Don Quijote enfrentado al pasado heroico:
transformación de la realidad. Capítulo XXI[1]

Luis Quintana Tejera

Universidad Autónoma del Estado de México


 

   
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Las acciones que tienen que ver con el yelmo de Mambrino se circunscriben en un entorno cervantino preponderantemente, pero la idea relacionada con este famoso almete la recupera el narrador de la tradición anterior y más específicamente de El Orlando furioso de Ludovico Ariosto. Allí se habla de este yelmo, y nos enteramos que a Mambrino se lo arrebató Reinaldo -héroe muy cercano a Orlando- y que luego el mencionado instrumento se fue trasladando de cabeza en cabeza ya fuera porque su dueño muriera o porque éste lo perdiera en combate. [2]

Éstos son los hechos de la leyenda y de la historia literaria en los cuales se fundamenta Cervantes aun sin decirlo.

La aventura comienza con la intervención del narrador quien comenta:

En esto comenzó a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en el molino de los batanes, mas habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote por la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y, así, torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían llevado el día de antes.

De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aun él apenas le hubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:

-Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: «Donde una puerta se cierra, otra se abre». Dígolo porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la que buscábamos, engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par en par otra, para otra mejor y más cierta aventura, que si yo no acertare a entrar por ella, mía será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de batanes ni a la oscuridad de la noche. Digo esto porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo hice el juramento que sabes. (pp. 187- 188).

Los acontecimientos se suceden de una manera muy rápida: está lloviendo, don Quijote descubre un hombre de a caballo que trae en la cabeza una cosa que relumbra como si fuera de oro, el hidalgo le habla a su escudero explicando los hechos de acuerdo con su mermada cordura. Ve nuevamente la oportunidad de la aventura y está convencido que tiene ante sí a una persona que trae puesto el yelmo de Mambrino.

Nada mejor para comentar este pasaje que confrontar los diferentes puntos de vista que sostienen los personajes y el narrador ante los hechos.

Don Quijote afirma convencido a pesar de las advertencias de su acompañante:

-¿Cómo me puedo engañar en lo que digo, traidor escrupuloso? -dijo don Quijote-. Dime, ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre un caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro? (p. 188).

Ubicado en su peculiar universo y desde una perspectiva de observación bastante subjetiva habla de un caballero, un caballo rucio rodado y un yelmo de oro que trae puesto en la cabeza el mencionado caballero.

Sancho, en cambio, afirma:

-Lo que yo veo y columbro -respondió Sancho- no es sino un hombre sobre un asno pardo, como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra. (p. 188).

El discurso del escudero es más conciso, va al grano; la expresión “columbrar” significa “ver desde lejos”; ante sus ojos se ofrece un hombre, un asno pardo y una cosa que relumbra.

El narrador actúa más que nunca desde su función omnisciente y aclara:

Es, pues, el caso que el yelmo y el caballo y caballero que don Quijote veía era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño, que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto a él, sí; y, así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse, y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el barbero y traía una bacía de azófar; y quiso la suerte que al tiempo que venía comenzó a llover, y porque no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza, y, como estaba limpia, desde media legua relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo, y esta fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio rodado y caballero y yelmo de oro, que todas las cosas que veía con mucha facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías y mal andantes pensamientos. (p. 189).

Quien cuenta los hechos parece deleitarse con los detalles y deja constancia que se trata de un barbero, que viene montado en un asno pardo y que trae una bacía de azófar [3]. Inclusive el narrador alude a las dos funciones típicas que cumplían los barberos en los pueblos: una -la elemental- cortar cabello y barba; la otra -consecuencia de las inevitables carencias- atender a los enfermos a los cuales generalmente los despachaban con una sangría que ayudaba en algo, aunque raramente curaba.

Veamos lo dicho anteriormente de manera esquemática:

   Don Quijote    Sancho    El narrador
1. Un caballero 1. Un hombre 1. Un barbero
2. Caballo rucio rodado 2. Un asno pardo 2. Un asno pardo
3. Yelmo de Mambrino 3. Trae en la cabeza una cosa que relumbra 3. Es una bacía de azófar

Si comparamos las diversas maneras de observación, las de Sancho y narrador se asemejan bastante; la de don Quijote se dispara en sentidos absolutamente imaginados. El narrador, en su condición omnisciente sabe que este hombre es un barbero y, por lo tanto, el instrumento que relumbra es la bacía.

Si volvemos al desarrollo de los hechos, el hidalgo contesta a la intervención de Sancho que se puede leer en la segunda columna del cuadro anterior:

-Pues ése es el yelmo de Mambrino -dijo don Quijote- Apártate a una parte y déjame con él a solas: verás cuán sin hablar palabra, por ahorrar del tiempo, concluyo esta aventura y queda por mío el yelmo que tanto he deseado. (p. 188).

Está decidido a actuar y no ve ningún inconveniente para ello; la supuesta presencia del yelmo de Mambrino ante sus propios ojos lo excita y motiva. Aquí no habrá consecuencias dolorosas y brutales como en los molinos de viento; tan sólo conseguirá lo buscado y su enfrentamiento con la realidad surgirá cuando intenta ponerse el casco y le queda excesivamente grande.

-Yo me tengo en cuidado el apartarme -replicó Sancho-, mas quiera Dios, torno a decir, que orégano sea y no batanes.

-Ya os he dicho, hermano, que no me mentéis ni por pienso más eso de los batanes -dijo don Quijote-, que voto, y no digo más, que os batanee el alma.

Calló Sancho, con temor que su amo no cumpliese el voto que le había echado, redondo como una bola.[...] (pp. 188-189).

Sancho guardará silencio mientras observa con cierto temor el desenlace de los hechos:

Y cuando él vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin ponerse con él en razones, a todo correr de Rocinante le enristró con el lanzón bajo, llevando intención de pasarle de parte a parte; mas cuando a él llegaba, sin detener la furia de su carrera le dijo:

-¡Defiéndete, cautiva criatura, o entrégame de tu voluntad lo que con tanta razón se me debe!

El barbero, que tan sin pensarlo ni temerlo vio venir aquella fantasma sobre sí, no tuvo otro remedio para poder guardarse del golpe de la lanza sino fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado al suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo y comenzó a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento. Dejóse la bacía en el suelo, con la cual se contentó don Quijote. (p. 189).

El pasado y el presente se presentan de manera antitética, porque en el ayer hay un yelmo glorioso que cubrió cabezas heroicas y acompañó a héroes en el ejercicio de soberbias aventuras; en el presente, sólo hay una triste bacía de barbero y un barbero sorprendido que no sabe qué hacer al ver venir aquel hombre sobre sí. Don Quijote está convencido de que ésta es la oportunidad por excelencia para recuperar el casco y avanza confiado en actitud de batalla. El propio narrador llama al barbero “pobre caballero” con lo cual, si bien no le da la razón al hidalgo, al menos está asumiendo que por unos instantes don Quijote ha creado un caballero en donde había tan sólo un humilde rapabarbas; se reitera lo comentado en la armadura de caballero cuando crea doncellas en donde únicamente se hallaban rameras. Y ahí va Rocinante a todo el correr de sus débiles patas conduciendo sobre su lomo a un enajenado guerrero, que con el lanzón bajo llevaba la intención de pasar de parte a parte al sencillo rival. Acompaña su ademán violento con palabras igualmente altisonantes a través de las cuales lo reta al combate y le exige la entrega de “lo que con tanta razón se me debe”. Es frecuente encontrar estos hiatos [4] en el discurso del hombre de la Mancha, estos eufemismos [5] cuando prefiere dar por supuesto algo o simplemente no decirlo; lo hizo arrodillado ante el castellano en la venta cuando le exigió que le concediera un don sin aclararle cuál era esa gracia, y lo llevó a cabo con Sancho cuando le hablaba de Dulcinea sin explicarle quién era en verdad esta supuesta doncella.

El indefenso barbero, con el objeto de defenderse y en acto instintivo se deja caer del asno y emprende veloz carrera huyendo así de lo desconocido. La bacía -motivo de la improvisada disputa- ha quedado en el suelo y con ello el hidalgo recupera el equilibrio y la tranquilidad perdidos. Ahora sostiene:

Y dijo que el pagano había andado discreto y que había imitado al castor, el cual, viéndose acosado de los cazadores, se taraza y harpa [6] con los dientes aquello por lo que él por distinto natural sabe que es perseguido. (189).

Las intervenciones discursivas del personaje central son numerosas en la novela. En este caso, lo hace a los efectos de ingresar su comentario: el supuesto caballero ha huido dejando aquello por lo cual se le persigue, al igual que el castor -he aquí un símil o comparación extensa- el que se corta -al menos esto se creía- los órganos genitales que contienen una sustancia usada en perfumería, para salvar así su vida. La auto castración del animal mencionado, simboliza el despojarse de algo tan preciado, de aquello que permite la continuación de la especie, para conservar la propia vida; de igual forma, cabe suponer que el barbero ha dejado en pleno campo el famoso yelmo de Mambrino ante la osada acometida del feroz rival. O así al menos interpreta los sucesos nuestro personaje. Un simbolismo algo arriesgado puede deducirse de estos acontecimientos. ¿Cuántas veces somos portadores de valiosos contenidos -generalmente humanos o espirituales- y no nos damos cuenta de ello? Sólo cuando nos vemos obligados a entregarlos, que es sinónimo de perderlos, comprobamos -ya demasiado tarde- que no es posible recobrar lo que por la violencia del destino hemos tenido que arrancar dolorosamente de nuestro mundo.

Volvamos al desenlace de esta aventura. Don Quijote y Sancho están frente al yelmo, frente a la bacía. Este objeto se vuelve bivalente gracias a la enajenación del caballero. Para Sancho y para la enorme mayoría de los que habitamos este universo ésta es una bacía, una especie de palangana que usaban los peluqueros de aquella época; para don Quijote y quizás sólo para él por la inmensa carga de idealismo de que es portador, nos hallamos ante el famoso y justipreciado yelmo de Mambrino, el cual -ya lo decíamos anteriormente- en otros campos de batalla más ortodoxos que éste de la novela, y en otros tiempos adornara y protegiera cabezas famosas como la del propio Mambrino y la de Reinaldo, entre muchos otros.

Acontece aquí algo cómico: el hidalgo intenta ponerse la bacía, es decir, el yelmo, y no le halla el encaje; gira y gira en la delgada cabeza, porque es mucho grande de lo imaginado. Curiosamente en lugar de que la desesperación lo venciera al no conseguir su propósito, da una explicación a los hechos:

-Por Dios que la bacía es buena y que vale n real de a ocho como un maravedí. [dijo Sancho].

Y, dándosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándola a una parte y a otra, buscándole el encaje, y, como no se le hallaba, dijo:

-Sin duda que el pagano a cuya medida se forjó primero esta famosa celada debía de tener grandísima cabeza; y lo peor de ello es que le falta la mitad. (p. 190).

Sancho ya no puede contener la risa al oír semejante disparate como es el llamarle yelmo o celada de encaje a una humilde bacía. Ríe como reiríamos nosotros ante cualquier otro desajuste irracional en que un individuo pudiera incurrir.

Cuando es interrogado por el caballero acerca del motivo que provoca su hilaridad, el escudero responde con una verdad a medias:

-Ríome -respondió él- de considerar la gran cabeza que tenía el pagano dueño de este almete, que no semeja sino una bacía de barbero pintiparada. (p. 190).

De esta forma, Sancho ya toma ciertas precauciones, que al comienzo de su relación con don Quijote no las tenía en cuenta.

De acuerdo con la explicado supra, el escudero igualmente comienza a dejarse influir por las actitudes y pensamientos de su señor; su modo de ser está en proceso de transmutación, pero mientras esto sucede se aferra a los esquemas que ya traía consigo.

No podemos pasar por alto otro aspecto del análisis que consideramos esencial. Don Quijote se ha enfrentado a la realidad y al producirse este violento choque se ve obligado a reacomodar algunos hechos; por eso explica ahora:

-¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza de este encantado yelmo por algún extraño accidente debió de venir a manos de quien no supo conocer ni estimar su valor y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió de fundir la mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad hizo esta que parece bacía de barbero, como tú dices. Pero sea lo que fuere, que para mí que la conozco no hace al caso su trasmutación, que yo la aderezaré en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte que no le haga ventaja, ni aun le llegue, la que hizo y forjó el dios de las herrerías para el dios de las batallas; y en este entretanto la traeré como pudiere, que más vale algo que no nada, cuanto más que bien será bastante para defenderme de alguna pedrada. (p. 190).

Prácticamente acepta que el instrumento que tiene en sus manos es una bacía, como dice Sancho, pero tuvo su origen en el famoso almete el cual fue partido a la mitad por alguien que desconocía su valor: una parte fue vendida a precio elevado, la otra mitad se convirtió en bacía de barbero.

Pero a todo esto, el hidalgo le resta importancia y para él seguirá siendo celada de encaje que hará acondicionar a su “verdadera” función cuando encuentre un herrero adecuado. Al decir esto último está pensando en Hefesto, el dios griego de la fragua, el glorioso cojo de ambos pies como le llama Homero en la Ilíada, quien hiciera las armas de Ares, dios de la guerra. De esta forma el intertexto continúa siendo usado por el narrador y nos revela la enorme capacidad de lectura del escritor.

Como resultado de lo expuesto en la conclusión de la presente aventura, el hidalgo parece sostener -a la luz de ese yelmo que fue trastocado en bacía (la mitad de él)- que donde hubo fuego, cenizas quedan. Por ello, este instrumento de barbero del presente guarda muy oculto en sus figuradas entrañas la gloria del pasado. De nuevo el símbolo; se reitera por parte del narrador esa intención de sensibilizar a los objetos y a los personajes también, para que digan y representen mucho más que lo que aparentan desde su condición real.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Notas:

[1] De Luis Quintana Tejera. Las máscaras en el Quijote, México, Eón / El Paso Texas, 2005.

[2] En el canto primero del Orlando Furioso cuando Ferragús intenta sacar del fondo del río su yelmo, de pronto se le aparece imponente la figura del hermano de Angélica a quien él había matado, el cual le reprocha por no haber arrojado al río sus armas y su casco de acuerdo con lo prometido previamente. Y este curioso fantasma le dice: “Y si tanto anhelas poseer un almete bien templado, busca otro y procura adquirirlo por medios más honrosos. El paladín Orlando tiene uno semejante, y quizá sea mejor el que posee Reinaldo: el uno fue de Almonte; el otro de Mambrino. Conquista cualquiera de ellos con tu valor; pues en cuanto a éste, ya que has prometido dejármelo, no harás mal en renunciar a él.” Ludovico Ariosto. Orlando furioso, trad. de Francisco Orellana, México, UTEHA, 1949, p. 5. En nota a final del libro aparece la siguiente explicación: “En el poema de Boiardo [Orlando enamorado] no se hace mención de Mambrino, pero en una novela en verso, titulada Enamoramiento de Reinaldo, se lee que un rey pagano de aquel nombre, que vino con un gran ejército a guerrear contra Carlomagno, fue muerto por Reinaldo, quien le arrebató el famoso yelmo, aquel famoso yelmo de Mambrino.” Ibidem, tomo II, p. 812.

[3] La bacía es un instrumento que usaban los barberos, parecido a una palangana con una abertura para el cuello del cliente. El azófar es latón.

[4] Hiato. Aquí con el sentido de “Solución de continuidad, interrupción o separación espacial o temporal. Real Academia Española. Diccionario de la lengua española, tomo II, p. 1205.

[5] Eufemismo. Expresión con que se sustituye otra por diversas razones. Aquí sucede que don Quijote se considera suficientemente conocido como para tener que explicar una serie de asuntos que resultan demasiado obvios. Luis Quintana Tejera. Taller de Lectura y Redacción II, p. 118.

[6] Harpa: es igual arpado y significa que remata en dientes pequeños como de sierra. Real Academia Española. Diccionario de la lengua española, tomo I, p. 208.

 

© Luis Quintana Tejera 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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