál fue aquella realidad que se presume ha sido violada, devastada por la acción del fascismo y de la que, sin embargo, el autor no puede ser ya testigo a causa de su destierro. Desde este punto de vista, narrar los territorios de la ciudad de Madrid puede cumplir diversas funciones: afianzar un recuerdo, intentar comprender las causas sociales que la llevaron al desastre, servir de testimonio, explorar las posibilidades existenciales que se abren en la situación limite de una ciudad asediada, justificarse moralmente…

Voy a intentar, brevemente, hacer un repaso por las cuatro Madrides del exilio republicano: el Madrid que tenía en sus entrañas sociales el germen de la guerra; el Madrid sitiado, del “no pasarán”, “capital de la gloria”; el Madrid de la represión franquista; y, finalmente, el Madrid del imposible regreso.

 

EL MADRID QUE TRAJO LA GUERRA

José Ramón Marra-López destacó ya en 1963 que el recuerdo es una de las posibilidades narrativas a las que se limita la obra del escritor exiliado. De hecho, en muchas novelas se intenta narrar la memoria de los antecedentes del desastre para tratar de ubicar las raíces del cainismo.

Un muchacho en la Puerta del Sol (1973), de Jesús Izcaray refleja el efervescencia del Madrid en el cambio a la década que le traerá y le quitará la República, cuando las diferencias políticas, aún no manchadas por la ponzoña de las ideologías fascistas, manifiestan unas divergencias que años después habrán de explotar en la guerra. Al mismo tiempo, muestra la miseria y las escasas posibilidades que la capital ofrece a quien viene de otras provincias de España.

Este relato se emparenta fácilmente con los de otros autores que evocaron su llegada a Madrid y su infancia y/o adolescencia en la ciudad. Particularmente, La forja (1951), de Barea y algunas de las novelas de Crónica del alba, de Ramón J. Sender.

En la séptima novela de la serie del autor aragonés, Los términos del presagio, el protagonista José Garcés llega a Madrid, la corte de los milagros, llena de posibilidades. No eran para mí, sin embargo. Se describe aquí la ciudad de los años previos a la rebelión militar, un lugar inhospitalario y desapacible, cuya irracionalidad sirve de explicación a la contienda. Como para Julio Gálvez, el protagonista de Un muchacho en la Puerta del Sol, la vida de Madrid no era muy divertida para gentes como nosotros; es decir, con poco dinero.

Pero al mismo tiempo es un Madrid insólito, estrafalario, culto, con una nueva conciencia de libertades políticas, que permite al narrador completar el proceso de maduración en todos los sentidos (moral, intelectual, sexual).

 

MADRID, “CAPITAL DE LA GLORIA”

Muchos de los hitos de la memoria del exilio se sitúan en Madrid: el asalto popular al Cuartel de la Montaña, la heroica defensa del ataque enemigo de la noche del seis al siete de noviembre de 1936, la resistencia en Ciudad Universitaria, la organización popular de las milicias, el golpe de estado de Casado que supuso el final de la guerra… Es Madrid, por este motivo, escenario de la mayoría de las novelas que tienen como trasfondo la guerra civil.

Tomando como muestra unas pocas de ellas, llama la atención en primer lugar la novela El diario de Hamlet García (1944), de Paulino Masip. La caracterización del conflicto que en esta novela se hace se nutre del contraste entre la ciudad objetiva y la “ciudad interior” del protagonista, “metafísico ambulante”, cuya aspiración es impedir que su espíritu sea enturbiado por la realidad fáctica, tan cambiante y enmarañada, y por tanto, no inmiscuirse en las fuerzas oscuras que rigen los rumbos humanos.

Sin embargo, la historia ha cerrado en Madrid las puertas a la metafísica y a los seres desubstanciados como Hamlet. La guerra ha hecho que la inercia y la atonía sean imposibles. Es inevitable tomar partido, porque la ciudad está dominada por violentas fuerzas que así lo reclaman. Todo vibra de pasiones políticas; es una situación límite, entendiendo por tal una realidad en la que la supervivencia individual está supeditada al compromiso. No significarse adquiere ya un significado; de hecho, una persona tan supuestamente inocente, abstracta, insignificante como Hamlet está a punto de ser ejecutada.

La guerra otorga a la realidad de Madrid perfiles nítidos, le sirve de contraste para revelar un carácter que hasta entonces había que buscar bajo las apariencias, que en definitiva es el de la vida de la ciudadanía. Hamlet se ve empujado en una ciudad excitada, ignorante de su destino, y que en ocasiones casi logra arrancarlo de su indiferencia y arrastrarlo en un sentimiento colectivo que el filósofo no es capaz de eludir, como le ocurre en la “aventura” que vive en la noche del 18 de julio:

Mis compañeros de umbral se marchan también y yo les sigo sin pensar. Por la calle del Clavel llegamos a la Gran Vía. Van muy deprisa, corriendo casi y yo me voy quedando rezagado. Antes de llegar a la Red de San Luis el último está a bastantes metros delante de mí. Siento como si me hubiera despegado de un globo, o mejor, como si hubiera descendido de un vehículo a toda marcha.

El diario de Hamlet García sirve además para ofrecer un valioso testimonio de la vida en el Madrid de la contienda en los barrios burgueses.

Diferente perspectiva de la guerra ofrecen las novelas de Arturo Barea La llama, (insertada en la trilogía La forja de un rebelde) y Campo del Moro (1963) de Max Aub (insertada en la serie El laberinto mágico). Ambas ofrecen un retrato de personajes que encarnaron la sociedad madrileña en guerra.

En el caso de la obra de Barea, tal vez lo más valioso sea la fusión de testimonio y de fina y sensible observación de la realidad de Madrid. Se describe una geografía urbana que incluye el Cuartel de la Montaña y los alrededores (calle Ferraz, plaza de España), desde donde el narrador es testigo del asalto; la Gran Vía mil veces bombardeada; los “pacos”, la apresurada instrucción militar y las colas de racionamiento...

La llama puede leerse como una búsqueda del pueblo de Madrid, de una masa heroica capaz de hacerse cargo de su destino, y no duda en encomiar la valentía demostrada en la defensa de la ciudad asediada, especialmente a partir de noviembre de 1936, a pesar de la huida del gobierno a Valencia: Sabía, sin pensarlo mucho, que el pueblo de Madrid se defendería, a navajazos si era necesario.

Pero junto a este concepto romántico de pueblo, cuya existencia como fuerza histórica La forja de un rebelde nunca niega, el escepticismo del novelista le obliga a mirar a los vicios de esa masa: la brutalidad, la rapiña, la cobardía... están también presentes en la ciudadanía de Madrid.

Indudablemente estaba bajo la impresión de lo que había visto aquella misma noche en el barrio de Lavapiés. Había visto la masa de prostitutas, chulos y pistoleros en un frenesí desatado. No era aquella la masa que había asaltado el Cuartel de la Montaña, simples cuerpos humanos con un espíritu de lucha, desnudos contra las ametralladoras. Esto era la espuma de la ciudad. No lucharían ni llevarían a cabo ninguna revolución. Lo único que harían sería robar, destruir y matar por puro placer.

El conflicto que estas dos ciudades, estos dos pueblos plantean al ser humano que narra La forja de un rebelde, fiel a sus principios morales y al ejemplo heroico de su pueblo, pero amordazado por el apocamiento y la miseria moral de algunos defensores de la República, identifica el carácter novelesco más interesante de la obra de Barea.

Campo del Moro, de Max Aub, es, dentro de El laberinto mágico, la novela de la caída de la capital de la República. El sentido trágico del destino del pueblo de Madrid, vendido a Franco por Casado y Besteiro, hace degenerar la situación hasta la capitulación a fines del mes de marzo de 1939. Esta búsqueda de la plasmación narrativa de un pueblo está en Campo del Moro (y en los demás Campos) en la diversidad galdosiana de personajes ficticios y reales que urden en íntima relación la trama, que es la trama de la guerra, individualizada en existencias tan conflictivamente humanas como la de Vicente Dalmases y su odisea por la capital y, después, por Valencia.

Otras novelas están situadas total o parcialmente en el Madrid en guerra: En mi hambre mando yo (1959), de Isabel de Palencia, El rey y la reina (1948) y Los cinco libros de Ariadna (1957), de Ramón J. Sender, Las buenas intenciones (1954), de Max Aub, Los inocentes (1959), de Manuel Lamana, Sobre mis escombros (1971), de Tere Medina, Porque callaron las campanas (1953), de Virgilio Botella Pastor, Sobre tierra prestada (1944), de Pablo de la Fuente...

Para terminar este apartado sobre el Madrid en guerra evocado desde el exilio, voy a fijarme en un libro de cuentos: A sangre y fuego (1937), de Manuel Chaves Nogales, una de las primeras obras publicadas por un autor exiliado. Aquí el Madrid que sufre los bombardeos, dista mucho de ser una ciudad heroica. Antes bien, los miedos a la “quinta columna” desatan una matanza indiscriminada e irracional por los milicianos.

Aquellos hombres que el 18 de julio abandonaron su existencia normal para lanzarse desesperadamente al asalto del cuartel de la Montaña, donde se inició la rebelión militar, y que luego habían estado batiéndose a pecho descubierto en la Sierra contra el ejército de Mola, cuando regresaban del frente traían a la ciudad la barbarie de la guerra, la crueldad feroz del hombre que, padeciendo el miedo a morir, ha aprendido a matar, y si la ocasión de hacerlo impunemente se le ofrece, no la desaprovechará. Es el miedo el que da la medida de la crueldad.

 

EL MADRID DE LA REPRESIÓN FRANQUISTA

Los autores del exilio republicano describieron en alguna ocasión el páramo que en su imaginario y según los testimonios de quienes habían quedado en España se había convertido el Madrid de la posguerra, dominado por el miedo, la miseria, la degradación moral, las represalias y la indigencia cultural. Son los casos de la primera parte del relato “La puesta de Capricornio”, de Segundo Serrano Poncela, o de algunos de los cuentos de Francisco Ayala.

Aunque no pertenezcan propiamente al exilio de 1939, quiero fijarme en dos novelas publicadas por autores que tuvieron que salir de España después de pasar por la tortura de los vencedores a causa de su oposición activa al régimen: Manuel Lamana (Otros hombres, 1956) y Ricardo Bastid (Puerta del Sol, 1959).

La geografía del Madrid de la resistencia se dibuja en torno a diversos ejes: la Ciudad Universitaria, donde los protagonistas de Otros hombres distribuyen pasquines, realizan pintadas y otros actos de sabotaje…; los cafés del Barrio de Salamanca, San Bernardo, Gran Vía… donde se reúnen los jóvenes de la novela de Lamana; la Dirección General de Seguridad, cuyos calabozos en la Puerta del Sol son descritos con profusión en ambas novelas, así como la cárcel de Carabanchel…

El de Otros hombres es un Madrid ajeno, extraño, donde los jóvenes personajes viven en un exilio sin salir de su país. Tienen la conciencia de no pertenecer a la Victoria y a sus significados, y esto los marca con el estigma de la alienación de una sociedad que rechazan. La ciudad adquiere gran protagonismo como escenario angustioso, enfermo, hosco, una sociedad urbana enmudecida y abandonada a la indolencia y al fatalismo.

Frente a este Madrid, existe la ciudad de la clandestinidad, la que, según dice un personaje de Otros hombres, tiene la experiencia de la bofetada recibida que le falta a la población del exilio. La lucha contra el régimen se convierte en la elección necesaria para existir en la ciudad descreída, átona y vacía de expectativas que ha dejado la derrota del ejército republicano; y el existencialismo es el paradigma de pensamiento que mejor explica la situación del ciudadano en ella.

Pues ese Madrid -siguió Gloria-, ya ves, es un Madrid sin alma. Un Madrid que se ríe pero que no siente, completamente indiferente a su desgracia.

La denuncia de la abulia en que cayó el Madrid de la posguerra es una constante en ambas novelas: se ha transformado en una ciudad muerta (Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas), de Dámaso Alonso), dócil ante el fuerte y traidora a su destino liberal y democrático.

Esta sumisión casi nihilista que siguió a la heroica resistencia al fascismo es la que retrata Puerta del Sol. Su argumento se urde a través del narrador-protagonista, que recuerda los acontecimientos que lo han llevado a un calabozo de la Dirección General de Seguridad: su participación en el bando republicano durante la guerra y su oposición al régimen. Pero ahora, su renuncia a toda resistencia se transforma en una búsqueda constante de conformidad con el sistema y la sociedad franquistas. El personaje ha perseguido la normalización de su espíritu dentro de los cauces que se imponen, más que en ningún sitio, en la capital. Esta exigencia de rechazo a la autonomía moral del ciudadano supone otro de los ejes de la crítica a la nueva ciudad que ha surgido a raíz de la victoria de Franco: el gregarismo, la uniformidad de pareceres, la ciega aceptación del poder y sus agentes.

Ambas novelas son ante todo una denuncia de que la alternativa que se ofrece al español se establece entre la violencia y la obediencia, sin existir el término medio de la dialéctica. La represión se manifestó en forma de tortura, humillación e injusticia, y así ha seguido manifestándose el Madrid de la dictadura en la narrativa española hasta la época más reciente (Jesús Ferrero, Dulce Chacón, Rafael Chirbes…).

Hay que hacer una mención especial a la novela-autobiografía-reportaje Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún, publicada en 1977, aunque escrita varios años antes, que es uno de los mejores documentos históricos y literarios acerca de la resistencia y la evolución (o involución) del Partido Comunista en los años cincuenta y sesenta. Semprún había salido de España siendo un adolescente, aunque después regresó clandestinamente y vivió en Madrid durante varios años, dirigiendo la resistencia comunista al franquismo.

 

EL MADRID DEL REGRESO

El retorno es un tema reiterado en la narrativa del exilio. Baste recordar como ejemplos, La raíz rota (1955), de Arturo Barea; El retorno (1969), de Pablo de la Fuente; Retorno (1967), de María Dolores Boixadós; el cuento “El regreso” (1949), de Francisco Ayala...

En 1961 Aub publica La calle de Valverde, cuya acción se sitúa en un Madrid añorado, el de su juventud. En él, un narrador observa con una mirada irónica las ambigüedades de la ciudad de fines de la década de 1920.

Unos pocos años después, regresa a España, y de este viaje surge un diario, La gallina ciega (1971), en el que el propio Aub hace de narrador-observador de una España y un Madrid cuarenta años (y una derrota) después del de La calle de Valverde.

El contraste entre ambas sociedades refleja el desengaño del exiliado que retorna a su país y adquiere la lúcida conciencia de la pérdida y de la degradación que ha supuesto la imposición de la moral del vencedor. Madrid ha dejado de ser un espacio alegre y trágico, inconsciente y lúcido, extravagante y racional, para convertirse en una ciudad sin alma, un pueblo gobernado que no protesta de serlo, donde el bienestar y los treinta años de paz justifican el silencio.

Madrid se ha traicionado a sí misma, ha quebrado la personalidad que Aub busca todavía sin éxito en sus calles, en sus intelectuales, en sus ciudadanos.

¿Cuántos de los millones de habitantes de Madrid saben hoy quiénes fueron Enrique Díez-Canedo o José Moreno Villa? Menos, muchos, muchísimos menos que entonces, cuando debiera de ser al revés. ¿Dónde están los que hoy se les pueden comparar? No en talento -debe haberlos-, no en saber -seguramente los hay- sino en dignidad que no hiciera demasiada excepción, en hombría, en naturalidad, en entrega sin más -sin miedo- a sus naturales ocupaciones. Así, miles de españoles. Ahora los pillos, más pillos; los aprovechados, más aprovechados; los callados, más herméticos. ¿Quién dice en voz alta lo que piensa? Una gran capa de vergüenza cae como ese resplandor dorado sobre los árboles del Retiro. Calle de la Lealtad; por si acaso, hace muchos años que te cambiaron el nombre.

En este sentido, la victoria franquista es total, porque es una victoria sobre la ciudadanía, a quien ha arrebatado sus anhelos de participación en un proyecto público, su memoria y su voz. El olvido, el silencio, la inacción y sobre todo, una ignorancia culpable definen el modelo de progreso de Madrid en los treinta años que distan desde el fin de la guerra civil.

Por último, no quiero dejar de mencionar la poética perspectiva de María Teresa León en su cuento “Por aquí, por allá”, de Fábulas del tiempo amargo (1962). El figurado retorno a la ciudad añorada adquiere en este libro un sentido poético, abstracto, absolutamente irreal y quimérico, propio de un “tiempo amargo”. Ya se ha quebrado el tiempo, y la ciudad de Madrid ha seguido existiendo sin la narradora, sin los exiliados. Sólo el recuerdo de la defensa de una identidad cívica se mantiene indeleble en la visión de un Madrid que no es ya el suyo, pero de cuya vida pasada se reivindica como protagonista:

Me hago toda ojos para reconocerla, de balcón a balcón, mientras mi caballo se tiende a pasar desapercibido. Miramos a la hondura de las casas. Hay patios con las cuerdas llenas de ropa y un sagrado incienso de hogar. Está todo en su sitio. Cada ventana corresponde a una vida. Ha sucedido sin que participemos: colgaron las lámparas y nacieron los niños, aprendieron a leer y se les rompió el primer juguete. Pero ahí está la sombra de mi puño cerrado; aquí veo el instante en que mi corazón comenzó a ahogarse; aquí vi las manos del terror: más allá brillé; sintieron por mí benevolencia; me consideré su hermana; manó la sangre; confundieron los horrores... Esas plazas es imposible que estén en su lugar. Retemblaban las losas, saltaban los adoquines, era una peligrosa prueba cruzarlas mirando sus estatuas. Un zapato y un pie, un niño sin cabeza, un niño derribado...

Y un poco más abajo:

Yo estoy llena de asombro. No encuentro mi calle ni mi alma. Esta ciudad recobrada guarda algo que yo debo encontrar.

 

OBRAS CITADAS:

- AUB, Max, Campo del Moro, México, Joaquín Mortiz, 1963.

- AUB, Max, La calle de Valverde, México, Universidad Veracruzana, 1961.

- AUB, Max, La gallina ciega, México, Joaquín Mortiz, 1971.

- AUB, Max, Las buenas intenciones, México, Fondo de Cultura Económica, 1954.

- AYALA, Francisco, La cabeza del cordero, Buenos Aires, Losada, 1949.

- BAREA, Arturo, La forja de un rebelde, Buenos Aires, Losada, 1951.

- BAREA, Arturo, La raíz rota, Buenos Aires, Santiago Rueda, 1955.

- BASTID, Ricardo, Puerta del Sol, Buenos Aires, Losada, 1959.

- BOIXADÓS, María Dolores, Retorno, México, 1967.

- BOTELLA PASTOR, Virgilio, Porque callaron las campanas, México, Libertad, 1953.

- CHAVES NOGALES, A sangre y fuego, Santiago de Chile, Ercilla,1937.

- FUENTE, Pablo de la, El retorno, México, Joaquín Mortiz, 1969.

- FUENTE, Pablo de la, Sobre tierra prestada, Santiago de Chile, Nuestro Tiempo, 1944.

- IZCARAY, Jesús, Un muchacho en la Puerta del Sol, París, Hermel, 1973.

- LAMANA, Manuel, Los inocentes, Buenos Aires, Losada, 1959.

- LAMANA, Manuel, Otros hombres, Buenos Aires, Losada, 1956.

- LEÓN, María Teresa, Fábulas del tiempo amargo, México, Alejandro Finisterre, 1962.

- MASIP, Paulino, El diario de Hamlet García, México, León Sánchez, 1944.

- MEDINA, Tere, Sobre mis escombros, México, Costa Amic, 1971.

- PALENCIA, Isabel de, En mi hambre mando yo, México, Costa Amic, 1959.

- SEMPRÚN, Jorge, Autobiografía de Federico Sánchez, Madrid, Planeta, 1977.

- SENDER, Ramón J., Crónica del alba, Barcelona, Aymá, 1965.

- SENDER, Ramón J., El rey y la reina, México, Jackson, 1948.

- SENDER, Ramón J., Los cinco libros de Ariadna, Nueva York, Ibérica, 1957.

- SERRANO PONCELA, Segundo, La puesta de Capricornio, Buenos Aires, Losada, 1959.

 

© Fernando Larraz Elorriaga 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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