Entrevistas:



JUAN ÁNGEL JURISTO
O EL COMENTADOR EN SU ATALAYA






Las mejores lecturas de las obras literarias
las hacen siempre quienes son creadores.



La crítica es distancia y juicio, aunque hoy se ha convertido en una técnica de mercado.



La auténtica justificación de un crítico sería descubrir a un genio.

Dos partes de literatura y una de periodismo componen la biografía de Juan Ángel Juristo. La mitad de sus pocos más de cuarenta años la ha pasado ejerciendo el periodismo cultural, siempre con la literatura en su punto de mira.

El paso por varios periódicos de Madrid -El Independiente, El Sol, El Mundo-, con el ritmo vertiginoso que es propio de la elaboración del periodismo diario, se ha visto siempre equilibrado en Juan Ángel Juristo con el trabajo más pausado y reflexivo en diversas revistas especializadas en temas culturales o estrictamente literarios, como es el caso de El Urogallo, de la que fue redactor jefe.

Su labor periodística, muchas veces ocupando puestos directivos, le ha dado una envidiable perspectiva para observar en detalle el desarrollo de la vida literaria en los últimos años en nuestro país, tanto en su vertiente creativa, como en la parte que corresponde a una industria -la del libro- ahora pujante. La participación que ha tenido como jurado en algunos de los más importantes premios literarios que se convocan en España le permite, además, conocer los filtros por los que han de pasar muchas de las obras que después llegan a nuestras manos.

Juristo es un hombre de lectura incansable y aspecto bonancible que desarrolla su oficio periodístico siempre en clave literaria. Más que los acontecimientos o las personas -a los que, sin embargo, no duda en prestar atención-, le interesan los productos literarios en el sentido de la creación artística. Así, su pluma, o más bien su teclado, van del reportaje a la entrevista, sin olvidar la conferencia o el estudio antológico, pero siempre recala en lo que para él es la razón de ser de su profesión: los artículos sobre libros, lo que en general damos en llamar crítica literaria dentro del periodismo.

- Mi advertencia previa es que yo no hago crítica literaria, hago comentarios y reseñas. La crítica literaria se refiere siempre a la verdad de la obra de arte. Crítica es, por ejemplo, Ensayo sobre las afinidades selectivas de Benjamin, o las obras de Bajtin o Mímesis de Auerbach. Aparte está el comentario, que se refiere a una serie de impresiones recibidas a partir de la obra artística, a una valoración momentánea de técnicas; es algo mucho menos permanente, algo fútil. Esto es lo que se hace en general en los periódicos, comentarios y reseñas de novedades, y uno no es crítico literario por eso. Sería más exacto hablar de comentarista literario. A quien hace crítica sobre novedades musicales nadie tiene inconveniente en llamarle comentarista, pero parece que, si nos referimos a libros, el término resulta poco adecuado, se siente carente de prestigio; por eso, de manera general, se nos sigue llamando críticos. Yo prefiero ser llamado comentarista, o comentador.

- El crítico -por seguir generalizando- ¿se aprovecha de la creación de los demás?

- Exactamente igual que el lector. El crítico, sencillamente, lee. Todos nos sentimos capacitados para emitir un juicio ante las creaciones de los demás; lo que hace el comentador es darle un determinado "status" a ese juicio sobre una producción ajena. El lector se suele apropiar del canon del propio creador, mientras que el comentarista establece una distancia con respecto a ese canon; ésa es la diferencia entre el juicio de un lector, siempre inmediato, y el juicio del crítico, pero nada más, no hay motivo para suponerle más sabiduría al crítico.

- ¿Nadie está especialmente dotado o preparado para ejercer la crítica?

- El problema de la crítica es la propia mediatización de la obra de arte. Mi experiencia como periodista, como jefe de sección de algún periódico, me dice que las mejores lecturas de las obras literarias las hacen siempre quienes son creadores. El creador tiene una ventaja con respecto al crítico y es que comprende el proceso creativo porque lo conoce. El problema es que la mayoría de los críticos no son creadores, por tanto, no conocen el magma del proceso de creación; por eso se remiten a otros factores que, en todo caso, son ajenos al proceso creativo y pueden llegar a velarlo. Lo que digo se ve muy bien, por ejemplo, en la crítica académica, en la que se hace en las universidades: se elaboran comentarios que priman sobre la obra y que la llegan a ahogar. ¿Quién puede abrir hoy el Quijote de una manera absolutamente fresca? Hay más de cien mil comentarios sobre el Quijote, comentarios críticos, filológicos y de todo tipo, y eso ahoga la propia fuente de la que mana el arte.

- Lo que usted hace, entonces, ¿considera que está dentro del periodismo o de la literatura?

- Está dentro del periodismo, pero yo lo que pretendo es hacer de la crítica literaria un género, un género literario dentro del periodismo, como pueden ser las columnas, por ejemplo. Lo que pasa es que eso es algo tremendamente difícil porque hay una serie de normas muy establecidas que dificultan la forja del género. En el mundo anglosajón, por referirme a un caso distinto, se pide al comentarista normalmente que haga crítica informativa, no valorativa, porque los periódicos no quieren correr el peligro de que el público no llegue a comprender la crítica. Aquí, sin embargo, se trata de un mundo muy endogámico y al crítico lo entiende el criticado y quienes se mueven en este mundillo, pero el lector corriente no llega a comprenderlo. Es una cuestión de mercado, porque los suplementos literarios de los periódicos se leen poquísimo, los leen solamente aquéllos que están especialmente interesados en los libros y, claro, a ellos hay que dirigirse.

- ¿Qué tipo de lector cree que tiene usted?

- No lo sé. Supongo que los trescientos críticos que hay en España nos leemos unos a otros y, de vez en cuando, hay algún lector que nos mira, que mira para ver si alguno habla bien de un libro y eso le puede servir de guía, como pasa con el cine y la música.

- Así que lo que ustedes hacen es ayudar a elaborar la lista de la compra.

- La crítica es distancia y juicio, aunque hoy se ha convertido, sobre todo, en una técnica de mercado. Pero eso ya es sociología, ya no hablamos de crítica literaria sino de sociología. Es evidente que la literatura es una industria cultural y los periódicos sirven de vehículo para promoverla. La crítica sobre todo se debe basar en la independencia y ahora la independencia no se ve casi por ningún lado. La sociedad española se ha desarrollado muchísimo, se ha hecho ya plenamente capitalista; la industria cultural es muy fuerte, sobre todo la del libro, por eso los grupos económicos multimedia y los grupos de prensa están metidos también en la industria editorial: hay periódicos que tienen sus propios autores y sus propias editoriales. Es muy difícil, tremendamente difícil diría yo, que, en una situación así, con tanta presión, un crítico sea independiente. Lo que se le está dando al público es, en general, una especie de publicidad canalizada. Claro que no quiero que se me entienda que todo es blanco o negro, porque, aunque digo que es tremendamente difícil, ahí está el criterio personal y profesional del crítico. No puedo decir que resulte imposible salirse del tiesto y dar un varapalo a algún autor que sea de la propia cuerda; ejemplos se han visto. Al propio sistema le interesa tener rebeldes, y menos mal, porque si no, dónde estaríamos.

- ¿No cumple entonces la crítica una auténtica función social? ¿Sólo económica o comercial?

- El lector suele ser bastante cómodo y no se da cuenta de lo que ocurre. Un lector mira tres o cuatro periódicos y piensa que lo que viene ahí es lo que hay, no se plantea más. Más que no darse cuenta, es que no quiere dársela por comodidad. Si ve que un autor aparece en varios medios, piensa que debe ser muy bueno y se va a la librería de enfrente a comprar su obra. No podemos esperar que el autor corriente sea un especialista y que su elección sea muy atinada porque esté al tanto de cuáles son las novedades; si eso fuera así, habría todavía muchos menos lectores de los que hay.

- Pero ahora se supone que hay muchísimos lectores, ¿no?

- Es que los medios de comunicación también tienen su lado bueno. Seguramente gracias a ellos nunca se ha leído más que ahora. Aunque, en el fondo yo pienso que el nivel de analfabetismo sigue siendo el mismo que hace doscientos años; pero, claro, ahora los analfabetos leen y antes no leían. Al ver, por ejemplo, la lista de los libros más vendidos en Inglaterra yo me he planteado que, para leer eso, quizá es más sano no leer. Los editores dicen que lo bueno es leer libros; yo, en cambio, opino que lo bueno es leer determinados libros. Hay libros que son una auténtica bazofia y me gustaría que alguien me explicara por qué es bueno leerlos.

- Usted, en su oficio, leerá de todo...

- Los libros realmente buenos son los que te pueden cambiar la vida. De lo que se trata es de buscar esas grandes obras, porque si no, ¿para qué leer? Lo malo es que la mayoría de lo que leemos no nos cambia nada, pero la auténtica justificación de un crítico sería descubrir a un genio. Yo no he descubierto a ninguno ni creo que sea algo que me ocurra en la vida, así que puedo decir que éste es uno de los oficios más frustrantes del mundo.

- ¿Cómo puede estar seguro de no haber dejado pasar ninguna gran obra?

- El problema de la crítica es que siempre va detrás de los hechos. Nunca en la historia un crítico ha acertado ante las grandes obras de la humanidad, a veces por auténtica imposibilidad física. Por ejemplo, ni el más grande y prestigioso de los críticos franceses de arte de finales de siglo se enteró de que dos de los genios de la pintura de todos los tiempos existían en su época, Van Gogh y Cézanne; y no se enteró porque Cézanne era demasiado rico para exponer y Van Gogh demasiado pobre para exponer, luego nunca pudo ver sus obras. Lo normal es que las críticas se hagan sobre autores de segunda fila, que suelen ser los más apegados al medio social, los más reconocibles. La obra de arte genial se escapa porque necesita muchísimo tiempo para ser reconocida. Lucien Goldmann, cuando estaba haciendo su precioso análisis sobre el jansenismo y Pascal, dijo algo que es indudable: los genios se escapan a su época, son los menos sociológicos. Según él, Pascal no era del siglo XVII y el jansenismo, en cambio, sí. Claro, él veía que jansenistas de segunda y tercera fila sí daban perfectamente el tono de la época, pero Pascal no.

- ¿Sólo se vende mucho la mala literatura?

- No, no, de ninguna manera. Por ejemplo, en el XIX los novelistas cumplían una función parecida a la que cumplen hoy los medios de comunicación y había escritores muy populares que eran buenos, muy buenos, junto a otros, claro está, que no lo eran tanto. Dickens vendía mucho, nuestro Galdós vendía mucho, Balzac vendía mucho, pero también Alejandro Dumas, y no era precisamente un buen escritor. Hay grandes obras que se han vendido mucho: del Quijote se hicieron cientos de ediciones en su época y traducciones a todos los idiomas cultos del momento.

- ¿La oscuridad es un valor literario?

- Ni lo es, ni deja de serlo. Éste es un concepto que viene del siglo XIX; cuando llega el ascenso de la burguesía y comienza el capitalismo salvaje, el mundo del arte en ese momento se retrae. Surgen entonces dos líneas en la literatura: una, el folletín con los escritores de masas y, por otro lado, la bohemia, los escritores malditos, el arte concebido de otra manera. Es cierto que los auténticos artistas no estaban entonces dentro de ese proceso del arte como mercancía. Ahora, al cabo de ciento y pico de años del mismo sistema, y cada vez más fuerte, todo está imbricado de tal manera que ya no hay bohemia, ya no hay artistas separados, todos están dentro del mismo proceso total. En Estados Unidos, por poner un ejemplo, los libros de poesía tienen unas tiradas que a nosotros nos parecen monstruosas, porque todos se saben buscar su trozo dentro del pastel del mercado.

-¿Hay alguna fórmula objetiva para que el lector de a pie diferencie la buena de la mala literatura?

- La estética es gusto. ¿Qué es reconocer que algo es bueno o no?; deberíamos empezar por ahí. La obra de arte se tiene que mirar desde el gusto, pero gusto no significa capricho. El lenguaje continuamente nos pone trampas: cuando decimos si esto es objetivo o subjetivo creemos que estamos diciendo algo y realmente no estamos diciendo nada, hablamos de suposiciones, suponemos que lo objetivo está más cargado de verdad; pero a mí me gustaría saber qué es lo no subjetivo. Podemos considerar la objetividad como suma de subjetividades y así no andaríamos muy descaminados, porque el todo siempre es algo más que la suma de las partes, pero así seguimos partiendo de la subjetividad.

- ¿Qué es lo que más se lee ahora en España?

- Con la llegada del P.S.O.E. al poder en el año 82, en España se produce la entrada plena del capitalismo en el mundo editorial y eso se nota en las preferencias del público lector: hasta entonces aquí se había leído sobre todo a autores extranjeros, pero a partir de ese momento ya nadie tiene empacho en afirmar que los nuestros también tienen que ser leídos. Los autores españoles empiezan entonces a editarse y el público se va interesando especialmente por ellos.

- Eso está bien, ¿no?

- En principio sí, pero, como todo, también tiene su lado negativo. Esta especie de nacionalismo literario es, en realidad, un fenómeno común a toda Europa y eso tiene el peligro de romper las conexiones entre las culturas. Sin ir más lejos, hoy en España las relaciones tradicionales con la cultura latinoamericana no existen, son prácticamente nulas; aquí ahora no se conoce a ningún autor de entre treinta y cuarenta años que escriba novelas en Chile, por ejemplo, y hace treinta años sí se conocía. Por otra parte, en esta situación, los autores entran en un proceso comercial; la industria cultural española se hace moderna, como la francesa o como la inglesa, y los escritores empiezan a ganar dinero y a vivir de su propia literatura, mientras que antes tenían que ser profesores o funcionarios para sobrevivir. El peligro de todo esto es que cada año se ven obligados a sacar una novela, cuando, por poco que conozcamos el proceso creador, sabemos que va por libre y que no todo el mundo puede sacar una buena novela al año. Otro de los problemas de la competencia de mercado es que con los escritores pasa como con los pintores, que si uno está ligado a una galería y ve que un determinado tono vende, se ve obligado a seguir utilizando ese mismo tono en obras sucesivas. Todo eso va en detrimento de la calidad del libro y de la obra de arte en general.

- ¿No hay en España entonces ningún tipo de experimentación?

- En este momento no se experimenta nada. La novela tiene ahora unas estructuras mucho más parecidas a las del siglo XIX que a las de los años sesenta, época en la que sí se experimentaba. Ahora, lo que se hace es describir, luego poner un diálogo, se vuelve a describir y se incluye otro diálogo... En fin, la novela, como decía, se mueve dentro de unas estructuras totalmente decimonónicas. El caso es que, desde el punto de vista editorial, tienen razones para hacerlo así, porque al público lo que le gusta son los culebrones.

- ¿Se puede hablar de corrientes en la literatura española actual?

- Nunca ha habido corrientes. Las corrientes, como sabemos, son un invento francés y aquí en España las han establecido los críticos y los profesores, pero no han existido nunca. Ni siquiera se puede hablar de generaciones. La generación del 27 ha venido agrupando a una serie de autores partiendo de la razón selectiva de que todos ellos hicieron pis ante la tumba de Góngora en el año 25, pero que alguien me cuente qué tiene que ver Cernuda con Lorca, lo único cierto es que son coetáneos. Quizá sí hubo una generación inventada por uno de sus componentes, la del 98, que muestra algunos puntos en contacto entre sus autores; pero pocos, porque Azorín tiene poco que ver con Valle Inclán, y Valle Inclán con Baroja, aunque partieran de unos hechos históricos determinados. Ahora la corriente es el marketing. Por ejemplo, hace tres años un editor de Barcelona tuvo la infeliz ocurrencia para el resto de los mortales de publicar libros de jovencitos, porque se suponía que los jóvenes vendían. Publicó un libro sobre bares en la noche madrileña que hizo que todas las editoriales tuvieran que buscar al joven de turno para publicarle lo que fuera. Se ha llegado al extremo de poner a la venta la obra de una chica de catorce años, que ha tenido problemas en el colegio porque a muchas familias no les parecía bien que sus hijos tuvieran una compañera que escribiera sobre sexo y drogas. Eso es tremendo, tremendo.

- Volviendo la vista a la tradición, ¿podríamos decir que la narrativa española sigue siendo cervantina?

- Es que yo creo que en algunos aspectos la influencia de Cervantes ha sido escasísima en nuestra literatura. El humor es un ejemplo de lo que estoy diciendo. El humor de Cervantes es luminoso, humanista; considera al ser humano como una totalidad en la que, en todo caso, se mezclan el aspecto lumínico y el aspecto tenebroso, pero ambos a la vez, y a la distancia que establece ante esta consideración podríamos decir que le imprime un cierto cariño. Pero en la España de aquella época surge otra tradición muy distinta, la de Quevedo, con un humor católico, en el que se destacan los aspectos más monstruosos del ser humano; éste último es el humor que ha triunfado en España, no el de Cervantes, a pesar de que nombremos a este autor como paradigma de toda nuestra literatura. El humor de la gran tradición literaria inglesa, en cambio, sí viene de Cervantes; cualquier autor satírico del siglo XIX inglés tiene más influencia cervantina que nuestros escritores. Valle Inclán, Cela, etcétera, beben en Quevedo, utilizan el sarcasmo más que la ironía, ven siempre únicamente el lado más oscuro de las cosas y muestran un cierto desprecio por el ser humano. Si buscamos una excepción a esta regla la encontraríamos en Ramón Gómez de la Serna, por ejemplo, pero hay muy pocas más.

- ¿Qué prejuicio le resulta más difícil dominar en su trabajo?

- Pues que hay tipos de literatura que a mí, simplemente, no me gustan; por ejemplo, la novela histórica. Una novela de este tipo tiene que ser excelente para que me guste, porque considero que se trata de un artificio sumamente gastado. Sin embargo, la novela histórica vende mucho, sobre todo en los países anglosajones. No sé de ningún prejuicio más, aunque la verdad es que no me analizo mucho.

- ¿Entonces es usted espontáneo escribiendo?

- Suelo escribir mis comentarios de un tirón. Según leo, voy viendo lo que voy a escribir después, voy haciendo la composición. Luego -y eso me pasa también en otras actividades de tipo periodístico- cuando tengo el título, tengo todo, ya está hecho el artículo o la crítica.

- ¿Y en cuanto a preferencias?

- No lo sé, no sé si tengo preferencias fuera de autores concretos. Podría decir que me gusta Albert Camus porque tiene una estructura tremendamente sencilla, pero mentiría porque me gusta Joyce; si digo que me gusta Delibes porque se caracteriza por esto y lo otro, también mentiría, porque me gusta Rabelais o Lezama Lima. Lo que prefiero es lo que me conmueve y eso es difícil de catalogar, porque me puede conmover el extremo barroquismo y la extrema sencillez. Pero, claro, luego hay un tipo de literatura maravillosa que es la que dice mucho, o todo, en nada, y eso se consigue fundamentalmente en la poesía. El género mayor de la literatura es la poesía.

- ¿Usted comenta poesía?

- Lo he hecho pocas veces porque estoy encasillado en la narrativa. Además, la narrativa es más fácil: la poesía tiene muchísimas capillas que se llevan muy mal y que no venden nada. Es realmente terrible. Así que lo que hago es leer buena poesía como placer personal.

- ¿Existe la ciencia de la literatura?

- Ésa es una de las mayores pedanterías de este siglo. El mundo universitario y académico suele ser pedante por regla general, porque, además, vive de eso. En ese mundo hay quien intenta utilizar para la literatura una serie de términos que suenan a científicos, heredados sobre todo de la lingüística, pero se llega a rozar el absurdo en algunos casos, como ocurre con la deconstrucción de Derrida. Y no se trata de que esto sea científico ni deje de serlo, es que la obra de arte no tiene nada que ver con la ciencia. Se pueden hacer estudios sobre el uso de la coma en Rabelais, medir una serie de frecuencias y elaborar estadísticas; todo eso está muy bien, pero ¿tiene algo que ver con lo que nos conmueve de Rabelais? Cada disciplina debe tener sus propios métodos. Sin una teología, entendida como establecimiento de la distancia entre Dios y el hombre, no puede haber ciencia ni puede haber crítica. Intentar explicar esta distancia a través de un libro es un ejercicio de hermenéutica, a partir del cual se conforman una serie de disciplinas que mediatizan tanto al objeto como al sujeto. Por eso la crítica es distinta de la ciencia y, por eso también, surgen tipos de crítica tan diversos, cada uno desde sus propios motivos; motivos hasta de tipo político, como la crítica "gay" que está ahora de moda en Estados Unidos dentro de esa corriente de respeto a las minorías que allí está tratando de imponerse.

- Supongo que, para usted, el libro debe ser uno de los objetos más cotidianos. ¿Cree que es el soporte necesario para la literatura?

- La literatura primero fue oído, fue respiración -se nota que los poetas actuales ya han perdido el sentido de la respiración-; empezó con el canto y luego vino la escritura. La gente tuvo que irse acostumbrando al nuevo soporte a lo largo de siglos y, con la manera de ser burguesa, aprendió a leer en la interioridad. Pero ahora resulta que no hay interioridad, porque eso supone un tiempo y antes el burgués tenía tiempo; ahora, sin tiempo, es muy difícil aislarse y resulta imposible leer sin aislarse. El desarrollo tecnológico dio lugar, por ejemplo, al cine, que es otra manera de narrar en la que se han hecho obras de arte. Se hacen intentos, incluso, de grabaciones de lecturas de obras literarias, pero para mí la auténtica literatura grabada es ese concierto de rock que va escuchando un chaval por la calle a través de sus auriculares, no una lectura de La Regenta, que debe ser insufrible. Imagino que las nuevas técnicas darán lugar a nuevas formas de arte, pero, hoy por hoy, hay que reconocer que es realmente incómodo y difícil leer en una pantalla.

- Volviendo al panorama cultural, ¿qué podría decirnos sobre los premios literarios? ¿Qué opinión le merecen?

- Sobre esto podríamos estar hablando horas. Mi opinión no es uniforme con respecto a todos los premios. Hay premios tradicionales en España con muchísimo prestigio, junto a otros que miran más las ventas y tienen una función de marketing. Así, tenemos el premio Príncipe de Asturias, el Cervantes, o el Planeta -que es un premio muy bien dotado-. Pero luego en las autonomías, con el motivo político de promocionar las lenguas vernáculas, han surgido premios en tal cantidad que roza el absurdo: en Cataluña hay más premios literarios que autores en catalán, así que cualquier autor que escriba en catalán gana un premio; pero lo mismo ocurre en Galicia o en Euskadi.

- ¿Cómo resumiría su experiencia como jurado?

- Nefasta. Porque, claro, vivimos en un mundo de intereses y en los jurados no se suele ser honesto. Cada cual lleva su terna y se dedica a hacer política, pero ¿dónde no se hace política? Por ejemplo, yo he sido dos veces miembro del jurado del Premio Nacional de Literatura y tengo que decir que las bases son absolutamente limpias, pero como no hay un método idóneo para votar -en este caso se utiliza el mismo que en Francia para el Goncourt- y somos muy pícaros todos, pues quienes se conocen bien el proceso hacen que sus autores favoritos salgan adelante, por lo que se convierte en una cuestión de a ver quién puede más. No me gustaría volver a ser nunca miembro de un jurado, de verdad.

- De manera comparativa, ¿tiene un buen nivel el periodismo cultural y literario que se hace en España?

- Aunque nos parezca mentira y siempre nos estemos quejando, en España los periódicos le dan mucha importancia a la cultura, si comparamos con lo que ya está pasando en Europa y en Estados Unidos, donde los periódicos prácticamente no recogen ni siquiera noticias culturales. Por otra parte, esa magnífica tradición, tan española, de que los escritores sean columnistas no existe fuera, ni siquiera en Francia, que es un país tan literario. Poder leer todos los días en los periódicos a autores de la talla de Paco Umbral, Manuel Vicent o Manolo Vázquez Montalbán es un auténtico privilegio.

- ¿Quién hace la crítica de la crítica?

- Si los lectores escribieran, ellos serían los críticos de los críticos. Hay juicios sobre la crítica, cómo no, pero no crítica de la crítica, porque para eso hace falta, por lo menos, tener la ilusión del canon y la ilusión del canon sólo la da la letra impresa, que para eso es el juicio establecido.

- ¿El crítico tiene amigos?

- Claro, yo tengo muchos amigos, incluso escritores. Bien es verdad que, como decía Goethe, para que haya crítica de arte, tiene que haber una cierta dosis de antipatía. Establecer una distancia con la obra de arte y, a la vez, dictaminar es mantener una actitud enormemente antipática, odiosa, diría yo.


Mª LUISA PÁRAMO
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