Reseñas



Edward W. Said

Representaciones del intelectual



Barcelona, Paidós, 1996. 125 pp. Traducción de Isidro Arias.






Edward W. Said es catedrático de Literatura Inglesa y Comparada en la Universidad de Columbia. Este texto (Vintage, Londres 1994) recoge las Conferencias Reith (Reith Lectures) trasmitidas por la BBC en 1993. Son seis conferencias en las que se abordan los diferentes problemas que se plantean a la condición del "intelectual" en el mundo de hoy: (I) Representaciones del intelectual; (II) Manteniendo a raya a pueblos y tradiciones; (III) Exilio intelectual: expatriados y marginales; (IV) Profesionales y aficionados; (V) Hablarle claro al poder; y (VI) Dioses que siempre defraudan.

Said intenta definir el perfil y el sentido de los intelectuales en una sociedad cada vez más relativizada:

[...] el intelectual es un individuo con un papel público específico en la sociedad que no puede limitarse a ser un simple profesional sin rostro, un miembro competente de una clase que únicamente se preocupa de su negocio. Para mí, el hecho decisivo es que el intelectual es un individuo dotado de la facultad de representar, encarnar y articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y en favor de un público (pp. 29-30)

La obra de Said, como intelectual que él mismo es, muestra las contradicciones que la figura del intelectual tiene en la sociedad contemporánea. Ante la falta de líneas claras que separen las situaciones sociales e históricas complejas, el intelectual se debate entre la independencia y la necesidad de tener una audiencia. Esto obedece a la misma definición que Said establece y hemos citado en el párrafo anterior. La introducción del concepto de "público" es peligrosa al referirse a la tarea del intelectual, ya que introduce una serie de condicionantes peligrosos. El intelectual corre el riesgo de convertirse en "seductor" al utilizar los mismos medios que el poder utiliza para crear opinión. El poder de los medios de comunicación y su papel importante en la creación de las opiniones sociales es apenas esbozado por Said y es un factor determinante. El hecho de que estas conferencias fueran trasmitidas a través de la BBC es un factor que debería haber motivado una reflexión mayor en las mismas. El mismo Said habla en sus agradecimientos al hecho de haber "sentirse muy honrado" por haber sido invitado a un medio como la BBC, que, señala él mismo, "era una parte muy importante de nuestras vidas", refiriéndose al papel que había jugado en su juventud, y concluye señalando que "la BBC goza de un prestigio incomparable en la vida pública" (p. 11). Said cae en el mismo defecto que critica al sacralizar un medio. Desde el momento en que es el medio el que selecciona los intelectuales y no al contrario, los medios pueden utilizar su prestigio para otros fines. Said no cae en la ironía de que la audiencia no es la del intelectual, sino la del medio, que el "prestigio" que crece, como él mismo señala, es el de la BBC. Los medios de comunicación no son elementos neutrales y sí un poder social que contribuye en gran medida a elaborar esas condiciones que el intelectual critica. En cualquier caso, como los viejos libros en la época del mecenzago, debe comenzar con el agradecimiento a los "nuevos nobles", los medios de comunicación y loar sus grandezas.

Para Said, es imprescindible que el intelectual se mantenga en el terreno del "aficionado". La profesionalización es un enemigo del sentido crítico porque obliga a mantenerse en un terreno concreto de la sociedad. Son varias las presiones que el sentido crítico del intelectual sufre: "la primera de estas presiones se llama especialización", que lleva al desconocimiento y desconexión de lo exterior, creando un sentimiento de no pertinencia del juicio; "la especialización mata tu sentido de la curiosidad y del descubrimiento", elemento propios del intelectual.

"La pericia y el culto del perito o experto avalado con el certificado correspondiente son presiones más particulares en el mundo de la posguerra", señala Said. Esta segunda forma de presión es la que obliga al acercamiento a los poderes instituidos, expedidores de los títulos de reconocimiento. La dependencia de los cauces oficiales (estatales o no) para las certificaciones de pericia es un reconocimiento de su "autoridad". La formación no es un medio aséptico: "éstas (las autoridades competentes) te instruyen en el uso del lenguaje adecuado, en la citación de las autoridades adecuadas, en la forma de mantenerte dentro del territorio adecuado" (p. 85).

La tercera presión del profesionalismo es la inevitable tendencia al poder y la autoridad que muestran los profesionales, a los requerimientos y prerrogativas del poder, a trabajar directamente para el poder comio funcionarios (p. 89)

La dependencia económica del poder mediante subvenciones o ayudas para las investigaciones son para Said formas de control de los intelectuales (especialmente los universitarios e investigadores). Los encargos de proyectos de investigación por parte de la industria o de los ministerios de defensa a las universidades acallan el sentido crítico sobre los fines a los que puedan estar destinados esos proyectos o sobre las intervenciones de esas instituciones en el campo social.

Por su condición de palestino en el exilio, Said analiza el papel de los intelectuales fuera de su patria, los conflictos de integración en los nuevos entornos y su actitud hacia sus orígenes. La cuestión de los fundamentalismos y la creación de imágenes distorsionadas de unas culturas respecto a otras ocupa su atención a lo largo de las conferencias.

La servidumbre del intelectual a causas de forma acrítica ha dejado en evidencia a muchos de ellos al derrumbarse esas causas históricamente. Said hace suyo el "non serviam" luciferino del Stephen Dedalus de J. Joyce, como negativa a servir a aquello en lo que no se cree. Pero el problema que se plantea es el de las causas equivocadas a las que se sirve de buena fe. Si el intelectual ha de mantener siempre un margen de duda, ¿cómo convertirse en ese ser público que reclama, capaz de liderar audiencias y crear opinión? Si al intelectual ya no le cabe el espacio de la "verdad" (duda sistemática), ¿qué defender? Sólo le cabe la vigilancia del poder, aspirar a convertir en una figura negativa, en un contrapoder.

Said es consciente de este problema:

Personalmente, lo que me llama la atención como mucho más interesante es la pregunta de cómo conservar un espacio en la mente abierto para la duda y para una medida de ironía atenta y escéptica (preferiblemente también autoironía) (p. 124).

El interés del libro de E. W. Said está, más que en sus afirmaciones, en mostrar la situación compleja de la figura del intelectual. Las contradicciones de Said son las contradicciones inherentes al papel que puede jugar en la sociedad todo aquel que tiene algo distinto que decir. En una cultura de masas, como es la de este fin de siglo, siempre es más fácil presentar atractivamente, seductoramente, una "falsa verdad" que una "auténtica duda".

Joaquín María Aguirre



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