Reseñas


NOTICIA DE UN SECUESTRO:
EL REGRESO ANUNCIADO DEL CRONISTA


Barcelona, Mondadori, 1996. 327 pp. 2.900 ptas.



por Marta Rivera de la Cruz

"...quiero hacer otra cosa: reportajes novelados. Un poco a la manera de lo que ha hecho Truman Capote pero ¿cómo decirte? menos preparado y efectista?". Hace veinticinco años, Gabriel García Márquez hacía toda una declaración de intenciones en una entrevista a Ernesto González Bermejo, de la revista "Triunfo". Tuvieron que pasar cinco lustros, un premio Nobel y muchas páginas memorables para que el creador de la estirpe de los Buendía se decidiera a cumplir una promesa que se había hecho a sí mismo. Entretanto, García Márquez anduvo enredado en la historia de un dictador solitario, en una pasión que sobrevivió al cólera y al tiempo, en el laberinto de un general perdido, en los demonios del amor. Y, por fin, se decidió a volver al género de la crónica periodística, en el que fue un maestro durante muchos años, antes de que Remedios la Bella subiera a los cielos y el coronel Aureliano Buendía librara treinta y dos guerras y las perdiera todas.

"Noticia de un secuestro" supone el mejor regreso a los orígenes de uno de los grandes de nuestras letras, que se curtió en las lides del periodismo escrito antes de convertirse en novelista. El oficio del reportero (donde, según el autor, se encuentra el verdadero periodismo) trasciende a las páginas de "Noticia de un secuestro". La obsesión por el detalle, el uso de la anécdota como forma de revelación son parte esencial en este libro. Pero hay algo más, y es la capacidad de García Márquez para convertir en materia de interés nada menos que la monotona vida cotidiana de siete secuestrados. No es la primera vez que lo hace: cuatro décadas atrás consiguió algo parecido escribiendo un reportaje inolvidable tomando como base los once días que un náufrago pasó a la deriva en su balsa. En el momento de su publicación de forma seriada en "el Espectador" de Bogotá, fueron muchos los que no entendieron cómo once días en una barca podían dar de sí hasta el punto de ser tema único de una serie de catorce artículos.

Son muchos los aciertos del libro. Uno de ellos, el cambio magistral de los puntos de vista. Los focos de la narración pasan de unos personajes a otros de un modo claro pero también imperceptible: no hay saltos bruscos, no hay cortes. Sin embargo, García Márquez es capaz de reflejar los sentimientos (tan distintos entre sí, tan particulares) de los siete secuestrados, con el mérito añadido de emplear siempre la tercera persona y no recurrir en ningún momento al recurso más asequible del monólogo interior.

Pero el logro verdadero de la novela es, sin ninguna duda, el tono del relato, que podíamos calificar, parafraseando a Vargas Llosa, de "austeridad frente al horror". No se permite el autor el recurso fácil de explayarse en descripciones minuciosas de asesinatos y ejecuciones. En el caso de la única rehén ejecutada, Marina Montoya, el autor centra su atención en Maruja Pachón y Beatriz Villamizar, sus compañeras de cautiverio, y en el tormento que para ellas supone elucubrar sobre el destino de su amiga, que auguran funesto. Existe una clave indispensable para entender hasta qué punto García Márquez da importancia a este recurso: el artículo "Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia", publicado en "La Calle", de Bogotá, el 9 de octubre de 1959. Hace casi cuarenta años escribía García Márquez: "El drama era el ambiente de terror que provocaron esos crímenes. La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite". Para García Márquez hay un método correcto a la hora de tratar el tema del horror, y es el empleado por Albert Camus en "La Peste": "...acaso la misión del escritor en la tierra no sea ponerles los pelos de punta a sus semejantes (...) Camus -al contrario de nuestros novelistas de la violencia- no se equivocó de novela. Comprendió que el drama no eran los viejos tranvías que pasaban abarrotados de cadáveres al anochecer, sino los vivos, que les lanzaban flores desde las azoteas, sabiendo que ellos mismos podían tener un puesto reservado en el tranvía de mañana. El drama no eran los que escapaban por la puerta falsa del cementerio -y para quienes la amenaza de la peste había, por fin, terminado- sino los vivos que sudaban hielo en sus dormitorios sofocantes, sin poder escapar de la ciudad sitiada".

Esa es la clave. Con "Noticia de un Secuestro" García Márquez ha escrito una historia terrible donde hay más víctimas que los propios secuestrados. El autor ahonda en el dolor de los que están privados de libertad, pero también en la angustia incalculable de sus familias y en la tensión de los captores. En el artículo antes citado, escribió García Márquez " Quienes vuelvan alguna vez sobre el tema de la violencia en Colombia tendrán que reconocer que el drama de este tiempo no era sólo el del perseguido, sino también el del perseguidor. Que por lo menos una vez, frente al cadáver destrozado del pobre campesino, debió coincidir el pobre policía de a ochenta pesos, sintiendo miedo de matar, pero matando para evitar que lo mataran. Porque no hay drama humano que pueda ser definitivamente unilateral". En esta novela, el Nobel colombiano demuestra la afirmación: es una historia llena de víctimas. Víctimas son los secuestrados y quienes les aman; víctimas son los secuestradores, que tienen de algún modo los motivos del lobo para cometer sus crímenes; víctima es la propia nación colombiana, que vive inmersa en una espiral de crímenes de la que no puede ni sabe salir. No hay juicios de valor, no hay falsas moralinas: sólo una porción de hechos terribles contados al detalle, que pondrá en tela de juicio el mismo lector que creyó a pies juntillas que una invasión de mariposas precedía la aparición de Mauricio Babilonia.

Y ese será, para el gran público, el principal problema de "Noticia de un secuestro". La dificultad para aceptar una verdad desproporcionada de manos del fabulador que lleva mucho tiempo moldeando la realidad. Uno abre un libro de García Márquez dispuesto a creerse todas las mentiras que hagan falta. Lo que ya no es tan fácil es aceptar hechos tremendos como parte de la verdad contada por el cronista. El propio autor advirtió que "Noticia de un secuestro"es "más fantástica que la más fantástica de mis novelas".

Es indiscutible que estamos, pues, ante una obra maestra que aparta a García Márquez de su tradición novelística para llevar sus letras a otros terrenos infinitamente más resbaladizos, No todos van a ser capaces de comprender en su completa extensión el esfuerzo denodado demostrado por el autor en su última producción.

Sólo una objección a un trabajo impecable:una decepcionante frase final colocada en el final del epílogo: "¡Qué barbaridad -suspiró ilusionada- todo esto ha sido como para escribir un libro". La sentencia constituye todo un lugar común de los más vulgares. Resulta sorprendente que García Márquez haya echado mano de frases hechas, y menos para rematar una novela. Lo suyo con los finales definitivos e inolvidables, no los colofones precipitados y manidos. Mucho mejor, sin duda, es el final de la novela propiamente dicha, deliberadamente poético y de una belleza plástica incuestionable: "Por primera vez se les saltaron las lágrimas que los tres se habían propuesto reprimir. No era para menos: hasta donde alcanzaba la vista, la otra muchedumbre de los buenos vecinos había desplegado banderas en las ventanas de los edificios más altos, y saludaban con una primavera de pañuelos blancos y una ovación inmensa la jubilosa aventura del regreso a casa". La imagen de los pañuelos blancos ondeando al viento nos remite sin duda a la escena de la ascensión a los cielos de Remedios la Bella. Por eso es una lástima que esa no sea la página última, que nos hubiera dejado con el sabor de boca del mejor García Márquez.



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