Entrevista


José Manuel Caballero Bonald

Todo, nada está escrito...

por Marta Rivera de la Cruz



a casa de Caballero Bonald tiene algo de galeón cubano. La luz es blanca y cálida, los muebles invitan al descanso. Hay libros por todas partes, y en las estanterías se respira el ordenado desorden que impone entre los volúmenes el buen lector. Parece que de un momento a otro vaya a empezar a sonar una habanera. Antes de empezar con la entrevista, hablamos de las redes de comunicación y delas posibilidades que ofrecen. Caballero Bonald se muestra entusiasmado: "Es fascinante todo lo que está ocurriendo, esa posibilidad nueva que se nos brinda para comunicarnos, esa supresión de las fronteras del saber... A veces pienso que es demasiado bueno para ser verdad, y que en cierto modo todo esto tiene algo que ver con la magia."



- ¿Qué está escribiendo ahora?

Estoy reuniendo material para el segundo tomo de las memorias, pero el trabajo va muy lento y todavía no he empezado a redactar en serio porque no he encontrado el tono...tengo que dar con un tono que me permita contar las cosas desde la distancia...porque ahora tengo que hablar de cosas que son más próximas en el tiempo. Entonces sucede que eso tiene para mí menos atractivo literario, porque los recuerdos son más nítidos y hay menos sitio para la invención. En "Tiempo de Guerras Perdidas" me inventé un niño que yo podía haber sido... pero que no estoy totalmente seguro de que efectivamente yo fuera exactamente así. Pero, claro, ahora hablamos ya de un personaje adulto... Y yo me acuerdo muy bien de quien fui. Así que desde el punto de vista de la invención, tiene para mí mucho menos atractivo.

- Dígame una cosa...¿se acuerda de cuál fue el primer libro que leyó?

El primer libro que leí...yo creo que debió ser uno de Salgari... Bueno, claro, aparte de alguna cosa infantil, algún tebeo de la época. Pero hasta donde alcanza mi memoria me veo leyendo a Salgari. Yo siempre fui muy aficionado a la literatura de aventuras, sobre todo aquellas relacionadas con el mar. He sentido, siento aún, una predilección especial por todos los escritores que eligen el mar como escenario para sus historias. Autores como Stevenson, como Conrad, como Jack London, como Melville. Todo lo que tuviera que ver con aventuras en el mar me apasionaba... y cada vez me apasiona más.

- De hecho, usted quiso ser marino...

Es cierto, y aún ahora sigo siendo muy aficionado al mar. Navego con cierta frecuencia, en Galicia o en Andalucía, mi tierra. El mar ejerce en mí una fascinación muy especial, por todo lo que representa: la libertad absoluta, y también la aventura. Creo que me hice escritor porque soy un aventurero frustrado.

- En su libro, "tiempo de Guerras perdidas" cuenta usted cómo la guerra vino a interrumpir su infancia y a transformar su vida...

Para la gente de mi edad, la guerra es un telón de fondo inevitable, que influyó directamente sobre nuestra formación moral. Durante la guerra yo era un niño, y por tanto mis recuerdos son muy vagos, pero es que luego llegó la posguerra... ¡Y seguía estando tan presente la guerra...!. Entonces ya éramos adolescentes, y la guerra, aunque había acabado, seguía estando ahí, como una presencia terrible, traumática, que afectó a todos los españoles. Y, claro, también a nosotros. La verdad es que creo que nuestra relación con la guerra se materializó a través de la posguerra. El mismo título del libro, "Tiempo de guerras perdidas", tiene un sentido figurado, el que se refiere a las ilusiones que no se materializan, a los sueños truncados. Pero también tiene un sentido real, el de la propia guerra perdida. Porque, al finalizar la guerra, se suponía que yo pertenecía al bando de los vencedores por mis orígenes, por mi familia, pero poco a poco empecé a sentirme del lado de los vencidos.

- Estamos en los primeros años de la posguerra. Hábleme de la censura desde el punto de vista del lector.

Durante mi juventud eché de menos muchos textos. Yo estaba empezando, aprendiendo a leer. Fui un lector precoz, igual que no fui un escritor muy tempranero sí fui un lector precoz. Me encantaba encerrarme a leer, meterme por la noche en la cama con un libro...era para mí un placer incalculable. A medida que crecía y me aficionaba a leer, yo iba teniendo noticias de escritores, sobre todo poetas del 27... y a esos textos no se podía acceder. Libros de Cernuda, de Alberti, del mismo Lorca... vamos, todas aquellas páginas maravillosas que estaban fuera de la circulación. Entonces, a través de algún amigo que había salvado de la quema -en muchas ocasiones, de la quema real- yo fui leyendo aquellos autores prohibidos, falazmente censurados por la censura franquista.

- Supongo que esa clandestinidad supondría también un placer añadido a la lectura.

No...entonces todavía no. Al principio yo no entendía muy bien por qué aquellos libros estaban prohibidos. Por aquel entonces yo era todavía muy joven, y mis ideas políticas no estaban lo que se dice definidas. No le daba muchas vueltas al hecho de que ciertos libros estuvieran fuera de la circulación. Simplemente pensaba que, bueno, que eran autores que habían perdido la guerra, que estaban en el exilio...Me limitaba a soportar esas carencias, esa falta de determinados libros, pero reconozco que no hacía ningún tipo de crítica. Las críticas vinieron después.

- ¿Cuándo comenzó su proceso de maduración política?

Yo comencé a tener conciencia política cuando estaba haciendo el servicio militar, en la milicia naval universitaria. Era un período que duraba tres veranos, que pasé embarcado. Y fui testigo de tantos disparates en la organización militar...esas jerarquías, ese sentido de la obediencia... recuerdo un lema que había en la escuela naval de San Fernando que decía: "Quien manda más sabe más y siempre tiene la razón"... Bueno, todo aquello fue provocándome un prurito de enfrentamiento a una ideología que empezaba a encontrar disparatada. A través de ese encono personal, y todavía sin una conciencia política clara, yo me fui enfrentando a toda una situación social de la España de la época. Estoy hablando de finales de los años cuarenta... Luego ya el proceso político real se materializó en Madrid, y de la mano de Dionisio Ridruejo, que fue un personaje al que yo quise mucho, y al que estábamos unidos un grupo de personas de mi edad. Con Dionisio compartí yo muchas cosas... incluso la cárcel, en el año 64. Así me vinculé a la lucha antifranquista.

- La reacción contra el franquismo fue el elemento aglutinador de su generación literaria, la generación del 50...

Sin ninguna duda. Esa lucha, esa oposición al régimen de Franco fue lo que de verdad nos unió. Porque teníamos muchas cosas en común, sí, traíamos con nosotros una nueva manera de vivir... y de beber, porque teníamos una tendencia manifiesta al consumo de bebidas alcohólicas. Pero luego la procedencia universitaria, el origen familiar, la necesidad de restaurar una realidad cultural que la guerra había interrumpido... Esos factores, qué duda cabe, sirvieron para unirnos. Pero sobre todo nos mantenía como una piña el deseo de demostrar nuestra oposición a la dictadura, a una situación que no comprendíamos.

- Usted ha dicho que el concepto de generación literaria no acaba de convencerle.

Eso es cierto. Y sigue sin gustarme. Nosotros éramos muy distintos literariamente hablando. Gil de Biedma no tiene nada que ver con Barral, ni con Valente...Yo no tengo nada que ver con Goytisolo. Pero éramos muy amigos, Nos reuníamos con frecuencia, hablábamos...éramos muy aficionados a trasnochar. Nuestra relación era mucho más amistosa que literaria. Eso sí, el hecho de que Barral fuera editor y a través de la editorial canalizara nuestras primeras obras fomentó... como decir, una sensación de solidaridad entre nosotros. Pero lo que realmente nos convirtió en un grupo fue nuestra actitud moral frente a la dictadura.

- ¿Qué piensa de la representación literaria de lo que se ha dado en llamar "generación X"?

Bueno, cada cierto tiempo los movimientos literarios se extinguen, mueren de muerte natural y aparecen otros para sustituirlo. Recientemente leí algo sobre un movimiento poético que pretendía enfrentarse a lo que llaman "poetas de la experiencia", y habían creado una cosa disparatada, la "poesía de la diferencia". Pero, por favor, ¿qué significa eso?. Tampoco creo que exista una poesía de la experiencia como movimiento, porque la poesía de la experiencia roza por igual a poetas antiguos y a los que vendrán mañana. Siempre se arranca de la experiencia para hacer literatura. El recuerdo, la memoria es el punto de partida de todo. Las generaciones son... sucesos consecutivos de la historia lineal de la literatura.

- ¿Qué le parece la "literatura magnetofón"?

Pues... por principio, yo detesto radicalmente y por principio, cualquier tipo de copia de la realidad. Y la literatura, las Bellas Letras... eso es un arte. Y el arte de escribir significa buscar la palabra, crear un mundo, inventar un mundo. Eso no puede hacerse copiando la realidad tal cual es. Ese no es el oficio del literato. Es el oficio del cronista, del historiador...

- Habla usted de "crear la realidad". En su obra narrativa se detectan ciertas influencias de la corriente del Realismo Mágico.

La realidad es muy extraña. Yo creo que el realismo no tiene fronteras. ¿Dónde empieza la fantasía y dónde acaba la realidad? Todo eso es muy vago. La vida está llena de secretos,de misterios, incluso en las cosas más simples: salir a la calle, mirar el cielo de noche... hay muchas cosas que todavía no entiendo. Por eso no creo en la realidad. Por eso soy muy partidario de las tesis del solipsismo, en el sentido de que todo lo que se ve es producto de la imaginación. El punto de partida de la literatura es una realidad que el escritor inventa. Con eso, claro, no digo nada nuevo...Hay un ejemplo arquetípico en la Metamorfosis, de Kafka. La cucaracha kafkiana ¿es un invento fantástico o es un producto de la propia realidad del autor, donde está el significado de la alienación, del absurdo de la vida?

- Entre su producción literaria ¿tiene usted alguna predilección?

Tengo dos: en lo tocante a novela, "Agata Ojo de Gato". En ese libro hice lo que yo quería, cree un mundo en el Coto de Doñana, transformé una historia en sus posibles equivalencias mitológicas...está escrita como yo quería escribirla. Y en cuanto a poesía, me quedo con "Laberinto de Fortuna". Es un libro al que quiero mucho. Me encuentro muy identificado con esa forma de contar fragmentariamente aspectos del pensamiento moral, contradicciones, paradojas.

- En muchos de sus poemas reflexiona usted sobre el hecho de escribir... recuerdo ahora aquellos versos de "Del diario de Kafka", el poema "Todo, nada está escrito"...

Muchas veces he echado mano de la metapoesía, de la poesía como tema del poema. Es un problema que me apasiona, la dificultad de hallar la palabra. Hay un poema, "Sobre el imposible oficio de escribir", donde trato de expresar la impotencia que se siente al no poder contar lo que se quiere... eso puede llevar hasta a la locura.

- Ernesto Sábato dice que el verdadero escritor no puede imaginarse su vida alejado de la escritura.

Es posible. Pero eso depende mucho de la vocación. Sábato es un autor apocalíptico en versión rioplatense, y supongo que para él dejar de escribir sería horrible. Para mí creo que no lo sería tanto. Lo que sí sería verdaderamente espantoso es querer escribir algo y no poder. Dejar de escribir... bueno, creo que no supondría lo que se dice un quebranto. Pero desear escribir algo y no conseguirlo... eso sí es angustioso. Esa lucha con la palabra, ese querer contar algo y no poder, ese no poder canalizar el pensamiento, el traspaso de la idea a la palabra... Buscar la palabra exacta es una de mis obsesiones, siguiendo con la idea juanramoniana.

- ¿Cree en la inspiración?

La inspiración existe, en el fondo... pero a lo mejor la inspiración es simplente estar contento, tener salud. Hay momentos en los que estas bien, plácidamente situado en la vida. y entonces, claro, llega la inspiración, el deseo de escribir... y te sale bien. Yo con hambre y con frío no creo que se pueda escribir. Ya sé que se ha hecho, pero claro, las cosas cambian, la vida cambia y nos vamos creando necesidades. Ahora pensar en escribir con una vela, y muerto de frío, y hambriento... no sé, parece inconcebible. Los niveles de bienestar varían con los tiempos, y lo hacen para ir a más.

- Ha estado usted al borde de ser Premio Príncipe de Asturias de las Letras. ¿Le hubiera gustado obtener este galardon?

Por supuesto, por supuesto, cómo no. Pero se lo han dado a Francisco Umbral, que es un grandísimo escritor, que ha sido capaz de crear un lenguaje literario dentro de los periódicos. Se merece el premio sin ninguna duda, porque su labor ha sido, es singular. Yo creo que... bueno, quizá yo también merezco el Premio. Aunque también es verdad que quizá llegue demasiado tarde. No me interprete mal, no pretendo de ningún modo ser petulante. Mire, el otro día me hicieron Hijo Predilecto de Andalucía. Y lo consideré un gran honor. Pero si hubiera ocurrido hace siete, diez años... la ilusión hubiera sido muchísimo mayor. Ahora esas cosas me entusiasman menos. Los premios me gustan, me halagan y me estimulan... pero uno va perdiendo la capacidad de entusiasmarse. La vejez tiene esas cosas.

- ¿Qué está leyendo ahora?

Fíjese que yo ahora releo más que leo. Ahora estoy releyendo un libro de Marguerite Yourcenar, "El tiempo, gran escultor". Es una obra relamente deslumbrante. Yo releo mucho, porque últimamente he leído una serie de libros que me han decepcionado, que no consiguieron llamar mi atención.

- ¿Cree que en lo que se refiere a la novela está todo inventado?

Sí, pero...están inventados todos los temas, el teatro griego los trató todos, pero no la forma de abordarlos. Los mecanismos expresivos son inagotables, y siempre habrá formas nuevas de ponerlos en marcha. Y eso es la Literatura, claro.