El viaje y el poema

Fabián Soberón


 

   
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Este hombre en marcha sobre la tierra
que gira... va también, como todos
nosotros, caminando dentro de sí mismo.
               Marguerite Yourcenar [1]

 

1

Camina bajo la solitaria luz crepuscular. Las ásperas sandalias le astillan los pies. No lo salva ni del sol ni de la lluvia su atuendo escaso. La daga del aire le penetra los huesos y el cielo es un manto lejano y austero.

En Europa, Spinoza [2] pule, lento y paciente, los futuros cristales de un telescopio. Entre las casas bajas y las calles de piedra, Vermeer [3] pinta el rostro ubicuo de Delft. Frente a la aciaga estufa, Descartes [4] piensa en la negación del mundo.

Nadie sabe que un hombre, hacia el final de sus días, recorre, en la intemperie de la tarde, el paso de Shirakawa. Nadie sabe que en el rojo horizonte del Oriente encuentra la milagrosa eternidad. [5]

Basho camina. El vasto espejo de la montaña le devuelve su cara. Escucha, impertérrito, el frágil sonido de una laguna, el húmedo rumor del viento, la voz pausada de las hojas, el ciclo interminable de las noches y de los días.

Ha encontrado en el silencio de su mente el sonido de la naturaleza. Ha encontrado la cifra del tiempo en un instante.

Cada paso que da es la sombra de una palabra.

En la noche de la partida, sus piernas inmóviles resisten la despedida. Anotó en su diario [6]:

Me pareció que no avanzaba al caminar; la gente que había ido a despedirme no se marchaba, como si no hubieran querido moverse hasta no vernos desaparecer. [7]

Basho inició su viaje [8] con la compañía de un discípulo. Como Dante y Virgilio, los dos poetas japoneses, viajaron juntos hacia las regiones de lo desconocido. Como el florentino, fue guiado, no por Sora [9], sino por la curiosidad y la esperanza.

Ya en el trayecto, comprueba que los lugares mencionados por los poetas han sido devastados por el tiempo. Diferente, la cara del mundo lo perturba. Escribió:

El tiempo pasa y pasan las generaciones y nada, ni sus huellas, dura y es cierto.

El poeta siente, inexorablemente, que los parajes cantados por los poetas ya no son los mismos. Todo pasa: Basho repite, azorado, el insuperable aforismo del oscuro [10]. Pero el verso breve permanece. Aunque la naturaleza cambie, las palabras que cantan la naturaleza, han atravesado el río del tiempo.

La isla de Magaki parecía al alcance de la mano: tan cerca se veía. Los pescadores remaban en sus barquitas, todas formadas en hileras y se oían las voces de los que repartían los peces. Recordé el verso: atados con sogas. Comprendí al poeta y me conmoví.

A pesar de la inmediata presencia de la montaña, el japonés no la contempla sin expectativas. La prestigiosa palabra de los poetas que lo anteceden, guía su fatigoso recorrido. No sin osadía, se podría decir que Basho ejercitó el bovarismo. La previa lectura de los poemas le dirigen la mirada. Basho está imposibilitado de ver la naturaleza en sí. Lo que ve es lo que espera ver; lo que ve es, parcialmente, lo que dicen los poemas.

En pleno viaje, lejos de la gente que los vio partir, las cosas le anuncian una tristeza. En Anatomía de la melancolía, Robert Burton anotó, de manera memorable, los perjuicios de la melancolía. Esa sombra que ataca al hombre, discutida por Burton en su libro, se abrió en el cuerpo de Basho como una flor. El poeta sintió la nostalgia en la naturaleza:

La imagen de los cerezos en flor de Ueno y Yanaka me entristeció y me pregunté si alguna vez volvería a verlos.

Como todos los orientales, Basho cree que este mundo es irreal. Sin embargo, la despedida convierte al mundo en un dolor irrefutable y único. El cambio de formas del camino de acuerdo a las transformaciones que provocan las distancias, lo acosa y lo impulsa a la poesía:

Se va la primavera,
quejas de pájaros, lágrimas
en los ojos de los peces.

Basho pensó, inmóvil y melancólico, en la noche de la partida. Pensó que salía de la ermita para volver. Pensó que todo viaje se inicia con la expectativa por lo desconocido y con la aspiración del regreso.

En su viaje, Dante se encontró con las sombras de los muertos. Basho, impávido, con el incomparable espejo de la naturaleza.

El pintor alemán Gaspar Friedrich escribió que quería pintar los secretos de la naturaleza. Basho, conmovido por el paisaje de Shirakawa, escribió: “Imposible pasar por ahí sin que fuese tocada mi alma”.

Cerca de un pueblo, Basho se encontró con un pintor que se ofreció como guía. Antes de la despedida, el pintor le regaló unas sandalias. El poeta, como un agradecimiento para el futuro, escribió:

Pétalos de lirios
atarán mis pies:
¡correas de mis sandalias!

Basho esperaba encontrar la naturaleza cantada por sus antecesores. Desde el inicio del diario, advertimos que la naturaleza no podrá ser contemplada directamente. La mirada de los poetas antecesores conforman una lupa. Basho lee los parajes desde esa lupa:

El paso de Shirakawa es uno de los tres más famosos del Japón y es el más amado por los poetas.

Sin embargo, cuando Basho pasa por los lugares cantados por sus maestros, los parajes ya no son los mismos. La naturaleza no ha mantenido lo que han dicho las palabras. En este sentido, los poemas no guardan el eco del tiempo y sus transformaciones:

Al visitar lugares cantados en viejos poemas, casi siempre uno se encuentra con que las colinas se han achatado, los ríos han cambiado su curso, los caminos se desvían por otros parajes, las piedras están medio enterradas y se ven pimpollos en lugar de árboles antiguos...

Este pasaje nos permite comprender la falta de correspondencia entre las palabras y las cosa [11]. Las cosas no son lo que dicen las palabras y tampoco son las cosas en el momento presente lo que las palabras decían antes qué eran las cosas. A pesar de esto, hay algo misterioso de la cosa que se mantiene en el poema. De lo contrario, el poema no causaría ninguna emoción. Es decir, si las palabras del antiguo poema no tuvieran ninguna relación con el estado de los parajes contemplados por Basho, el poeta no sentiría ninguna conmoción. Podemos pensar que el jaiku es el poema del instante y que en ese instante hay, al menos, una repentina aparición de algo permanente.

En su peregrinaje, Basho reúne el antiguo amor por el viaje con el viaje de las palabras en un instante: el jaiku. Basho no alterna la lectura/escritura de poesía con la contemplación de la naturaleza. Para el japonés, la poesía es la naturaleza (es una forma de la naturaleza) y la naturaleza es la poesía. Ambas se funden en el instante de la observación flechada por el lenguaje. El jaiku es la concentración milimétrica en las palabras de la mirada y de lo que se ve. El jaiku resulta de la síntesis, en el espacio y en el tiempo, del ojo del poeta y del objeto.

Físicamente, la velocidad es la relación entre el espacio y el tiempo. El jaiku, según una posible analogía, es la cifra de esa velocidad, es la cifra del viaje, es la cifra, entonces, de la velocidad del viaje en la poesía.

Cascada-ermita:
devociones de estío
por un instante. [12]

Antes del momento y después de la mirada no hay nada. Las palabras del jaiku aparecen entre un silencio y otro, entre un espacio y otro, entre un intervalo y otro. El jaiku parece la traducción del encuentro, en un instante del viaje, entre la mirada-pensamiento del poeta y la naturaleza. Ese encuentro acontece en un intervalo y en un perímetro: el instante que dura la mirada y el perímetro que alcanza el ojo.

 

2

Hubo noches en que Basho no pudo encontrar la velocidad precisa en el viaje. Hubo tardes, seguramente, en que el poeta no calculó la sucesión de palabras en el papel o en la memoria. Hubo días en que no pudo transcribir el dictado de la voz susurrante de la naturaleza. Una de esas noches, escribió:

Me acosté sin componer poesía pero no pude dormir. Recordé el poema sobre Matsushima que Sodo me regaló al abandonar mi choza. También Hara Anteki me había dedicado un tanka con el mismo tema. Abrí mi alforja e hice de esos dos poemas los compañeros de mi insomnio.

Sus amigos le han obsequiado dos poemas. Él, en esa inmensa noche, como no ha escuchado la voz de la musa y no ha podido componer poemas, encuentra en las palabras de los regalos un lenitivo para su insomnio. La poesía de los otros lo salva de la larga noche despierta.

En una de las paradas realizadas durante el viaje, Basho visitó dos capillas antiguas. “El viento ha roto las puertas”, escribió el poeta, “y las columnas doradas se pudren bajo la escarcha y la niebla”. Sin embargo, alguien ha podido colocar un nuevo techo para evitar la continua destrucción de la belleza. Debido a este resguardo, el templo ha logrado resistir la devastadora mano del tiempo. Basho escribió:

Terco esplendor:
frente a la lluvia, erguido
templo de luz.

En un tramo, su discípulo Sora se enfermó del vientre. Su pariente vivía en una población cercana y, para acudir al lugar, Sora abandonó a Basho. El poeta, agobiado por la inevitable ausencia de su compañero, pensó en la desagradable sensación de los viajeros que pierden a su compañero y escribió: “La pena del que se va y la tristeza del que se queda son como la pareja de gaviotas que, separadas, se pierden en el alba”.

Dante no escuchó la partida de la sombra de Virgilio [13]. Hacia el final del Purgatorio, advirtió la ausencia de su guía. Un gran dolor lo invadió. Sin embargo, después de cruzar el Leteo, la figura de Beatrice lo tranquilizó. Basho no tuvo la felicidad de Dante. Sintió la irreparable ausencia y encontró en la naturaleza una manifestación de su dolor:

Desde hoy el rocío
borrará tu nombre
de mi sombrero.

Después de trepar por los peñascos antiguos, encontró la imagen silenciosa de un santuario. Como todos los orientales, sintió la eternidad en las rocas:

Quietud:
el son de la cigarra
taladra las rocas.

¿Por qué planeó su viaje el poeta? ¿Acaso viajó para encontrar los parajes escritos por sus maestros?

El poeta ha viajado para llegar a Oku. Pero al leer su diario, advertimos que Oku es menos un destino que un pretexto. Basho cumple la utopía del poeta: el viaje o la página auspician el encuentro con la poesía.

22 de noviembre de 2004

 

Bibliografía

AAVV. 2000. Historia del Arte Salvat, Ed. Salvat: Barcelona.

Alighieri, Dante. 1999. Divina Comedia, Ed. Planeta: Barcelona.

Burton, Robert. 1947. Anatomía de la melancolía, Ed Espasa Calpe: Buenos Aires.

Descartes, R. 1997. Meditaciones metafísicas, Ed. Porrúa: México.

Gombrich, E. 1999. La Historia del Arte, Ed. Sudamericana: Buenos Aires.

Los Filósofos Presocráticos. 1996, Ed. Altaya: Barcelona.

Monteleone, Jorge. 2003. El relato de viaje, Ed. El Ateneo: Buenos Aires.

Paz, Octavio. 1995. Los signos en rotación, Ed. Altaya: Barcelona.

Paz, Octavio. 2000. Versiones y diversiones, Ed. Galaxia Gutemberg: Barcelona.

Spinoza, B. 1985. Tratado Teológico-político, Ed. Orbis: Madrid.

Yourcenar, M. 1999. Una vuelta por mi cárcel, Ed. Alfaguara: Madrid.

 

Notas

[1] Yourcenar escribió un ensayo sobre Basho titulado Basho va de camino. Yourcenar, Marguerite.1999. Una vuelta por mi cárcel, Ed. Alfaguara: Madrid.

[2] Spinoza, Baruch. 1985. Tratado Teológico-político; Ed. Orbis: Madrid.

[3] Gombrich, E. 1999. La Historia del Arte, Ed. Sudamericana: Buenos Aires.

[4] Descartes, R. 2000. Meditaciones metafísicas, Ed. Porrúa: México.

[5] Marguerite Yourcenar escribió; “Basho (es) quien, tal vez más que cualquier otro hombre, vive en la eternidad del instante”.

[6] Nuestro ensayo estudia el libro Sendas de Oku del poeta japonés Matsuo Basho (1644-1694).

[7] He tomado para este ensayo la traducción de Sendas de Oku realizada por Octavio Paz y Eikichi Hayashiya incluida en Versiones y diversiones de Octavio Paz. Paz, Octavio. 2000. Versiones y diversiones, Ed. Galaxia Gutemberg, Barcelona.

[8] Marguerite Yourcenar escribió en Viajes en el espacio y en el tiempo: “...en el hombre, al igual que en el pájaro, parece haber una necesidad de emigración, una vital necesidad de sentirse en otra parte”. Yourcenar, Marguerite.1999. Una vuelta por mi cárcel, Ed. Alfaguara: Madrid.

[9] Sora es el nombre del discípulo que acompaña a Basho en su viaje.

[10] Heráclito de Éfeso fue conocido por sus contemporáneos como “el oscuro”.

[11] Sobre Basho, Octavio Paz aclara que su “lenguaje, poseído por un infinito respeto al objeto, no se detiene nunca sobre las cosas sino que se contenta con rozarlas”. Paz, Octavio. 2000. Versiones y diversiones, Ed. Galaxia Gutemberg: Barcelona.

[12] Este poema fue escrito al contemplar una ermita conocida bajo el nombre de Cascada-vista-de-espaldas.

[13] En el canto XXVII del Purgatorio, Virgilio le dice a Dante: Te he conducido con ingenio y arte;/ desde aquí, tu deseo te conduce;/ de escarpas y estrechez logré sacarte. Alighieri, Dante. 1999. Divina Comedia, Ed. Planeta: Barcelona. Traducción de Ángel Crespo.

 

© Fabián Soberón 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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