Avenencias y desavenencias con los galicismos

Alfredo Canedo


 

   
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Los pueblos no pueden romper con la lengua tradicional, encarrilada en conductas sociales, ética y estética muy propias a sus parlantes. Pero en desobediencia a ese orden natural, no ha faltado en Hispanoamérica a escasos años de la independencia de la Corona española narradores y poetas lánguidos imitadores en la expresividad de la lengua gala, refractaria a la castellana de ensanchadas pasiones, emotividades y fantasías. Modelo de esa puja por el tradicionalismo en las letras fue el argentino Juan Bautista Alberdi con poderosos argumentos a fomentar el temple hispanoamericano en la poesía y prosa. Que tal era su principio y no ‘´picazón’ demostró en 'La República Argentina, treinta y siete años después de la Revolución de Mayo’ (una de sus obras más importantes aunque bien menos conocida) con aversión, de un lado, a los corifeos del racionalismo francés y, del otro, alabanza a la tradición cultural del parlante criollo. También en línea con ese principio albertiano ‘Fisonomía del saber español; cual debe ser entre nosotros’ de Juan María Gutiérrez en que los escritores hispanoamericanos por inclinación a lo nuevo en materia lexicográfica no debían renegar de las letras castellanas.

A todo esto, ya muy dejadas atrás las primeras décadas del siglo, el ‘afrancesamiento’ en las letras había partido en dos a la sociedad criolla. Por un lado, la literatura puesta por escritores a desentrañar el vocabulario de la ‘chusma’ honrada, sufrida y supersticiosa, tenazmente apegada al cultivo de la tierra como otra forma de su tradición; por el otro, la de los paladines del pensamiento galo, obligados, al mejor estilo de monarcas, a civilizar al 'león criollo’, presentarle las uñas hábilmente recortadas, atusada con pomada su melena, amaestrado, dando saltos por un aro. La novela emblemática en el sentido último ‘Amalia’ de José Mármol, cuyos personajes de amaneramientos, ripios y truculencias ‘cultas’ pugnaban con los naturales hábitos del criollo. Como si esta novela fuera un serio llamado de atención a la supervivencia de las letras criollas en el continente, el venezolano Andrés Bello, ocasionalmente en Santiago de Chile, tuvo en ‘Gramática castellana’ punzantes epítetos a los galicismos en boga por entonces:

... repugnantes (en alusiòn a ‘Amalia’) a la índole del castellano acriollado hablado en América, donde la lengua oral y escrita iba degenerando en español- gálico carente de principios y de experiencia lingüística.

A pesar de los reparos de Bello, los escritores eruditos en lo moderno no pararon de recoger de la literatura francesa neologismos, locuciones atrevidas, giros imprevistos y originales, términos proscritos por el buen gusto y sintaxis del castellano. Por esa especie de culto en el ‘esprit-nouveau’ el fondo de la lengua escrita de los criollos estaba camino a desaparecer bajo innovadas e indiscretas voces. Para no escasos escritores hispanoamericanos los modismos idiomáticos franceses suplían las deficiencias de la lengua criolla, cuando ésta para los más templados era de palabras sencillas y sentidas, concordantes al gusto y discernimiento del parlante. A fin de remediar ese yerro, el lingüista colombiano Rafael José Cuervo en ‘Sobre la duración del habla castellana’, meticuloso estudio en letras criollas ante la avanzada de las francesas, escribió:

Si para decir algo de 'gusto' o de 'provecho' tenemos que repetir lo que se dice en Francia, más vale dejarlo en francés y no traducirlo. El pasto espiritual es, lo mismo que el material, indigesto y desagradable cuando se toma recalentado.

Esfuerzos ya de un lado o del otro por la identidad de las letras hispanoamericanas inciertos pero cada vez más decididos y firmes; tan así que escritos de Bellos y Cuervo, como de muchos otros, divulgábanse en todo el continente y en los reservorios de bibliotecas públicas y privadas.


Al promediar el siglo X1X a Buenos Aires, Santiago de Chile y Montevideo llegaban de Francia las revistas (por entonces las de mayor circulación en ámbitos intelectuales, universitarios y de familias adineradas) 'Gabiers du Sud’, 'La Nouvelle NRF’ y 'Les Temps Modernes’ con opiniones de De Pradt ‘contra el 'rudo’ vocabulario español, de Constant con teorías gramaticales y lingüísticas para uso 'sin desatinos ni desbordes’ de la lengua escrita y oral de los hispanoamericanos, además de las novelas de Mauppassant, Gyp, Barbusse y Roman Rolland, juntamente con las poesías de Paul Verlaine y Víctor Hugo. Estas publicaciones artificiosas y refinadas de la escritura francesa habían de prosperar entre jóvenes rioplatenses iniciados en la literatura. De entre ellos, el más sobresaliente Martín García Moreau, cuyo afrancesamiento no pudo estar màs explicitado como en ocho versos de ‘Confidencias literarias’:

Yo me decía: un rayo de su lumbre.
¡París! fundará mi pensamiento.
Confundido en tu inmensa muchedumbre
escuché tu poderoso canto.
Tú serás la nodriza de mi mente.
Tú me abrirás el corazón fecundo...
Me llama el mundo a la batalla ardiente.
Y en tí se halla la síntesis del mundo.

Pero mientras García Moreau esforzábase en enriquecer sus poemas con despojos del decadentismo parisino, su compatriota Calixto Oyuela en ‘Estudios literarios’ sacó a luz que en el Plata una obra literaria, cualquiera fuere el género, sólo podía ser del agrado por la prosa como reflejo de las costumbres hablistas del criollo:

...entre nosotros el peligro es grave, pues la falta de una gran tradición nacional, de estudios clásicos y serios, y la desastrosa negligencia en el conocimiento y la lectura de los grandes escritores antiguos y modernos, aportándonos de todo arte noble y grande, y sustituyéndole por una verdadera mostacilla artística, tienden a hacer crónicos nuestros tales desvelos, o reemplazarlos ligeramente por otros. Es urgente reaccionar, haciendo más criolla nuestra prosa y poesía.

Sentó Oyuela, en ardientes controversias con sus adversarios, que el estilo afeminado y extravagante a usanza del modernismo francés harto impotente para describir no sólo la frescura y naturalidad del recio y viril temple hispanoamericano sino también el encanto de las imágenes gauchescas. Sin menores reparos, lidió por la depuración de la lengua criolla de los galicismos; pero también con imparcialidad y esmero se ocupó de reprimir a quienes hacían uso de los arcaísmos e indigenismos en el vocabulario criollo, vaciándolo de claridad, precisión, estilo y gracia. Aun así, no pudo eludir las asperezas contra la narrativa criolla por el lado de quienes profesaban fe en los galicismos; lo que no era poco para un escritor como él de cierto prestigio en las letras rioplatenses.

Mientras, las capillas afrancesadas, de indiscutible talento, nada dejaban al azar. La docente Casamayor de Luca mandó a traducir del francés al castellano el 'Manual para las escuelas elementales de niñas, o resumen de enseñanza mutua, aplicada a la lengua, escrita y cálculo’ de madame Margarita Quignon; y, sin reticencias, hizo lo mismo con los diez primeros números de la revista 'Mercure de France’, fundada en 1899 por el escritor simbolista Rémy de Gourmont. En igual contundencia de conceptos, Nicolás Avellaneda en ‘El libro y la lectura’ a sus alumnos de la Universidad de Tucumán exhortaba:

... a borrar de la prosa criolla la influencia de los bastardos castellanismos y vocablos vulgares, tanto en lo bueno como en lo malo apelando a lecturas en las obras de Chateaubriand, Lamartine, Saint-Beauve,Flaubert y Renan.

No desentonaban en esa postura escandalosa, sorprendente y ridícula, Mariano Brull, Alfonso Reyes, César Vallejo, Alberto Hidalgo, Enrique Peña Barrenechea y Rubén Darío, fervientes amadores del poeta y prosista Apollinaire y del galicismo como 'estilo nuevo y refrescante' en la palabra escrita por el criollo. Con idéntico pretexto, los dramaturgos ponían en escenas obras del repertorio francés, tales como 'Antonio’, 'Ricardo Darlington’, 'La torre de Nesle’, 'El conde de Montecristo’, 'Los pensionistas de Saint-Cyr’ y 'El caballero d’Harmenthal’. Y de completo acuerdo con esta 'renovación’ en las letras criollas, las celebridades de Bartolomé Mitre a esas piezas por estéticas, altamente instructivas y sin ‘el decir oscuro y caótico’ del vocabulario criollo. En ese aspecto, nada más contundente su escrito en ‘La Nación’ 27/11/ 1896:

Mi adoración por Francia fue, desde mis primeros pasos espirituales, honda e inmensa. Mi sueño era escribir lengua francesa... A penetrar en ciertos secretos de armonía, de sugestión, que hay en la lengua francesa, fue mi primer pensamiento aplicarlos a la sonoridad oratoria, al pobre idioma castellano. La evolución que llevara el castellano a ese conocimiento habría de verificarse en América, puesto que España está amurallada de traición, calcada de españolismo.

Si el galicismo arrogante, grosero y ramplón para el escritor argentino era de 'aire elegante’, José Enrique Rodó en ‘Hombres de América’ lo dictaminó por anárquico e inexpresivo, sin la cadencia lenta y suave de la castellana voz criolla. Pero nada hacía pensar que ese reclamo del escritor uruguayo fuera consentido con una buena mayoría de sus colegas de ambas márgenes del Plata. Por caso, Mariano de Vedia, convocando a los intelectuales porteños a leerse libros franceses con la sola finalidad de mejorar en todos los aspectos la escritura en América. Desde la columna literaria de ‘La Nación’, 7/8/1899, reveló esa voluntad sin el menor cuidado de la voz castellana:

El gran mercado literario está en Francia como el gran mercado de lanas en Londres. Hay que auscultar en Francia las palpitaciones del mundo , volver a ella las corrientes con que nos inunda después a aprovechar el lino frecuente; porque ella es el gran centro emisor y receptor de la humanidad.

Pero el largo y retumbante clamor por tallar giros y voces del vocabulario francés en la prosa hispanoamericana provenía mayormente de Paul Groussac. Desde la dirección de la Biblioteca Nacional a rienda suelta se arrojó en el combate por el galicismo y contra las providencias intelectuales afines a los dictados académicos de España. Con arengas y escritos metió tenacidad suficiente en divulgar los moldes del vocabulario francés entre escritores americanos, juzgando, con vago instinto, al castellano por apático e inconsistente. En la revista ‘Sudamericana’ (donde compartía la redacción con Carlos Pellegrini, Roque Saenz Peña y Vicente F. López) a los intelectuales americanos convocó a seguir el “delicioso estilo de la novela 'L'evangélisté; y en 'Nosotros’, para alegría de sus acólitos remarcó que el éxito de la novela 'Don Segundo Sombra’ de Ricardo Güiraldes consistía en metáforas de los reductos intelectuales de Montmartre, sin el barroquismo castellano sino con la entonación y sutileza de la escritura francesa.

De entre los apuntes de Groussac como de sus acólitos no había otro sentido de renunciar a giros naturales, rítmicos y sencillos en la escritura hispanoamericana por los extravagantes, melindrosas, preciosistas y sensuales parisinos.

 

Alfredo Canedo. Licenciado en bibliotecología por la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Ha trabajado en la Biblioteca del Congreso (1960-67) y en la Biblioteca Nacional (1967-76). Ha dictado cursos sobre literatura argentina y española en la Universidad John F. Kennedy (1988-91), la Universidad Libertad (1988-91) y la Universidad de Monserrat (1988-90), entre otras instituciones. Además ha sido asesor cultural de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires (1991-92), del Ministerio de Educación (1994-96) y de la Jefatura de Gabinete Nacional (1996-2001). Ha publicado los libros Aspectos del pensamiento político de Leopoldo Lugones, Crítica literaria y Borges tallador en filosofía e imágenes. Trabajos suyos han aparecido en Clarín, La Razón, Sur, Hoy, Nuevo Diario y otros medios argentinos, así como en las revistas Propósitos, Caras y Caretas, Letras de Buenos Aires, Proa y Archivos del Sur, entre otras.

 

© Alfredo Canedo 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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