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Ernesto Lumbreras y Hernán Bravo Varela

El manantial latente.
Muestra de poesía mexicana
desde el ahora: 1986-2002

  

 

El manantial latente: panorámica de poetas en despunte

Jaime Muñoz Vargas
Universidad Iberoamericana (Torreón, Coahuila, México)

Armar antologías, reuniones, compilaciones, florilegios, asambleas, omnibuses, selecciones y todo racimo afín a estos es, quizá, una de las tareas más riesgosas y peliagudas de la crítica. Seleccionar una parte de un gran todo resulta doblemente difícil cuando el universo de donde se debe extraer la muestra es nutrido en nombres, obras y tendencias. Más difícil es realizar ese trabajo cuando se trata de una materia tan volátil y subjetiva como la poesía. Y más complicado todavía es hacerlo cuando el propósito del convocante rebasa las fronteras de la pura selección y aporta además notas introductorias, fichas biobibliográficas, acercamientos críticos y otros apéndices igualmente útiles para asir y comprender mejor el objeto sometido al avalúo de sus propiedades.

Tal es el caso de El manantial latente. Muestra de poesía mexicana desde el ahora: 1986-2002, obra cuya selección, prólogo, notas y apéndices fueron trabajadas por los poetas Ernesto Lumbreras y Hernán Bravo Varela. Trabajo titánico por sus fines, por su extensión y por sus contenidos, El manantial latente satisface a mi parecer las expectativas no sólo del primer interesado en estos asuntos, sino también de cualquier otro lector no iniciado pero que desee ingresar por una puerta confiable a las recientes promociones de la poesía mexicana. Aunque, como a cualquier otra reunión de esta naturaleza, se le pueda acusar el olvido de algunos apellidos, esta selección de Lumbreras y Bravo Varela ayuda a vislumbrar, panorámicamente, con un rápido vistazo, el quehacer de muchos autores que sin duda serán voces apreciadas dentro de pocos años incluso más allá del contexto nacional.

No son escasos los trabajos de esta naturaleza. Lumbreras y Bravo Varela mencionan en los textos de apertura algunos proyectos similares emprendidos en años recientes y sobre generaciones inmediatamente anteriores, como la Asamblea de poetas jóvenes de México (1980), de Gabriel Zaid; o como Dos décadas de poesía en México (1981), de Sandro Cohen. Como en aquellos casos, los anfitriones de El manantial latente se vieron enfrentados a las preguntas que suele plantear, para delimitar con precisión el terreno, todo libro de este carácter misceláneo y conglobador. La tarea, ya lo podemos imaginar, era más que compleja. Lo primero fue lo primero: con razones de suyo atinadas los dos poetas convocantes eliminaron de su intencionalidad la palabra antología y decidieron establecerse en las márgenes de lo que conocemos como muestra. ¿Qué tan importante es esa decisión?, se preguntará el lector. Lo es, y muchísimo. La antología se plantea, para empezar y aunque no lo quiera así el antólogo, como un hotel al que, discrecional y hasta arbitrariamente, el autor deja entrar huéspedes siempre reservándose el derecho de admisión. Hay pues una cierta autoatribución de anfitrionía todopudiente, de cribador que mira desde arriba a los autores cribados. La muestra, en cambio, opera con mucho mayor humildad. Lo primero que hace es afirmar, así sea tácitamente, que la selección propuesta no es un acabado joyel, un engarzamiento de las mejores piedras, parta decirlo de una manera delibaradamente cursi. Trata de serlo, pero la muestra sabe de antemano que eso es imposible y se resigna a intentarlo con el mejor deseo de ofrecer el álbum más satisfactorio. Si así, como muestra, El manantial latente puede ser motivo de debate, no imagino qué hubiera pasado si los autores hubieran insinuado que su trabajo tenía intenciones antológicas.

El primer acierto se ata al segundo, un acierto de mucho mayor complejidad. Para no dar la impresión de que, cobijados en el parapeto de la palabra muestra, podían meter a cualquier hijo de vecino en el recinto, Lumbreras y Bravo Varela debieron trabajar con un universo que casi parece un censo de población y vivienda. Reunieron los nombres y el material de aproximadamente 400 tentativos comensales, cifra escalofriante si pensamos que la mayoría tiene varios libros publicados (un paréntesis: si en promedio cada uno tiene dos libros, estamos hablando de 800 libros a explorar). Por supuesto, nadie, ni siquiera don Marcelino Menéndez y Pelayo, puede estacionar a 400 autores en un libro. La selección, rigurosa, metódica, implacable, tuvo que darse y al final en El manantial latente quedaron alojados 38 autores nacidos desde 1965, los más viejos (y aquí las cursivas son imprescindibles), hasta 1978, los más jóvenes. Lumbreras y Bravo Varela lo explican de esta forma (perdón por lo largo de la cita, pero esto ha sido expresado con total claridad por los autores):

La "realidad" de nuestro estudio, si bien se presentaba como extensa y (¿por qué no?) desaforada, daba lugar a una "irrealidad" poblada de poetas de ocasión que saltan al ruedo con textos sobre decepciones amorosas, crisis existenciales o sentimientos ecuménicos (...) [por ello separamos] la "realidad" de la "irrealidad", quedamos con un universo de casi 400 poetas nacidos entre 1965 y 1978; la mayoría con libro publicado, cierto oficio reconocible en sus poemas y grandes probabilidades de seguir bregando. Después de leer y releer a estos autores fuimos destacando algunas propuestas -las que más nos decían, las que mejor nos decían- hasta quedarnos con 38 autores. ¿Teníamos ya un horizonte? ¿Acaso mostraban esos novísimos, en una disposición horizontal, el ahora de la poesía mexicana? ¿Nuestro índice incluía los diferentes tipos poéticos que se están escribiendo actualmente? Éstas y otras preguntas nos acompañaron a lo largo del proceso de El manantial latente. Desde luego que nuestras respuestas fueron afirmativas y han venido a parar en su constitución, pero una antología o muestra "jamás abolirá el azar"...

El manantial... se nutre entonces de presencias heterogéneas, de poetas que sin duda podemos llamar, aunque el adjetivo ya resulte inexacto en varios casos, jóvenes. Pero el libro no se detiene en el puro convite de sus obras. Los lectores asistimos en este libro, y esto es lo que debe resaltar una reseña, a un buffet de secciones, todas útiles, todas necesarias. Luego del prólogo (amplio, delimitante, esclarecedor), Lumbreras y Bravo Varela dan inicio a la pasarela de autores y de obras, siempre acompañados por una ficha biobibliográfica uniforme y un breve apunte -novedoso recurso- sobre la recepción que cada poeta ha tenido ante la crítica. Luego, en la desembocadura de El manantial..., un par de apéndices cuya oportunidad es apreciable; el primero, una encuesta a los poetas que nadan estas aguas (a 33, pues cinco declinaron responderla), cúmulo de datos casi estadístico sobre sus lecturas, sus influencias, sus textos teóricos, etcétera; y segundo, un padrón con más de 300 nombres de poetas mexicanos ordenados cronológicamente desde 1965 hasta 1978, la abrumadora mayoría con al menos un libro de poemas editado.

Traer una muestra de esta muestra me parece tarea que escapa a los alcances de una recensión. Sólo debo que agregar que, pese a la polémica que pueda desatar por ésta o por aquella ausencias, El manantial latente es un trabajo notable de compilación, selección y crítica. La labor realizada por Ernesto Lumbreras y Hernán Bravo Varela merece el reconocimiento de quienes pensamos que México ha sido, es y seguirá siendo, independientemente de los nombres propios, como lo confirman estas páginas, un país de poetas.

Torreón, 3, octubre y 2003


 El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero28/mananti.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2004-2005