Los dibujos mediáticos del deseo

José Alberto Sánchez Martínez

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
UNAM (México)
palabrapajaro@hotmail.com


 

   
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Resumen

A partir de tres tesis que se enmarcarían de la siguiente forma: a) la omnipresencia de los medios en la cotidianidad social; b) el proceso de transformación de una sociedad mediática-expectativa a una participativa; c) el cambio a través de lo virtual del espacio público-privado en un espacio íntimo: este texto toma como punto de anclaje el problema del deseo. El papel del deseo es importante porque cruza los tres puntos señalados, por un lado es la apropiación mediática del deseo de los otros la que de alguna forma brinda la posibilidad de que los medios sean imprescindibles en el proceso social, así mismo, los medios transfieren formas de desear a través de un acto de seducción, por lo que la sociedad queda incluida como un agente participativo. Desde luego que el proceso del deseo en las sociedades contemporáneas siempre aparece cruzado por lo virtual, y uno de los impactos más representativos de lo virtual es la creación y desaparición de espacios, un juego entre la ausencia y la presencia. En la transformación del desear por sí mismo en desear a través del otro están los medios como generadores de toda una cadena de efectos y problemas en todos los ámbitos humanos.

 

Primero: del medio dibujado al dibujo de los medios

La historia de los medios de comunicación muy bien podría ser la historia de un pintor, primero queriendo, deseando querer dibujar, ser algo más o menos definido, después siendo, dibujando algo que no sabe qué es. En efecto, desde el siglo XIX que se puede rastrear la génesis de la comunicación de masas, desde los medios impresos (panfletos, periódicos, revistas, libros), pasando por el telégrafo, se encuentran en los medios características, fines identificables de la comunicación, como de información, de propaganda, conocimiento, de difusión. Esta parte de los medios se distingue por su capacidad de delimitar su frontera, el contorno de los diferentes dibujos sociales, y por la creación de una cierta conciencia en la directriz de los medios.

Los primeros bocetos de una sociedad mediática disímil e inasible se pueden obtener de principios del siglo XX, el radio en los 20’s y la televisión en los 40’s [1], desde este momento la sociedad sería alcanzada en muchos de los espacios que antes no eran representativos o pertenecían a la esfera de lo ausente. Para que ello ocurriera debería primero transformarse también la concepción de la ausencia. Esta transformación no provino directamente de los medios masivos de comunicación, sino de corrientes artísticas y perspectivas filosóficas.

El Surrealismo como decía Octavio Paz, es una de las enfermedades del espíritu del siglo XX, por supuesto que sus palabras traman y encierran una paradoja. En un siglo abortado por las guerras, por el agotamiento humano, por un sistema que agobia la vida y el alma, el arte se presenta como la ropa subversiva que indirectamente porta el cuerpo de ese siglo, es una enfermedad que representa cierta salud. Gran parte de ese arte estuvo dirigido hacía la negación, incluso la negación del mismo arte. La negación como lo ha dicho Albert Camus implica una postergación como presencia, el no aparece lo desaparecido. Las nociones de rebeldía herencia del Surrealismo y el Dada aparecen entroncadas directamente con el sistema social a través de la lucha y la resistencia, mientras que en el romanticismo, éste aparece distanciado de la realidad social, el juego consistía en abismarse a las regiones más lejanas del ser humano: sueños. En el siglo XX el silencio, la sombra, la ausencia, se convierten en un lugar apropiado para existir. Más tarde los media adoptarán esas figuras para transformar en otro sentido a la sociedad, por ejemplo: la ausencia como parámetro de relación con el otro. Algo que metafóricamente no está dice cómo se debe estar.

Esa reaparición, diríamos del deseo, que el arte inaugura, transforma a los medios más tarde, cuando éstos se convierten en el zócalo del sistema y de cierto monopolio económico, pasando de ser dibujo de lo social a dibujantes de lo social. Al igual que en los viejos pueblos donde las construcciones arquitectónicas se construían alrededor de la iglesia, los medios de comunicación por su alcance, por las figuras y las formas de penetrar en la sociedad, se vuelven algo similar a una iglesia simbólica donde a su alrededor se construyen los edificios subjetivos que guían las nuevas relaciones.

El surgimiento de la presencia de los medios como dibujante de lo social está ligado a dos procesos: el proceso de la individualidad y, por consecuencia, la distanciación de las relaciones.

La individualidad es un fenómeno cultural que tiene sus raíces en la aparición de formas de vida moderna generadas en gran medida por el sistema capitalista: el deseo de acumulación, la desigualdad económico-social, formas de poder y control hasta antes no identificables, nuevas concepciones en el uso del cuerpo, del espacio y del tiempo. Sin embargo, estas formas de vida no tendrían ningún sentido sino fueran mostradas, matizadas por los media. Los medios comienzan a distribuir códigos semióticos por medio de los cuales la sociedad se va ha vestir. En este sentido el otro comienza a jugar un papel decisivo en la mediatización [2]. Ahora bien, la individualidad sólo puede ser entendida a partir de la transformación de los modelos generadores de identidad, como son la familia, la comunidad, e incluso el Estado; y de la aparición de formas emergentes de agrupación, como la pandilla, la banda, los clanes, neotribus diría Maffesoli. Los medios tienen un impacto cultural en tanto transforman los códigos por medio de los que se configura la identidad.

Pero, ¿quién es el otro si no hay otro? Hay dos formas de representar a ese otro, ambas están ligadas a la construcción de otra forma de desear. Primero está un otro ficticio, prototípico, construido por los medios, sobre todo por los de la industria del entretenimiento: el héroe (con características míticas), el valiente, la seductora, y más. En efecto, es la seducción la que opera bajo los personajes, así, el desear por mí mismo es sustituido por el desear a través del otro.

En un hermoso libro no tanto por su carácter literario sino por la idea que esboza, René Girard en Mentira romántica y verdad novelesca, habla del papel del medio como punto que triangula la relación entre el individuo y el deseo. La tesis de Girard postula que el medio es el otro, otro que representa una forma de desear, de tal manera que sólo deseamos lo que el otro desea. La literatura contiene grandes ejemplos sobre esto, el deseo a partir del otro aparece en las novelas de Cervantes, de Flaubert, de Stendhal, de Proust, de Dostoyevski, entre muchos más. En todos ellos hay un ímpetu en los personajes por imitar a otros personajes, y sería lógico decir que en todos los escritores hay un ímpetu por crear personajes que imitan a otros personajes.

“Hablaremos de mediación externa cuando la distancia es suficiente para que las dos esferas de posibilidades, cuyos respectivos centros ocupan el mediador y el sujeto, no entren en contacto. Hablaremos de mediación interna cuando esta misma distancia es suficientemente reducida para que las dos esferas penetren, más o menos profundamente, la una en la otra”. [3]

Los medios de comunicación construyen un conjunto de deseos en un otro mediático, ficticio, de tal forma que el desear siempre queda determinado por el deseo del otro. Este otro siempre es una mediación externa en el sentido de que no es participante, no participa en la construcción de ese deseo, como ejemplos es latente el cine, las series de acción televisiva, las novelas, etc.

En cuanto a la mediación interna, aparece siempre la figura de un otro incluido, participativo en la esfera de lo mediático, por ejemplo, los reality Shows, los video concursos. Volvemos a la hipótesis de la inclusión de los media. Los medios incluyen a otro real, incorporan sus diferencias para mostrarlas como tipos ideales, como ejemplos de logros sociales, de posibilidad, aunque la posibilidad sea en gran medida cuestionable. Aquí el otro no es ficticio, es real, lo ficticio es su paso por el medio, la proyección que hacen de él.

La transformación del espacio se hace presente. Mientras en la mediación externa la distancia era la base de la relación, es decir, el espacio existía como un fenómeno pasivo, estable, uniforme, donde los individuos expuestos a los medios pertenecían a un rol social de espectador; en la mediación interna el espacio comienza a disgregarse, por no decir desaparece. Entra en juego el individuo compenetrándose con las mecánicas de funcionamiento de los medios: en la T.V. por ejemplo, se participa llamando, votando, eligiendo, concursando, o en el último de los casos sabiendo que los individuos que aparecen no son actores, sino personas cotidianas, lo cual hace más seductor el espectáculo. Aunque este fenómeno parece propio de la televisión es extensivo a medios de comunicación cibernéticos, como en los Web blocks, algunos periódicos on line, o en la misma red a través de juegos como MUD’s y metamundos. La participación es un dispositivo que detona nuevas formas de control, de dominio y de expectación.

Al análisis de Foucault sobre el control del panóptico se le han unido tres figuras más de control: la sociedad de control señalada por Gilles Deleuze a través del “monstruo semiótico”, más adelante se abunda sobre esta figura ya que emparenta con un concepto de Marc Guillaume y Jean Baudrillard; la velocidad que desde la perspectiva de Paul Virilio se vuelve una liberación. La velocidad libera de los territorios, tierra, cuerpo, piel, pensamiento, sentimiento. La falta de territorio es una gran forma de control, ya que los medios actúan sobre individuos sin una identidad o por lo menos sobre una identidad fragmentada. Esta última idea pienso fue alimentada por el filosofo Levinas cuando hablaba de la “desterritorialización”. La posmodernidad es el lugar de las desterritorializaciones en todos los sentidos, despojo de la lengua de identidad para hablar un lenguaje común (ingles), despojo del cuerpo para inmersarse en los procesos de comunicación (internet), despojo de la identidad para relacionarse de manera virtual (la política, la economía). Por último, está la figura de Baudrillard, la estrategia viral de control, que responde a los virus por medio de los cuales se instaura el temor como control. Recordemos el reciente documental de Michel Moore BOWLING FOR COLUMBINE, donde lanza una serie de hipótesis sobre el terror como medio de control. El terrorismo en el caso actual del tema, se esta convirtiendo en una especie de virus, no porque lo sea, sino por la forma de proyectarlo, de asumirlo: se controla a la sociedad para tratar de controlar el terrorismo, igual que con el SIDA, se controla el cuerpo, sus excreciones, el sexo, a través de códigos morales, de mitos, de procesos de exclusión, para tratar de controlar el virus.

Si bien el control está presente en los procesos mediáticos y determina en gran medida transformaciones sociales profundas, el paso de una sociedad expectativa a una participativa se debe en gran medida a un debilitamiento de las formas mediáticas, y sería muy arriesgado de decir que por un aumento de conciencia social, está hipótesis sería un gran reto de investigación. Para que la participación sea posible es necesario un proceso de inclusión, no democrática, ni política, sino ilusoria y ficcional. Para ello los medios incorporan elementos de otros cuerpos. El arte, como ejemplo, es retomado, devorado: figuras lingüísticas, figuras visuales, parámetros estéticos, entre más, comienzan a aparecer. Esto acarrea un debilitamiento del arte, lo mismo ocurre con el pensamiento. Paul Ricoeur en su libro La metáfora viva habla del proceso donde el lenguaje por medio de la secularidad social del habla se va muriendo, la metáfora también es un animal en peligro de extinción, su importancia radica en ejercer un puente entre el conocimiento y el humano, otra forma de decir lo dicho o lo no dicho. La metáfora es parte del arte, la desaparición de uno conlleva al otro. La metáfora viva proviene sobre todo del arte y la filosofía, si éstos aparecen en decadencia, por consecuencia, todas las estructuras sociales también aparecen en decadencia por falta de formas de entender la realidad, de recrearla.

También gran parte de los movimientos contraculturales son absorbidos, modas, lenguajes, estereotipos, comportamientos. Los medios adoptan la cotidianidad constantemente, la trasladan a un nuevo espacio donde se vuelve “sobrecotidianidad”, retomando a Marc Auge de su concepto “sobremodernidad”, es decir, donde adquiere un exceso de significado que se convierte en “no lugar”, un espacio sin espacio. La problemática de los medios está latente y como diría Girard: “Todo lo que procede de este mediador es sistemáticamente despreciado, aunque siempre sea secretamente deseado. Ahora el mediador es un enemigo sutil y diabólico: intenta despojar al sujeto de sus más queridas posesiones, se opone obstinadamente a sus más legitimas ambiciones”. [4]

 

Segundo: el dibujo de la ausencia

“La idea actual de que todo el sistema actual de la comunicación descansa sobre una operacionalidad que consiste en la desconexión de lo que llamamos facticidad; es decir, ya no hay que creer, ni querer, ni poder, ni saber. Todas estas funciones, o categorías del sujeto o de la acción, han sido retomadas por una especie de modelación que consiste en hacer creer, hacer querer o hacer saber, que una información es hacer saber, que la comunicación es hacer creer, hacer saber”. [5]

La facticidad es el elemento de desconexión del sí mismo a través de un ejercicio de simulación. Si la simulación es desconectarse, entonces los mecanismos de relación que generan alteridad desaparecen, ya que tanto el yo como el otro son apariencias, no se podría decir que es un proceso de desnudez sino uno de revestimiento, el del “hacer”.

Esta desconexión comienza en formas de comunicación como el teléfono y otras que Guillaume señala: la carta anónima, el graffitti. Se puede señalar la espectralidad como uno de los rasgos distintivos de las relaciones mediáticas. La espectralidad implica un distanciamiento, una desconexión. Las relaciones fantasmales obedecen a una paradoja: mientras más acotan la distancia los medios entre los individuos, más distancia se crea en las relaciones tête-à-tête. En el fondo hay un juego de identidad simulada que se va creando por medio del anonimato. En una sociedad cruzada por lo virtual sólo queda simular quién soy. Esa simulación implica el dibujo de una desaparición.

El anonimato comienza con la cirugía estética que los medios muestran, una espacie de alineación con respecto a los prototipos mediáticos: el otro ficcional y el otro incluido-simulado. La cirugía estética es sugerida en el fondo por el espectáculo visual, por la fidelidad sonora, por la digitalización. Se sugiere bajo formas de ser, de pensar, de sentir, de vestir, de actuar. El espectro de la facticidad vuelve a aparecer. Se trata de hacer desaparecer todo acto de acción por sí mismo, todo acto de deseo por sí mismo, se hace lo que el otro hace, se desea lo que el otro desea. Se trata de hacer desaparecer toda imperfección de sí mismo, la cirugía estética del rostro, del cuerpo, del pensamiento, del lenguaje, de los paisajes, de los lugares. La imperfección como una de las formas de alteridad, ya que la imperfección indica la diferencia: la imperfección es una forma de perfección. Hay pues una perdida de alteridad, la alteridad de la diferencia, sin esa diferencia lo que queda son unas relaciones espectrales, el dibujo de la ausencia de la presencia.

“Lo mismo ocurre con las otras cirugías estéticas, como las practicadas en la naturaleza, en los espacios verdes, donde se elimina el aspecto negativo para que no quede más que el modelo ideal. En todas partes, entonces, hay un modelado del cuerpo, de la voluntad, del sexo. ¡Podríamos incluso imaginarnos un instituto de cirugía zodiacal, en donde fuera posible rehacer el signo a fin de que no desentonara con la imagen!” [6]

En efecto, la homogeneidad borra las diferencias a través de un proceso conversión del yo en otro, hasta que se confunde en relaciones de otro-otro o mismo-mismo o yo-yo, siempre es igual, siempre lejos de desconocer. El otro siempre es un monstruo, un ser marginal, extranjero.

Gilles Deleuze habla de “Monstruo semiótico”. El concepto nos habla de una doble representación: de imagen y figura. En la primera están implicados la mirada, el ojo y la percepción, en el segundo la representación de las imágenes. En este sentido el monstruo siempre representa una parte de la criminalidad, por lo menos desde el siglo XIX y el siglo XX.

“La noción de monstruo es esencialmente una noción jurídica - jurídica en el sentido amplio del término, claro está, porque lo que define al monstruo es el hecho de que, en su existencia misma y su forma, no sólo es violación de las leyes de socialidad, sino también de las leyes de la naturaleza -“. [7]

Lo monstruoso visto desde los medios contiene dos vertientes. Por un lado se localiza lo que de alguna forma ya se señaló. Los medios ejercen una relación monstruosa en el sentido de que proponen una violencia simbólica que daña directamente a las leyes de la socialidad, la desaparición del sentido del otro, o la propuesta de desear a través del otro que es lo mismo, conllevan más allá de las relaciones espectrales, relaciones monstruosas.

Por otro lado, al desaparecer los principios generadores de alteridad como pueden ser las diferencias en todos los sentidos (proceso de alineación), provocados principalmente por los medios de comunicación modernos, generan figuras de diferenciación que podemos denominar monstruosas: el otro es indígena, negro, marginado, extranjero, etc. Todo aquel que atenta contra los marcos de alineación es monstruo porque atenta contra las leyes de la socialidad. Y mientras formas que antes eran monstruosas son adaptadas, se van generando otras especies de monstruos. Por ejemplo los programas llamados “Reality Shows”, en los Estados Unidos hay formas monstruosas que ya son adaptadas en esos programas, desde la proyección del cuerpo hasta relaciones de sexo explicito, y más, la exposición de la subjetividad del sujeto. El monstruo moral del que Foucault habló y señaló como característico de finales del siglo XIX y principios del XX, hoy es una premisa más que detona la facticidad: hacer lo que el otro hace.

También se puede hablar de lo monstruoso en el sentido visual, con la cirugía estética el reino de las imágenes se ha vuelto monstruoso, desde el cine, pasando por la televisión, hasta la realidad virtual la sociedad convive en un espacio de la imagen. Una imagen altamente matizada, desvestida de sentido, de cosmovisión, aunque detrás no exista cuerpo. ¿Y qué es una imagen sin cuerpo? Es un bulto sin trasfondo, sin consistencia, sin sombra. Ya Octavio Paz había hablado de la desaparición de la imagen como representación del mundo y la realidad. Las imágenes mediáticas sobre las cuales flotamos no buscan representar el mundo y la realidad, ni siquiera las imágenes urbanas compuestas por los rascacielos. Hay incluso una desvinculación del paisaje con las formas de ver, de percibir, aunque en el fondo la forma de ver está relacionada con la forma de vivir.

“Si el mundo, como la imagen, se desvanece, una nueva realidad cubre a toda la tierra. La técnica es una realidad tan poderosamente real - visible, palpable, audible, ubicua - que la verdadera realidad ha dejado de ser natural o sobrenatural: la industria es nuestro paisaje, nuestro cielo y nuestro infierno”. [8]

Las imágenes son monstruosas porque indican una frontera, están en la frontera de la violentación de la presencia del mundo y la realidad: son virtuales en la forma de mostrar, de simular un espacio de significado que ya no existe. El otro a través del cual se desea: él: modelo, es sólo una imagen virtual arquitectónicamente construida sobre el terreno de la posmodernidad. Todo pasa por ese sentido de la imagen virtual: la apariencia de que así es, la ilusión de que así es. La intimidad exiliada de la subjetividad gracias a lo virtual, se muestra según el deseo del otro, de la imagen del otro. Como dice Baudrillard, la imagen ya no imagina la realidad porque ella misma lo es.

 

 

Notas:

[1] Para ver estos datos así como las perspectivas teóricas sobre estos cambios mediáticos puede observarse el libro Teorías de la comunicación de masas, de M. L. Fleur y S. J. Ball-Rokeach. Editado por Paidós de comunicación en 1994. pp. 47-71.

[2] Es importante resaltar el papel de los medios de comunicación en relación al problema de la alteridad. Si bien la alteridad es un problema antropológico, desde los procesos de comunicación telefónica, pasando por los entornos visuales (publicitarios, televisivos), hasta los espacios virtuales de comunicación (internet, ciberespacio), el individuo ha ido despojándose de las formas de comunicación clásicas (orales, míticas), para dar paso a relaciones distantes. El mayor impacto de los medios de comunicación se localiza en las relaciones entre unos y otros. La sociedad de la información bien podría llamarse la sociedad de la desaparición.

[3] Girard René, Mentira romántica y verdad novelesca. Editorial Anagrama. Barcelona, 1985. p. 15.

[4] Ibidem. P. 17.

[5] Jean Baudrillard y Marc Guillaume, Figuras de la alteridad. 2000. p. 85.

[6] Ibidem. P. 87.

[7] Michel Foucault, Los anormales. 2001. p. 61.

[8] Octavio Paz, Los signos en rotación y otros ensayos. 1971. pp. 315-316.

 

Bibliografía:

AUGE, Marc. Los no lugares. Espacios del anonimato. (Una antropología de la sobremodernidad). Gedisa, Barcelona. 2000.

BAUDRILLARD, Jean y GUILLAUME, Marc. Figuras de la alteridad. Taurus, México. 2000.

DELEUZE, Gilles y Feliz Guattari. El anti-edipo. Ediciones Paidós, Barcelona. 1985.

FOUCAULT, MIchel. Los anormales. Fondo de Cultura Económica, México. 2001.

GIRARD, René. Mentira romántica y verdad novelesca. Editorial Anagrama. Barcelona, 1985.

LEVINAS, Emmanuel. La huella del otro. Taurus, México. 2000.

MAFFESOLI, Michel. El tiempo de las tribus. Icaria, Barcelona. 1990.

PAZ, Octavio. Los signos en rotación y otros ensayos. Editorial Alianza, Madrid. 1971.

VIRILIO, Paul. La velocidad de la liberación. Ediciones Manantial, Buenos Aires. 1995.

 

© José Alberto Sánchez Martínez 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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