Estudios


LENGUAJE (Y VIDA)
DEL RECLUTA EN EL CUARTEL (1)

por Dra. Ana Mª Vigara Tauste
Sonia Álvarez Herrero / Paloma González Buendía

Fac. CC. de la Información. Univ. Complutense. Madrid

O. Generación tras generación, reemplazo tras reemplazo, el Servicio Militar Obligatorio ha llevado a la inmensa mayoría de nuestros jóvenes varones hasta los cuarteles, donde han gastado -o invertido, según se mire- unos cuantos meses de su existencia. La mili es durante ese periodo, por muchas razones, protagonista casi absoluta de sus vidas; suele dejar en ellos, para bien y para mal, intensos recuerdos y no es extraño que acaben, con el tiempo, rentabilizándola como fuente -quizá la principal- de su anecdotario particular.

Sorprende por eso comprobar la escasa atención que se ha prestado al estudio del lenguaje usado en los cuarteles. Por su alcance social (utilizado por casi todos los hombres en un periodo más o menos largo de su existencia) y por más cosas: por su carácter "específico", que ha atraído en otros casos (germanía, caló, lenguas "profesionales", lenguaje de los "jóvenes", lenguaje "femenino"...) a los estudiosos; por su creatividad y capacidad de adaptación; porque la mili y la imitación intencionada de su lenguaje son protagonistas de no pocos chistes, películas, revistas humorísticas, "cómics", etc., de la vida civil; porque el obstáculo no es, para la ciencia y el progreso, sino acicate para la superación y, en consecuencia, la dificultad de acceder a los cuarteles para documentar y estudiar este lenguaje no debería ser sino un atractivo añadido en él por lo demás, sin duda, muchos que fueron soldados han acabado dedicándose a los estudios lingüísticos... (2)

Aunque hay también, como podrá comprenderse enseguida, buenas razones para justificar su abandono (digamos) "científico" y su anonimato: su carácter y transmisión (sólo) orales, su atrevimiento, la "provisionalidad" con que vive el joven su mili y la rapidez con que, una vez acabada y fuera ya del cuartel, es capaz de olvidar todos esos recursos y términos que ya no puede compartir y han dejado de serle útiles... Por eso y porque nuestra condición de mujeres (excluidas, por tradición, del ejército) nos situaba, sin duda, en clara situación de inferioridad, hemos intentado "infiltrarnos" en los cuarteles, único modo -nos parecía- de obtener un material que podríamos analizar luego a solas con cierto detenimiento.

1. El material que nos ha servido como base para este trabajo ha sido en lo esencial recogido en un cuartel de Madrid en marzo de 1993. A los datos que hemos ido atesorando de familiares, amigos, "contactos" y anónimos informantes hemos añadido la grabación de una jornada casi completa entre soldados, realizada en su medio "natural" y sin su conocimiento (si exceptuamos, claro está, al que portaba la minigrabadora). El registro que aparece en nuestras cintas es en todos los casos el registro conversacional espontáneo (coloquial) de los soldados en su vida cotidiana en el cuartel. Para la transcripción del contenido de las cintas hemos contado con la anuencia de los interesados y el asesoramiento inestimable del recluta-gancho, que nos ha ayudado a identificar con ciertas garantías las distintas voces (A, B, C...) de los improvisados informantes y a "reconstruir" ciertos contenidos que no hubiéramos podido alcanzar solas. Del examen del material hemos podido extraer al menos dos conclusiones de carácter general que nos permiten "enmarcar" todo lo que diremos después:

a) Tanto el lenguaje como el comportamiento comunicativo de nuestros jóvenes en los cuarteles presentan ciertos rasgos peculiares que nos permiten hablar, quizá, de "subargot" (véase Gómez Capuz, 1993) y que no son sino el producto de unas circunstancias y un contexto fuertemente caracterizados y vividos por ellos como excepcionales, coyunturales y efímeros.

b) Su habla es, en lo esencial (forma y contenido), habla juvenil espontánea adaptada a sus condiciones de vida en el cuartel. Comparte, pues, con la de los jóvenes civiles un cierto "desembarazo" (muy propio de la edad) y gran parte del léxico utilizado (p.e., "mi viejo", para referirse al padre); y con la lengua coloquial estándar, la expresividad e improvisación formal inevitables en el uso oral espontáneo.

El análisis detallado de, por ejemplo, el siguiente fragmento, nos proporcionaría datos suficientes para demostrar estas afirmaciones (unos apelativos propios de los jóvenes y otros de la vida en el cuartel -señalados en negrita en el texto-; interdicciones; comodines, redundancias, énfasis, interrogaciones retóricas, intertextualidad...):

  *	(Limpiando subfusiles)
	B	Dame una baqueta (3), anda..., ¡amor mío!
	?	¡Toma, tú!
	A	[Canturreando] ¡Queé poquito que me queda!
	B	Tío, pero si es que esto/esto es in-lógico, macho...
                Tronco, le quedan tres días y que le digan que limpie 
                el subfusil... ¡Vamos!
	?	[...]
	B	Pero total, pero total. Totalmente de sobra.
	C	¡Me cagüen diez! [...]
	B	¡No jodas! [...] ¡Ahi/ahivá, colega, [...] le van a
               arrestar, colega! [Risas] ¡Que le metan un rabo!
               ¡Mi sargento, que le arresten! [risas] ¡Que le arresten!
               Le meten cuatro días rico, rico, rico, rico..., rico rico... 
               rico rico..., pero rico rico. Vaya, vaya, vaya cacao...
	X	¡Eh, colegui!
	B	¿Qué?
	X	¡Pasa primero!
	A	Espera, espera, espera, me la va a dejar a mí primero
	     [...]
	A	¿Todavía no sabes desarmar un subfusil o qué, tronco?
Naturalmente, nuestras observaciones no tienen ni pretensiones de exhaustividad ni voluntad generalizadora, pues somos plenamente conscientes de las restricciones que un material obtenido "puntualmente" les confiere. No nos extrañaría, pues, que soldados de otras unidades u otros reemplazos no suscribieran, por ej., muchos de los términos empleados por los nuestros o incluso tuvieran reacciones radicalmente diferentes de las que éstos han mostrado en nuestras grabaciones. Pretendemos, simplemente, preservar lo esencial: esos rasgos lingüísticos y comunicativos que generalmente todos comparten porque son sólo un aspecto más -si bien esencial, como veremos- de su vida en el cuartel.


2. Para la mayoría de los jóvenes, la mili es, en efecto, un simple paréntesis ineludible en el curso de su vida "normal". Aislados de su ambiente "natural", de su familia y de sus amigos, han de convivir durante un lapso de tiempo con otros jóvenes de su misma edad y su mismo sexo en un espacio cerrado y fuertemente jerarquizado; en un ambiente en el que se consideran prioritarios ciertos valores que, salvo excepciones, no han tenido ocasión de "plantearse" o sólo han ocupado hasta entonces la parte baja en su escala (el respeto formal y la obediencia, el honor, la cortesía, el coraje...). Además, los cuarteles imponen a los soldados una vida fuertemente ritualizada y estructurada: lo que tienen que hacer, cuándo, dónde y cómo deben hacerlo suele estar de antemano preceptuado y raramente depende de su decisión o preferencia personal. Cada soldado es, por así decirlo, una pequeña pieza de un engranaje que debe funcionar "a la perfección"; cualquier determinada pieza que falte o falle es inmediatamente detectada y provoca una necesaria "corrección" que restituya la armonía en el sistema (sistema que, por lo demás, tiene también previstas tales eventualidades).

Pero hablar es también actuar; y es, en los cuarteles, casi la única forma de actuación enteramente "personal" que le queda al soldado. En un medio en el que prácticamente todo lo que está permitido hacer está reglamentado, el soldado puede decir lo que le dé la gana (o poco menos) siempre y cuando: a) cumpla con su cometido y obligaciones; b) no se dirija a un superior (la relación con los "mandos" está también estrictamente reglamentada (4)o no sea (ostensiblemente) escuchado por él.

Se configura así una situación peculiar a la que difícilmente puede el recluta sustraerse y que nos permite entender algo que todo el que ha hecho la mili ha constatado y que sólo "oscuramente" hemos podido intuir los demás: que el soldado, que generalmente no comparte nada que no sea la propia vida militar con sus compañeros, no sólo habla con ellos, sino que lo hace, además, constantemente y con un cierto "libertinaje". Libertinaje o, mejor, irreverencia que puede parecer, desde fuera, chocante o excesivamente brutal, pero que actúa como lenitivo en una situación de cierta "precariedad" personal para el joven, con el único receptor posible en tales circunstancias.

Sus compañeros son sus "iguales" y aquellos con quienes vive sus meses de inevitable Servicio Militar y comparte prácticamente todo (el espacio, el estatus, la provisionalidad, las expectativas, las reglas...). Hablar con ellos es, efectivamente, casi la única cosa que el recluta puede hacer "libremente" en el cuartel. Y el lenguaje se convierte, así, durante unos pocos (excepcionales) meses, en uno de los ejes esenciales de su existencia. Adaptándose a sus condiciones y necesidades en el cuartel, los soldados desarrollan (entre sí y para sí) un estilo comunicativo característico (fático, "masculino", catártico y sorprendentemente homogéneo).


3. Teniendo en cuenta que, en principio, los reclutas proceden de distintas partes de España y pertenecen probablemente a estratos socio-culturales diferentes, llama la atención la gran homogeneidad que presenta, aparentemente al menos, su lenguaje. La impresión que se acaba sacando es que todo recluta, una vez que se incorpora a la "tropa" en el cuartel, acaba hablando -y rápidamente además- como un soldado. Esto no es tan extraño, sin embargo, si se tiene en cuenta que, como hemos explicado, los otros soldados (sus "iguales") son casi su único interlocutor posible y con ellos comparte prácticamente todo , de un modo más inevitable además, e intenso, de lo que sería normal en su vida "civil". Tal homogeneidad se manifiesta principalmente en: a) la poca presencia de particularismos locales (e incluso extranjerismos) en su habla; b) la tendencia a hacer de su propia vida en el ejército (y de sus vivencias puntuales en el servicio) el tema central de sus conversaciones espontáneas; c) el desarrollo, casi inevitable, de un determinado modo de actuar y de referirse a sus cosas que les es propio, en el que se incluye, por un lado, la institucionalización de ciertas costumbres y, por otro, el rito verbal de la relexicalización.

3.1. La tendencia a crear su propias reglas internas de funcionamiento y a nombrar las cosas (particularmente todas las relacionadas con su vida en el Servicio Militar) con términos acuñados por y para ellos mismos parece en este caso menos una elección que una necesidad. Necesidad surgida seguramente de forma natural en un ámbito cerrado, en el que se vive por inapelable obligación durante un tiempo determinado y que potencia fuertemente la identificación con el grupo al que se pertenece y la consiguiente diferenciación tanto del resto del colectivo como del bloque "civil", con los que el recluta no puede, por razones obvias, compartir casi nada de su vida en el cuartel.

Así, el soldado, que normalmente no pasa de ser mera "tropa" desde que empieza hasta que termina su Servicio Militar, inventa, vive e "institucionaliza" sus propios rangos, que le permiten ocupar con fundamento un lugar en la escala. Traslada de este modo al funcionamiento interno de su grupo el carácter jerarquizado de la vida militar a la que coyunturalmente se ha incorporado. Naturalmente, en un mundo en el que el objetivo prioritario parece ser "pasar el tiempo" hasta agotar los meses obligatorios correspondientes, el máximo prestigio corresponde al que tiene más experiencia y está, por lo tanto, más próximo a la "licenciatura". Van bautizando, así, las sucesivas etapas de su estancia en el cuartel (e incluso fabrican muchas veces sus propios carnés, que van sustituyendo a medida que ascienden de rango):

Llegados a wissa, wisagra o bisabuelo, los reclutas, según la tradición, han ganado "por mérito propio" los máximos honores y el derecho de "putear" a los "bichos" (reclutas recién llegados) con impunidad, dispensa o "inmunidad cuartelaria":

ARTICULOS DE WISSA
1.- El WISSA no nace, se HACE

2.- El WISSA siempre tiene razón.

3.- El WISSA en caso de no tenerla, aplicará el artículo número 2.

4.- El WISSA no ronca, canta en stereo.

5.- El WISSA no se pone ciego, conecta con el más allá.

6.- El WISSA no se emborracha, son los bichos que dan vueltas.

7.- El WISSA no se escaquea, se confunde con el terreno.

8.- El WISSA nunca se levanta a Diana, se toca Diana cuando el WISSA se levanta.

9.- El WISSA no putea, educa a los bichos.

10.- El WISSA no se pela, va a la moda.

11.- El WISSA no desfila, se pasea.

12.- El WISSA no se retrasa, son los bichos que se adelantan.

13.- El incumplimiento de cualquiera de estos artículos será síntoma de amontinamiento [sic].

14.- Todo bicho amontinado [sic] será vilmente puteado.

15.- El WISSA no se licencia, cuando se harta se marcha y punto.

A estas alturas, los más animados se fabrican o (se consiguen) su asfixiómetro, un dibujo que refleja los últimos cien días de mili, cuyos números van siendo sombreados (tachados) por el soldado a medida que van pasando (6). A partir de aquí, los títulos son sólo honoríficos, a la espera de la loca o la blanca (cartilla que se entrega sellada a los reclutas al término de su Servicio Militar); algunos presentan un curioso esquema bi- o trimembre y rimado, de marcado carácter festivo (Gómez Capuz habla en estos casos de "formaciones léxicas motivadas por rima"):

Del mismo modo, el soldado utilizará muchas veces con sus compañeros de cuartel nombres especiales para sus armas: chopo (el "cetme", un tipo de fusil; porque es de madera, pesa y es alto y duro), zeta ("subfusil star z 70-B"), pipa (pistola), quitapenas (porra), fusa (fusil; también novia, nombre que al parecer todos conocen, pero no suelen usar; porque "va con uno a todas partes")... Nombres especiales para sus compañeros de otros "cuerpos" o colectivos y para sus mandos: pistolos (o coes: Cuerpo de Operaciones Especiales), calimeros (8) (a los pe-emes, miembros de la PM o Policía Militar), bombitas (los de Artillería, porque llevan dos bombas bordadas en el cuello del uniforme), lagartos (los de Infantería de Marina, por el color de su uniforme), monteros (los de Tierra), paracas (paracaidistas), tecol (teniente coronel: T.Col.), imecos (compañeros reclutas procedentes de IMEC, Instrucción Militar de la Escala de Complemento, tradicionalmente reservada a estudiantes)... Nombres especiales para los que habitualmente desempeñan una determinada función bien definida en el servicio: aspirino (sanitario, enfermero), chispa (electricista), peluca (peluquero), turuta (el que toca la corneta), vampiro o pesetero (encargado de cocina; porque es el que "muerde" o "saca tajada" del presupuesto destinado a la cocina), garitero (el que está de guardia en la garita)... Nombres especiales, en fin, para casi todo, incluidas sus propias vivencias y actividades específicas del cuartel: galletas (galones), antigripal (enfermería), mimeta (uniforme: "mimetizado, camuflado"), trullo (calabozo), bombona (brazalete que lleva el que está de guardia, de color naranja), zapatear ("hacer instrucción"; porque dan taconazos), dar barrigazos (reptar), estar de plantón (estar de guardia a la entrada de un edificio), ir de caza o ir de reunión ("formar los que tienen permiso", porque se hace un disparo al aire), juntársele a uno las estrellas (cuando hay muchos mandos juntos), etcétera (9).

Más aún: los soldados desarrollan al parecer una especial habilidad para los motes o apodos, que crean, comparten y usan con camaradería en el cuartel y que normalmente no llegan ni siquiera a conocer quienes no forman parte de él. El mote es además ese nombre con el que pueden identificarse y ser identificados por sus compañeros, pero que nunca dirán a sus superiores ni, seguramente, escucharán de ellos:

   *	(Limpiando subfusiles)
	A	Que le debo mil... ¡Hostia, mil! Le debo ciento
                 treinta y..., ciento veinti... ocho, 
                 o cientoveintisiete
	B	¿A quién, al Chuste? ¿Al Chuste?

3.2. Otra buena razón contribuye además a hacer del lenguaje un eje de vital importancia para el soldado durante el tiempo que dura su mili. En tales circunstancias de aislamiento, excepcionalidad compartida y forzada convivencia, la aceptación de lo inevitable y la adaptación al medio (a ser posible hasta el camuflamiento) son más que una necesidad: la primera condición para la holgada supervivencia en el cuartel. Y el mostrar, mediante los dichos y los hechos, familiaridad con sus cosas, con sus compañeros y con su forma de hablar es, sin duda, para los soldados un signo -y no el menor- de estatus.

No olvidemos que los soldados se desenvuelven, por necesidad, en un mundo "cerrado" y fuertemente jerarquizado, pero, además, esencialmente masculino (en el fondo y en las formas), y que su conducta comunicativa tiende naturalmente a adaptarse a él. Deborah Tannen (1992), que revela la existencia de estilos conversacionales diferentes entre hombres y mujeres y la necesidad de conocerlos para entender a unos y otras, caracteriza el estilo masculino como esencialmente informativo y asertivo, basado en la independencia y el estatus y centrado en la acción; frente al de las mujeres: fundamentalmente afectivo, basado en la tendencia a estrechar vínculos y en la intimidad. Algunas de las características más notables y aparentemente contradictorias del lenguaje de los soldados se pueden interpretar -creemos- en claves relacionadas con el sexo de los hablantes. Por ejemplo, el uso y abuso que podemos comprobar en muchos ejemplos de alusiones sexuales, de tacos, blasfemias, palabras malsonantes (10) y, en general, sustitutos léxicos disfemísticos (particularmente "gráficos", ridiculizadores o peyorativos) en sus conversaciones espontáneas, rasgo típicamente "varonil", de acuerdo con López y Morant (1991) (11):

  * (Limpiando subfusiles)
   	A	¿No te clavas nada? Pero ¿a ti no te han
                  clavado todavía nada, aquí? Pues aquí, tronco,
                  aquí a los cucos cuando entran hay que partirles
                  el cacas en dos. Esto es como la cárcel, tío.
	Y	No me jodas que al mari no le habéis catado
                  todavía, no le habéis quitado el anillo de cuero...
	B	Que se dé la vuelta, que le voy a clavar todo...
	A	Venga, vamos pa'l servicio, mari, que te vamos
                  a poner el culo hecho un asco.
	C	Te rajo...
	A	Cabrón...
	D	¡Abortas, abortas...!
	E	Vas a abortar...
	D	Eres como la, la virgen esa, la María [...]
	?	¡Me cagüen la hostia!
En contraste, es curiosa la naturalidad y frecuencia con que usan los soldados los diminutivos (afectivos y de regocijo casi siempre), los apócopes y truncamientos en "-i" (es decir, con apariencia de diminutivos: el capi, el subte, el furri, los legi...) y los apelativos "cariñosos" (casi siempre irónicos, eso sí), considerados rasgos típicos del habla "mujeril" (López y Morant, 1991:101-104):

  * (Limpiando subfusiles)
	B	Dame una baqueta, anda..., ¡amor mío!
	?	¡Toma, tú!
	A	[Canturreando] ¡Queé poquito que me queda!
	[...]
	A	Lo vas a dejar limpio, ¿no?, ya que te vas
                 lo dejarás limpito ¿no? [risas]. ¿Eh? Lo vas a dejar
                 limpito, ¿no?, ya que te vas.
	[...]
	Y	[...] Con lo bien que estaba yo, colega, ahora
                  mismo currando y ganándome mil duros al día.
                  Mil duritos..., mil duritos que estoy perdiendo ahora
                  mismo, por venir aquí.
	X	¡Anímate a usar támpax...! ¡Home!

* (Pintando) A Sí, ya nos lo ha dicho, que como no esté bien pintadito, no [...]

También las bromas "agresivas", las provocaciones, continuas en las conversaciones de los soldados (al menos en nuestras grabaciones) y generalmente entendidas como tales bromas intrascendentes por ellos, pueden considerarse como típicamente masculinas, en la medida en que (frente a lo que ocurre con las mujeres) para los hombres, "la agresión no impide la amistad" (Tannen, 1992:166):

  * (Limpiando sufusiles)
  	A Pero mira que eres feo, cabo.
	B	Me tengo que quedar aquí para que no haya
                 ningún altercado.
	A	Al loro, eh... Eso es una facilidad de palabra
                 absoluta... O sea, tienee una voz de mando absoluta,
                 tíos. O sea, aunque no haya ningún... ¿qué ha dicho?
	[...]
	A	Por orden del sargento, que me toque la polla
                 el que se va a licenciar...
	X	No me entero de nada, tío.
	A	...El que se vaya a licenciar que se joda.
	B 	Jee. Que chupe, que chupe de vida civil... Jee.
	A	Que se joda, que ya no come gratis.
	B	¡Que chupe vida civil!

* (Pintando) A Trípode... B ¿Qué? A Ya no montas en mi coche. B ¿Por qué? A Porque ya no te veo más [se va a licenciar pronto] B ¿Tienes coche?

En realidad, todos estos rasgos no son más que manifestaciones de una tendencia que aparece claramente en nuestras grabaciones y que se puede considerar también típicamente femenina: la tendencia de los soldados a convertir en palabras casi todo lo que pasa por su cabeza. Ésta es tal vez la única etapa en la vida de los hombres en que tienden de forma natural a ir diciendo lo que piensan, en lugar de "desecharlo" (cf. Tannen, 1992:76). No pretenden tanto ser "informativos" cuanto mantenerse, simplemente, "comunicativos", es decir, "vinculados por la palabra". Seguramente, en un mundo cerrado y exclusivo de hombres, en el que ni por asomo se cuenta con la presencia de una mujer cerca, no es rentable usar ni mantener estrategias y rasgos diferenciadores que no pueden cumplir su función (aunque ésta es una hipótesis, naturalmente, que habría que comprobar mejor y que incluso podría venirse abajo por la fuerza de los hechos, con la progresiva incorporación de la mujer al Ejército).


3.3. La locuacidad no es, pues, sino un síntoma más de esa particular importancia que el lenguaje cobra temporalmente para el soldado. Y el más interesante, sin duda, desde el punto de vista comunicativo.

Por una parte, conversar con sus compañeros es -ya lo veíamos- casi la única conducta que el soldado puede permitirse en el cuartel por propia iniciativa. Por otra, el lenguaje no impide a los soldados realizar simultáneamente la mayor parte de sus actividades "regladas" (limpiar las armas, dirigirse a formación, comer, pintar...) y les ayuda, en cambio -como hemos visto también-, a integrarse en el grupo y contribuir a su cohesión y diferenciación. Su charla tiene como función primordial la pura relación social o, más sencillamente, el puro "pasar el rato". Su lenguaje coloquial es, pues, sobre todo fático; cháchara, parloteo intrascendente y continuo con el que llenan el transcurrir de sus días en el cuartel.

Sin embargo, aunque pueden hablar, aparentemente, de cualquier cosa, la verdad es que, en sus charlas espontáneas -al menos por lo que sugieren nuestras grabaciones-, sus temas de conversación suelen estar claramente limitados por el contexto militar y por los condicionantes que un destinatario con quien no se comparte nada que no sea la propia vida en el cuartel impone. Son cosas conocidas por casi todos, y se limitan a recordar anécdotas, meterse con otros o insultarse entre ellos:

   *	(Limpiando subfusiles)
	A	¿Te acuerdas cuando nos quedamos 
                  treinta y tantos o cuarenta tíos, colega?
                  Tú no estabas, ¿no?
	B	Tú no estabas.
	A	¿Tú también eras arrestao? Igual que yo,
                  colega... Porque tú eres un niño mimao,
                  de papá y de mamá, y estudiabas...
	B	¿A quién decía eso?
	X	¡Toma pedo...!
	C	¿Niño qué? "Niño pijo"... Tú sí que eres
                  un pijo y asqueroso... Es un pijo.
	D	Yo no soy pijo, chaval.
	A	Joder cómo jode...
	B	Joder cómo jode, cabo...
	C	Unos drogatas asquerosos...
	A	Drogatas, dice. Y yo un alcohólico.
	B	Hombre, tú sí;
criticar a los mandos:

   *	A	¡Qué valientes somos todos con dos galones
                  en el hombro, me cagüen Dios!
	B	¡Dios!
	C	¿Eh?, ¿eh?
	B	¡Hijoputa!
	A	Que qué hombres somos todos, cuando somos
                  sargentos, y tenemos dos galones, que nos respalden;
quejarse por sus "obligaciones" o por su tiempo "perdido", lamentarse por todo eso que podrían estar haciendo (si...) y no pueden hacer, aventurar planes para un futuro sin mili, emitir comentarios intrascendentes:

   *	A	Lo vas a dejar limpio, ¿no?, ya que te vas lo 
                  dejarás limpito ¿no? [risas]. ¿Eh? Lo vas a dejar
                  limpito, ¿no?, ya que te vas.
   	B	Voy a echar un gapo, a ver si el día que vayan
                  a disparar se les jode... Jee
	A	Jee. Metemos una piedra o algo, y cuando dispare,
                  que explote el cañón. ¡Boom!
	Y	¿Cómo lo ves? ¿Cómo lo ves? Tú te crees que pueden
                  hacer venir a un tío, macho, a/aquí a limpiar cetmes y
                  subfusiles, tío... (Sí) ¡Amos no me jodas...! Con lo 
                  bien que estaba yo, colega, ahora mismo currando y
                  ganándome mil duros al día. Mil duritos..., mil duritos
                  que estoy perdiendo ahora mismo, por venir aquí.
	X	¡Anímate a usar támpax...!
	A	¿Tú qué pasa, que estás embarazao o qué? ¿Eh?;
contar chistes "fuertes":

   *	Te voy a contar un chiste, que no sé qué chiste
            te voy a contar...
	   -María, María, ¿me dejas que te la meta en la oreja?
	   -¿Me quieres dejar sorda?
	   -¿Acaso te dejé muda?;
etcétera.

Pocas veces hablan de cosas ajenas. Cuando lo hacen, no se puede asegurar si es verdad o mentira, y los que escuchan se limitan a creerlo (o hacer como que lo creen):

   *	(Pintando)
	A	Trípode...
	B	¿Qué?
	A	Ya no montas en mi coche.
	B	¿Por qué?
	A	Porque ya no te veo más [se va a licenciar
                   pronto]
	B	¿Tienes coche?
	A	Sí.
	B	¿Qué coche tienes?
	A	Un Alfa Romeo... Un Alfa Romeo 75 [...], 
                   vamos.
	B	¡Lo tendrá tu padre...!
	A	No, perdona, ese coche es mío. (Se me ha
                  quitado la seña, del motor) Mi viejo está utilizando
                  el GS Palace, el Citroen.
	B	O sea, que tienes tú un coche más grande que
                  el de tu padre... [Risas de otro]
	A	No, mi padre tiene un coche más grande que el
                  Alfa, que es el Citroen. Y eso, ¡menudo bicho es eso!
 

En realidad, no importa mucho de qué hablen. Las conversaciones experimentan rápidos cambios sin que ni siquiera el venir o no "a cuento" sea realmente importante; la "relevancia informativa" la crea y la impone el hablante por el mero hecho de estar utilizando el contacto comunicativo. Los soldados no tienen que "luchar" ni por su receptor ni por su contacto: los tienen ambos asegurados, pues es su propia conducta, más que su lenguaje, la que tiene carácter fático.

3.4. Naturalmente -como ya hemos podido comprobar- exageraciones, bromas, ironías, fanfarronadas,... están a la orden del día:

   *	A	[Dirigiéndose a B] Vistes como los gané a
                todos, ¿no?, en las maniobras ¿no? ¿Eh? Estaba él
                cuando los gané a todos en desmontar el subfusil
	C	¿Eh?
	A	Estaba él cuando los gané a todos en desmontar
                el subfusil.
	X	¡Ah, sí! ¡Los ganó a todos, tío! ¡Es un artista,
                el colega!
	A	¿Eh? Me dio tiempo a fumarme un cigarro, chaval...,
                y todavía no había terminao el segundo, tronco.
                [Risas de otro] Te lo juro, tío.
	B	¿Qué había, auxiliares?
	A	Sss. Auxiliares yyy... soldados. Es que... fue de
                baciles, ¿sabes?, porque me viene y me dice el 
                sargento primero, R., dice "Usted, V., y tal", dice 
                "¿quiere concursar o qué?"; digo "¡Sí, hombre!",
                dice "¿Qué quiere, subfusil o zeta?"; digo "Pues
                subfusil mismo, que es más difícil", ¿no?
	B	Subfusil o zeta es lo mismo.
	A	O sea, subfusil o cetme. Y digo "Pues subfusil,
                que, que es más difícil", así, pues..., y el cetme como
                lo saben desarmar éstos...  Yyy..., 
                colega, les digo a éstos, aquí, en plan de cachondeo
                sólo, digo, digo "Voy a entrar, lo voy a desarmar, lo voy
                a armarlo, y me voy a salir, me voy a fumar un cigarro y
                todavía no va a terminar el segundo". Y entré, colega,
                hice to el tema y no había terminao el otro, ¿sabes? 
                ¡Qué risa, colega! El alférez ahí "¡Bien, somos los
                mejores...!, no sé qué", el San V., ¿sabes quién es?,
                ese que está de la olla.
Son, también, parte de la conversación intrascendente que llena el tiempo en los cuarteles. Poder decir cualquier cosa y de cualquier manera es para el soldado más que un simple afán desmitificador (algo indudable, de acuerdo con todos los datos): es un auténtico recurso comunicativo fático y de supervivencia que tiene para él valor catártico, purificador de todas esas posibles "vibraciones negativas" que un Servicio obligado y que interrumpe tan drásticamente el curso de su vida "normal" puede despertar en él. Esta actitud incluye, naturalmente, también el empleo de palabras inventadas, de motes, de tacos y expresiones disfemísticas en general, de bromas y provocaciones verbales disparatadas, etc., que hemos tratado ya desde otros (complementarios) puntos de vista.

Lo sorprendente es, en nuestras grabaciones, que, pese a la permanente y generalizada locuacidad de los reclutas, hay muy poca acritud y mucho desenfado, mucho sentido del humor, mucha irreverencia y mucho ludismo en sus mensajes. Esta actitud no es seguramente la misma en todos los cuarteles ni en todos los reemplazos, pero los soldados que (sin saberlo inicialmente) participaron en este trabajo no parecían, en general, ni amargados ni enfadados; más bien, perfectamente instalados en su ineludible y "transitorio" papel. Parecía, ciertamente, como si hablar fuera para ellos el único y el mejor modo de pasar el tiempo y de pasarlo lo mejor posible y, además, una actividad contagiosa. Así, por ejemplo, mientras pintan:

   *	A	Sí, ya nos lo ha dicho, que como no
                esté bien pintadito, no [...]
	B	Eh, ¿no hay... pintura? Pintura, digo: ¿brochas?
	C	Na más que encuentro dos.
	?	Búscate la vida
	B	¿Y esta brocha que hay por aquí?
	C	Ésa está jodida, no la uses
	A	[Canturreando] Pinto pinto, pinto yo, pinto yo.
                Pinto pinto, pinto gorgorito...
	C	[Canturreando también] Champi, champi, cha-champi,
                cha-champi, champiyuu, oic, oic... Eeeeh, eeeh
	A	Eh, ¿la puerta hay que pintarla?
	C	No.
	A	¿No? Hay que pintarla, ¿a que sí, L.?, ¿a que sí,
               tronco?
	B	¡Pero píntala bien, me cagüen diez!
	D	Sí tío, la voy a pintar que te cagas, tío.
	A	Ay Dios, la que va a liar...
	C,         (Canturreando) ¡Hoy no salimos! [se añaden otras
               voces al canto], ¡hoy no salimos...!
	B	Y a nosotros no nos importa y una mierda, pero al
                cabo que tiene que estar más tiempo aquí, ya...
	C	No, a mí me da igual, peroo me jode porque tengo
                que ir a la autoescuela.
	A	Yo salgo a la una y media, colega.
De hecho, mantienen siempre en sus ironías, bromas, socarronerias, provocaciones, etc., un tono relajado, distendido, amistoso y de camaradería, como lo demuestra (a falta del documento sonoro para el lector) la existencia de casi todas esas características que hemos mencionado hasta ahora, el canturreo de este último ejemplo y, sobre todo, el reconocimiento del acto interlocutivo, la adecuación (raramente frustrada) entre la intención del hablante y el acto perlocutivo obtenido de sus compañeros. Este tono contribuye a que el lenguaje que utilizan sea sencillo y escueto, y a provocar la burla de la mayoría cuando alguno utiliza una palabra más "culta", que entre ellos se considera fuera de "su" norma común:

  * (Limpiando subfusiles)
	A	Pero mira que eres feo, cabo.
	B	Me tengo que quedar aquí para que no
               haya ningún altercado.
	A	Al loro, eh... Eso es una facilidad de palabra
               absoluta... O sea, tiene una voz de mando absoluta,
               tíos. O sea, aunque no haya ningún... ¿qué ha dicho?
	X	Aunque no haya ningún altercado.
	A	"Alter-ca-do" [ríe]. ¡Vaya palabra!
               [Se burla e imita al mando:] Bueno, usted, cabo, quédese
               aquí para que no haya ningún altercado. ¡Dame un trapo!,
               ¡dame un trapo que luego le recojo!
[El uso de la palabra "altercado" por el cabo reaparece como anécdota narrada cuatro o cinco veces a lo largo de la jornada, provocando siempre las bromas y risas de los demás].

En cualquier caso cuentan siempre, naturalmente, con la complicidad y confidencialidad (raramente personal, como hemos explicado) de sus compañeros , sus "iguales"; hablan y se desahogan entre ellos con la seguridad de que los que escuchan no van a actuar en su contra.


4. Es verdad que, pasada la mili y con su reincorporación a la vida civil, el joven vuelve a sus antiguos amigos, no suele regresar nunca más al cuartel (si lo hiciera, seguramente no encontraría allí a sus compañeros; y si los encontrara, sería ahora para ellos uno de los "otros") y olvida con rapidez (y contundencia) este lenguaje. Sus nuevas circunstancias le exigen desarrollar un estilo comunicativo diferente y un lenguaje "adulto", "normalizado", que relega al que usaba en el cuartel a "una especie de pidgin que jamás llegará a convertirse en criollo" (Gómez Capuz). Todo esto no resta, sin embargo, interés a su estudio y en modo alguno justifica -creemos- que, en cuestión de lenguaje, lingüistas y filólogos (mujeres y hombres) sigamos empeñados en "no hacer la mili".


REFERENCIAS

NOTAS


Artículo publicado en Tabanque, nº 9 - mayo de 1994. E.U. de Educación - Universidad de Palencia.