Melancolías de la calle*

Jesús Villalta Lora

Universidad Complutense de Madrid


 

   
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El 19 de octubre se conmemoró el 91 aniversario del nacimiento del polifacético artista brasileño Vinicius de Moraes, autor de ilustres canciones como “La chica de Ipanema”, a más de bellos poemarios, novelas, obras de teatro y artículos de crítica cinematográfica. Su primer libro de poesía, O caminho para a distância (Schmidt Editora, Rio de Janeiro, 1933), contiene un poema titulado “Rua da amargura”, cuyo análisis quisiera cotejar con la canción “Calle Melancolía” (Malas Compañías, 1980) de Joaquín Sabina:

A minha rua é longa e silenciosa como um caminho que foge
E tem casas baixas que ficam me espiando de noite
Quando a minha angústia passa olhando o alto.
A minha rua tem avenidas escuras e feias
De onde saem papéis velhos correndo com medo do vento
E gemidos de pessoas que estão eternamente à morte.
A minha rua tem gatos que não fogem e cães que nao ladram
Tem árvores grandes que tremem na noite silente
Fugindo as grandes sombras dos pés aterrados.
A minha rua é soturna…
Na capela da igreja há sempre uma voz que murmura louvemos
Sozinha e prostrada diante da imagen
Sem medo das costas que a vaga penumbra apunhala.
A minha rua tem um lampião apagado
Na frente da casa onde a filha matou o pai
Porque não queria ser dele.
No escuro da casa só brilha uma chapa gritando quarenta.

A minha rua é a expiação de grandes pecados
De homens ferozes perdendo meninas pequenas
De meninas pequenas levando ventres inchados
De ventres inchados que vão perder meninas pequenas.
É a rua da gata louca que mia buscando os filhinhos nas portas das casas.

É a impossibilidade de fuga diante da vida
É o pecado e a desolação do pecado
É a aceitação da tragedia e a indiferença ao degredo
Como negação do aniquilamento.

É uma rua como tantas outras
Como o mesmo ar feliz de dia e o mesmo desencontro de noite.
É a rua por onde eu passo a minha angústia
Ouvindo os ruídos subterrâneos como ecos de prazeres inacabados.
É a longa rua que me leva ao horror do meu quarto
Pelo desejo de fugir à sua murmuração tenebrosa
Que me leva à solidão gelada do meu quarto…

“Rua da amargura” es la tétrica descripción de una calle enferma de desesperanza, quebrada de luz y muerta de vida. La mirada angustiada y herida del poeta va tropezándose con lo que habita en su calle: todo es inhumano, y absurdo, y negro, y silencio. Los árboles de su calle temen la insonoridad de la noche porque vela su presencia, porque calla sus robustos cuerpos confundiéndolos en la nada. Los papeluchos de su calle huyen del viento porque conmueve su ánima quieta. Las niñas de su calle matan a sus padres porque las desean como amantes. La tristeza de su calle asfixia los ladridos y a los gatos. La iglesia de su calle abraza en su oscuro seno los ecos de una voz que suplica ilusión; sólo la amargura de la calle estremece los muros de la iglesia (trémulos como los de la iglesia de Auvers que pintó Van Gogh): todo es miedo, y pena, y horror, y muerte.

La pérdida es el alma de los habitantes de “Rua da amargura”. El fracaso su carne. La desgracia su destino.

La melancolía es para Joaquín Sabina la “calle donde vivo, enfermedad incurable, […] cerradura de la llave de los sueños, […] lágrima furtiva, patria de don nadie, casa del viudo, […] ojo del ciego, brazo del manco, oído del sordo, nostalgia del futuro” (El Mundo Magazine, Madrid, 27 de octubre, 2002). “Un perfume que le viene muy bien a una canción, porque la vida, en sí, es triste y acaba siempre con un fracaso, la enfermedad, la degeneración física y la muerte” (Diario 16, 31 de agosto, 1999). La concepción de la melancolía de Sabina casa entonces muy bien con el tono funesto del poema de Vinicius de Moraes. No obstante, en “Calle Melancolía” el desconsuelo es amoroso y no tan existencial como en “Rua da amargura”:

Como quien viaja a lomos de una yegua sombría,
por la ciudad camino, no preguntéis adónde.
Busco acaso un encuentro que me ilumine el día,
y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden.
Las chimeneas vierten su vómito de humo
A un cielo cada vez más lejano y más alto.
Por las paredes ocres se desparrama el zumo
de una fruta de sangre crecida en el asfalto.
Ya el campo estará verde, debe ser Primavera,
cruza por mi mirada un tren interminable,
el barrio donde habito no es ninguna pradera
desolado paisaje de antenas y de cables.
Vivo en el número siete, calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento a silbar mi melodía.
Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido,
que viene de la noche y va a ninguna parte,
así mis pies descienden la cuesta del olvido,
fatigados de tanto andar sin encontrarte.
Luego, de vuelta a casa, enciendo un cigarrillo,
ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama;
me enfado con las sombras que pueblan los pasillos
y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama.
Trepo por tu recuerdo como una enredadera
que no encuentra ventanas donde agarrarse, soy
esa absurda epidemia que sufren las aceras,
si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy.

El poeta vaga por la ciudad en busca de su amada, mas no la encuentra. Su ausencia ensombrece la paciencia del amante, perdiéndose así en los abismos de su memoria. Deambula desesperado por la urbe, anhelante de gozos y risas y abrazos. Sin embargo, la luz ya se ha fugado; el sentido de su vida es frustración pura: El poeta es un significante sin alma.

Esa frustración del poeta por no encontrar a su amada compasa con el espacio industrial de la ciudad, que lo aprisiona entre sus paredes de hollín y su cielo de antenas. Semejante sensación de cerramiento se pone de relieve en el verso “Ya el campo estará verde, debe ser Primavera”: El futuro “estará” tiene en este caso una acepción de sospecha, de suposición acerca del posible estado del campo. El poeta no sabe entonces cuál es su estado verdadero, sólo lo intuye desde las entrañas plúmbeas de la ciudad. Un silencio de duda se sucede tras la coma, pero enseguida el modal “debe” termina enfatizando las sospechas del poeta, aunque sin confirmarlas nunca. En consecuencia, la descripción lóbrega de la ciudad es un redoble que agrava la melancolía del poeta, errante por las ruinas de su nostalgia: La añoranza de la amada es el corazón de su pesar.

La crueldad de “Rua da amargura” ritma también con la angustia del poeta, la acentúa hundiéndola en la deprimente realidad. Su angustia empero es más abstracta que la melancolía de Sabina, la cual nace por la lejanía de la amada. La amargura de Vinicius de Moraes prorrumpe de un más allá desconocido. No se sabe así la causa de su congoja, quizá el dolor que arroja la vida. En definitiva, la calle no es en ninguno de los dos poemas el origen del malestar del poeta sino el complemento de ese malestar: la sombra de su sombra, la noche de su noche.

En “Calle Melancolía”, la casa del poeta es el destino final de un triste paseo de ida y vuelta (“Luego, de vuelta a casa…”) que empieza en algún lugar de la ciudad (“por la ciudad camino, no preguntéis adónde”), cruza por su barrio (“el barrio donde habito no es ninguna pradera / desolado paisaje de antenas y de cables”) y termina “en el número siete, calle Melancolía”. El poeta camina en pos de una búsqueda inútil, condenado a un eterno retorno. En “Rua da amargura”, el cuarto del poeta es también la última parada de un trayecto goyesco de ida y vuelta (“É a longa rua que me leva ao horror do meu quarto”), mas éste empieza en la misma calle donde vive. No se describen por tanto las etapas anteriores de su camino como en el poema de Sabina (ciudad-barrio-calle-casa); aunque las “avenidas escuras e feias” de su calle podrían leerse como parte del barrio misterioso en el que se ubica, con lo que igualmente se apreciaría el paso del barrio a la calle.

El poeta está castigado a perpetuar la misma ruta desde el mismo sitio. Su cuarto es entonces el espacio donde se refugia de la monstruosidad de la calle. La habitación de Sabina por el contrario, la excusa que socorre su aliento desilusionado. De esta manera, la inclemente realidad de “rua da amargura” es el verdugo que atormenta la sensibilidad del poeta, quien se recluye en su cuarto angustiado de tanto infortunio: la física deforme suplica su huida interior. En “Calle Melancolía”, las abortadas ansias de tacto del poeta precisan su inevitable vuelta a casa: la resignación fuerza su refugio. A pesar de ser distintas las causas por que regresan a casa, ambas habitaciones aíslan al poeta del exterior. Sin embargo, no serenan su actitud amarga, pues la soledad que las ciega intensifica la aflicción de los dos poetas. La apariencia sombría de la calle armonizaría más con la fisonomía tristona de éstos, y el aire solitario e íntimo de los cuartos con su espíritu obscuro.

La estructura de “Calle Melancolía” se caracteriza por el orden de su rima y el número de sílabas de cada verso. La posición de la rima descubre la composición rítmica del poema (pues éste es un cuerpo todo sin desmembraciones estróficas): en estrofas de cuatro versos de catorce sílabas cada uno, en las que siempre riman (en asonante y consonante) el primero con el tercero y el segundo con el cuarto, a excepción de la cuarta estrofa donde la rima es idéntica. A más de esto, el poeta repite dos veces “Como quien viaja a” para entonar la simetría entre la primera parte del poema compuesta de cuatro estrofas (“Como quien viaja a lomos de una yegua sombría”), y la segunda parte de tres estrofas (“Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido”). Por consiguiente, la repetición de estas dos comparaciones sería el breve contrapunto que acompaña a la melodía rítmica del poema, distribuida a lo largo de las siete estrofas que forman su indivisible cuerpo.

“Rua da amargura” se divide en cuatro estrofas, donde no hay orden alguno ni en la colocación de la rima ni tampoco en el número de sílabas de los versos. El poema es así un cuerpo fragmentado a ritmo de Schönberg. Sobresale también por la regularidad con la que se estructuran sus estrofas, en especial en la primera parte del poema. Por medio entonces de la anáfora “A minha rua”, en la primera estrofa se alternan tres estrofas de tres versos y dos de cuatro. Se rompe por tanto esa alternancia estrófica de tres y tres, pues la supuesta tercera estrofa de cuatro versos que habría de suceder a la segunda se desplaza a la siguiente estrofa del poema. De tal suerte, Vinicius de Moraes recurre a la insistente repetición de “A minha rua” para armonizar la composición del poema. Además, desde el último verso de la segunda estrofa del poema hasta el final del mismo, el poeta se sirve igualmente de otra repetición, a saber, la del verbo ser “É” y el substantivo “rua”, entre los cuales se van sucediendo los artículos determinado e indeterminado, los substantivos determinados “a impossibilidade”, “o pecado”, “a desolação”, “a aceitação” y “a indiferença”, que, aluden a “rua”, y el adjetivo “longa”. Semejante sucesión crea por ello un ritmo vertiginoso que contrasta con el ritmo más pausado y regular de la primera estrofa del poema. La estructura rítmica de “Rua da amargura” destaca así por su método despedazado; la de “Calle Melancolía” por el equilibrio de su método.

El paseo de Sabina está invadido de obstáculos y de ruidos: los conductos oxidados de las chimeneas metalizan los cielos, y así la mirada del poeta se descalabra contra unas nubes de herrumbre perforadas por antenas y cables. Perdido, tropieza con un espacio de paredes hepáticas, de noes que cierran “lo que esconden”, de semáforos en rojo despidiendo firmes un vaho encendido (“… el zumo / de una fruta de sangre crecida en el asfalto”) que alerta a las sombras del caminante. Asimismo, los ruidos de la ciudad ensordecen su atmósfera contaminada: ese “tren interminable” que arrastra sobre unas vías lesionadas (ayes con hipo) sus chirridos eternos y su tamaño infinito, resume genialmente la sensación de impedimento y alboroto que embaraza la travesía del poeta. El relieve de la composición da forma y volumen al espacio (el vacío es una leyenda), ajustándose entonces al afán de palpamiento del poeta, que se desvive por tocarlo todo, tanto los objetos del exterior (“… enciendo un cigarrillo, / ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama”) como los inasibles del interior de su memoria (“y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama. / Trepo por tu recuerdo como una enredadera / que no encuentra ventanas donde agarrarse”). La imagen del cigarrillo encendido crea un bello claroscuro en la habitación solitaria y en penumbra del poeta, un ardiente parpadeo de luz que se apaga brevemente entre las sombras. Sin embargo, una nueva luz de esperanza se vislumbra en el último verso del poema (“si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy”), ya que el poeta cansado de buscar a su amada, al final prefiere invitarla a su domicilio con la leve ilusión de volver a verla. Esta remota posibilidad de reencuentro es lo que más diferencia a “Calle Melancolía” de “Rua da amargura”, ya que permite soñar a las luces con renacer de las nostálgicas cenizas del poeta.

En efecto, en “Rua da amargura” la luz no existe, sólo el negro tenebroso de la muerte, la alegría imposible, el cariño violento. No hay ruidos ni obstáculos, sólo silencio y nada. No se exterioriza, se interioriza. No se toca, se sufre: la calle es “silenciosa” y “soturna”; los gatos y los perros son mudos; los papeles no tocan siquiera los suelos maltratados por el viento. El dolor es tanto que asfixia las quejas, pues el sufrimiento es tan profundo que se extinguen antes de pronunciarse: gemidos de un corazón que no late; ruegos cuyo único destinatario son los tabiques de una iglesia; mayidos de madre roncos de buscar a sus hijuelos. La pena es máxima, vive dentro y mata al ánima. La iluminación es anémica (“só brilha uma chapa gritando quarenta”), y para colmo del sin sentido, la única farola de la calle está apagada (“A minha rua tem um lampião apagado”)… “Rua da amargura” es un adiós a la vida, un morir despierto.

La melancolía de Sabina es más amorosa y exterior (corpórea); la de Vinicius de Moraes, más existencial e interior (mental). Ambos pasean su tristeza por la calle hasta llegar a su casa (sombría y solitaria), que les ampara de la dureza urbana: se transita desde lo público hacia lo privado. La calle y la habitación armonizan con el estado de ánimo de los poetas; la calle es lo cotidiano, lo que se ve: la representación de los sentimientos y penalidades de la gente. La estructura de los dos poemas se caracteriza por su ritmo ordenado. Joaquín Sabina y Vinicius de Moraes, músicos y poetas; Vinicius de Moraes y Joaquín Sabina, poetas y músicos. Todo es así igual pero al mismo tiempo distinto: fantasía apasionada…

 

Notas:

[*] Este artículo fue escrito durante mi estancia como Visiting Fellow en Harvard University (2003-2004), gracias a una beca concedida por el Real Colegio Complutense.


 

© Jesús Villalta Lora 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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