El género literario como juego de lenguaje

Dr. Víctor Escalante
viresc@nuyoo.utm.mx

Universidad Tecnológica de la Mixteca
México


 

   
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Nuestra concepción del lenguaje determina fuertemente nuestro acercamiento al problema de definir a los géneros literarios. Como presupuesto de cualquier interpretación acerca de lo que define a los géneros literarios se encuentra una noción de lo que es el lenguaje. Así por ejemplo, pensar al lenguaje como entidad y no como proceso, como un medio que se encuentra entre el yo y la realidad, y que es capaz de representar correctamente a ésta, entraña la creencia metafísica en las esencias, y con ello en la esencia de los géneros literarios. Por el contrario, cuando junto con el Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas, concebimos al lenguaje como una red inacabable de juegos de lenguaje, dejaremos de percibir la posibilidad o pertinencia de formular y responder la pregunta de qué sean los géneros literarios en términos de esencias.

Encontrar la esencia de un género determinado o, lo que es igual, “definirlo de una vez por todas”, resulta sumamente problemático. La dificultad nace, me parece, de una característica confusión filosófica de Occidente. Dice Wittgenstein que:

Las preguntas “¿qué es una longitud?”, “¿qué es un significado?”, “¿qué es el número uno?”, etc. producen en nosotros un espasmo mental. Sentimos que no podemos señalar nada para contestarlas y, sin embargo, tenemos que señalar a algo. (Nos hallamos frente a una de las grandes fuentes de confusión filosófica: un sustantivo nos hace buscar una cosa que le corresponda). (2003: 27)

La dificultad en nuestro intento por definir a un género literario se disolverá si en lugar de intentar responder a la pregunta de qué sea un género determinado, buscamos responder a la pregunta de en qué consisten las prácticas concretas de escribir y leer obras pertenecientes al género en cuestión. El cambio parece trivial, pero no lo es; las consecuencias son radicales.

La gran riqueza teórica e interpretativa de los conceptos wittgensteinianos de “forma de vida” y “juego de lenguaje” orienta la sustitución propuesta.

Para el Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas, el lenguaje puede verse “como una vieja ciudad: una maraña de callejas y plazas, de viejas y nuevas casas, y de casas con anexos de diversos periodos; y esto rodeado por un conjunto de barrios nuevos con calles rectas y regulares y con casas uniformes” (1988: 31). Esta metáfora topográfica sugiere, entre otras aportaciones, el carácter continuo del lenguaje. Es decir, no existen prácticas lingüísticas sin conexión con el resto de las prácticas lingüísticas; en otras palabras: el lenguaje carece de huecos o discontinuidades.

Esta concepción del lenguaje como un continuo revela con bastante claridad el carácter artificioso que constituye la parcelación del lenguaje en géneros (discursivos, literarios, de palabras u otros cualesquiera); pues como escribe Wittgenstein, “cómo agrupemos las palabras en géneros dependerá de la finalidad de la clasificación -y de nuestra inclinación. Piensa en los diferentes puntos de vista desde los que pueden clasificarse herramientas en géneros de herramientas. O piezas de ajedrez en géneros de piezas” (1988: 31). Así pues, siendo el lenguaje continuo, cualquier juego de lenguaje (como por ejemplo los de contar, escribir o leer una historia fantástica) puede ser vinculado con cualquier otro (como los de contar, escribir o leer una historia policíaca). En una ciudad, para continuar con la imagen wittgensteiniana, siempre podemos ir de un sitio a otro tomando diversos caminos.

Pero en realidad, para Wittgenstein no existe tal cosa como “el lenguaje”, sino una variedad innumerable de juegos de lenguaje relacionados entre sí por semejanzas de familia.

¿Pero qué son los juegos de lenguaje? Escribe Wittgenstein: “Llamaré también « juego de lenguaje » al todo consistente en el lenguaje y las acciones con las que está entrelazado” (1988: 25), y más adelante: “La expresión « juego de lenguaje » debe poner de relieve aquí que hablar el lenguaje forma parte de una actividad o de una forma de vida” (1988: 39).

En la concepción wittgensteiniana, el lenguaje no es el intermediario entre el sujeto cognoscente y la realidad, mediante el cual es posible representar a ésta. No es una entidad, sino un proceso. Los humanos aprehendemos al lenguaje en la interacción social, por la relación con los otros. El lenguaje no es un conjunto innumerable de palabras-etiquetas que se pegan a las cosas del mundo para referirlas, pues el significado no está dado de antemano sino que emerge de los contextos; el significado está en el uso; y éste es aprendido por los vástagos y enseñado por los progenitores. La corrección o incorrección de lo que se diga en un lenguaje depende de reglas que no son formuladas por el individuo; pertenecen a la comunidad que usa el lenguaje; de aquí que el lenguaje no pueda ser privativo de un individuo; es la comunidad, y el individuo como parte de ésta, quien lo genera. De aquí que la existencia de lenguajes privados no sea posible y la noción de forma de vida necesariamente remita a un modo de vivir en un conjunto social.

Así pues, para Wittgenstein existe una conexión interna, necesaria y natural, entre el lenguaje y las actividades de los humanos; la vida de la gente y su lenguaje (los juegos de lenguaje que juega) están íntimamente relacionados, al grado de que es imposible separarlos.

Como parte de la serie innumerable de los juegos de lenguaje, Wittgenstein menciona los siguientes:

Dar órdenes y actuar siguiendo órdenes

Describir un objeto por su apariencia o por sus medidas

Fabricar un objeto de acuerdo con una descripción (dibujo)

Relatar un suceso

Hacer conjeturas sobre el suceso

Formar y comprobar una hipótesis

Presentar los resultados de un experimento mediante tablas y diagramas

Inventar una historia; y leerla [el destacado es mío]

Actuar en teatro

Cantar a coro

Adivinar acertijos

Hacer un chiste; contarlo

Resolver un problema de aritmética aplicada

Traducir de un lenguaje a otro

Suplicar, agradecer, maldecir, saludar, rezar. (1988: 39-41)

Dado que usar el lenguaje equivale a jugar uno o varios juegos de lenguaje, y que el uso sólo puede ser contextual, es decir, las situaciones humanas son impensables como algo determinado de una vez por todas según un plan universal previamente elaborado, es que debemos concluir que ciertamente los juegos de lenguaje son innumerables. Así que siendo la serie de juegos de lenguaje indefinida, sólo nos será posible establecer géneros según nuestras inclinaciones; dicho de otro modo, seremos capaces de establecer vínculos entre los innumerables juegos de lenguaje según las semejanzas que podamos encontrar entre ellos.

En su examen de lo que la noción de juego pueda referir, Wittgenstein destaca que no nos será posible encontrar algo común (característica invariante) a todos los procesos que los humanos hemos dado en reconocer como juegos, dado que conforme introducimos en nuestras comparaciones diversos juegos, ocurre que “los parecidos surgen y desaparecen” (1988: 87) constantemente. En la búsqueda de “la esencia” de la noción de juego nos hemos topado, dada la constitución del lenguaje como una red inacabable de juegos de lenguaje, con “una complicada red de parecidos que se superponen y entrecruzan. Parecidos a gran escala y en detalle” (1988: 87).

Para Wittgenstein, la mejor forma de caracterizar estos parecidos es con la expresión “parecidos de familia”, “pues es así como se superponen y entrecruzan los diversos parecidos que se dan entre los miembros de una familia: estatura, facciones, color de los ojos, andares, temperamento, etc., etc. Y diré: los ‘juegos’ componen una familia” (1988: 87-89). No es indispensable, para poder hacer un uso acertado de la noción de juego de lenguaje, ser capaces de proporcionar su definición: “« Pero si el concepto de ‘juego’ está de tal modo falto de delimitación, entonces no sabes en realidad lo que quieres decir con ‘juego’ ». Si doy la descripción: « El suelo estaba completamente cubierto de plantas » ¿querrás decir que no sé de qué hablo mientras no pueda dar una definición de planta?” (Wittgenstein, 1988: 91).

Inventar una historia y escribirla es, con pleno derecho desde la perspectiva wittgensteiniana del lenguaje, un juego de lenguaje. Por supuesto, a partir de la permanente puesta en práctica de este juego podríamos establecer conjuntos con elementos en los que descubriéramos parecidos de familia, e identificar a tales conjuntos como los distintos géneros literarios, sin que por ello estuviéramos obligados a proporcionar las definiciones de los conjuntos formados. Así por ejemplo, podríamos conformar a uno de dichos conjuntos con las obras reconocidas como fantásticas por nuestra comunidad hermenéutica y considerar que el conjunto representa al género fantástico, aunque no deberíamos considerar que por ello hemos encontrado o dado con la esencia o definición que corresponda a la noción de literatura fantástica, pues los parecidos aparecen y desaparecen constantemente según sea la serie de obras que consideremos en el conjunto.

No considerar al lenguaje como una inacabada e inacabable red de juegos de lenguaje puede acarrear nuestro extravío en una “selva lingüística” por la que habremos de transitar confundidos:

Quien no tenga a la vista la multiplicidad de juegos de lenguaje, quizá se vea inclinado a preguntas como ésta: « ¿Qué es una pregunta? » ¿Es la constatación de que no sé esto y aquello o la constatación de que quisiera que el otro me dijera...? ¿O es la descripción de mi estado mental de incertidumbre? ¿Y es el grito « ¡Auxilio! » una descripción de esta índole? Piensa en cuántas cosas heterogéneas se llaman « descripción »: descripción de la posición de un cuerpo por medio de sus coordenadas; descripción de una expresión facial; descripción de una sensación táctil; de un estado de ánimo. (Wittgenstein, 1988: 41)

De la misma manera nosotros, si olvidamos la condición innumerable de la serie de los juegos de lenguaje, nos podríamos sentir tentados a elaborar y responder la pregunta de qué sea determinado género literario, en lugar de considerar a la pregunta de en qué consisten tales o cuales prácticas de hacer literatura, que es otra forma de inquirir por los juegos de lenguaje implicados. Dichas prácticas, lo mismo que ocurre con la noción de descripción, resultarán heterogéneas, pero al mismo tiempo nos será posible establecer parecidos de familia entre ellas.

Quizá la principal aportación a nuestro entendimiento de los géneros literarios que podamos extraer de la noción wittgensteiniana del lenguaje como una red inacabable de juegos de lenguaje, sea la de reconocer la inutilidad o imposibilidad de encontrar las definiciones esenciales de los distintos géneros, pues estos no existen si no es como prácticas concretas interrelacionadas y siempre cambiantes. Dicho de otro modo: la literatura es una vasta red de obras entre las que es posible establecer complejas relaciones de semejanzas y diferencias, y aunque esto nos permite establecer conjuntos a los que podríamos reconocer como los géneros literarios, no nos será posible postular nunca características invariantes esenciales de dichos conjuntos. Cualquier obra reconocida como perteneciente a un determinado género por una comunidad interpretativa, puede ser más o menos parecida (o diferente) a cualquier otra obra, sea ésta reconocida como del mismo género o no.

Siempre nos será posible establecer relaciones de semejanzas y diferencias entre todas las obras producidas, dado que se encuentran en el inacabable espacio continuo de los juegos de lenguaje. Todo esto entraña que no nos será posible encontrar las definiciones de los distintos géneros literarios de una vez por todas e identificar a las obras que puedan pertenecer claramente a cada uno de ellos en función de dicha definición; pero lo que sí nos queda como posibilidad discursiva es la de jugar los juegos de lenguaje de la descripción.

Un género literario determinado no parece ser una entidad definida y acabada, perfectamente distinguible del resto de la producción literaria, sino tan sólo la designación de un conjunto borroso, nunca cerrado, de obras literarias que participan en mayor o menor medida de múltiples y entreveradas características compartidas, las cuales justamente les confieren a aquéllas la condición de pertenencia al mismo conjunto. Dicho conjunto se encuentra en permanente recomposición y nunca queda perfectamente definido porque la presencia de las propiedades nunca es exactamente la misma en todas y cada una de las obras.

En este entendimiento de la cuestión, dentro del cual se concibe a toda la producción literaria como emparentada, y en el que cada obra se encuentra en un espacio continuo (la literatura) que la vincula con el resto de las obras literarias, no cabe establecer diferencias de esencia genérica entre las obras, sino tan sólo relaciones de cercanía o distancia, de semejanzas y diferencias. De esta manera, una obra determinada posee ciertas características que comparte o la emparentan con tal o cual conjunto de obras, y al mismo tiempo es posible identificar en ella otras características que la distancian del conjunto y la acercan a otro.

Con este modelo de interpretación es fácil asumir que la condición genérica de una obra es una manifestación de grados y no de esencias, de modo que es posible concebir que una obra reúna elementos asociados a un género específico junto con otros que no serían considerados como propios de dicho género por las comunidades hermenéuticas implicadas en la identificación.

Obras citadas

Wittgenstein, Ludwig, 2003. Los cuadernos azul y marrón (1957), trad. Francisco Gracia Guillén, 3ª ed., Madrid, Tecnos.

----- 1988. Investigaciones filosóficas (1953), trad. Alfonso García Suárez y Ulises Moulines, México/ Barcelona, IIF-UNAM/ Crítica.

 

© Víctor Escalante 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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