El camino, de Miguel Delibes:
la “circunstancia” rural de Daniel, el Mochuelo

Jorge Urdiales Yuste


 

   
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El hijo del quesero ve el mundo rural con sorprendidos ojos de mochuelo.

Daniel, el Mochuelo, está a punto de marchar a la ciudad a estudiar.

Su padre quiere que su hijo progrese y no sea un pobre quesero como él. Tiene Daniel once años. Va a dejar el pueblo cántabro en el que nació y vive, en la Castilla que se asoma al mar por Santander. Es un niño despierto, capaz de asombro, que todo lo encuentra nuevo, su curiosidad es insaciable. Uno de sus amigos, Germán, el Tiñoso, que acaba de morir, le puso el apodo por el que se le conoce en el pueblo, el Mochuelo, pues “lo mira todo como si le asustase” [1]. Roque, el Moñigo, es el otro amigo de infancia y peripecias. Ha asistido hasta ahora a la escuela del lugar. Es conocido de todos y conoce a todos en el pueblo. Por su mente, ahora, van a desfilar cuarenta personas de su pueblo, cada una con su personal carga rural. El novelista ha distribuido en veintiún capítulos la materia de su narración que cruza no sólo por la mente sino también por el corazón de Daniel: una sucesión de anécdotas y recuerdos, un paisaje rural, la vida de su pueblo, la duda de que para progresar deba abandonarlo, el misterio de la vida y de la muerte, el valor de la amistad y de la cercanía, los encantos de la naturaleza y de la infancia... Todo dentro del marco rural del que no ha salido en once años.

Daniel esta noche no se ha dormido pronto, como otras. Se revuelve en el lecho, los muelles de su camastro chirrían: “Daniel, el Mochuelo, se revolvió en el lecho y los muelles de su camastro de hierro chirriaron desagradablemente. Que él recordase, era ésta la primera vez que no se dormía tan pronto caía en la cama. Pero esta noche tenía muchas cosas en que pensar” [2].

 

La “circunstancia” rural de Daniel, el Mochuelo

La vida en el pueblo es grata y sana

El balance de la infancia de tristezas y dichas en el medio rural, vista en su conjunto, es de felicidad. Aunque no faltan las penas ni los disgustos, la infancia parece casi sólo una etapa de la vida llena de encantos. Su tiempo es tiempo dilatado y más largo que el del resto de la vida. En el pueblo de Daniel también ocurre así. Daniel tiene una enorme losa sobre su existencia: su padre la ha condenado a progresar. “Le bullían muchas dudas en la cabeza a este respecto” [3]. El sufrimiento no era solamente suyo, era de todos: “Lo peor es que de esto nadie sacaba provecho. Daniel, el Mochuelo, jamás lo comprendería. Su padre sufriendo, su madre sufriendo y él sufriendo (...) pero eso hubiera sido truncar el camino, resignarse a que Daniel, el Mochuelo, desertase de progresar” [4].

La inesperada y fatal muerte de su amigo el Tiñoso es otro de los grandes dolores interiores de Daniel [5].

Fuente de dolor de escasa importancia, mucha para él, es su enamoramiento no correspondido de la Mica, la hija del Indiano, que tiene “cutis” y mil encantos apetecibles [6], la voz de tiple de los diez años que le encadena en el grupo de las “voces puras”[7].

De menos importancia, pero en el momento, fatales, amargan la infancia de Daniel las consecuencias de las travesuras en que se mete con los amigos o solo: el paso del tren en el túnel, mientras hacen del cuerpo, y sus sorpresas, la espantada de su ropa, el escándalo en el pueblo y el castigo de don Moisés, el maestro [8], la Mica que les sorprende en su huerto con las manzanas robadas en la mano [9], el gato de la Guindilla Mayor abrasado en el escaparate [10], el miedo a que se descubra que él ha apuesto el tordo en el ataúd del amigo muerto [11]...

Al lado de estas penalidades y disgustos, casi todo lo demás es buena conciencia y felicidad que, por de pronto, le hacen dormir seguido [12]. Se siente querido por sus padres. El padre “quiere que sea algo grande en la vida”, la madre quiere para él una grandeza, no regatean esfuerzos ni uno ni otro en lo que saben que es su bien [13]. El padre le acompaña de cerca en todo y sólo se distancia de él cuando ya puede aprender solo [14]. Los dos amigos de Daniel, verdaderos amigos, cada uno a su estilo, son una fuente de vida, proyectos y acción, descubrimiento y felicidad.

Los entretenimientos de los chicos son variados, algo salvajes y elementales, tres calificativos de felicidad. Por los montes, por el valle, en la bolera, en la Poza del Inglés, en el río, de caza y de pesca, en las romerías [15]. El dominar muchos secretos de la Naturaleza, sabiduría popular y experiencia repetida, es otra de las fuentes de su alegría. Daniel, a la sombra del Tiñoso, sabe cuándo cazar tordos, que le encantan con arroz [16].

Las gentes del pueblo, en general, veían a los muchachos como chiquillos, a su manera, relativamente bien. Así lo cree Daniel, para quien su pueblo, integrado por “hombres honorables” a través de los siglos, era muy distinto de los demás y “su régimen de vida revelaba talento y de casi todos sus actos emanaba una positiva trascendencia” [17]. Su pueblo nada tiene de superficial, es cómodo y de tono alegre. En el pueblo, por ejemplo, lo que beneficia a uno beneficia a todos, piensa el Mochuelo [18]. En la tasca de Quino les dan sidra a los tres amigos y conversación que, aunque críos, aprecian [19].

Daniel tiene motivos propios para encontrarse satisfecho con su suerte. El mundo para él es una pura sorpresa; curioso, todo lo encuentra nuevo, considerable [20]. Es el único capaz de coger los trenes de mercancías en marcha [21], disfruta con el olor a queso de su casa y de sus padres [22], le gusta contemplar el valle [23], cazar lagartijas [24], ver enfadado a su padre [25], venera a don José, es un pequeño filósofo...

Los materiales que componen el mundo rural unos se han hecho costumbre. Algunas de estas costumbres y comportamientos son del todo artificiales y carecen de fundamento serio

“Los hombres no lloran”

Un ideal de entereza y dureza marca al hombre de estos pueblos castellanos. También afecta a los niños. Así Daniel piensa que no sabrá contener las lágrimas en el momento de la partida. Su amigo Roque le tiene dicho que los hombres no lloran: “un hombre bien hombre no debe llorar aunque se le muera el padre” [26].

Fuerza física personalizada.

El ideal de carne y hueso de dureza y fuerza física es para Daniel Paco, el herrero: “Le embelesaban aquellos antebrazos gruesos como troncos de árbol, cubiertos de vello espeso y rojizo, erizados de músculos y de nervios” [27]. Daniel admiraba por idéntica razón al hijo de Paco, a su amigo Roque, el Moñigo, “fuerte como un toro y como su padre” [28]. A Daniel le encoge el comportamiento de Sara, “corpulenta y maciza como el padre” [29], “demasiado brusca y rectilínea para ser mujer” [30]. El que el Moñigo resistiera a la patética recomendación del alma a la que le sometía su hermana, pelease con frecuencia con los rapaces del valle y saliera victorioso y sin rasguños “fue aumentando la admiración de Daniel por el Moñigo” [31]. Roque era para Daniel un árbol con buena sombra a la que arrimarse: “Para entonces, el Mochuelo había comprendido que Roque era un buen árbol donde arrimarse y se hicieron amigos inseparables” [32].

Costumbre de mirar al valle y al cielo

El valle significa mucho para Daniel [33]. Se sienta con sus amigos en una prominencia, contemplan y se dejan invadir por “una unción casi religiosa la lánguida e ininterrumpida vitalidad del valle” [34]. El capítulo III de El camino es particularmente revelador al respecto. Los trenes salen del túnel como los grillos de las huras del campo. El espectáculo del cielo es sobrecogedor. En una ocasión Daniel está a punto de marearse, pensando en una estrella que cae y cae sin tropiezo... : “- No me hagas esas preguntas; me mareo. -¿Te mareas o te asustas? -Puede que las dos cosas[35]. Le “empezaba a dominar también un indefinible desasosiego cósmico” [36]. En el Moñigo, el desasosiego cósmico de Daniel era una especie de pánico astral: “y Roque, el Moñigo, se sobrecogía bajo una especie de pánico astral” [37].

Las experiencias son iniciales, infantiles, pero de una riqueza interior propia de personas muy cultivadas. Como en los casos de verdaderas intuiciones líricas y de intuiciones religiosas místicas, el tiempo deja de ser cronológico y se convierte en tiempo vital: “Muchas tardes, ante la inmovilidad y el silencio de la Naturaleza, perdían el sentido del tiempo y la noche se les echaba encima” [38].

Con esto, Miguel Delibes nos asoma a una porción de la realidad humana que ennoblece y enriquece al pueblo sobre la ciudad. El campo es un lugar de misterios, algo sagrado que pierde el hombre que emigra a la ciudad a traficar con cosas en vez de contemplarlas y recibirlas de la naturaleza como las manzanas directas del árbol de la Mica o del huerto de casa [39].

Con estas experiencias casi sacras, o sagradas de fondo, no es de extrañar que Daniel, emplee las imágenes y el habla de su pueblo y ponga en un altar a su amigo Moñigo: “Desde aquel día, Daniel, el Mochuelo, situó al Moñigo en un altar de admiración” [40], y tampoco es de extrañar que a la Mica le atribuya propiedades religiosas extraordinarias: “Daniel, el Mochuelo, no se entregó. -La Mica puede morir en olor de santidad, es muy buena.” [41].

Un sentido utilitario y práctico de las cosas

Prevalece un sentido utilitario y práctico, por ejemplo, en los penosos edificios que tiene el pueblo. Daniel lo advierte. No sufre por ello. Pero piensa, muy acertadamente, que “las calles, la plaza y los edificios no hacían al pueblo, ni tan siquiera le daban fisonomía. A un pueblo lo hacían sus hombres y su historia” [42].

Expresiones o ritos religiosos

Daniel se encuentra inmerso en un mundo de formas religiosas: los toques de las campanas de la iglesia, le suscitan estados de ánimo ricos y muy diversos: “Daniel, el Mochuelo, acostumbraba a dar forma a su corazón por el tañido de las campanas [...] el corazón de Daniel, el Mochuelo, se tornaba mollar y maleable -blando, como el plomo derretido- bajo el solemne tañir de las campanas” [43].

La recomendación del alma, que Sara aplica como látigo a su refractario hermano Roque, el Moñigo. Daniel es un atemorizado testigo de este hecho [44].

El responso por los difuntos, previa la moneda con la que se solicita. El Mochuelo, en el cementerio, al enterrar a su amigo el Tiñoso se desprende del cuproníquel con orificio en el centro que destinaba a comprar un adoquín de limón, y don José, que era un santo, reza el último responso por su amigo muerto [45].

Los cánticos populares piadosos, más o menos arrastrados por las gentes: Pastora Divina... [46].

Una rica y valiosa tradición de honradez

El novelista nos sorprende cuando asegura al lector que “Daniel, el Mochuelo, sabía que por aquellas calles cubiertas de pastosas boñigas y por las casas que las flanqueaban, pasaron hombres honorables, que hoy eran sombras, pero que dieron al pueblo y al valle un sentido, una armonía, unas costumbres, un ritmo, un modo propio y peculiar de vivir” [47].

A la par, cierta fiereza y ganas de bronca

Bronca que se provoca. El fuerte monta la estrategia, que puede empezar por quedarse mirando a unas avellanas ajenas. El adversario pierde la paciencia. El fuerte defiende al amigo. “Y como la superioridad de Roque, el Moñigo, en aquel empeño era cosa descontada, siempre concluían sentados en el `campo´ del grupo adversario y comiéndose sus avellanas” [48].

Al parecer, un feroz individualismo.

Daniel no entendía lo del individualismo de que hablaban algunos cuando los vecinos mayores preferían que no se asfaltase la plaza a que se aumentasen los impuestos. Por contra, el pueblo presenta “cualidades de eficiencia, seriedad y discreción”, y así, “el pueblo, sin duda, era de una eficacia sobria y de una discreción edificante” [49]. Bromas rurales. Se abusa en el mundo rural de la sencillez del prójimo confiado y se le trata, con cierta crueldad, como a simple. La broma es ruda. En una ocasión, para deshacerse de Mariuca-uca, Daniel le da una moneda y la manda a la botica con el encargo de que le pese. Al regreso, los tres amigos se ríen espasmódicamente de la niña [50].

Costumbres que parten de principios profesados o que para alguien son asiduos gestos

Principio: el marido, por encima de la mujer. Daniel se lo ha oído a su mismo padre: “Desde el día de mi boda, siempre me ha gustado quedar encima de mi mujer” [51]. Gesto, por ejemplo, el del padre de su amigo Moñigo que emite “un breve y agudo silbido [...] ante una moza bien puesta” [52].

Seres imaginarios y lejanos.

A los niños se les amenaza con el Coco, con que viene el Hombre del Saco o el Tío Camuñas. Nos lo recuerda el novelista cuando nos asegura que el Moñigo, ya a los tres años, se defendía de temibles seres, indiferente y burlón [53].

A Daniel, su padre le contaba junto al hogar la historia del profeta de su nombre, en dulces días invernales que recordará en días plenos de encanto, como los de lluvia en el pajar del Mochuelo [54].

La cucaña. Es costumbre en el pueblo en días de romería. A ella sube Daniel en un arrebato de amor propio. Dos mozos han trepado ya inútilmente. Está diez metros más alta que otros años. Se puede romper la crisma. Alcanza el premio colocado en lo alto [55].

 

Contraposición pueblo-ciudad

En el pueblo circulan unas ideas sobre la ciudad con frecuencia pintorescas y viceversa.

Piel arrugada y “cutis”

Miguel Delibes ya no llega a tiempo de recoger el ideal de la mujer que tiene la piel blanca o por lo menos no lo recoge en su narrativa rural. Iban las mujeres en los pueblos a las faenas del campo que permitía su condición femenina, a espigar a los campos o a trillar a las eras, en pleno verano, bien cubiertas, para que la piel no perdiera su blancura con la bravura de los rayos del sol. Nadie entonces pensaba en un buen moreno de piel, muy al revés, todas buscaban para su piel el blanco de la leche.

Daniel y sus amigos de infancia se hacen eco de este ideal de las mujeres. La Mica, hija del Indiano, tiene la piel fina, no se la estropea el trabajo; los niños la llaman cutis. La palabra no circula en el léxico rural, porque conviene a algo que tampoco es rural. Si se da alguna vez, es una excepción. La Josefa, la que se ahorcó, fue una excepción, también tenía cutis. [56].

Eso se llama cutis... -aclaró Roque, el Moñigo, y añadió -: De todo el pueblo, es la Mica la única que tiene cutis [57].

La razón, para los jóvenes amigos, es del todo pintoresca. Corre como teoría en el pueblo. El padre de Germán, el Tiñoso, lo cree así y don Ricardo le ha dicho que puede ser verdad. Así piensan Daniel y sus dos amigos, que la razón de que el pellejo no se les arrugue a las mujeres que no se les arruga es, como ocurre con las mujeres del cine, porque se ponen al acostarse todas las noches una lavativa [58].

Sobre la ciudad en el pueblo se piensa de manera acertada, pero se exagera y se desdeñan sus comportamientos. Aquí no es del caso.

Rural rudo-ciudadano fino

En la ciudad se pierde el tiempo, se dedica la gente a cosas vanas, que ni van ni vienen. Esta es una de las ideas que el Mochuelo tiene en mente y que formula con ejemplos apenas empieza el devaneo de sus recuerdos sobre el camastro que chirría, la víspera de su marcha a la ciudad: Seguramente, en la ciudad se pierde mucho el tiempo -pensaba el Mochuelo- y, a fin de cuentas, habrá quien, al cabo de catorce años de estudio, no acierte a distinguir un rendajo de un jilguero o una boñiga de un cagajón [59].

La explicación para Daniel es que “la vida es así de rara, absurda y caprichosa. El caso es trabajar y afanarse en las cosas inútiles o poco prácticas”. El imperativo del “progreso” también se impone en el pueblo en esa dirección extraña.

El infantil pensamiento de Daniel refleja el pensamiento de la gente mayor del pueblo a este respecto. Para los rurales en la ciudad la gente va mejor vestida, puede estar más limpia, tiende a ser más fina en modales y actitudes. Incluso se pasa. Por eso, Daniel, cuando fue a llevar el par de quesos que le encargó la Mica, prototipo de joven de ciudad, “se puso el traje nuevo, se peinó con cuidado, se lavó las rodillas y se marchó a casa del Indiano a llevar los quesos” [60]. Mas, a la pregunta de la Mica por el nombre de sus amigos, a Daniel le parece que en vez de dar como dio sus apodos, tartamudeando, debió decirle sus nombres, Roque y Germán, y decírselos en diminutivo, que jamás había empleado: “A ella debió decirle que sus amigos se llamaban Roquito y Germanín” [61]. El diminutivo adelgaza y afina, es impropio en el pueblo, pero no lo es en circunstancias de ciudad.

Ideales infantiles rurales

El horizonte rural de Daniel le ofrece espacios para sus ideales de niño rural. Daniel pretenderá ser un hombre “membrudo y gigantesco” como Paco, el herrero, ideal hecho músculo que ve a diario [62]. El hijo de Paco, su amigo Roque, el Moñigo, es fuerte como su padre [63], diestro y eficaz en el juego de los bolos [64], osado y necesitado de camorras [65], además de peligroso en ocasiones variadas [66]. Este ideal de poder físico en acto contrasta ante sus ojos con la realidad de “emperejilado, tieso, pálido” de Ramón, el estudiante hijo del boticario [67].

La rivalidad por la hegemonía, que puede derivar en una necesidad de camorra, no era exclusivamente infantil, estaba permanentemente latente entre unos y otros pueblos. Buena parte tenían los mayores en este ideal de los niños [68].

Desde los cinco años conoce otro ideal al que su padre aspira para él [69], los estudios y el dichoso progreso. El ideal de su madre para Daniel era una grandeza de autoridad al estilo del maestro y del boticario, recién nombrado alcalde. Daniel “en todo caso, prefería no ser grande ni progresar” [70].

Ideal admirado en alto grado para Daniel era su amigo Germán, el Tiñoso, en cuanto de pájaros lo sabía todo: su gorjear, sus instintos, sus costumbres, sus nidos... “se diría que de haberlo deseado, hubiera aprendido a volar” [71].

Un ideal realizado que entretenía a los tres amigos intensamente y en plenitud eran el río y la Poza del Inglés, donde pescaban cangrejos a mano y pececillos con tal facilidad que terminó por desencantarles [72], se bañaban, era el “placer inigualable”, se tendían sobre le hierba, charlaban a veces sobre “eso” [73]. Desde esta altura, los tres se consideraban superiores a sus compañeros de escuela que, desdeñados por ellos, recogían moras o majuelas para sus madres, a instancias del maestro [74].

Realizar lo prohibido tenía para Daniel y sus dos amigos un encanto indefinible: “La emoción de lo prohibido imprimía a sus actos rapaces un encanto indefinible” [75]. Aunque en los huertos de sus casas recogían buenas manzanas, deciden saltar la tapia de la finca del Indiano, en busca de otras iguales pero prohibidas [76].

La Naturaleza es determinante en el mundo rural

El valle significa mucho para Daniel [77]. El valle es la cima y cifra de su contacto con la Naturaleza. Se sienta con sus amigos en una prominencia desde la que contemplan el ancho espacio de valle y se dejan invadir por “una unción casi religiosa la lánguida e ininterrumpida vitalidad del valle” [78]. El capítulo III de El camino es particularmente revelador al respecto. Se apuntó anteriormente.

Peter Wust, el eminente filósofo alemán nacido en una pequeña aldea del Sarre, reflexionó sobre la “sabiduría de la aldea” y confesaba que a los paseos diarios por la montaña para ir a la escuela de niño debía más “alimento y estímulo que todo el mundo libresco de las universidades que más tarde había de frecuentar” [79].

En el valle Daniel se fija particularmente en los prados: “Le gustaba al Mochuelo sentir sobre sí la quietud serena y reposada del valle, contemplar el conglomerado de prados, divididos en parcelas, y salpicados de caseríos dispersos” [p. 27] y en las estrellas de la noche, mientras “la bóveda del firmamento iba poblándose de estrellas” [80].

No sólo ve Daniel el campo, sino que lo huele y lo escucha: “A Daniel, el Mochuelo, le placían estos olores como le placía oír en la quietud de la noche el mugido soñoliento de una vaca o el lamento chirriante e iterativo de una carreta de bueyes avanzando a trompicones por una cambera” [81]. Del río escucha la “sonoridad adusta de la catarata” y “el murmullo oscuro de las aguas” [82]. Atrapa lagartijas...

En su infantil horizonte, Daniel se contentaría de mayor con una pareja de vacas, una pequeña quesería y un insignificante huerto a la trasera de su casa [83]. El infantil objetivo de Daniel llenaría igualmente la conciencia de los chicos de pueblo de su edad. La observación del novelista es exacta.

En el habla de las gentes es frecuente el recurso a comparaciones con objetos del mundo rural. A Daniel los antebrazos del herrero le parecen troncos de árbol [84]. El parto de su madre y el de las de sus amigos le hace pensar en el parto de las conejas [85]. Para él la piel de los brazos y de las piernas de la Mica “ofrecían la tonalidad dorada de la pechuga del macho de perdiz[86]. Daniel llega a la identificación con los seres del campo: “A él se le antojaba que de haber sido perdiz no hubiera salido del valle” [87].

La Naturaleza proporciona a Daniel múltiples actividades placenteras y recreadoras: en el río, donde pescaba con sus amigos cangrejos a mano; en la Poza del Inglés, donde se bañaba con ellos [88], superada la etapa de coger moras o majuelas, avellanas silvestres o jaramugos [89]; el ir a pájaros con Germán, el Tiñoso, “experto pajarero” [90] era “un don de inapreciable valor” [91] para Daniel y Roque.

Daniel condensa de golpe mucha experiencia feliz cuando, tras enterrar a su amigo Roque, en el pequeño camposanto del lugar, piensa que es “un consuelo, al fin, descansar allí, envuelto día y noche en los aromas penetrantes del campo” [92].

Otro momento cumbre de exaltación de la Naturaleza y de revelación de la altura moral de Daniel, enriquecido por ella, aparece al fin del relato, cuando a punto de dejar ya el pueblo y marchar a la ciudad, mira Daniel a través de la ventana por última vez la cresta del Pico Rando: “Sintió entonces -nos asegura el novelista- que la vitalidad del valle le penetraba desordenada e íntegra y que él entregaba la suya al valle en un vehemente deseo de fusión, de compenetración íntima y total. Se daban uno al otro en un enfervorizado anhelo de mutua protección” [93]. Asombra el parecido de estas expresiones con las de la literatura mística. El momento es de síntesis y cumbre. “Él no tenía la culpa [...] de que el valle estuviera ligado a él de aquella manera absorbente y dolorosa”. El progreso al que dirigía sus pasos “no le importaba un ardite” y menos en este momento gratuito [94].

La Naturaleza es una fuente de alegrías y riqueza superior. La lluvia da paz: “suponían una paz inusitada los días de lluvia” [95], “encerraban un encanto preciso y peculiar” [96]; huele la hierba [97]; la tierra exhalaba un agradable vaho a humedad y a excremento de vaca [98]; a Daniel le place oír “en la quietud de la noche el mugido soñoliento de una vaca o el lamento chirriante de una carreta de bueyes” [99]... La tecnología, trenes y túneles, no merman los encantos de la Naturaleza, viven y se contagian con ellos.

Daniel aprende del campo y de las gentes del pueblo

Se trata de un aprendizaje no sistemático, aunque al final resulte sencillo y comprensible. Lo que es un “vientre seco” y un aborto, por ejemplo, tardará Daniel en aprenderlo. Primero serán las conjeturas. Los mayores no hablan ante los pequeños de algunas cosas. Tampoco se las enseñan. Daniel tiene cinco años la noche en que “el Mochuelo se acostó y se durmió haciendo conjeturas sobre lo que querría decir su madre, con aquello de que tenía el vientre seco y que se había quedado estéril después del aborto” [100]. En la página 51 ya sabe Daniel lo que son ambas cosas: “Estas cosas se hacen sencillas y comprensibles a determinada edad” [101].

El pueblo enseña a nombrar las cosas por su nombre y a dar el nombre propio que mejor les cuadra, al margen del bautismo, a las personas. El mote define. Daniel es el Mochuelo porque “lo mira todo como si le asustase” [102], “mira lo mismo que un mochuelo” [103]. Con frecuencia, entre unos y otros no se sabe quién apunta el mote. Don Moisés, el maestro será el Peón; Roque, el Moñigo; Germán, el Tiñoso; Rita, la Tonta; Antonio, el Buche; doña Lola, la tendera, la Guindilla mayor; Pancho, el Sindiós; las de los teléfonos tienen dos motes, las Cacas y las Lepóridas... [104].

La vida de campo facilita algunos conocimientos de importancia. Basta asociar el parto de las conejas con el de las madres. El descubrimiento de la realidad de las cosas no empequeñece lo que de suyo es magno. El conocimiento que el niño hace de tales realidades es humano y menos conceptual que en la ciudad: “Daniel, el Mochuelo, escuchaba las palabras de Moñigo todo estremecido y anhelante. Ante sus ojos se abría una nueva perspectiva que, al fin y al cabo, no era otra cosa que la justificación de la vida y de la humanidad” [...] “Desde entonces miró a su madre de otra manera, desde un ángulo más humano y simple, pero más sincero y estremecido también” [105].

A los tres años piensa Daniel que las vacas lecheras tienen cántaras y, por eso, leche. Más tarde verá ordeñar las vacas del boticario. Los improvisados maestros rurales infantiles, fantasean, son niños. Los mayores, a su modo, también fantasearán en sus conceptos sobre las cosas. En el prado de la Encina junto al río el Moñigo descubre a Daniel y al Tiñoso, al paso de una cigüeña, que la maestra no espera ninguna cigüeña que le traiga un niño. Las mujeres paren, como paren las conejas. “El Mochuelo y el Tiñoso tenían la boca abierta” [106]. La ciencia del Moñigo, tan segura muchas veces, se despeña a ratos. A Daniel no se le ocurriría pensar que los niños nacen sin orejas, sin narices y sin ojos, como dice el Moñigo. Le hace poco caso y se queda con el misterio y la naturalidad de todo “eso”: “Y, al tiempo, experimentó un amor remozado, vibrante e impulsivo hacia su madre” [107].

El conocimiento que da el campo tiene una propiedad que constata Daniel. No tanto es él, Daniel, el Mochuelo, quien conoce y sale al encuentro de la verdad de la realidad de las cosas. Es precisamente la realidad de las cosas la que se impone a Daniel y como que sale a su encuentro y le conmociona con su enorme pálpito. La distinción es de la mayor importancia. El novelista lo ha visto porque, previamente, lo ha visto Daniel, el de los ojos verdes y asustados de Mochuelo: “No era Daniel, el Mochuelo, quien llamaba a las cosas y al valle, sino las cosas y el valle quienes se le imponían, envolviéndole en sus rumores vitales, en sus afanes ímprobos, en los nimios y múltiples detalles de cada día”. A esta observación sigue en El camino un largo párrafo descriptivo y poético, casi lírico. Daniel por la ventana abierta divisa el Pico Rando y el valle. Tras unas enumeraciones de vivos objetos del campo, termina el novelista con dos palabras clave, “palpitante realidad”: “Los aromas húmedos y difusos de la tierra avivaban su nostalgia, ponían en sus recuerdos una nota de palpitante realidad” [108].

 

Notas

[1] El camino, Miguel Delibes, Destino, Barcelona, 1998, p. 40.

[2] EC p. 8.

[3] EC Ib. p. 7

[4] Ib. p. 38.

[5] Ib. p. 199ss.

[6] Ib. p. 129.

[7] Ib. p. 179.

[8] Ib. p. 145ss.

[9] Ib.p. 132.

[10] Ib. p. 140.

[11] Ib. p. 215.

[12] Ib. p. 8.

[13] Ib. p. 11.

[14] Ib. p. 37.

[15] Ib. p. 60 passim.

[16] Ib. p. 61.

[17] Ib. p. 33.

[18] Ib. p. 22.

[19] Ib. p. 31.

[20] Ib. p.39.

[21] Ib. p. 60.

[22] Ib. p. 35 y 37.

[23] Ib. p. 27.

[24] Ib. p. 17.

[25] Ib. p. 13.

[26] Ib. p. 8.

[27] Ib. p. 9.

[28] Ib. p. 15.

[29-30] Ib. p. 16.

[31-32] Ib. p. 21.

[33] Ib. p. 26ss

[34] Ib. p. 26.

[35-36] Ib. p. 29.

[37] Ib. p. 28.

[38] Ib. p. 28.

[39] Ib. p. 129ss.

[40] Ib. p. 20],

[41] Ib. p. 131.

[42] Ib. p. 33].

[43] Ib. p. 210.

[44] Ib. p. 17.

[45] Ib. pp. 214-216.

[46] Ib. p. 182.

[47] Ib. p. 33.

[48] Ib. p. 59.

[49] Ib. p. 34.

[50] Ib. pp. 114-115.

[51] Ib. p. 127.

[52] Ib. p. 131.

[53] Ib. p. 17.

[54] Ib. p. 94.

[55] Ib. pp. 184-187.

[56] Ib. p. 132.

[57] Ib. p. 132.

[58] Ib. p. 135.

[59] Ib. p. 8.

[60] Ib. pp. 137 y 139.

[61] Ib. p. 137.

[62] Ib. p. 9, 11, 25.

[63] Ib. p. 15.

[64] Ib. p. 61.

[65] Ib. p. 57.

[66] Ib. pp. 92, 95, 97, 98.

[67] Ib. p. 9.

[68] Ib. p. 58.

[69] Ib. p. 12.

[70] Ib. p. 11.

[71] Ib. p. 56.

[72] Ib. pp. 62-63.

[73] Ib. p. 63ss.

[74] Ib. p. 63.

[75] Ib. p. 81.

[76] Ib. p. 81, 85-91.

[77-78] Ib. p. 26ss.

[79] Cf. Gestalten und Gedanken, pp. 137-138, citado por Alfonso López Quintás, en Pensadores cristianos contemporáneos, BAC, Madrid, 1968.

[80] EC p. 28.

[81] Ib. p. 30.

[82] Ib. p. 17.

[83-84] Ib. p.9.

[85] Ib. p. 66.

[86] Ib. p. 90.

[87] Ib. p. 120.

[88] Ib. p. 62 y 64.

[89] Ib. p. 63.

[90] Ib. p. 57.

[91] Ib. p. 56.

[92] Ib. p. 212].

[93] Ib. p. 217.

[94] Ib. p. 218.

[95] Ib. p. 93.

[96] Ib. p. 94.

[97-98] Ib. p. 30.

[99] Ib. pp. 14-15.

[100] Ib. p. 51.

[101] Ib. p. 39.

[102] Ib. p. 40.

[103] Ib. pp. 39-40 passim.

[104] Ib. p. 68.

[105] Ib. pp. 65-67.

[106] Ib. p. 68.

[107] Ib. p. 80.

 

© Jorge Urdiales Yuste 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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