Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Luis Enrique Belmonte

Paso en falso

            

 

César Augusto Terrero Escalante

Ninguna sociedad esotérica que se respete admitiría a poetas entre sus miembros porque algunos poetas suelen resultar espías diseñados genéticamente para percibir los secretos más ocultos de sus cofrades y para ser incapaces de refrenar el deseo de hacerlos públicos.

Llamado por la voz de la novia intelectual que no permite el rechazo, una noche (y mil noches más) Luis Enrique Belmonte decidió subir a la azotea del edificio más alto de su extenso barrio. Mientras ascendía, en cada descanso intuyó las historias escritas en las fluctuaciones de las luces traspasadas por debajo de las puertas herméticas de cada apartamento. Detrás de ellas los inquilinos tenían cualquier nombre y sus crímenes, ninguno. Quizás fuese esa la razón por la que ni a él ni a su expresiva novia les satisfizo la intuición y fuese por eso que decidieron correr los riesgos del equilibrista, meditaron y premeditaron, dieron ese paso en falso y, vueltos procesión de ánimas, se filtraron juntos en cada dormitorio para escuchar las confesiones de los durmientes y también de los insomnes.

En su excelente informe de 46 páginas con el título “Paso en falso” publicado en el 2004 por Ediciones Mucuglifo (Dirección Sectorial de Literatura, CONAC, Mérida), el poeta venezolano descubre a los sucesivos inquilinos desaparecidos después de dejar minúsculos recuerdos para conjuros entre las paredes donde nosotros también morimos; transcribe las plegarias más privadas; repite las últimas palabras dichas antes de sonar los despertadores y exhalarse los alientos de somníferos; devela las criaturas invisibles que pululan dentro de los círculos luminosos de las lámparas de las mesitas de noche, las que escapan de los televisores que nadie está mirando y las que se apagan en los ceniceros; define el origen de todos esos ruidos ubicuos que asechan el ocasional silencio doméstico; describe las duchas en que aparece el tiempo para pensar, las cenas sin cocinar, las zonas inmóviles de los guardarropas...

Las imágenes se comunican con un ritmo que transita desde armonías similares a las apoyadas en variaciones métricas, como en “La franja” (Arden/ los últimos conjuros de una lámpara,/ y por esa franja se deslizan/ los esclavos del sueño.), pasando por la cadencia exhortativa de los versículos (evidente en la “Oración del carnicero”: Míranos a través de los ojos desorbitados de los bueyes.), hasta la gravedad de la prosa (El mirón, recién llegado, anduvo por la sala de baile como un coronel tuerto, melancólico, enumerando todas las bajas, las copas partidas, las botellas descorchadas.), pero siempre con un dejo de taciturna sabiduría que invita a dejarse engañar por las apariencias.

Esta mirada cabal de la soledad estéril oculta en la región más íntima de la sociedad urbana moderna tiene el doble doble-filo propio de la mejor poesía: el artista queda vulnerable ante su propia percepción, el lector queda destapado por su propia curiosidad. De esa manera el poeta logra plasmar en este poemario, su cuarto publicado, la cita inicial de Iosif Brodsky: De entre ellos los mejores/ fueron víctimas y verdugos a la vez.

 

© César Augusto Terrero Escalante 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/pasoenf.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2005