Notas sobre la representación de la mujer
en la obra de Ernesto Sábato

Pablo Sánchez López
pfsanchez48@hotmail.com
Universidad de las Américas, Puebla (México)


 

   
Localice en este documento

 

Podríamos considerar que la hegemonía que en la cultura argentina ejerce Sur, la revista fundada por Victoria Ocampo, promueve dos direcciones literarias hasta cierto punto antagónicas: la línea antirrealista borgeana, que difunde, coincidiendo con los años del auge del peronismo, una literatura de preferencias fantásticas o policiales por medio de Borges pero también de autores como José Bianco y Adolfo Bioy Casares, y la línea dostoievskiana y existencialista, que lidera inicialmente Eduardo Mallea como jefe de redacción de la revista, pero que luego contará con un representante destacado como es Ernesto Sábato (también colaborador de la revista) con su primera novela, El túnel, y que también se caracteriza, con algunas excepciones, por la desatención a la conflictividad sociohistórica. Esta directriz existencialista conecta a su vez con autores más o menos externos al círculo de Sur, como Roberto Arlt, Juan Carlos Onetti y finalmente Julio Cortázar. Es un mapa evidentemente simplificador, pero que tomaremos como punto de partida para repasar la imagen de la mujer en un periodo decisivo en la evolución de lo que bastante imprecisamente se ha llamado la nueva narrativa latinoamericana y que ha canonizado, como sabemos, una literatura básicamente masculina.

Creo que una valoración conjunta no puede pasar por alto cómo el grupo de autores del existencialismo asocia frecuentemente la imagen de la mujer con un irracionalismo más o menos poetizado y con una visión de la subjetividad como misterio y revelación esencialista y ahistórica. En la mayoría de estos personajes femeninos, el tiempo es irrelevante porque su biografía es siempre misteriosa y normalmente trágica, y su potencial simbólico permite proyectar el imaginario del escritor sobre los absolutos metafísicos. Ese estatismo, esa opacidad de la dimensión temporal o evolutiva, las convierte en parte de otro ciclo, el de los personajes masculinos en búsqueda más o menos atormentada de su plenitud. Los proyectos sociales de la mujer en búsqueda de su autorrealización se atenúan o disimulan, así como los elementos materiales de su experiencia (trabajo, situación social, educación), que quedan inconcretos, con una tenue definición cronotópica.

Bastaría el ejemplo celebérrimo de la Maga, pero podríamos añadir el nihilismo autodestructivo de Alejandra en Sobre héroes y tumbas, o la boba locura virginal de Angélica Inés en El astillero; por otro lado, los personajes femeninos sabatianos practican la prostitución con la misma frecuencia que los onettianos con su antihéroe Larsen; y ahí incluso podríamos añadir a Hipólita en Los siete locos y aún, en el otro bando, a Jacinta en Sombras suele vestir, de Bianco. El matiz de la oligarquía criolla lo aportaría Eduardo Mallea con la narrataria innominada de La bahía de silencio, cuya virtud esencial revela la vertiente intuicionista y finalmente también irracionalista del argentinismo que el novelista había defendido un poco antes en su Historia de una pasión argentina. Pero nótese que las representaciones en el grupo borgeano también son significativamente elusivas de la condición histórica de la mujer: el ejemplo más cabal lo tendríamos en La invención de Morel, donde Bioy Casares, opuesto como Borges a la arbitrariedad psicológica, crea una novela de amor basada en un personaje femenino que es solamente imagen y en una incompatibilidad sin base psicológica, porque lo que separa al hombre y a la mujer no es más que la tecnología fantástica, la famosa máquina de Morel.

Quizá uno de los casos más propicios para el análisis sea el de Ernesto Sábato, a través del cual podremos ver cómo se vincula ideológicamente la imagen tópica de la mujer con una medievalizante crítica a la modernidad, de forma que determinados argumentos de una antropología subjetivista se ponen al servicio de un enfoque conservador de los problemas sociales, tras el cual no es difícil descubrir la especial resistencia del autor a ideologías tan influyentes en su época como el marxismo. La ventaja que nos ofrece Sábato es que, a diferencia del resto de autores mencionados, ha dedicado varios ensayos a la metafísica de la identidad originaria de la mujer y es bastante fácil examinar la evidente genealogía de su ideario sobre la diferencia sexual.

En la trayectoria de este escritor, el existencialismo evoluciona desde posiciones más o menos sartreanas hacia el personalismo cristiano de Mounier, Berdiaeff o Chestov -difundidos por la propia revista Sur y significativamente antimarxistas, lo que tiene muchas consecuencias novelísticas en la trayectoria del autor1-, pero la consideración de la mujer permanece indemne, hasta el punto de que los protagonistas femeninos de la narrativa de Sábato reiteran una y otra vez los mismos esquemas, de forma que, por ejemplo, la Alejandra de Sobre héroes y tumbas reaparece sin apenas variantes en la Agustina de Abaddón el exterminador. De hecho, en El túnel ya encontramos los ideologemas de la visión de la mujer que el existencialismo literario rioplatense plantea repetidamente. Y la postura de Sábato es innegablemente polémica, como lo demuestra la olvidada discusión en Sur con la propia directora de la publicación, Victoria Ocampo, en la que ésta desarticuló el antiprogresismo de Sábato y reveló la dependencia de sus ideas con respecto a la opresora jerarquización del discurso masculino.

Con buenos argumentos, Victoria Ocampo, que ya había publicado su obra El proletariado de las mujeres, calificó de antifeminista la actitud de Sábato, discutiendo la oportunidad de los ejemplos (Malraux, por ejemplo) utilizados por el autor, así como algunas ideas concretas, como la de que el acto propiamente sexual no tiene casi importancia para la mujer, o la de que el hombre es esencialmente dualista y puede separar el mundo físico del mundo moral2. En su contestación, Sábato matizó los ejemplos e insistió en la susceptibilidad de las mujeres como grupo social en inferioridad, y muy especialmente en la ofensa a Victoria Ocampo, sobre cuya falta de lógica en las argumentaciones ironizó, añadiendo además: "en un modestísimo y casi invisible parágrafo puse una microscópica lista de defectos y ya usted se me viene encima como una furiosa bacante, dispuesta a desgarrarme vivo y a comerme crudo". Sábato se defendió alegando que no había hecho un ataque, sino una apología "casi religiosa" de la mujer y "de su calidad humana frente a la deshumanización del hombre"3. La contrarréplica de Ocampo, en el mismo número, fue todavía más severa4.

La polémica tenía como origen un artículo de Sábato publicado en Sur en 1952 titulado "Sobre la metafísica del sexo", que será el germen de las reflexiones posteriormente incluidas en Heterodoxia, el ensayo en el que Sábato desarrolla más extensamente la cuestión de la identidad femenina. En ese artículo, el novelista argentino explicaba la importancia de tres pensadores que eran los que más le habían impresionado de los que "han reflexionado metafísicamente sobre el sexo": Otto Weininger, Ernest Bergmann y Gustav Simmel5. A ellos habría que añadir probablemente a Ortega y Gasset, con sus Estudios sobre el amor, pero en general con su labor divulgadora a partir de la Revista de Occidente, de la cual Sábato, como tantos otros intelectuales latinoamericanos del siglo XX, es un deudor evidente. De ese modo, podemos tener reunidas las principales referencias intelectuales con las que Sábato organiza su lectura metafísica y sustancialista de la diferencia sexual.

Destaca especialmente la presencia del incalificable Weininger, que, aunque hoy sea una figura olvidada -merecidamente-, gozó de un importante prestigio en Argentina, por sus ideas furiosamente sexistas y por lo singular de su existencia, que terminó con el suicidio a los veintitrés años, poco después de haber publicado Sexo y carácter6. Prueba de ese prestigio es el interés con que el filósofo Francisco Romero habla de él, elogiando sus páginas sobre el amor y disculpando sus arranques misóginos por la juventud. El filósofo argentino resume de la siguiente manera la filosofía de los sexos de Weininger:

Las conclusiones tocantes al problema de los sexos se extraen de las premisas sentadas con una consecuencia rigurosa e inflexible. El principio masculino se hermana con el valor y la personalidad. La mujer, privada de valor en cuanto mujer absoluta o tipo puro, es sólo objeto o materia para el hombre, bien como fin de su deseo físico, bien como soporte o pretexto de su proyección erótica ideal. La femineidad, por todo lo que es y supone en sí y frente a lo masculino, importa un pecado contra el principal mandamiento ético, que ordena considerar a los demás como fines y no como medios. La redención de la mujer -y con ella de la humanidad- ocurrirá mediante la negación de lo femenino7.

Weininger aparece mencionado en Abaddón el exterminador, lo que ha suscitado algún comentario acertado sobre la visión polarizada que de los sexos tiene Sábato8, quien también señaló en el ensayo de Sur las premisas de su análisis (que después completará en Heterodoxia), para no herir susceptibilidades (aunque hirió, como mínimo, la de Victoria Ocampo): su objetivo era establecer diferencias entre hombre y mujer, no superioridades, sino diferencias biológicas a las que les correspondían diferencias psíquicas, sociales y metafísicas9. Tan cierto es su interés por esas diferencias arquetípicas o esenciales como su desinterés por el análisis de las condiciones concretas e históricas de la mujer en su época. Si bien elogia a Virginia Woolf, Simone Weil o Edith Stein, hay pocas palabras en sus ensayos hacia la realidad social de la mujer anónima, y no encontramos elogios a la aspiración a la igualdad; Sábato se escuda en sus teorías sobre la evolución de la civilización para justificar su desdén a las aspiraciones igualitaristas de la mujer, y su defensa de la archimujer acaba convirtiendo a la mujer real en marginal. Nada sorprendente, por supuesto, pero que demuestra la significativa continuidad de determinadas ideas, levemente reformuladas, sobre la mujer, que revelan la conceptualización masculina de la desigualdad. No nos interesa aquí como logro intelectual, sino como evidencia o indicio de cómo los autores canonizados han pretendido justificar su poética con una toma de posición ideológica específica, bajo contrato masculino, con las consecuencias que ello ha tenido en su consagración socioliteraria y en la consecuente marginación de la literatura escrita por mujeres.

Dentro del recurrente sistema de oposiciones, obviamente simplificador, a partir del cual el escritor argentino desarrolla sinópticamente su ideario, el hombre y la mujer juegan su papel, identificándose con los previsibles dualismos fundamentales: razón-vida, ciencia-arte10. No es difícil inferir de estas correspondencias que la crisis de la civilización moderna, a la que Sábato dedica las reflexiones de su ensayo más importante, Hombres y engranajes, es resultado de la masculinización de la misma. El racionalismo sólo es explicable como producto de una cultura masculina; el hombre crea los sistemas filosóficos, el hombre intenta conquistar la naturaleza, el hombre desarrolla la mentalidad racionalista. En Heterodoxia, Sábato completa la reflexión sobre la crisis de la civilización occidental incorporando la metafísica del sexo a la argumentación: la razón y el dinero, motores de la evolución que ha acabado en la crisis, "por ser dinámicas y por estar dirigidas a la conquista del mundo exterior, son dos manifestaciones masculinas" (220). Las identificaciones tienen aún más posibilidades: la artesanía es femenina ("en su estado inicial, la industria es concreta y por tanto femenina", comenta en "Sobre el origen femenino de la industria", 177), mientras que el comercio, de donde nace el capitalismo, es masculino11. La importancia de lo masculino y lo femenino en los desequilibrios que propician la crisis se suman a las causas expuestas en Hombres y engranajes:

Con el dinero y la razón el hombre de Occidente realizó la conquista del mundo entero, empresa típicamente viril, constituyéndose así la sociedad contemporánea, en cuyo anverso está el capitalismo y en cuyo reverso domina la ciencia positiva y matemática (222).

"No debe asombrar", comenta Sábato, "que la crisis de nuestro tiempo sea simultáneamente una crisis del sexo y de sus instituciones". Una última ramificación de la oposición entre sexos afecta al arte, puesto que la mujer "vitalmente" no se interesa por la creación abstracta, lo que explica, a juicio de Sábato, la escasez de figuras femeninas de relevancia en terrenos como la filosofía o la ciencia: "por debajo de las formas históricas hay radicales condiciones biológicas y metafísicas que apartan a la mujer de la creación y del descubrimiento" (224). Nuevamente, Sábato confunde los terrenos y olvida las razones sociohistóricas que han dificultado el acceso de la mujer a determinadas actividades.

En su opinión, el arte conecta con el lado femenino: "el arte es precisamente la creación del espíritu humano que más cerca se halla de lo femenino, porque en él no se ha producido esa escisión entre los diferentes elementos de la realidad, que se da en la ciencia o en la filosofía; lo concreto y lo abstracto, lo irracional y lo racional, permanecen indiferenciados" (224). El artista recoge también la síntesis de los valores metafísicos de los sexos. En "El artista y la feminidad reprimida" expone que el artista es "una combinación de la conciencia y razón del hombre con la inconsciencia y la intuición de la mujer" (200); los momentos de apogeo romántico son el resultado del predominio de lo femenino y lo irracional, mientras que los períodos clásicos suponen el éxito de lo masculino y lo racional. En otra ocasión, Sábato se apoya en las conocidas teorías de Jung: "más o menos reprimido, según Jung, llevamos en nuestra inconsciencia al sexo opuesto. Si admitimos que lo irracional es nuestra parte femenina, el arte sería la expresión de la feminidad modificada por la conciencia masculina, y constituiría quizá la única manifestación integralista del hombre en este universo abstracto"12. Sábato se aproxima asimismo al pensamiento reaccionario de Berdiaeff, para quien "la cultura masculina es demasiado racionalista, se ha alejado demasiado de los misterios inmediatos de la vida cósmica, y vuelve a ellos a través de la mujer”13. La nueva Edad Media para Berdiaeff es la superación del caos y la consecución de la universalidad, del arraigo ontológico en el cosmos. Ese arraigo se realiza en la noche, en el tiempo femenino. Para Sábato, lo femenino significa esa integración, la armonía con la existencia, y, en nuestros tiempos, se realiza sólo en el arte.

Ese tiempo femenino es especialmente relevante en la trilogía novelística de Sábato y por encima de consideraciones tópicas y previsibles como las que hemos podido señalar, nos advierte de una conclusión a nuestro juicio más valiosa: el vínculo entre esa metafísica de la identidad sexual y una interpretación sociopolítica que, filtrada doctrinalmente por el personalismo cristiano, adquiere una progresiva importancia en la trayectoria sabatiana. La singularidad paradójica de la conciencia humana y la afirmación de la trascendencia religiosa frente al nihilismo del existencialismo ateo se convierten en las respuestas espiritualistas a los proyectos racionalizadores de la vida política y en una vía escapista al dilema, muy propio de la Guerra Fría, entre individualismo burgués y colectivismo socialista. Lo femenino en el horizonte ideológico sabatiano revela de ese modo su íntima complicidad con ese personalismo proyectado sobre los conflictos sociales.

La visión de la subjetividad como misterio o revelación que aprovecha la lectura esencialista de la diferencia sexual reaparece una y otra vez en las tres novelas de Sábato con el objetivo de demostrar al mismo tiempo la impotencia metafísica y la impotencia política de la razón. En El túnel, por ejemplo, el desinterés existencialista por la transformación social busca su compensación en ese arraigo en el tiempo metafísico, esencial, donde se realiza la vocación espiritual. Sólo la mujer -María Iribarne- comprende al artista, Juan Pablo Castel. Por medio del arte y del amor, Castel cree que puede lograr el encuentro, la palabra primordial del diálogo en términos de otro de los pensadores preferidos por Sábato, Martin Buber. Amor, arte y mujer forman el trinomio de la salvación; pero la sociedad está dominada por los elementos opuestos: el materialismo, la ciencia, el hombre. Entre las dos subjetividades que buscan la comunión, se sitúa la "interferencia" racionalista, el elemento desequilibrante de una civilización colapsada por los excesos de la razón; pero es la proporción desaforada entre razón e instinto la que provoca, según Sábato, el desastre de una sociedad descompuesta. Con esto llegamos a un punto fundamental: la primacía del irracionalismo en la novela. Un irracionalismo que podía ser positivo y permitir la comunicación trascendente, pero que, arrinconado por el pensamiento causal y objetivizador del propio Castel, niega sus posibilidades y determina el fracaso. Este determinismo es básico para delimitar el factor ideológico de la primera novela de Sábato y situarlo en relación a su novelística posterior y al conjunto de voces socio-ideológicas que el autor recoge dialogísticamente en la obra.

Por otro lado, esta convicción de que la creatividad artística es esencialmente femenina y que permite el acceso a la conciencia plena del ser está esbozada en El túnel, pero reaparece en Abaddón el exterminador (en el personaje de Soledad y en el rito del personaje Sabato). Es otra más de las concienzudas repeticiones de Sábato y otra prueba de cómo el escritor reitera una técnica representativa que ha contribuido decisivamente a su legitimación en un espacio literario dominado por el discurso masculino. Del mismo modo, Alejandra, en Sobre héroes y tumbas, repite los ideologemas de esta visión de los sexos: los misterios de la vida son más accesibles a la comprensión instintiva y orgánica de la mujer, que está en contacto con el mundo de la noche. Martín, por ejemplo, habla de "aquel territorio oscuro y salvaje en que parecía vivir" Alejandra14. En la noche, como dicen Berdiaeff y Sábato, están las fuerzas creativas y a la vez caóticas de la existencia humana, que la mujer o el artista con mentalidad femenina pueden alcanzar15. Martín recuerda también que "Alejandra nunca salió completamente del caos en que vivía antes de conocerlo, aunque llegara a tener momentos de calma; pero aquellas fuerzas tenebrosas que trabajaban en su interior no la habían abandonado nunca, hasta que estallaron de nuevo y con toda su furia hacia el final"16. La mujer está más capacitada para el contacto con esa realidad misteriosa y tenebrosa que es irreductible a la razón; de ahí la frecuente "oscuridad" de las mujeres de las novelas de Sábato, tanto María Iribarne, como Alejandra, Agustina o Soledad, personajes carentes de definición sociohistórica a través de las cuales el novelista impugna las urgencias del tiempo histórico, de la actualidad inmediata, para promocionar los valores de un trascendentalismo de naturaleza religiosa y vinculado a corrientes doctrinales de signo más o menos irracionalista. Con ello, el existencialismo conjuga reveladoramente el discurso sobre lo femenino con un discurso sociopolítico que se aplica, en el caso de Sobre héroes y tumbas, a la historia de la nación argentina, y en Abaddón el exterminador, a la crisis general de una Humanidad al borde del apocalipsis por su deshumanización tecnolátrica.

Sobre héroes y tumbas, en efecto, presenta una visión de la conflictividad histórica en Argentina, especialmente en el final del periodo peronista, pero hay referencias prácticamente a toda la historia de la nación; la crisis del país y los enfrentamientos de una sociedad dividida y en decadencia coinciden con el destino trágico de la familia Olmos, que representa un linaje antiguo y representativo de la historia argentina. Con esta exposición la obra compensa precisamente la escasez de El túnel: la experiencia colectiva. El paso revela una mayor preocupación social, pero con características conciliadoras, en una posición que concuerda con el personalismo de Mounier en el enfoque de los antagonismos sociales. La diversidad social de los personajes de la novela, la mayor definición del espacio narrativo y la amplitud del tiempo de la historia son los tres instrumentos del novelista para lograr la representación de la realidad argentina. El argentinismo es planteado como una permanente y caótica oposición que ha marcado la historia de la nación y ante la cual la única salida positiva son los valores atesorados por el pueblo: solidaridad, heroísmo, sacrificio, espiritualidad. La salvación de Martín, señalada por el mismo autor como la conclusión esperanzada de la obra, demuestra a su vez la definitiva instalación de Sábato en la tendencia cristiana del existencialismo, cuya visión transhistórica se presenta como solución intuitiva y fideísta a la envoltura trágica de la existencia humana. El triunfo de la confianza existencial en Martín equilibra la novela tras el fracaso que, en líneas generales, suponen las historias narradas, en torno a los personajes principales: Fernando, Alejandra, Bruno.

Por detrás de la aparente heterogeneidad de una novela larga y compleja, aparece la unidad ideológica de la poética de Sábato, que busca un doble objetivo: testimoniar la Historia, evitando reducirla a los conflictos económicos, y describir la singularidad de la conciencia, en la que los misterios antropológicos y metafísicos del ser humano pueden ser rastreados sin la ayuda de la ciencia y en la que la visión arquetípica de la mujer tiene una función determinante. Los personajes sabatianos están concebidos según una imagen del hombre concreta, con un decisivo componente irracional; esa imagen es próxima a la visión existencialista y personalista, y lejana tanto del hombre razonable del positivismo como del hombre económico del marxismo. En el caso de la mujer, ya hemos visto cómo funciona en líneas generales el discurso sabatiano y su complementariedad con esa exploración sobre los límites de la razón. Martín, Bruno, Fernando y Alejandra coinciden en la crítica de las insuficiencias de la razón y en la necesidad de esperar algún tipo de trascendencia. Si bien Alejandra expone una visión nihilista del mundo, Fernando, por su propia condición de "héroe subterráneo" realiza la necesaria exploración en la zona irracional de la existencia. Martín y Bruno exponen los valores de la confianza existencial y un humanismo opuesto al materialismo, bien distinto del individualismo fallido de Castel.

Por último, Abaddón el exterminador cierra la trilogía novelística con unas operaciones hipertextuales que relacionan esta obra con toda la producción anterior de Sábato y con una nueva respuesta al problema de la relación entre literatura y tiempo histórico. La condición metanovelística de la obra constituye el testamentario denuedo del autor por definir la capacidad ética y epistemológica de la novela y su necesidad en el mundo moderno. Abaddón contiene una advertencia clara sobre el ocaso de la civilización materialista nacida en el Renacimiento y basada en el poder de la ciencia y la técnica, y sobre la necesidad de un esfuerzo modélico de revolución moral como el que encarnan los héroes sabatianos (especialmente Marcelo Carranza) y los creadores como el personaje Sabato, fatalmente entregado a la necesidad de interpretar el mundo y de adentrarse en los misterios de la existencia. Sábato-autor quiso, con esta obra, responder a las habituales demandas de la época sobre el compromiso del novelista, aunque sometiendo este concepto a una condición esencial: la subordinación de lo político a lo espiritual. Y esa espiritualidad es un factor vocacional, clave en la poética del novelista y en la defensa explícita de esa poética que tiene lugar en Abaddón, que, al fin y al cabo, es también la historia de un novelista llamado Ernesto Sabato. Por ello cobra tanta importancia aquí igualmente la figura esencialista de la mujer: a través del rito iniciático con Soledad, el personaje Sabato se entrega a las potencias irracionales e instintivas del ser humano y confirma su destino obsesivo de novelista visionario.

De ese modo, los contenidos de la trilogía novelística que rápidamente hemos repasado aquí reiteran una vez más las ideas expuestas en los ensayos sobre la diferencia sexual y el arquetipo femenino, y esa reiteración, asumida sin duda con convicción, se convierte en uno de los ejes temáticos y simbólicos más destacados. Pero tal vez lo más importante sea recordar la complicidad de la visión arquetípica de la mujer con el esquema sociopolítico de Sábato, tenazmente repetido en ensayos y novelas. Visto desde la perspectiva que nos otorga el análisis de la evolución intelectual y literaria de Sábato aquí realizado, es posible reconocer una correlación entre un discurso impregnado de antirracionalismo y espiritualismo y la tendencia habitual a representar a la mujer bajo la fragmentación de un tiempo sin sentido social, en el que sus proyectos de autorrealización biográfica son claramente soslayados y los datos históricos reducen su carácter revelador.

 

BIBLIOGRAFÍA

Berdiaeff, Nicolai, Una nueva Edad Media. Reflexiones acerca de los destinos de Rusia y de Europa, versión española de José Renom, Barcelona, Apolo, 19333.

Ocampo, Victoria, “Carta a Ernesto Sábato", Sur, 211-212 (1952), pp. 166-169.

------. “Sobre la metafísica del sexo”. Sur, 213-214 (1952), pp. 162-164.

Ortega y Gasset, José, Obras completas, Vol. V, Madrid, Revista de Occidente, 1947.

Roberts, Gemma, Análisis existencial de "Abaddón el exterminador", Boulder, Society of Spanish and Spanish American Studies, 1990

Romero, Francisco, Filosofía de la persona, Buenos Aires, Losada, 1952.

Sábato, Ernesto. "Sobre la metafísica del sexo", Sur, 209-210 (1952), pp. 24-47.

-------. "Sobre la metafísica del sexo" (respuesta a Victoria Ocampo)”, Sur, 213-214 (1952), pp. 158-161.

-------. Páginas de Ernesto Sábato seleccionadas por el autor, Buenos Aires, Celtia, 1983.

-------. Sobre héroes y tumbas, Barcelona, Seix Barral, 1990.

-------. Obra completa. Ensayos. Buenos Aires, Seix Barral, 1996.

Sánchez López, Pablo. “Sabato y el personalismo de Mounier”, Revista Hispánica Moderna, vol. LV (2002), pp. 370-388.

Soto de Otaeza, Armando, "Sábato: síntesis entre la geometría y la selva", Cuadernos Hispanoamericanos, 391-393 (1983), pp. 152-165.

 

NOTAS

[1] He analizado esa importancia en “Sábato y el personalismo de Mounier”, Revista Hispánica Moderna, vol. LV (2002), pp. 370-388.

[2] "Carta a Ernesto Sábato", Sur, 211-212 (1952), pp. 166-169.

[3] "Sobre la metafísica del sexo", Sur, 213-214 (1952), pp. 158-161.

[4] Ibid., pp. 162-164.

[5] La teoría de Bergmann, que Sábato confiesa haber conocido a partir de un estudio de Francisco Romero, es "notablemente profética", pero "adolece del mismo biologismo que malogró muchas otras concepciones del siglo XIX", mientras que los estudios de Simmel son "los más agudos y estimulantes". Esos estudios aparecieron publicados en Argentina bajo el título de Cultura femenina en 1938, y Sábato los tendrá muy en cuenta en la formulación de sus teorías acerca de la mujer. Sábato, "Sobre la metafísica del sexo", Sur, 209-210 (marzo-abril 1952), pp. 24-25.

[6] Geschlecht und Charakter apareció en 1903; la traducción castellana, Sexo y carácter, fue publicada en Buenos Aires por Losada (1942).

[7] Francisco Romero, "Otto Weininger", Filosofía de la persona, Buenos Aires, Losada, 1952, pp. 36-37.

[8] Gemma Roberts, Análisis existencial de "Abaddón el exterminador", Boulder, Society of Spanish and Spanish American Studies, 1990, pp. 37 y ss. Otro artículo en el que se valora la imagen sabatiana de la mujer es el de Armando Soto de Otaeza, "Sábato: síntesis entre la geometría y la selva", Cuadernos Hispanoamericanos, 391-393 (1983), pp. 152-165.

[9] Sabato, art. cit., p. 27.

[10] En adelante citaremos los ensayos de Heterodoxia, a partir de la edición de Obra completa. Ensayos, Buenos Aires, Seix Barral, 1996.

[11] Ortega, en sus "Estudios sobre el amor" (1941), había expuesto algunas ideas paralelas: "los etnógrafos nos muestran que el trabajo fue inventado por la mujer; el trabajo, es decir, la faena diaria y forzosa, frente a la empresa, el discontinuo esfuerzo deportivo y la aventura. Por eso es la mujer quien crea los oficios: es la primera agricultora, colectora y ceramista". Obras completas, tomo V, Madrid, Revista de Occidente, 1947, p. 616. Habría que recordar, en este sentido, que Weininger es un punto en común entre Ortega y Sábato.

[12] "Hombre y mujer", en Páginas de Ernesto Sábato seleccionadas por el autor, Buenos Aires, Celtia, 1983, p. 225 (cursiva del autor).

[13] Nicolai Berdiaeff, Una nueva Edad Media. Reflexiones acerca de los destinos de Rusia y de Europa, versión española de José Renom, Barcelona, Apolo, 19333, p. 130.

[14] Sobre héroes y tumbas, Barcelona, Seix Barral, 1990, p. 43.

[15] Para Berdiaeff, como para Sábato, existe una calidad originaria de la naturaleza femenina, y la emancipación de la mujer no ha de significar la igualación con el hombre bajo una cultura masculina y racionalista.

[16] Op. cit., p.131.

 

© Pablo Sánchez López 2005
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/sabato.html