Mesianismo militar en Raza, de Francisco Franco

Celso Medina

Universidad Pedagógica Experimental Libertador (Venezuela)


 

   
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0.- Introducción

En 1898, año en que España pierde su guerra con Estados Unidos y, por ende, sus últimas colonias en América, Francisco Franco apenas si tiene seis años. De modo que su experiencia vital de poco le sirvió para ambientar algunos aspectos que son capitales en Raza, novela que bajo el subtítulo “Anecdotario para el Guión de una película”, y con el pseudónimo de Jaime de Andrade, publicó la Fundación Nacional “Francisco Franco”, en 1981 y cuya escritura se supone data de 1942; es decir, seis años después de que el citado personaje asumiera su larga dictadura.

Entonces no es de su biografía de donde podemos inferir el telón ideológico que aprehendemos de la citada novela. Más bien diríamos que proviene del entorno donde más caldo de cultivo tuvo la visión catastrofista de los hechos del 98: del militarismo. Con apenas 15 años el futuro dictador español se incorporaría al ejército. Y con sólo 18 años recibiría el título de segundo teniente de Infantería, en una de las academias militares de gran tradición: Toledo. Luego, a los 20 años, inicia su carrera militar en Marruecos, donde cosecharía un enorme prestigio profesional. Llegaría a ser el jefe supremo del ejército español, luego de fracasada la II República.

En ese marco forjó la convicción Franco de que el “desastre del 98”, pese a ser una ignominiosa derrota militar a España por parte de Estados Unidos, la raíces de sus desenlaces no provienen ni de la falta de pericia ni de la falta de arrojo del grupo de militares que dirigieron las operaciones en Cuba. En él estaba arraigado el convencimiento de que los políticos fueron el origen de la catastrófica pérdida.

La novela Raza, que llegó a ser escenificada en película, pareciera ser un manifiesto justificador del régimen franquista. En ella toma vida el perfil de lo que Joaquín Costa denominó el “cirujano de hierro”. Se infiere que para Franco ese cirujano no podía encarnar sino en un militar, cuya inmolación en el 98 dio a la imagen militarista el aval necesario para convertirse en el supuesto mesías salvador de España.

Nos proponemos aquí rastrear en la citada novela los elementos de ese militarismo mesiánico. También queremos destacar que esa concepción viene acompañada de una idea de nación que, al menos en 1942, año en que supuestamente se escribió la novela, caracterizaba la ideología franquista.

 

1.- La visión catastrofista de 1898

Los hechos del año 1898 generaron diversos análisis en los historiadores e intelectuales españoles. Algunos estudiosos señalan que su trascendencia es tímida en el desarrollo ulterior de la historia española. Julián Marías afirma que:

... el “desastre” no tuvo como consecuencia una destrucción de la estructura legal y política; la Monarquía - gobernada por una mujer la reina regente María Cristina - continuó sin quebranto; el Senado y el Congreso siguieron funcionando; no hubo ni una revolución ni una dictadura ni un golpe de Estado, a pesar de que un año antes había sido asesinado Cánovas el más grande político del siglo; el aparentemente frágil Estado liberal resistió la tremenda crisis con una solidez inesperada. (1996:20).

Lo que se intuía como una caída rotunda del régimen iniciado por los Restauradores en 1875, y que, de alguna manera, continuaron los llamados regeneracionistas, no se dio. Sólo la dictadura de Primo de Rivera, en 1923, interrumpiría esa continuidad institucional. La derrota no digamos que fue asimilada, pero sí olvidada, para que se produjera el funcionamiento institucional del Estado Español. Pero si su reflejo no se produjo en el funcionamiento del aparato estatal, sí se abrió un campo de discusión de diversidad ideológica. Marías destaca que no es posible ignorar esos acontecimientos, a la hora de trazar las coordenadas del nuevo pensamiento acerca del destino histórico de España:

El año 1898 fue el determinante de una conciencia naufragio en las minorías más atentas a los problemas nacionales, en las que estaban alerta, y provocó una poderosa renovación de la preocupación por España, que había caracterizado durante siglos, en diversos grados, a los españoles más sensibles y lúcidos. Esta impresión de naufragio condujo, y esto fue lo más fecundo, a una actitud de radicalidad: aquellos hombres necesitaban imperiosamente saber a qué atenerse, no podían contentarse con convicciones vigentes y que habían sido sacudidas por los tremendos sucesos que acababan de experimentar. La consecuencia fue una rabiosa autenticidad, algo que había sido ajeno a la mayoría de los representantes de las generaciones anteriores... (1981:15)

Esa «conciencia de naufragio» originó en las generaciones posteriores encendidas polémicas en torno al futuro de España. Joaquín Costa, Francisco Silvela, Antonio Maura, José Canalejas, políticos prominentes del llamado Regeneracionismo apostaron por una España modernizada, libre de pasados que le impedían su desarrollo en el espectro del mundo europeo.

Igualmente la llamada Generación de 1898 se erige con base a ese sentimiento de desastre que quedó impregnado en la intelectualidad española finisecular. Entre los autores que destacan en esta generación podemos nombrar a Ángel Ganivet (1862-1898), autor de Idearium español (1897); Miguel de Unamuno (1864-1937), con obras como En torno al casticismo (1895), Vida de Don Quijote y Sancho (1905) y Del sentimiento trágico de la vida (1913); Ramiro de Maetzu, quien denunció los engaños que dominaban a España en el campo de la prensa, la política, la oligarquía y el caciquismo, la literatura y la ciencia.

José Ortega y Gasset trasciende el marco de esta generación. Su visión es contraria a muchos de sus contemporáneos. Él pensaba que había que enterrar al Cid, y volcar España hacia Europa, para hacer más universal la cultura española. Cabe mencionar en esta generación a autores como Azorín, a quien se le atribuye la denominación de «Generación de 1898». Sus obras El alma castellana (1900); La ruta de don Quijote (1905), son hitos bien importantes en la conformación de una especie de «españolidad eterna». Antonio Machado (Soledades y Campos de Castilla, sobre todo), Pío Baroja (La raza; La lucha por la vida, 1904), Ramón María del Valle-Inclán, Vicente Blasco Ibáñez, Gabriel Miró se cuentan también dentro del grupo integrantes de la citada generación.

Esa radicalidad en el proceso de repensar a España se produjo también en el seno del sector que había sido protagonista directo de los acontecimientos del 98: los militares. Pero ese pensamiento al parecer se quedó incubado en los cuarteles, para revivir, en las primeras décadas del siglo XX, bajo el amparo de ideologías de derecha que habían prendido en la Europa vecina: en Italia y Alemania. El triunfo de la izquierda y el nacimiento de la II República, parecieran haber producido la confluencia de los carlistas, la falange y el fascismo para recuperar las ideas de la España Eterna, con un modelo de nación forjado en los ideales caballerescos medievales. Y se afirmaba de nuevo, lo que muchos argumentaron en el 98: la crisis de los políticos. Lo que hacía necesario la irrupción de la figura que encarnara los llamados almogávares que posibilitaron el triunfo de España sobre los infieles moros que coparon su geografía durante ocho siglos. Y nada más expedito que la reivindicación de los militares, a quienes los políticos supuestamente habían mandado a una guerra suicida, en 1898, a defender a su país frente a un Estados Unidos agigantado en poder bélico. Por ello la insurrección franquista fue fundamentalmente una insurrección militarista, según el historiador británico Paul Preston (1997). La falange sólo fue un instrumento para coronar la vindicación de una humillación que los políticos le habían infringido a los herederos del heroísmo español, obligándolos a pelear con armas muy inferiores a las de sus enemigos. Preston afirma que una especie de nostalgia del imperio embargó al movimiento franquista, ya que éste era un gran deudo de las ideas regeneracionistas:

El movimiento regeneracionista que se desarrolló tras el desastre de 1898 había de ejercer una profunda influencia en el pensamiento de la derecha española, ya bien entrada la época de Franco. La nostalgia del imperio era un rasgo común a todos los grupos derechistas en la década de los treinta... (1997: 35)

Tenemos, pues, que, montado en el caballo del catastrofismo del 98, el militarismo logró incubar un sentimiento de mesianismo que le sirvió para justificar su presencia en el 36, en momentos en que la II República hacía aguas. La confrontación la presentó el franquismo y sus aliados (fascistas, falangistas y carlistas) como una rivalidad entre la España Eterna y la España Liberal (tildada de anarquista y comunista). De modo que pareció una lucha entre Nacionalista y disgregadores de la unidad histórica hispánica. En ese sentido sostiene Stanley Payne (1997) que:

La única forma verdaderamente abierta de nacionalismo activo, en el último período del siglo XIX, la constituyó el nacionalismo imperialista, enfocado en la cuestión de Cuba durante los años ochenta y noventa. Este fue un asunto que logró reunir a periodistas, a algunos importantes políticos y a los representantes de ciertos intereses económicos importantes, pero que estaba representado del modo más estridente por algunos sectores de los militares. Esta actitud fue llevada a su máximo extremo en los diarios militares y otras publicaciones de la década de l890 y marcó un cambio hacia un nacionalismo de derechas más militarista e imperialista (p.65).

Es tan firme esa convicción en Franco, que en Raza, los opositores de los republicanos se autodenominan «los nacionales». Y su slogan fundamental es «Viva España». Lo que quiere decir que concebía a España como la más fiel heredera de la nación castellano-leonesa, que tuvo bajo su responsabilidad derrotar el islamismo para dar paso a la geografía hispánica de hoy. Y para eso defienden tres elementos esenciales: el catolicismo, el idioma español y el milicianismo. Esa es la tendencia que reaviva Franco en su novela y está impregnada en buena parte de la ideología que reinó inicialmente en su gobierno, que iniciara en 1936.

En donde no creemos que acierta Payne es en el sentido “imperialista” de militarismo español impulsado por Franco. Diríamos más bien que su acción política fue eminentemente endógena. Él apostó por un nacionalismo alimentado de los valores más rancios de la nación castellano-leonesa: el catolicismo y el milicianismo, entronizado en la Guardia Civil franquista.

 

2.- El mesianismo militarista en Raza

Fuentes oficiosas señalan que esta novela fue escrita por Francisco Franco en 1942. Es decir, en la temprana edad de su gobierno, que se caracterizó por ser cerrado y altamente represivo. Eran tiempos en que sobrestimaba su condición de “cirujano de hierro” y estaba plenamente identificado con los afanes del revanchismo militarista que pretendía cobrar las afrentas infringidas al ejército español por los políticos, en 1898.

La dedicatoria de la novela dice: “A las juventudes de España, que con su sangre abrieron el camino a nuestro resurgir”. Es obvia la referencia: está hablando del contingente de jóvenes (se calcula que aproximadamente 200 mil murieron en la guerra de Cuba) que pelearon en las antillas y que fueron inmolados por una casta política supuestamente inepta.

El título de esta novela es bastante significativo. Franco exalta una raza, en una clara coincidencia con el sentimiento racista que acompañó a unos de los movimientos ideológicos que le fue muy afecto: el nazismo. Su raza es una estirpe histórica, vinculada al origen de la España castellano-leonesa. En la primera página leemos esta especie de prólogo:

Vais a vivir escenas de la vida de una genera­ción; episodios inéditos de La Cruzada espa­ñola, presididos por la nobleza y espiritualidad ca­racterísticas de nuestra raza.

Una familia hidalga es el centro de esta obra, imagen fiel de las familias españolas que han resistido los más duros embates del materialismo.

Sacrificios sublimes, hechos heroicos, rasgos de generosidad y actos de elevada nobleza desfilarán ante vuestros ojos.

Nada artificioso encontraréis. Cada episodio arrancará de vuestros labios varios nombres... ¡Mu­chos!... Que así es España y así es la raza. (1981:7).

Esa raza la representa la familia Churruca Andrade, cuya figura estelar, José se va a inmolar en la Cuba de 1898.

La novela está organizada en dos partes. La primera consta de tres capítulos. El primero, de la primera parte, está zurcido del telón geográfico nativo de Franco: El Ferrol, pueblo gallego, cuya descripción denota el deseo del autor de mitificar el espacio español. Comienza describiendo el verano de 1897, en un pueblo costeño, habitado por idílicos pobladores. Hay un intento de imitar la coloquialidad gallega. Isabel, la esposa, está caracterizada a la manera de un lienzo de estereotipos para procurar afirmar la “españolidad” de la mujer: una mujer abnegada, bondadosa, fiel y obediente, en el modelo católico. Sus hijos, son también seres modélicos, salvo Pedro, quien va asomando rasgos que van a enturbiar la “pureza” de la estirpe. En la segunda parte veremos que Isabelita será en el futuro ama de casa, como su madre. José, militar como su padre y Jaime sacerdote. Pedro será abogado, y por ende, distraerá los designios de la familia en episodios trágicos.

En este mismo capítulo se produce la llegada del papá José, luego de una larga temporada en sus faenas de militar marino. El pueblo tiene a doña Isabel y a Don José como paradigmas. Por eso, un anciano llamado Luis casi siente felicidad cuando recibe del militar la noticia de la muerte de su nieto. Este pasaje de la novela de Franco es bien representativo de su ensalzamiento al sacrificio del soldado por su España:

Entre los grupos que forman los desembarcados y sus familias se mueve Don Luis buscando a un nieto.

DON LUIS.- ¡Demonio de muchacho! (Murmura.)

Churruca, que marcha llevando a su Benjamín en brazos, en grupo feliz con la familia, le divisa; su fiso­nomía cambia de repente, nublándose su alegría:

CHURRUCA.-Toma, Isabel (Entregándole a Jaimi­to.); tengo que hacer una diligencia.

Se separa de los suyos y va al encuentro de Don Luis.

DON LUIS.-Bienvenido, Churruca. Buscaba al mocete...

CHURRUCA (Conteniendo su emoción y estrechando entre sus dos manos las del viejo.).-Su nieto no viene, Don Luis.

DON Luis (Con el terror ref lejado en el semblan­te.) .-~Y luego?…

CHURRUCA.-Nos lo pidió la mar. La salvación del barco exigió la vida del más bravo, y él fue...

DON Luis (Abrazándose a Churruca.).- ¡Mi Luisiño! (Las lágrimas corren silenciosas por sus barbas de plata.. Pronto se repone, y, mirando con tristeza a Churruca, re­pite, moviendo su cabeza en un gesto de conformidad.) El más bravo!...

CHURRUCA.-Si, Don Luis, el más bravo.

DON Luis.-Gracias, gracias. (Separándose.) Pícara mar! (1981:24)

Este sacrificio del que habla la novela de Franco será la antesala del posterior sacrificio que el mismo José Churruca hará en Cuba.

Pero es importante la alusión a la leyenda de los almogávares. La misma se produce en una de las lecciones de moral que constantemente vive dándole el padre-militar a sus hijos. José, el futuro militar, pregunta a su padre por estos personajes. Y éste responde:

Eran guerreros escogidos, la flor de la raza española… Duros para la fatiga y el trabajo, firmes, ágiles y decididos en la maniobra. Su valor no es igualado en la Historia por el de ningún otro pueblo… (1981: 29).

No deja de sonar extraño que Franco recurra a una denominación árabe (al-mugawar) para idealizar la estirpe heroica de España. Y más aún si históricamente estos personajes son originarios de Cataluña, región que no es, precisamente, el tipo de nacionalismo al que aspiró el extinto dictador. Pero está claro que dicho personajes son para él emblema de la raza hispánica. En altisonante retórica el padre dice a su hijo José que:

Cuando llega la ocasión, no faltan. Sólo se perdió tan bonito nombre; pero almogávar será siempre el soldado elegido, el voluntario para las empresas arriesgadas y difíciles, las fuerzas de choque o de asalto… Su espíritu está en las venas españolas y surge en todas las ocasiones… (1981:29).

En el segundo capítulo de la primera parte, tendremos la oportunidad de ver al almogávar José Churruca demostrar su entereza, cuando le llamen a mandar el barco “Lepanto”, que peleará, con anunciado sino fatal, en la guerra con Estados Unidos en Cuba.

Aquí tendremos oportunidad de visualizar los vituperios contra los políticos. A ellos se les endilga el mal rumbo que ha tomado la guerra con Cuba. Unos de los militares se queja: “Y, al final, sin armas, sin efectivos, sin política exterior, aislados del mundo, tendremos la culpa los militares” (1981:40). Frases que sintetizan un verdadero anatema contra la política española. Esta otra frase además de patética, encierra una arraigada idea del militarismo como portaestandarte moral del país: “… sólo nos quedará nuestra propia estimación, el concepto del Deber; mas entre morir de asco o morir con gloria no hay vacilación” (1981:40). Y ante la vacilación de no enviarle a la guerra, Churruca enfatiza: “- No, mi general, es mejor así; aquí me moriría de vergüenza”. (1981:41). Igual heroísmo se observa cuando se despide de su familia, en especial de Isabel, su esposa.

En el tercer capítulo se narran los hechos del desastre del 98 en Cuba. Se ofrecen datos importantes: la intervención de Estados Unidos, el pretexto del Maine para cercar los puertos cubanos por parte de la nación norteamericana. Se le oye al Almirante Pascual Cervera estas frases: “Nada me digan. Las razones desaparecen ante el Deber. Sólo nos queda obedecer, cumplir como buenos, que en medio de todo no vale la pena sobrevivir a esta vergüenza. La historia sabrá juzgarnos. No hay sacrificio estéril…” (1981:52). Churruca, en honor a su “almagavarismo”, dice su epitafio:

Ustedes conocen la situación. Nuestro barco va a ser el segundo en el orden de batalla. Esta ha de ser dura y desesperada. El enemigo nos aventaja en número y material, pero no nos alcanza el valor. Hagámonos dignos de los que nos precedieron defendiendo el Honor de la Marina. ¡Viva España! (1981:52).

La novela nos deja servida en esta primera parte el deseo idealizador de Franco del espíritu tesonero, valeroso y arrojado de los almogávares.

La madre y sus hijos le sobreviven y tienen que llevar una vida de grandes limitaciones. La heroicidad militar, entonces, truécase por la heroicidad familiar, que lideriza ahora Isabel con su prole. No por casualidad el pequeño José terminará siendo Militar, defensor acérrimo del “Viva España”. Está cerca de la muerte y escapa de ella rocambolescamente. Jaime se hace sacerdote e Isabelita emula a su madre: termina siendo una abnegada amada de casa. Pedro es el elemento en discordia; escoge ser abogado, una profesión nada tradicional para la familia. Tienes ideas republicanas y es visto como un hereje.

Buena de la parte restante de la novela se consume en los hechos de la guerra civil española. La visión sobre los republicanos es totalmente maniquea. Pedro es anatematizado, pero luego aceptado, cuando se “arrepiente” y toma conciencia de la “maldad” de los republicanos.

La novela culmina con la caída de la República. La familia, sin Isabel, que ha muerto, vuelve a reunirse y se repliega para remarcar su condición de emblema de la españolidad. El país bajo el credo católico, el fervor miliciano devenido de los míticos almogávares y bajo el dominio de la cultura castiza ha vencido. Hasta Pedro, la otrora oveja negra, se reintegra.

 

Conclusiones

Estamos, entonces, ante la proclamación de una ideología españolista reductora. Que pretenderá hacer una sola España a costa de desconocer su pluralidad. El revival de los almogávares sirvió de alimento capital para más de cuarenta años de intolerancia, en los que el país ibérico se cerró a Europa y al mundo.

Los estudiosos del régimen de Franco señalan que su gobierno no fue del todo homogéneo. Por ejemplo, en los años 40, en los que escribe la referida novela, la intolerancia y la práctica cuasi fascista fueron su marca esencial. Luego la historia le haría aprender lecciones de realismo a Franco, aunque nunca perdió su condición de dictador.

 

Bibliografía

Andrade, Jaime de (Seudónimo de Francisco Franco). Raza. Anecdotario para el guión de una película. Madrid: Fundación Nacional “Francisco Franco”, 1981.

Marías, Julián (1996). España ante la historia y ante sí misma. Madrid: Alianza Editorial.

Ortega y Gasset, (1999) José. España invertebrada. Madrid. Alianza Editorial.

Preston, Paul (1997). Derechas españolas en el s. XX: Autoritarismo, fascismo y golpismo. Plaza y Janés.

Stanley, Payne. Franco y José Antonio. El extraño caso del fascismo español. Barcelona: Planeta, 1997.

 

© Celso Medina 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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