El caballero de la Blanca Luna:
La máscara de Sansón Carrasco. Capítulo LXIV1

Luis Quintana Tejera

Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM)


 

   
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En la casa de Alonso Quijano todos están preocupados por las locuras que este humilde campesino está cometiendo por los caminos de España. El bachiller Sansón Carrasco ya había intentado derrotar a don Quijote vistiendo la apariencia del Caballero de los Espejos. Pero las circunstancias no le fueron propicias y resultó derrotado por el hidalgo.

Ahora se hará llamar el Caballero de la Blanca Luna y pretenderá conseguir -después de vencerlo- que le prometa regresar a su tierra y olvidar sus soñadas niñerías.

Por lo tanto, al estilo del teatro griego en donde las máscaras constituían la representación de los estados de ánimo del personaje, Sansón Carrasco vestirá dos disfraces diferentes con un mismo fin. Sólo con el segundo consigue lo deseado. Estas máscaras encierran una intención muy concreta que consiste en arrebatar al hombre de la Mancha de sus locuras y retornarlo a la cordura que tiempo atrás había perdido. Ciertamente lo único que no podrán medir ni los hombres que lo trajeron en la primera parte en la carreta tirada por bueyes, ni este vecino del hidalgo las consecuencias que la mencionada acción provocará en nuestro personaje.

Estaríamos así ante una intención que es buena, pero que produce efectos no esperados; lo analizaremos en nuestro siguiente capítulo: de qué manera el hidalgo después que ha perdido el interés por la caballería andante, después que ha jurado abandonar los senderos aleatorias de la aventura, nada tendrá sentido para él y la muerte constituirá su única salida.

Por algo el escritor pone por título a este capítulo “Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido.” (p. 1044).

Es el momento culminante del desarrollo heroico del hombre de la Mancha; es el punto más alto al que ha podido llegar, y desde aquí caerá en el vacío que su propio destino pone frente a él. El Caballero de la Blanca Luna viste el traje de la desgracia, es una especie de mensajero de la muerte quien llega a su encuentro para proponerle un reto.

Veamos los hechos.

Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas sus armas, porque, como muchas veces decía, ellas eran sus arreos, y su descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hacia él un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traía pintada una luna resplandeciente; el cual, llegándose a trecho que podía ser oído, en altas voces, encaminando sus razones a don Quijote. (p. 1045).

Se trata de una mañana cualquiera en la cual don Quijote sale a pasear por la playa, armado de la forma habitual. Va así porque -lo dice el narrador- “[las armas] eran sus arreos, y su descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto.” Es el héroe de tan curiosa historia como la que hemos leído hasta este momento. Se trata de un hombre de acción y cuando todos descansan él pelea; se lo había dicho a Sancho antes de atacar a los molinos de viento: tú reza, yo combatiré. Por esto se halla siempre dispuesto para la lucha y el destino envía ahora a su encuentro a un caballero desconocido para él, que se oculta detrás de una apariencia impecable, pero feroz. Lo caracteriza la luna resplandeciente que traía pintada en el escudo y que bien puede ser el símbolo del ocaso de este valiente señor. Podemos analizar otro contraste a la luz de la presente referencia; en la primera salida, el hidalgo lo hace por una puerta falsa de un corral y en una mañana calurosa del mes de julio, antes del día; de esta forma el sol ardiente -cuando asome- ha de conducir sus pasos; ahora, la luna que adorna el escudo del desconocido caballero, contrasta con aquel sol, porque también se oponen la salida y el regreso, el inicio y el ocaso, la vida y la muerte.

Y el Caballero de la Blanca Luna levanta su voz para ser oído y formula su petición:

—Insigne caballero y jamás como se debe alabado don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas quizá te le habrán traído a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza de tus brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso: la cual verdad si tú la confiesas de llano en llano, excusarás tu muerte y el trabajo que yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfacción sino que, dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un año, donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en provechoso sosiego, porque así conviene al aumento de tu hacienda y a la salvación de tu alma; y si tú me vencieres, quedará a tu discreción mi cabeza y serán tuyos los despojos de mis armas y caballo, y pasará a la tuya la fama de mis hazañas. Mira lo que te está mejor y respóndeme luego, porque hoy todo el día traigo de término para despachar este negocio. (p. 1045).

De acuerdo con la usanza de la caballería andante el retador debía darse a conocer y así lo hace. Al llamar al hidalgo por su nombre demuestra -esto lo puede estar pensando don Quijote- que el hombre de la Mancha ya es tan conocido que ahora llegan hasta allí nuevos caballeros para enfrentársele. Habla de las inauditas hazañas que ha realizado hasta este momento y no ha realizado ninguna; lo plantea así para que su discurso se muestre convincente, pero en verdad -nos referimos a la verdad de la novela- el inquieto Sansón Carrasco sí ha peleado antes, pero lo ha hecho con otro disfraz y ha perdido; en el fondo viene ahora por una revancha que deje a salvo su honor. Es así que el espíritu contagioso de don Quijote abarca y señala a muchos: Sancho ya está impregnado por él, Sansón se ha visto obligado a transformarse, pero en medio de su transmutación llega a sentir él también el impacto de la aventura y la acción.

Sus palabras se oyen engreídas y soberbias. El objetivo consiste en hacerle confesar a don Quijote que su señora es mucho más bella que Dulcinea del Toboso. Pero dice: “mi dama, sea quien fuere...” Con esto plantea un violento contraste entre la desconocida y Dulcinea. Impera de esta forma la ley del más fuerte y aquel que sostenga con su brazo el mayor vigor estará en condiciones de imponer sus “verdades”. A los mercaderes les había gritado don Quijote que Dulcinea era la más bella y ellos se burlaron abiertamente. Ahora Sansón Carrasco se está jactando veladamente.

Le propone, en fin, el reto: si resulta derrotado deberá abandonar la caballería andante por un año y regresar a su casa; si sucede lo contrario le entregará todo lo que posee, inclusive su cabeza si el caballero de la Mancha así lo dispone. Exige, por último, una respuesta inmediata.

Cuando habla don Quijote está perplejo y algo enojado. Se trata de pelear por la hermosura de sus respectivas damas; y, en términos conceptuales se repite la aventura de los mercaderes toledanos, porque allí también lo único que el caballero exigía era la confesión de la belleza.

Don Quijote quedó suspenso y atónito, así de la arrogancia del Caballero de la Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba, y con reposo y ademán severo le respondió:

—Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazañas hasta ahora no han llegado a mi noticia, yo osaré jurar que jamás habéis visto a la ilustre Dulcinea, que, si visto la hubiérades, yo sé que procurárades no poneros en esta demanda, porque su vista os desengañara de que no ha habido ni puede haber belleza que con la suya comparar se pueda; y, así, no diciéndoos que mentís, sino que no acertáis en lo propuesto, con las condiciones que habéis referido acepto vuestro desafío, y luego, porque no se pase el día que traéis determinado, y solo excepto de las condiciones la de que se pase a mí la fama de vuestras hazañas, porque no sé cuáles ni qué tales sean: con las mías me contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la parte del campo que quisiéredes, que yo haré lo mismo, y a quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga. (pp. 1045-1046)

El discurso del hidalgo comienza con un apóstrofe o vocativo [2]: “Caballero de la Blanca Luna”, al cual sigue una lógica aclaración: don Quijote no ha oído acerca de sus hazañas. Además le comunica su desencanto, porque se ve que nunca ha visto a Dulcinea; si así hubiera sido no podría dudar de su belleza. Con profunda cortesía no le dice que miente, sino que no acierta en lo propuesto. De todas maneras acepta el desafío y lo exhorta para que se preparen a los efectos de llevar a cabo en seguida el combate. Las palabras del personaje central lo muestran más tranquilo que antes, mucho más que en la primera parte de la novela. Es cierto que su convicción continúa tan firme como ayer, pero de alguna manera presiente la derrota; por supuesto, no será la derrota de la hermosura de Dulcinea, porque ella está por encima de cualquier circunstancia humana que pudiera mancharla. Las fuerzas del hombre y en este caso del caballero, tienen un límite; y el hombre de la Mancha no quisiera que esto sucediera ahora.

Luego de la intervención de Antonio Moreno y del visorrey y viendo este último que los caballeros están dispuestos a pelear inmediatamente, se apartará y los dejará cumpliendo con las acciones que correspondan, no sin antes recordarles que están en las manos de Dios y que pueden proceder con el enfrentamiento.

Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mismo; el cual, encomendándose al cielo de todo corazón y a su Dulcinea, como tenía de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían, tornó a tomar otro poco más del campo, porque vio que su contrario hacía lo mismo; y sin tocar trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter, volvieron entrambos a un mismo punto las riendas a sus caballos, y como era más ligero el de la Blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de propósito), que dio con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída. (p. 1047).

Los hechos suceden rápidamente y al encontrarse las lanzas Rocinante y su señor cayeron al suelo de manera peligrosa. Es cierto que el arma del retador no llegó a tocar a su oponente, pero fue suficiente con la fricción del encuentro para que aconteciera lo señalado. El tiempo en la novela cervantina pasa de una manera muy curiosa; hay veces que los personajes pueden sentarse tranquilamente a platicar o a escuchar, y las horas parecen no transcurrir; hay otros momentos -éste es un ejemplo- en donde todo acontece de una forma tan veloz que no hay ni siquiera tiempo de entender cabalmente qué es lo que ha sucedido. A esta última forma de pasar los segundos le corresponde -he aquí el contraste- un acto esencial en el que el personaje perderá mucho. En poco tiempo lo ha perdido todo. Y, también, en poco tiempo el Caballero de la Blanca Luna no ha ganado nada o, por lo menos, lo que ha conseguido traerá consecuencias trágicas que luego tendrá que lamentar el bachiller Sansón Carrasco.

Fue luego sobre él y, poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:

—Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafío.

Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:

—Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra. (p. 1047).

El vencedor exige que se cumplan los términos pactados para el combate e inclusive lo amenaza de muerte si no confiesa las condiciones del desafío. Don Quijote se halla aturdido por los golpes y sin descubrir su rostro habla; su voz parece proceder desde una tumba. Éstos son los momentos amargos de la derrota y el narrador se permite aludir al sepulcro como un símbolo evidente de lo que vendrá en seguida.

El hidalgo de la Mancha se comporta a la altura de las circunstancias y formula aquel doloroso discurso en donde las ideas expresadas constituyen un canto a Dulcinea, a pesar de haber perdido el duelo en que ella estaba involucrada. Los elementos antitéticos funcionan de una manera genial: Dulcinea la más hermosa / yo, el más desdichado caballero de la tierra. De un lado la belleza, el culto a la hermosura, que se expresa desde la perspectiva de un hombre que tiene fe; del otro, la imagen del derrotado, de aquel que ha dejado en el campo de batalla las únicas armas que le hubieron permitido seguir luchando en nombre de la mujer del Toboso. Y lo importante radica en ver cómo asume don Quijote esta derrota y de qué manera continúa sosteniendo aquello que lo podría llevar a la tumba. Es empecinado, terco, decidido, no tiene miedo. Formula un verdadero canto al amor neoplatónico en donde Dulcinea es el sol que lo ilumina. En el episodio de los mercaderes toledanos había sido Rocinante el culpable de su caída; ahora no hay terceros que carguen con la responsabilidad; sólo está él ante su destino y debe responder a su condición de caballero que defiende a los humildes y necesitados; si bien en este caso su defensa es a favor de la belleza, parecería que ha perdido nuevamente. No obstante no es así y se dispone a morir, ya que es necesario para consagrar con su muerte la idea eterna de la hermosura infinita. Es aquí donde pronuncia aquellas concisas, pero comprometidas palabras: “Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra”.

Dos temas se ofrecen como básicos a través de estas oraciones: la vida y la honra. La existencia no tiene sentido alguno si no está acompañada por la honra. Sus expresiones son concluyentes: quiere morir, porque no hay razón para seguir existiendo si se ha perdido el tesoro irrecuperable de la dignidad. Esa orden dada desde la tumba figurada: “Aprieta, caballero” significa casi una súplica al triunfador a través de la cual le pide que lo mate y lo libre de la responsabilidad de seguir vivo sin honra. En verdad, don Quijote agoniza en este instante; sólo le queda recorrer el camino del regreso para terminar de morir. ¡Cuán lejos está el Caballero de la Blanca Luna de comprender lo que ha sucedido ahora! Llamativamente el nombre del triunfador es “Sansón”, referente intertextual bíblico en quien predominaba la fuerza; el narrador ha querido que un ser “poderoso” sea el único capaz de destronar al hidalgo; y es poderoso no sólo por su nombre, sino también por la constancia que ha puesto en esta búsqueda del triunfo en bien de Alonso Quijano, no en beneficio de don Quijote.

Constatamos en forma inmediata como el Caballero de la Blanca Luna le perdona la vida, sostiene casi a coro con él que Dulcinea es la más hermosa, y sólo exige que se retire a su casa por un año. Todo ha concluido con esta derrota de la honra y Sansón Carrasco puede darse por satisfecho: ha alcanzado su objetivo y se ha transformado en el único hombre que fue capaz de convencer a don Quijote. Peleó, eso sí, en su mismo terreno y le enseñó el camino de la muerte. Sansón conoce a medias las verdades aquí enumeradas y don Quijote -aturdido y doliente- decide cumplir con las exigencias del desconocido rival de la luna blanca.

 

Notas:

Todas las referencias a la obra cervantina: Cervantes Saavedra, Miguel de, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Edición del cuarto centenario, México.

[1] Luis Quintana Tejera. Las máscaras en el Quijote. Antítesis e intertextualidad, México, UTEP / Eón, 2005, pp. 111-119.

[2] Apóstrofe o vocativo es una invocación o alocución dirigido a alguien; conlleva una particular carga conceptual [está dicho en momentos de profunda emoción]. Luis Quintana Tejera. Taller de Lectura y Redacción II, p. 118.

 

© Luis Quintana Tejera 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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