Nuria Amat: algunos retratos de Juan Pérez Vizcaíno*

Roberto García Bonilla
rgarciabonilla@att.net.mx
rgabo@yahoo.com
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad Nacional Autónoma de México


 

   
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Escribir sobre Juan Rulfo es una tarea riesgosa. En 1999 la investigadora brasileña Simone Montoto observó: “Mucho se ha escrito sobre sus narraciones, su figura enigmática y mítica y sobre su silencio literario y personal. Son más de nueve mil páginas -en casi 50 años de crítica- que buscan ofrecer respuestas a innumerables interrogantes de las poco más de 300 páginas escritas por Juan Rulfo”.

A partir de la muerte del escritor jalisciense, una vertiente de estudios se ha dirigido más a su vida que a su obra; algunos secretos se han conocido; las polémicas se han documentado, ciertas dudas se han aclarado y algunos tópicos intensifican la sombra mítica del escritor. Los estudiosos y los biógrafos esbozan y colorean su propia aura legendaria. Las diferencias e imprecisiones abundan. Y muy pocos han corrido la aventura de analizar con profundidad la obra, relacionándola con su vida. Los obstáculos no son pocos. Es natural. Acceder a fuentes directas y documentos personales -ahora- es más difícil que hace 20 años haber logrado una entrevista con el autor jalisciense. Lo sabemos, también, sin decirlo, la sola pronunciación de su nombre, la mención de sus fotografías, de El Llano en llamas y Pedro Páramo -en suma, su imagen- significa introducirse al museo de las figuras y tradiciones selectas de México que nos dan pertinencia ante la mirada de los otros, los extranjeros: eternos amigos distantes, ante quienes nos sentimos ajenos y -sin buscarlo- encontramos cimientos de nuestra pertenencia como individuos y colectividad; la identidad como sujetos, la nacionalidad como pueblo.

Aunque no se conozcan las fechorías y el amor irrealizado de ese “rencor vivo”, Pedro Páramo ya es un arquetipo de la esencia de lo mexicano tan sólido como -toda proporción guardada- el arraigo que nos une a la virgen de Guadalupe y a la identificación superficial -magnificada por el esplendor mediático de las imágenes- que asocia a México con fotografías de cactus, retratos de Frida Khalo (1907-1954) o el rostro cubierto de un rebelde que ha evitado ser revolucionario.

Para un mexicano escribir una biografía de Rulfo, durante años pareció una tarea imposible; de algún modo lo sigue siendo, aunque ya existen dos: una inédita de Juan Antonio Ascencio y la otra, autorizada por la Fundación Rulfo de Alberto Vital, (Noticias de Juan Rulfo1784 -2003, México, RM, 2004).

Pero las primeras biografías sobre el escritor jalisciense publicadas, fueron escritas por dos extranjeras: Juan Rulfo, Las mañas del zorro, de la escritora argentina Reina Roffé (Espasa, Biografías, Madrid, 2003) y el libro que ahora nos concentra: Juan Rulfo, el arte del silencio (Ediciones Omega, Barcelona, 2003, 517 pp.) de la escritora barcelonesa Nuria Amat, a quien la obra de Rulfo impresionó tanto que en su novela La intimidad (1997) la protagonista dialoga unívocamente con Pedro Páramo y su autor. En el monólogo autor y protagonista se funden. La narradora dice: “Tan entregada estuve en mi trabajo de lectora de Juan Rulfo que llegué a confundirlo con Pedro Páramo. Ya no sabía si era Pedro Páramo o Juan Rulfo el escritor de quien estaba enamorada. [...] Cuando lo encontré, Pedro Páramo parecía salir del viejo orfanato, con su maleta de trapo sobre los hombros sin saber qué camino seguir”. En la novela de Amat, la ficción apenas si toma un dato de la realidad, pero en la biografía la invención debe quedar fuera, aunque la recreación puede encontrar el realismo en la fantasía.

Debo aceptar la expectación y enorme curiosidad que me provocó la existencia de Juan Rulfo, el arte del silencio. Me intrigaba saber cómo enfrentó y escribió una biógrafa extranjera, la vida, la leyenda y la búsqueda de elementos estilísticos del narrador mexicano que a más lenguas se ha traducido, y que -paradójicamente- acrecentó su fama, con ¡el silencio editorial! Admito que el instinto y no la conciencia me llevaron a buscar de inmediato fechas, datos y anécdotas, desconocidos para mí.

Amat se propuso una biografía literaria, aunque se recuperan vetas del árbol genealógico de su personaje. Más que una recuperación anecdótica de la trayectoria de Juan Pérez Vizcaíno, es una reflexión e interpretación de los caminos escriturales de Juan Rulfo en su agotamiento ante la hoja en blanco y los intentos creativos de largo aliento sin fructificar.

El seguimiento de hechos sobresale por su puntualidad en la recreación de ambientes; por ejemplo, la atmósfera de la iglesia de Apulco y la infancia del escritor. Esta biografía se construyó desde un mapa de geografías e itinerarios con materiales e información, apenas suficientes. Con minucia analiza Los Cuadernos de Juan Rulfo (1994) y sitúa su contenido en distintos ámbitos de la vida y la obra del personaje. Su oficio de narradora salva este proyecto, que algunos escritores mexicanos se rehusaron emprender; con seguridad temieron al naufragio. Para escribir una biografía sobre Rulfo, además de la crítica y la censura del medio cultural, se requiere de templanza en la búsqueda de fuentes de información fidedignas y confrontables. Al conocerse muy pocos documentos personales del escritor, hay enormes vacíos sólo rastreables por inferencias. No olvidemos que casi nada se sabe de cuánto pasó entre el momento en que el escritor deja el seminario en 1934 y su ingreso a la Secretaria de Gobernación en enero del 36. Y sólo conocemos vaguedades de sus labores desde que dejó el trabajo -de la Goodrich Euzkadi- en 1955 a octubre de 1963, fecha en que ingresa al Instituto Indigenista.

Nuria Amat transformó en benefició su lejanía de México (aunque en los hallazgos de los lectores españoles, alguno mexicanos podría encontrar tipificaciones). Pudo observar sin apasionarse los grupos de poder cultural y sus enconos; las maledicencias que mantuvieron a Rulfo replegado del medio y que al mismo tiempo le crearon fama, no gratuita, de crítico mordaz de sus contemporáneos. Mientras nosotros oímos, todavía, aires de esos rencores, la biógrafa española delimita sus prioridades temáticas y de reflexión. El silencio creativo es el leitmotiv que resuena en lontananza a lo largo de este texto que es una suerte de ensayo biográfico.

Hay una serie de orígenes del silencio en Rulfo, casi clasificados por temas, en los distintos periodos de la vida del escritor; la más llana explicación pregona que se le fueron las ganas de escribir. Aunque está conclusión proviene de razones y sinrazones que Amat medita: fama, alcohol, melancolía, autoexigencia, astenia, temor de no igualar las obras publicadas. Si aceptamos que la depresión es mucho más que un estado de ánimo, debemos reconocer también el dolor que cubre a quienes la padecen crónicamente. La tendencia al perfeccionismo dificulta y detiene el desarrollo personal del depresivo. A Rulfo, la esterilidad creativa le alimentó la zozobra que reflejaba en el semblante. Este vacío es también un dolor ético o moral, Amat nos observa, también, como la presencia del silencio en la vida del escritor incidió en la obra. Él mismo llegó a decir: «Quizá aquel silencio [el silencio de su pueblo] determinó que yo fuera escritor. En mi vida hay muchos silencios. En mi escritura también. Por eso dejé muchas páginas en blanco para que las llenara el lector. Estas páginas permanecieron vacías. Hoy podría llenarlas, pero no deseo hacerlo»”.

Hay un hilo conductor entre creación, silencio, no escritura, y muerte que iguala a Rulfo con la escritora española Carmen Laforet (1922-2004), autora de una novela excepcional, Nada, publicada en 1944. Luego se apagó. Y si es cierto que ambos dispusieron, de un modo particular, su muerte literaria, entonces hablamos de dos formas de morir. Recordamos, entonces, las dos muertes de Pedro Páramo; una -física- a manos de Abundio Martínez y la otra, simbólica, cuando se cruza de brazos para luego desmoronarse como un montón de piedras y que significa el fin de la existencia anímica, luego de perder a la mujer que añoró desde la infancia; ya viejo, el cacique, solo tuvo la presencia enloquecida de Susana San Juan.

Nuria Amat vincula a Rulfo con distintos escritores europeos como Robert Walser (1878-1956) ese artista que murió abstraído en una caminata. Y la asociación con Franz Kafka (1883-1924) es emblemática: ambos temperamentos hipersensibles con vidas consumidas en el confinamiento de la burocracia. El escritor jalisciense es identificado por sus afinidades y aversiones con escritores fundacionales en la Europa del siglo XX y convive familiarmente con ellos: Fernando Pessoa (1888-1935), Walter Benjamín (1892-1940), Peter Handke (1942) y Winfred George Sebald (1944-2001)...

Una de las intenciones de Nuria Amat fue acercar estrechar más la obra de Rulfo con los lectores europeos, donde no es desconocido; la mayor evidencia es la traducción de su obra a más de 30 idiomas. Pero hay que reconocer que la aceptación por el gran público ha sido lenta. Y si este hecho es entendible, por ejemplo, en los países nórdicos, no se explica en un país como España, donde el escritor mexicano se empezó a valorar ya bien entrada la década de los setenta.

El estilo de esta biografía va del ritmo sosegado a la exclamación impulsiva; del aplomo al nerviosismo; de la mesura a la precipitación; de la reflexión lúcida a la vaguedad de datos cronológicos y geográficos del escritor. Los estudiosos y los lectores podrán extraer ideas para recordarlas, asociarlas con propias, compartirlas, contradecirlas o refutarlas. Nuria Amat señala que el reconocimiento internacional de Rulfo se debe a un artículo de Carlos Fuentes (1929) publicado en Francia en 19551 (ahora accesible en la antología de Federico Campbell, Juan Rulfo. El arte del silencio en la “Selección de Textos”, Era, 2003), el cual -añade- es muestra de la generosidad de Fuentes ante el escritor que admira y a quien ayuda muchísimo. Si bien la extensión del texto es mucho mayor que las líneas que concede Octavio Paz (1914-1998) al escritor jalisciense en Corriente alterna, (Siglo XXI edit., 1967) de ningún modo es un texto revelador por su análisis. Aunque ciertamente tuvo una repercusión favorable. Habrá que recordar “Realidad y estilo de Juan Rulfo” de Carlos Blanco Aguinaga publicado en esos días en la Revista Mexicana de Literatura (septiembre-octubre de 1955) que -a decir del mismo ensayista y novelista vasco- Fuentes impulsaba con vigor. Ese texto terminó volviéndose bíblico para la crítica rulfiana en por lo menos tres lustros. Y creo que en su momento fue tan importante como el de Fuentes, quien después escribió, por lo menos, dos textos más sobre Rulfo.

Uno de los apartados más enriquecedores por la agudeza de sus afirmaciones y la expresividad de su estilo es el dedicado a Rulfo fotógrafo (“La muerte es una fotografía”). La biógrafa y la novelista se comparten; la indagación de la primera encuentra la experiencia de la segunda. La síntesis de sus ideas alcanza tonos aforísticos:

Una fotografía es un secreto acerca de un secreto.

Si las fotografías son mensajes, esto serán transparentes a la vez que misteriosos.

La fotografía de Rulfo es un secreto acerca de su secreto de escritura.

Para Rulfo fotografiar es escribir dos veces. Porque lo que importa para Rulfo fotógrafo no es la imagen, sino el hecho, la experiencia vital.

Puede explicarse con la mirada y desde lectura por qué Nuria Amat señala que, “Rulfo fotógrafo existió antes que Rulfo escritor. Y no sería extraño suponer que la fotografía haya sido el núcleo generador de su actividad literaria”. Y al ver a distancia a su personaje, Amat nos deja un retrato muy semejante al que han hecho la mayoría de los críticos, cronistas y biógrafos de periodos particulares. Mantiene intacta la imagen del escritor frágil, maltrecho, casi incapaz de enfrentar la vida cotidiana. Es cierto, él era un hombre poco hábil para resolver ciertas rutinas diarias. Pero si manejó con dificultades, por ejemplo, su economía, tampoco se puede decir que haya sido impractico. En medio de permanentes contradicciones supo ser objetivo. Si se sigue con detenimiento su vida laboral, por ejemplo, se comprobará que obtuvo beneficios que su condición de escritor notable le concedió, aunque estuvo lejos de las dádivas que otros escritores e intelectuales gozaron. Su ascenso en la burocracia fue lento y con traspiés. El poder cultural respetó a Rulfo como a un soberano sin linaje, aunque la veneración que aún rodea ahora su imagen es irrepetible en nuestras letras. Su obra más que cerrar con “llave de oro” un ciclo, es una concentración de tradiciones culturales.

No es difícil advertir la enjundia de Rulfo; necesitó de terquedad y fortaleza en su reconocimiento como escritor; sólo hay que recordar que entre 1936 y 1937 -lapso en que empieza a escribir formalmente- y el momento que en que se publicó su primer texto -1945- pasan cerca de nueve años: luego de 20 años de leer libros compulsivamente. Y si es cierto que -como él mismo dijo- se le fueron las ganas de escribir, nunca dejó de intentarlo. Incluso en dos ocasiones firmó contratos -en 1977 y 1982- comprometiéndose a entregar textos inéditos. Pero, como nos recuerda Nuria Amat, su intuición se impuso. Ya no importa saber si se detuvo porque sintió que no superaría las obras precedentes o porque él mismo creó una estrategia del silencio. Lectores y estudiosos agradecerán a Nuria Amat esta biografía. Sus reflexiones tendrán resonancias fugadas. Habrá quienes crean que aquí se mantiene intocable la leyenda del autor de Luvina; otras voces dirán, como la propia escritora señala, que no hay necesidad de desmitificar a un escritor de la estatura de Rulfo. Y todos podemos aceptar nuestra inclinación casi devota, tal vez proclive, por la fragilidad, la desdicha dulcificada, sobre todo si la encarnan seres excepcionales, geniales. Si como señala Jorge Aguilar Mora “todavía no hay nadie que le haga decir a Pedro Páramo otra cosa de lo que literalmente dice”, tampoco habrá quien logre penetrar en ese espacio sensorial o anímico donde se gesta el dolor de los otros. Y esa tristeza, melancolía y sentimiento de orfandad, identificable con Rulfo, son menos que aproximaciones a un drama secreto cuya sordidez anímica descansa en el desahogo sin pronunciamientos, sin murmullos; apenas con ruidos del silencio. “El dolor sin palabras es el más duro y tenebroso. Toda una vida -agrega Nuria Amat- en la que siempre lo más interesante, lo único real, lo único verdaderamente vivo, permanece oculto. Mudo. Como una losa, una loca, un paraíso, un cielo, un infierno, un acertijo”.

 

* Esta es una versión ampliada del texto en la presentación de Juan Rulfo, el arte del silencio, realizada en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara -el 3 de diciembre de 2003- en la que también participaron la autora y Pablo Rulfo, hijo del escritor.

 

Notas:

[1] L’Espirit des Lettres, num., 6, Rhone, noviembre-diciembre de 1955, pp. 74, 76. Traducido al español por Joseph Sommers. Véase, Carlos Fuentes, “Pedro Páramo” en La narrativa de Juan Rulfo. Interpretaciones críticas, México, SepSetentas, 1974, pp. 57, 59.

 

© Roberto García Bonilla 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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