Espéculo

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Marta López-Luaces

Las lenguas del viajero

            

 

Yo no estoy aquí: devenir en desarraigo

Joaquín Mª Aguirre Romero
Universidad Complutense de Madrid

Una parte importante de la poesía contemporánea descubrió, hace ya bastantes décadas, que la condición lírica no era tanto hablar del “yo”, algo difícil de describir como entidad estable que contempla el mundo y describe lo que siente, sino que, por el contrario, el yo adquiría su condición más visible al decirse en su desplazamiento hacia los márgenes. En última instancia, el yo es un contraste. Había que descentrar al yo para poder percibirlo. Por decirlo de una manera gráfica, la bola negra adquiere su identidad y la conciencia de su “negredad” en el saco de la bolas blancas. Poéticamente, esto quiere que el yo poético no descubre el mundo, sino que se descubre en el mundo y que esta percepción será tanto más intensa cuanto mayor sea el contraste entre el ser poético y lo que le rodea. La poesía no es sensibilidad, sino dificultad: el problema de decirse. El poeta es un intento de discurso a la deriva.

Exilio (Hölderlin, Joyce), extranjería (Camus), otredad (Rimbaud), “viajero” en el caso de Marta López-Luaces, son fórmulas que abundan en el mismo sentido: no podemos mirarnos directamente, sino forzarnos en el contraste para poder percibirnos; nuestro ser es difuso y se manifiesta en el extrañamiento (“mi exilio / nació conmigo”, Del verbo amar, p. 22). Esto supone concebir el mundo como espejo, no en el sentido stendahliano del realismo, sino más bien en el de las sombras platónicas. Ahora bien, nuestra versión posmoderna del platonismo da plena consistencia a la Sombra y sin, embargo, anula la Idea. En el caso del poeta, el espejo en el que se mira es la lengua, su lengua, que en la obra que comentamos es una lengua desplazada y sometida a la distorsión del extrañamiento, de la lejanía de lo aparentemente propio y que se descubre artificio. Una de las mejores y más bellas conceptualizaciones de esto en la obra lo encontramos en el verso repetido en uno de los mejores poemas del libro: devenir en desarraigo (Deshabitar la casa, II, p. 33). El comienzo del poema no puede ser más expresivo en su contundencia: “Desalojar una historia /despojarse de un paisaje”, en donde el corrosivo uso de los verbos destapa el drama de esta situación de la condición humana. Habitamos en la historia y nos visten los paisajes; se nos expulsa de nuestra historia (somos desalojados de nuestra historia-hogar-refugio) y se nos desnuda del mundo que nos rodea, auténtico vestido del alma, expulsándonos.

En el plano de la interpretación general, entendemos que a diferencia de otras propuestas poéticas en las que el exilio se arropa con su correlato, la nostalgia, ya de sea de patria o de edén perdido (o la síntesis de ambas), Marta López-Luaces da un paso más en el reconocimiento de esa condición como un devenir y no tanto como una pérdida. A diferencia también de otras propuestas poéticas en las que el Lenguaje se considera “la casa del ser” (Heidegger) a la que se regresa, también la autora ofrece una propuesta personal ya que la lengua no es ser, sino espejo (y espejo imperfecto) en la medida en que es la que permite el contraste del extrañamiento. No se cae así en la inhumanidad hacia la que ha derivado cierto tipo de poesía. En este sentido, puede leerse en el poema “Solsticio de Verano (II)”: Pero el lenguaje no es inocente: / entierra/ en la inexactitud de la traducción / la representación de un rito. // El lenguaje siempre es culpable, / pero ya no hay Dios para su castigo (p. 41). En un mundo globalizado e interconectado, las diferencias espaciales pierden su capacidad de contraste en beneficio de las diferencias lingüísticas; la traducción pasa a ser metáfora de la propia vida. El viajero no solo viaja de un lugar a otro, sino de una lengua a otra. Y tras ese viaje, de una metáfora a otra, archipiélago de imágenes, ser disperso al que solo da unidad el mapa, trascripción de la realidad.

La obra está dividida en cuatro partes: Las lenguas del exilio (8 poemas), Periplo (8 poemas), El exilio y la ciudad (3 poemas), y Las metamorfosis (5 poemas), precedidas por un texto de Arturo Casas que sirve de introducción. Como puede apreciarse desde los mismos títulos de cada una de las partes, todas ellas plasman la idea del desplazamiento, ya sea espacial, lingüístico o del ser (metamorfosis).

Un poemario diverso y rico, lleno de sugerencias y hallazgos. Poesía del devenir y del desarraigo. Un viaje en que la autora se resiste a la nostalgia y se enfrenta, en última instancia, a sí misma, al nuevo-viejo ser surgido del traslado, desprotegido de mitos y ritos. La vida tal como es.

3/09/2005

 

© Joaquín Mª Aguirre Romero 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2005