Don Quijote de la Mancha: Caballero de la verdad

Gustavo Martínez
minaya07@adinet.com.uy

Dpto. de Literatura Española
Instituto de Profesores “Artigas” (I.P.A.)
Uruguay


 

   
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El día en que un pobre hidalgo anónimo a fuerza de tener tantos nombres posibles (Quijada, Quesada, Quejana) decidió darse uno y vivir en función del compromiso que con él asumía, el individuo moderno hizo su entrada en la literatura. Si antiguamente se creía que el nombre contenía el destino de la persona, entonces el hidalgo eligió el suyo al ponerse Don Quijote de la Mancha.

A “la mitad del camino de nuestra vida”, Dante fue elegido para vivir la aventura de conocer el trasmundo donde, para el hombre medieval, residía la significación última y absoluta de todo lo que existe. En cambio, Alonso Quijano (como se denomina a sí mismo recién en el capítulo final de la novela), que ha entrado ya en el recodo final de su vida, elige salir al mundo (no salirse de él) para arrojarse a la suprema aventura del individuo moderno: la de hacerse a sí mismo y, en esa medida, dar sentido a su existencia.

No es casualidad que tenga unos 50 años, en lugar de los aristotélicos 35 de Dante personaje. En éste, la edad es un indicio simbólico del equilibrio entre experiencia y energías vitales que lo habilita para asimilar y, a la vez, aplicar al dominio de sus impulsos pecaminosos (las fieras) el conocimiento que adquiera en el Más Allá. Pero, en el caso de Alonso Quijano, no se trata de saber, sino de atreverse a vivir según sus propias aspiraciones. Por eso, en su caso, la edad sugiere un obstáculo mucho más profundo que el meramente físico de no ser joven: el peso inhibitorio de una vida no vivida que ha sido, tan solo, una larga negación de sí mismo. A diferencia de Dante personaje, el pobre hidalgo no tiene en principio ni la experiencia ni las energías. No tiene nada, ni siquiera un nombre. Apenas hipotéticos apodos, jirones de lo que podría haber sido y no fue. Peor aún: no se atrevió a ser. Por algo, si bien “anduvo enamorado” de Aldonza Lorenzo, “ella jamás lo supo ni se dio cata dello”. Sus apodos aluden, pues, simbólicamente, a los asomos de individualidad que no fue capaz de plasmar en una identidad merecedora de un nombre único e indudable.

Aunque el protagonista de la “Divina Comedia” tiene importantes atisbos de individualidad, todo su ser se funda en su condición esencial de humano: “nuestra vida”. Representa a todos los hombres y su aventura es, dentro del horizonte mental de la obra, de vital importancia para la salvación de todos. Tanto que debe ser comunicada de manera que deje huella en el ánimo de los lectores. Por eso el elegido no fue un teólogo, sino un poeta, es decir, alguien que habla desde y a la imaginación y la sensibilidad. En cambio, Don Quijote no representa a nadie y a nadie le interesa su aventura. Por el contrario, irrita a casi todos, divierte al resto y, prácticamente, no transforma a ninguno. Si algo intuyó Cervantes fue que la condición moderna se constituye a partir de la radical experiencia de la soledad, el desamparo metafísico y la intemperie significativa.

Del vacío al desamparo necesario

Al igual que el individuo moderno, Don Quijote no contaba más que consigo mismo para empezar. No era mucho en verdad. No era nada porque, como ya dijimos, él no era nadie antes de convertirse por propia voluntad en caballero andante. Sólo tiempo transcurrido (50 años no vividos) y un cúmulo de hábitos que habían hecho las veces de vida: “salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes…”. También cazaba y administraba su hacienda, tan mezquina como la no-vida que durante 50 años había estado muriendo.

Por eso, si bien nadie está seguro de su nombre, porque no había hecho otra cosa que subsistir en el mundo indiferenciado de las rutinas establecidas, de algo sin embargo no hay ni la sombra de una duda: es un hidalgo. No “fulano de tal”, sino “un hidalgo” y, para peor, “de los de lanza en astillero”. Casi ni siquiera un individuo. Sólo un componente prácticamente anónimo de lo genérico. La incertidumbre en cuanto a su nombre no puede, en consecuencia, sorprender, puesto que su individualidad no ha sido más que la emanación brumosa de sus hábitos, el detritus apenas de su condición social.

En su vida no ha habido sendas, ni mucho menos selvas, y menos aún fieras. Quizás porque la costumbre es la peor fiera: no intimida, no amenaza, sólo succiona. De tanto comer salpicón, se termina por formar parte de él. Las fieras del pecado medieval dejaron paso en la era moderna a las hiedras de la enajenación, tanto más insidiosas cuanto más inofensivas parecen. Por eso, con el tiempo, las almas de tantos personajes se ahogarán metafóricamente en “salpicón las más noches”: en la España de Galdós y del 98, en la Rusia de Chéjov, en la Praga de Kafka. La enumeración podría seguir. Los “hidalgos” que no tuvieron el atrevimiento de volverse locos acabaron convertidos en insectos tres siglos después. Y hoy contemplan embobados frente al televisor las banales hazañas de los amadises tecnológicos o se babean frente a los pechos artificiales de las dulcineas mediáticas. Los encantadores no desaparecieron. Están más activos que nunca y han aprendido nuevos modos de preparar el salpicón…todas las noches.

Testigo lúcido de la primera gran crisis del hombre moderno, la del período Manierista-Barroco, Cervantes captó y expresó sus implicancias y proyecciones profundas. Supo ver que el precio de una individualidad plenamente configurada e independiente era un salto en el desamparo. Liberarse de los terrores mitológicos premodernos (las fieras del pecado, los horrores del infierno) entrañaba como contrapartida la pérdida de las seguridades que esa misma cosmovisión brindaba: la fe en un conjunto de verdades absolutas; la pertenencia tranquilizadora a estructuras institucionales claramente definidas que encauzan la acción y el pensamiento de cada uno; la existencia de un trasmundo intimidante, es cierto, pero también consolador, porque en él todas las incertidumbres de la existencia se resolverían en una plenitud sin fin. Para Don Quijote, en cambio, y en definitiva para el individuo moderno, ya no hay virgilios que todo lo expliquen ni círculos (o terrazas o cielos) que recorrer en ordenada progresión hacia la luz deslumbradora del ser y la significación definitivos. Del mismo modo, la espléndida Beatriz se ha difuminado en la borrosa Dulcinea. Cuando el individuo se desprende por fin de la posición que estamentalmente le estaba destinada, descubre que no hay esencias que pre-existan, que si quiere ser deberá construir su propia identidad y que el ideal, cualquiera sea, resulta como Dulcinea, pura conjetura.

Al igual que el hombre moderno, el hidalgo manchego debió optar entre ser una “lanza” más en el “astillero” de la sociedad estamental o ser sujeto, esto es, alguien que con la “lanza” de su voluntad va abriendo camino a su propia historia, en y por la cual podrá constituirse como individuo. Por eso el capítulo I de la novela narra mucho más que la transformación del hidalgo en caballero. Narra el surgimiento del hombre moderno, al que ya no le basta con pertenecer porque necesita ser, “ser-se” como diría Unamuno. Con la modernidad se inicia, precisamente, la reflexividad del ser: ser es hacerse, hacerse ser. Algo que se conquista, no que se hereda por linaje o condición. Y es en el proceso de esa conquista que la propia identidad se forja. De allí que la primera hazaña y tal vez la más grande de Don Quijote fue cuando decidió enfrentarse al hidalgo que lo poseía y no lo dejaba ser.

El narrador, exponente acabado de la sensatez de lo establecido, de esa cordura con la que cualquier sistema social imperante maquilla lo que en realidad es mera sumisión, no vacila en atribuir semejante decisión al “más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo”. Toda ruptura radical con lo consagrado es siempre una “locura” porque implica ponerse al margen de lo grupal (de lo normal), dejar de ser “de los de”. Pero es que sólo así es posible pasar de ser mero atributo de otra cosa (la condición de hidalgo) a individuo con nombre propio. “Locura” era abandonar la protectora casa de lo habitual, los cuidados de las amas y sobrinas de lo establecido, para lanzarse a las desoladas planicies de un existir impredecible. Como “locura” parecía también afirmar que la Tierra gira en torno al sol o que la sangre circula por nuestro cuerpo. Como es y ha sido “loco” o “malo” todo lo que no forma parte de las verdades oficialmente aceptadas. “Locura”, pues, sin duda, pero “locura” fundante, a partir de la cual se puede ser.

Cervantes conocía muy bien esa “locura”, la de renunciar al “salpicón las más noches”. ¿Acaso no se había arriesgado 4 veces a perder el pellejo intentando escapar de Argel con tal de no seguir “comiendo” el humillante “salpicón” del cautiverio? Seguramente la voz del futuro sensato narrador del primer capítulo le susurró cada vez que tenía “rematado ya su juicio”. Pero, aunque no pudo huir, salió igual de Argel, y fue Cervantes, igual que Don Quijote se marchó por “la puerta falsa de un corral” rumbo a sí mismo.

A diferencia del hombre medieval, para el individuo moderno el futuro no es la eternidad, aunque pueda creer en ella, como Cervantes y Don Quijote lo hacían. El futuro es él mismo, lo que ansía llegar a ser. De allí su radical soledad. Don Quijote, en su primera salida, que es la que lo funda como individuo, no habla de su proyecto con nadie, porque no tiene a nadie con quien pueda compartir realmente la intransferible emoción de su nacimiento. Padre de sí mismo e “hijo de sus obras”, que todavía no hizo, aunque él en su impaciencia las dé ya por hechas, no puede contarle nada a nadie por la sencilla razón de que todavía no hay nada para contar (y él, en el fondo, lo sabe), ya que recién está empezando a protagonizar la historia que lo volverá narrable. Separarse, quedarse a solas, es condición “sine qua non” para emprender la historia, la propia, que es hacerse en contacto con los demás. Pero, primero, hay que dejar de ser “los demás”, “hidalgo de los de lanza en astillero”.

Si algo distingue al individuo moderno del hombre premoderno es que tiene historia y sabe que sólo en la medida en que la tenga podrá ser él mismo. Claro que siempre lo acompañará la tentación de instalarse otra vez ante el “salpicón las más noches”, sobre todo porque con el advenimiento de la sociedad industrial ese “salpicón” se volverá cada vez más sofisticado y atractivo. Por algo después de su teatral desafío a París desde la colina de Père-Lachaise (la altura de su ego), Rastignac se va a cenar a lo de Delfina. Los mejores “salpicones” de la alta sociedad parisina serán suyos, al precio de la dignidad, claro. Pero, aun así, Eugenio es el producto de su historia. Es su historia. Lo que él hizo con ella y lo que ella hizo de él porque, como ya lo sabía Don Quijote, cada cual “es hijo de sus obras” y sus obras lo van construyendo a medida que van haciendo su historia.

Viejo código, nuevo individuo

Durante 50 años, el hidalgo manchego vegetó al margen del tiempo y de sí mismo. Le sobraban apodos pero no tenía una historia y, mientras no la tuviera, no sería nadie. Como no había hecho nada con ellos, sus años no podían constituir por sí solos una historia, del mismo modo que sus múltiples sobrenombres no le daban una identidad. Pero para dejar de ser un tipo (el hidalgo) y transformarse en un individuo no bastaba con su sola voluntad. Necesitaba una imagen de sí mismo hacia la que proyectarse y en función de la cual actuar. Ese modelo se lo proporcionaron, como todos sabemos, los libros de caballería.

Sólo los dioses, y no todos, crean de la nada. El ser humano nunca parte de cero aunque tantas veces haya proclamado haberlo hecho. Necesita un paradigma para estructurar el mundo a partir de él. Y un código que oriente y legitime su conducta. Y también una imagen donde se objetive todo lo que más o menos confusamente ansía ser, porque sólo “viéndose” puede conquistarse. Para ser, tiene que imaginarse. Sólo así, con una meta en el horizonte, puede tensar su voluntad y sostener su fe. Justamente, cuando Don Quijote deje de “verse” (encantamiento de Dulcinea y Caballero de la Blanca Luna mediante) morirá. El alma no puede vivir a base de salpicón. Por el contrario, suele perecer a causa de él. Recordemos a Gregorio Samsa, convertido en insecto a fuerza de no ser para asegurarle el “salpicón” a su familia, en el que van mezclados los restos de su Yo cada día.

Más allá de todo lo que se ha dicho sobre la sátira a los libros de caballería, su función simbólica en la novela es independiente por completo de ella. Si el célebre “camino de nuestra vida” con que se abre la “Divina Comedia” alude a la condición del ser humano como peregrino, en perfecta consonancia con la cosmovisión medieval, el individuo moderno sólo podía emprender su marcha bajo el patronazgo metafórico del caballero andante. Si bien en principio existe una obvia coincidencia entre éste y el peregrino, la de que ambos viven desplazándose, las diferencias son profundas y sugestivas. En el contexto alegórico de la mentalidad cristiano-medieval, no hay más que un camino (“la buena senda”) y éste pre-existe a quienes lo recorren. Por algo el símbolo elegido por Dante es espacial: el tiempo en sí mismo no importa porque el hombre es un peregrino de la eternidad. Pero, además, dicho símbolo está fuertemente impregnado de moralidad: salirse de la buena senda es pecado, conduce a la selva. Por lo tanto, el camino al que se refiere Dante no es existencial, sino religioso y moral. También universal: es, o al menos debería ser, el de todos los hombres. Salirse de él entraña una disminución en la humanidad del pecador. Como si esto fuera poco, ni el sentido del camino ni su destino final (la eternidad) dependen del albedrío humano y mucho menos de sus deseos. Sin duda porque hay una previa y no discutible identificación entre lo deseable y lo establecido. Sólo lo establecido es deseable y lo que se desea fuera de él es pecado. Los incidentes que en su recorrido ocurren no son aventuras, no están sujetos al azar de las circunstancias. Son tentaciones que amenazan el destino de quien se deje seducir por ellas, pero jamás ponen en entredicho la validez del camino y su trazado. Nada malo hay en él, lo malo es apartarse de él. Lo malo es, en definitiva, actuar como un individuo, salirse de la senda establecida desde siempre y para todos.

En cambio, el caballero andante, pese a ser tan medieval en todos sus aspectos, se prestaba sin embargo para actuar como motivación y correlato simbólico del individualismo moderno en sus albores. Ante todo, porque su acción tenía un carácter exclusivamente mundano, tanto por los motivos que lo impulsaban como por los fines que perseguía. Y no olvidemos que uno de los grandes descubrimientos de la Era Moderna fue el de que el único ámbito de realización posible para el individuo es este mundo. El destino eterno del hombre medieval se hallaba lejos, al cabo de un largo peregrinaje en incesante lucha con las tentaciones que podían desviarlo del camino de todos hacia la propia perdición. La realización del individuo moderno se sitúa, por el contrario, en el ámbito de lo inmediato y depende de la ocasión, esto es, de la conjunción más o menos azarosa entre la búsqueda individual y las circunstancias del mundo. No existe, en consecuencia, un único camino, sino caminos, muchos caminos, tantos en el fondo como el individuo quiera explorar. Por eso, la imagen que mejor puede representarlo y motivarlo no es la del peregrino, que sigue el camino trazado en pos del destino prefijado (la eternidad), sino la del caballero andante, que va “a la ventura”, esto es, que se expone a la suerte y asume el riesgo de la confrontación con un mundo en constante e impredecible variación. La lucha con las tentaciones ha cedido lugar al combate con las circunstancias y los otros hombres.

Así descontextualizada, la aventura caballeresca se convierte en símbolo adecuado de la iniciación a sí mismo por parte del individuo moderno y ampara con su manto prestigioso un tipo de aventura radicalmente distinto del que se narraba en los libros. En estos, asistimos a una mera sucesión de hazañas que no configuran ni perturban íntimamente al caballero, puesto que él ya es lo que es y sus aventuras sirven tan solo para que manifieste lo que por estamento es. En cambio, el individuo moderno que en principio nada es (¿Quijada, Quesada, Quejana?) debe, en consecuencia, construirse a través de lo que hace. Por lo tanto, en su caso la aventura exterior se vuelve experiencia, se interioriza, y la mera sucesión se transfigura en historia, es decir, en acciones causalmente imbricadas en un proceso con dirección y sentido propios. De allí que mientras cualquier caballero libresco termina siendo, al final del relato, lo que ya era en su comienzo, sólo que de manera más gloriosa, Don Quijote evoluciona interiormente desde su exaltado idealismo inicial hasta su mucho más apacible actitud en la Segunda Parte, producto sin duda del creciente desgaste de su fe en sí mismo y en su misión.

Amadís, héroe premoderno, es y se mantiene siempre igual a sí mismo, a despecho de todo lo que le sucede. Don Quijote, primer héroe y anti-héroe plenamente moderno, se transforma. Uno se limita a atravesar, incólume en su esencia, las aventuras que se le presentan. El otro, en cambio, hace su historia y es forjado por ella.

Los libros de caballerías le ofrecen a Don Quijote un código de conducta y un paradigma interpretativo del mundo a partir de los cuales definirse y afirmarse. Como suele suceder, lo nuevo se apoya en la tradición para legitimarse y lanzarse a ser. El problema es que Don Quijote es mal lector y se aferra, con toda la inseguridad de una inexperiencia vital de 50 años, a la letra de los libros. Los eleva a la categoría de verdad absoluta (mentalidad estamental premoderna) y procura infructuosamente a lo largo de la novela, sobre todo en la Primera Parte, que la realidad se pliegue a ellos. De ese modo, lo que lo impulsó a ser él mismo termina siendo desnaturalizado en frustrante generador de fracasos sin cuento. Como es un lector ingenuo, incapaz de tomar distancia respecto de lo que lee, confunde la ficción con la verdad e intenta ponerla en práctica en cuanto tal, sin darse cuenta de que, además de ser ficción, es anacrónica, puesto que responde a una mentalidad ya superada.

¿Puede extrañar acaso que las armas de Don Quijote estuvieran “tomadas de orín y llenas de moho”? Son la expresión simbólica de esa perspectiva premoderna, carente de sentido histórico, de la que el naciente individualismo moderno, lleno de incertidumbre acerca de lo que es y puede llegar a ser, no consigue prescindir todavía. Representan el deteriorado modelo mítico con cuya ilusoria validez universal cree poder defenderse de la amenazadora diversidad de un mundo peligrosamente desestructurado todavía.

No en vano Don Quijote parte para su aventura antes del amanecer, entre dos luces: en ese momento ambiguo y difuso en que lo que fue ya casi no es y lo que será apenas empieza a serlo. Las certezas de la Edad Media se han oscurecido y tienden a desaparecer mientras que las perspectivas modernas aún no consiguen iluminar el mundo. El momento manierista por excelencia. Sólo que en Don Quijote prima el activismo barroco. En lugar de quedarse apoyado en las bardas del corral interrogándose acerca del sentido de su aventura, sale al mundo, aunque sea recubierto con las armas de una cosmovisión anacrónica. Por algo su peso le impide más de una vez levantarse. Alude a la desproporción entre su vocación y sus verdaderas fuerzas, así como al peso agobiante de una tradición asumida en bloque, sin la mediación de sentido crítico alguno que pudiera volverla eficaz. Allí reside, precisamente, el origen de su fracaso. No puede incidir en el mundo quien no lo toma en cuenta. Al ver únicamente lo que leyó, no puede leer lo que es. Por eso su historia será una larga erosión de lo libresco por lo real. Un lento pero incesante resquebrajamiento de su fe. Una fe moderna en sí mismo (“Yo sé quién soy”), pero asentada sobre fundamentos ya superados y que ya nadie comparte. Por eso, lo que lo impulsó a vivir de acuerdo a lo que anhelaba ser distorsionará y bloqueará en gran medida su relación con el mundo y lo volverá, además, particularmente vulnerable a la manipulación de los otros (cura, bachiller, duques, el propio Sancho) en la medida en que resulta sumamente previsible.

Si “existir” significa etimológicamente “separarse”, entonces podríamos afirmar que el fracaso de Don Quijote consiste en que nunca consiguió existir realmente por cuanto jamás logró independizarse de su modelo. De manera acorde con su mentalidad todavía estamental, Don Quijote confunde ser caballero con ser él mismo. Y, si bien es cierto que una cosa hizo posible la otra, también lo es que a la larga le impidió a ésta existir por sí sola. De allí que cuando el caballero sea derrotado, Don Quijote no pueda sobrevivirlo.

El loco y la dama

La irrupción en el mundo (un mundo donde persistía aún la mentalidad estamental y en España más que en ningún otro lado) de algo tan revolucionario como el individualismo moderno sólo podía ser presentado bajo la apariencia de la locura. Al hacer de su personaje un loco, Cervantes sugiere que en esa sociedad no parece haber otro modo de ser uno mismo que volverse loco, que ponerse al margen de la normalidad instaurada. Para no vivir enajenado de sí, hay que enajenarse de los demás. Pero la penetrante ironía cervantina cala más hondo todavía. Puesto que tradicionalmente se veía al loco como oráculo involuntario de la verdad, entonces Don Quijote resulta ser el portador de la verdad que los cuerdos ignoran, aunque están convencidos de poseerla. El “ingenio lego” (¡las cosas que se dicen para neutralizar a un genio!) distinguía muy bien lo que hoy todavía, tras casi dos siglos de positivismo miope, seguimos confundiendo: verdad y realidad. Aquella tiene que ver con lo espiritual y el ser; la realidad, en cambio, con las crasas evidencias materiales. En nombre de éstas es que se suele desacreditar a la verdad. Hace 400 años, Cervantes ya sabía que la realidad funciona habitualmente como prestigiosa coartada de la traición a uno mismo o a los valores en que se cree. Por eso, al hacer de Don Quijote un loco, sugiere que para vivir según la verdad hay que empezar por no someterse a la realidad.

La locura del personaje nace de una necesidad interna de la obra porque sólo por medio de ella podía Cervantes poner en evidencia el carácter relativo, no de la verdad (a la pobre siempre se la ha acusado de serlo), sino de la sacrosanta realidad, algo tan indiscutible para el hombre moderno como Dios para el creyente medieval. La locura de Don Quijote es corrosiva porque con su sola intervención pone de manifiesto que las cosas podrían ser de otro modo y desnuda, además, la miseria espiritual de una humanidad que, en su afán de situarse ventajosamente en la realidad, no es capaz de ver lo que se ha hecho a sí misma. El egoísmo, la mezquindad, la intolerancia y la crueldad afloran al paso de Don Quijote, gracias a cuya locura el lector tiene oportunidad de comprobar lo que en cierta ocasión el propio personaje casi programáticamente declaró: “es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño” (II, XI). En este sentido, es válido afirmar que el apaleado caballero sale vencedor de todas y cada una de sus aventuras, pues una y otra vez logra que la verdad humana emerja de entre las apariencias que constituyen la llamada realidad. Por eso tiene razón él, el loco, cuando sostiene que lo real (molinos, rebaños, etc.) proviene de los encantadores, porque la realidad funciona a menudo como una serie de hechizos con que la verdad es ocultada a los ojos de todos.

Las inquietantes paradojas cervantinas no se agotan en mostrar a la locura como instrumento de la verdad y a la sensatez como una enajenación respecto del ser auténtico. Don Quijote, el caballero de la verdad, basa su acción al servicio de ella en una mentira: las ficciones, ya perimidas además, de los libros de caballería. Y, como si eso fuera poco, deposita todo aquello por lo que lucha en una dama que no existe. Pero es que, en realidad, las ficciones caballerescas, por vacuas que fueran, encerraban también una verdad: la de que es preciso salir al mundo a luchar por aquello en lo que se cree. Cervantes supo descubrir que hasta las más envejecidas mentiras pueden ser portadoras de verdades siempre vigentes.

En cuanto a la inexistente y, no obstante, omnipresente Dulcinea, aparte de todo lo que se le ha atribuido representar, da nombre también al vacío de sentido que desde sus orígenes acosa al individuo moderno y para el que Nietzsche hallaría su formulación más contundente: “Dios ha muerto”. En la época de Cervantes, Dios no había muerto todavía, pero estaba siendo desplazado poco a poco fuera de este mundo, con lo que el hombre moderno se descubría inesperadamente responsable de su sentido, así como del de su propia existencia. Esto entrañaba, a su vez, la angustiosa sensación de hallarse suspendido en un vacío de significación que pronto, alrededor de medio siglo después del “Quijote”, estallaría en la exasperada pregunta de Pascal ante “la inmensidad de los espacios que ignoro”: “¿Por orden y encargo de quién este lugar y este tiempo me han sido destinados?”

Para Don Quijote el espacio no era aún infinito y no lo acuciaban tampoco interrogantes de índole metafísica. Sin embargo, es innegable que esa incierta dama en la que pone toda su fe y de la que extrae toda su energía, lo vuelve particularmente vulnerable y sugiere, por extensión, la fragilidad epistemológica a partir de la cual el individuo moderno se lanzó a la aventura de tomar posesión del mundo para cuyo dominio, se le había dicho desde siempre, había sido creado. Si algo distingue la trayectoria del hombre moderno es, precisamente, la permanente incertidumbre sobre el sentido de su existir y de su obrar. ¿Puede remitir su acción a una significación creíble (Dulcinea) o todo lo que hace no son más que mensajes en el vacío, como los que envía Don Quijote a su dama por intermedio de Sancho? Si el sentido es posible (si Dulcinea estuviera donde se la busca y aceptara corresponder el amor de Don Quijote) entonces la existencia (las aventuras y penalidades del caballero) valdrían la pena.

En la “Divina Comedia”, Beatriz existe, aparece y guía a Dante hacia Dios, la significación absoluta que todo lo impregna de sentido. En “Don Quijote”, al igual que en el mundo moderno, no hay camino, ni viaje por el trasmundo, ni más fieras que el prójimo. Y la amada que metafóricamente lo guía, existe sólo en el ánimo del caballero. En la Era Moderna, la significación ha dejado de ser exterior y trascendente. Se ha vuelto puramente subjetiva, por lo que su existencia depende, en última instancia, de la adhesión anímica que el individuo sea capaz de depositar en ella. Por eso, el encantamiento de Dulcinea es un lanzazo mortal en la fe de Don Quijote. ¿Cómo puede ésta sostenerse si su dama ha sido transformada en campesina, esto es, devuelta a su condición original, al sinsentido previo a la aventura? Una reversión tan brutal no sólo priva de significado a la acción futura, sino a todo lo hecho desde el principio. Si Dulcinea ha sido encantada, entonces la verdad no existe y sólo cuenta la cruda realidad material (la ordinaria campesina que huele a ajos) contra la que se ha estado luchando con la intención de espiritualizarla. Es como si Dante hubiese descubierto de pronto que sólo la selva y nada más que la selva existía.

Como todo caballero sin dama, después del capítulo X de la Segunda Parte Don Quijote es un “cuerpo sin alma”. De allí su pérdida de empuje. Ya casi no transforma imaginativamente la realidad ni provoca las aventuras. Se deja persuadir de no atacar (II, XI), reconoce que se equivocó al destrozar el retablo de maese Pedro y paga los daños (II, XXVI), huye del peligro (II, XXVII), se convierte en involuntario bufón de los duques. En vista de todo esto y de otros muchos ejemplos que podrían aducirse, sería lícito afirmar que no es el Caballero de la Blanca Luna quien lo derrota, sino que en realidad fue Sancho, sin querer, cuando “encantó” a Dulcinea.

Con Don Quijote vencido y desengañado, sufre el individuo moderno su primer fracaso. Pero, a la vez, recibe del caballero su mayor lección: la de que los encantadores del realismo sin alma pueden imponerse, pero jamás vencer de manera definitiva. Porque la aventura, a partir de él, ya no depende de la suerte (ventura) ni del poder (encantadores), sino del “esfuerzo y el ánimo” de cada uno para convertir cada día a Aldonza Lorenzo en Dulcinea del Toboso.

 

© Gustavo Martínez 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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