Sartre 70.
Las lecturas de Abelardo Castillo y Fredric Jameson [1]

Juan Pablo Neyret

The Pennsylvania State University
jpn147@psu.edu


 

   
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...solamente los países nuevos tienen pasado; es decir, recuerdo autobiográfico de él; es decir, tienen historia viva. Si el tiempo es sucesión, debemos reconocer que donde densidad mayor hay de hechos, más tiempo corre y que el más caudaloso es el de este inconsecuente lado del mundo.
(Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego)

 

La frase de Borges que oficia de acápite fue publicada en 1930, sólo algún tiempo después de que Jean-Paul Sartre dejara de ser “el idiota de la familia”, cinco años antes del nacimiento de Abelardo Castillo y cuatro antes del de Fredric Jameson. Como de costumbre, en este caso en una nota al pie en Evaristo Carriego, libro sobre un poeta considerado menor -es decir, desde la libertad que otorga el espacio del sesgo-, Borges nos provee la clave para una lectura, la que realizaremos de la lectura que a su vez hicieron Castillo y Jameson del filósofo francés, y la relación de éste con la historia que plantea el segundo en su libro de 1971 Marxism and Form (Marxismo y forma), aún inédito en castellano a tres décadas y media de su edición, y contemporáneo de la revista de literatura El Escarabajo de Oro.

La propuesta de estas líneas es, precisamente, poner tête a tête las citadas lecturas de Sartre realizadas por estos dos contemporáneos, un escritor argentino y un teórico estadounidense; la primera, desde una publicación que tuvo una poderosa influencia en el campo cultural latinoamericano de su época pero de la que no podemos negar su circulación restringida, y la segunda, desde un volumen de más de cuatrocientas páginas editado por Princeton University. Intentaremos ver cómo y hasta dónde interactúan las figuras de Castillo y Jameson y sus respectivos contextos de producción, sus eventuales proximidades y distancias, su discurso desde la periferia y el centro, por supuesto, en relación con el pensador francés por ambos tratado.

De las tres revistas que dirigió Castillo -El Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco-, la segunda editó su número 1 en mayo-junio de 1961, y apareció en forma discontinua hasta el número 48, de julio-septiembre de 1974; cabe acotar que fue la sucesora inmediata de El Grillo..., publicada entre 1959 y 1960, año en que la censura estatal decretó su prohibición. Una constante en el pensamiento de Castillo, ambas revistas se destacan por su explícita impronta sartreana. Y, en este sentido, encontramos el primer punto de contacto con Jameson, quien por los mismos años, concretamente en 1961 (es decir, en coincidencia con el nacimiento de El Escarabajo...), editó su primer libro, Sartre: The Origins of a Style (Sartre: Los orígenes de un estilo, correspondiente a su disertación doctoral en Yale University en 1959), a la vez el primer estudio que le dedicara al filósofo francés, quien se convertiría en referente obligado de su pensamiento tanto en su etapa como teórico de la literatura -en la que se inscribe Marxismo y forma- como en la de teórico de la posmodernidad, esta última iniciada en 1982. De hecho, el capítulo “Sartre and History” (“Sartre y la historia”) -el que nos ocupa- es el más extenso dedicado a un pensador entre los que se incluyen en Marxism and Form.

El título del libro de Jameson (subtitulado Twentieth-Century Dialectical Theories of Literature [Teorías dialécticas de la literatura en el siglo veinte]) ya expone su voluntad de aunar una filosofía, la marxista, con una estética, la de las formas literarias. Sin embargo, no se limita a estos campos únicamente, puesto que, cuando en el Prefacio adelanta las pautas de su lectura de Sartre, postula: “La Crítica [de la razón dialéctica] es, sin embargo, esencialmente una obra de ciencia política, y puede parecer paradójico encontrar una extensa discusión consagrada a ella en un libro de crítica literaria. Pero en el caso del pensamiento dialéctico, sin duda, no se puede separar indiferentemente lo político de lo ideológico o lo cultural” (xiv) [2]. Previamente había afirmado: “la literatura juega un rol central en el proceso dialéctico” (xi).

Curiosamente, pese a que en su texto “Jean-Paul Sartre” (1980), recopilado luego en Las palabras y los días (1988), Abelardo Castillo enfatiza que su generación creció, pensó, discutió y, en definitiva, convivió con Sartre, en sus revistas hay sólo dos textos que llevan su firma dedicados al filósofo francés. El primero es una breve, aunque sustanciosa, reseña de El ser y la nada, aparecido originalmente en 1943, del cual el escritor argentino propone una relectura en 1967, en el Nº 34 de El Escarabajo de Oro. El segundo, precisamente, el editado en junio/julio de 1980 en el Nº 8 de El Ornitorrinco -es decir, en plena dictadura militar-, es la necrológica de Sartre, con la que el escritor argentino desafía abiertamente a la censura imperante. [3]

La impronta sartreana de las revistas de Castillo, pues, se verifica más en una actitud de él y sus adláteres en cuanto a pensar el mundo desde el presente -“Ningún otro escritor de nuestra época consiguió cifrar como él, en escritura y actos, el tiempo que le tocó vivir” (El Ornitorrinco 5; Las palabras 151)- y asumir una actitud de apoyo a los movimientos revolucionarios latinoamericanos, en especial la Revolución cubana. Castillo, pues, oficia de exégeta sartreano más que en sus propios textos, en su rol de editor, al publicar numerosas intervenciones de y entrevistas con Sartre, tomadas de otros medios, que podrían resumirse en la extensa cobertura que da cuenta del viaje del filósofo y Simone de Beauvoir a Cuba. Por lo tanto, no resulta ociosa la importancia que en El Escarabajo... se les da a los revolucionarios de los sesentas (el Che Guevara, Camilo Torres), cuando en su libro de 1971 Jameson tanto se refiere al valor de los agitadores para la conformación de un grupo humano como define la conformación inicial de los grupos en cuanto “una pequeña unidad de tipo guerrillero” (256). [4]

Además, tanto la actitud del nucleamiento intelectual en las revistas como sus espejos en la militancia revolucionaria se resumen en la síntesis que inmediatamente realiza Jameson: “La distinción entre grupo y serie ahora sería evidente: mientras en la serie nadie era un centro y el centro estaba siempre y para todos en otra parte, aquí, en el grupo, todos son el centro y el centro está en todas partes, presente dondequiera que cualquier miembro del grupo se haga presente” (257). Estos conceptos -luego morigerados por Jameson al poner en cuestión la “mística” grupal-, sin embargo, debe destacarse que son aplicados a uno de los casos concretos que ocupa a El Escarabajo de Oro y al consecuente reconocimiento de la situación peculiar del Tercer Mundo que hace el teórico estadounidense: si la auténtica revolución, en lugar de ser materia para una narrativa con principio, medio y final, “es sólo un instante” (267), Jameson la ejemplifica con “la entrada de Fidel en La Habana” (267), a la vez que sostiene que

deberían existir varios marxismos diferentes en el mundo de hoy, y cada uno tendría que resolver las necesidades y problemas específicos de su propio sistema socioeconómico; en consecuencia, uno corresponde a los países industriales posrevolucionarios del bloque socialista, otro -una suerte de marxismo campesino- a China, Cuba y los países del Tercer Mundo, y aun otro trata de abordar teóricamente las cuestiones particulares producidas por el capitalismo monopólico en Occidente (xviii)

Es importante atender a esta distinción que Jameson formula, dado que está indisolublemente ligada con su posición de enunciación.

A la vez, no es ocioso que Jameson consagre su extenso capítulo sobre “Sartre y la historia” a la lectura de la Crítica de la razón dialéctica, publicada en 1960. Ésta es, para el teórico, a la vez un complemento y una superación de los conceptos expresados por Sartre en El ser y la nada, inscriptos ahora en un marco donde cede la abstracción y la historicidad posee una mayor prevalencia. Y Castillo, en la citada relectura de 1967 de El ser y la nada, expresa: “Mirando hacia atrás, desde Crítica de la Razón Dialéctica a El Ser y la Nada, las aparentes contradicciones insolubles que (exégetas rápidos) han visto en su pensamiento a cada paso, desaparecen, o mejor: se integran y se explican en un formidable intento de totalización, en el que caben dialécticamente sus textos políticos, sus ensayos ideológicos y hasta sus ficciones” (29). De allí que lo primero que, a su vez, haga Jameson sea refutar la aparente contradicción entre marxismo y existencialismo al aunarlos en “una síntesis vivida de los dos sistemas” (206), para enseguida glosar a Sartre cuando los describe como dos entidades de diferente especie: “una ‘ideología’ (existencialismo) y una ‘filosofía’ (marxismo)” (208). Lecturas, pues, análogas y concurrentes, de los mismos textos sartreanos de 1943 y 1960, una en la Argentina en 1967 y otra en Estados Unidos en 1971.

Dijimos que El Grillo de Papel y, sobre todo, El Escarabajo de Oro fueron revistas sartreanas, y corresponde aquí señalar en qué sentido, que, por cierto, no es unívoco. La faz menos difundida de esta impronta, y por ende la que destacan las revistas, es la del Sartre escritor, la del que aunó literatura y vida, o, para decirlo con más propiedad, hizo de la literatura vida. “He escrito, he vivido; no hay nada que lamentar”, dijo Sartre poco antes de morir y cita Castillo (El Ornitorrinco 3; Las palabras 145) y, en 1997, en su libro Ser escritor, reafirma: “Sartre fue antes que nada, esencialmente, un escritor” (167). En ese mismo texto acerca de la muerte de Sartre, Castillo declara:

ningún escritor me influyó como Sartre. Porque tampoco hay casi página de esos libros en las que no redescubra una idea que hoy siento naturalmente como mía. Y esto no es una mera acotación personal: es un hecho constatable en casi todos los intelectuales de la generación del 55 y de mi propia generación. Todos, en algún momento, hemos sentido el derecho a discutir con él. Todos hemos saqueado sus libros. Dicho de una vez: nos enseñó a pensar. (El Ornitorrinco 4; Las palabras 148)

La faz más visible de la influencia sartreana en las revistas es la del denominado compromiso. Y, en este sentido, el propio Castillo declaró en 2002 a la revista Casa de las Américas que

la literatura argentina de los 60 nunca estuvo fuertemente marcada por el compromiso político en la ficción. Incluso, en El Escarabajo de Oro nosotros siempre tuvimos en cuenta que hay una diferencia bien grande entre literatura comprometida y escritor comprometido. Una cosa es ser un escritor comprometido, es decir, un hombre comprometido con la realidad, y otra, que no necesariamente corre pareja con ésa, es ser un escritor que puede poner su compromiso en la ficción. ... Prefiero un hombre comprometido a un literato comprometido. (Valle s/p)

La resolución de este aparente conflicto se verifica en dos nociones que Castillo rescata de Sartre y defiende como básicas: la ética y la libertad, pilar ésta de la ideología (para llamarla así con Jameson) existencialista: “nadie puede ya cuestionar la libertad, el compromiso, la prioridad de la existencia humana sobre su esencia, sin que su interlocutor sea Sartre” (El Ornitorrinco 3; Las palabras 144). Y a esta libertad se refiere Jameson en la primera parte de “Sartre y la historia”, cuando señala la idea, expresada en el teatro sartreano, de la decisión, de la modificación del pasado desde la elección presente, una elección que sólo es posible a través de la libertad, la libertad del deseo lanzado al futuro en un proyecto. Retomando críticamente nociones de El ser y la nada, se trata de partir de una alienación (llamada escasez) que genera una necesidad, y ésta a su vez provoca una lucha que dota de responsabilidad ya no sólo al individuo sino también, y esencialmente, al colectivo, esto es, la clase social. En palabras de Jameson,

Demostrar que la experiencia interpersonal nunca puede preceder a la experiencia grupal fuerza inmediatamente el argumento de la Crítica a trascender el nivel individualista que subyacía en el análisis de El ser y la nada, y a tomar inmediatamente los caminos por los cuales el individuo solitario trata de superar su debilidad ontológica y socioeconómica por medio de la invención de actos colectivos y unidades colectivas. (244)

Esta colectivización siempre ocurre en el marco de la lucha de clases. Jameson luego cita a Jules Michelet cuando éste afirma que la historia contemporánea “no tiene sino un héroe: el pueblo” (264). De allí que a la relatividad inherente en la idea de un proyecto personal, posteriormente Sartre, según la lectura de Jameson, le añada el concepto, ya destacado por Castillo, de totalización: “Es sólo bajo esta condición que la historia como un todo puede tener un significado, o una sola dirección, en el sentido de que los proyectos van adquiriendo cada vez más vastos campos de influencia en todos los sentidos” (231).

Este télos histórico que destaca Jameson se corresponde con el proyecto colectivo de la revolución socialista en Latinoamérica con el cual se hallan comprometidos los intelectuales de El Escarabajo de Oro. Éstos lo hacen de dos maneras: o bien mediante la intervención personal en el debate político de época o bien reflejando en la publicación los problemas acuciantes del Tercer Mundo, no sólo desde perspectivas teóricas sino desde el abordaje concreto de tales situaciones por parte del filósofo francés, como en la entrevista “La impotencia de los intelectuales. Jean-Paul Sartre: Cuba, África y Europa en 10 respuestas”, publicada en el Nº 18-19, de julio-agosto de 1963. Tal operación implica la conciencia de la historia como un proceso dialéctico y, ante todo -como destaca Jameson de Sartre- genuinamente vivido (para el teórico estadounidense, lógicamente, “como experiencia de clase y sociedad” [215]). Y es aquí donde nos remitimos al acápite borgesiano que hemos elegido para introducir este estudio. Tanto Jameson como Castillo, pues, son conscientes del “caudal de hechos” de “este inconsecuente lado del mundo”, sea la América del Che o el África de Patrice Lumumba. El teórico estadounidense lo hace explícito en relación con la obra sartreana:

La Crítica de Sartre, a comienzos de los sesentas, escrita durante la revolución de Argelia y publicada simultáneamente con la Revolución cubana, la radicalización del movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, la intensificación de la guerra en Vietnam y el desarrollo mundial del movimiento estudiantil, por lo tanto corresponde a un período de fermento revolucionario, y en el espíritu del mismo Marx ofrece una reelaboración del modelo economicista en esa terminología de praxis y conflicto abierto de clases que parece ahora más consistente con la vida diaria experimentada en este período (299)

No podemos omitir en este recorrido el significado que tuvo el Mayo Francés de 1968 para Sartre y sus exégetas. Resulta especialmente interesante ver la lectura que hace Castillo de dicha experiencia tal como la vivió Sartre. Para ello, recurre una vez más a su rol de editor y, en 1973, bajo el título “Jean-Paul Sartre. El intelectual y la revolución”, transcribe en El Escarabajo de Oro una entrevista tomada del libro Los intelectuales y la revolución después de mayo de 1968. En ella, Sartre se resiste en principio a ser calificado como un intelectual en el sentido corriente del término y reivindica la “verdadera búsqueda” y la acción directa de los estudiantes. Ante la pregunta “¿Considera usted que a partir de mayo de 1968 la misión de los intelectuales no ha terminado?”, responde cáusticamente: “No. Pero antes hay que saber qué es una ‘misión’ y quién se la imponía” (20). Frente al planteo de si hubo efectivamente una ruptura en Mayo, es decir, si sigue estando vigente el concepto del intelectual clásico o cabe un nuevo concepto del intelectual, Sartre sostiene que

En la mayoría de los casos no ha habido, en verdad, grandes cambios y hoy en día volvemos a encontrar al intelectual clásico. ... El intelectual clásico es alguien que tranquiliza su conciencia dentro de su conciencia intranquila mediante actos (generalmente escritos) que ésta le dicta en otros dominios. En mayo de 1968, esas personas no marcharon del mismo modo que los demás. Estaban sin duda con ellos pero no comprendían que se trataba de un movimiento que los cuestionaba a ellos mismos. (21)

Bajo tales premisas el Mayo Francés, hace que, según Sartre -siempre, recordemos, editado por Castillo-, la nueva misión del intelectual sea “que desaparezca como intelectual. ... Hace falta que lo que ha podido sacar de las disciplinas que le han enseñado la técnica de lo universal, lo ponga al servicio de las masas” (23).

Y, en su necrológica de 1980, Castillo dice explícitamente:

Francia y el mundo entero volvieron a articular a gritos el viejo lenguaje de la Historia, cientos de miles de estudiantes y obreros probaron, con hechos, que el hombre todavía sigue siendo, al menos cuando importa, el único sujeto de la reflexión y de la acción. Fueron los tiempos del Tribunal Russell, de los procesos, de la polémica con De Gaulle, de los estudiantes desafiando al gobierno francés a que se atreviera a encarcelar a este viejo cada día más irritante que, al borde de los setenta años, repartía diarios subversivos por las calles de París y hablaba en público, subido a grandes tachos, custodiado por chicos medio siglo menores que él. (El Ornitorrinco 4; Las palabras 150)

Para Jameson -que en ningún momento llama “intelectual” a Sartre-, 1968 está directamente vinculado con las teorías de la Crítica de la razón dialéctica. En tal sentido, afirma:

la importancia de la obra debe ser mensurada, tal vez, no en el dominio del pensamiento sino en el dominio de la acción histórica misma: porque los eventos de Mayo del 68, ocurridos unos ocho años después de la publicación de la Crítica, confirman plenamente sus conclusiones y dan testimonio de su significancia como una de las tendencias más profundas de su período histórico. (209)

En tanto, Castillo asimismo destaca como constituyentes del Mayo Francés “las nociones de historia y de dialéctica, asumidas definitivamente por él [Sartre] en Crítica de la Razón Dialéctica” (El Ornitorrinco 4; Las palabras 150). Perry Anderson lo interpreta así en Los orígenes de la posmodernidad:

La revuelta francesa de Mayo de 1968 podía ser vista como un faro giratorio de ese cambio [se refiere al supuesto retorno del marxismo ortodoxo], transmitiendo la señal de que el marxismo occidental había quedado atrás y pasado al rango de una venerable herencia. Un juicio más sagaz veía la revuelta de Mayo con una luz un tanto distinta, no como el final sino como la culminación de aquella tradición. (98).

Es éste el momento de referirnos, por último pero no por ello menos importante, al lugar de enunciación desde donde hablan Abelardo Castillo y Fredric Jameson, que en ambos casos es el de un marxismo no ortodoxo. En el caso del escritor argentino, su concepción del socialismo les valió a él y a su revista el enfrentamiento abierto con el Partido Comunista argentino, de corte stalinista, representado por otras corrientes (y por otras revistas). En el caso de Jameson, como lo señala Anderson, hay asimismo una ruptura con el Estado soviético, burocratizado y aislado, y la adhesión a la corriente europea del citado marxismo occidental, que, en palabras de Anderson, “halló su centro de gravedad en la filosofía, donde una serie de pensadores sobresalientes de la segunda generación, como Adorno, Horkheimer, Sartre, Lefebvre y Marcuse construyeron un notable campo de teoría crítica que no se hallaba aislado de las corrientes circundantes del pensamiento no marxista, sino por lo general en tensión creativa con ellas” (96). Anderson destaca que, sin embargo, la primera gran obra totalizadora sobre el marxismo occidental no llega sino hasta principios de los setentas, viene de América y no es otra que Marxism and Form, que “Como ninguna obra anterior, exponía con elegancia la unidad y la diversidad” (97) de la citada corriente.

Este lugar de enunciación, al margen de las grandes estructuras burocráticas, no será abandonado por Castillo ni por Jameson. El primero eligió quedarse en el país luego del golpe de Estado de 1976 y fundó en 1977, durante el período más oscuro de la última dictadura militar argentina, El Ornitorrinco, cuyo compromiso ético puede medirse en tanto fue la primera revista que publicó una solicitada de las Madres de Plaza de Mayo. En cuanto a Jameson, ya adelantamos su giro hacia las teorías acerca del posmodernismo, que alcanzarán su cumbre en el monumental volumen de 1991 Postmodernism, or, The Cultural Logic of Late Capitalism (Posmodernismo, o, La lógica cultural del capitalismo tardío). Si bien el libro fue publicado por Duke University, donde su autor actualmente enseña e investiga, Anderson nos recuerda que

Jameson expuso el conjunto de sus ideas sobre la posmodernidad por primera vez en un curso impartido en Pekín en 1985 y publicó una recopilación sobre el tema en China varios años antes de publicar otra en América. Su informe sobre “La posmodernidad y el mercado” fue puesto a prueba en Seúl, y el extenso texto sobre “Las transformaciones de la imagen” se debe a un discurso pronunciado en Caracas. (104)

Y, para verificar la continuidad y la coherencia del pensamiento jamesoniano, basta consignar que, según el índice analítico del volumen, en Posmodernismo... -editado veinte años después que Marxismo y forma- Jean-Paul Sartre tiene 18 entradas, solamente superado por Karl Marx con 22.

Es innegable que Fredric Jameson posee un lugar de privilegio en la Academia primermundista, pero sería sesgar su postura no señalar los abiertos enfrentamientos que posee con otros teóricos del posmodernismo y su elección de espacios no consagrados para dar a conocer sus ideas. Mientras tanto, Abelardo Castillo es apenas reconocido como uno de los grandes escritores argentinos contemporáneos por la Academia de nuestro país, que le ha negado sistemáticamente estudios serios y profundos sobre su obra. Es tal vez esta marginalidad que los une la que les ha permitido en los sesentas y setentas pensar como muy pocos lo han hecho a ese otro automarginado llamado Jean-Paul Sartre. Tres hombres, en definitiva, que no hicieron ostentación ni tergiversaron jamás su genuino compromiso con el socialismo.

 

BIBLIOGRAFÍA

Anderson, Perry. Los orígenes de la posmodernidad. 1998. Trad. Luis Andrés Bredlow. Barcelona: Anagrama, 2000.

Castillo, Abelardo. “Jean-Paul Sartre”. El Ornitorrinco 8 (1980): 3-5.

——. “Jean-Paul Sartre”. Las palabras y los días. Buenos Aires: Emecé, 1988.141-154.

——. “Jean-Paul Sartre. El ser y la nada”. El Escarabajo de Oro 34 (1967): 29.

——. “Sartre, treinta años después”. Ser escritor. Buenos Aires: Perfil, 1997. 167-171.

El Escarabajo de Oro. Colección. Nº 1 (1961) a Nº 48 (1974).

El Grillo de Papel. Colección. Nº 1 (1959) a Nº 6 (1960).

El Ornitorrinco. Colección. Nº 1 (1977) a Nº 14 (1986).

Jameson, Fredric. El giro cultural: Escritos seleccionados sobre el posmodernismo 1983-1998. 1998. Trad. Horacio Pons. Buenos Aires: Manantial, 1999.

——. Marxism and Form: Twentieth-Century Dialectical Theories of Literature. 1971. Princeton: Princeton UP, 1974.

——. Postmodernism, or, The Cultural Logic of Late Capitalism. 1991 Durham: Duke UP, 2001.

“Jean-Paul Sartre. El intelectual y la revolución”. c. 1973. El Escarabajo de Oro 47 (1973-1974): 20-25. [Tomado del libro: Sartre, Jean-Paul, Dyonis Mascolo y Bernard Pingaud. Los intelectuales y la revolución después de mayo de 1968. Buenos Aires: Rodolfo Alonso, c. 1973.]

Sartre, Jean-Paul. Crítica de la razón dialéctica: Precedida de cuestiones de método. 1960. Trad. Manuel Lamana. Buenos Aires: Losada, 1966.

——. El ser y la nada: Ensayo de ontología fenomenológica. 1943. Trad. Juan Valmar. Buenos Aires: Losada, 1966.

Valle, Amir. “Prefiero un hombre comprometido a un literato comprometido”. Casa de las Américas 227. 2002. 24 de febrero de 2006.
http://www.casadelasamericas.com/revistacasa/227/revistacasa227.htm

 

Notas:

[1] Ésta es la segunda versión del presente trabajo, publicado originalmente en este mismo número de Espéculo. Agradezco a Abelardo Castillo haberme hecho notar que su crítica de El ser y la nada en El Escarabajo de Oro no fue el único texto sobre Sartre que él firmó en las revistas que dirigió, sino que también hizo lo propio con la necrológica del filósofo francés en 1980 en El Ornitorrinco. A partir de dicha observación fue reescrito en febrero de 2006 este texto que ahora reemplaza al anterior.

[2] Todas las traducciones son mías.

[3] La necrológica de El Ornitorrinco se reprodujo en Las palabras y los días casi sin modificaciones. Todas las citas que tomamos de ambos textos, de hecho, son coincidentes. En las referencias parentéticas, pues, identificaremos al primero como El Ornitorrinco y al segundo como Las palabras, cada cual con su respectiva paginación.

[4] Ya en el editorial del Nº 1 de El Grillo de Papel, en octubre de 1959, se dice: “creemos que el arte es uno de los instrumentos que el hombre utiliza para transformar la realidad e integrarse a la lucha revolucionaria” (2).

 

Juan Pablo Neyret (Mar del Plata, Argentina, 1963) es Licenciado en Letras por la Universidad Nacional de Mar del Plata y Candidato al PhD en The Pennsylvania State University. Ha publicado capítulos de libros, artículos críticos y entrevistas en medios de Argentina, México, Uruguay, Estados Unidos, España, Alemania, Reino Unido y Dinamarca y dictado seminarios y conferencias en Rutgers University (New Jersey), Boston University, University of Texas at Austin y Alamo Community College (San Antonio). Como escritor, ha participado en los volúmenes Colecticia borgesiana (AA.VV., 1985) y El Carli (1998; antología del Premio Municipal de Literatura Osvaldo Soriano - Cuento), así como ha estrenado una obra teatral de su autoría, El Apellido (2003).


[Este texto ha sido revisado y modificado el 15/03/2006]

 

© Juan Pablo Neyret 2004

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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