El grupo 'Mito' y las Vanguardias en Colombia

Mar Estela Ortega González-Rubio*
marortegagr@hotmail.com
Profesora de Literatura - Universidad Pedagógica Nacional
Bogotá - Colombia


 

   
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El marco teórico en que se desarrolla esta propuesta sobre el Grupo “Mito”, se afilia a los estudios culturales o históricos, mediante los cuales, la esencia del hombre contemporáneo es un entramado histórico producto de la transdisciplinariedad de los distintos compartimentos de la cultura. Esta metodología me parece particularmente pertinente y necesaria en el caso de “Mito”, cuyos miembros siempre tuvieron la conciencia de “estar en situación”, de ser el producto dialéctico de una historia social concreta que involucra lo cultural, lo estético, lo literario, lo político, lo ético, lo educativo.

Igualmente, nos apoyaremos en algunas tesis de Pierre Bourdieu, en la consideración de un campo con determinados capitales, el campo de la cultura oficial, que empieza a ser resquebrajado, aunque a destiempo, por los habitus revulsivos del campo cultural de las vanguardias que, ya en otras latitudes, como en Brasil, habían generado una remoción de las viejas costumbres culturales, sobre todo en la lírica, con la poesía concreta. “El campo del poder es el espacio de las relaciones de fuerza entre agentes o instituciones que tienen en común el poseer capital necesario para ocupar posiciones dominantes en los diferentes campos (económico y cultural, en especial)” [Bourdieu, 1995: 319-320]. Por su parte, Francisco Vásquez García anota: “Un campo es en primer lugar un universo estructurado y no un simple agregado de individuos, productos e instituciones. En el campo, cada agente y cada obra se definen por oposición a los restantes” (2002: 118). Por habitus se entiende la disposición o tendencia prerreflexiva, incorporada a los agentes (escritores y lectores, en el caso del campo literario) y que los lleva a repetir determinadas conductas que mantienen el poder de un campo. En cuanto al capital, son los recursos con los cuales se puede tener éxito en un campo. Los campos se conforman a partir de capitales específicos que determinan las posiciones de fuerza esgrimidas por los agentes. Bourdieu distingue cuatro tipos de capital: económico, cultural, social y simbólico. Los tres primeros tipos de capital se pueden transformar en capital simbólico cuando son captados y elaborados en una representación por los esquemas del habitus, mediante el cual una cosa o acción es percibida, apreciada y clasificada.

Fundado por Jorge Gaitán Durán (nacido en 1924, en Cúcuta, y muerto el 21 de julio de 1962, en un accidente aéreo en el Caribe, Martinica), el grupo “Mito” buscaba fundamentalmente superar el campo de la estética romántica en desuso y, sobre todo, la modernista y parnasiana, heredadas de las generaciones y los grupos anteriores: “Centenario”, “Los Nuevos”, “Piedra y Cielo” y, en menor proporción, “Cántico” o “Los Cuadernícolas”; abrirles camino a las vanguardias desconocidas en Colombia, aunque de manera insular, hubieran aparecido algunas figuras, como los poetas José Asunción Silva, Luis Carlos López y Luis Vidales, que ya constituían una ruptura para quienes buscaban sacar al país del atraso intelectual, cultural y científico propiciador de una barbarie sangrienta que en esos años va a producir más de 300.000 muertos. Hay que tener en cuenta que 1930, según Ángel Rama, es el año de inicio de las vanguardias en América Latina, y “Mito” aparece en 1955, es decir, el arranque de la modernidad intelectual en Colombia tiene un atraso de 25 años. La revista Mito, como medio vocero del grupo, se publica de 1955 a 1962, en un total de 42 números, en cantidad de 1.000 a 1.500 ejemplares por tiraje, de aparición irregular bisemestral. Además, el grupo -llamado por algunos la Generación del cincuenta- realizó algunas ediciones en formato de libros, principalmente poesía.

El nombre del grupo es, en cierto sentido, paradójico, en la medida en que los intelectuales al servicio del campo conservador y estatista habían mantenido al país en la mentira retórica, como sería el caso del poeta Guillermo Valencia, quien “no solo interpretó al régimen señorial sino que contribuyó esencialmente a justificarlo” (Gutiérrez Girardot, 1982: 450). Paradójico resulta el nombre de “Mito” en la medida en que el país, más que ficciones, necesitaba verdades o, por lo menos, acercamientos más objetivos, a la violenta realidad que vivía en esos tiempos. “Aceptamos el mito para mejor desmitificarlo y más fácilmente torcerle el cuello”, decían en la revista Mito 1 (1955), en una clara alusión a la nefasta herencia valencista del cisne. Según el mismo Gutiérrez Girardot, la revista Mito “demitificó la vida cultural colombiana y reveló, con publicaciones documentales, las deformaciones de la vida cotidiana debidas al imperio señorial” (535). El mito es un relato fundacional del mundo y del hombre, con la intervención de entelequias superiores o dioses. Por supuesto, la palabra “Mito”, como apelativo del Grupo, no alude o designa la reproducción o continuación del cuerpo de mentiras que habían sido impuestas al país, desde las instituciones del campo de la cultura oficial (la educación, la academia, la iglesia, el derecho, la cultura de viñeta, la Historia, la prensa) sino que hace relación a fundar el país, inaugurarlo, abrirlo, crearlo, partiendo del anti-mito, un relato poemático crítico del lenguaje y de la cultura.

“Mito” asume una actitud crítica frente a los límites arbitrarios (exceso de nacionalismo y regionalismo) que imponían los intereses del campo intelectual en los años 50. Poetas, ensayistas y narradores forman una alianza que pondrá en entredicho las acciones reproductoras del campo cultural dominante en aquel entonces, y las relaciones sociales y políticas que lo hacían posible. En esta crítica, el lenguaje es llevado a su máxima complejidad y tensión. “Mito” fraccionará las conductas, saberes y disposiciones durables (habitus) de los grupos que venían transcribiendo una cultura resignada y conformista (retórica sin ideas) o panfletaria extremista. El campo de la cultura colombiana, de carácter regional, ejercía un poder arbitrario que se reproducía de forma "natural" a través de las instituciones educativas. No olvidemos la relación significativa que existe entre la sociología de la educación y la sociología de la cultura (Bourdieu, 1990: 61). Los gestores de “Mito”, fomentadores del diálogo y del intercambio cultural, sabían que "los contenidos y significaciones que definen una cultura como sistema simbólico, no pueden deducirse de un principio universal, ni tampoco encuentran explicación en una entidad que obedezca a la naturaleza de las cosas o a la naturaleza humana" (Téllez Uregui, 2002: 104).

En un país en el que la crítica seria no existía, había que poner en tela de juicio las ideas del racionalismo del siglo XVIII, y del republicanismo de los siglos XIX y XX, ya que estos aparecían como funciones universales de la educación de nuestro país. La combinación de logos y mythos del grupo, como bien lo ha anotado R. H. Moreno Durán (1989), logra criticar el poder que emana del "hombre ilustrado" sin imaginación, ese individuo moderno que anhela el dominio absoluto sobre los otros, a través del iluso intento de compendiar la totalidad del saber. El abordar una problemática estética y humana enfatiza la visión crítica a propósito de las ilusiones y fantasías que subyacen en los excesos del racionalismo y el cientificismo. Cuestiones fundamentales para Mito, como el fracaso de los sistemas, la paradoja y el absurdo, la desesperación y la angustia, el sentido del riesgo del individuo, y la incertidumbre absoluta de lo objetivo, encuentran un asidero filosófico y unas resonancias explicables en las ideas del existencialismo de Heidegger y Sartre, filosofías esenciales para el grupo.

A partir de esas premisas, está bien llamarlo grupo a “Mito” pues, más que generación (filiación por edad), recoge a algunos autores del grupo anterior (“Los cuadernícolas”), como Fernando Charry Lara y Álvaro Mutis. Son grupo en la medida en que se determinan por un estilo, el vanguardista, que en cada uno de ellos acepta notables diferencias, dando una especie de unidad dentro de la pluralidad. Ahora, un estilo involucra no solamente las características de un lenguaje sino, ante todo, una actitud frente a las palabras, que en el caso de “Mito”, va dirigida a considerar el lenguaje “en situación”, modificado permanentemente por la historicidad de las relaciones socio-culturales. El otro aspecto es el temático y con él, la visión de mundo desde donde son tratados los distintos tópicos que sus autores verbalizan: el erotismo en abrazo con la muerte (Eros y Tánathos), en Gaitán Durán; la desesperanza y la precariedad del hombre, en Álvaro Mutis; la cotidianidad, en Rogelio Echavarría y Eduardo Cote Lamus, para solo citar cuatro casos. En consideración de Gutiérrez Girardot, los principios de “Mito” fueron: “el rigor en el trabajo intelectual, una sinceridad robesperiana, una voluntad insobornable de claridad, en suma, crítica y conciencia de la función del intelectual” (535).

José Asunción Silva (1865-1896) sería el punto inicial, dentro de la poesía colombiana y en cuanto a una actitud honesta del intelectual y creador frente a la cultura, de donde parte la línea vanguardista que conduce al grupo “Mito”. “Silva no es el «esteta escapista» que quiere una crítica rápida e imprecisa, muy por el contrario, es un poeta comprometido al fondo de ver, que ha asumido la función del poeta como vidente. Ruptura brusca con la tradición poética colombiana, que tendía hacia el acartonamiento parnasiano” (Armando Romero, 1985: 22). Más tarde, en 1910, cuando se cumplen cien años de la “Independencia”, aparece el grupo del “Centenario”, formado por jóvenes que en esa fecha alcanzan los veinte años, y que incluye en sus filas tres presidentes: Laureano. Gómez, López Pumarejo y Eduardo Santos. De ellos, anota el mismo A. Romero: “Desconocieron el empuje renovador del postmodernismo y se hundieron en ese parnasianismo «culto y humanista» que les venía de Valencia” (34). Solo se salvarían Eduardo Castillo (poeta, traductor y crítico), José Eustasio Rivera (novelista) y el poeta costeño Miguel Rasch Isla.

El grupo de “Los Nuevos” aparece en la década del 30, en 1925, y “estaban su mayoría contra el espíritu de Valencia y su pléyade de gramáticos, teólogos y poetas de corte clasicista” (A. Romero, 40), pero a excepción de Rafael Maya, Jorge Zalamea, Luis Vidales (Suenan timbres, 1926) y León De Greiff, terminaron alejándose de la actitud renovadora de las vanguardias, enredados en la política, como los Lleras Camargo, que querían desplazar del poder al grupo “Centenario”. Para Fernando Charry Lara: “«Los Nuevos» constituyen, evidentemente, una prolongación de las tesis parnasianas. Al mencionar este punto es necesario decir que ellos no mantuvieron, al contrario de lo que se ha afirmado, el menor contacto con los ismos de la primera post-guerra, fuentes indiscutibles de la «nueva» poesía, y menos que, superando sus programas, se desembarazaran de ellos” (1975: 65).

En 1939, aparece “Piedra y Cielo”, con: Jorge Rojas, Eduardo Carranza y otros, siendo sus tutores líricos, en la línea española, Juan Ramón Jiménez, y en la línea americana, Pablo Neruda. A mediados de la década del 40, surge el grupo “Cántico” o de “Los Cuadernícolas”, con Fernando Charry Lara, Helcías Martán Góngora, Álvaro Mutis y otros, absorbidos luego por “Mito”. “Piedra y Cielo” fue grupo dominante en el campo literario colombiano, con un capital simbólico (prestigio) que, al final de cuentas, significó la continuación de la poesía preocupada fundamentalmente por el significante, por la materia fónica (rima, ritmo, cadencia, eufonía), por “el retoricismo y la esbeltez de las formas”, según Charry Lara. De “Piedra y Cielo”, ha dicho Enrique Anderson Imbert: “El primer impulso fue aéreo, ascensional: estuvieron más cerca del cielo que de la piedra. Después, el impulso fue más terrestre y grave: tocaron la piedra de América en su dura realidad” (1974: 194). En ese apunte de Anderson Imbert, se descubre cómo el instante aéreo o celeste lo produce la influencia del poeta español Juan Ramón Jiménez, y el momento terrestre de la piedra, lo va a dar el contacto con la poesía telúrica de Neruda, conexión francamente peligrosa por el poder gravitacional de Neruda para convertir en satélites a todos los escritores que entran en su órbita, así que la corriente americana de los piedracielistas nunca pudo quitarse de encima la perniciosa contaminación retórica de esa formidable máquina constructora de imágenes y metáforas que era Neftalí Ricardo Basoalto. Después de reconocer que los piedracielistas “trajeron a la poesía colombiana un aire de ligereza, de levedad, de esbeltez, ausente casi del todo en el verso de quienes los antecedieron”, Charry Lara termina recusándolos al decir que “continúan la tradición formalista de la poesía colombiana, poniendo más esmero en el culto por la propia forma y aun por la apariencia propiamente formal de las metáforas e imágenes de aquella poesía española”, es decir, “el brillo levemente gracioso o sonoro de la estrofa” (67).

La grave situación de violencia, la acentuación de la pobreza a fines de los años 40 y comienzos de los 50, la desterritorialización del campesino al negársele su derecho a la tierra y la apropiación del campo por una minoría latifundista, producen la aparición del movimiento de renovación que constituyó el grupo “Mito”, pues sus miembros eran creadores e intelectuales lúcidos que no solo buscaban la belleza y la construcción de un lenguaje crítico sino un acercamiento a las verdades y a la realidad que los usufructuarios del poder, incluyendo los grupos de creadores anteriores, habían escamoteado y oscurecido. De allí que en las producciones de sus miembros, el proyecto ético esté unido al proyecto estético. La crítica del lenguaje que “Mito” propone es una búsqueda sanamente liberal: libertad de expresión y aceptación de la pluralidad de posibilidades de expresión. Seguramente abogaban por un verso “dulce y útil”, al decir de Horacio.

El año de fundación de “Mito” es 1955, en pleno gobierno de facto (1953-1957) del General Gustavo Rojas Pinilla. Políticamente, se trataba entonces de luchar contra la dictadura que, en sus medidas represivas, lesionaba la dignidad de los creadores e intelectuales con la fuerte censura de prensa y expresión que aplicaba. La dictadura cae en 1957 y los dos partidos se ponen de acuerdo para sucederse alternadamente en el poder mediante el pacto que llamaron Frente Nacional (1957-1974), siendo el primer presidente un miembro de “Los Nuevos”, Alberto Lleras Camargo, ya olvidado de sus retozos literarios. “Mito” surge y se desarrolla, así, durante la dictadura de Rojas Pinilla y el primer gobierno del Frente Nacional. Pero la violencia no acaba, como se puede apreciar en el libro La revolución invisible, de Gaitán Durán, sino que aumentan las matanzas (300.000 muertos) y se produce el surgimiento de nuevas guerrillas organizadas. La cruel guerra civil fratricida se origina en la lucha de los partidos políticos tradicionales: liberal y conservador. En un cambio de perspectivas, “Mito” recibe con entusiasmo el triunfo de Fidel Castro en Cuba.

Voy a detenerme ahora en los miembros que conformaban el grupo “Mito” y en los géneros que cultivaban, aclarando que si algunos de los autores no pertenecieron oficialmente al conjunto, al publicar en la revista, estaban animados por tendencias y actitudes cercanas a sus principios. Mucho mayor que los miembros normales de “Mito”, Aurelio Arturo ha sido reclamado por ellos como su maestro -como los nadaístas reclamarán para sí la tutoría del antioqueño Fernando González-, y ciertamente, la actitud poética y lingüística de Aurelio Arturo, en la ruptura de los habitus modernistas y parnasianos, está más cerca de “Mito” que de “Piedra y Cielo”, donde algunos intentan todavía ubicar al autor de Morada al sur (1963), volumen que consta de solo 30 poemas escritos entre 1945 y 1963, 32 años, es decir, un poema anual, para darnos una idea de la importancia que Aurelio Arturo daba al rigor y al silencio en la palabra.

Entre los miembros de “Mito”, están: Jorge Gaitán Durán (1924-1962): Si mañana despierto (1961); Hernando Valencia Goelkel, quien fundó y dirigió la revista con Gaitán Durán, es fundamentalmente crítico, con una prosa rigurosa y leve, de una economía admirable; de 1959 a 1961, hizo crítica de cine en la revista Cromos; Álvaro Mutis, nacido en Bogotá, en 1923, publica: Reseña de los hospitales de ultramar (1959), poemas conocidos y comentados favorablemente por Octavio Paz; Diario de Lecumberri (1960), Los trabajos perdidos (1961); Pedro Gómez Valderrama, cuentista y novelista; Jorge Eliécer Ruiz; Fernando Arbeláez: Canto llano (1964), Panorama de la poesía colombiana (1964); Fernando Charry Lara: Los adioses (1963); Eduardo Cote Lamus: Estoraques (1961-63), La vida cotidiana (1959); Rogelio Echavarría: El transeúnte (1964), aunque los poemas de este volumen ya habían sido escritos en 1948 y 1952. Ahora, sin ser oficialmente miembros de “Mito”, allí publicaron los autores caribeños: Héctor Rojas Herazo: Agresión de las formas contra el ángel (1961); Gabriel García Márquez: los cuentos “Monólogo de Isabel viendo llover en macondo”, “En este pueblo no hay ladrones”, y la novela El coronel no tiene quien le escriba; Álvaro Cepeda Samudio: “Los soldados” (capítulo de La casa grande). Se editaron igualmente en “Mito”, textos de Baldomero Sanín Cano (1861-1957), Marta Traba, Danilo Cruz Vélez, Rafael Gutiérrez Girardot, Hernando Téllez, Jorge Zalamea, León de Greiff, Luis Tejada y Luis Vidales.

Algunos críticos han tratado de mencionar como fallas en el grupo su cosmopolitismo, su intelectualismo y también el erotismo en la poesía de Gaitán Durán. Por supuesto, en la ñoñez del medio provinciano colombiano, cualquier manifestación intelectual, científica o creativa, debía parecer extraña y hasta pedante, sobre todo cuando la ignorancia ha dado dividendos a una minoría usufructuaria de las riquezas del país. En efecto, en el afán cosmopolita de “Mito”, admitieron la presencia de autores extranjeros, introduciendo en Colombia la discusión internacional para estar a la altura de los tiempos. Allí se publicaron de manera exclusiva, textos de Jorge Guillén, Vicente Alexaindre, Luis Cernuda, Carlos Drummond de Andrade, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Luis Cardoza y Aragón, Octavio Paz. En su deseo de romper el provincianismo secular, de crear el anti-mito para sacar al país del atraso intelectual y social en que se encontraba, se abrieron al dialogo franco con el pensamiento occidental, a múltiples tendencias e influencias foráneas. Se privilegia, en cuanto a literatura extranjera, la francesa: Saint-John Perse, Paul Valery, Rimbaud, Jean Tardieu, Jean Paul Sartre; inglesa: Ezra Pound; alemana: Bertold Brecht, Gottfried Benn, Hegel, Heidegger; latinoamericana (sobre todo México y Argentina), con Octavio Paz y Jorge Luis Borges. En el erotismo de la poesía de Gaitán Durán se siente a Bataille y a Sade; el pensamiento germanizante en Eduardo Cote Lamus, la influencia china en los poemas de Arbeláez. Ansiosos de incluir a Colombia en la contemporaneidad del mundo, aceptan todas las utopías, sin importar las procedencias; como el vagabundo Maqroll, están abiertos a los vientos de todos los mares culturales.

Para el grupo, el género principalmente cultivado fue la poesía, siguiendo el ensayo y el testimonio, y en menor grado la narrativa: Gaitán Durán (cuentos), Gómez Valderrama (relatos), García Márquez y Cepeda Samudio. Dentro del ensayo, fundamentalmente crítico, tocaron muchas disciplinas, ciencias y artes: filosofía, economía, política, historia, sociología, literatura, cine, pintura.

Desde un comienzo, los escritores de “Mito” se afirman en la búsqueda de un lenguaje horacianamente útil y dulce, bello y eficaz, riguroso y anti-retórico. El poeta “No solo debe dar respuesta a su situación, sino que tiene que hacerlo -y ahí reside la tensión- en términos de doble verdad: eficacia y belleza. Su lucha es de nuevo -y a ello llega por el camino entrañable- una lucha por la palabra, una palabra que signifique y a la vez que rutile” (F. Charry Lara, 54).

“Convertir una tierra amorfa y pestilente en una patria”, era uno de los propósitos de “Mito”, en la voz de Gaitán Durán. Y así, en vías de crear un país, la búsqueda ética del grupo se dirige precisamente a cambiar la función que la literatura (poesía, ensayo, narrativa) venía cumpliendo en un país de mentiras complacientes, de allí su crítica del lenguaje, dirigida a buscar una palabra sobria, clara, responsable frente al país y el territorio histórico, guiados seguramente por la función social que en ese momento Sartre otorgaba a la literatura. “La crítica del lenguaje abarcaba un proyecto tanto ético como estético. La orientación de ambos proyectos tiene su formulación programática en las palabras de presentación de la revista [“Las palabras también están en situación”] (Hans Paschen, 1995: 62). Y no podía ser menos, dados los tiempos de dictadura, represión, miseria y violencia que vivía Colombia. La lucidez de “Mito” está en que en tales tiempos, en medio de tanta miseria humana, sus miembros no hubieran echado por la borda el interés en la belleza. Por su parte, Jorge Eliécer Ruiz anota en un ensayo aparecido en Mito No. 35: “Si el escritor quiere ser reconocido por la sociedad en que vive -y esta es la única razón de su trabajo-, debe preocuparse efectivamente de sus problemas. No basta con tratar sus aspectos más próximos y visibles, en la forma en que lo hace el periodista y el cronista, sino que debe desentrañar sus causas más profundas, aquellas implicaciones que lo unen directamente con el sentido del mundo” (1975: 68). De allí, la lucha de “Mito” inicialmente contra la dictadura hasta el punto de haber contribuido a la caída de Rojas Pinilla, la pertenencia de algunos de sus miembros al movimiento político del MRL, su batalla por la libertad de prensa y expresión, la denuncia que hicieron en sus ensayos de la violencia partidista y de los estados aberrantes de pobreza del pueblo, la fuertes críticas que formularon al primer gobierno del Frente Nacional en cabeza de Alberto Lleras Camargo. En La revolución invisible (1959), su autor decía: “Paradójicamente la presidencia de Alberto Lleras es la espuma de un fracaso, corona el derrumbamiento de su política: los pactos entre dos partidos ineptos y vacíos, que aún hoy en día no han logrado clausurar la atroz historia colombiana de estos últimos años” (1975: 323).

“Mito” exigía tensión y densidad para el lenguaje, a partir de la expresión de una problemática estética o una problemática humana, como lo dice Hans Paschen. Pero la renovación del lenguaje no se produce fundamentalmente a partir de experimentos con la retórica sino de la captación del ser humano en su totalidad como concreción histórica, “en situación”, con el ser actual de su época. Así, el gran aporte de “Mito” en la renovación del campo literario colombiano, está en la búsqueda y la consecución de un lenguaje que exprese en profundidad los estados históricos del hombre colombiano. En esa línea de pensamiento, estética y ética van de la mano, con lo que están abiertamente opuestos a los grupos poéticos anteriores (“Centenario”, “Los Nuevos”, “Piedra y Cielo”), preocupados por el formalismo del verso, por el brillo de las imágenes. La lírica solo puede cumplir su misión haciéndose cargo del presente. La literatura colombiana secular, conformista e hipócrita, se conecta con los mecanismos de la violencia, según Jorge Eliécer Ruiz. Las palabras sirven para arrojar luz sobre la realidad, para revelar el mundo y no para idealizarlo.

Con “Mito” se cambiaron los habitus lingüísticos y de contenido de la poesía y el ensayo; así, en ese sentido, tomaron “conciencia del estado atrasado y provinciano de la lírica colombiana” y “sintieron la necesidad de ponerse al día en lo tocante a la renovación del lenguaje lírico” (Paschen, 61). Y lo hicieron a partir del convencimiento de que debían ser intelectuales y creadores de tiempo completo, de allí que asumieran su destino de escritores, sin parapetarse en las torres de marfil del formalismo de los grupos anteriores, sino metidos en el barro de la cantera histórica de la realidad, asumiendo como profesión la escritura, la especificidad del trabajo creativo e investigativo.

La muerte de Gaitán Durán, ocurrida en 1962, da por terminadas las actividades del grupo “Mito” como revista, aunque, por supuesto, sus influencias van a continuar en los miembros vivos y en las futuras generaciones, como se ha visto en Mutis y en García Márquez. “Mito” deja pues un terreno abonado para que las vanguardias, aunque extemporáneas en relación con la contemporaneidad del mundo, sigan desarrollándose en Colombia. En 1958, en Medellín, se funda el Nadaísmo, con manifiesto a bordo, en el que su jefe, Gonzalo Arango, pronosticaba “una revolución en la forma y en el contenido del orden espiritual imperante en Colombia”. En su manifiesto, anuncian que por falta de fuerzas, no están interesados en destruir ese orden sino en desacreditarlo. Más que el camino del rigor, el estudio, la creación, la ética y el lenguaje crítico, buscaron escandalizar a la burguesía. Para J. G. Cobo Borda, la nota más sobresaliente del Nadaísmo es el humor, “en ocasiones singularmente creativo y en otras completamente errático y lo que es más grave filosofante y trascendental como lo atestiguan varias disquisiciones «humanísticas» y «metafísicas» de su fundador” (1987:185). Mucho más punzante es la critica que les hace Estanislao Zuleta cuando dice: “El Nadaísmo pretende oponerse a la sociedad burguesa con los valores de la soledad, la intuición irracional, la arbitrariedad, la calavera y el «motilao» (cortarse el pelo al rape). La sociedad burguesa no lo considera su antinomia. Ella tiene razón: su antinomia no es ese hijo descarriado” (citado por Cobo Borda, 192). La crítica seria de Colombia está de acuerdo en señalar que los nadaístas tienen su mayor logro literario en Los poemas de la ofensa, de Jaime Jaramillo Escobar (X-504), y en la poesía urbana de Mario Rivero, aunque este terminó retirándose del grupo.

Son las generaciones posteriores al Nadaísmo las que empiezan a medir y evaluar en su exacto peso los aportes del grupo “Mito”, sobre todo su sentido crítico y riguroso para percibir las realidades de Colombia y del mundo, a partir del ejercicio literario hecho con eficacia y belleza, como quería su mentor. El lenguaje lírico o ensayístico del grupo, en aquellos años difíciles, al mostrar la falsedad de los lenguajes anteriores, se convertía en una verdadera acción política que materializaba el principio de “Todo edificio estético descansa sobre un proyecto ético”, liderado por Gaitán Durán.

Expuestas las anteriores consideraciones sobre el accionar de “Mito”, me queda el compromiso de realizar con mis estudiantes de literatura de la Universidad Pedagógica Nacional, una propuesta o proyecto de investigación que ahonde mucho más en las causas socio-políticas y culturales que originaron la aparición de este grupo abierto sinceramente a las vanguardias, describa e interprete el lenguaje y los sentidos de las obras (lírica, ensayo, narrativa) de sus escritores, señalando los aportes que hicieron al nuevo campo de las letras colombianas y latinoamericanas. Leyendo las producciones líricas y ensayísticas de los escritores de “Mito” y apoyándome en una mirada distanciada y extranjera como la de Hans Paschen (63-64), percibo como elementos característicos esenciales en el grupo: el distanciamiento del ademán hímnico, de la exaltación y la sensualidad modernista presentes en “Piedra y Cielo”; una visión pesimista, actitud rebelde o escéptica ante la existencia, el lenguaje, la historia y la poesía; el lenguaje sencillo, casi prosaico, por momentos, hermético; el erotismo, sobre todo en Gaitán Durán, criticado por su énfasis en este tópico, sin entender que había que romper ese tabú impuesto por la iglesia y las “buenas costumbres” literarias; la crítica del lenguaje contra el estilo declamatorio ampuloso, de allí la sobriedad, el tanteo, la vacilación, la búsqueda, así que el poema es un lugar de exploración; el tema y el lenguaje de la cotidianidad, sobre todo en Rogelio Echavarría y Cote Lamus; el verso libre frente al fonetismo de “Los Nuevos” y “Piedra y Cielo”; la cadencia más flexible, el poema elaborado como unidad rítmica; el matrimonio indisoluble entre estética y ética. Además de indagar en esos aspectos señalados, el proyecto de investigación sobre “Mito”, buscará profundizar en los valores éticos, estéticos, culturales, políticos, con los cuales, en una especie de sana herejía, cambiaron los habitus (mentalidades y estilos) estatistas y conservadores del campo literario colombiano, abriendo el camino para el desarrollo intelectual de las generaciones presentes y venideras.

 

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(*) Mar Estela Ortega González-Rubio es profesora de Literatura, en la Universidad Pedagógica Nacional, de Bogotá (Colombia), de donde egresó con el título de Licenciada en Español e Inglés. Igualmente es egresada de la Maestría en Literatura Latinoamericana, de la Pontificia Universidad Javeriana.

 

© Mar Estela Ortega González-Rubio 2005
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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