Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Carlos San Diego

Baldíos

              

 

 

César Augusto Terrero Escalante

La sola intuición de la entrada de la dialéctica en acción provee momentos de genuina conexión cósmica.

Con las sucesivas decadencias del romanticismo, del modernismo hispanoamericano y de las diferentes oleadas de literatura folclórica y costumbrista con sabor bucólico, la consecuente negación estética por parte de los entonces nuevos escritores relegó la Naturaleza al plano omega de la literatura y especialmente de la poesía (por Naturaleza me refiero al sistema dinámico del medio ambiente y no al conjunto de signos inconexos y estacionarios derivados de él).

Cuando la onda expansiva de la explosión demográfica urbana inducida por la Revolución Industrial se extendió lejos de Europa y Norteamérica, el automóvil de carreras de Filippo Marinetti finalmente alcanzó el dominio estético de un amplísimo paisaje de acero vertical, cristal polarizado y asbesto. Como una de las consecuencias, el lenguaje de los hijos de las ciudades se empobreció de sustantivos concretos para nombrar los otros seres vivos de su medio ambiente. El campo, el bosque, la estepa, el desierto, el mar, ..., siguieron por ahí en alguna parte, mientras el arte se domicilió en las ciudades. Y no en cualquier ciudad, sino en las más importantes. En esas urbes, el signo cuyo origen primario estuviera ligado a la naturaleza viva se convirtió en metáforas de un símbolo al desvincularse su significante de su significado natural. La rosa que Vicente Huidobro exigió crear y que nos fuera obsequiada por Mariano Brull se convirtió en el prototipo de los elementos de esta para-naturaleza metafórica.

Aunque han transcurrido apenas cinco años del presente siglo, pocas dudas caben de que la nueva onda expansiva es y seguirá siendo por algunas décadas más la producida por la detonación de la información y las comunicaciones, onda que puede provocar la transformación de nuestro planeta en una aldea global. Y la calificación de aldea pudiera ser exacta porque, a la manera dialéctica, esa transformación pudiera traer de vuelta a la Naturaleza como escenario ecuménico. Hoy no es inusual que cualquier ermitaño citadino se pase algunas horas chateando en Internet con alguien que tiene un manglar, un campo de amapolas o un volcán nevado en el patio de su casa. Ese alguien siente y piensa, naturalmente, en el lenguaje de su patio, sin ser por eso un buen salvaje, un audaz explorador o una princesa de la Conchinchina.

El libro “Baldíos”, ópera prima del poeta venezolano Carlos San Diego, no es una publicación muy reciente (Fondo Editorial del Caribe, 2002, 107 pgs.) pero sospecho que dada la dinámica contemporánea de divulgación de los libros de poemas, continúa siendo una novedad editorial. Una novedad que no debe ser pasada por alto por ningún amante de la poesía, porque “Baldíos” es un ejemplo sobresaliente (el mejor que he podido encontrar en los últimos 15 años) del plausible regreso de la Naturaleza al plano alfa de la poesía.

En este poemario, pensamientos propios de nuestra época son comunicados por medio de signos con significantes ajenos al lenguaje de la cotidianidad urbana, pero cuyos significados son naturales para el autor y se transmiten con esa legitimidad lingüística que deriva del contacto con lo ancestral.

El leit-motiv de “Baldíos” es explicitado poco después de la mitad del libro, lo que resulta una excelente idea porque así el lector tiene la oportunidad de intuirlo, sorprenderse con él y digerir la sorpresa antes de congratularse por la aparente coincidencia entre su intuición y las intenciones del poeta, para luego seguir hasta el final de la lectura con la satisfacción de quien se ha adueñado de un poema o, incluso, de todo un poemario.

El motivo conductor en cuestión se hace explícito en el poema “Abuelo Sur”, cuyo excelente título sugiere el tópico ancestral con el sustantivo, mientras que el adjetivo brinda una generosa caracterización de las circunstancias. Luego, el epígrafe tomado de su coterráneo, el literato Rafael Cadenas, confirma la actitud que asume San Diego en su diálogo con y desde la Naturaleza.

Pero aquí el mérito máximo del autor como artista del lenguaje es lograr que en esa conversación estén ausentes el desafuero y la ingenuidad típicos del asalto pintoresco a la Naturaleza. El poeta parece regirse por la célebre exhortación del propio Cadenas de que la palabra lleve lo que dice, e incluso la convierte en una obsesión (la palabra que se debe decir y no sale/ se convierte en animal de cacería.) que le lleva a pulir sus versos con una paciencia no habitual en la creación literaria de nuestros días.

Sus intenciones se materializan, con forma sublime, en ese corto poema (“Abuelo Sur“) donde, por ejemplo, la vigilia (la vigilancia insomne) del zamuro (pájaro fúnebre), genialmente imaginado como cruz del cielo, mediante la sugestión del título se extiende al celeste marco nocturno de la Cruz del Sur y, por la misma vía, hasta el abuelo difunto.

Esforzándome para extraer momentos excepcionales de un libro sólido, distingo el poema “Hoja de mango”, donde la ontología destilada del símbolo, ya común, de la hoja caída es revitalizada por la poderosa y grácil inserción del signo en su historia natural (Hoja seca/ se despide.). También me resultan destacables el exquisito erotismo del poema “Cáliz del vino brujo” (Pasa y enrolla el bejuco de Dios./ Sin ofensas.) y la refinada e incisiva denuncia ecológica de “El culo del cielo” (Esfínter del ozono. || Diámetro de la conciencia de poderes.).

El ritmo de estos versos es el de un pensamiento sereno, lejano al de la palabra automática, pautado eficazmente con un código metagramatical de sangrías y espacios entre los versos.

Aunque el título del libro sugiere que el poeta pretende describirse y describirnos fuera de las urbes (e incluso de los campos roturados), una de las resonancias que induce esta colección de poemas es la atención a la naturaleza viva en los canteros de flores, los jardines, las alamedas, los terrenos baldíos, los parques, los cielos, los rincones sombríos, las paredes soleadas y en cualquier parte no humanamente viva del paisaje de las urbes y donde sobrevive una multitud de signos que espera aún por la nueva poesía.

 

© César Augusto Terrero Escalante 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/baldios.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2005