Ensayo sobre la Utopía: A propósito de la ceguera...

María Dolores Adsuar Fernández

Universidad de Murcia


 

   
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Cuando allá por el siglo XVI Tomás Moro fundó la mítica Utopía, lejos estaba de su mente imaginar que ésta habría de ser algo más que paraíso terrenal: era en ese momento tierra de promisión y germen de un infierno prometido. Dos siglos después de la "fundación", Leibniz lanzó una célebre sentencia: "Dios creó este mundo porque es el mejor de todos los mundos posibles". Gracias a esta afirmación, que hoy en día puede resultar ingenua, Voltaire, espíritu ilustrado, construyó en torno suyo el retrato de la más pura "inocencia": Cándido. Sometido a un sinfín de contratiempos, la respuesta final del protagonista no puede ser otra: "Vivimos en el mejor de los mundos posibles". La fina ironía de Voltaire deriva en la acidez que destila El señor de las moscas, obra de Golding, que nos muestra dónde quedó la utopía de Moro, qué se hizo de Emilio, de Rousseau, quien afirmaba del hombre que era bueno por naturaleza, y que era la sociedad quien lo corrompía...

Como ocurriera con los niños abandonados de Golding en la obra mencionada, Saramago muestra en Ensayo sobre la ceguera cómo, frente a la desaparición de las ataduras impuestas por la civilización, el hombre retrocede a un estado primitivo donde todo (absolutamente todo) es válido y necesario para la supervivencia, tanto individual como colectiva. Como dijera el humanista italiano Pico della Mirandola, en su "Discurso de la dignidad del hombre": "Te he puesto en el centro del universo para que así puedas contemplar del modo más conveniente todo lo que existe en el mundo. Tampoco te hemos hecho celeste o terrestre, mortal o inmortal, para que tú seas, por así decirlo, tu propio y libre creador y te des la forma que creas mejor. Tendrás poder para descender hasta las bestias o criaturas inferiores. Tendrás poder para renacer entre los superiores o divinos, según la sentencia de tu intelecto" [1]. "Descenderás", parecía haberse anunciado desde el Renacimiento. Y haciendo caso a todos los pronósticos, posibles e imposibles, el hombre descendería...

Ensayo sobre la ceguera enlaza directamente con la obra de uno de los autores más importantes de este siglo XX. Aquella mañana, cuando el primer hombre despertó, tal vez después de un sueño intranquilo (algo que el autor se permite omitir), de seguro no imaginaba que su destino y el de otros tantos como él iba a emparentarse con el de Gregorio Samsa. En Ensayo sobre la ceguera no hay metamorfosis, pero sí hay un cambio de estado determinado por esa súbita ceguera, y este cambio y este "parentesco" es lo suficientemente real como para encontrar la siguiente descripción, que bien pudiera corresponder a un pasaje de la obra del autor checo: "la familia atemorizada, con miedo de acercársele, amor de madre, amor de hijo, historias, quizás me hicieran lo mismo que aquí, me encerraban en un cuarto y me ponían el plato a la puerta, como mucho favor". [2]

En un principio, el Estado asume el papel de la familia de Gregorio: se le recluye, se le alimenta, se evita en lo posible cualquier contacto con él, y del mismo modo que con Gregorio se utiliza la violencia física, aquí la manzana es sustituida por los disparos de los militares y por las vejaciones de otros en su misma situación, hecho éste que hermana a los personajes de esta obra con el protagonista de la novela de Alejo Carpentier, El reino de este mundo, Ti Noel, quien descubre con estupor, rabia e impotencia, que el opresor ahora está "tan marcado a hierro" como él.

Del mismo modo que en La Metamorfosis la transformación de Gregorio Samsa en un "monstruoso insecto" no responde a ninguna lógica, la súbita ceguera que padecen los personajes de esta obra no tiene explicación. Así, el primer ciego siente la ceguera como una caída "en un mar de leche", explicación ésta del ciego hasta cierto punto pueril. El segundo ciego, el ladrón, muestra cierto escepticismo, y tras "treinta pasos", que bien pudieran ser las treinta monedas de Judas, se encuentra afectado como aquel a quien socorrió. Es curioso el sentido profético que posee el médico, pues presiente su fin, y es curioso también cómo la chica de las gafas oscuras achaca la ceguera a la consecución del acto amoroso, pues la cree transitoria y consecuencia del placer, y frente a ella se muestra primeramente agotada y feliz, y posteriormente horrorizada.

No sólo a La Metamorfosis podemos encontrar ciertas referencias en la obra de que hablamos, también podemos encontrar a El Proceso ("Temo que seas como el testigo que fue convocado no sabe por quién y donde tendrá que declarar no sabe qué" [3]), y a La condena, obras ambas de Franz Kafka. Recordemos, si no, el momento en que Gregor descubre con espanto que la realidad de la que él creía participar se ha desvanecido, sin poder hacer por impedirlo. Así, en Ensayo sobre la ceguera, cuando el locutor de la radio queda ciego, se pierde con ello la única emisora que se podía captar en el encierro, pero el anciano de la venda negra continúa esperando el "regreso de la voz y el resto de las noticias". El anciano ve representada en la emisora la posibilidad de la existencia de una dimensión en la que ellos son también reales, en la que ellos "son" para la sociedad. Y en que la sociedad "es" para ellos. La emisora representa un vestigio del antiguo mundo. Cuando se pierde la única conexión con el exterior, el anciano se cubre y rompe a llorar. El autor en este sentido es mucho más magnánimo que el autor checo, que condena a su protagonista a morir ahogado. Acá, el personaje se ahoga momentáneamente en su propio llanto. Luego, como el resto de los personajes, encuentra siempre el modo de resurgir de las cenizas, cual ave fénix. "Resurgirá", grita en un momento dado la mujer del médico, ante el consiguiente asombro de cuantos ciegos la rodean. Y, como dice el narrador, "repárese en que no dijo Resucitará, el caso no era para tanto, aunque el diccionario esté ahí para afirmar, prometer o insinuar que se trata de perfectos y exactos sinónimos" [4]. Pienso que ese ligero matiz entre "resurgirá" y "resucitará" viene dado por el hecho de que para el autor la "salvación" se encuentra en este reino, que no en otro: "resurgir" está más aferrado a la tierra, del mismo modo que "resucitar" conlleva cierta connotación religiosa.

Es así como en la obra mencionada anteriormente de Alejo Carpentier, El reino de este mundo: para Carpentier, como opino que para Saramago, la salvación del hombre está en sus propias manos. Por ello las imágenes encontradas en la iglesia pueden estar cegadas, porque nada pueden hacer. Así, al fin de sus días, Ti Noel comprende que el reino de este mundo es su única alternativa., que acá el hombre sufre, se duele, se hace o se deshace, puede aspirar a todo y no luchar por nada, o luchar por todo y no aspirar a nada. Entiende también que acá puede intentar superarse, mejorar su posición dentro de una escala tan variable como sus componentes; inmerso en la miseria o en la riqueza, puede conseguir su máxima grandeza. Su mínima expresión también.

La salida propuesta por Alejo Carpentier es el inconformismo, la rebeldía, la lucha. No es la resignación de los habitantes de Comala, aquel pueblo perdido de Rulfo, es la declaración de guerra que Ti Noel lanza a los nuevos gobernantes, es la pretensión de romper el círculo vicioso, de romper con la "circularidad temporal" que hace eternos esclavos. Esclavos y ciegos. Y Saramago recoge el guante de Alejo. Y frente a ese hombre natural y "atemporal" que es el esclavo Ti Noel surge la gran heroína, la mujer del médico. Es ella la que inicia su lucha particular, que es también una lucha colectiva. Y es ella la que conduce al pueblo a la victoria, y a la visión.

La figura de esta mujer, heredera de aquel sifogrante de la obra de Tomás Moro (sujeto éste que debía alimentar a un cierto número de personas a su cargo) es, al tiempo, síntesis de la tradición judeo-cristiana y greco-latina. De la tradición judeo-cristiana, porque su historia es la de la salvación por el sacrificio, con un Isaac que se presta voluntario y consciente. Y es gracias a esa muestra de renuncia al mundo como la mujer consigue librarse de la maldición, manteniéndose a salvo de la epidemia. Y dentro de la tradición grecolatina, Edipo -porque se "arranca los ojos" de modo simbólico, en un intento por sobrevivir a las vejaciones y humillaciones impuestas- y Eneas -porque, al igual que éste hiciera con su padre, ciego, la esposa del médico echa sobre sus espaldas el peso, y carga con la responsabilidad de mantener con vida a los seres que la rodean e iniciar la huida-.

Cuenta una leyenda portuguesa la historia de un fogueteiro casado con una mujer de extraordinaria belleza, de la que gustaba ponderar sus excelencias. Un día, tras una explosión, el rostro de su esposa queda totalmente desfigurado y él queda ciego. Y gracias a su ceguera, el fogueteiro no advierte el estado en que quedó ella, y creedor aún de su belleza, continuará interpelando a sus amigos siempre del mismo modo: "¿Han visto ustedes mujer más hermosa?", a lo que sus amigos, compadecidos, por no descubrirle la horrenda verdad, continuarán ponderándola. Esta leyenda, magníficamente relatada por Augusto Pérez a Víctor Goti, aparece en Niebla, del escritor Miguel de Unamuno .

No es solamente la ceguera el puente hacia Niebla. Saramago utiliza en su Ensayo... el mismo recurso que utilizara Unamuno en Niebla: también la obra del portugués cuenta con la presencia de un escritor que está escribiendo la historia que estamos leyendo, y de la que él es partícipe. Pero con una diferencia: en la obra de Unamuno, Víctor Goti ignora que la novela que él escribe no es original suya, cree estar escribiendo algo nuevo e ignora que él es un personaje también. El escritor de Saramago es consciente de que lo que él escribe es el ensayo sobre la ceguera. Es más, aventuraría lo siguiente: si algún día se diera a conocer el manuscrito de esta obra, habríamos de observar cómo, en muchas de sus páginas, las líneas se montan en ocasiones y el trazo es firme y opresivo, como el de quien escribe a tientas y a ciegas. Justamente el mismo trazo, la misma caligrafía menuda, las mismas líneas apretadas, sobrepuestas en algunos puntos, las mismas líneas que suben y bajan, "palabras inscritas en la blancura del papel, grabadas en la ceguera", que la mujer del médico encuentra en el manuscrito del personaje-escritor, o del escritor-personaje.

Una de las muchas preguntas que plantea esta novela, es qué sentido tiene que la ceguera sea una ceguera blanca. Tal vez fuera lo mismo que preguntar a Kafka por qué un monstruoso insecto de innumerables patas, y no un molusco o una musaraña. La transformación de Gregorio Samsa en un monstruoso insecto no responde a ninguna lógica ni a ningún plan premeditado del escritor checo. De acuerdo que en un cuento anterior empleó el uso de esta misma imagen, y que en su Diario se descubre a sí mismo como tal. Arraigado en su inconsciente o no, la imagen tiene un valor simbólico: la transformación es absurda, como absurda es para Kafka su existencia. Pero en este caso que nos corresponde ahora, el hecho de tratarse de una ceguera blanca, no se sabe si considerarla de igual modo, como una ceguera absurda porque absurda es nuestra existencia, o buscar una explicación que trate al menos de satisfacer nuestra curiosidad.

Podríamos, en esta ocasión, decir que se trata de una ceguera blanca porque es precisamente en el momento en que ellos quedan ciegos cuando comienzan a verlo todo con más claridad, cuando una luz se enciende en el interior de cada cual y gracias a ella aprenden a compartir y comunicarse con los demás. De ahí la reflexión que les lleva a decir: "ya éramos ciegos en el momento en que perdimos la vista". En esta ocasión es Giovanni Papini, escritor italiano de la primera mitad de este siglo, y su cuento "¿Quién eres?". Un hombre despierta una mañana y encuentra que es completamente invisible para los demás. Sin ningún tipo de explicación al caso, ninguno de sus amigos le reconoce. Lo que en principio imagina que es una broma, resulta no ser tal, y el verse ignorado por el resto hace que el hombre se replantee su existencia. La respuesta a su situación le viene de manera repentina, cuando sueña, precisamente, en un rebaño de ciegos: "Yo soy uno para quien los demás no existen. Aquella ceguera y amnesia de los hombres hacia mí era una prueba que de ninguna otra manera hubiera podido superar". [5]

Otra explicación a esta ceguera imposible vendría dada de la mano de Sigmund Freud y su ceguera histérica. Así, para Freud, en la ceguera histérica el sujeto cree estar ciego, pero en realidad ve, quedando reflejado en su inconsciente. Explicación que se ajusta fielmente a la dada por la esposa del médico, ante la pregunta de por qué se han quedado ciegos. El marido, quizás el más cualificado para responder puesto que es médico, ignora la respuesta, y vaticina que quizá en un futuro pueda saberse la razón. Pero la mujer va más allá, y aventura una respuesta: "Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven" [6]. Así, podríamos decir que todos los personajes de la novela están sujetos a este estado, este estado que no es otro que la "ceguera histérica" de Freud; todos salvo la mujer del médico, que queda al margen de esta histeria colectiva. Ella es la única que "ve", la única que mantiene la serenidad. Y la mantiene hasta el momento en el que mira al cielo, y lo ve todo blanco. Entonces piensa que es una nueva víctima, la única, en todo caso, pues el resto ya está salvo. Pero el miedo, que le hace agachar la cabeza, le descubre su error: la ciudad todavía está allí.

Esta idea de videntes "histéricos" sería de algún modo la confirmación de lo que asegura Miguelín, en En la ardiente oscuridad, obra del dramaturgo Buero Vallejo. Miguelín considera que son los ciegos precisamente "los únicos seres normales en este mundo de locos", que los videntes padecen "una alucinación colectiva": "la locura de la visión".

Afirma J. G. Frazer en La rama dorada, citando a Jenófanes de Colofón, que "el hombre ha creado los dioses a su propia semejanza, y siendo mortal supone naturalmente que los por él creados tienen el mismo triste fin" [7]. Así podría explicarse el tropiezo con las imágenes "cegadas" por la mano del hombre en la iglesia ("nosotros que emprendimos este peregrinar/ hemos visto las estatuas mutiladas...", diría Seferis), así tendría sentido la explicación de la heroína: "(...) tal vez haya pensado justamente que, dado que los ciegos no podrían ver a las imágenes, tampoco las imágenes tendrían que ver a los ciegos" [8]. A propósito de estas estatuas cegadas, valga recordar la obra de Hofmannsthal, Carta de Lord Chandos, cuando, ante la crisis que le sobreviene en la que asegura haber perdido por completo "la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre cualquier cosa", afirma, en relación a la armonía de nociones definidas y ordenadas de Séneca y Cicerón: "Por ellas conocí la sensación de una espantosa soledad: yo estaba como encerrado en un jardín de estatuas sin ojos". [9]

Ensayo sobre la ceguera resulta la crónica de nuestros días: su lectura es difícil para quienes se niegan a ver la realidad, para aquellos que, como el Estado, optan por ocultar sus problemas y andan a ciegas por el mundo. Sin ver, unas veces, y sin querer ver, otras. El Estado lo resuelve así, colocándose una venda ante los ojos y haciendo caso omiso a la gravedad del asunto. En un "nuevo orden", la ceguera moral, la ceguera social, se transmuta en una ceguera física. Todos ciegos, aquellos primeros que fueron internados en una nueva "nave de los locos" saldrán al mundo. Cuando los "locos" salgan, cuando los ciegos internados salgan del encierro incorporándose a una sociedad tan de ciegos como ellos, la mujer del médico será la viva imagen del cuadro de Delacroix: "La libertad guiando al pueblo". La ceguera les enseñará a redescubrir el mundo, y a redescubrirse a sí mismos. Ensayo sobre la ceguera muestra una utopía negativa, con un ambiente tan denso como el de Luvina, de Juan Rulfo, una atmósfera tan sin aire como la del mexicano. Si Pedro Páramo representaba el Purgatorio, con su pueblo de ánimas, la sociedad con que nos enfrenta este ensayo es la misma, salvo que acá son muertos en vida, son "ciegos". Sólo cuando surge la armonía, la solidaridad y la convivencia de unos con otros y no consigo mismos es cuando los ciegos retornan a la visión. Son las Tareas con las que se enfrenta Ti Noel, es el canto que entonara Carpentier. "No somos inmortales, no podemos escapar a la muerte, pero al menos deberíamos no ser ciegos", nos reprende Saramago. Y Ensayo sobre la ceguera es su revulsivo.

 

Notas:

[1] PICO DELLA MIRANDOLA: DE LA DIGNIDAD DEL HOMBRE. Edición preparada por Luis Martínez Gómez. -- Madrid: Editora Nacional, 1984.

[2] SARAMAGO; José: ENSAYO SOBRE LA CEGUERA. Traducción de Basilio Losada. Alfaguara, Madrid, 1998.

[3] SARAMAGO, José: IBÍDEM.

[4] SARAMAGO, José: IDEM.

[5] PAPINI, Giovanni: "¿QUIÉN ERES?" en EL PILOTO CIEGO. OBRAS. Tomo I / recopilación, prólogo y notas de José Miguel Velloso. Madrid. Aguilar, D.L. 1964

[6] SARAMAGO, José: IBÍDEM.

[7] Frazer, James George: LA RAMA DORADA : MAGIA Y RELIGIÓN. -- Madrid: F.C.E., 1993

[8] SARAMAGO, José: IDEM.

[9] HOFFMANSTHAL, Hugo: CARTA DE LORD CHANDOS. Consejería de Cultura del Consejo Regional, 1981- Colección de arquilectura; 2

 

© María Dolores Adsuar Fernández 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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