Los conceptos de "Nación"
y los discursos fundacionales de la literatura nacional:
La paradoja instituyente y la historia de una carencia

Marisa Moyano

Universidad Nacional de Río Cuarto
marisaamoyano@yahoo.com.ar


 

   
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I - El objetivo de nuestro análisis lo constituye el problema de la performatividad en los discursos fundacionales de la literatura nacional que durante el siglo XIX se instalan a partir de la praxis discursiva de la Generación del 37 y de la actividad subsidiaria que legitima el establecimiento de cadenas de lectura que comienzan a definirse desde la formación discursiva del Estado, hacia 1880.

Cuando relacionamos performatividad y prácticas literarias fundacionales aparecen convocados dos aspectos relacionados: por un lado el papel jugado por las élites criollas en su esfuerzo por articular discursos nacionales con intenciones de constituir imaginarios culturales de identidad, y, por otro, el hecho de que esos discursos aparecen impuestos a través de las relaciones que se instauran entre el poder que inviste a los productores de esos discursos y la legitimidad que emerge del conocimiento que ostentan gracias a ese poder.

En ese marco, nos interesa explorar en particular las complejas relaciones que se establecen entre las interpretaciones epistémicas de la historiografía sobre la constelación de fuerzas que se establece entre la historia y los constructos de "Estado" y "Nación", con una interpretación político-cultural de la emergencia y función de los discursos fundacionales de la "literatura nacional".

 

II - Partimos de considerar que -desde una dimensión teórica- "la Nación" se presenta como una forma específicamente moderna de la identidad colectiva y como un principio dominante de la legitimidad estatal, ya que el Estado procuraría fundar su legitimidad en la existencia de una "Nación" en su base, pero a la vez "la Nación" como concepto resulta una creación ex nihilo del propio Estado (Contreras Guala, 2003). Estos supuestos ponen entonces en el centro de la cuestión el tema de "los comienzos" y los grandes relatos de la historia respecto de la fundación del Estado y de "la Nación".

Al respecto, y en un sentido teórico, Chiaramonte (2004: 9) va a sostener que la referencia del concepto "nación" no se corresponde con una realidad histórica, sino que el mismo puede ser aplicado a distintas realidades según el sentido que le asignaron los protagonistas de esas realidades históricas. En función de ello, el uso del término revela la existencia de tres problemas diferentes: por un lado, la alusión a "nación" como sinónimo de estado nacional contemporáneo; por otro, la referencia a un grupo humano, que sólo en ciertos casos puede conformarse como organismo político estatal; finalmente, el uso de "nación" aplicado a "La justificación de la legitimidad del Estado Nacional contemporáneo; legitimación que inicialmente se hizo en términos contractualistas... hasta la llegada del 'principio de las nacionalidades', que lo hará en términos étnicos". En este sentido, la existencia de estas problemáticas plantea la necesidad de apreciar estas mutaciones de sentido, "no como correspondientes a la verdad o falsedad de una definición, sino a procesos de explicación del surgimiento de los Estados nacionales" (2004: 10).

En ese proceso histórico, puede advertirse aún hoy la tendencia a identificar la emergencia de "la Nación" como fundamento de las Independencias y no como "resultado": ello remontando la supuesta existencia de "la Nación" a un comienzo, o proyectando la evolución histórica como una conformación teleológica. Al colocarse a "la Nación" como punto de partida no se hace sino interpretar todo sentimiento de identidad colectiva como manifestación anticipada de las identidades nacionales del siglo XIX, lo cual equivaldría "a confundir la ficción del Estado contemporáneo, implícita en el principio de las nacionalidades, de estar fundado en una nacionalidad" (2004: 21). En esta línea de sentido, Chiaramonte va a señalar que al hacerlo así, "se admite implícitamente que la identidad nacional actual, contraparte de un Estado nacional, no es una construcción de base política sino un sentimiento reflejo de una supuesta homogeneidad étnica. Homogeneidad que... no es sino otro caso de 'invención de tradiciones'" (Ib.) posterior a los procesos de las independencias iberoamericanas. En efecto, Chiaramonte identifica el funcionamiento de un concepto político de "nación" operante en las independencias iberoamericanas a partir de las perspectivas contractualistas propias del iusnaturalismo y de la Revolución Francesa. En este sentido, nada más lejos de este uso político que la idea de "identidad nacional" en un sentido que haga referencia a substratos étnicos, lingüísticos o territoriales compartidos como fundamento de emergencia de los Estados nacionales en las independencias iberoamericanas. Con posteridad, recién hacia 1830, cuando la reflexión sobre el Estado se rodee con la constelación semántica del Romanticismo, el concepto de "nación" comenzará a funcionar en conjunción con un sentido étnico, lingüístico y territorial para convertirse en "fundamento de la legitimidad política" del Estado.

Frente a este proceso, la preocupación de Chiaramonte no se centra en la "peculiaridad étnica de las naciones", sino en "por qué la etnicidad se convertirá, en cierto momento, en factor de legitimación del Estado" (49), al reconocer que se ha perdido tiempo en tratar de explicar qué cosa sea "la Nación", "como si existiera metafísicamente una entidad de esencia invariable llamada del tal modo, en lugar de hacer centro en el desarrollo del fenómeno de las formas de organización estatal" (57). En este sentido, el autor recuerda que las nacionalidades son un "producto", y no un fundamento, de la historia del surgimiento de los estados nacionales, frente a lo cual se hace necesario "despojar al concepto de nación y de nacionalidad de su presunto carácter natural... para instalarse en el criterio de su artificialidad, esto es, de ser efecto de una construcción histórica o 'invención'" (2004: 27). Así el punto central de la pregunta pasa entonces a ser cuáles fueron los acuerdos políticos que dieron lugar a la aparición de diversas nacionalidades y cuáles fueron los procedimientos utilizados por el Estado y los intelectuales para contribuir a reforzar la cohesión nacional mediante el desarrollo del sentimiento de identidad nacional.

 

III - Mirada la problemática desde esta perspectiva, Jacques Derridá (1996) sostiene que no se puede justificar la fundación de algo en nombre de lo que funda y que en ese gesto performativo siempre subyace un acto de violencia fundacional: "Todos los Estados-naciones nacen y se fundan en la violencia. Creo irrecusable esa verdad. Incluso sin exhibir, en relación a esto, espectáculos atroces basta subrayar una ley de estructura: el momento de fundación, el momento institutor es anterior a la ley o a la legitimidad que él instaura. Por consiguiente, está 'fuera de la ley', y por eso mismo, es violento" (1999). En consonancia con ello, Verón (1993:30) señala refiriéndose a los "textos de fundación" que "la ‘localización histórica de una fundación es en sí misma un producto del proceso de reconocimiento’. Una fundación es inseparable del reconocimiento retroactivo del hecho de que, efectivamente, ocurrió. Es siempre ‘después’ que se reconoce, en una región dada del pasado, el comienzo o recomienzo de una ciencia (...) Dicho de otra manera: ‘es a partir de un ideológico ‘B’ que opera en reconocimiento, que se pone de manifiesto un ideológico’A’ que ha operado en producción". Siguiendo este razonamiento también Arfuch sostendrá que el "contar una (la propia) historia no será entonces simplemente un intento de atrapar la referencialidad de algo 'sucedido', acuñado como huella en la memoria, sino que es constitutivo de la dinámica misma de la identidad: es siempre a partir de un 'ahora' que cobra sentido un pasado, correlación siempre diferente (y diferida) sujeta a los avatares de la enunciación. Historia que no es sino reconfiguración constante de `historias´, divergentes, superpuestas, de las cuales ninguna puede aspirar a la mayor `representatividad´" (2002: 25).

En este sentido, en concordancia con lo anterior, Hozven (1998) sostiene que la "identidad nacional" no se constituye como un objeto de conocimiento unificado proveniente de un presunto substrato nacional popular, preservado por una memoria colectiva o cristalizado en objetos tradicionales y legitimados, tales como una tradición, el pueblo, la razón, la alta o baja cultura, ni tampoco proviene, únicamente, del mundo de la historia, de la ideología, de la política o de la psicología colectiva de los pueblos. En realidad, la "identidad nacional" se forma a posteriori, a la manera de un mosaico expositivo retroalimentado por la historia: "La identidad nacional se realiza o construye de un modo performativo y no meramente constatativo de fuentes o documentos preexistentes. Emerge como un efecto o construcción de lo que se va pensando y escribiendo al hacerla y de lo que no se tenía idea antes de comenzarla" (1998: 68). Desde la perspectiva de la crítica posestructuralista –en cuyo espíritu Hozven se sitúa- se propone "estudiar a la nación tal como ha sido 'contada' ", ya que "la Nación" es primordialmente una construcción o sistema cultural.

 

IV - En el proceso posterior a su organización -a través del despliegue propio de una estrategia de consolidación política-, los estados nacionales buscaron construir desde la razón occidental identidades nacionales sobre la base de discursividades literarias, como una operación concreta de legitimación ideológica que deviene acto constitutivo de la identidad en el proceso propio de su enunciación. Lelia Area (2003) va a sostener que es en el siglo XIX cuando la formación de identidades nacionales se convierte en foco de las más diversas prácticas culturales, y la configuración discursiva de las naciones del continente se articula mediante la representación textual de otras épocas, la producción imaginativa y la circulación de las memorias compartidas por una comunidad.

En este sentido, a lo largo del siglo XIX, los procesos de territorialización y apropiación del espacio en Argentina fueron configurados desde procesos escriturarios y desde interacciones discursivas que fueron dando forma a un proyecto de país, de Estado y de Nación, definiendo el trazo del "cuerpo de la patria" y sus límites, su territorio y su identidad, lo que debía formar parte de ese cuerpo y lo que no, su política de inclusiones y de exclusiones. En el espacio-tiempo que media entre el diseño de ese proyecto por parte de los escritores-próceres de la primera mitad del siglo XIX y la constelación de intelectuales de la Generación del '37 y su efectiva realización hacia 1880, se sucedieron las luchas y debates para dar forma al Estado y sus dispositivos de integración nacional y territorial, para instituir su modelo de realización a la sombra del paradigma recreado de una "Nación civilizada"; y en ese marco -como nunca antes- la literatura mostró su dimensión performativa de poder y de lucha en el campo amplio de los discursos sociales imbricados en el debate sobre el país que se estaba construyendo, sus modelos y proyectos, lo que Poderti (2003: 10) grafica al sostener que en esta etapa comienza a requerirse de la literatura una función ancilar, "al servicio del nuevo estado republicano y que difundiera los ideales de libertad, civilización y progreso como los pilares fundamentales del proyecto nacional en gestación. Surge así una corriente de escritores comprometidos con la vida política del país y en cuya producción se generan imágenes que contribuyen a reforzar el programa de construcción de un imaginario nacional". Al respecto, dirá Viñas (1968: 14) que en el proyecto liberal operaba como un presupuesto la "eficacia excepcional de 'las letras'", pues se habla en esa época de "'apostolado de las letras', del 'espíritu de las letras', del 'espíritu doblegando a la materia', del 'alma de la literatura'", y todo ese ciclo "se inscribe en el horizonte ideológico sustentado en una etapa de apogeo de la literatura y de especial convicción en el privilegiado poder del escritor". De allí que al centrar el carácter fundacional de la escritura del '37, Viñas sostenga que la literatura argentina es "la historia de la 'voluntad nacional'" (132). Y "lo nacional" -dirá Jens Andermann (2000: 16)- emerge de estos procesos como un atributo que alcanza viabilidad precisamente a partir de la emergencia y constitución de "la Nación" desplegada en la imaginación literaria, perfilando este proceso de construcción como "un artificio discursivo, una ficción política y cultural". En este sentido, Arfuch (2002: 22) sostiene: "No hay entonces identidad por fuera de la representación, es decir, de la narrativización -necesariamente ficcional- del sí mismo, individual o colectivo. (...) Esta dimensión narrativa, simbólica, de la identidad, el hecho de que ésta se construya en el discurso y no por fuera de él, en algún universo de propiedades ya dadas, coloca la cuestión de la interdiscursividad social, de las prácticas y estrategias enunciativas, en un primer plano".

Este "carácter ficcional" al que hacemos referencia se sostiene precisamente en el carácter "constructivo-performativo" que asume el discurso literario, ya que su naturaleza fundacional no deviene de la emergencia de un discurso que se pueda considerar "nacional" por carácter transitivo o de reflejo de "lo real". Por el contrario -tal como lo piensa Contreras Gualda (2004) al referirse a la operación fundacional de Larrastria- si la literatura debe concebirse como espejo que refleje la "nacionalidad", ante la nulidad de "lo real" y la ausencia de "nacionalidad" que los hombres del '37 perciben en el país que ven, se asume que la función de la literatura es crear un espejo del que resulte como instauración la imagen de una "Nación" existente. Este proceso puede configurarse en una concreta "operación discursivo-ficcional" en tanto la idea de "espejo" invoca como concepto necesario el correlato de una "imagen reflejada", imagen que en este caso resultará de una construcción, de un acto performativo de instauración de una realidad deseada: una "Nación" a la que se intenta presentar como reflejo de una "nacionalidad" preexistente, como una esencia o substrato histórico previo empíricamente verificable. No de otro modo puede concebirse la operación sarmientina en el "Facundo", cuando el mismo sostiene:

"Si de las condiciones de la vida pastoril, tal como la ha constituido la colonización y la incuria, nacen graves dificultades para una organización política cualquiera y muchas más para el triunfo de la civilización europea, de sus instituciones, y de la riqueza y la libertad, que son sus consecuencias, no puede, por otra parte, negarse que esta situación tiene su costado poético, y faces dignas de la pluma del romancista. Si un destello de literatura nacional puede brillar momentáneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultará de la descripción de las grandes escenas naturales, y, sobre todo, de la lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre la inteligencia y la materia: lucha imponente en América, y que da lugar a escenas tan peculiares, tan características y tan fuera del círculo de las ideas en que se ha educado el espíritu europeo, porque los resortes dramáticos se vuelven desconocidos fuera del país donde se toman, los usos sorprendentes, y originales los caracteres." (Capítulo II).

 

V - Si la literatura asume el carácter fundacional de crear "la Nación", creemos con Ferro (1994: 44) que puede hablarse de la existencia de una "paradoja deconstructiva" que asoma en la literatura, cuando se lee que "la escritura que da fe de un hecho histórico, trama su textualidad de acuerdo con el gesto significativo propio de la discursividad literaria, la invención del referente y la remisión intertextual". De este modo, la ficcionalización de los orígenes pondría de manifiesto el privilegio otorgado al discurso literario para construir fundacionalmente una genealogía que haga consistente el imaginario de la identidad nacional, a la vez que ese proyecto construye en la letra una versión de la nacionalidad que le permite al escritor intervenir activamente en los asuntos históricos narrados.

Este proceso global podría referenciarse en la emergencia paradigmática y la función del pensamiento de la Generación del 37 en Argentina, que atraviesa el siglo XIX definiendo los trazos y perfiles de la configuración de una idea de Estado y de una idea de "Nación", que alcanzarán hacia 1880 su estado de realización. No de otro modo puede leerse Facundo como dispositivo en ese proceso paradigmático, ya que el modelo conceptual provisto por la dicotomía "civilización-barbarie" ocupará un rol central que alcanzará todas las dimensiones del proceso de configuración del Estado: la política, la jurídica, la social y la económica, sustentadas en una macrodimensión cultural que funda la convicción de estar construyendo una "Nación civilizada".

En este marco, los procesos de territorialización constituyen una estrategia que opera como andamiaje y "cuerpo" sobre el que debe materializarse "la Nación". Así, en los textos escritos en Argentina desde la independencia hasta que se concrete la modernización del Estado en 1880, el territorio fronterizo emerge en la literatura como un espacio donde entran en juego los conflictos centrales en el proceso de constitución de "la Nación": la lucha entre la "civilización" y la "barbarie", la tensión entre cultura y naturaleza, el pasado y el futuro (Fernández Bravo, 1999). Trazar "el mapa de la patria" será para estos escritores establecer una "identidad nacional civilizada", definir sus contenidos en todas sus dimensiones como parte del proceso de lucha política en que se inscriben sus discursos.

En el propio decurso de fundar discursivamente lo que sostendrían como "literatura nacional", estos escritores fundaron políticamente una "Nación", como primer momento performativo que será recuperado y legitimado cuando sus pares instauren desde el discurso del Estado a esos textos fundacionales como monumento identitario de la nacionalidad, en un segundo momento performativo que se extiende desde el ochenta y alcanza su punto culminante en el Centenario, cuando las alegorías identitarias de Rojas y Lugones cierren definitivamente el proceso iniciado en 1830, en la conjunción de un concepto político-legal del Estado-Nación alcanzado con un supuesto étnico, lingüístico y territorial subyacente en la nacionalidad que lo legitima como tal.-

 

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© Marisa Moyano 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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