El habitante místico de Antonio Colinas

Celso Medina

Universidad Pedagógica Experimental Libertador
Instituto Pedagógico de Maturín (Venezuela)
medinacelso@cantv.net


 

   
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El hombre cultivado no lee las estrellas, sino artículos sobre astronomía.
George Steiner

 

Antonio Colinas (1946) es uno de los poetas españoles contemporáneos " que recurre con mayor frecuencia a la tradición clásica, no para mimetizarse en sus formas, sino para adentrarse en sus temas y personajes, apropiándose de sus atmósferas. Se podría decir, contradiciendo la afirma­ción de Steiner, que Antonio Colinas se cultiva directamente con las estrellas y que su poesía, a pesar del cultismo que la caracteriza, no tiene más libro de lectura que la realidad con toda su fuerza fenoménica.

El río de sombra, la colección que recoge la mayoría de los textos poé­ticos (1967-1997) de Colinas, editada por Visor en 1999, nos pone en con­tacto con una obra de factura singular en la poesía contemporánea españo­la. Muy alejado de los estridentismos vanguardistas, Colinas ha ido forjando su obra a orillas de la tradición, frente a la cual el poeta adopta una actitud heterodoxa. No es él un arqueólogo, rebuscador de ruinas antiguas; es, más bien, un revitalizador de los ecos pretéritos, una especie de puente que con su potencia imaginística permite que accedamos a un pasado pleno de vigor y de vigencia. .

A caballo con la tradición, Antonio Colinas se nos presenta en sus poe­mas como un gran lector del pasado. Pero sus lecturas se traducen en un uni­verso percibido desde los sentidos.

En la poesía de este autor hay una galería de personajes míticos e his­tóricos, construyéndose más en el espacio que en el tiempo. Esos personajes se sitúan fuera de sus anecdotarios particulares, para crear un crisol de pliegues sensuales. La historia no es pues, un hilo de hechos, sino un cosmos de ecos. El hombre trasciende más allá del calendario; las cosas que contacta, el árbol que admira, la piedra que toca van elaborando la bitácora de su existencia. En ese zócalo existencial sobresale un tema: el que encarna el motivo del habitante. Por tal entendemos a la fuerza que impele al hombre a tener amplia conciencia de que vive en el espacio y que a la vez es tas bien espacio.

El habitante vive en la dialéctica del sedentarismo y del nomadismo. P ello es raíz y pájaro. El sedentarismo fuerza al poeta a quedarse en su paisaje natal; un paisaje de «piedras históricas», árboles y de una geografía impregnada de experiencias sinestésicas. Su universo se abre sea sin recelo alguno a variopinta sensualidad. Y en ese espado el sueño ocupa un destacado lugar. La actividad de soñar es oficio de un hombre despierto frente a las cosas. De allí que nos encontremos con una poesía abrumadoramente fenoménica, cuyo recurso esencial es la imagen desnuda, que hace de lo visual su principal fuente reflexiva.

La memoria es el elemento generador de la poesía de Colinas. A través de ella se despliega su singular fenomenología, la cual se nutre de lo óntico: el ser es su preocupación fundamental. Por ello podríamos denominar su poesía como una documentación de la existencia. Y todo su memorialismo puede sintetizarse en el motivo del habitante.

Ya desde su primer libro, Poemas de la tierra y la sangre (1967), Anto­nio Colinas va a mostrar su condición de hombre raigal, cuya creación se alimenta del acontecer intrahistórico de su infancia. El poeta empieza a elabo­rar las bases de su arcadia, de elementos bien concretos: la naturaleza y los paisajes de la cultura de Castilla. La tierra natural y «culturizada» son cimien­tos de su poética.

En «Nocturno en León», el habitante se patentiza en un hombre que no está en el paisaje, sino que es paisaje. Su cuerpo es el escenario donde habi­ta. Y desde allí crece una visión que se va concretando en el despliegue de todos los sentidos. En la lectura de este poema, el primero de su libro inicial (o iniciático), el invierno es frío a tacto pleno. Una metáfora (“la linterna roji­za de las cumbres”) va envolviendo el imaginario de un habitante que inven­taría su existencia montado en el caballo de su piel. La dudad de León es tópico celebrativo. De allí que culmine su apostrofación a la referida ciudad con una solicitud reveladora de una mística particular: «hazme un hueco de amor entre tus muros negros/entreabre las pestañas heladas de tus ríos/que se agigante el sueño para este amor que ofrezco». Aquí asistimos a la nece­sidad del hablante lírico de diseminarse en el paisaje, como vía de penetrar en el esplendor que hay en él. No es posible amar sin fundirse sin regateo alguno en lo amado.

¿Qué es poetizar para este habitante? Escuchar los ecos que se develan del paisaje. Hay un oxímoron, tomado en préstamo del barroco español, que nos parece clave para interpretar la poesía de Antonio Colinas. Está en el segundo verso de su poema “En San Isidoro beso la piedra de los siglos”, del mismo poemario que venimos comentando. «Aquí sólo se escucha el silencio sonoro», afirma. Esa sonoridad del silencio parece señalar el camino más acuciante del poeta contemporáneo: ¿cómo arrancar la poesía de la historia?, ¿cómo hacer que las piedras, los muros de su Castilla poetizada «sonoricen» vida? La memoria habla en pleno contacto con los objetos que el hombre ha manoseado. Y rescata la idea de que la poesía es una realidad de espacio, no de tiempo. El tiempo resiste pocas veces la tentación de la cronología. Con ella se racionaliza, entrando en la lógica de lo causal. El espacio, por su parte, vive de la simultaneidad; a cada rato está practicando las correspon­dencias; las mismas de las que habla Baudelaire en su famoso soneto.

La obra poética de Antonio Colinas se construye desde el espacio, cuyo escenario se plena de atmósferas sinestésicas, haciendo de su poesía una ins­tigadora piedra que tienta al tacto. Todo eso gracias a que el poeta no es más que un sensibilísimo habitante, un ser que practica la comunión con las cosas a plenitud.

En el poemario Preludios a una noche total (1967) ese habitante practica un amor donde el cuerpo es piel sensitiva. El paisaje contemplado s fuente de perfumes, olores y música. El cuerpo existe como alma, vaga por la naturaleza en búsqueda de un éxtasis que trasciende toda meta carnal, amada será voz, reluctante rostro vago, imagen construida de miradas. Colinas hace de pintor impresionista y de cazador de instantes epifánicos, cuyos ecos sueña el amor. Y por ello dice:

Sobre toda la faz gloriosa del planeta
resbaló mi mirada probando la hermosura.
Pero sólo posé mis ojos en tus ojos.
Me perdí confiado donde sonaba el agua
de tu voz, donde él sol iluminó la tierra
prometida qué estuve soñando desde niño.

Estamos ante un ser que degusta la naturaleza en una búsqueda óntica. Es el ser el que interesa. Y por ello amar es indagar en los ecos, en ese escenario mudo, donde late el espacio de lo absoluto. Este juego de espejos revela una manera de amor alejado del egotismo. El habitante, entonces, vive porque convive, ama porque se deja amar.

Llevado de la mano de la tradición de Roben Browning, de Pound y de Eliot, Colinas no se limita a ver el mundo; también está en él. Y lo hace gracias al método del enmascaramiento, lo que le permite ser varios personajes que circulan libremente por toda la historia del universo. En el poema «Escalinata de palacio» (de Truenos y flautas en un templo (1968-1970), leemos: “Pero siempre termino dormido entre las flores/beodo entre las flores, ahogado por la música/que desgrana el violín que tengo entre mis brazos». Ésa es la voz de un pordiosero que habita una escalinata histórica (una huella que hace que su piedra trascienda). Estamos frente a un trashumante, frente a un hombre que venciendo el tiempo, vive para testificar una especial fuerza que anhela la plenitud. Por ello dice: «Mi amigo es el rocío. Me gusta o al lago/diamantes, topados, las cosas de los hombres». Ese personaje pone de relieve la fuerza centrífuga que la naturaleza ejerce sobre el habitante.

Gracias a esa galería de personajes, la poesía de Colinas hace de la historia un espacio de mediación poética. Gracias a ella desfilan los mitos, los poetas pintores (y sus modelos), los músicos, los héroes situados en la escena del espado del Mediterráneo.

Podemos hablar del libro místico de Antonio Colinas, cuyas hoja se surcen con el blanco infinito de la naturaleza. Por sus páginas circula un aleph, aquél del que nos habló Borges: el punto de encuentro de la simultaneidad de lo absoluto. La fuerza más vital de ese libro la sentimos en sus poemas-cantos, para usar una definición genérica de Octavio Paz, como ejemplo, en «Sepulcro en Tarquinia». Éste es una larga celebración a la condición de habitabilidad que tiene el mundo. Bajo unas ruinas históricas bulle un calidoscopio, por donde circularmente fluye un río de imágenes. La mirada poética logra convertir las huellas en presente vívido. La muerte es semilla que se abre a la fecundación. La voz poética se dirige indistintamente a la naturaleza y a la imagen de una amante. De manera que se crea una ambigüedad creadora, permitiendo el crecimiento de un amor que oscila entre lo erótico y lo histórico: «tú me entregabas lo desconocido... / ¿recuerdas aún la historia del sepulcro?». La memoria convoca a un mundo cuya certeza no está en lo real, sino también en el sueño proyectivo. La imagen del cuerpo que se desentierra logra desatar los demonios sensuales de la naturaleza. Y ésta es fuente mística: «se levanta la noche lentamente/ del lago Trasimeno, olivos/saben a Dios, sollozan hondos, mansos...».

La naturaleza es en Colinas fuerza que impele, ánima de un revival fructificante, que erotiza la historia. Toda la anécdota en torno a Tarquinia es el señuelo para hacer coincidir en un mismo espacio al cuerpo y al universo, que para el poeta español no se puede habitar el universo sin ser habitado por él. El hombre es un ser que vive en su cuerpo, pero éste vive porque respira el aire del cosmos. Por ello estos versos: «mereces la visita de la luna/tienes una azotea en cada ojo/abres los muslos, abres las dos manos/tus dos pechos apuntan hacia la nieve, /tu vientre es una zarza a medio arder, / ¿son tamos o racimos esos labios?».

Ésa búsqueda de lo óntico en la naturaleza es labor obligada, pero de resultados infructuosos. Traza un rasgo importante en la poética de Colinas. No es casual que este poema lo precedan unos versos de Dante, aquel poeta que nos hace recorrer el infierno, y el purgatorio para llegar a un paraíso donde no será posible con-tactar a la amada Beatriz. La llegada es como la de Manoa de nuestro poeta venezolano Eugenio Montejo: «... es otra luz del horizonte/quien sueña puede divisarla...». El lugar existe como esperanza, mas quien arribe a él ya deja de estar en la cumbre del éxtasis anhelado. Algo de de taoísmo vibra en esa poética: «en vano escucharás junto a las rocas/ (...) jamás llegará nadie a este lugar, /jamás llegará nadie a este lugar/y las gaviotas me darán tristeza».

«El río de sombra» es el poema que da título a la colección de poemas a la que, hemos estado aludiendo. El signo río se entrevera con el tema del viajero y del camino, que pudiera corroborar nuestra afirmación de la exaltación del habitante en la poesía de Antonio Colinas. Allí pareciera confluir toda la convicción de que el país del hombre es el cosmos. Y que son los s los miembros esenciales de la humanidad. Pies con alma de pájaro que vuelan en el vasto mundo. El río coliniano no está hecho de agua, sino de huellas, de pasos que hacen mover la historia. Por ello nos dice el poeta: «La sombra crea un río dulcísimo de sombra/un hondo curso entre los troncos negros/que trazó una mano de inspiración divina».

Quisiéramos concluir este paseo por la poesía de Antonio Colinas comentando el poema «La tumba negra», el último poema de la colección de los textos ya aludida. Es curioso que el poeta invierta el sentido de las palabras tumba y sepulcro. Ellas parecen aludir a la idea de semilla vivificadora. A decir de Rilke, de cuyos versos se sirve el epígrafe del poema, las tumbas no callan. Son más bien elocuentes. Y si ella es la de Juan Sebastián Bach, muchísimo más.

Este poema está estructurado bajo un hilo narrativo que se matiza con atmósferas espaciales. Leipzig habla desde los ecos que rememoran al músi­co alemán. Pero ese espacio es un círculo abierto al vasto mundo. Y nos encontramos de nuevo con la idea del libro místico como aposento de toda la plenitud vital: «Otra vez a empezar, pues vivir/es un libro que se abre y se lee y se padece».

El libro en cuestión no lo escribe el poeta; más bien lo lee en esas hue­llas, cuyos signos revelan la descomposición de un mundo más hollado que vivido. La tumba del mencionado músico es el pivote para la reflexión sobre la Europa contemporánea; la misma que intenta levantarse desde sus propias cenizas. El «Huracán de pasados y presentes» se cierne sobre las huellas más cruciales del hombre; es decir, sobre el arte. Por ello la pregunta angustiosa: « ¿Hasta cuándo tendrá que rodar la cabeza del Orfeo/sobre los pedregales de la Historia?» La respuesta no se deja oír, ante el ruido de «grúas y bulldozer que taponan la armonía guardada en la tumba del músico.

Algo de moraleja podemos inferir de este poema. La misma habla de la ética de un poeta que reflexiona sobre el abismo Sacrificial que la sociedad contemporánea ha creado, en aras de una materialidad grotesca, negadora del sentido auroral de la mística de las cosas. La modernidad ha enmudecido los objeto». Los ha vuelto brutal mercancía. Y la ciudad, excrescencia irracional de los mercaderes, comete el crimen de apagar la armonía que duerme en ese cementerio de Leipzig donde reposa Bach. Y de nuevo estamos ante una reinversión de los signos en Colinas: lo negro no es la negación de la luz. Es, más bien, el refugio de ella; el espacio donde están las páginas de libro místico. Por ello el poeta, ojo avizor, ve esa luz y dice; «quedar aquí o allá detrás de 1a frontera/pero donde se siempre la armonía quedar aquí o allí/mientras nos consumimos en el centro/de esta esfera sin límite y en llamas:/la del amor que es tuyo y mío,' de todos».

Antonio Colinas es un poeta que celebra la condición del ser habitante, cuya territorialidad es infinita, siempre factible de buscar, aunque no se encuentre definitivamente. En él podemos hallarnos con una dialéctica: la de la raíz y la del pájaro, cuya síntesis se expresa en 1a necesidad de escribir a partir de apuntes que se copian del gran libro místico; un único libro, cuyas páginas están hechas de una onticidad labrada, cincelada a imagen de la armonía entre el cuerpo y la naturaleza. El poeta vive su poesía porque la poesía lo vive a él.

 

© Celso Medina 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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