Espéculo

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Joaquín Marta Sosa

Navegación de tres siglos. Antología básica de la poesía venezolana (1826-2002)
 


 

Para subir por el ascensor
Harry Almela

Cuando aparece una antología de poesía venezolana, se hace difícil para cualquier lector el intento de escribir o reflexionar en voz alta acerca de ella. Más aún cuando quien intentaría hacerlo (para apuntar sus posibles logros o carencias), se presume poeta como es nuestro caso. Si aparece nuestro nombre, entonces se corre el riesgo de ser laudatorio y hasta puede agradecerse la presencia. Si el azar y los astros no han sido favorables, y no aparecemos en el índice, pues entonces se dirá que cualquier comentario resume una venganza, un resollar por la herida. Así andamos en el país desde hace años. Quizás por esto, este libro publicado ya en 2003 no ha merecido la atención de la crítica. Es ésta la duda que me ha ocupado desde que tuve noticias de la aparición de esta antología, acometida por Joaquín Marta Sosa, residenciado en Caracas y no en Cantabria como reza la nota acerca del autor. En este sentido, debo aclarar desde el comienzo que me encanta y celebro no aparecer en ella, a juzgar por las sólidas y ruidosas carencias que la caracterizan y que paso a relatar y resumir.

La primera, la más visible, es la ausencia de escritores residenciados fuera de Caracas. Más bien parece una antología de poetas caraqueños. Salvo los nombres de Palomares, Pepe Barroeta y Gustavo Pereira, todos los demás están íntimamente relacionados con la capital, sea porque vivieron o viven allí o realizan actividades profesionales en Caracas. Una antología que se anuncia en su título como venezolana, está obligada a colocar la oreja y el corazón debajo de los pliegues más conocidos, allí, en lo subterráneo, asunto que requiere tiempo, paciencia e investigación.

Luego está el hecho de que, en el prólogo, se nombra a una serie de escritores que al final no aparecen en el índice. La lista es larga, y no vale la pena entrar en detalles. Pero asombra la ausencia de Juan Calzadilla, Francisco Pérez Perdomo, Miyó Vestrini, Enrique Mujica, Reinaldo Pérez Só, Leonardo Padrón y Santos López (presentes en el prólogo, pero no en el índice), por no escribir los nombres de María Calcaño, Rafael José Muñoz, Miguel Ramón Utrera, Alfredo Chacón, Luis Pastori, Salustio González Rincones, Cruz Salmerón Acosta, Jesús Sanoja Hernández, Ludovico Silva, Darío Lancini, Eduardo Zambrano Colmenares y Rodolfo Moleiro (entre otros muchos), a quienes les castiga el látigo inclemente de la más absoluta indiferencia. Acá cabe señalar, por ejemplo, que resulta difícil hablar de una poesía venezolana del hacia la calle vamos sin referir los libros Dictado por la jauría o Ciudadano sin fin de Calzadilla. No sólo referirlos. También (y sobre todo), incluirlos en el índice.

Un tercer aspecto a resaltar son las fronteras que se ponen a la poesía escrita por mujeres, dedicándoles un aparte especial, como si las voces desde lo femenino no responden a las demás categorías propuestas por el autor y formasen per se un planeta solitario. Puede ser cierto (es discutible, quiero decir) que la poesía escrita por mujeres ha tomado un auge importante en las últimas décadas, pero eso no es causa suficiente para darles un tratamiento especial. Las mismas preocupaciones formales y temáticas (sobre esto de fondo y forma volveremos más adelante) atraviesan la subjetividad femenina, no sólo en este país sino en el resto del universo. Acá cabe señalar la estruendosa ausencia de Ida Gramcko o de alguna referencia a María Calcaño, nombres necesarios a la hora de resumir cualquier antología poética venezolana, más aún cuando se califica a sí misma de básica.

Como quiera que los animales, según Franz Khun, se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón y (n) que de lejos parecen moscas, digamos que no vale la pena poner en tela de juicio los ocho (diez o quince, qué más da) puntos cardinales propuestos como metodología o guía de lectura. El asunto acá consiste en que no se puede (a estas alturas del avance de la teoría y de la crítica literaria) proponer a la relación fondo-forma (es decir, a la estilística) como guía exclusiva y excluyente de lectura. Según dicha clasificación, no solo los animales pueden parecer moscas si se les mira desde lejos, sino que las moscas se estudian además como mamíferos. Y ya esto resulta francamente insoportable. A la hora de levantar un mapa de nuestra poesía (dirigida también a lectores españoles y de otras latitudes) resulta por lo menos irresponsable reducir el asunto a un problema de espíritus más o menos poéticos y de esencias materiales, recicladas o no con cierta pericia por el alma del poeta, expresadas en mundos temáticos más o menos diversos y elaborados con mayor o menor eficacia, partiendo de cierta madurez o no del lenguaje. Estilística e impresionismo puro y platónico. A estas alturas de la profundidad y de la musculatura de los estudios literarios y de la Academia en América Latina, bien valdría la pena proponerse una antología de la poesía venezolana que hable de las formas de creación e instauración de nuestro imaginario espacial y de la conformación de la subjetividad latinoamericana, de las formas de vinculación de ese imaginario poético con las vanguardias y postvanguardias del mundo literario occidental, en fin, acometer la busca de la construcción de nuestra realidad real o imaginada desde una perspectiva de independencia, originalidad y representatividad, de la que habla Ángel Rama con puntillosa preocupación. No podemos, en este noveno inning, continuar y reproducir la ya clásica manera de ver la literatura y escribir acerca de ella. Ya no nos sirve agradecer la aparición de espíritus y mentalidades más o menos esclarecidas, que nos elaboran un mapa (más cercano a sus subjetividades y limitaciones que a la complejidad discursiva que intenta analizar), y que anhela presentarse como capaz de brindarnos a nosotros, los terrenales e inocentes lectores, un panorama que, a pesar de cualquier pretensión, obedece a una dinámica propia, compleja y rizomática. Sólo así podríamos evitar decir que Andrés Eloy Blanco es un poeta popular (popular es su reconocimiento, su presencia en nuestro imaginario, no su obra) y colocar en la antología precisamente los menos populares de sus poemas, complicados aparatos formales gracias a la construcción y a las referencias cultas. Los llamados populares no son poetas de verso fácil, como apunta el autor, por más que balancee esta opinión agregando el lugar común en estos casos: muy respetuosos de las formas y de los ritmos clásicos. No es fácil, y menos popular, un poema como Las uvas del tiempo. Hay allí otras cosas más importantes, como la sonoridad puesta a prueba en versos blancos y una reflexión nacional acerca de la condición del inmigrante, que pone a este poema en conversación profunda con aquel de Pérez Bonalde que se llama Vuelta a la patria.

También se evitaría poner en esa vitrina a Aquiles Nazoa (algo más que un poeta popular) y al mismo tiempo no incluir en el índice a uno de los poemas más importantes de nuestra tradición literaria, como lo es el Florentino y el Diablo de Alberto Arvelo Torrealba, donde lo culto y lo popular (para continuar con las mismas y sospechosas categorías) han sabido darse la mano estrechamente. Acá cabe señalar que esa delimitación impuesta por el canon al separar lo culto y lo popular ya hace años que no sirve para hablar de la poesía que se ha escrito en nuestro continente.

También podríamos evitar caer en la tentación de decir que la obra de Liscano que más interesa es la dedicada a la reflexión acerca de la espiritualidad y la metafísica, dejando afuera Orinoco, nuevo mundo, ya que su obra navegó con desigual calidad, y en la cual la batalla social, la épica de lo nacional y de su bramar telúrico, el poema de la denuncia combativa, ardoroso y utopista, así como el paso por el simbolismo y el surrealismo, fueron su tierra de siembra, para desembocar, en una evolución sin continuidades, en un lirismo superior que logra adentrarse en una textualidad lírica de muy distinto norte y factura y de sobresaliente calidad. A propósito, ese paso por el simbolismo y el surrealismo, ¿debe verse como lo que es, una categoría europea, o corresponde a una manera mestiza y americana de reciclar el lenguaje de las vanguardias de Occidente? ¿Qué quiere decir textualidad lírica de muy distinto norte y factura y de sobresaliente calidad? Más allá de la adjetivación, dicho comentario no dista mucho de lo que acostumbran decir los jurados a la hora de valorar y justificar sus veredictos.

Otra cosa, que nos parece más grave. De acometerse una antología más pendiente de sus receptores, podría también asumir la responsabilidad de ofrecernos un corte temporal de las obras y autores reseñados, es decir, anexar una bibliografía que aporte al posible lector nacional y extranjero las fuentes para la información que pueda interesarle. La antología carece de tales referencias.

Más que una antología básica, es ésta otra antología personal de entre las muchas que en las últimas décadas se han publicado en Venezuela. Proponerse básica con las carencias que anotamos es un privilegio reservado sólo a almas superiores y panópticas que no son ya suficientes para explorar los meandros y sinuosidades de nuestra poesía. Acometer un mapa de tales dimensiones, supera y desde hace rato la mera subjetividad individual. Navegación de tres siglos es, en resumidas cuentas, una antología fallida, por personal, por ausencia de una metodología que supere la mera estilística, por ausencia de nombres y por ausencia de referencias bibliográficas. Es otro intento más de entre los muchos que nuestra laxitud intelectual ha producido. Y lo lamento. No por los ausentes o por su autor, sino por los posibles lectores nacionales y extranjeros. En las actuales circunstancias del país y del mundo editorial en nuestra lengua, se pierde una excelente oportunidad de poner en los nuevos ojos que esperan conocernos, un mundo poético que es mucho más complicado que el catálogo de soluciones eficaces del ya superado y falso asunto de fondo y forma, de temas y tratamientos que esta antología supone. Ya es hora de asumir responsabilidades más profundas que esta exposición pública de gustos y criterios más o menos inteligentes. Ni la poesía, ni los lectores, ni el país, ni el estado actual de la reflexión literaria en América Latina soportan un minuto más de aire en los territorios de estos desvaríos. No podemos continuar subiendo por las escaleras de las lecturas inteligentes, de almas privilegiadas por el buen gusto moderno, cuando el ascensor de los riesgos académicos ya llega con prisa a los pisos superiores.

 

9/11/2004


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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2004