El suicidio de Melibea, esa fuerte fuerza de amor

Paloma Andrés Ferrer


 

   
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Sobre un fondo de vida atropellada, canalla, ruin, agresiva, pero hermosa de disfrutes, encarada y rebelde ante el voraz paso de la muerte, Rojas hace surgir la figura de Melibea, doncella guardada de la asechanza del mundo tras las tapias de su huerto, cuidada hasta el extremo por unos padres solícitos. Pertenece al mundo de los arraigados, bienaventurados de bienes materiales y seguridad de porvenir. El azar, halcón perseguido, lleva hasta su huerto a Calisto; ella no sabe aún del amor ni los deseos punzantes de aferrarse a otro cuerpo, anclaje en el mundo inconstante. Los padres la han reservado para la pureza virgen de la convivencia social, esa cultura inocua que ha desterrado impulsos esenciales del hombre, eros, el deseo, el turbión gratuito de la biología, construyendo en su lugar torres de tranquilidad, adormecidos sentidos, relaciones sociales productivas. Ellos quisieran que su hija no tuviera jamás sensualidad, sexualidad, permaneciera por siempre en el limbo de la infancia protegida. “¡Cómo! -dice la madre en una escena tardía-, ¿Y piensas que sabe ella qué cosa sean hombres, si se casan o qué es casar? ¿O que del ayuntamiento de marido y muger se procreen los hijos? ¿Piensas que su virginidad simple le acarrea torpe deseo de lo que no conosce ni ha entendido jamás? ¿Piensas que sabe errar aún con el pensamiento?”. (XVI, pág. 539)

Melibea ha sido educada para la beatitud pilarizada del matrimonio y el destino -destino de haber nacido en una clase social dada- encamina sus pasos hacia la homogeneidad de la vida comunitaria. “... que si alto o baxo de sangre -dice la madre- o feo o gentil de gesto le mandáremos tomar, aquello será su plazer, aquello avrá por bueno. Que yo se bien lo que tengo criado en mi guardada hija”(XVI, 539). Sin embargo en Melibea sucede lo inesperado, de repente el ansia de amor le ha crecido en el pecho, la sexualidad avasalla, y la joven, consciente de sí, su cuerpo y su derecho, se rebela de forma enérgica y valiente frente a su entorno, su circunstancia, sus límites. La naturaleza, selva oscura del placer, “Natura huye lo triste y apetece lo delectable” (I, 262), dirá Celestina, la empuja con su imperio antiguo y grande y Melibea se inicia por la peligrosa senda de la libertad. No importa que el objeto de la pasión, Calisto, sea digno o indigno frente a ella. Lo trascendental es que a través de las noches de placer con él, Melibea se siente mujer y anhela ser dueña de su destino, quiere sumergirse en las savias de vida, apurar el deseo de varón, resistir cualquier prohibición castradora de la libertad recién conquistada

¿Quién es el que me ha de quitar mi gloria ¿Quién apartarme de mis plazeres ? Calisto es mi ánima, mi vida, mi señor, en quien tengo toda mi esperança.(...) Déxenme mis padres gozar dél, si ellos quieren gozar de mí. No piensen en estas vanidades ni en estos casamientos(...) Déxenme gozar mi mocedad alegre si quieren gozar su vejez cansada(...) (XVI, 537).

La intensidad del sentimiento liberador de Melibea, su entrega a la pasión, gloria absoluta, supremo fin, “Faltándome Calisto, me falte la vida, la qual, por que él de mí goze, me aplaze” (XVI, 538), engrandece al personaje, le dota de la aureola de la autenticidad humana al tiempo que la acerca a las fuentes de la tragedia. Las fuerzas que cercan a Melibea son poderosas, sociedad, tiempo que todo lo estraga, amor inconstante, mundo relativo, el pecado, el azar maligno, el destino adverso, el secreto amor. En Melibea admiramos la flor lírica de la decisión madura y responsable, asunción de los propios deseos y sus consecuencias. La pasión no la ciega ni aísla, como a Calisto, sino que la hace más lúcida y consciente, más voluntariosa, más activa. “No tengo otra lástima sino por el tiempo que perdí de no gozarlo, de no conoscerlo, después que a mí sé conoscer” (XVI, 536). El amor le da la medida de su ser, permite la conquista interior a través del conocimiento de lo que desea, espera y enfrenta. Sabe que la partida del amor lanza al tablero su dicha y su perdición, los dados son inciertos, y hay que comprometerlo todo, honra y muerte, por el instante elegido

En pensar en él me alegro, en verlo me gozo, en oýrlo me glorifico. Haga y ordene de mí a su voluntad. Si passar quisiere la mar, con él yré; si rodear el mundo, lléveme consigo; si venderme en tierra de enemigos, no rehuyré su querer (XVI,535) ; Di por Dios -le dice a Celestina en su segundo encuentro- lo que quisieres, haz lo que supieres (...) ¡Agora toque en mi honrra, agora dañe mi fama, agora lastime mi cuerpo! (X, 439).

Melibea, mujer sensual como pocas en la literatura española, resuelve conscientemente que el amor es también un destino de vida y que éste, deleitable o amargo, ha de ser asumido con voluntad extrema. Por defenderlo hará lo que sea, convocar a Celestina, planear entradas, inventar excusas -“Señor, Lucrecia es, que salió por un jarro de agua para mí que havía gran sed” (XII,470) -, cubrir de secreto las noches de placer, contradecir a los padres -“Lucrecia, Lucrecia, corre presto, entra por el postigo en la sala y estórvalos su hablar, interrúmpeles sus alabanças con algún fingido mensaje, si no quieres que vaya yo dando bozes como loca, según estoy enojada del concepto engañoso que tienen de mi ignorancia” (XVI, 539)-, consentir la brusquedad de Calisto, rogar al amado, postrarse a sus plantas, morir por seguirle.

A lo largo de la Tragicomedia Rojas nos hace asistir a la forja de un carácter excepcional, audaz, altivo, independiente, voluntarioso, vibrante de placer, de enervadora sensualidad. Los pasos del proceso -guardada doncella, gozosa amante, resuelta suicida- guardan entre sí la coherencia del crecimiento sostenido más que el cauce de la transformación inducida. Ni Celestina injerta en el pecho de la joven el deseo de amor ni ésta se suicida por una enajenación momentánea. Todo avanza con ritmo de floración vegetativa, todo está en el comienzo y se repite naturalmente en cada fase.

Un halcón perdido le ha traído a Calisto -“aquel cuya vista me cativó”, confesará más adelante a solas (X,426)-. En el primer encuentro con el joven, Melibea, ateniéndose a las reglas del juego social y a su inexperiencia, rechaza los requerimientos amorosos; sin embargo, percibimos ya en ese momento cierto acento de curiosidad ante lo nuevo, un vaivén de coquetería, la íntima delectación de gustar, un femenino juego de ambigüedad. Melibea alienta la conversación “¿En qué, Calisto?”, deja hablar al seductor, aplazando el desplante “¿Por gran premio tienes esto, Calisto?”, se solaza con el juego de los equívocos “Pues aún más ygual galardón te daré yo si perseveras” (I, 211-2). Celestina sólo tiene que remover, acrecentar, expandir lo que en Melibea, muy joven, inexperta aún en asuntos de amor, hay ya de sagacidad, interés, instinto sensual de la especie. Ante la mediación de la vieja, Melibea sabe que ha de comportarse como quien es, casta hija de buena familia, y según la que tiene enfrente, la pública alcahueta de las tenerías del río. Pero si Celestina teje hábilmente su red de seducción, Melibea no se deja ir en zaga de listeza: conoce íntimamente el alcance de la situación y además es capaz de manipular los hechos según sus intereses. Escucha con interés mal disimulado la demanda del anónimo enfermo, pero reacciona airadamente cuando oye el nombre de Calisto; se remansa cuando se le dice que todo queda en una oración y un cordón, recalca que consiente porque ve que “todo viene de buena parte” y “es obra pía y santa sanar los passionados y enfermos” (IV,321), aplaza la oración para mañana, cuando Celestina pueda ir a recogerla “muy secretamente”. La siguiente vez que encontramos a Melibea será en el acto X. A solas, en un monólogo impacientado, mientras llega Celestina a quien ella misma ha llamado con excusa de un dolor, la doncella se descubre, sin pudor, sobrecogedoramente. Teme que el recato al que las convenciones sociales la obligan aparte de sí a Calisto, se debate entre su urgencia de amor y la contención que reclama su pública honestidad, maldice embravecida su condición de mujer “O género femíneo, encogido y frágile ! ¿Por qué no fue también a las hembras concedido poder descobrir su congoxoso y ardiente amor, como a los varones ? ¡Que ni Calisto viviera quexoso, ni yo penada” (X,426-7) Tenemos aquí una mujer en el inicio de su carrera en la vida, por vez primera el deseo de amor, eros heridor, revuela en su pecho, y no sabe bien qué hacer con él: teme que las leyes sociales, la obediencia paterna, el eterno qué dirán la condenen y, por tanto, esconde; pero los poderes de la naturaleza la inclinan a abrirse, conocer, lanzarse, confiar, girar en los brazos imaginados de la pasión. Todo es nuevo, original, apetecible. En ella la pureza no es por ingenuidad o negación sino por inquietud del florecimiento, brote, acuciante germinación de vida, plena disponibilidad, el deleite, el cuerpo, el límite, el insobornable derecho a amar. Como bien predice Celestina (III, 287 ; V 340), el proceso de amor, una vez iniciado, es irremediable y extremado seguimiento. Melibea confiesa su pasión a Celestina en su segundo encuentro “¡O mi madre y mi señora!, haz de manera como luego le pueda ver, si mi vida quieres” (X, 438); se ve ardorosamente con Calisto esa misma noche “te suplico ordenes y dispongas de mi persona segund querrás. Las puertas impiden nuestro gozo, las quales yo maldigo, y sus fuertes cerrojos y mis flacas fuerças, que ni tú estarías quexoso ni yo descontenta” (XII, 466); se entrega a la voluntad del amante la segunda vez “Señor, por Dios, pues ya todo queda por ti, pues ya soy tu dueña, (...) no me niegues tu vista de día, passando por mi puerta. De noche, donde tú ordenares, sea tu venida por ese secreto lugar, a la mesma ora, por que siempre te espere apercebida del gozo con que quedo, esperando las venideras noches” (XIV, 504); Melibera espera enfebrecida la tercera noche y repite la entrega amorosa “Señor, yo soy la que gozo, yo la que gano; tú señor, el que me hazes con tu visitación incomparable merced” (XIX, 572).

La voz de Melibea, tensa y vibrante, altiva aún en la dejación de voluntad, la hace merecedora de respeto. Hay en la pasión de Melibea una entrega irracional al absoluto, vuelo definitivo, fijeza lírica. Su cuerpo y su alma ya no tienen más que una dirección. Amar es su apuesta de fe, su dicha y su riesgo. No vale volverse atrás. Es mucho lo perdido, honra, honestidad, casa de su padre. Con voluntad obstinada, le hace crecer raíces al amor, hacia dentro, lo vuelve invasión de su ser. Imposible ya la saciedad, no hay tregua ni decaimiento, sólo espera continua y estremecida esperando las venideras noches. Quizá sea por esto, porque Melibea está tocando un peligroso fondo de absoluto que está más allá de los relativos humanos, que es semejante a la certeza del instinto, la conciencia del propio ser, la autocreación a través de la libertad, la derrota del tiempo insensato y cambiante, el amor eterno, por lo que ni su ruego y ni su servidumbre ante Calisto la disminuyen ni humillan. No tienen tampoco mucho que ver con ella, con su sentimiento de amor, las pullas groseras de los criados “Coxquillocicas son todas; mas, después que una vez consienten la silla en el envés del lomo, nunca querrían folgar. Por ellas queda el campo; muertas sí, cansadas no” ( ), ni el escaso esplendor de algunas palabras y actos de Calisto “Señora, el que quiere comer el ave, quita primero las plumas” (XIX, 571); Calisto es urgente y brusco, Lucrecia contempla con lascivia la escena de amor, pero nada de esto hace sembrar dudas en la conciencia pura de Melibea.

Todos los personajes de la Tragicomedia comparten la atracción de la sexualidad, goce de los cuerpos hermosos y jóvenes, carpe diem frente al tiempo fugaz y la negra muerte. Sexualidad y conciencia temporal van unidos. Ocurre sin embargo que la vivencia que de estas dimensiones tienen Melibea y el resto de los personajes difiere radicalmente. Para Elicia, Areúsa, Pármeno, Sempronio, la misma Celestina la entrega sexual es un aspecto más de su florido gozar del mundo. Se come, se bebe, se gana amigos, se adquiere dinero y honra, se triunfa, se ama. Todo está inserto, además, por necesidad, en el presente. Nadie busca eternizar la sensación. No se puede detener lo que el flujo temporal, bravío río de la vida, arrastra o anega. Vivir es sólo acumular instantes, todos distintos, todos provisionales, los que vienen por los que se fueron. Elicia y Areúsa gozan sin empacho de varios amantes; Celestina no volvería a su primera edad por mucho que la añore “Loco es, señora, el caminante que, enojado del trabajo del día, quisiesse bolver de comienço la jornada para tornar otra vez a aquel lugar(...) (IV,309); no hay que prolongar en exceso el luto, aconseja Areúsa a su prima, “con nuevo amor olvidarás los viejos(...) Pero ya lo hecho es sin remedio y los muertos irrecuperables y como dizen: mueran y bivamos (XV,528). Sucede que estos personajes han asumido vivir en línea recta, en imparable fuga. Importa aprovechar al máximo el momento, gotear la muerte con la intensidad de cada presente fugitivo. La vida, el tiempo, se va según naturaleza y es de poca cordura oponerse a ello. Dice así Celestina

Ay ¡quién me vido y quién me vee agora ! No sé cómo no quiebra su coraçón de dolor.(...) Ley es de fortuna que ninguna cosa en un ser mucho tiempo permanesce: su orden es mudança. (...) bien sé que sobí para descender, florescí para secarme, gozé para entristecerme, nascí para bivir, biví para crecer, crecí para envejecer, envejecí para morirme. Y pues esto antes de agora me consta, sofriré con menos pena mi mal; aunque del todo no pueda despedir el sentimiento, como sea de carne sentible formada (IX, 418-9).

Duele la fuga pero se acepta. Todo tiene sus límites. Quien sube, baja. Lo crecido, decrece. Y todo pasa, todo se borra, también los grandes sentimientos caen, la dicha se aplaca, el dolor se olvida. Dice así Sempronio,

Ninguna llaga tanto se sintió que por luengo tiempo no afloxase su tormento, ni plazer tan alegre que no le amengüe su antigüedad. El mal y el bien, la prosperidad y adversidad, la gloria y pena: todo pierde, con el tiempo la fuerça de su acelerado principio.(...) Ynés se ahorcó. Todo es assí, todo pasa desta manera, todo se olvida, todo queda atrás. (...) Que la costumbre luenga amansa los dolores, afloxa y deshaze los deleytes, desmengua las maravillas. (III, 281-2).

Una vez asumido el orden inmutable que rige sobre los hechos mortales, todo lo estraga el tiempo, nada es duradero ni cierto, los personajes de la Tragicomedia elaboran para sí un código moral basado en el provecho a ultranza, todo vale para conseguir el propósito y el egoísmo es un arma lícita.

Pero Melibea, rebelde frente a su circunstancia familiar y social, no acepta tampoco límites en su vivencia del amor. Ella, de una pureza trágica, quiere sólo absolutos. Calisto, el dulce amador, mi señor de mi alma, aquel que ganó su voluntad y agitó los sentidos, es el único bien, la única gloria. Todo por amar. Melibea quiere un infinito de noches de amor y días de espera donde el tiempo llegue a ser circular, donde todo se repita y nada se mude. Quiere la eternidad en la carne, la vida entera para amar. Para Melibea y Calisto no hay futuro porque han abolido el tiempo. Sólo tienen espacio, el jardín íntimo y los cuerpos buscándose. Quizá sea porque son aún muy jóvenes, porque los dos se están abriendo al mundo, iniciales, van descubriendo la punzada de la dicha y la dicha les parece inagotable. Pero el mundo, ese traidor mundo, hecho de tiempo destructor, traza una fatal red de casualidades o de culpas o quizá de destinos. El amor, el goce de amor, el ansia de vida lleva a los dos personajes a la muerte en una noche de pujante jardín, un segundo basta para la accidental caída, tan ridícula, y el suicidio llega en un loco momento de libertad definitiva. Las palabras últimas de Melibea resuenan grandiosas en una confesión de amor inmenso a la vida desde la frontera de la muerte,

¡Mi bien y placer, todo es ydo en humo! ¡Mi alegría es perdida! ¡Consumióse mi gloria (...) O la más de las tristes triste ! ¡Tan tarde alcançado el plazer, tan presto venido el dolor ! (...) Rezando llevan con responso mi bien todo! ¡Muerta llevan mi alegría! No es tiempo de yo vivir ¿Cómo no gozé más del gozo? ¿Cómo tuve en tan poco la gloria que entre mis manos tove? (XIX,576-7).

Melibea, lúcida suicida, nos ofrece las razones de esa irracionalidad instintiva que la arrastra en pos del amigo muerto. Cómo es posible que la dicha, el solaz, el resplandor de la vida dejen de ser en el escaso tránsito de un segundo. Nada es absoluto. Nada cierto. El mundo seduce con sus frescos racimos pero no hay tiempo bastante para el goce “Y assí, contentarte he en la muerte, pues no tuve tiempo en la vida”(XX, 589). El mundo se cobra sus víctimas en un juego brutal y ciego, injusto. Qué voluntad irrefrenable gobierna las vidas. Cómo pudo suceder la desgracia, qué circunstancias, en qué momento, qué encadenamiento fatal,

como de la Fortuna mudable estoviese dispuesto y ordenado, según su desordenada costumbre, como las paredes eran altas, la noche escura, la escala delgada, los sirvientes que traýa no diestros en aquel género de servicio, y él baxaba pressuroso a ver un ruydo que con sus criados sonava en la calle, con el gran ímpetu que levava, no vido bien los passos. Puso el pie en vazío y cayó, y de la triste caýda sus más escondidos sesos quedaron repartidos por las piedras y paredes”(XX, 588).

Melibea no sabe qué ha sucedido, no puede saberlo, por qué, y quién es el responsable, Fortuna o azar, tal vez ella misma “De todo esto fuy yo la causa (...) Yo fue ocasión (..) Yo fuy causa que la tierra goze sin tiempo el más noble cuerpo y la más fresca juventud que al mundo era nuestra edad criada” (XX,586-7), repite angustiada. Y cómo es posible vivir en el horror,

Cortaron las hadas sus hilos, cortáronle sin confessión su vida, cortaron mi esperança, cortaron mi compañía. Pues ¡qué crueldad sería, padre mío, muriendo él despeñado, que viviese yo penada! Su muerte combida a la mía, combídame y fuerza que sea presto, sin dilación; muéstrame que ha de ser despeñada, por seguille en todo. No digan por mí “a muertos y a ydos (XX,588-9)

Melibea, su bien ido, alza su delirio de amor contra la mediocridad, contra la selva ciega de la vida, contra la nada en que todo acaba. Melibea se suicida porque no quiere permitir que la tierra dura la sostenga, que todo siga, todo repetido, todo vivo, el verdor de la vida después de la tragedia; su dolor es inmenso, otro absoluto y no acepta que el tiempo impío lo amengüe y cure; se mata porque no quiere la triste soledad; porque ya no hay esperanza para quien se ha hecho un juicio definitivo y pesimista sobre el mundo y su mentira; porque no hay paraísos posibles y sólo puede ser fiel a sí misma, a su sensualidad y su ansia de absoluto, siguiendo en todo, hasta la muerte, al amado; muere, quizá, sencillamente, porque se ha cansado de mentir “Entremos en la cámara, acostarte as. Llamaré a tu padre y fingiremos otro mal” (XIX, 578) le había dicho la criada Lucrecia.

Estoy dando razones para lo absurdo, la inexplicable tentación y acto del suicidio. Para entender algo, Pleberio increpa a esos poderes ocultos, Amor, Mundo, Fortuna, que gobiernan injustos los destinos indefensos. Pleberio no culpa en ningún momento a su hija sino la causa desastrada de su morir, el orden pervertido, la engañosa feria, la fuerte fuerza de amor. Su desolación es inmensa “Del mundo me quexo porque en sí me crió; porque no me dando vida, no engendrara en él a Melibea; no nascida, no amara; no amando, cessara mi quexosa y desconsolada postrimería.” (XXI, 606). La mecánica del universo es puntual y precisa, todo marcha para el mal, todo se engendra para la muerte, no hay bienes si estos se cobran siempre su porción de tragedia. El desorden del mundo, el dolor innecesario, el destiempo, la mueca satánica son la única ley cierta, el orden verdadero. El hombre es el ser más mísero, más frágil y absurdo de la creación porque con su razón y sus instintos se entrega a la cosecha engañosa de la alegría. Al final gime devastado porque el pecado mayor del hombre, su única y gran culpa, es haber nacido. Detrás de la voz de Pleberio suena una antigua y universal queja humana, podemos llamarla elegíaca, estoica, cristiana, existencial.

Yo no sé si la danza de la vida es como dice Pleberio, si contra los hechos de los hombres hay una Voluntad ciega e inhumana, si nuestras pasiones nos vienen de afuera y nos quitan la libertad, si nada podemos contra el encarnizamiento inútil de la existencia. El no saber es deesolador. Rojas ha desplegado ante nuestros ojos una representación precisa del vivir del hombre, enredado en el difícil juego de los “perjuicios cruzados” [Larra] que es la sociedad, pugnando por satisfacer sus deseos e intereses, herido por el tiempo breve y la fatal inconstancia de todo. Celestina muere de muerte violenta. Sempronio y Pármeno son ajusticiados. Calisto cae accidentalmente. Melibea se suicida. Ante la extrañeza de los destinos, Rojas plantea preguntas sin solución. Hay poderes sobrenaturales o el germen de la fatalidad está en cada uno de nosotros, somos culpables o víctimas, hicimos lo que debíamos o nos equivocamos, pero hasta qué punto pudimos evitarlo.

Podemos pensar que la tragedia de los criados se deriva internamente de la naturaleza errónea de su ser -carente de salvaguardas éticas- ser que cada uno de ellos se ha ido forjando, libremente, para sí. Si como dicen el destino está en el carácter, estos personajes de Rojas son flechas que vuelan directas a un único fin, su autodestrucción. El encadenamiento de causas y efectos parece guiarse entonces por una implacable lógica interna. No juega el azar sino la sucesión de consecuencias que provoca el propio hombre. Pero cómo podemos saber si esto es cierto, si la desgracia que sobreviene a los personajes procede de su culpa. En el momento último de sus vidas Rojas nos los presenta obscurecidos por el error, la irreflexión, la falta de cálculo, la prisa. Celestina no mide sus palabras. Sempronio y Pármeno no tienen en cuenta la altura. Calisto se precipita en la bajada. Melibea no deja reposar el dolor. Sobrecoge el pensamiento de que la vida, al fin, no sea más que una partida de ajedrez donde perdemos neciamente por un descuido, una mala jugada, una negligencia. Nuevamente, no sabemos. Todo es fatal y turbio. Elicia y Areúsa, cargadas de las mismas pasiones que los demás, responsables de la muerte de los amantes, siguen viviendo al final de la Comedia y nuestra lectura puede prolongar su prosperidad más allá de las páginas de ésta. Quizá, por tanto, para los que murieron sólo hubo azar, sin razones ni finalidad, pero entonces qué absurdo, qué agravio, qué insufrible la pura gratuidad del mundo. Al final cualquier hipótesis es igualmente devastadora porque al fondo de todas ellas percibimos siempre la radical y trágica menesterosidad del hombre, su desnudez, la absoluta impotencia frente a un universo programado para el mal, la destrucción y la muerte.

Pienso que el espectáculo al que nos hace asistir Fernando de Rojas es más desolador cuanto más confusas son las respuestas que pueden darse, personajes y lector, ante lo sucedido. Poder explicarnos los hechos, hallar justificaciones, qué fue exactamente lo que pasó, quién tuvo la culpa, amortigua de alguna manera el dolor porque nos permite al menos saber contra quién, qué, debemos lanzar nuestras imprecaciones, arrojar nuestro odio. Lo absolutamente intolerable es sentir que el mundo es absurdo, está plagado de irracionales, es ininteligible, máquina oscura, monstruoso laberinto. La insignificancia del hombre, entonces, por no entender, se revela aterradora, no poder precaverse, estar en el filo de la amenaza, rompernos sin batallar. Arrebatándole al lector la superioridad del conocimiento, Fernando de Rojas nos implica en una tragedia que no es sólo de sus personajes de ficción sino de todos nosotros, pasados y presentes, presos también en la geometría oscura del mundo, caminando ciegos, ignorantes de qué sucederá, hay golpes duros en la vida, y todo, tantos deleites y tantos afanes, para qué si al final nos arrolla impunemente lo imprevisible y nunca supimos cómo orientar nuestros actos o si fuimos siquiera libres de actuar como lo hicimos.

Melibea, así lo creo, es un gran personaje, sensual y enérgico, firme en el placer y firme en el dolor. Cuando se anuncian los heraldos de la muerte, ese azar irreflexivo, la intolerable adversidad, Melibea se mata, “no es más en mi mano” (XX, 585). Pensamos que lo hace porque amó mucho el amor y porque en la asunción de las fuerzas oscuras que nos gobiernan está también la libertad del hombre. Pero no podemos dejar de sentir que su muerte supone una derrota y no una victoria, que su ímpetu de vida ha sido domeñado no sabemos por qué o por quién, por los estrictos cauces de la sociedad, por la Fatalidad vengativa, por su propia pasión desbordada. “Gran dolor llevo de mí” (XX, 591), dice. Hay en la muerte de Melibea una mezcla de lucidez y pasión que nos asombra. Dice Umbral, dice Shopenhauer que hace falta mucha fe en la vida para suicidarse. Melibea muere porque no puede aceptar que todo sea necesariamente así, todo tan triste entre las bellezas de la vida. Su pecado es el de la pureza, querer abolir el tiempo, amar al extremo, pugnar contra la eterna mengua de todo, sacrificar un mundo por no perder el absoluto.

Al final, el carácter triunfa. Y es cierto, algunos personajes, en el duro bregar de la vida, se acorazan de cinismo y carpe diem más allá de todo, todo se olvida ; otros, en cambio, Melibea para nosotros, van directos a la muerte, como la mariposa a la luz, vulnerables, alucinados ante el placer absoluto de la vida, impotentes frente a la renuncia. El dolor, como la dicha, arrasa sin mesura, y la violencia del límite se vuelve insufrible.

Pienso que el suicidio de Melibea ahonda la dimensión trágica de la obra de Fernando de Rojas y conmueve en nosotros, seres reales, preguntas y temores graves. El suicidio ocasiona, siempre lo ha hecho, un problema social y personal porque plantea lo que no podemos tolerar, poder darnos nosotros mismos, seres de un día, tan menesterosos de tiempo, tan asustados por tener que dejar de ser, la muerte. La decisión última de Melibea nos hace considerar a la enemiga muerte instalada en el propio corazón del hombre, y ese “dentro” es terrorífico porque entonces no nos quiebra sólo el tiempo, la ley necesaria, dios o quién sabe qué, sino que somos nosotros mismos los que hacemos dejación de la vida, un día como otro cualquiera, las circunstancias se conjuran, no es más en nuestra mano y se van cielo, brisa viva, lento respirar, nos cortamos el hilo de nuestra carne, nos damos la nada “en agraz”, que dice Celestina, “sin tiempo goza la tierra el noble cuerpo”, dice Melibea de Calisto, pero por voluntad propia. Nos toca el miedo. Pero quién somos nosotros para juzgarla. Al fin, jugó sus cartas, su pasión de vida, y tuvo, como quería Borges, su momento, aquel dulzor de los primeros besos, aquella noche.

 

Bibliografía citada

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© Paloma Andrés Ferrer 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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